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Retozando con la muerte: una introducción a la necrofilia

Carne pálida y tranquila en un lecho. Real y hermosa… Y muerta”  (Dennis Nilsen)

Necrofilia (Del griego νεκρός (nekros «cadáver» o «muerto») y φιλία (filia; «amor» o «atracción»).

  1. Atracción por la muerte o por alguno de sus aspectos.
  2. Perversión sexual de quien trata de obtener el placer erótico con cadáveres[1].

«El que, faltando al respeto debido a la memoria de los muertos, violare los sepulcros o sepulturas, profanare un cadáver o sus cenizas o, con ánimo de ultraje, destruyere, alterare o dañare las urnas funerarias, panteones, lápidas o nichos será castigado con la pena de prisión de tres a cinco meses o multa de seis a 10 meses[2].

ME GUSTA CUANDO CALLAS

krafft-ebing_psychopathia_sexualis_1886La necrofilia forma parte del extenso catálogo de pasiones más o menos excéntricas que el psiquiatra alemán Richard Von Krafft-Ebing (1840-1902) incluyó en su libro Psychopathia Sexualis (1886), el primer libro dedicado enteramente a las perversiones sexuales, tal y como se entendían entonces. Entre las páginas de este compendio de casos, puede leerse sobre sadismo, masoquismo, fetichismo, coprolagnia o zoofilia, hasta un total de 238 casos. Y claro, también sobre necrofilia, poniendo como ejemplo el caso del sargento Bertrand, que cuando se masturbaba “se imaginaba  una habitación llena de mujeres con las que realizaba el acto venéreo, tras lo cual las mataba. Inmediatamente después pensaba en ellas como cadáveres, que se dedicaba a violar. Comenzó a practicar con pequeños animales, subiendo en la escala con perros, ante  los que, tras matarlos y destriparlos, se masturbaba. Poco después comenzó a realizar estas prácticas con cadáveres recién enterrados, declarando que durante estos actos se sentía en un estado indescriptible de excitación sexual. Una vez despedazados, los enterraba de nuevo. En julio de 1848 se topó por accidente con el cuerpo de una muchacha de dieciséis años. Entonces, por primera vez sintió deseos de copular con un cadáver. “La cubrí de besos y la apreté furiosamente contra mi corazón. Todo el placer que uno puede disfrutar con una mujer viva no es nada en comparación con el placer que yo experimenté. Después de disfrutar durante un cuarto de hora, corté en pedazos el cuerpo, como de costumbre, y le saqué las entrañas. Luego, volví a enterrar el cadáver.[3] Aunque el sargento volvió a repetir la cópula con algún cadáver más, lo que realmente le satisfacía era cortar en pedazos los cadáveres, así que lo suyo fue diagnosticado como “monomanía”, ocasionándole una condena, en consejo de guerra, de un año de prisión. En todo caso es justo indicar que cuando se le despertaban las ganas no cedía fácilmente al desánimo: en una ocasión la necesidad era tan apremiante que Bertrand atravesó a nado un torrente helado para llegar a un cementerio. Todo un campeón.

Conocido también es el caso de Carl Tanzler, un radiólogo de Key West (Florida) que desarrolló una obsesión mórbida por Elena Milagro Hoyos (1910-1931), una de sus pacientes que murió de tuberculosis en 1931. Con el permiso de sus padres, Tanzler mandó construir un mausoleo para evitar que se descompusiera bajo tierra. Visitó la tumba cada noche y antes de 1933 había llevado el cuerpo a su casa y lo había metido en su cama. Restauró su cuerpo como mejor pudo y tenía un guardarropa lleno para vestirla.

a8cComo vemos, el tan recurrido mantra, “No somos nada”, carece de valor para el buen necrófilo: para él nuestros restos son el mejor género, con el que saciar sus apetitos y ansia de dominación. Porque de eso se trata. El poder total sobre el cuerpo actúa como estimulante de una superioridad que no puede acreditar en su vida normal. El necrófilo puede disponer de un sujeto sin sentir su oposición ni su censura. Escribe P. Friedman que “un factor causante de la necrofilia parece ser la necesidad de eliminar el riesgo de ser rechazado.” [4] Ninguna dice que no. No existe el rechazo. Siempre se conquista. Y nuestro cuerpo, después de muertos, no tiene ningún valor para la justicia. En el programa Esta noche cruzamos el Mississippi, de Tele 5, Pepe Navarro entrevistó a un individuo que trabajaba en un  hospital de Madrid y hacía guardia en el depósito de cadáveres, donde se practicaban las autopsias. Contó que una noche había una joven de unos 19 años, muy hermosa, que le produjo tal excitación que “le hice la penetración”. Aunque en principio alegó que “perdí la cabeza”, más tarde dejó entrever que no era la primera vez y que sentía mucho placer. ¿Recibió alguna condena? No, no solo no la recibió sino que orgulloso lo contaba en televisión, para que lo vieran sus amigos y familiares. Ya se sabe que el español es muy dado a jactarse con sus amigotes de sus conquistas. ¿Que son feas? ¿Que están un poco muertas? ¿Que apestan a descomposición? No pasa nada, lo importante es demostrar la hombría. Ya lo dice el dicho popular: “Cuando el hambre aprieta, ni los culos de los muertos se respetan”. Y ante tan pintoresco tema, no es extraño que disciplinas como la literatura, el cine y la música lo utilizaran como fuente de inspiración. Pongamos unos breves ejemplos de las contribuciones en  literatura y música (en cine pueden consultar aquí):

Clifford Martin Eddy y su esposa Muriel eran los únicos amigos que tenía H. P.  Lovecraft en Providence, y aunque se conocían de antes, su relación se afianzó a partir de 1923. La influencia de Eddy fue decisiva para que Lovecraft publicara por primera vez en Weird Tales, revista Pulp que sería su primer contacto profesional y con la que mantendría una fructífera colaboración. Lovercraft revisó algunos escritos de Eddy y escribieron alguno en colaboración como Deaf, Dumb and Blind (Sordo, mudo y ciego) y el que nos necrofilia-440x280ocupa, The Loved Dead (Los amados muertos), que se publicó en el Weird Tales de mayo de 1924. El cuento, narrado en primera persona, habla sobre un necrófilo que comienza trabajando en funerarias para saciar sus apetitos y termina siendo un asesino antes de suicidarse. Escrito con un estilo paródico que no todos los lectores supieron apreciar, la narración fue denunciada en varios estados norteamericanos, con visita de Lovecraft a comisaría incluida y la retirada de ese número de Weir Tales como resultado. Pero como a veces suele suceder, los hechos tuvieron un efecto positivo, ya que el ‘escándalo’ provocó un aumento en las ventas de la publicación, que no pasaba precisamente por un buen momento, afianzando la relación de Lovecraft con Weird Tales que, eso sí, para evitarse más problemas rechazó otro cuento, en esta ocasión con autoría completa de Lovecraft y tan tétrico como el anterior, el magnífico In the Vault  (En la cripta).

En el mundo de la música ha habido referencias en canciones de Lou Reed o Alice Cooper y naturalmente en bandas duras como Rammstein, Slayer, BlalsphematorCannibal Corpse, pero no puedo dejar de recomendarles escuchar la bonita tonada “Necrofilia Enamorada“,  del cantautor mexicano Armando Palomas. Bizarra es poco para ella.

NECROFILIA CRIMINAL

arropiero2Pero lamentablemente no todo es ficción ni todos los necrófilos se conformar con jugar con cosas muertas. Las crónicas de sucesos nos han dejado muchos casos de asesinos necrófilos. Y es que estas prácticas suelen figurar entre las ofrecidas por los más  terribles asesinos en serie. Repasemos algunos de estos casos, comenzando por los más cercanos:

Manuel Delgado Villegas, conocido como “el arropiero” porque vendía dulces de arrope, estuvo en activo desde 1964 a 1971 dejando por el camino 48 asesinatos confesados, siete de ellos probados y tres de ellos con actividad necrófila. Mató a Toñi, su novia retrasada mental, tras hacer el amor con ella y abandonó el cadáver en el lugar de los hechos, regresando hasta en tres ocasiones. En dos de esas ocasiones, tras llorar desconsoladamente ante ella, se excitó contemplándola y volvió a penetrarla. La tercera vez el avanzado estado de descomposición que presentaba le  hizo desistir.  También asesinó y violó el cadáver de Anastasia Borella, una anciana de 78 años. Tras la penetración le propinó un “cuningulo”, según confesión.

García Escalero, “el matamendigos”, actuó de 1987 a 1993 dejando, según confesó, 15 víctimas por el camino. Gustaba de tener relaciones sexuales con muertas. Iba al cementerio de la Almudena y, guiándose por la foto de la lápida, las desenterraba si le gustaban, teniendo relaciones con los cuerpos “me había bebido un litro de coñac acompañado de pastillas, y rompí tres nichos y desenterré los cuerpos (…) Me atraían mucho a mí los velatorios y los cementerios. Me atraen mucho. Recuerdo que me metía en los velatorios a ver a los muertos, me ponía en la misma postura que ellos cuando no había  vigilancia.[5] O visitaba el depósito de cadáveres del hospital Gregorio Marañón y tocaba o copulaba con los de las recién fallecidas. Con sus víctimas solía mantener relaciones antes y después de matarlas. Pero según declaró, sentía más satisfacción tocando a una mujer muerta que a una viva. No deja de ser significativo el hecho de que mientras cumplía su primera condena, de once años por violación en el penal de El Dueso, tenía la compañía de un pájaro muerto dentro de una jaula.

img_4375_grandeAunque siempre que se habla de asesinos necrófilos se nombra al ‘popular’ Ed Gein, “el carnicero de Plainfield” que tanto ha influido en el cine de terror con, al menos, dos obras maestras basadas en su persona (Psicosis y La matanza de Texas), lo cierto es que si bien es cierto que desenterraba cadáveres y con los  restos hacía cuencos, máscaras, experimentos de reducción de cabezas al modo jíbaro, collar de pezones e incluso un torso de piel de mujer para ponerse en plan chaqueta, entre otras muchas cosas y útiles, lo cierto es que cuando se le preguntó si había mantenido relaciones con los numerosos cadáveres que desenterró, lo negó: “¡No, no! Olían muy mal”[6]. Edmund Kemper, una imponente mole de más de dos metros, disfrutaba descuartizando a sus víctimas y utilizaba sus cabezas con el fin de realizarse fellatios. Ted Bundy, asesino confeso de 23 jóvenes desde 1973, admitió haber violado a sus víctimas después de haberles quitado la vida. El ruso Andréi Chikatilo, “El carnicero de Róstov”, asesinó a 52 adolescentes. Solía conseguir el orgasmo sobre los cuerpos agonizantes de sus víctimas. John Christie asesinaba para poder tener relaciones con cadáveres femeninos, ya que le resultaba imposible tener una erección con un cuerpo vivo. En Australia, el acusado del caso Regina versus Forbes era un hombre casado de 22 años que tenía fantasías homosexuales con un cadáver. Un día salió con una escopeta, encontró  a un desconocido y le pegó un tiro. Después jugó con el cadáver y finalmente lo sodomizó.

Entre los casos más conocidos están los del británico Dennis Nilsen, que desde 1978 y durante cuatro años asesinó a 15 de sus ocasionales amantes, conviviendo con sus cadáveres hasta que la situación se hacía difícil de soportar. Pero durante unos días Dennis cumplía su deseo de compañía, tal y como dejó escrito: “Él estaba más pálido que yo. De todas formas lo sería porque era pelirrojo. Me puse polvos de talco y volví a acostarme. Ahora estábamos iguales. Le hablé como si siguiese con vida. Le dije la suerte que tenía de haberse librado de todo. Pensé que ambos estábamos hermosos. Él estaba muy sexy, pero no tuve ninguna erección (…) Me metí dentro de las sábanas porque empezaba a tener frío. El siguió a mi lado, encima de la cama. Sabía que pronto se enfriaría y no 046-dennis-nilsenquería sentir su frialdad dentro de la cama conmigo. La frialdad de un cadáver no tiene ningún atractivo”.[7] Sin lugar a dudas, el problema de Nilsen y las causas de su tragedia era la soledad: “Mis asesinatos eran una forma pervertida de buscar pareja, el medio de hacer contactos[8].” La soledad también provocó la escalada criminal del estadounidense Jeffrey Dahmer, “el carnicero de Milwaukee”, que fue detenido en 1991 tras asesinar a 17 hombres. Todo comenzó de forma escalonada: “Leí una esquela de un joven de 18 años y me presenté en el tanatorio. Vi el cadáver y era un hombre muy atractivo.[9] Cuando lo hubieron enterrado, cogí una pala y una carretilla con la intención de llevarme el cadáver a casa. Alrededor de medianoche me dirigí al cementerio, pero el suelo estaba helado y tuve que abandonar mi propósito[10].” Asesinó a sus amantes ocasionales y tuvo relaciones con los cuerpos. A alguna de sus víctimas les abría el vientre y se masturbaba sobre ellos.

Estos son solo algunos de los casos más conocidos, pero que sirven de ejemplo para un tópico que no por nombrado resulta menos cierto: Por mucha imaginación que se le ponga, la realidad supera, y con creces, a la ficción.

NOTAS
[1] Real Academia Española © Todos los derechos reservados
[2] Artículo 526 del Código Penal español.
[3] Von Krafft-Ebing, Richard. Psychopathia Sexualis. La Máscara, Valencia 2000. Pág. 42
[4] Masters, Brian. La compañía de los muertos, Ed. B, Barcelona 1994. Pág. 302
[5] Quintero, Jesús. Cuerda de presos. Ed. Planeta, Barcelona 1998. Pág. 67
[6] VV.AA. Sumario del crimen nº 26. Edisa, Madrid 1990.
[7] Masters, Brian. Opus Cit. Pág. 337-338
[8] VV.AA. Sumario del crimen nº 4. Edisa, Madrid 1990.
[9] De hecho, tan atractivo le pareció el cadáver, que tal y como declaró,  no pudo reprimirse y se masturbó en el lavabo del tanatorio.
[10] Ressler, Robert K. /Shachtman, Tom. Dentro del monstruo. Alba Editorial, Barcelona 2003. Pág. 150-151.
Otras obras consultadas:
– Pérez Abellán, Fco. Crónica de la España negra. España, Madrid 1997.
– Berbell, C. y Ortega, S. Psicópatas Criminales. La Esfera de los Libros, Madrid 2003.
– Berbell, C. C.M. H. P. Lovecraft, Eddy y sus amados muertos en  Lovecraft Magazine nº 7. Ed Col.lectiu Dinamo, Barcelona 2000.
– Lovecraft, H. P. y otros. Horror en el museo. Caralt, Barcelona 1985.
– Schechter, H. y Everitt, D. The A to Z Encyclopedia of Serial Killers. Simon & Schuster, New York 1997.

 

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