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Diario de Serendipia en Sitges 2022: Retorno a la normalidad. Quinta cápsula

Serendipia encara, tras el movido fin de semana, una plácida travesía por Sitges que le llevará a su conclusión, eso sí, no sin antes ver muchas películas más, toparse con personalidades y reencontrarse con amigos. Y la jornada comenzará en el emblemático cine Prado. 


LUNES 10


Ya les hemos dicho que Serendipia es muy de clásicos en pantalla grande. Es sentimental y se hace mayor, así que, entre tantas novedades y estrenos, se da un respiro y prontito, bien prontito y en primera, primerísima fila (por algo ha preferido comprar la entrada y no aprovechar su acreditación, que le relega al gallinero), se sumerge en el telúrico misterio de Hanging Rock.

Australia, 1900, día de San Valentín, 19 alumnas adolescentes del pensionado Appleyard van de pícnic a Hanging Rock acompañadas por Diane de Poitiers (Helen Morse), joven profesora de lengua y literatura francesa, y Greta McCraw (Vivean Gray), la madura profesora de matemáticas. La única que no lleva un atuendo blanco y primaveral es Greta McCraw. Ella es el espíritu de lo racional, lo científico, opuesto al sensualismo literario que impera en todas las demás. Hora de la siesta, ella es la única que permanece despierta leyendo su libro de problemas. El plano detalle nos muestra que está enfrascada en un ejercicio de geodesia, esa parte de la topografía encargada del cálculo de las alturas sobre la curvatura terrestre. Alza la vista hacia la roca volcánica, que se recorta neblinosa y con los contornos difuminados, como si estuviera midiéndola. Pero su rostro cambia de expresión como si hubiera descubierto algo que va más allá de la ciencia, justo allí donde la matemática se convierte en magia, donde la topografía se vuelve contacto con lo telúrico.

Picnic at Hanging Rock es una película preciosista que se detiene en los detalles con exquisita sutileza, detalles a los que hay que estar atento para descubrir el misterio que nos relata. Basada en la novela homónima de Joan Linsayd, este segundo film de Peter Weir ya contiene sus marcas de autor: la aparición de personajes que no pertenecen a un determinado mundo, los cuales se harán presentes en él y nada volverá a ser lo mismo; y su depurada puesta en escena que favorece esa su capacidad tan personal de insinuar lo intangible. En esta ocasión ese personaje catalizador es el propio paisaje, la propia roca que se eleva libre sobre el encorsetamiento victoriano. Temido por los aborígenes, los burgueses australianos buscando parecer cuánto más ingleses, mejor, pretenden hacer de Hanging Rock un paraje próximo a la campiña británica, ignorando así el verdadero carácter de la naturaleza australiana. A Weir ese contraste entre lo salvaje, ignorado a toda costa, y la autoimposición de conductas puritanas, le sirve para retratar un tema que volverá a retomar años más tarde en El club de los poetas muertos (Dead Poets Society, 1989): la represión como modo de despojar al individuo de sus capacidades para convertirlo en una pieza del engranaje sin voluntad de rebelión. Y más allá, represión que deja a la muerte como única salida para los que son disonantes, distintos.

En Picnic at Hanging Rock se juega con el lenguaje de los volúmenes: los curvos que definen lo natural, los rectilíneos que caracterizan al ambiente victoriano del pensionado; como si lo recto hubiera de domesticar lo curvo que hay dentro de cada una de las adolescentes. Esa rectitud hierática que representa a Mistress Appleyard (Rachel Roberts), la directora, capaz de reducir al silencio a las bulliciosas muchachas cuando les dicta las últimas indicaciones para comportarse según corresponde a señoritas de su clase. La formación geométrica con la que se despiden de su directora contrastará con los círculos que formarán los corros de jóvenes, abandonadas a la poesía en ese locus amoenus que es la zona de pícnic. Lo recto excluye lo vital, la intensidad del sentimiento y Mistress Appleyard se cree en el deber de enderezar cualquier cosa que consideré torcido, como la joven Sara (Margaret Nelson) a la que vemos atada “por su bien” en la clase de danza. Sara es una huerfana cuya permanencia en el centro se ve amenazada por el descuido con el que su tutor se retrasa en el pago de las cuotas. Ella es el elemento extraño, pertenece a otra clase, a la vez que su alma poética se rebela contra la disciplina de los estudios. Sobre Sara volcará Mistress Appleyard su ansía de dominio cuando su escuela se ve tocada por el escándalo, la viuda se aferra a lo poco que queda de su poder y la presiona y humilla hasta llevarla al suicidio. Ese será el fin de la institución, la naturaleza habrá vencido de nuevo al afán por encauzarla aunque haya tenido que liberarse a través de la muerte.

Mistress Appleyard confiaba tanto en Greta McCraw, por su frialdad matemática, por ser lo más parecido a un principio masculino en el seno de ese universo femenino que es el pensionado. La última vez que fue vista Greta fue cuando se encaminaba a la cima sin su vestido, ataviada únicamente con la ropa interior. Ese es el episodio central del film: cuando tres alumnas y la Señorita McCraw desaparecen en la roca. Hacia las tres de la tarde, tres de las chicas mayores pidieron permiso a la profesora de francés para explorar la roca. Las tres jóvenes -Irma Leopold (Karen Robson), Marion Quade (Jane Vallis) y una muchacha a la que se recuerda simplemente como Miranda (Anne-Louise Lambert)- tenían todas diecisiete años y destacaban por ser sensatas y responsables. Tras un breve comentario entre los adultos (durante el cual se observó que los relojes de Ben Hussey y de miss McCraw se habían parado a mediodía), se acordó dejarlas ir. Posteriormente dieron también permiso a Edith Horton (Christine Schuler), una chica más joven, de catorce años, para acompañarlas. Se advirtió a las cuatro que no subieran demasiado por la roca, que procuraran evitar los riscos, cuevas y precipicios, y que tuvieran cuidado con las serpientes, arañas y otros bichos peligrosos.

Y las jóvenes ascienden hacia esa roca volcánica de 150 millones de años. Miranda, esa Venus de Boticceli cierra la expedición, pero ella es el centro. Virgen del amor conduce a sus compañeras a la ascensión hacia el misterio. La montaña es un símbolo cósmico y representa, a la vez, el centro y el eje del mundo. Vista desde lo alto, se percibe como el punto de una vertical en el centro del mundo. Vista desde abajo, es también el eje del mundo, pero en el sentido de una escala, de una pendiente que hay que subir. Sus puntas escarpadas insinúan rostros, el magnetismo que rezuma (los relojes se han parado a las doce del mediodía por ese campo magnético) abduce a las muchachas, sólo Edith queda al margen del influjo y pronto se separará del grupo. Las demás van liberándose progresivamente de las prendas que las encorsetan a los principios del puritanismo victoriano. Su viaje va del puritanismo a la pureza, a la comunión con la inocencia de lo natural. Y ese flou que usa Weir produce una perenne sensación de neblina que las hace parecer etéreas en ese despertar sexual que las lleva a la fusión con lo telúrico.

La sabiduría cinematográfica de Weir crea la atmósfera de misterio, o mejor sería decir de encuentro con lo mistérico: esos travellíngs circulares que las acompañan en el último tramo de su ascensión; las transparencias recortándose a contraluz; los contrapicados de la roca y las muchachas; el trabajo de sonido centrado en el ulular del viento y que tiene un perfecto contrapunto en la flauta de pan que ejecuta la banda sonora; los ralentís que las convierten en ninfas dispuestas a entregarse a los orígenes naturales, a abandonar la hipocresía de una moral que las anula. Flotando como en un sueño nos las muestra el último plano en que las vemos, para desaparecer después hacia el seno de la roca. Viaje de los pináculos fálicos a la inmersión en la cueva, madre del ser. La montaña está unida al ombligo del mundo y, en este caso, evoca la fecundidad de la Madre Tierra. La rebelión de lo femenino, de lo sensual, se ha consumado y la inexplicada desaparición de las muchachas conduce a la ruina a Mistress Appleyard y sus métodos castradores. La aparente irrealidad derrota a la que parecía aplastante realidad.

Y a continuación, en ese mismo entorno, ideal para dejar pasar la magia, Serendipia se sumerge en las Unicorn Wars (Alberto Vázquez), una fantasía de animación nada inofensiva, con toques de comedia pero también con un mensaje para tomar muy en serio. Unicorn Wars fue una de las apuestas fuertes del festival de Sitges pues, además de tener más pases, o al menos así nos lo pareció, participó en dos secciones: Oficial a competición y Anima’t.  

Los vídeos de perretes y gatetes siempre son tendencia, signo de nuestro tiempo y nuestra  vocación de escapismo, los japoneses tienen una palabra para aludir a todo aquello que nos transporta al mágico mundo de colores que prometía Walt Disneykawaii.  La palabra kawaii es una de las más usadas por los japoneses en la actualidad. Expresa una sensación de cierta alegría e ilusión y no solo se usa para describir a bebés o animales, sino que también se aplica a ropa, artículos de decoración y hasta dulces. Los unicornios y los osos amorosos pertenecen por derecho propio a ese universo. Pero Alberto Vázquez tensa los hilos e invierte los términos llevándolos al reverso amargo de lo agradable y naifUnicorn Wars busca al espectador adulto con una fábula antibelicista que no repara en sangre para mostrar el absurdo de la guerra, el adocenamiento de la sociedad, el abuso de los poderes fácticos (militares, religiosos) y su política de (necesarios) daños colaterales, para mostrar, en suma, aquel Horror del que hablaba el Coronel Kurtz. En las manos del director gallego se entretejen los mimbres de Bambi, con gotas de Apocalypse NowLa chaqueta metálica e hilos del Capítulo 4 del Génesis, y el resultado es una cinta de animación llamada a perdurar entre las creaciones memorables del género. Por su fondo y por su forma.

Como pasaba con Psiconautas, los niños olvidados, el proyecto empezó siendo cómic y pasó al corto (Sangre de unicornio, de 2013) antes de extenderse como largo. «En el corto veíamos a dos ositos cazando unicornios porque su sangre sabe a arándanos. Era mi forma de acercarme al drama del bullying. Decidí coger ese universo, expandirlo y mezclarlo con el género bélico y una historia religiosa y mitológica», declaraba el director a la prensa. Vázquez pone lo personal e íntimo a la altura de lo general y común, las pequeñas guerras familiares como puede ser la lucha entre dos hermanos por el favor de una madre, son equivalentes a las otras que implican a sociedades controladas por los intereses de las clases dominantes. Y a todo ello le da un tratamiento legendario que sirve, además, para cargar las tintas contra los Mitos Fundacionales bajo cuyo paraguas se ampara el poder para perpetuarse.

Unicorn Wars es un producto maduro que va mucho más allá del chiste de enfrentar ositos contra unicornios. Como bien señala el especialista Adrián Encinas, «es una filigrana de una calidad artística muy por encima de lo común. Un deleite para la psique y la retina donde la visceralidad sanguinolenta y el inmaculado amor por la naturaleza forman un todo perfectamente hilvanado«. Toda una reflexión sobre el combate entre lo silvestre y lo adocenado, lo matriarcal y lo patriarcal. Una denuncia y un canto, que no deja demasiada esperanza, que ha requerido un gran esfuerzo de trabajo: 6 años de proceso, más de 250 profesionales, 1.453 planos, más de 50 personajes y 124.515 fotogramas son algunas de las cifras de este universo imaginado por Alberto Vázquez. Uno de los principales retos en la animación de esta película, ha sido la convivencia de la animación tradicional con la animación 3D para los personajes de los unicornios. Como apuntaba su director: «Casi toda la película es animación tradicional. Lo distinto son los unicornios, pero incluso estos los acabamos repintando por encima para que parecieran hechos a mano. Las 3D nos han solucionado el problema de hacer una batalla con treinta caballos en cámara. ¡Animar caballos no es fácil!». Alberto Vázquez también ofreción una charla, enmarcada en la sección Sitges Industry, en la que contó todos los secretos de su película:

Y tras este pequeño oasis de mágia, Serendipia retorna a la realidad y, ¿qué mejor manera de hacerlo que metiéndose una buena dosis de adrenalina con un thriller realizado, nuevamente, en Corea del Sur? Pues eso, ni más ni menos, es lo que es Emergency Declaration (Han Jae-rim), un producto semejante a aquellas cintas de catástrofes aéreas que se pusieron de moda en los cines de mediados de los 70 pero que, pasada por el tamiz surcoreano, se convierte en una experiencia casi física. Cine de catástrofes aéreas pero, como no podía ser de otro modo, revisado al alza por la pericia coreana para la acción, y por su sello pospandémico, porque aquí el terrorista de turno perseguirá aniquilar al pasaje y a la tripulación de un vuelo desde Seúl a Hawai, por puro placer extremo, inoculando un peligroso virus para el que no hay todavía antídoto. Se vivirán situaciones que nos recordarán vivencias recientes, los confinamientos (aquí limitados a dividir el avión en dos zonas, la limpia y la contaminada), las histerias de algunos, las disquisiciones éticas y una cierta justificación de la política de Covid Cero, hay un momento en la cinta en la que los supervivientes deciden no aterrizar para evitar que el contagio se extienda en tierra y sean responsables de la muerte de sus seres queridos y sus compatriotas. Pero Emergency Declaration no es únicamente un drama y una intriga aérea, es un trhiller en toda regla porque la investigación en tierra comparte protagonismo con lo sucedido en los aires. Un thriller que pronto deja de englobarse en la categoría de clásico para merecer de pleno la clasificación de psicológico.

(Foto: Sitges Film Festival)

Lo peculiar de la trama es que el asaltante no persigue negociar, sabe que va a morir víctima de su propio ardid, el problema no es, pues, lidiar con el terrorista, sino lidiar con los pasajeros y los enfermos mientras se intenta aterrizar la nave. Las preguntas y las dudas de la gente, donde el miedo y las posibles repercusiones, tanto legales como morales y económicas, entran en juego, son las ánimas que vertebran la tensión. Porque, ¿Qué pasaría si el avión aterriza y el virus se expande? ¿Qué vale más, las vidas de un grupo limitado de pasajeros, victimas cuantificables y reales? ¿O las de todos los demás seres humanos, posibles victimas futuras? No faltan voces críticas que ven en todo esto una utilización oportunista del miedo real que la pandemia nos ha hecho sufrir, pero en su descargo hay que señalar que empezó a rodarse antes de que se declarara la emergencia sanitaria. Esta intriga, que cuenta con dos de los actores más célebres de la cinematografía surcoreana: Song Kang-ho (Parasite, Memories of Murder) y Lee Byung-hun (Encontré al diablo, A Bittersweet Life), fue un buen colofón para este día atípico, que dejaba a Serendipia listo para la siguiente jornada, en la que habría uno de los platos fuertes del festival.

Despedimos la cápsula recordando que este año se contó, durante muchos de los días de festival, con la presencia de Robert Englund, toda una leyenda del cine de terror. Siempre amable y cercano, siempre dispuesto a posar con los fans y firmar cuanto se le ponga por delante. Englund es un tipo estupendo que también mantuvo el encuentro con los fans que les ofrecemos a continuación (y que pueden subtitular mediante youtube):

 

Categorías: Sitges Film Festival
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