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La Hueste por Ángel Salinas Sánchez

Hoy os presentamos la obra de Ángel Salinas Sánchez, gran amante del género de terror que nos dice de sí mismo: Mis gustos van desde la literatura de terror (admiro a Poe y Lovecraft)y cienciaficción a la poesía, pasando inclusive por la literatura esperimental. Comencé a escribir hace unos diez años más o menos, digamos que por necesidad ya que mi estado de ánimo era bajo. Y lo que empezó siendo una especie de terapia se convirtió en una fabrica de contar historias. Podría decir que mi escritura se centra sobre todo en cuento y microrelato, pero no descarto algún día llevar a buen puerto el proyecto de novela que tengo entre manos.

LA HUESTE

 

El ruido de mis pisadas sobre los charcos acompañaba la tétrica melodía que componían los truenos en el furor de la tormenta. Mi carrera hasta llegar junto al presunto accidentado se hacía cada vez más ardua por el desnivel de aquella embarrada ladera y  la pesadez en mi brazo por sujetar mi maletín médico. En un principio, desde el borde de la carretera, pensé que no debería tener tantos problemas para llegar a socorrerle. Tras varios resbalones que me hicieron perder el equilibrio, entre helechos goteantes y arbustos enmarañados, seguí por un pequeño camino serpenteante, lleno de pequeños meandros formados improvisadamente por la abundante lluvia.  La luz de mi linterna trataba de abrirse paso entre la espesura, formando un juego de sombras siniestras que parecían acecharme, en silencio, como esperando el momento justo para darme un final parecido al de aquel extraño. Por fin conseguí descender la ladera y en un pequeño claro entre la maleza, pude divisar el cuerpo inmóvil tirado boca abajo en el barro. Según me acercaba, sus ropas me indicaron que se trataba de algún lugareño al que desgraciadamente le había cogido la tormenta. Cuando llegué junto a él, me apresuré en darle la vuelta para comprobar su pulso y respiración. Ningún rastro de ellos. No presentaba signos de violencia por lo que deduje que podía haber sufrido un infarto. Me arrodillé junto a él y rápidamente le practiqué la reanimación cardio-respiratoria. Tras varios intentos reanimatorios, la tos dio paso al abrir de sus ojos que se clavaron en mi cara. Le había devuelto a la vida. Un relámpago penetró entre los árboles iluminando la escena y acentuando aún más, el blanco de aquellos ojos que no dejaban de mirarme. Me estremecí por completo al ver el semblante de aquel rostro silencioso, despeinado, de pómulos marcados y piel amarillenta, enfermiza, como si arrastrara consigo un eterno cansancio. Traté de sacarle de su aturdimiento  hablándole:

–          ¿Cómo se encuentra? ¿Sabe dónde está?… Soy el doctor Fuentes. ¿Puede recordar su nombre? –su rostro permanecía impasible mientras aquella mirada me penetraba incómodamente–. La rueda de mi coche pinchó y al bajarme para cambiarla, le he visto. Realmente ha sido toda una suerte poderle ver desde allí arriba, pero bueno, mira por dónde un infortunio ha conducido a que le haya devuelto la vida, amigo.

–          ¡…Devuelto la vida! ¡Mi vida! –su tosca voz me sobresaltó de tal manera que casi hizo caerme de espaldas­–. Usted no sabe lo que ha hecho. Debió arreglar esa maldita rueda y marcharse de aquí. ¡Yo…!, Yo debería estar muerto –se sosegó por momentos en una triste resignación para volver a exhaltarse de nuevo–. ¡Ahora ellos me buscarán!. Y no se detendrán hasta que cumplan su cometido. No debió entrometerse. Ahora usted también corre peligro.

Un trueno distinto a los que se habían sucedido hasta el momento le interrumpió bruscamente. Girando su cabeza como un resorte, su vista se clavó en unos matorrales cercanos. De repente, una brisa helada y un profundo olor a cera quemada inundó la oscura noche, creando una nauseabunda  atmósfera que rápidamente nos rodeó. El extraño me agarró el brazo y volviéndome a clavar aquella siniestra mirada, me insistió varias veces que me alejara de allí. Por alguna extraña razón, puede que mi curiosidad científica sobrepasara al temor que comenzaba a sentir, no podía moverme. Me fijé en la mano que me agarraba el brazo y vi unas agresivas marcas amoratadas, que se extendían por el borde de los dedos para perderse en la palma. Miré su otra mano y también las llevaba. Eran unas marcas extrañas, como una abrasión provocada por el largo y continuo agarre de algún objeto de textura irregular. Me recordaron a las manos de mi tío Julio cuando volvía de cavar sus viñas. Pero no creo que fuera el caso de aquel tipo. Su complexión famélica y el extremo cansancio que mostraba todo su cuerpo, no le permitiría ni sujetar un pico. Viendo que yo permanecía inmóvil, el lugareño cogió una rama que encontró cerca de nosotros y se apresuró en dibujar en el suelo un circulo al derredor mío.

–          Mientras permanezca dentro de él, estará a salvo. Y por lo que más quiera, no les mire.

Aquel olor a cera quemada aumentó hasta tal punto que parecía colapsar nuestras vías respiratorias. Un extraño sonido llegó hasta nosotros transportado por la helada brisa, atravesando los matorrales cercanos. Era como un grito ahogado,  un lamento arrancado de un alma en pena. Un escalofrío me recorrió desde los pies hasta la cabeza, haciendo que me incorporara dentro de aquel círculo. El extraño volvió a mirar en dirección de los matorrales y pude ver como su rostro palideció hasta el punto que pareciera una figura de porcelana. Cuando fui a preguntarle que era lo que estaba ocurriendo ya estaba a varios metros de mí, volcado en una enloquecida carrera. Jamás vi a nadie correr tan despavoridamente. Me fijé a donde él había estado mirando y pude percibir a lo lejos un baile de luces que, poco a poco se acercaban en silenciosa procesión. Fuere lo que fuere, aquello me sumergió en un profundo terror que hizo que yo también corriera ladera arriba en busca del amparo de mi coche. Con las manos temblorosas cambié la rueda pinchada y acelerando todo lo que pude y que la sinuosa carretera me permitía, llegué hasta un cruce donde un cartel me indicaba la presencia de un pueblo cercano, Gisamo. Pensé que dado que no era una hora demasiado tardía, no tendría problema en encontrar allí un sitio donde pasar la noche y reponerme del impacto de todo lo ocurrido.

El pueblo era pequeño y no tardé en localizar una antigua hospedería. Una vez alojado en una de sus habitaciones, bajé al salón para cenar algo antes de irme a dormir. El salón también era utilizarlo como una modesta tasca, por lo que podría cenar acompañado de varios habitantes de allí que tomaban vino apoyados en la vieja barra. Mientras cenaba, no dejé de pensar en lo ocurrido, buscando una explicación razonable a lo que me dijo aquel tipo y a aquellas luces precedidas por ese intenso olor. Como era de esperar, terminé mi cena sin llegar a una conclusión merecedora de carecer de cualquier fantasía o superchería popular. Pensé que sería una buena idea tomar un trago junto a los otros asistentes para tratar de olvidar lo ocurrido, ya que comenzaba a tener pinta de convertirse en una obsesión. Me acerqué a ellos y me sorprendió escuchar el acento extremadamente cerrado con el que hablaban. Esto me llevó a preguntarles a que provincia pertenecía aquel pueblo.

¿Gisamo?, Do A Coruña, faltaría más…–respondió uno de ellos dejando totalmente claro su procedencia gallega–.

De inmediato, dejaron su vaso de vino sobre la barra y me miraron fijamente. Les debió parecer que había visto un fantasma, ya que palidecí al saber que me encontraba en Galicia. ¿Cómo demonios había llegado a este pueblo de Galicia, cuando yo me dirigía a una convención de medicina en Barcelona? Pedí otro vaso de vino para mí y de un trago, el líquido templado descendió hasta mi estómago, calentándolo y deshaciendo el nudo que se había formado en mi garganta al oír aquello. Entonces, por alguna extraña razón, me vi obligado a contarles lo sucedido en aquel bosque unas horas antes. Los lugareños escuchaban atentamente mientras tomaban pequeños sorbos de sus vasos. Al final de mi exposición, el mismo que respondió a mi anterior pregunta, concluyó secamente la conversación aumentando con creces mi curiosidad y, por supuesto, embriagándome de un temor impropio de un científico.

Cousa dos mortos –dijo seriamente-.

Mi cabeza era un atolladero de pensamientos inconexos. Si por fuera poco la experiencia vivida en aquel bosque, ahora me encontraba en la costa opuesta de la ciudad a la que me dirigía sin una explicación, con un extraño sentimiento que me agarrotaba los músculos.  Lo mejor sería irme a la cama y tratar de descansar. Al día siguiente intentaría aclarar lo ocurrido. Mi habitación se encontraba en la primera planta, por lo que el ruido de las conversaciones de los lugareños llegaba débilmente hasta mis oídos. En el exterior, un perro comenzó a ladrar. Su ladrido era histérico y amenazante, como si tratara de avisar de un peligro que se cierne inexorablemente sobre mí. Con aquel ladrido entré en la fase de sueño. Durante un par de horas debí sufrir unas terribles pesadillas, ya que me desperté completamente empapado en sudor y con la extraña sensación del acecho de alguien o algo. En mi recuerdo, las pesadillas habían grabado a fuego aquella procesión de luces, de alaridos desgarradores, de un tormento jamás conocido por el hombre. Tenía incrustado aquel fuerte olor a cera quemada en mi pijama, en la piel, en el pelo. Aquellas pesadillas habían sido tan reales… Pero, ¡no!. Aquel olor estaba presente en la habitación. Me levanté aterrado, tambaleándome debido a mis piernas agarrotadas. El ladrido del perro se había transformado en aullidos agonizantes, a pesar de que la luz de la luna se estrellaba contra el cielo encapotado. Una corriente fría me atravesó los huesos provocando el rechinar de mis dientes. Sí, era aquella brisa helada que sentí en el bosque junto aquel tipo. Entonces pensé que si tenía que ser atacado, lo más lógico sería que la amenaza tendría que subir hasta mi habitación por la escalera que daba servicio a las habitaciones. Empujé como pude un viejo armario hasta bloquear la puerta. Pero mi mente me decía que aún así no estaría seguro, y esto me hizo recordar las recomendaciones que me dio aquel tipo tan extraño en el bosque: No salir del círculo y no mirarles… Pero, ¿a qué o a quiénes?  Rápidamente busqué en mi maletín un pequeño bisturí con el que poder grabar en el suelo de madera el círculo protector. Me arrodillé en el suelo y mis manos temblorosas comenzaron a trazar la línea que supuestamente me mantendría a salvo. Llevaría trazado un par de centímetros cuando hasta mis oídos llegó aquel grito ahogado, y a continuación, una voz terriblemente familiar, hizo erguirme y volver la vista hacía donde procedía.

–          Doctor Fuentes. Le dije que había cometido un error devolviéndome la vida. Yo iba a quedar libre de mi pena, pero usted lo ha impedido. Pero ya es tarde. Les ha mirado y el círculo de Salomón ya no puede salvarlo.

Frente a mí se encontraba aquella persona a la que salvé en el bosque. Sus huesudas manos sujetaban una pesada y tosca cruz de madera que dejaba recostar sobre el hombro. Pero lo que más me sobrecogió fue que a ambos lados de él, varios encapuchados típicos de la semana santa, portaban enormes cirios encendidos. Intenté buscar sus ojos a través de las capuchas blancas pero no encontré nada más que el profundo tormento, una inmensidad oscura en la que el castigo y la pena les haría vagar más allá del tiempo de los hombres. Me desplomé aterrorizado ante lo que mis ojos estaban viendo. Mi cabeza latía fuertemente mientras miles de imágenes pavorosas de aquella hueste galopaban en mi mente. Los rostros de antiguos pacientes me gritaban una y otra vez las negligencias presentes en mis operaciones, las cuales, se habían convertido en práctica habitual. ¡Pero voy a cambiar! ¡Yo he salvado a ese hombre! –grité hasta el agotamiento–. Al borde del delirio, con espasmos y retorciéndome en el suelo, la comitiva de muerte me rodeó provocando el desvanecimiento.

Pesadamente abro los ojos y me percato de que no estoy en aquella habitación, aunque el profundo olor a cera no ha desaparecido. Hace mucho frío y me duelen las manos. La cruz de madera avanza con mi paso mientras la sujeto. Estoy tan cansado… cansado… ¡¡Dios mío!!  ¡¡Esos capuchinos van a mi lado con sus cirios encendidos!!


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El sótano, por Javier González

15 febrero 2010 1 comentario

Enamorado de los libros desde antes de que sus letras pudieran remitirle a palabras, Javier González es un maestro en el arte de tejer historias.  Sus narraciones nos agarran desde la primera frase y nos conducen hasta el desenlace con una prosa elegante y sobria.  Comparte su obra con sus compañeros del Café de Artistas y destaca por su camaradería.  Hemos seleccionado el relato que os transcribimos a continuación y ha sido una labor difícil quedarse sólo con uno, esperamos que os guste tanto como a nosotros.

El Sótano

Uno

El Universo mide exactamente cuatro metros de ancho, cuatro y medio de largo y tres de alto. Las paredes son de ladrillo visto; el suelo -que siempre está húmedo y frío-, de cemento sin pulir. Arriba, en la techumbre, se abre una pequeña trampilla de cincuenta por cincuenta centímetros que sirve de ventilación y por la que apenas discurre la única luz. Habitan el Universo dos hombres. En realidad son hermanos, pero ellos ignoran su vínculo, como ignoran todo lo demás, salvo que existen. Siempre han estado allí. Desde hace más de treinta años, viven, comen, duermen y defecan en el sótano, que es el Universo.
Cada dos o tres días, la comida cae al suelo desde la trampilla con un ruido sordo. No es gran cosa: restos de guisado, patatas… algún que otro día, carne; los más, legumbres. Los habitantes no son remilgados: consumen con avidez el rancho sin servirse de las manos. El más fuerte de los dos, come siempre primero. Cuando vienen las lluvias, las filtraciones anegan el suelo, pero ellos han aprendido a aferrarse a la pared para no calarse. En esos días, duermen asidos al muro, pegados como insectos o reptiles, con un respirar cadencioso y la primitiva mente alerta. Si su enfermedad les permitió alguna vez cierto vestigio de cordura humana, la vida en el sótano hizo desaparecer ese rastro para siempre. Un día por semana, Dios baja al Universo con una escala para retirar los excrementos y dejar un cubo con agua. También lleva un palo, pero hace años que no lo usa. Los habitantes saben retirarse a un rincón hasta que se marcha.
Dios también está enfermo y se llama Crisanto.
Es su padre.

Dos

El Concello de Pedras da Corgo se derrama en desorden por una ladera verde e infinita, salpicando los pastos con casas de solemne pobreza, de un abandono antiguo, húmedo y triste. Los vecinos son pocos y muy viejos, restos irreductibles de la emigración masiva de mediados de los setenta. Sucede que allí, a veces, la certeza y la intensidad del odio sobreviven al recuerdo de los motivos que lo causaron. Paíños y Lobeiras viven enfrentados desde hace tres generaciones. Hay quien dice que fue por unas vacas. Otros, que un Lobeira dejó preñada a una Paíño y hasta los hay que hablan en voz baja de un terrible conxuro. Pero nadie sabe a ciencia cierta por qué si alguien del chaparral se cruza con un Lobeira, pasa sin mirar y escupe al suelo, ni por qué ambos se alejan con el rostro ardiendo y con las sienes encanecidas latiendo tan fuerte.

Una noche, una lluvia tenaz y oscura oculta la luna llena colmándola de malos presagios. Un hombre camina por entre los campos, maldiciendo entre dientes, con el cuello de la pelliza bien subido y un paraguas inútil que opone al viento. No llega a ver quién sostiene la recia escopeta de caza que le espera en un recodo y, aunque la descarga lo levanta del suelo con el pecho abierto en dos, Crisanto Lobeira tarda en morir varias horas, y consume su desvarío recitando las tonadas que aprendió cuando niño, sólo, enredado entre las zarzas en que ha buscado cobijo, después de arrastrarse como un perro por el barrizal.

Y tres

El último habitante del Universo mira y remira la trampilla abierta.
Cerca de él, lo que un día fue su hermano es ahora sólo una carcasa vacía e inerme, el sustento que le ha permitido sobrevivir desde que fue dejado de la mano de Dios.
Ahora, de un lado, está el miedo. De otro, el hambre, la sed y la esperanza de encontrar más semejantes cuyos cuerpos le ayuden a vivir. Debe ir hacia la Luz. De pronto, se provee de una suma de determinación y necesidad. Trepa el muro. Se aferra a un ángulo imposible y ve que puede progresar.
Ya ha llegado hasta el hueco. Sólo le queda asirse al borde, bascular y darse impulso.
Primero coloca una mano.
Luego la otra.
El habitante, decidido y hambriento, ha salido al mundo exterior.

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Otras realidades, por Porfirio

16 noviembre 2009 Deja un comentario

 

Porfirio es una mujer valiente y modesta a partes iguales, de una sensibilidad extrema con la que ha ido acumulando experiencias.  En sus manos esas experiencias, que a otros les habrían parecido demasiado duras para ser soportadas, se convierten en relatos delicados que nos hacen pensar.  Como esta serie de microrelatos que os presento y lleva por título Otras realidades. Espero que os gusten.

 

Realidad I

El pasillo es largo y estrecho.  Hay cierto olor indescriptible en el ambiente, mezcla de humanidad y detritus.

Una mujer avanza.  Lleva la cabeza ladeada y una lengua descomunal le cuelga babeante.  Cuando llega a su altura, la mujer se abraza a ella lamiéndole la cara y le pregunta: ¿cuantos años hace que te has muerto?

Era su primer día.

 

Realidad II

El teléfono sonó a la hora acostumbrada. Con el gesto nervioso y culpable de quién sabe que está contraviniendo las normas, descolgó el auricular al primer timbrazo. La voz sonó ansiosa al otro lado formulando la pregunta que, aunque repetida, no se había convertido en rutinaria.  Ella facilitó la información.

Había días alegres en que las noticias se contaban solas, sin embargo otros necesitaba de toda su pericia para dar el ánimo justo sin falsas esperanzas.  Eso venía ocurriendo en la última semana.

A la mañana siguiente, Marisa fue engullida por una ambulancia que la trasladó al hospital general donde moriría dos días después.

Sor María ya no recibiría la llamada de la madre de la chica exactamente a las once de cada noche para preguntarle si había cenado.

Marisas tenía 16 años, medía 1,73 y pesaba 35 kilos.

 

Realidad III

Isabel da un brusco tirón mientras exclama: “-¡tengo que ir a Zaragoza! Estoy embarazada de mi tia Pura.  ¡tengo que sacarme esta mierda de dentro!”

Sor María sujeta las manos de Isabel mientras caga en el inmaculado vater del Hospital psiquiátrico.

manicomio

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En la escalera

13 noviembre 2009 2 comentarios

Subió envuelto en el aroma de la rosa blanca que encontró en un banco y le había parecido un presagio; ensimismado por la fragancia y la ilusión no llegó a escuchar el inquietante roce metálico del ascensor. Ni siquiera notó la estruendosa sacudida con la que se detuvo en el cuarto piso. Tampoco el chirriar de la puerta cuando la abrió. En su cabeza sólo resonaban perfumados compases de piano de una vieja canción francesa.

rosablancaSigiloso se deslizó por el rellano hasta la puerta del 4ºA. En el rótulo se leía: Luz Larraub, nombre melodioso de aquella que imaginaba como la mayor promesa de dulzura y de la que no sabía otra cosa que el que ella había llegado de Argentina esperando que la fortuna le sonriera en este lado del Atlántico. Quien la había conocido era Alfredo, él le había dicho la dirección insinuándole que sería bueno que la visitase si quería darle un giro a su vida. La sonrisa de Alfredo tenía un matiz de picardía y Rodolfo se sintió intrigado. No tardó ni un día en presentarse a la cita no concertada llevado por el pálpito de que algo mágico iba a ocurrirle, si no ¿por qué le había sonado tan armoniosa la otras veces aflautada y discordante voz de Alfredo?

Blanco como la rosa, otra casualidad, era el minúsculo botón del timbre que tanto contrastaba con la altísima y sólida puerta de un adusto marrón oscuro. Lo presionó esperando que sonase el leve tintineo de unas deliciosas campanillas, por el contrario, retumbó en sus oídos un estridente zumbido similar al de un millar de cigarras mecánicas. Después el silencio que, por contraste, aún resultó más molesto, sobre todo cuando se prolongó mucho más allá del que, en circunstancias normales, se produce tras llamar a una puerta. Rodolfo se mantuvo indeciso unas décimas de segundo, después de repasar las angulosas molduras marrones, se decidió a volver a pulsar el timbre. Ante su sorpresa el inarmónico zumbido de la vez anterior se convirtió en un enervante chirriar de cadenas, por un momento llegó a pensar que sin darse cuenta había llamado a otro piso, pero era imposible, él no se había movido. ¿Moverse? Gato_negroMás bien era el dintel el que parecía haber descendido, Rodolfo se dijo que sería una ilusión provocada por aquella luz tan tenue que incluso disminuía en intensidad cada vez que presionaba el botón. También hubo silencio esta vez, Rodolfo aguzó el oído tratando de percibir alguna muestra de vida al otro lado. Lo que fuera: pasos, voces, música, el entrechocar de las puertas interiores, cualquier resonancia aunque resultará amortiguada por el grosor de aquella mole de madera que empezaba a parecerle inexpugnable.  La evidencia era palmaria, no había nadie en casa, hasta la rosa se había apagado como su ánimo, por otra parte ya podía esperárselo al no haber anunciado su visita.

Iba a dar media vuelta cuando oyó simultáneamente el motor del ascensor que se alejaba y una especie de grito sofocado en el interior. Esta vez pegó la oreja a la puerta cerrada intentando escuchar, le pareció que en algún punto lejano se rompían cristales, después nuevamente silencio; un silencio denso que casi se podía cortar. No quiso más sorpresas con el timbre, así que golpeó fuerte con los nudillos justo debajo del rótulo que era la única pista de que no se había equivocado de lugar. Pese a la fuerza que imprimió a su brazo, los golpes resultaron sordos como si la madera se hubiese convertido en corcho, cosa que habría afirmado de no ser por la dureza que percibía su tacto y el leve dolor en su puño. Por primera vez observó la cerradura, era la típica de las casas antiguas, una oquedad en la que sólo podía ajustarse una gran llave de hierro forjado, pensó que si se agachaba podría ver algo de lo que se escondía detrás, pero no, el hueco estaba ciego, cosa que no podía significar más que el que la llave estaba puesta por dentro. De modo que la casa no podía estar vacía. Estaba inmerso en sus deducciones cuando sintió un carraspeo seguido de un acceso de tos que sonaba a la altura de la cerradura desde el otro lado y, tras una pausa, toda una urdimbre de sonidos diversos: correteos, roces, murmullos, hasta el gorgoteo de un grifo mal cerrado, todo junto provocaba una lóbrega cadencia que le impresionó de forma ingrata. Y más todavía cuando su olfato percibió el inconfundible olor agrio de las flores marchitas y vio que, efectivamente, su rosa blanca se había secado y dejaba caer sus pétalos al suelo.las-puertas-del-infierno

Un gusano de nervios oprimió su estómago, algo malo estaba sucediendo allí. Rodolfo lamentó haberse negado siempre a incorporar el teléfono móvil a su vida, ahora no podía dar ninguna señal de alerta y no sabía si debía marcharse o seguir insistiendo para rescatar a la señorita Luz del tormento que estuviese padeciendo. Confundiéndose con el acelerado latido de su corazón una respiración jadeante empezó a dejarse oír tras la mirilla, aunque ésta no se había movido. Rodolfo volvió a golpear con desesperación y de nuevo sus nudillos sólo lograron un eco sordo apenas audible, cosa que le permitió percibir un cuchicheo que hubiese jurado que le llegaba de alguien apostado a su espalda. Se giró pero no vio a nadie aunque el bisbiseo seguía filtrándose por su oído derecho y un llanto ahogado se colaba por la cerradura desde la que ahora emergía un haz de luz rojiza intermitente. Rodolfo volvió a agacharse, pero cuando lo hizo la cerradura había vuelto a cegarse sin que hubiese escuchado la llave introduciéndose. El susurro en su oído se hizo más perceptible y entendió una voz, femenina y ajada, que le imprecaba a marcharse, quiso pronunciar el nombre de la que su amigo Alfredo había descrito como joven encantadora, pero su voz se le ahogó en la garganta. Ni siquiera logró despegar sus labios. Y el silencio volvió a reinar, tenso, repercutiéndole a Rodolfo en las sienes.

La última nota desasosegante la puso un maullido asmático que retumbó por todo el rellano procedente del 4ºB que extrañamente se había acercado quedando apenas separado del 4ºA por el hueco de la escalera y el ancho del ascensor. Sólo entonces Rodolfo cayó en la cuenta del doble sentido de la palabra encantadora, tanto podía aludir a la ternura de un carácter como al oficio de hechicera y un sudor frío le recorrió la columna de su espalda. Desde luego aquello parecía obra de brujería. O eso o todo era fruto de una alucinación cuya causa desconocía. Su pulso cada vez era más agitado, los latidos de su corazón retumbaban como truenos en medio del renovado silencio, Rodolfo había olvidado totalmente la ilusión con la que había acudido a aquel edificio, ahora sólo pensaba en huir. escaleras-fantasmaPara su desgracia alguien debía haber dejado la puerta del ascensor abierta pues., aunque las cadenas permanecían inmóviles, la luz que indicaba que estaba ocupado se mantenía encendida. También la escalera se había estrechado, pero era la única salida, Rodolfo se encaminó hacia ella dispuesto a precipitarse a toda prisa, pero se quedó paralizado cuando empezó a escuchar que alguien daba tumbos en ella sin que llegase a distinguir si los pasos ascendían o descendían. Dejó caer el tallo sin pétalos que todavía sujetaba en su mano izquierda y se sentó en el primer escalón, maldiciendo a Alfredo y abandonándose totalmente a la suerte que pudiese esperarle.

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El cristal con que se mira

18 octubre 2009 Deja un comentario

Bastó con inyectarte una simple burbuja de aire directamente a la arteria.

–  Resignación. ¡Resignación!

Pronto te habrás diluido en el polvo.  Y contigo se pulverizarán todas mis pesadillas.  No habrá más noches en blanco.  Se acabó el acostarse bajo el temor de caer presa del pánico en las oscuras redes del laberinto onírico donde siempre me ha perseguido tu imagen especular.  Tú ya descansas en paz.  Ahora ya podré hacerlo yo, porque no volverás a robarme mi reflejo.

Empezaste a usurparme mi protagonismo en el momento mismo de nacer.  Desde el alumbramiento quedé relegado al papel de secundario en mi propia vida.  Y, por supuesto, condenado al rol de antagonista. “La comadrona para atender a tu parto no le prestó la asistencia debida a Oliviero, que casi se muere”, mamá siempre tuvo las ideas claras sobre cuál de los dos estaba de más.  Ella nunca nos confundió.  Es curioso, podría decirse que sólo he existido plenamente para tu madre.  Hasta tú llegaste a sentir celos porque fue a mí a quien susurró sus últimas palabras. ¡Cómo jugué a hacerte daño con ello.  Al fin y al cabo los buenos hermanos deben compartir el dolor: “Oliviero no causó problemas, pero para que nacieras tú, Ronaldo, la partera me hizo un corte que dolía a rabiar”.  Se cobró ese desgarro, desgarrándome a mí con su recuerdo hasta el lecho de muerte.

–  ¡Segado en la flor de la vida! ¡Una lamentable pérdida!

Claveles, gladiolos, crisantemos, dalias.  Flores blancas y poco perfumadas.   A todo el mundo le ha parecido un detalle elegante, incluso exquisito; una forma sutil de expresar,  por contraste, el peso abrumador del luto.  Pero tú, seguramente, habrías considerado que mi pretendida  originalidad bebía en lo más tópico.

Siempre fuiste mi juez más exigente.  “La comadrona para atender a tu parto no le prestó la asistencia debida a Oliviero, que casi se muere”.  Te creías en la obligación de aleccionarme en todo por haber nacido el primero.  Querías iluminarme con tu conducta, ser mi modelo.  Por eso seguiste siendo en todo el primero: el más inteligente en clase, el más decidido en el recreo, el más aplicado en casa. “Dicen que sois idénticos, pero no os parecéis en nada.  ¿Ronaldo, no podrías hacer algo aunque sólo fuera la mitad de bien que Oliviero?”   Cuando ella me reñía, era tu mirada la que me amonestaba: aquel mohín de reproche dolido, que me devolvía, como un espejo, mi propio disgusto.  Más que tu doble, me sentía tu reverso.  Tu brillantez solar me convertía, que sólo podía participar  de tu esencia perfecta como una torpe reproducción distorsionada.  Y la defectuosa copia te decepcionaba.  Y tu desengaño devenía despecho dentro de mí.    Y mi deseo era destruirte para dejar de parecer tu falso duplicado … ¿Recuerdas que cuando cumplimos diez años te perseguí por toda la casa blandiendo un martillo?  Tu madre impidió que lo hundiera en tú cráneo.  Ahora nada de eso tendrá ya la más mínima importancia.  Además debo decirte que de los dos yo era el mayor.

–  Sé que es un gran dolor la muerte de un hermano … ¡Te acompaño en el sentimiento!

De roble macizo, con molduras labradas y detalles cromados, forrado con seda de una delicada tonalidad malva.   Nada aparatoso, pero sin duda regio.  Un buen envoltorio para tu último trayecto.   Te resguardará de la humedad fría de la tumba. ¡Siempre fuiste tan frágil!  Te habré protegido incluso en el más allá.

Porque tú eras el dominante, pero también el débil.  Y me necesitabas.  Nuestra fusión simbiótica era la que te daba fuerza.  Si yo no hubiese sido tu calco imperfecto, tú no habrías podido destacar.  Para que tú sobresalieras yo debía estar cerca, así que me sentía útil e importante cuando estaba a tu lado.  Tu madre era la única que no nos confundía, ella tenía las ideas muy claras sobre cuál de los dos estaba de más, pero ni siquiera ella habría podido decir que no estábamos unidos.  No consentí que nada, que nadie, nos separara. “¿Te has vuelto loco, Oliviero?”  Aquella muchacha tenía el cabello más hermoso que he visto nunca.  “Ni siquiera Ronaldo se comportaría así …” ¿Recuerdas?  Tenía una bajada de párpados preciosa, parecía una niña, aunque a la vez se mostraba se mostraba firme y segura como una mujer capaz de amparar todos los golpes.  “Esta broma no tiene la menor gracia …” Hubiese sido una buena esposa, pero al casaros se habría interpuesto entre nosotros y tuve que apartarla de ti, “… deja esos cuchillos en su sitio, por favor.  ¿No podemos hablar como las personas?” ¡Aún debe de estar corriendo!   Seguramente les contará a sus nietos que en su adolescencia tuvo un novio que pretendió batirse en duelo con ella con el cuchillo del pan.  Tu madre era la única que no nos confundía.

–  A él le habría gustado que te mantuvieras firme.  ¿Mi más sentido pésame!

Un coro de voces blancas para entonar los cánticos más solemnes.  Un sermón emotivo pero mesurado, sin lamentaciones quejumbrosas, ni acentos lóbregos.  Y la recepción sobria, pero con la abundancia que corresponde a las honras fúnebres de un gran hombre.   Tú me lo robaste todo, yo te he dado el mejor funeral.  El mío.

Tú mismo has sido el artífice de este fraude.  Las ideas más excelentes siempre fueron las tuyas.  “Por su claridad, energía y vitalidad, nombramos a Oliviero como publicista más creativo del año …”   Las promociones más importantes tenían que pasar por tus manos, ninguna decisión era tomada sin tu aquiescencia.   Y yo como siempre en la sombra.   “Vamos, Ronaldo, no hagas esperar ese champaña …”   Te admiraban por tu capacidad de ilustrar los conceptos más abstractos.  Porque siempre tenías claro a qué sector de mercado se dirigían los productos.  Porque tus campañas tenían el éxito garantizado.   Y procuraban que yo escuchara sus comentarios, para marcar bien las diferencias. “¿A qué viene esa cara, Ronaldo? ¡A ver si estarás celoso a estas alturas!”   Pero los soles también se eclipsan.  Te viniste abajo cuando estabas en tu cenit.   Te torturaban las dudas porque temías no estar al nivel de tu reputación.  Tuve que empezar a sustituirte.  Acudía a tus presentaciones con los clientes más difíciles.  Atendía tus citas más molestas.  Incluso te reemplazaba en las reuniones familiares cuando tu falta de inspiración te volvía insociable.  “Realmente, en el último año, Oliviero se ha superado a sí mismo. ¡Vaya este brindis en su honor!”   Y así fue como lo descubrí: sólo puedo ser yo mismo cuando soy tú.

–  ¡Ha sido tan inesperada la muerte de Ronaldo! Pero podrás superarlo, tú eras el más valiente.

Bastó con inyectarte una simple burbuja de aire directamente a la vena.

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Flores que esconden lodo

18 octubre 2009 Deja un comentario

Te extrañará recibir noticias mías.  También a mí se me hace extraño estar escribiéndote.  Cuánto cuesta volver a entrenar los dedos sobre el teclado para llegar a hablarte. Tanto, que he vuelto a fumar. El cursor parpadea intermitente tras la última palabra.   Enciende un cigarrillo y mira la pantalla entre toses y humo.    Un sol de tarde de marzo entra por la ventana, sus rayos llegan hasta el parque donde juega el bebé.  Meli apaga el cigarrillo a medias  y se levanta a correr la cortina para que la luz no alcance los ojos del pequeño.   Toma al bebé en brazos.  Le arregla la ropa y vuelve a dejarle con sus juguetes.    Saca de un cajón su cámara de video y vuelve a sentarse frente al ordenador.  Seguro que no puedes imaginarme sin un cigarrillo en los labios.     ¿Me imaginas?   Yo te olvidé, quise olvidarte, te recuerdo.  Sí, te recuerdo fragmentado como una pintura cubista.  Y me da rabia. Con la mano derecha agita el ratón formando círculos.  Un golpe con el corazón sobre el botón izquierdo y minimiza la pantalla del correo.  En la minicadena suena en repeat la misma canción del CD.   Toma su cámara y se acerca al niño.   La sostiene con la derecha mientras mueve los dedos de la izquierda.  El bebé la mira agitando sus bracitos, toma un peluche tuerto y lo lanza contra la joven madre.   Meli oprime el zoom para tomar un primer plano de las pequeñas manos que mueven sus deditos como lo hace ella.  Corta la toma.  Se arrodilla para apretar sus manitas y las retiene unos minutos meciéndole los brazos.  Vuelve a su mesa.   Vacía el cenicero repleto de colillas y vuelve a maximizar la pantalla.   No, no, ya no es rabia, la sentí, me ahogué en ella, y hubiese deseado ahogarte conmigo.   Te despreciaba, te seguía amando.   Lo peor era esa sensación de que todos me miraban como si supieran, como si se alegrarán, como si te aprobarán.   Todas las jodidas cuarentonas eran tu esposa echándome en cara su victoria, su victoria cargada de razón.  Todo parecía una mala película con moralina para consuelo de marujas.  No podía pensar, toda yo era herida y ganas de arañar.  La fascinación, la admiración, la voluntad de ser tú para ser más tuya, más mía, más amada, dio paso a una nausea, al vértigo de odiarte.  Y entonces pasó, una simple manchita rosada fue un clavo ardiente al que agarrase para devolverte todo el dolor, todo el daño. La ceniza cae desde sus labios sobre el teclado.  Meli sopla con rabia, echa atrás su silla camaras%20de%20video%20clinebasculante y apura la última calada antes de estrellar la colilla en el cenicero. Golpea la mesa con el puño cerrado y se levanta.  Deja la habitación.  El bebé gatea dentro de su parque en dirección a la puerta por la que ha salido su madre y lanza pequeños grititos.   Se escucha ruido de agua saliendo por un grifo.    Al entrar enciende ya la luz, trae en la mano una toalla con ositos, la deja caer con suavidad sobre el niño.  El bebé ríe.  Meli vuelve a filmarlo antes de regresar a su silla.

Ella jamás te lo daría, esa vieja ya no puede, y yo… yo podía negártelo.  Pensé educarle en el odio.  No quería que tuviese nada tuyo.  Ni tus ideas.  Ni tus gestos.  Ni el color de tu piel.   No tuve en cuenta que algo tan pequeñito pudiera tener tanta fuerza. Y volví a sentirte, mierda.  Mierda.   Le quería sólo mío, pero es nuestro.

Minimiza.   Sale de la habitación.  Regresa con la pequeña bañera llena de agua.  La deja al pie del calefactor encendido.  Desnuda al niño que enreda sus deditos en la cabellera de ella.   Lo sienta con cuidado dentro de la bañera.  Le tira dentro sus muñecos de goma.  El niño aplaude sobre el agua.  Meli toma la cámara.  Plano corto del niño jugando con el agua.  Primeros planos de sus sonrisas y muecas.  Plano medio enfocando también el calefactor.   Se agacha.  Toma el calefactor con la mano libre.  Lo deja caer dentro del agua.  Plano corto del niño contrayéndose por la descarga. Funde en negro.   Meli se levanta despacio, conecta la cámara al ordenador y copia la grabación, después   selecciona con el ratón adjuntar archivo.  Tienes derecho a saber que existe.  No, no, no es sólo eso.   Quiero que te veas en sus ojitos que son como los tuyos.  Quiero que le quieras.  Y que después me perdones.

Meli

Golpea con el índice sobre enviar.   La mano cae relajada al soltar el ratón.


Categorías:Cuentos de Serendipia
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