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Mamá Vampira

Volvemos a encontrarnos en esta sección para presentaros el nuevo cuento finalista en el FANTER FILM FESTIVAL de nuestra amiga Marina Gómez, espero que lo disfrutéis.

Mamá vampira

Lisbeth está sentada en una silla vieja junto a un lecho polvoriento, donde reposa una niña asustada de tez amarillenta, ojos ojerosos y labios sin color. La niña está despierta y se acurruca intranquila entre las sábanas, tapándose hasta la nariz. Lisbeth, que advierte el miedo de la pequeña, se incorpora de la silla y se coloca muy cerca de la niña, tanto, que la oye respirar.

– No tengas miedo – le dice, acariciándole el cabello – La vida a veces no es fácil para algunos. No te atormentes.

La niña se estremece dentro de las sábanas y castañea los dientes. Sus grandes ojos azules brillan como luceros en la lobreguez de la habitación, pues tan sólo la luz de una vela alumbra el lugar.

La niña recorre con la vista la estancia, una pequeña buhardilla transformada en habitación, ahora adornada con sombras bailarinas y grotescas producidas por la luz de la vela. Al frente del lecho, como centinela de las dos, un pesado armario de medianas dimensiones tapa la puerta de entrada, y detrás de la vieja silla, una alta y pequeña ventana redonda permite ver el exterior. Bajo la ventana, una caja de madera.

La niña fija ahora su mirada en el armario que tapa la puerta.

– Lis… – dice – La puerta… Creo que está ahí fuera, acechando…

Lisbeth desvía su mirada hacia el punto donde la niña le indica, y con un movimiento enérgico se mete dentro de la cama, cubriendo a ambas con las sábanas polvorientas. Dentro del lecho Lisbeth tapa la boca a la niña, que respira agitadamente y tiembla del miedo. – Shhhsssstttt – le susurra al oído, y cuando parece que el silencio acuna la habitación, unos pasos que se arrastran al otro lado se muestran claros a sus oídos. Alguien parece querer abrir la puerta, pero el peso del armario se opone a permitirlo. Unas uñas rascan la madera, después se oyen unos golpes, y tras los golpes, gracias al cielo, vuelve el silencio. Los pasos de antes recobran su movimiento, arrastrándose de nuevo, y su sonido se pierde hasta que ya no se oye nada.

– ¿Ves? Ya se ha ido – le dice Lisbeth a la niña retirándole la mano de la boca y destapando las sábanas – A lo mejor… A lo mejor no nos quiere hacer daño…

La niña, que ahora parece más calmada, se medio incorpora en la cama y se queda sentada sobre la almohada. Del sofoco parece que le ha sido devuelto el color a la cara y que se la ve más viva, pero es sólo una ilusión.

– Si no nos quiere hacer daño, ¿por qué nos escondemos de ella? – pregunta, y Lisbeth de repente se queda muda, pues no sabe qué contestar.

La niña la ve levantarse lentamente de su lado para dirigirse hacia la pequeña y alta ventana. Luego la ve subirse a la caja de madera, y estirando el cuello la muchacha mira hacia el exterior de la ventana. Afuera una espesa niebla cubre el lugar, se adivinan árboles, incluso un riachuelo allá a lo lejos, y como surgida de una pesadilla, una figura vestida de oscuro de pies a cabeza camina lenta a través de la niebla. Lisbeth aprieta los labios y los dientes, rechinándolos, mientras ve deslizar el paso majestuoso de esa criatura a través del bosque. Parece que la ve girar la cabeza para mirar hacia la ventana, desde donde ella la observa, y del susto Lisbeth retrocede encima de la caja de madera, perdiendo el equilibrio y cayendo justo encima de la cama, donde la niña la mira sin expresión.

Lisbeth es pálida, ojerosa, y sus ojos son del color de la miel. Lleva el cabello del color del cobre recogido en la nuca, atado con un broche dorado en forma de ángel. Aparenta unos dieciocho años y viste de oscuro. Lleva manchas en sus ropas, y algún roto también, pero aún así todavía conserva su aire distinguido y elegante. Tras la caída se ha quedado sentada en la cama, frente a la niña, y sus ojos se han quedado fijos en sus ropas, roídas y sucias.

– Lis… – dice la niña, que no la deja de mirar – ¿Hasta cuándo va a durar esto?

Lisbeth suspira profundamente. Se mueve lentamente en la cama y acude de nuevo a la cabecera de la niña, donde la mira con dulzura, con toda la que puede. Hasta parece que le sonríe.

– No lo sé… – le responde, y su respuesta se queda dispersa en el aire.

Un leve zumbido, como el sonido del viento, acude a sus oídos. En realidad suena como un buque perdido, encadenado a otros sonidos iguales: un lamento. Ambas muchachas se abrazan sentadas en la cabecera de la cama mientras fijan sus miradas en la vetusta puerta del armario que hay enfrente de ellas. El miedo les corroe.

– ¿Qué ha sido eso? – lloriquea la niña.

– Un lamento…

Lisbeth estira de su cuello una cadena de donde pende una cruz y la besa con real devoción. Rápidamente la niña realiza la misma acción con su propia cruz, y ahora el abrazo de ambas es mucho más ligado, y el miedo también es más latente.

– ¿Es mamá, verdad? – pregunta la niña – Mamá ha hecho daño a alguien.

– Recemos, Suri, por su alma y por la de todos.

Las oraciones suenan como un murmullo del más allá en voz de las dos muchachas, y los rezos se mezclan con el siseo del viento del otro lado de la ventana, que ahora golpea tímidamente el cristal de la pequeña ventana.

Ambas muchachas se aferran con fuerza a sus cruces.

“Señor, Dios Nuestro tú nos has elegido para ser tus santos y tus predilectos.
Revístenos de sentimientos de misericordia,
De bondad, De humildad, De dulzura, De paciencia.
Ayúdanos a sobrellevar los unos a los otros cuando tenemos algún motivo de queja
Lo mismo que tú, Señor, nos has perdonado Sobre todo, danos esa caridad,
Que es vínculo de perfección.
Que la paz que debe reinar en la unidad de tu Cuerpo místico.
Que todo cuanto hagamos, en palabras o en obras,
Sea en nombre del Señor Jesús,
Por quien sea dadas gracias a ti Dios Padre y Señor Nuestro.
Amén”.

Afuera, a muy poca distancia de la casa vieja donde están ellas, una extraña mujer destroza con avidez el cuello de un pequeño ciervo. Sus ojos son de fuego, y su sed de sangre insaciable. Cuando acaba su festín la mujer se relame, está arrodillada en el suelo, junto al animal muerto, sin embargo repentinamente entristece su rostro mirando al ciervo, y se deja caer sin fuerzas a la tierra mojada, confusa y aturdida. Clava sus largas uñas en la tierra rascando el barro húmedo, y lloriquea allí tumbada como sólo lo hacen los niños.

– Dios mío, ¿qué estoy haciendo? – Se lamenta – ¿En qué monstruo me he convertido?

La mujer se levanta y mira con repulsión al ciervo muerto. Ve sus ojos, su hocico, su delicado pelaje, y con un grito desgarrador da media vuelta y corre como alma que lleva el diablo. Sorteando los árboles en la completa oscuridad, la mujer sigue su carrera desesperada atravesando el espeso bosque, y sus locos pasos la llevan hacia una casa abandonada donde reina el total silencio. Una espesa niebla recorre las inmediaciones, y la casa, construida en mitad de la nada, parece envuelta en velos de telarañas. La mujer mira hacia una pequeña ventana que no es sino el desván, y allí, camuflada entre la negrura de la noche y la niebla, un joven rostro de mujer la mira con ojos de espanto. De pronto, la imagen desaparece del cristal.

– Lisbeth… – susurra la mujer, y de repente ensombrece su rostro, triste y apesadumbrada. Como un alma en pena, la mujer desliza sus pasos descalzos hacia la puerta de entrada a la casa, adentrándose en ella. Una extraña fuerza parece impedir su camino por la casa, pues la mujer parece querer proteger su rostro con sus propios brazos, evitando lo inexistente. Sin embargo avanza sin parar por las estancias, atravesando el vestíbulo y subiendo unas escaleras que llevan a una pequeña planta con dos habitaciones. Luego, otra tanda de escaleras la llevan a una única puerta, una puerta que esconde a dos personas al otro lado, dos personas asustadas que no paran de rezar.

La mujer se deja caer en el suelo, cubriéndose la cabeza con los brazos. Se lamenta, se retuerce mientras despeina sus cabellos con las manos, medio enloquecida. Los ojos se le inyectan en sangre de nuevo, y entreabre la boca buscando un hálito de aire respirable, mostrando sus colmillos tan descaradamente desarrollados. Desde el otro lado se escuchan los rezos: “…Ayúdanos a no pecar, nuestro Señor, y da Salvación a quien está perdido en las sombras..”, y recobrando las mínimas fuerzas, la mujer se arrastra hasta la puerta y araña con rabia la madera.

– ¡No me atormentéis más! – Grita – ¡Dejadme entrar, os lo ruego!

Del otro lado siguen los rezos:

“… No permitas que haga más daño, no le dejes atentar contra más inocentes, Nuestro Señor…”.

– ¡Basta! – Grita la mujer – ¡Basta, hijas mías! ¡Basta!

Ahora los rezos han cesado. Dentro el silencio vuelve a ser protagonista. Unos pasitos se oyen acercarse; la madera del suelo cruje. Los pasos se paran y una voz femenina que proviene del otro lado provoca el llanto de la mujer, que está postrada en el suelo, retorciéndose. Demasiado dolor.

– Sabes de sobras que no te podemos dejar pasar – se oye decir – Márchate y déjanos libres. Tú ya no eres quien eras.

La mujer continua llorando amargamente y sin consuelo. Rasca la puerta con las uñas pidiendo clemencia, rogando que la dejen entrar, como un perrillo asustado, pero la parte del otro lado se muestra firme, y no parece querer ceder.

– No insistas, sabes que no puedes entrar – continua – Suri está enferma por tu culpa, necesita comida y luz de sol para curarse, pero si tú no nos dejas en paz …¡se morirá!

– ¡No seas cruel conmigo, Lisbeth!- grita la mujer – No quiero haceros daño, necesito estar con vosotras… Mamá está aquí, dejadme entrar, os lo ruego…

– ¡No!

De repente el sonido de unos pasos descalzos se oye desde el otro lado. “¿Qué haces levantada? ¡Vuelve a la cama!”, se oye decir, pero la otra personita no tiene ninguna intención de hacer caso a la voz de mando. “Tengo que hablar con ella”, responde.

– ¿Suri? – clama la mujer junto a la puerta – ¡Suri, amor mío, deja entrar a mamá!

– ¿Mamá? – se oye decir – Mamá, ¿eres tú?

– Suri, mi amor, mi pequeño ángel… ¡Sí, soy yo, soy mamá!

– Mamá, Lis dice que me estoy muriendo. Si no me ve pronto un médico quizás tenga razón, pero no podemos salir de aquí si tú insistes tanto en vernos… Ya sabes que no queremos verte por si enloqueces otra vez y nos haces lo que le hiciste a papá. ¿Lo entiendes, mamá?

La mujer gime junto a la puerta. Tiene la melena revuelta y ahora ha cruzado las manos a modo de oración.

– No me torturéis con ese recuerdo, por piedad, hijas mías – dice – Algo me mordió y me convirtió en esto. ¿Creéis que yo lo pedí? Necesitaba sangre, y herí a vuestro padre…

– ¡Lo mataste!

– ¡No lo mató! – dice la pequeña.

– Sí que lo mató, dejó a papá sin una gota de sangre en su cuerpo, y luego fue a por tí, pero yo te traje a esta casa y te escondí. Aquí dentro no nos hará daño, pero ahí fuera corremos peligro… ¡Ella ya no es nuestra madre!

– ¡Sí que lo es!

– ¡No lo es!

La mujer se tapa los oídos con ánimos de rompérselos mientras oye discutir a las que fueron sus hijas. De repente, se pone en pie y les dice:

– Sacad el crucifijo que tenéis escondido en el armario del otro lado de la puerta, por piedad. Me está quemando, os lo ruego, quitadlo.

Silencio al otro lado.

– Quitadlo, por favor… Sé que lo tenéis ahí guardado. Pero no os va a hacer falta, jamás os haría daño…Quitadlo y dejadme entrar…

Al otro lado Lisbeth habla:

– ¡No la escuches, Suri! – oye interrumpir – Mató a papá con sus propias manos porque enloqueció, y a pique estuvo de hacerlo contigo. ¿Es que no te acuerdas, Suri? ¡Mamá es una vampira!

– ¡Calla! – grita Suri.

– ¡Lo es! ¡Es una vampira, y tú estás muy débil por su culpa! Siete días sin comer son muchos días, Suri.  ¡Te morirás!

– ¡No me moriré!

– ¡Sí te morirás!

La mujer no tiene fuerzas ni siquiera para hablar y le flaquean las piernas. Se deja caer vencida al suelo.

– Os lo ruego, hijas mías. Quitad el crucifijo. Necesito veros, por piedad…

Vuelve el silencio al otro lado de la puerta. La mujer se retuerce de dolor en el suelo, parece un animal herido y se queja como tal.

– Quitad el crucifijo…

De repente, el silencio queda roto por la voz de Lisbeth al otro lado. Ahora la voz de la muchacha parece más serena, y la mujer deja escapar una leve sonrisa de sus agrietados labios.

–  Promete que no nos harás daño…

– ¡Oh, lo prometo! ¡Lo prometo! El crucifijo…

-… Y que cuando nos veas no te acercarás a nosotras, ni intentarás nada que nos pueda perjudicar…

– Sí, Lisbeth, te lo ruego… El crucifijo… Me duele…

Al otro lado se oye un crujido, luego el arrastre de un mueble. Un golpe seco, otro golpe seco, y unos pasos que corretean hacia algún lugar. Desde el interior del desván la voz de Lisbeth llega clara.

– Ya puedes entrar.

La mujer al fin está tranquila. Ha dejado de retorcerse y ya no parece sentir dolor. Se levanta poco a poco, le cuesta mantenerse de pie, pero muy lentamente se acerca al pomo de la puerta de madera y lo gira, delicada. La puerta gruñe al abrirse. El desván está sucio, maloliente, y al final de la habitación, sentada en la cama, la pequeña Suri espera con sus manitas cruzadas. Lisbeth no está a su lado, pero la mujer no parece advertirlo y sonríe mientras llora de emoción, dirigiéndose a donde está la niña caminando como las hadas, con sus telas oscuras hechas jirones y mecidas por un aire inesperado. La niña la observa asustada desde la cama.

– Mi querida niñita… – dice, y abre los brazos dibujando un futuro abrazo.

Antes de llegar a los pies de la cama un soberbio estacazo atraviesa el corazón de la mujer, paralizando sus miembros y provocando en su rostro una expresión entre asombro y tristeza. Tras ella Lisbeth fuerza cada vez  más la estaca clavada en su espalda, hasta que la mujer se da la vuelta y mira a su otra hija con verdadera estupefacción.

– ¿Por qué?

En la cama Suri se ha tapado los ojos y llora desconsolada.  Lisbeth, en cambio, enfrenta su mirada inclemente a la de su madre, moribunda.

– ¡Muere!

La mujer cae al suelo con la estaca clavada entre su espalda y su corazón. Lisbeth se aleja de ella y llama con prisas a su hermana pequeña, que rápidamente se levanta de la cama y corre junto a ella. Ambas se colocan junto a la puerta, mueven el armario hasta casi tapiar la salida y salen por el reducido espacio que han dejado libre.

– Pobre mamá – dice Suri.

– Sí – le contesta Lisbeth, acariciándole el cabello – La vida a veces no es fácil para algunos. No te atormentes.

– ¿Y ahora qué vamos a hacer?

– Recemos por su alma.

Por la destartalada escalera las dos hermanas canturrean una canción.

– Mamá Vampira se ha ido, al fin para no volver. Atrás quedaron sus sustos, su historia y su renacer. Que regresó de los muertos para daño hacer, aunque jamás nuestra sangre podrá beber…

En el desván, la puerta del armario se entreabre unos centímetros. Un gran crucifijo custodia la habitación desde dentro.

Categorías:Cuentos de Serendipia

El sueño del corcel por Marina Gómez

30 enero 2012 1 comentario

El sino de Marina Gómez está  unido a  Tölkien desde que nació, como ella misma nos cuenta:  Marina Gómez nació un 3 de enero del mismo año en que murió Tolkien (1973), quien a su vez también nació un 3 de enero, muchos años antes. Similitudes literarias, junto a la coincidente fecha de nacimiento, convierten a Marina en una inseparable compañera de fatigas del Maestro de Leyendas más increíbles, el Señor, por antonomasia, del alucinante y fantástico Mundo con más seguidores del planeta: El venerado J.R.R. Tolkien. Nos regala su fantástico relato, El sueño del corcel. Relato este con el que quedó finalista en el Fanter Film Festival.  La autora hace gala de una imaginación desbordante y de la calidad de su escritura nos habla el cuento por sí mismo.

  El sueño del corcel

Cuando el mundo no era más que trozos de islas rodeados de agua y sobre sus tierras habitaban seres puros e inmortales, la vida era perfecta, mucho más de lo que lo es ahora. Aquellas criaturas que vivían en la más hermosa armonía gozaban de una total libertad, mezclándose las diferentes razas con amor y fraternidad. Habitaban por todos los rincones de la Tierra y se proclamaron Reyes de la Naturaleza, pues eran hermosos y únicos pobladores, y cada cual era dueño y señor de un mundo joven que empezaba a transformarse con el paso de los tiempos. Pero algunas de aquellas antiguas beldades se volvieron rebeldes ante tanta paz, aburriéndose hasta manifestar sus diferencias a los que seguían siendo felices en aquel paraíso. Nadie hasta aquel momento supo de quejas o de destierro, y quizás por eso los puros de espíritu se sumieron en un sentimiento hasta ahora inexistente: la tristeza. Eso lo dicen nuestras antiquísimas Escrituras, y también nos cuentan lo que de sobras sabéis.

               ‘El Gran Dios que desde todas partes veía los extraños acontecimientos lanzó un rayo a la Tierra, fue el Supremo quien no quiso ser débil y expulsó con autoridad omnipotente a los que se rebelaron. Los puros de espíritu le rogaron piedad para los desdichados, pero no hubo misericordia para los rebeldes, ni siquiera para ellos, a quienes les fue arrebatada la inmortalidad aun sin culpa alguna. A los desterrados se les echó de menos, pues en tiempos anteriores fueron nobles y buenos, pero cometieron el error de alzarse contra los suyos y sobre el Gran Dios que todo lo ve. Fueron humillados, obligados a vagar por las tinieblas del submundo, pues no había sido justo quejarse ante la felicidad más plena, y lloraron su desdicha durante miles de años, escondidos en los lugares más remotos de la Tierra. Pasaron hambre, frío y desconsuelo, pero ante tal desgracia todos ellos unieron sus fuerzas, y mientras allá arriba sus hermanos mortales disfrutaban sus vidas llenos de luz, allá abajo se hizo la más completa oscuridad. Los que antaño fueron hermosos y gráciles se tornaron horrendos y deformes, y su inteligencia se volvió demencia, olvidándose de hablar y de pensar con cordura. Nadie sino ellos hubiese podido entender su propio lenguaje. Ninguno de ellos recordaba ya el mundo porque sus mentes lo habían borrado. Hubieran podido morir de hambre, pero su inmortalidad seguía intacta, y en los miles de años que vivieron escondidos en las profundidades del averno aprendieron a trepar las rocosas paredes que no tenían fin con un único objetivo: escapar. Mas no había salida en el submundo, y dedicaron entonces sus vidas a entrenar un nuevo propósito: conseguir una manera para alimentarse de la felicidad de los que un día los condenaron y vengarse del Gran Dios, pensándolo posible.

               ‘Así pues se reunieron todos ellos en un círculo eterno, y al margen de los propósitos del Gran Dios se hicieron poderosos, logrando así su ansiado fin. Abandonaron la oscuridad más absoluta con un simple pensamiento, y al atravesar las miles y miles de capas que cubrían su hogar un resplandor que los cegó les arrebató la forma, mostrándose ante el mundo como el aire, invisibles. Pero el mundo que abría sus puertas había cambiado, y aunque ni un vago recuerdo anidaba en sus mentes la necesidad de venganza era cada vez más y más grande. ¿Qué importaba a quién maltratar si su deseo simplemente era hacerlo? Cada espíritu impío voló hacia un lugar distinto y lejano, pero uno en concreto quiso quedarse bien cerca. El sol lo había cegado y ahora buscaba penumbra y sombra, y exhausto ante la luz se filtró por el hueco de un extraño monumento de piedra que dejaba salir de lo alto algo así como el humo de una hoguera. En su interior calmó su daño, y sonrió triunfante cuando vio un ser angelical durmiendo apaciblemente en un colchón de plumas. Era hembra, y excitado se fundió en su cálido cuerpo cabalgando sobre ella, y entró en sus felices sueños para no dejarla despertar hasta que no estuvo satisfecho. En cada confín de la Tierra un espíritu desterrado se alimentó de los sueños de los nuevos seres mortales, y alguno que otro no despertó jamás, y aquí estoy yo para daros fe.

               ‘Os contaré la historia de Eleisa Katrerre, la niña de Hiro que para todos estuvo muerta durante tres años y tres noches. Era la pequeña una personita alegre, viva y hermosa que vivía junto a sus padres y sus dos hermanos en una casa cerca del molino. Le entusiasmaba tirar piedras al Stepás, el riachuelo que cruzaba su hacienda, pero en más de una ocasión descalabró a algún bañista despistado y le abrió más de una brecha en la cabeza. ‘¡Niña tonta!’, le decían los muchachos heridos que nadaban hacia la orilla con ánimos de zarandearla y hacerla entrar en razón. ‘Las niñas no tiran piedras, las niñas juegan con muñecas y recogen flores. Vete a tu casa a molestar y deja que los demás nademos tranquilos’, y lo que los muchachos no sabían era que Eleisa lo único que hacía era soñar despierta y pedir deseos mientras lanzaba las piedras al río. Pero contrariamente a los deseos de aquellos bañistas cada atardecer la niña se acercaba al río para seguir con sus deseos, y lo único que consiguió fue que los muchachos la detestaran y quedarse sin amigos.

               ‘Una noche, mirando las estrellas, Eleisa deseó ser aceptada por los que nada querían de ella saber, y rezó al Gran Dios pidiéndole amigos y serenidad en su alma. Pero lo que la niña no sabía era que su vida iba a dar un giro rotundo en el preciso instante en que comenzase a soñar. Ablandó su almohada, cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño más profundo que jamás experimentara. Soñó que estaba rodeada de seres angelicales y tremendamente bellos, todo a su alrededor era hermoso y las flores nacían milagrosamente ante sus ojos, los pájaros volaban gráciles en el cielo y los árboles estaban llenos a rebosar de frutos desconocidos y sabrosos que alimentaban a todo ser. Pero de repente el cielo se tornó oscuro llenándose de sombras, los pájaros desaparecieron y en su lugar quedaron cuervos sanguinolentos que atacaban a los ojos de todo ser viviente, los árboles se volvieron arañas inmensas con grandes bocas amenazantes que corrían tras ella en una persecución despiadada, y los que antes fueron bellos y puros ahora se habían transformado en seres horrendos de dientes afilados y cuerpos deformes que la zarandeaban sin remisión, riendo perversos. Uno de ellos en cuestión se abalanzó sobre su cuerpo y cabalgó sobre ella sin dejarla respirar, y mientras esto ocurría los demás gritaban a un tiempo: ‘No la dejes despertar, no la dejes despertar’, llenando a la niña de angustia y terror. Eleisa quiso gritar mientras veía al repugnante engendro cabalgar sobre su cuerpo y otros desviaban las sombras en busca de otras víctimas, pero como ocurre en los sueños ésto no fue posible y se desgañitó en vano. Acudiendo entonces a su cuerpo una extraña fuerza sobrehumana, la niña apretó los puños, los dientes y los ojos, y en segundos su alma volvió a su cama encharcada de sudor. Fuera de toda lógica Eleisa no pudo moverse, ni abrir los ojos, ni gritar pidiendo ayuda, pues en la realidad de su cuarto alguien invisible, escapándose del mal sueño, había acudido a su llamada cuando ya dormía.

               ‘Quisiera tener amigos, quisiera ser aceptada por todo el mundo. Dicen que soy demasiado soñadora, que no tengo edad para jugar a tirar piedras en el río, mi Gran Dios’, había rezado Eleisa antes de dormirse, pero otro ente distinto al Supremo había oído sus plegarias antes que el Gran Dios, y ahora, desde su Trono Celestial, el Altísimo luchaba con uñas y dientes por protegerla del mal que se resistía a abandonarla. El ente cabalgaba sobre ella oprimiéndole el pecho e impidiéndole respirar, y aun abriendo la niña los ojos descubrió aterrada que no podía moverse y que engañosamente un ser sin forma cabalgaba sobre ella sin poder poner resistencia. Si pensaba en su Dios, que es el nuestro, la opresión era insoportable y las uñas invisibles le clavaban la carne, y en el silencio de la noche pudo escuchar una voz burlona y metálica que dijo: ‘Yo seré tu amigo inseparable hasta que me canse de ti. Los que te desprecian te aceptarán en su memoria, y cuando despiertes no te quedarán ganas de tirar más piedras al río’. Y así pues, cuando llegó la mañana nadie fue capaz de despertarla aun zarandeándola y gritándole al oído. Se desesperaron sus padres, sus hermanos, los vecinos y otros tantos que vinieron a verla postrada en su cama, con los ojos desencajados y la boca de un palmo. ‘Está embrujada, ¿no véis sus ojos y su boca desencajada?’. Decían unos. ‘Por nuestro Dios, que alguien salve a esta pequeña’, decían otros, y cuando la quisieron levantar fue como si Eleisa hubiese estado hecha de plomo, pues ni siquiera cinco hombres robustos fueron capaces de moverla.

               ‘Una noche la niña, agotada en mente y alma cerró los ojos, y el corazón se le heló dentro del pecho. Los conocedores de medicina no escucharon sus latidos y se le perdió el color rosado en sus mejillas, adivinándose en su rostro la palidez de la muerte. ‘Acaba de morir’, dijeron, y la niña fue enterrada al día siguiente en el cementerio de Ario, antes ubicado en el centro del pueblo. Todo Hiro se vistió de luto en su memoria, e incluso los muchachos que la habían despreciado lloraron con desconsuelo su nombre. Pero cosa difícil de entender, fue lo que pasó después. Varios hombres, mujeres y niños cerraron los ojos para no despertar, y se pensó que una maldición grandiosa hacía cubierto Hiro a pesar de las muchas soportadas de aquel entonces. Las gentes comenzaron a preocuparse, pensaron en los elfos oscuros de las Antiquísimas Escrituras, demonios alados que penetraban en los cuerpos de los hombres anulándoles el alma, y se armaron de valor y fe para no dormir en las noches y sí durante los días. Los muertos fueron enterrados de manera religiosa tal y como lo hicieron con la pobre Eleisa, y así sin más los años fueron pasando con otras desgracias que ahora no voy a contar, paralelas a éstas.

               ‘Una mañana de invierno, pasados tres años y tres noches de la desgracia de Eleisa Katrerre, la tierra se removió allá donde estaba la niña enterrada. Las flores marchitas se cayeron al suelo desde el montículo y una manita salió a la luz entre el silencio del campo santo. Tras la mano un brazo, y luego una cabeza llena de raíces enredadas en su melena. Cuando la tierra se abrió para dar la bienvenida a la niña que perdió la vida y ahora regresaba del mundo de los muertos, un grito desgarrador se pudo escuchar desde Hiro hasta más allá del bosque de Holugon, pasando por la cima de Archolis y los bosques Andantes. Eleisa había despertado a la vida mucho tiempo después, cuando el elfo oscuro se cansó de su cuerpo, tal y como él mismo le auguró.

                ‘Y así estaba escrito. Los elfos oscuros dejan libres a sus víctimas cuando se agotan de cabalgar sobre ellas, aunque esto suponga provocar un pánico popular que comienza siendo aterrador y termina anidando esperanzas a quienes entierran a sus seres queridos mientras duermen indefinidamente. Pues eso fue lo que pasó cuando Eleisa Katrerre acudió a su casa hecha unos lobos, con el cabello largo hasta los pies y las uñas encorvadas hacia las palmas de las manos como un engendro, totalmente desconocida y tres años más mayor. No fue hasta que la pobre explicó su malograda experiencia que los suyos la creyeron, aunque menos los demás, que se hicieron cruces y cerraron sus puertas, aterrados ante la resurrección. Pero la tierra se fue abriendo una y otra vez, y las flores marchitas, algunas frescas, se cayeron al suelo, dando paso así a las otras almas olvidadas que regresaban libres de más allá de sus sueños. Cada cual que fue enterrado en aquellas extrañas circunstancias tornó a la vida con un grito sobrecogedor, y vivieron durante mucho tiempo más, aunque, al igual que Eleisa Katrerre, también permanecieron aterrados durante toda su vida cuando llegaba la hora de dormir.

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La Hueste por Ángel Salinas Sánchez

Hoy os presentamos la obra de Ángel Salinas Sánchez, gran amante del género de terror que nos dice de sí mismo: Mis gustos van desde la literatura de terror (admiro a Poe y Lovecraft)y cienciaficción a la poesía, pasando inclusive por la literatura esperimental. Comencé a escribir hace unos diez años más o menos, digamos que por necesidad ya que mi estado de ánimo era bajo. Y lo que empezó siendo una especie de terapia se convirtió en una fabrica de contar historias. Podría decir que mi escritura se centra sobre todo en cuento y microrelato, pero no descarto algún día llevar a buen puerto el proyecto de novela que tengo entre manos.

LA HUESTE

 

El ruido de mis pisadas sobre los charcos acompañaba la tétrica melodía que componían los truenos en el furor de la tormenta. Mi carrera hasta llegar junto al presunto accidentado se hacía cada vez más ardua por el desnivel de aquella embarrada ladera y  la pesadez en mi brazo por sujetar mi maletín médico. En un principio, desde el borde de la carretera, pensé que no debería tener tantos problemas para llegar a socorrerle. Tras varios resbalones que me hicieron perder el equilibrio, entre helechos goteantes y arbustos enmarañados, seguí por un pequeño camino serpenteante, lleno de pequeños meandros formados improvisadamente por la abundante lluvia.  La luz de mi linterna trataba de abrirse paso entre la espesura, formando un juego de sombras siniestras que parecían acecharme, en silencio, como esperando el momento justo para darme un final parecido al de aquel extraño. Por fin conseguí descender la ladera y en un pequeño claro entre la maleza, pude divisar el cuerpo inmóvil tirado boca abajo en el barro. Según me acercaba, sus ropas me indicaron que se trataba de algún lugareño al que desgraciadamente le había cogido la tormenta. Cuando llegué junto a él, me apresuré en darle la vuelta para comprobar su pulso y respiración. Ningún rastro de ellos. No presentaba signos de violencia por lo que deduje que podía haber sufrido un infarto. Me arrodillé junto a él y rápidamente le practiqué la reanimación cardio-respiratoria. Tras varios intentos reanimatorios, la tos dio paso al abrir de sus ojos que se clavaron en mi cara. Le había devuelto a la vida. Un relámpago penetró entre los árboles iluminando la escena y acentuando aún más, el blanco de aquellos ojos que no dejaban de mirarme. Me estremecí por completo al ver el semblante de aquel rostro silencioso, despeinado, de pómulos marcados y piel amarillenta, enfermiza, como si arrastrara consigo un eterno cansancio. Traté de sacarle de su aturdimiento  hablándole:

–          ¿Cómo se encuentra? ¿Sabe dónde está?… Soy el doctor Fuentes. ¿Puede recordar su nombre? –su rostro permanecía impasible mientras aquella mirada me penetraba incómodamente–. La rueda de mi coche pinchó y al bajarme para cambiarla, le he visto. Realmente ha sido toda una suerte poderle ver desde allí arriba, pero bueno, mira por dónde un infortunio ha conducido a que le haya devuelto la vida, amigo.

–          ¡…Devuelto la vida! ¡Mi vida! –su tosca voz me sobresaltó de tal manera que casi hizo caerme de espaldas­–. Usted no sabe lo que ha hecho. Debió arreglar esa maldita rueda y marcharse de aquí. ¡Yo…!, Yo debería estar muerto –se sosegó por momentos en una triste resignación para volver a exhaltarse de nuevo–. ¡Ahora ellos me buscarán!. Y no se detendrán hasta que cumplan su cometido. No debió entrometerse. Ahora usted también corre peligro.

Un trueno distinto a los que se habían sucedido hasta el momento le interrumpió bruscamente. Girando su cabeza como un resorte, su vista se clavó en unos matorrales cercanos. De repente, una brisa helada y un profundo olor a cera quemada inundó la oscura noche, creando una nauseabunda  atmósfera que rápidamente nos rodeó. El extraño me agarró el brazo y volviéndome a clavar aquella siniestra mirada, me insistió varias veces que me alejara de allí. Por alguna extraña razón, puede que mi curiosidad científica sobrepasara al temor que comenzaba a sentir, no podía moverme. Me fijé en la mano que me agarraba el brazo y vi unas agresivas marcas amoratadas, que se extendían por el borde de los dedos para perderse en la palma. Miré su otra mano y también las llevaba. Eran unas marcas extrañas, como una abrasión provocada por el largo y continuo agarre de algún objeto de textura irregular. Me recordaron a las manos de mi tío Julio cuando volvía de cavar sus viñas. Pero no creo que fuera el caso de aquel tipo. Su complexión famélica y el extremo cansancio que mostraba todo su cuerpo, no le permitiría ni sujetar un pico. Viendo que yo permanecía inmóvil, el lugareño cogió una rama que encontró cerca de nosotros y se apresuró en dibujar en el suelo un circulo al derredor mío.

–          Mientras permanezca dentro de él, estará a salvo. Y por lo que más quiera, no les mire.

Aquel olor a cera quemada aumentó hasta tal punto que parecía colapsar nuestras vías respiratorias. Un extraño sonido llegó hasta nosotros transportado por la helada brisa, atravesando los matorrales cercanos. Era como un grito ahogado,  un lamento arrancado de un alma en pena. Un escalofrío me recorrió desde los pies hasta la cabeza, haciendo que me incorporara dentro de aquel círculo. El extraño volvió a mirar en dirección de los matorrales y pude ver como su rostro palideció hasta el punto que pareciera una figura de porcelana. Cuando fui a preguntarle que era lo que estaba ocurriendo ya estaba a varios metros de mí, volcado en una enloquecida carrera. Jamás vi a nadie correr tan despavoridamente. Me fijé a donde él había estado mirando y pude percibir a lo lejos un baile de luces que, poco a poco se acercaban en silenciosa procesión. Fuere lo que fuere, aquello me sumergió en un profundo terror que hizo que yo también corriera ladera arriba en busca del amparo de mi coche. Con las manos temblorosas cambié la rueda pinchada y acelerando todo lo que pude y que la sinuosa carretera me permitía, llegué hasta un cruce donde un cartel me indicaba la presencia de un pueblo cercano, Gisamo. Pensé que dado que no era una hora demasiado tardía, no tendría problema en encontrar allí un sitio donde pasar la noche y reponerme del impacto de todo lo ocurrido.

El pueblo era pequeño y no tardé en localizar una antigua hospedería. Una vez alojado en una de sus habitaciones, bajé al salón para cenar algo antes de irme a dormir. El salón también era utilizarlo como una modesta tasca, por lo que podría cenar acompañado de varios habitantes de allí que tomaban vino apoyados en la vieja barra. Mientras cenaba, no dejé de pensar en lo ocurrido, buscando una explicación razonable a lo que me dijo aquel tipo y a aquellas luces precedidas por ese intenso olor. Como era de esperar, terminé mi cena sin llegar a una conclusión merecedora de carecer de cualquier fantasía o superchería popular. Pensé que sería una buena idea tomar un trago junto a los otros asistentes para tratar de olvidar lo ocurrido, ya que comenzaba a tener pinta de convertirse en una obsesión. Me acerqué a ellos y me sorprendió escuchar el acento extremadamente cerrado con el que hablaban. Esto me llevó a preguntarles a que provincia pertenecía aquel pueblo.

¿Gisamo?, Do A Coruña, faltaría más…–respondió uno de ellos dejando totalmente claro su procedencia gallega–.

De inmediato, dejaron su vaso de vino sobre la barra y me miraron fijamente. Les debió parecer que había visto un fantasma, ya que palidecí al saber que me encontraba en Galicia. ¿Cómo demonios había llegado a este pueblo de Galicia, cuando yo me dirigía a una convención de medicina en Barcelona? Pedí otro vaso de vino para mí y de un trago, el líquido templado descendió hasta mi estómago, calentándolo y deshaciendo el nudo que se había formado en mi garganta al oír aquello. Entonces, por alguna extraña razón, me vi obligado a contarles lo sucedido en aquel bosque unas horas antes. Los lugareños escuchaban atentamente mientras tomaban pequeños sorbos de sus vasos. Al final de mi exposición, el mismo que respondió a mi anterior pregunta, concluyó secamente la conversación aumentando con creces mi curiosidad y, por supuesto, embriagándome de un temor impropio de un científico.

Cousa dos mortos –dijo seriamente-.

Mi cabeza era un atolladero de pensamientos inconexos. Si por fuera poco la experiencia vivida en aquel bosque, ahora me encontraba en la costa opuesta de la ciudad a la que me dirigía sin una explicación, con un extraño sentimiento que me agarrotaba los músculos.  Lo mejor sería irme a la cama y tratar de descansar. Al día siguiente intentaría aclarar lo ocurrido. Mi habitación se encontraba en la primera planta, por lo que el ruido de las conversaciones de los lugareños llegaba débilmente hasta mis oídos. En el exterior, un perro comenzó a ladrar. Su ladrido era histérico y amenazante, como si tratara de avisar de un peligro que se cierne inexorablemente sobre mí. Con aquel ladrido entré en la fase de sueño. Durante un par de horas debí sufrir unas terribles pesadillas, ya que me desperté completamente empapado en sudor y con la extraña sensación del acecho de alguien o algo. En mi recuerdo, las pesadillas habían grabado a fuego aquella procesión de luces, de alaridos desgarradores, de un tormento jamás conocido por el hombre. Tenía incrustado aquel fuerte olor a cera quemada en mi pijama, en la piel, en el pelo. Aquellas pesadillas habían sido tan reales… Pero, ¡no!. Aquel olor estaba presente en la habitación. Me levanté aterrado, tambaleándome debido a mis piernas agarrotadas. El ladrido del perro se había transformado en aullidos agonizantes, a pesar de que la luz de la luna se estrellaba contra el cielo encapotado. Una corriente fría me atravesó los huesos provocando el rechinar de mis dientes. Sí, era aquella brisa helada que sentí en el bosque junto aquel tipo. Entonces pensé que si tenía que ser atacado, lo más lógico sería que la amenaza tendría que subir hasta mi habitación por la escalera que daba servicio a las habitaciones. Empujé como pude un viejo armario hasta bloquear la puerta. Pero mi mente me decía que aún así no estaría seguro, y esto me hizo recordar las recomendaciones que me dio aquel tipo tan extraño en el bosque: No salir del círculo y no mirarles… Pero, ¿a qué o a quiénes?  Rápidamente busqué en mi maletín un pequeño bisturí con el que poder grabar en el suelo de madera el círculo protector. Me arrodillé en el suelo y mis manos temblorosas comenzaron a trazar la línea que supuestamente me mantendría a salvo. Llevaría trazado un par de centímetros cuando hasta mis oídos llegó aquel grito ahogado, y a continuación, una voz terriblemente familiar, hizo erguirme y volver la vista hacía donde procedía.

–          Doctor Fuentes. Le dije que había cometido un error devolviéndome la vida. Yo iba a quedar libre de mi pena, pero usted lo ha impedido. Pero ya es tarde. Les ha mirado y el círculo de Salomón ya no puede salvarlo.

Frente a mí se encontraba aquella persona a la que salvé en el bosque. Sus huesudas manos sujetaban una pesada y tosca cruz de madera que dejaba recostar sobre el hombro. Pero lo que más me sobrecogió fue que a ambos lados de él, varios encapuchados típicos de la semana santa, portaban enormes cirios encendidos. Intenté buscar sus ojos a través de las capuchas blancas pero no encontré nada más que el profundo tormento, una inmensidad oscura en la que el castigo y la pena les haría vagar más allá del tiempo de los hombres. Me desplomé aterrorizado ante lo que mis ojos estaban viendo. Mi cabeza latía fuertemente mientras miles de imágenes pavorosas de aquella hueste galopaban en mi mente. Los rostros de antiguos pacientes me gritaban una y otra vez las negligencias presentes en mis operaciones, las cuales, se habían convertido en práctica habitual. ¡Pero voy a cambiar! ¡Yo he salvado a ese hombre! –grité hasta el agotamiento–. Al borde del delirio, con espasmos y retorciéndome en el suelo, la comitiva de muerte me rodeó provocando el desvanecimiento.

Pesadamente abro los ojos y me percato de que no estoy en aquella habitación, aunque el profundo olor a cera no ha desaparecido. Hace mucho frío y me duelen las manos. La cruz de madera avanza con mi paso mientras la sujeto. Estoy tan cansado… cansado… ¡¡Dios mío!!  ¡¡Esos capuchinos van a mi lado con sus cirios encendidos!!


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El sótano, por Javier González

15 febrero 2010 1 comentario

Enamorado de los libros desde antes de que sus letras pudieran remitirle a palabras, Javier González es un maestro en el arte de tejer historias.  Sus narraciones nos agarran desde la primera frase y nos conducen hasta el desenlace con una prosa elegante y sobria.  Comparte su obra con sus compañeros del Café de Artistas y destaca por su camaradería.  Hemos seleccionado el relato que os transcribimos a continuación y ha sido una labor difícil quedarse sólo con uno, esperamos que os guste tanto como a nosotros.

El Sótano

Uno

El Universo mide exactamente cuatro metros de ancho, cuatro y medio de largo y tres de alto. Las paredes son de ladrillo visto; el suelo -que siempre está húmedo y frío-, de cemento sin pulir. Arriba, en la techumbre, se abre una pequeña trampilla de cincuenta por cincuenta centímetros que sirve de ventilación y por la que apenas discurre la única luz. Habitan el Universo dos hombres. En realidad son hermanos, pero ellos ignoran su vínculo, como ignoran todo lo demás, salvo que existen. Siempre han estado allí. Desde hace más de treinta años, viven, comen, duermen y defecan en el sótano, que es el Universo.
Cada dos o tres días, la comida cae al suelo desde la trampilla con un ruido sordo. No es gran cosa: restos de guisado, patatas… algún que otro día, carne; los más, legumbres. Los habitantes no son remilgados: consumen con avidez el rancho sin servirse de las manos. El más fuerte de los dos, come siempre primero. Cuando vienen las lluvias, las filtraciones anegan el suelo, pero ellos han aprendido a aferrarse a la pared para no calarse. En esos días, duermen asidos al muro, pegados como insectos o reptiles, con un respirar cadencioso y la primitiva mente alerta. Si su enfermedad les permitió alguna vez cierto vestigio de cordura humana, la vida en el sótano hizo desaparecer ese rastro para siempre. Un día por semana, Dios baja al Universo con una escala para retirar los excrementos y dejar un cubo con agua. También lleva un palo, pero hace años que no lo usa. Los habitantes saben retirarse a un rincón hasta que se marcha.
Dios también está enfermo y se llama Crisanto.
Es su padre.

Dos

El Concello de Pedras da Corgo se derrama en desorden por una ladera verde e infinita, salpicando los pastos con casas de solemne pobreza, de un abandono antiguo, húmedo y triste. Los vecinos son pocos y muy viejos, restos irreductibles de la emigración masiva de mediados de los setenta. Sucede que allí, a veces, la certeza y la intensidad del odio sobreviven al recuerdo de los motivos que lo causaron. Paíños y Lobeiras viven enfrentados desde hace tres generaciones. Hay quien dice que fue por unas vacas. Otros, que un Lobeira dejó preñada a una Paíño y hasta los hay que hablan en voz baja de un terrible conxuro. Pero nadie sabe a ciencia cierta por qué si alguien del chaparral se cruza con un Lobeira, pasa sin mirar y escupe al suelo, ni por qué ambos se alejan con el rostro ardiendo y con las sienes encanecidas latiendo tan fuerte.

Una noche, una lluvia tenaz y oscura oculta la luna llena colmándola de malos presagios. Un hombre camina por entre los campos, maldiciendo entre dientes, con el cuello de la pelliza bien subido y un paraguas inútil que opone al viento. No llega a ver quién sostiene la recia escopeta de caza que le espera en un recodo y, aunque la descarga lo levanta del suelo con el pecho abierto en dos, Crisanto Lobeira tarda en morir varias horas, y consume su desvarío recitando las tonadas que aprendió cuando niño, sólo, enredado entre las zarzas en que ha buscado cobijo, después de arrastrarse como un perro por el barrizal.

Y tres

El último habitante del Universo mira y remira la trampilla abierta.
Cerca de él, lo que un día fue su hermano es ahora sólo una carcasa vacía e inerme, el sustento que le ha permitido sobrevivir desde que fue dejado de la mano de Dios.
Ahora, de un lado, está el miedo. De otro, el hambre, la sed y la esperanza de encontrar más semejantes cuyos cuerpos le ayuden a vivir. Debe ir hacia la Luz. De pronto, se provee de una suma de determinación y necesidad. Trepa el muro. Se aferra a un ángulo imposible y ve que puede progresar.
Ya ha llegado hasta el hueco. Sólo le queda asirse al borde, bascular y darse impulso.
Primero coloca una mano.
Luego la otra.
El habitante, decidido y hambriento, ha salido al mundo exterior.

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Otras realidades, por Porfirio

16 noviembre 2009 Deja un comentario

 

Porfirio es una mujer valiente y modesta a partes iguales, de una sensibilidad extrema con la que ha ido acumulando experiencias.  En sus manos esas experiencias, que a otros les habrían parecido demasiado duras para ser soportadas, se convierten en relatos delicados que nos hacen pensar.  Como esta serie de microrelatos que os presento y lleva por título Otras realidades. Espero que os gusten.

 

Realidad I

El pasillo es largo y estrecho.  Hay cierto olor indescriptible en el ambiente, mezcla de humanidad y detritus.

Una mujer avanza.  Lleva la cabeza ladeada y una lengua descomunal le cuelga babeante.  Cuando llega a su altura, la mujer se abraza a ella lamiéndole la cara y le pregunta: ¿cuantos años hace que te has muerto?

Era su primer día.

 

Realidad II

El teléfono sonó a la hora acostumbrada. Con el gesto nervioso y culpable de quién sabe que está contraviniendo las normas, descolgó el auricular al primer timbrazo. La voz sonó ansiosa al otro lado formulando la pregunta que, aunque repetida, no se había convertido en rutinaria.  Ella facilitó la información.

Había días alegres en que las noticias se contaban solas, sin embargo otros necesitaba de toda su pericia para dar el ánimo justo sin falsas esperanzas.  Eso venía ocurriendo en la última semana.

A la mañana siguiente, Marisa fue engullida por una ambulancia que la trasladó al hospital general donde moriría dos días después.

Sor María ya no recibiría la llamada de la madre de la chica exactamente a las once de cada noche para preguntarle si había cenado.

Marisas tenía 16 años, medía 1,73 y pesaba 35 kilos.

 

Realidad III

Isabel da un brusco tirón mientras exclama: “-¡tengo que ir a Zaragoza! Estoy embarazada de mi tia Pura.  ¡tengo que sacarme esta mierda de dentro!”

Sor María sujeta las manos de Isabel mientras caga en el inmaculado vater del Hospital psiquiátrico.

manicomio

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En la escalera

13 noviembre 2009 2 comentarios

Subió envuelto en el aroma de la rosa blanca que encontró en un banco y le había parecido un presagio; ensimismado por la fragancia y la ilusión no llegó a escuchar el inquietante roce metálico del ascensor. Ni siquiera notó la estruendosa sacudida con la que se detuvo en el cuarto piso. Tampoco el chirriar de la puerta cuando la abrió. En su cabeza sólo resonaban perfumados compases de piano de una vieja canción francesa.

rosablancaSigiloso se deslizó por el rellano hasta la puerta del 4ºA. En el rótulo se leía: Luz Larraub, nombre melodioso de aquella que imaginaba como la mayor promesa de dulzura y de la que no sabía otra cosa que el que ella había llegado de Argentina esperando que la fortuna le sonriera en este lado del Atlántico. Quien la había conocido era Alfredo, él le había dicho la dirección insinuándole que sería bueno que la visitase si quería darle un giro a su vida. La sonrisa de Alfredo tenía un matiz de picardía y Rodolfo se sintió intrigado. No tardó ni un día en presentarse a la cita no concertada llevado por el pálpito de que algo mágico iba a ocurrirle, si no ¿por qué le había sonado tan armoniosa la otras veces aflautada y discordante voz de Alfredo?

Blanco como la rosa, otra casualidad, era el minúsculo botón del timbre que tanto contrastaba con la altísima y sólida puerta de un adusto marrón oscuro. Lo presionó esperando que sonase el leve tintineo de unas deliciosas campanillas, por el contrario, retumbó en sus oídos un estridente zumbido similar al de un millar de cigarras mecánicas. Después el silencio que, por contraste, aún resultó más molesto, sobre todo cuando se prolongó mucho más allá del que, en circunstancias normales, se produce tras llamar a una puerta. Rodolfo se mantuvo indeciso unas décimas de segundo, después de repasar las angulosas molduras marrones, se decidió a volver a pulsar el timbre. Ante su sorpresa el inarmónico zumbido de la vez anterior se convirtió en un enervante chirriar de cadenas, por un momento llegó a pensar que sin darse cuenta había llamado a otro piso, pero era imposible, él no se había movido. ¿Moverse? Gato_negroMás bien era el dintel el que parecía haber descendido, Rodolfo se dijo que sería una ilusión provocada por aquella luz tan tenue que incluso disminuía en intensidad cada vez que presionaba el botón. También hubo silencio esta vez, Rodolfo aguzó el oído tratando de percibir alguna muestra de vida al otro lado. Lo que fuera: pasos, voces, música, el entrechocar de las puertas interiores, cualquier resonancia aunque resultará amortiguada por el grosor de aquella mole de madera que empezaba a parecerle inexpugnable.  La evidencia era palmaria, no había nadie en casa, hasta la rosa se había apagado como su ánimo, por otra parte ya podía esperárselo al no haber anunciado su visita.

Iba a dar media vuelta cuando oyó simultáneamente el motor del ascensor que se alejaba y una especie de grito sofocado en el interior. Esta vez pegó la oreja a la puerta cerrada intentando escuchar, le pareció que en algún punto lejano se rompían cristales, después nuevamente silencio; un silencio denso que casi se podía cortar. No quiso más sorpresas con el timbre, así que golpeó fuerte con los nudillos justo debajo del rótulo que era la única pista de que no se había equivocado de lugar. Pese a la fuerza que imprimió a su brazo, los golpes resultaron sordos como si la madera se hubiese convertido en corcho, cosa que habría afirmado de no ser por la dureza que percibía su tacto y el leve dolor en su puño. Por primera vez observó la cerradura, era la típica de las casas antiguas, una oquedad en la que sólo podía ajustarse una gran llave de hierro forjado, pensó que si se agachaba podría ver algo de lo que se escondía detrás, pero no, el hueco estaba ciego, cosa que no podía significar más que el que la llave estaba puesta por dentro. De modo que la casa no podía estar vacía. Estaba inmerso en sus deducciones cuando sintió un carraspeo seguido de un acceso de tos que sonaba a la altura de la cerradura desde el otro lado y, tras una pausa, toda una urdimbre de sonidos diversos: correteos, roces, murmullos, hasta el gorgoteo de un grifo mal cerrado, todo junto provocaba una lóbrega cadencia que le impresionó de forma ingrata. Y más todavía cuando su olfato percibió el inconfundible olor agrio de las flores marchitas y vio que, efectivamente, su rosa blanca se había secado y dejaba caer sus pétalos al suelo.las-puertas-del-infierno

Un gusano de nervios oprimió su estómago, algo malo estaba sucediendo allí. Rodolfo lamentó haberse negado siempre a incorporar el teléfono móvil a su vida, ahora no podía dar ninguna señal de alerta y no sabía si debía marcharse o seguir insistiendo para rescatar a la señorita Luz del tormento que estuviese padeciendo. Confundiéndose con el acelerado latido de su corazón una respiración jadeante empezó a dejarse oír tras la mirilla, aunque ésta no se había movido. Rodolfo volvió a golpear con desesperación y de nuevo sus nudillos sólo lograron un eco sordo apenas audible, cosa que le permitió percibir un cuchicheo que hubiese jurado que le llegaba de alguien apostado a su espalda. Se giró pero no vio a nadie aunque el bisbiseo seguía filtrándose por su oído derecho y un llanto ahogado se colaba por la cerradura desde la que ahora emergía un haz de luz rojiza intermitente. Rodolfo volvió a agacharse, pero cuando lo hizo la cerradura había vuelto a cegarse sin que hubiese escuchado la llave introduciéndose. El susurro en su oído se hizo más perceptible y entendió una voz, femenina y ajada, que le imprecaba a marcharse, quiso pronunciar el nombre de la que su amigo Alfredo había descrito como joven encantadora, pero su voz se le ahogó en la garganta. Ni siquiera logró despegar sus labios. Y el silencio volvió a reinar, tenso, repercutiéndole a Rodolfo en las sienes.

La última nota desasosegante la puso un maullido asmático que retumbó por todo el rellano procedente del 4ºB que extrañamente se había acercado quedando apenas separado del 4ºA por el hueco de la escalera y el ancho del ascensor. Sólo entonces Rodolfo cayó en la cuenta del doble sentido de la palabra encantadora, tanto podía aludir a la ternura de un carácter como al oficio de hechicera y un sudor frío le recorrió la columna de su espalda. Desde luego aquello parecía obra de brujería. O eso o todo era fruto de una alucinación cuya causa desconocía. Su pulso cada vez era más agitado, los latidos de su corazón retumbaban como truenos en medio del renovado silencio, Rodolfo había olvidado totalmente la ilusión con la que había acudido a aquel edificio, ahora sólo pensaba en huir. escaleras-fantasmaPara su desgracia alguien debía haber dejado la puerta del ascensor abierta pues., aunque las cadenas permanecían inmóviles, la luz que indicaba que estaba ocupado se mantenía encendida. También la escalera se había estrechado, pero era la única salida, Rodolfo se encaminó hacia ella dispuesto a precipitarse a toda prisa, pero se quedó paralizado cuando empezó a escuchar que alguien daba tumbos en ella sin que llegase a distinguir si los pasos ascendían o descendían. Dejó caer el tallo sin pétalos que todavía sujetaba en su mano izquierda y se sentó en el primer escalón, maldiciendo a Alfredo y abandonándose totalmente a la suerte que pudiese esperarle.

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El cristal con que se mira

18 octubre 2009 Deja un comentario

Bastó con inyectarte una simple burbuja de aire directamente a la arteria.

–  Resignación. ¡Resignación!

Pronto te habrás diluido en el polvo.  Y contigo se pulverizarán todas mis pesadillas.  No habrá más noches en blanco.  Se acabó el acostarse bajo el temor de caer presa del pánico en las oscuras redes del laberinto onírico donde siempre me ha perseguido tu imagen especular.  Tú ya descansas en paz.  Ahora ya podré hacerlo yo, porque no volverás a robarme mi reflejo.

Empezaste a usurparme mi protagonismo en el momento mismo de nacer.  Desde el alumbramiento quedé relegado al papel de secundario en mi propia vida.  Y, por supuesto, condenado al rol de antagonista. “La comadrona para atender a tu parto no le prestó la asistencia debida a Oliviero, que casi se muere”, mamá siempre tuvo las ideas claras sobre cuál de los dos estaba de más.  Ella nunca nos confundió.  Es curioso, podría decirse que sólo he existido plenamente para tu madre.  Hasta tú llegaste a sentir celos porque fue a mí a quien susurró sus últimas palabras. ¡Cómo jugué a hacerte daño con ello.  Al fin y al cabo los buenos hermanos deben compartir el dolor: “Oliviero no causó problemas, pero para que nacieras tú, Ronaldo, la partera me hizo un corte que dolía a rabiar”.  Se cobró ese desgarro, desgarrándome a mí con su recuerdo hasta el lecho de muerte.

–  ¡Segado en la flor de la vida! ¡Una lamentable pérdida!

Claveles, gladiolos, crisantemos, dalias.  Flores blancas y poco perfumadas.   A todo el mundo le ha parecido un detalle elegante, incluso exquisito; una forma sutil de expresar,  por contraste, el peso abrumador del luto.  Pero tú, seguramente, habrías considerado que mi pretendida  originalidad bebía en lo más tópico.

Siempre fuiste mi juez más exigente.  “La comadrona para atender a tu parto no le prestó la asistencia debida a Oliviero, que casi se muere”.  Te creías en la obligación de aleccionarme en todo por haber nacido el primero.  Querías iluminarme con tu conducta, ser mi modelo.  Por eso seguiste siendo en todo el primero: el más inteligente en clase, el más decidido en el recreo, el más aplicado en casa. “Dicen que sois idénticos, pero no os parecéis en nada.  ¿Ronaldo, no podrías hacer algo aunque sólo fuera la mitad de bien que Oliviero?”   Cuando ella me reñía, era tu mirada la que me amonestaba: aquel mohín de reproche dolido, que me devolvía, como un espejo, mi propio disgusto.  Más que tu doble, me sentía tu reverso.  Tu brillantez solar me convertía, que sólo podía participar  de tu esencia perfecta como una torpe reproducción distorsionada.  Y la defectuosa copia te decepcionaba.  Y tu desengaño devenía despecho dentro de mí.    Y mi deseo era destruirte para dejar de parecer tu falso duplicado … ¿Recuerdas que cuando cumplimos diez años te perseguí por toda la casa blandiendo un martillo?  Tu madre impidió que lo hundiera en tú cráneo.  Ahora nada de eso tendrá ya la más mínima importancia.  Además debo decirte que de los dos yo era el mayor.

–  Sé que es un gran dolor la muerte de un hermano … ¡Te acompaño en el sentimiento!

De roble macizo, con molduras labradas y detalles cromados, forrado con seda de una delicada tonalidad malva.   Nada aparatoso, pero sin duda regio.  Un buen envoltorio para tu último trayecto.   Te resguardará de la humedad fría de la tumba. ¡Siempre fuiste tan frágil!  Te habré protegido incluso en el más allá.

Porque tú eras el dominante, pero también el débil.  Y me necesitabas.  Nuestra fusión simbiótica era la que te daba fuerza.  Si yo no hubiese sido tu calco imperfecto, tú no habrías podido destacar.  Para que tú sobresalieras yo debía estar cerca, así que me sentía útil e importante cuando estaba a tu lado.  Tu madre era la única que no nos confundía, ella tenía las ideas muy claras sobre cuál de los dos estaba de más, pero ni siquiera ella habría podido decir que no estábamos unidos.  No consentí que nada, que nadie, nos separara. “¿Te has vuelto loco, Oliviero?”  Aquella muchacha tenía el cabello más hermoso que he visto nunca.  “Ni siquiera Ronaldo se comportaría así …” ¿Recuerdas?  Tenía una bajada de párpados preciosa, parecía una niña, aunque a la vez se mostraba se mostraba firme y segura como una mujer capaz de amparar todos los golpes.  “Esta broma no tiene la menor gracia …” Hubiese sido una buena esposa, pero al casaros se habría interpuesto entre nosotros y tuve que apartarla de ti, “… deja esos cuchillos en su sitio, por favor.  ¿No podemos hablar como las personas?” ¡Aún debe de estar corriendo!   Seguramente les contará a sus nietos que en su adolescencia tuvo un novio que pretendió batirse en duelo con ella con el cuchillo del pan.  Tu madre era la única que no nos confundía.

–  A él le habría gustado que te mantuvieras firme.  ¿Mi más sentido pésame!

Un coro de voces blancas para entonar los cánticos más solemnes.  Un sermón emotivo pero mesurado, sin lamentaciones quejumbrosas, ni acentos lóbregos.  Y la recepción sobria, pero con la abundancia que corresponde a las honras fúnebres de un gran hombre.   Tú me lo robaste todo, yo te he dado el mejor funeral.  El mío.

Tú mismo has sido el artífice de este fraude.  Las ideas más excelentes siempre fueron las tuyas.  “Por su claridad, energía y vitalidad, nombramos a Oliviero como publicista más creativo del año …”   Las promociones más importantes tenían que pasar por tus manos, ninguna decisión era tomada sin tu aquiescencia.   Y yo como siempre en la sombra.   “Vamos, Ronaldo, no hagas esperar ese champaña …”   Te admiraban por tu capacidad de ilustrar los conceptos más abstractos.  Porque siempre tenías claro a qué sector de mercado se dirigían los productos.  Porque tus campañas tenían el éxito garantizado.   Y procuraban que yo escuchara sus comentarios, para marcar bien las diferencias. “¿A qué viene esa cara, Ronaldo? ¡A ver si estarás celoso a estas alturas!”   Pero los soles también se eclipsan.  Te viniste abajo cuando estabas en tu cenit.   Te torturaban las dudas porque temías no estar al nivel de tu reputación.  Tuve que empezar a sustituirte.  Acudía a tus presentaciones con los clientes más difíciles.  Atendía tus citas más molestas.  Incluso te reemplazaba en las reuniones familiares cuando tu falta de inspiración te volvía insociable.  “Realmente, en el último año, Oliviero se ha superado a sí mismo. ¡Vaya este brindis en su honor!”   Y así fue como lo descubrí: sólo puedo ser yo mismo cuando soy tú.

–  ¡Ha sido tan inesperada la muerte de Ronaldo! Pero podrás superarlo, tú eras el más valiente.

Bastó con inyectarte una simple burbuja de aire directamente a la vena.

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