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Sitges 2013: Faraday o como ser moderno y no morir en el intento

12 noviembre 2013 Deja un comentario

POSTER FARADAYSi te emocionaste cuando Marco encontró a su madre, necesitas un plan, nos recuerda Bankia desde su divertidamente agresiva campaña publicitaria. Bien, pues si además eres de los que todavía cree que cualquier bollo  pequeño, hecho y presentado en molde de papel rizado, es una magdalena, has perdido el tren de lo moderno. Para estar al día hay que tener muy claras las diferencias entre magdalenas, muffins y cupcakes, y, por supuesto, ser fan de estos últimos. Siguiendo con los condicionales, si no has probado un cupcake, no entenderás la broma que es Faraday, la última película de Norberto Ramos del Val, apta especialmente para modernos que se ríen de sí mismos.

Faraday nos cuenta la historia de un telequinésico (Javier Bódalo) que desde niño ha estado interesado por el más allá, pero que está perdiendo la fe en lo paranormal. Mientras Pati (Diana Gómez), su novia, a la que conoció vía redes sociales, aspira a ser una estrella de internet con su videoblog dedicado a las recetas de cupcakes. Ambos se irán a vivir juntos cuando Joana (), auténtica triunfadora en la red de redes, les pasa un contacto para alquilar un piso céntrico y extrañamente barato. Pronto descubren que ese precio asequible se debe a que el piso está habitado por el fantasma de Sonia, una pokera que murió junto a su hermano en la vivienda. Todo este dislate tiene como fondo el Madrid más hipster. Un argumento que hace prever la combinación de ironía y absurdo que efectivamente definen la cinta.

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Definida por sus artífices como comedia paranormal, tiene mucho más de comedia generacional puesto que mediante la sátira quiere hacerse eco de la superficialidad del mundo contemporáneo que está más allá de la postmodernidad. Con formato de falso documental, Faraday explora las características más populares de nuestro tiempo, al menos las de una generación, desde la omnipresencia de las redes sociales, el peso de Internet, hasta la telerealidad y la parodia de los medios de comunicación. El filme se camufla de parodia-homenaje del cine de terror para llevarnos hasta la crítica satírica del mundo hiperconectado que vivimos con el trasfondo de la ironía sobre lo hipster, esa tendencia que ha sido definida como el último movimiento urbano del siglo XXI. Un reflejo todo ello de la gran crisis que vivimos, rodado en tiempos y condiciones de crisis.

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El problema de Faraday es que quizás queda encerrada en las bromas privadas de quienes más coinciden con aquello que retrata y sobre lo que ironiza. Si no eres un moderno, probablemente te perderás más de la mitad de las referencias, incluso cuando vienen bajo la forma de cameos (más de treinta según fuentes), se diría que es un ejercicio de crítica endogámico. Hipsters riéndose de ellos mismos, en una actitud que les hace aún más puros, porque llevarse a sí mismos la contraria es lo que más les permite tener esas señas de identidad. En suma, burlarse de lo hipster es ser todavía más hipster.

Con todo y sus peros Faraday se deja ver como una demostración de que es posible hacer cine fuera de los circuitos más convencionales y que esa apuesta por el bajo presupuesto (odíamos la etiqueta low cost) puede ser el mejor medio para alumbrar obras personales e intransferibles.

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Sitges 2013: la comedia negra dentro del festival

31 octubre 2013 Deja un comentario

Si una impresión es generalizada, es la de que en las últimas ediciones han escaseado las muestras de género estricto. Así ha sido también en la presente. Ello debe de obedecer, en parte a, las nuevas lecturas y revisiones que amplían las fronteras de lo fantástico, claro ejemplo de lo cual lo teníamos en el ensayo de Ángel Sala, Profanando el sueño de los muertos. No queremos abrir aquí un debate, sólo constatar el hecho. Lo cierto es que lo que sí ha abundado es la presencia de filmes pertenecientes a géneros concomitantes, como puede ser el thriller, a veces casi policíaco, y la comedia negra. Dentro de esta última se adscriben dos de las películas más celebradas, Cheap Thrills y Big Bad Wolves.

Hemos dicho comedia negra, pero Big Bad Wolves no lo es puramente, en el caso de la cinta hebrea nos encontramos con un thriller dramático, salpicado de grandes dosis de humor negro. Mezcolanza que no todo el mundo acogió bien, sobre todo porque en el fondo nos encontrábamos ante un caso de pederastia y no todos aceptan que se frivolice sobre un tema que tanto nos sensibiliza. Nos enfrentamos a una serie de brutales asesinatos que ponen en rumbo de colisión la vida de tres hombres: el padre de la última víctima, sediento de venganza; un justiciero detective de policía que opera en los límites de la ley; y el principal sospechoso de los homicidios, un estudiante de religión arrestado y luego liberado debido a una negligencia policial (argumento extraído de Filmaffinity). Próxima en su argumento a Prisoners, se separa de la película de Denis Villeneuve por su tratamiento: si la primera hacía hincapié en el drama para explorar los límites morales de la venganza, Big Bad Wolves se apoya en la sátira para ponernos igualmente ante el mismo dilema moral, una forma más cáustica de encararnos a la dialéctica entre la ley racional y la justicia.

Considerada por Tarantino como la mejor película del 2013, se alzaba en Sitges con el premio a la mejor dirección para Aharon Keshales y Navot Papushado, viejos conocidos de los aficionados por su ópera prima,  Rabies,  también vista en una anterior edición (año 2010). La película arranca con una secuencia prólogo de tintes casi oníricos en la que de forma elegante se nos explica la desaparición de una niña, tras ella asistimos a un radical cambio de tono: nos trasladamos a los sótanos de una escuela donde tiene lugar el violento interrogatorio a un supuesto sospechoso practicado al margen de las ordenanzas, una violencia tiznada de comicidad en alguno de sus momentos. Así desde el arranque nos encontramos con lo que será el tono de todo el filme, esos tres hilos que se van trenzando: la violencia, el humor negro y la elegante estilización cuando se nos presenta a las pequeñas víctimas.

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Aunque su carácter híbrido no haya sido disfrutado por todos, hay que reconocerle a los israelitas que han sabido huir con acierto de la corrección política para abordar temas a la par universales y de rabiosa actualidad (la pedofilia, la tortura, los límites racionales de la ley y la justicia…), a la vez que ironizar con problemas más circunscritos a la cuestión israelita como el papel del ejército o la convivencia con los palestinos. De modo que no puede decirse que Big Bad Wolves no cumpla con la dimensión crítica del cine: con su acidez y mordacidad nos golpea bien hondo, porque nos incomoda ante nosotros mismos y nos hace reflexionar sobre nuestros propios principios; y en ello es más efectiva que otras cintas más de tesis como la ya mencionada Prisoners (que es también una notable película, por supuesto). En definitiva, un filme que busca removernos y lo consigue, que nos pone sonrisas en los labios pero para sacudirnos las entrañas.

Igualmente conmocionadora resultó ser Cheap Thrills, está sí claramente comedia, pero con tintes tan negros que al final más que una sonrisa nos deja una mueca de consternación.  Porque E.L. Katz en su debut ha querido abordar una de las más punzantes aristas de nuestra actualidad, el arrinconamiento contra las cuerdas de la clase media engullida por las voraces fauces de un capitalismo que juega con ellas a placer como un niño lo hace con un bibelot.

Cheap Thrills nos cuenta la peripecia de Craig (Pat Healy), trabajador y padre de familia que acaba de perder su trabajo y está a punto de perder su casa por no poder afrontar la hipoteca (¿les suena de algo el panorama?). Cuando se encuentre en el pub con un antiguo compañero de estudios (Ethan Embry), más looser que él mismo, llamarán la atención de una pareja formada por una atractiva y fría rubia (Sara Paxton) y un excéntrico hombre maduro (David Koechner) con cierto aire de mafioso. Los cuatro iniciarán un largo viaje hasta el fin de la noche en el que los dos amigos serán usados para el perverso juego que la pareja ha ideado para combatir el tedio en el aniversario de la joven. El singular acaudalado les irá proponiendo apuestas cada vez más delirantes y vejatorias hasta que la diversión de unos se convierta en la humillación y la degradación de los otros.

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Una comedia punzante que va escalando poco a poco en la violencia, tan poco a poco que no sabemos en qué momento se ha convertido en un festín de sangre y horror. También es gradual la pérdida de dignidad de los dos amigos, al principio es sólo un juego de pesadas cheap cartelbromas, al final lo que estará en juego (valga la redundancia) es su propia persona. La premisa parece simple, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar por dinero? pero conforme avance la trama la pregunta se convierte en otra más descarnada: ¿cuál es nuestro precio?Mediante la broma, se nos está cuestionando por cuánto estamos dispuestos a vendernos, y qué estamos dispuestos a perder por el camino. Lo que empieza como divertimento, acaba como auténtico descenso a los infiernos en el que lo peor es casi la futilidad de esos Mefistófeles que son la adinerada pareja. No actúan como lo hacen llevados por la perfidia, ni menos por el deseo de averiguar los límites del mal al modo de Sade, más bien parece que su comportamiento obedece a su saciedad, tienen todo lo material a su alcance, así que la extorsión al pobre  es un mero divertimento, afanan la manipulación por la manipulación.

No es difícil ver tras la cortina del humor negro una metáfora de nuestro hoy. La crisis que padecemos todos (aunque unos más que otros) nos hace empatizar con la figura de los jugadores-perdedores y el último plano nos resulta aterrador porque en él vemos nuestra humillación como clase y la derrota de los valores en los que habíamos creído.

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Sitges 2013: el renacer del vampiro, Jim Jarmusch&Neil Jordan

30 octubre 2013 Deja un comentario

Cada época genera sus propios monstruos y en la nuestra el que se lleva la palma es el zombie, un revivido que cada vez más toma la forma de infectado. Sin duda, esto es así porque la figura del zombie recoge los miedos de nuestra sociedad capitalista  presente en la que los temores nos llegan provocados por la propia masificación del mundo que nos convierte en individuos devorados por lo anónimo. Así el zombie es un monstruo colectivo sin un rostro definido que siembra su mal indiscriminadamente y sin conciencia.

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El zombie es nuestro monstruo moderno, pero lo cierto es que empieza a fatigarnos su omnipresencia en cine y literatura, así que se ha visto como un alivio que en esta edición del Festival de Sitges haya regresado a la pantalla una figura más clásica como es la del vampiro. MUNCH-IL-VAMPIRO-1893Un mito que ahora aparece remozado como no podía ser de otro modo después de que ya en la década de los noventa Neil Jordan lo retratara con una nueva visión en su Entrevista con el vampiro. El no muerto que se alimenta de sangre ya no es una alimaña como  el Nosferatu de Murnau, ni siquiera una fiera rebosante de sexualidad como el que compuso Christopher Lee, no, ahora el vampiro está más cerca del Drácula de Bela Lugosi, todo un dandy, pero todavía más delicuescente. Como ya comentábamos a raíz de Kiss of de Damned, nos enfrentamos ahora con vampiros civilizados cuya moralidad es superior a la humana, así no es el vampiro la lacra sino los propios humanos y su degeneración.

En esta nueva interpretación del mito se inscribe sobre todo la última película de Jim Jarmusch, Only lovers left alive, pero también las vampiras de Neil Jordan en Byzantium.

En Byzantium la dulce voz de Saorise Ronnan (Lovely Bones) nos acompaña en off para adentrarnos en la delicuescencia de un relato sobre la necesidad de compartir nuestra historia para librarnos de la opresión de los secretos que no nos dejan mostrarnos como somos. Una narración mórbida y decadente sobre vampiros que necesitan amar y ser amados. Saorise es Eleanor, una eterna adolescente que convive con una eternamente joven Clara (Gemma Arterton), su madre, cada una mantiene una distinta relación con su condición vampírica: para Clara supone la fuerza de la vida eterna y se aferra a su existencia sin vacilar en vender su cuerpo para mantener a ambas y en cometer violentos crímenes para salvarse; para Eleanor supone el peso de vagar eternamente escondiendo su identidad, reniega de la violencia y se alimenta sólo de la sangre de enfermos terminales como si fuera un ángel de la dulce muerte. Huyendo de la escena de un crimen violento recalan en un ciudad vacacional costera (un lánguido Brighton) que conoció mejores épocas, allí Eleanor conocerá a Frank (Caleb Landry Jones), un adolescente enfermo de leucemia que va a cambiar el rumbo de sus vidas.

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La historia de ambas mujeres es contada mediante acertados flashbacks en dos épocas distintas, el presente y el momento pasado en el que accedieron a su condición de vampiro. De gran poderío visual gracias a la fotografía de Sean Bobbitt, la película de Jordan se nos presenta como una reflexión sobre el instinto de supervivencia, la identidad y la necesidad de amar y ser amados. Todo ello enmarcado además dentro de una consideración sobre la condición femenina desde la modernidad hasta nuestros días: subyugadas y perseguidas en un mundo de hombres, ellas encuentran al final el modo de afirmarse y liberarse de su maldición.

Con un tono intimista y reflexivo, Bizantium se degusta como un plato delicado de aroma agridulce, entre la melancolía y la esperanza. A destacar, junto a la interpretación de sus protagonistas, la belleza de esa cascada sanguínea que llena la pantalla en cada conversión y todo el trabajo de fotografía y cromatismo. En lo negativo, si hay que ponerle algún pero, estaría su final un tanto precipitado y demasiado rosa para un cuento cuya tonalidad se pinta con la amplia gama de los fríos grises y azules.

Con un tono todavía más crepuscular nos llega la incursión de Jim Jarmusch en el género vampírico. Un filme totalmente nocturno que nos cuenta la historia de Adam y Eve (nombres fundacionales donde los haya) dos vampiros amantes que deciden reencontrarse (él está en Detroit, ella en Tánger) para afrontar la enorme depresión que le produce a Adam la decadencia de nuestro tiempo. Only lovers left alive es una película hipnótica que nos regala algo más de dos horas de disertaciones existenciales sobre nuestra condición en el mundo.

Adam (Tom Hiddleston) y Eve (elegantísima Tilda Swinton) , igual que los inmortales de Borges habían sido todos y cada uno de los hombres, llevan deambulando durante siglos, han conocido todas las épocas y han aquilatado toda la cultura de aquellas que fueron más doradas que la presente. Son pedantes, en el buen sentido del término, porque han atesorado  el acervo cultural de siglos, ahora viven aislados de un mundo que ya no entiende la delicadeza, contaminado por enfermedades más morales que corporales, y en la que los hombres actúan masificados como auténticos zombies. La humanidad está podrida y a la pareja protagonista no le queda otra que refugiarse en su propio mundo cerrado y marginal, donde se entregan a la música, la literatura, la ciencia y el arte en general.

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Adam y Eve son vampiros refinados, degustan la sangre no contaminada (cada vez más difícil de encontrar) en vasos de cristal de Murano, rojo elemento que consiguen en bancos de sangre porque la que corre por la venas es cada vez más insalubre y porque ellos ya no son alimañas, las alimañas son los humanos. Frente a ellos contrasta la figura de Ava (Mia Wasikowska), hermana de Eve, quien (como ocurría en Kiss of de damned) todavía se alimenta asaltando humanos y pone en peligro a los protagonistas. Este personaje al que podríamos, clasificar de inadaptado dentro de los inadaptados, sirve al relato como motor de la acción, pues por su causa la pareja tendrá que darse a la fuga. Una fuga que les llevará al límite donde acabaremos descubriendo que sólo el amor nos permite dignificarnos y vivir.

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Sitges 2013: Reposiciones de lujo, El desierto de los tártaros

28 octubre 2013 Deja un comentario

Algunos echamos de menos la sección retrospectiva del festival, la primera que fue sacrificada por la crisis, por eso no nos perdemos las pocas ocasiones que se nos brindan para volver a degustar a los clásicos. Este año se ha podido revisitar alguno de los títulos célebres de Miike, El mago de Oz de Victor Fleming (remozado en 3D) y El desierto de los tártaros en el aniversario de la sección Seven Chances.

el-desierto-de-los-tartaros-9788420669861Corría todavía la década de los ochenta cuando conocí la obra de Dino Buzzati, desde entonces El desierto de los tártaros ha sido uno de mis libros de cabecera y no he dudado en recomendarlo y compartirlo. Inspirado por su vivencia en la redacción del Corriere della Sera , Buzzati desarrollo una prosa caracterizada por la exposición de realidades laberínticas parejas a aquellas otras de Franz Kafka. En su novela de 1940 nos enfrenta mediante la metáfora (casi alegoría) a nuestra condición humana escindida de la naturaleza con la que el diálogo es imposible. Giovanni Drogo, el protagonista, es una máscara del antihéroe propio del Siglo XX, siempre abocado al límite imposible de alcanzar y conocer. La fortaleza Bastiani es toda una representación de nuestra ubicación en el mundo burocratizado de la modernidad (y de la postmodernidad porque no han cambiado demasiado las cosas), sus pasillos inacabables emulan a los enrevesados vericuetos por los que se enreda, más que circula, la información, laberinto que hace invisible el centro y deja nuestra acción sin sentido. De la mano de Buzzati  nos adentramos en un paisaje propio de la paleta de De Chirico y comprendemos que somos seres fronterizos condenados a la orfandad respecto al núcleo y a pasar nuestra vida sin encontrar la dirección de nuestra espera. No habrá acontecimiento revelador del sentido de nuestra existencia, o, en el mejor de los casos, si se llega a dar será demasiado tarde para nosotros.

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La novela de Buzzati, por sus características y su trasfondo, es una de esas piezas que se nos antojan difíciles de adaptar al lenguaje audiovisual, porque más que acción hay espera, vida suspendida y tedio ante el absurdo, pero Valerio Zurlini salva esas dificultades con éxito y logra recoger esa atmósfera de absurdo existencial sin que su filme resulte carente de tensión dramática.

Valerio Zurlini perteneció a esa generación de directores italianos que siguió al neorrealismo y que dio nombres como Antonioni o Pasolini. Menos conocido que sus compañeros, Zurlini fue un indagador del drama individual y un analista de los sentimientos, su cine está cargado de sensibilidad y es un nombre a reivindicar. Con su adaptación de El desierto de los tártaros entró con letras mayúsculas en la historia del cine. Para la película homónima de la novela, contó con lo mejor del elenco europeo, tanto en el terreno técnico como en el artístico, y consiguió una de esas piezas sublimes a las que seguimos dándoles vueltas mucho después de haberlas visionado.

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Incomprendida por el público en su estreno, El desierto de los tártaros es considerada hoy como la mejor pieza de Zurlini. Se trata de un trabajo casi pictórico en el que apenas hay movimientos de cámara y en el que cada encuadre es todo un texto visual. Planos pausados y preciosistas (a destacar el excelente trabajo de  Luciano Tovoli en la dirección de fotografía) que transmiten el espíritu de la novela, esa sensación de sinsentido y de tensa espera de una acción capaz de justificar nuestra existencia se logra en la película gracias al tempo pausado que le imprime la puesta en escena. También el cromatismo (que se pudo gozar en Sitges en su plenitud gracias a la reciente restauración a 4K) contribuye a recrear la atmósfera del relato, tonos nítidos y luminosos en los que se destaca aún más el absurdo de la inactividad. Y la música de Ennio Morricone agudiza aún más la melancolía de la situación.

jacques-perrin-guarda-dalla-finestraSi acendrada es la puesta en escena, El desierto de los tártaros es también un filme que reposa en las matizadas actuaciones de sus intérpretes. Zurlini contó con grandes figuras de la escena europea para su trabajo, así nos encontramos con Jacques Perrin en el papel de Giovanni Drogo que nos compone un protagonista sólido a través del que se expresa el extrañamiento humano ante un mundo abocado al límite y para el que la acción llegará demasiado tarde como antihéroe que es. Junto a él destaca Max von Sydow en el papel del capitán Hortiz, Paco Rabal encarnando al sargento Tronk, Fernando Rey interpretando al Coronel Nathanson (el único que ha entrado en combate y ha quedado paralizado, todo un símbolo de la imposibilidad de seguir actuando en el presente) y Vittorio Gassman como el oficial al mando de la Fortaleza Bastiani, elegante aristócrata que sabe llevar su pertenencia al pasado y su jovial resignación ante un presente que ya no le contiene . Todos ellos bordan unos papeles que tienen más de símbolo que de individuo, a los que saben darle el dramatismo y perfil psicológico justo.

El desierto de los tártaros es en suma una película elegante y melancólica que se disfruta como la experiencia artística que es. Todo un ejercicio de reflexión y goce estético.

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Sitges 2013: Universos particulares, Terry Gilliam&Jodorowsky

25 octubre 2013 Deja un comentario

Aunque en tiempos de recortes se ha reducido el número de invitados, no ha faltado la presencia de celebridades. Así se tuvo ocasión de ver a Takashi Miike (a quien se le dedicaba una retrospectiva) y a otros dos grandes monstruos de la dirección como fueron Terry Gilliam y Alejandro Jodorowsky, presentando las dos últimas obras con las que nos han obsequiado: The zero theorem y La danza de la realidad, respectivamente.

Terry GilliamAl primero le debimos una de las presentaciones más divertidas del festival en la que Gilliam elogió la cercanía del certamen (no es necesario vestir de gala) y habló sobre su filme. Para el director esta película rodada en 35 milímetros lo contiene todo desde la preocupación técnica porque sea accesible a todos los formatos de pantalla, hasta la reflexión de fondo sobre el sentido o sinsentido de una exsitencia como la nuestra en un universo que podría acabar condensándose en un big crunch. Gilliam, pues, regresa a sus orígenes para alumbrar una obra abigarrada y barroca en la que la ciencia ficción es una excusa para construir una parábola hiperbólica de nuestro presente.

En la película, que debutó en la sección oficial de la Mostra de Venecia, nos encontramos con Oohen Leth (Cristoph Waltz bordando su interpretación) un excéntrico genio de los ordenadores que vive en un mundo corporativo controlado por una oscura figura llamada “Dirección”. Recluido en el interior de una capilla en ruinas, Oohen trabaja en la solución a un extraño teorema, un proyecto que podría descubrir la verdad sobre su alma y el significado de la existencia (o la falta del mismo) de una vez por todas. De concepción kafkiana, The zero theorem nos asoma a un futuro en el que todo está saturado de información casi imposible de asimilar, con ello Gilliam expresa su percepción de nuestro presente como un mundo amorfo que avanza en tantas direcciones que es casi imposible predecir qué nos espera como porvenir.

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Con extravagancia y humor, Gilliam nos adentra en las paradojas de la comunicación que se producen en un entorno hiperconectado como el nuestro  en el que es difícil gozar de la propia soledad y en el que las interacciones con el otro quedan relegadas a la distancia de lo virtual por ser el único espacio sobre el que podemos ejercer dominio. Y en medio de todo ello se mantiene, al menos para el protagonista, la interrogación sobre la misión que se espera de nosotros si es que hay algo parecido a un destino universal, a una finalidad teleológica tanto de la naturaleza como del hombre. Mientras, Oohen Leth es contratado para confirmar el teorema zero el cual establece que todo va a perecer en el repliegue de la materia sobre sí misma, conclusión que anularía esa posibilidad de haber sido llamados a un sentido. El final enigmático, y hasta cierto punto abierto, nos deja instalados en el reino de la duda, quizás porque es el único escenario al que puede acceder el conocimiento humano sin embarrancarse en falacias y Gillian no ha querido aliviarnos con un happy end (pese a haberlo rodado por exigencia de los productores), para no caer en la insinceridad ni generar falsas esperanzas.

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The Zero Theorem es, pues, una distopía humorística (quizás no tan redonda como Brazil o El rey pescador) en la que su director vuelve a compartir con nosotros la imaginería de su universo particular, como tal no deja encorsetarse en ninguna categoría estándar y por ello puede ser amada o detestada, pero no pasar desapercibida. Gilliam a sus 72 años sigue siendo un cineasta de referencia difícil de encasillar y capaz de lanzarnos propuestas que nos hacen gozar estética y metafísicamente.

Como Gilliam, también Alejandro Jodorowsky sigue siendo un cineasta inclasificable y, 23 años después de haberse alejado de la dirección, vuelve con fuerza en La danza de la realidad: un relato autobiográfico en el que el franco-chileno bucea en su infancia armado de onirismo y poesía surreal. Este auténtico polímates en algo más de dos horas nos invita a acompañarle en un viaje mágico a sus raíces, viaje en el que se combina el retrato de su entorno familiar y el de un país sacudido por la inestabilidad política y el flirteo con el nazismo.

La danza cartelSu natal Tocopilla se convierte en La danza de la realidad en un paisaje mágico y mítico (en la línea del Macondo de Cien años de soledad), poblado de iconos y personajes grotescos y simbólicos a partes iguales. Todo ello retratado con una paleta cromática llena de colores vivos que aumentan nuestra percepción del espacio metafórico envolvente de esta ficción narrativa. Con su relato catártico Jodorowsky inicia una sanación de sí mismo y así su yo presente irrumpe en la escena para alentar e insuflar esperanza al niño sensible y distinto que él mismo fue. Su infancia peculiar se convierte en una infancia de ensueño que le permite al autor deshacerse de las represiones familiares en un auténtico ejercicio de psicogenealogía, o lo que es lo mismo la curación mediante el recuerdo.

La película fue un riesgo continuo, testifica el propio director, por sus propuestas visuales y narrativas (por ejemplo, la madre se expresa durante todo el metraje cantando), pero lejos de quedarse en un producto incomprendido ha venido rodeada por la aceptación del público y el éxito comercial (al menos en su Francia de adopción en la que la película lleva más de siete semanas exhibiéndose en 50 salas). Aunque es personal e intransferible, la cinta nos atrapa en su magia y nos mece en su exploración de la memoria. Como el Amarcord de Fellini, esta danza por lo biográfico y particular se extiende hasta nosotros espectadores que llegamos a sentir que compartimos el espíritu de sus vivencias.

Extraña y extravagante, La danza de la realidad nos cautivó hasta tal punto que para quien escribe está incluida en su top ten de la edición. Así, los grandes genios esperados (Gilliam y Jodorowsky) no nos decepcionaron, al contrario, nos brindaron algunos de los mejores y más provocadores momentos de cine de este festival.

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Sitges 2013: inauguración y clausura, Grand Piano&The Sacrament

23 octubre 2013 Deja un comentario

logo_sitgesCon un palmarés muy repartido se ha cerrado la 46 edición del Festival de Sitges, llega la hora de los balances y los resúmenes. La presente ha sido una edición en la que han abundado las películas correctas pero han faltado aquellas que destacasen con brillo propio (aunque hay que señalar que la ganadora, Borgman, era la que más circulaba como favorita en los mentideros), tampoco han abundado los filmes propiamente fantásticos viéndose más títulos pertenecientes a géneros más o menos concomitantes, tendencia que se apreciaba ya en las películas que han marcado la apertura y el cierre, Grand Piano de Eugenio Mira y The Sacrament de Ti West. La primera un thriller de corte hitchcockiano y la última un falso documental centrado en las sectas destructivas.

Sitges 2013, como viene siendo la tónica de las últimas ediciones, iniciaba su singladura con una producción catalana de reparto y factura internacional. El tercer largo de Eugenio Mira, bajo la producción de Rodrigo Cortés (cuya impronta se nota en el filme), es un impecable ejercicio de estilo puesto al servicio de una historia en la que destaca su premisa de arranque, auténtica traba que obliga al director a agudizar su ingenio para que no decaiga el ritmo y la intriga de un relato de escasos personajes y espacios fílmicos. El punto de partida nos pone ante un pianista (un acertado Elijah Wood) que retorna a los escenarios después de haber cometido un error imperdonable en su último concierto cinco años antes. El suspense lo pone una nota en su partitura que le amenaza de muerte si falla una sola nota, premisa que fuerza a Mira a desarrollar casi en tiempo real un argumento que le circunscribe prácticamente al escenario de la sala de conciertos como único espacio narrativo y a mantener en pantalla durante más de tres cuartos del metraje al solista interpretando al piano. Si el filme se salda con notables resultados es gracias al manejo de la cámara y la puesta en escena que se basta por si misma para generar el clima de intriga.

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El carácter de filigrana de Grand Piano se manifiesta ya en los títulos de crédito acompañados por la música de Víctor Reyes (el compositor que ha trabajado en todas las películas de Rodrigo Cortés) que abren la cinta recordándonos los trabajos de Saul Bass. La vocación hitchcockiana, pues, está presente ya desde el encabezamiento. Y se mantendrá durante todo el metraje puesto que se trata de un filme en el que el trabajo de dirección y montaje es lo más remarcable: el tempo de este recital para cámara y piano viene marcado por una planificación milimétrica que no escatima recursos (complejos planos secuencia ente bambalinas; con grúa, sobrevolando las cabezas de los espectadores; planos cenitales; elegantes panorámicas, etc.). Una planificación que es quizás incluso demasiado perfecta, pues tras este ejercicio de estilo podría camuflarse una falta de nervio y fondo. Para quien esto escribe, que siempre se ha confesado fan de los prodigios formales virtuosos, Grand Piano fue uno de sus títulos favoritos del festival, bastante por encima de los filmes que sirvieron de inauguración en las últimas cinco ediciones.

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Si el festival se inauguraba con buen sabor de boca también terminaba con un filme más que correcto: The Sacrament de Ti West. Inspirada en el caso real del colectivo de Guyana, la película producida por Eli Roth, nos adentra en el mundo de las sectas destructivas mediante el recurso del Found Footage o falso documental. La trama nos cuenta la historia de unos periodistas de la revista Vice que realizan un reportaje sobre una comunidad que vive aislada, en la que se encuentra viviendo la hermana de uno de ellos.

the-sacrament1Ti West hace gala de saber dominar la estrategia expresiva que ha decidido utilizar para narrarnos The Sacrament, así durante más de dos tercios del filme nos vemos sumergidos en un documental narrado en primera persona por los reporteros. El director sabe dosificar la historia presentada a modo de la extrañeza y el descubrimiento de los protagonistas. La película se desarrolla con buen pulso y cierta intriga porque el punto de vista elegido nos permite identificarnos como espectadores de la misma trama, nada se adelanta de antemano sino que asistimos al rodaje en primera persona como si nosotros mismos estuviéramos en la piel de los reporteros. Así sutilmente Ti West nos conduce por la inquietud que produce ir descubriendo que no todo es limpio en la comuna dirigida por un enigmático personaje que es llamado Padre por todos los integrantes, mientras algunos de los entrevistados se expresan como extasiados por su nuevo plan de vida en el seno de la comunidad, otros se irán acercando a los reporteros para expresar sus temores: como en toda secta es fácil sumarse a  ella pero la salida es casi imposible.

The sacrement 2Hasta ahí nada más adecuado que la cámara en mano para actuar como testigo y testimonio, y ningún pero puede ponerse al uso que de ella hace Ti West. Sin embargo, en el tercer acto, el recurso resulta más forzado y prácticamente tenemos la impresión de contemplar un relato en tercera persona rodado con cámara objetiva, por la precisión de los encuadres que no hacen pensar que quien filma esté implicado en lo filmado. Ese es el único reproche que puede hacerse a una película que no deja de ser correcta pese a ello. A pesar de que en el último acto el recurso resulte forzado e incluso tramposo no deja de transmitirnos la tensión que sienten los protagonistas y el horror del destino final de los miembros de la comuna.

The Sacrament no resultó ser tampoco una película excepcional, más bien fue un cierre mediano para una edición que se ha definido, como ya decíamos, por la proyección de productos notables que no excelentes. Nos dejó con buen sabor de boca pero con la sensación de que no habíamos degustado tampoco un plato memorable.

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Sitges 2013: The rambler, tras los pasos de Lynch

17 octubre 2013 Deja un comentario

Dermor Mulroney (Stoker) es el errabundo, the rambler, una especie de judío errante en busca de hogar. Hogar que estaría representado por el reencuentro con su hermano en Oregón. Ahora bien, cuando llega a su destino, después de haber padecido unas cuantas exóticas peripecias en las carreteras de la América profunda, se da cuenta de que para él no puede haber más hogar que el propio deambular errático que le ha llevado hasta allí. Lo importante es el camino aunque conduzca a la nada, parece decirnos  Calvin Reeder en esta su segunda obra, The rambler, película que mezcla varios géneros, es una roadmovie que tiene toques de western y salpicaduras de gore, todo ello mezclado en la coctelera de la alargada sombra de David Lynch.

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Si algún calificativo se ajusta a The rambler, es el de extraña, y quizás sea por eso que fue incluida en Noves Visions, sección que podría llamarse también “rarezas a tutiplén” pues parece que en ella sólo puedan figurar las obras más extravagantes como si lo no convencional fuera un valor en sí. Cierto es que es de la experimentación pueden salir propuestas que abran nuevos caminos a la expresión cinematográfica, al margen de que hayan sido inaugurados en un filme irregular, pero de ello no se debe deducir que si una obra es experimental ya merece por ello sólo reconocimiento. The rambler sería uno de esos casos, Calvin Reeder parece buscar recursos expresivos novedosos y consigue aciertos, pero su película no termina de cocinarse bien y acaba pareciendo poco viaje para tantas alforjas.

the rambler pósterEfectivamente, su inicio es intrigante, no tanto por lo que narra sino por cómo lo hace. Nos sorprende el ingenio que construye para agilizar las elipsis, no sólo procede por jumcuts sino que en algunos de esos saltos son tratados de modo que simulan interferencias algunas de las cuales parecen incluso contener imágenes subliminales. Más tarde vendrán los ralentís y las transparencias para crear una atmósfera más que onírica surrealista (no en vano fueron ellos quienes usaron de esos recursos por primera vez). Y junto a la excentricidad del montaje y la planificación está el absurdo de personajes y situaciones. Mientras el errabundo se entrega a su viaje iniciático va tropezándose con personajes grotescos, un seudocientífico que viaja con una máquina capaz de grabar los sueños y un par de momias, un boxeador con un garfio, un asilo de ancianos en el que los habitantes se borran directamente en la pantalla… Este entramado visual y narrativo compone un retrato fantasmagórico y aberrante de la América profunda, que nos hace remontarnos a la estela de David Lynch. Un planteamiento interesante pues. El problema es que extravagancia es también sinónimo de disparate y en él acaba desembocando el filme.

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Si la primera mitad puede cautivarnos por su estética, pasados cincuenta minutos empieza a resultarnos cargante y artificiosa. Se diría que hay un punto en el que Calvin Reeder pierde las riendas de su película y abandona a los espectadores en una confusión que no parece conducir a puerto alguno. Se pierde el referente de qué es “real” en la ficción y qué onírico, se rompe la lógica incluso de lo inverosímil y el relato hace aguas. La sombra de Lynch acaba siendo un auténtico lastre porque el universo de The rambler no acaba de cuajarse con entidad propia.

En suma, estamos una vez más ante una equivocación, ante un engaño, ante una promesa rota. La película circulará por festivales sólo porque todavía hoy, a cien años del despertar de las vanguardias, se toma la experimentación como valor en sí, cuando debiera ya contemplarse sólo como lo que muchas veces es, una forma de ensayar que puede conducir a lo innovador pero también a lo vacuo.

Categorías:Festival de Sitges
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