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Prometeos del siglo XXI

“No se debe abandonar la generación de homúnculos; en efecto, hay cierta verdad en esta materia, aunque durante mucho tiempo fue vista como muy oculta y secreta. Largamente algunos filósofos antiguos discutieron y dudaron si sería posible, por la naturaleza y por el arte, engendrar un hombre fuera del cuerpo de la mujer y de una madre natural. A lo cual yo respondo que esto no repugna para nada al arte espagírico ni a la naturaleza; es más, se trata de algo muy posible. Para lograrlo se procede así: Encierre durante cuarenta días en un alambique licor espermático del hombre, que allí se pudra y continúe a componerse en un recipiente lleno de estiércol de caballo, hasta que comience a vivir y moverse, lo cual es fácil de reconocer. Después de ese tiempo aparecerá una forma parecida a la de un hombre, pero transparente y casi sin sustancia. Si, luego de esto, se alimenta todos los días este joven producto, prudente y cuidadosamente, con sangre humana secreta (es decir una preparación alquímica roja), y se lo conserva durante cuarenta semanas a un calor constantemente igual al del vientre del caballo, este producto viene a ser un verdadero y viviente niño, con todos sus miembros como el nacido de la mujer, pero sólo más pequeño y al que llamamos un homúnculo. Es necesario educarlo con gran esmero y cuidados hasta que crezca y comience a manifestar la inteligencia. Es este uno de los mayores secretos que Dios haya revelado al hombre mortal y pecador (…). Aunque dicho secreto haya estado siempre ignorado por los hombres, fue conocido en la remota antigüedad por los Faunos, las Ninfas y los Gigantes, seres que asimismo se originaron de esa forma.” Así formulaba Paracelso (1493-1541) la receta para crear un hombre por métodos artificiales.  Ser creador de vida ha sido uno de los sueños perseguidos desde siempre por la humanidad, vencer así las limitaciones, emular a los dioses y sustituirles.  Paracelso se basaba en los principios de la alquimia, la concepción del universo como un ser orgánico que podía ser interconectado mediante la magia, por eso se le pone en relación con nigromantes como Cornelio Agrippa y Alberto Magno.  La alquimia, por su parte, guarda relación con la cábala y dentro de la tradición cabalística nos encontramos con una de las primeras leyendas sobre la posibilidad de crear vida, el Golem.  Golem significa materia, y la leyenda praguense refiere que el rabino Judah Loew Bezalel en el Siglo XVI habría logrado animar una figura humanoide de arcilla para defender el gheto judío, sin embargo, su creación se habría rebelado y habría acabado convirtiéndose en un problema mayor que el que se intentaba solucionar con él.  El Golem lograba animarse escribiendo en su frente el nombre secreto de Dios, Emeth (verdad) y para destruirle había que borrar la primera letra quedando la palabra Meth (muerte).  La tradición hebraica, pues, introducía ya la alerta sobre las consecuencias negativas de jugar a ser dioses, Mary Shelley también le dio a su obra, Frankenstein o El Moderno Prometeo Encadenado, esa misma orientación moral, salvo que en su caso no sólo se juzgan las concepciones antiguas, sino las de la moderna ciencia recién nacida, que empezaba a dar tintes de posibilidad real a lo que había sido sólo un sueño.  Mary concluía que la ciencia conducía a una insensata curiosidad y sus creaciones traían más complicaciones que soluciones.  Como en el grabado de Goya, para ella el sueño de la razón sólo produce monstruos.  Pero pese a las reticencias morales, el avance de la ciencia ha sido imparable y, si bien no se ha logrado engendrar humanos sin el concurso de lo natural, cada vez parece más próximo. Ahí están los resultados de la ingeniería genética, que ya en 2010 consiguió la creación de la primera célula sintética y que, nueve años después, ahora nos permite la impresión 3D de tejidos humanos; y la robótica, con el desarrollo de la Inteligencia Artificial que acerca ya los debates que planteaba (casi predecía) Philip K. Dick. Como humanos, no nos basta conocer, necesitamos crear, tener el dominio de la naturaleza como si pudiera ser obra nuestra, es nuestra meta, pero junto a la pulsión de rebasar los límites está la conciencia de que quizás nos llevaremos al colapso, a nosotros y a nuestro planeta como lo conocemos. Ansiamos y tememos, y lo hemos expresado en nuestros mitos, con el de Prometeo a la cabeza, en la literatura y también en el cine desde sus orígenes hasta la actualidad. En lo que va de siglo han sido muchos los filmes que han escrito un renglón en este discurso, veremos ahora unos pocos ejemplos (sin ánimo de ser exhaustivos) de cintas que han recreado el mito prometéico, ya sea usando la falsilla de la ingeniería genética, ya sea ahondando en los debates que genera la Inteligencia Artificial.

Prometeo en el cine ha sido abordado desde todas sus máscaras, pero probablemente la más querida ha sido la de Frankenstein, hasta el punto de darle a la criatura su apariencia más icónica, la que creó Jack Pierce para las adaptaciones de James Whale. Pero esa no ha sido su única figuración, así Keneth Branagh en 1994, buscando ser más fiel a la novela, dio una versión más natural con una criatura de semblanza humana encarnada en la pantalla por Robert de Niro. Y esta es la tónica que se ha seguido ya en nuestro siglo XXI, de todas las nuevas adaptaciones es, sin duda, la del británico Bernard Rose, en 2015, la más interesante. La criatura de Rose no es un collage de cadáveres, sino que es creado mediante tecnología 3D (la criatura se imprime, literalmente). Y Rose partirá de la tecnología actual no tan solo para la creación de Adam (nombre que recibe la criatura en el filme), sino también para el pasaje en el cual la criatura localiza a su creador, ya que lo hará mediante un GPS. Más aún que la creación de un ser, a Bernard Rose lo que le atrae de la novela es la creación de una conciencia, enfatizando la tragedia del diferente, que, rechazado por la sociedad, pero poseyendo ya su propia conciencia, determina terminar con su existencia y organizar su propio funeral, respetando, así, el original literario. Narrada desde el punto de vista de Adam, y no exenta de algunas pinceladas de humor socarrón y mucho gore, esta ingeniosa y sangrienta adaptación recorre los momentos cumbre de la novela (y de sus adaptaciones cinematográficas anteriores), pero ofreciendo ingeniosos giros, como el de caracterizar al ciego que enseñará a hablar y ofrecerá sentimientos positivos a la criatura como un bluesman homeless de color. O el giro que se ofrece en el encuentro del monstruo con la niña. Su descubrimiento de la inocencia y la belleza. Todo marcará la personalidad de Adam, que al igual que en la novela, rechazado por la sociedad y consciente de que no puede inspirar amor, decidirá inspirar miedo. Si hubiera que encontrarle algún pero a esta versión, este sería el carácter que se le imprime a la esposa del creador, si bien es encomiable que le dé un mayor protagonismo y la ponga en pie de igualdad con los personajes masculinos, su actitud maternal con Adam chirría con el espíritu del tratamiento de Mary W. Shelley. La romántica proyectó todo su drama personal en su obra, así la criatura es máscara de ella misma y Víctor lo es de su propio padre, un padre que nunca le dio el menor afecto ni el menor reconocimiento. La soledad del monstruo shelleyniano es aún mayor que la de esta criatura puesta al día. Pero en cualquier caso es un pecado menor que no empaña sus aciertos.

No sólo Frankenstein expresa la pugna entre la transgresión y la conciencia del “sacrilegio”, el cine ha dado sus propios personajes y relatos, como es el caso de Splice (Vincenzo Natali, 2009) estrenada mundialmente durante el Festival de Sitges de 2009. Splice vio la luz once años después de haber sido concebida y se había convertido en un parto muy esperado, obtuvo el Premio a los Mejores Efectos Especiales, pero la acogida del público fue más bien tibia. Esa recepción se debió en gran medida a la expectación que se había creado en torno al filme, ya que durante esos más de diez años que estuvo en proceso se habían filtrado muchas imágenes en la red a la vez que Natali, también gracias a la red, se había convertido en director de culto para buena parte del fandom. Y el fandom, a veces, puede ser muy cruel. Es cierto que en Splice hay deficiencias porque podríamos calificarla de película cóctel: es un cóctel de referencias cinematográficas especialmente a las monsters movies de los 50 mezclado con algo de Estoy Vivo (It’s Alive, Larry Cohen, 1974), e incluso con la alargada sombra de Alien (Ridley Scott, 1979) cuando la criatura nace, más otras referencias más evidentes como sería el caso de Species (Roger Donaldson, 1995). Todo un cóctel de géneros: monsters movies, como ya hemos dicho, sci-fi, terror (y gótico, además), melodrama familiar, algunos dicen que thriller, e indie, pues hay voluntad de autoría. A Natali le falla el pulso y se va perdiendo el tono a lo largo del film, para acabar precipitándose hacia un final operístico (o de opereta, si lo prefieren). Sin embargo, sus virtudes superan a sus defectos: los efectos especiales son dignos merecedores del premio con el que se alzaron; la construcción sintáctica de los planos y secuencias es mucho más que correcta, Natali mueve la cámara de forma interesante, con exceso de barroquismo en ocasiones, pero con muy buen tino en otras muchas (el arranque donde rueda el parto en cámara subjetiva, el uso narrativo de la angulación, los fundidos a blanco y a negro aunque sean más tópicos); y, quizás, la iluminación sea uno de sus mayores logros, ese azul metalizado que vira los colores crea atmósfera y es la atmósfera la que evita la total fractura del filme, es en la atmósfera donde se da la continuidad porque es la que va acompañando la trama profunda. Bajo la superficie de la acción se va desarrollando un hilo interno que es el que no se quiebra pese a las mezclas que comentábamos, no ya por lo que se refiere a las subtramas, sino, sobre todo, al tema de reflexión para el que el argumento es excusa: la pregunta por cuáles son, o debieran ser, los límites de la ciencia. El argumento nos sitúa ante Clive y Elsa Kast, dos jóvenes que trabajan en el campo de la genética. No sólo son un equipo, sino también pareja. Trabajan de manera conjunta en la creación de Fred y Ginger, dos animales híbridos totalmente funcionales, una combinación de vertebrado e invertebrado, algo totalmente innovador que les ha brindado gran reconocimiento público. Intoxicados por su éxito, pero obstaculizados por la decisión de Newstead de cerrar su proyecto (para centrarse en el aislamiento de la proteína CD-356, que tiene un potente valor medicinal para el ganado y constituye una mina de oro en potencia para la compañía), deciden crear en secreto una nueva criatura: Dren, una combinación de ADN humano y animal. Concretamente, Elsa inocula su propio ADN: la criatura resultante es a la par su obra y su descendiente. Llevado en secreto su experimento, al principio todo es satisfactorio, pero pronto se verán los aspectos menos positivos. Elsa vive entregada a su creación, en parte como científca, en parte como mujer que está sublimando sus instintos maternales, todo bajo la alarma de Clive, mucho más consciente de los peligros de haber trasgredido los límites, intenta deshacerse de la criatura, pero no puede consumar un acto que en parte sería como asesinar a un humano. Si al principio Elsa y Clive vivían su relación y su investigación bajo el mismo signo pasional, la química entre ellos va viéndose deteriorada por la evolución de sus distintos planteamientos ante lo científico, la película avanza como un drama de pareja a la par que como reflexión bioética. El crecimiento de Dren, la criatura, es más acelerado que el de los humanos, cuando llega a la adolescencia los problemas se ven agravados, como híbrido de humano y bestia, despierta a la vez a sus ansias de libertad y aceptación y a sus instintos depredadores, en su ontogenia se resume toda la filogenia de lo vivo, desde lo más primario a lo más refinado, desde la conducta fiera a la conciencia moral, desde los impulsos animales hasta el deseo de ser amada. Y ese anhelo de ser amada regirá las relaciones creador-criatura, Dren vive la soledad del monstruo y buscará amar al propio creador. Desde su propio nombre ella es el reverso simétrico de sus creadores (Dren, leído al revés nos da la palabra nerd, y Elsa y Clive lo son), por tanto, es lo contrario del conocimiento, esto es, ella es la fuerza de la naturaleza, por eso resume en sí los dos principios, el bien y el mal. Así, bajo su forma femenina las alas la aproximan icónográficamente a los ángeles, pero cuando su metamorfosis la lleve a convertirse en un ser masculino, su belleza se eclipsa y esas alas, entonces, se convierten en un eco de la imaginería con la que los humanos representan al demonio. Resume,  pues, los dos polos antagónicos asociándolos a lo femenino (la ternura) y a lo masculino (la agresividad). Como fémina hará el amor con Clive, quien hasta entonces ha hecho las veces de padre (relación incestuosa, pues) y como macho violará a Elsa que es en verdad su madre biológica. Este es uno de los elementos que diferencian a Splice de otras películas de mad doctors, supone una vuelta de tuerca de lo que había planteado Mary Shelley, lo natural y lo científico pueden vivir un idilio, pero también una relación de antagonismo extremo en la que se impondrá el poder de la naturaleza: el hombre no puede dominar plenamente lo natural, por eso si sigue agrediendo el equilibrio ecológico del planeta se verá abocado a su propia destrucción. El mensaje de la cinta acaba teñido de pesimismo, el principio destructor es insoslayable por mucho que los humanos ansíen únicamente crear.

Cambiando de tercio y de disciplina científica, nos encontramos con una deliciosa pieza, Ex Machina (2014), que retorna a Prometeo, esta vez, con la Inteligencia Artificial como fondo. Alex Garland en su debut como director nos trae la historia de Caleb (Domhnall Gleeson), joven informático, que gana un premio en la compañía de internet para la que trabaja, Bluebook (nacida a partir de un importante buscador). El premio es jugoso: visitar durante una semana el enorme paraje natural privado y la casa de su multimillonario jefe, Nathan (Oscar Isaac). Pronto descubre que el premio esconde algo más, Nathan le ha atraído para que le ayude a probar su último prototipo de Inteligencia Artificial, que está incorporado en el cuerpo de Ava (Alicia Vikander) una atractiva mujer robot (que no oculta sus circuitos). Caleb y Ava mantendrán una sesión cada día, dedicada a mantener conversaciones de cualquier tipo para averiguar si el robot pudiera pasar perfectamente por una persona, o lo que es lo mismo, si supera el Test de Turing. Sin embargo, la cosa no será tan sencilla a partir de que la seductora Ava le diga al muchacho que Nathan no es lo que parece ser. Ciencia ficción de pequeño formato (casi una pieza de cámara), tres personajes principales (más la aparente sirvienta asiática de Nathan que acabará teniendo peso en un punto de la historia), en apenas unos pocos escenarios (casi todos interiores), en Ex Machina se juega bien la baza de la situación claustrofóbica, sobre todo conforme la trama avanza hacia el thriller psicológico. Lo que está en juego es dirimir qué puede llegar a hacer indistinguible la máquina de lo humano. Está claro que no es la capacidad de operar conceptos matemáticos, eso entra dentro de lo mecánico y ahí las máquinas pueden ser incluso superiores y, sin embargo, perfectamente reconocibles como productos artificiales. Ex Machina parece decirnos que las máquinas mimetizaran lo humano cuando sean capaces de emocionarse.

Y ahí nacen nuevos dilemas: ¿son esas emociones suficientes para dispensar a una máquina el mismo trato que a un ser humano? ¿Es el deseo de supervivencia algo instintivo o programado? Y, si una máquina puede sentir emociones… ¿puede un ser humano corresponderlas de forma genuina? Her (Spike Jonze, 2013) está entre los referentes, pero más aún el capítulo Be Right Back (Owen Harris, 2013) de la serie británica Black Mirror con el que comparte protagonista masculino (todo un guiño). Salvo que la película de Garland va más lejos, y es que el filme discurre entre los juegos mentales y persuasivos de los seres humanos en las relaciones interpersonales, la liberación de la mujer ante las presiones del macho alfa o el importante papel de los impulsos –llámese intuición- en el proceso creativo. Ava es una nueva Eva (el juego de nombres venía servido) dispuesta a plantarle cara a su creador, una Eva que no dudará en utilizar a su propio Adán en beneficio de sí misma en su acto de rebeldía, una nueva “mujer” que en su asalto al cielo arrambla contra el imperio de todo lo masculino.

Borrar los límites entre la máquina y lo humano supone tanto como desdibujar los que separan lo humano de lo divino, reza la frase promocional, y parece inferir que esa superación habrá de pasar por la liberación definitiva de lo femenino.  Dicho en términos de mito, el Prometeo del nuevo milenio habrá de ser Pandora, una Pandora que ya no será castigo enviado por los dioses a los hombres, sino, al contrario, una auténtica vengadora de lo humano que subvertirá todo el orden de los valores.

Estos tres ejemplos, Frankenstein de Bernard Rose, Splice y Ex Machina, dibujan el mapa de cómo nuestro tiempo enfrenta viejos mitemas con nueva savia. Seguimos anhelando y juzgando nuestro anhelo, con los mimbres de nuestro progreso y sus consecuencias, sin una única conclusión, pero con la misma premisa de fondo: desafiar el límite y sufrir por ello es nuestra contradicción, pero sólo podremos seguir adelante profundizando siempre un poco más en nuestra propia herida. Bueno es concluir con el final del Prometeo de Goethe:

Aquí estoy y me afianzo;

formo hombres

según mi idea;

un linaje semejante a mí,

que sufra, llore,

goce y se alegre,

¡y que no te respete,

como yo!

 

  

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Mala praxis, Boris Karloff y Bela Lugosi

Con permiso de Lionel Atwill, que tantos retratos de Mad Doctors ha dejado para la posteridad, han sido Boris Karloff, y en especial Bela Lugosi, los que más a menudo han tenido que ponerse la bata blanca y hacerse pasar por químicos experimentados, hablando un ininteligible lenguaje metacientífico mientras pasan  fluidos de un tubo de ensayo a otro. Rodeados de matraces, probetas e ingenios eléctricos dieron entidad a uno de los personajes más socorridos del cine fantástico y de terror, encarnando a doctores más o menos locos que para conseguir sus objetivos se pasan el código deontológico por el arco de triunfo. Investigadores de lenguaje intenso, proclives al histrionismo que realizan experimentos imposibles que saben muy bien que serán mal vistos por sus colegas y por una pacata sociedad que no solo no los comprende, sino que a la mínima de cambio los condena a muerte o, en el caso de encontrarse en aquella pintoresca Europa de los estudios Universal, quemados junto a sus laboratorios por una turba de campesinos armados dehorcas y antorchas.

Karloff se especializó en amables ancianitos, con objetivos laudables y beneficiosos, cuyos méritos terminaban afectando a un tercero o al él mismo, provocando locura y muerte. Mientras que Lugosi se metió a fondo en la piel del  doctor demente que todos amamos: pedante, con aires de superioridad y cínico. De sonora y prolongada carcajada y cuyo objetivo es vengarse o dominar el mundo. Lo que viene siendo un Mad Doctor al uso.

Demos un repaso a las numerosas películas en las que tanto Karloff como Lugosi se metieron en la bata blanca de un científico de métodos dudosos, dejando fuera los papeles de doctor ‘normal’, así como a telépatas e hipnotizadores, que también encarnaron en sus largas carreras.

USA Lobby Card

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Bela Lugosi estrena, y a lo grande, el ranking metiéndose en la piel del Dr. Mirakle en El doble asesinato de la calle Morgue (Murders in the Rue Morgue, 1932) una adaptación -por decir algo- de Edgar Allan Poe que sirvió como consuelo para Robert Florey y Bela Lugosi tras ser ambos apartados del proyecto Dr. Frankenstein, autor del monstruo (Frankenstein, 1931), que como es bien sabido terminó dirigiendo James Whale con Boris Karloff, quien despegó así una carrera con la que terminó desbancando a Lugosi como máxima estrella del cine de terror de la Universal. El Dr. Mirakle, perfecto sosia del Dr. Caligari trabaja, como él, en un barracón de feria exhibiendo, en su caso a Erik, un fiero gorila. O mejor dicho, un hombre dentro de un traje de gorila[1]. Pero al grano: ¿Cual es el objetivo del Dr. Mirakle? Pues aparear a Erik con una señorita y obtener una nueva raza. Lo que viene siendo un perfecto acto zoofílico que como pueden suponer, no llevará a cabo. Lugosi vuelva a las andadas tres años después con una nueva ‘adaptación’ del universo Poe, El cuervo (The Raven, Louis Friedlander, 1935) con Boris Karloff como coprotagonista. Aquí Bela Lugosi interpreta al Dr. Richard Vollin, un gran admirador del escritor de Boston que no se limita a coleccionar sus libros, no: posee una cámara de tortura en su sótano. ¿Su plan? Más terrenal: vengarse del prometido de la mujer que ama. Y ustedes dirán ¿Pero es un Mad Doctor? Bueno, algo de eso hay pues deforma mediante cirugía la cara de un delincuente (Karloff),El poder al que promete restituir el rostro si le ayuda a cumplir sus planes. Y de nuevo Lugosi es un refinado sibarita que disfruta torturando sádicamente a cuantos caen bajo sus redes.

Eran buenos tiempos para ambos intérpretes, así que al año siguiente vuelven a coincidir en una película, El poder invisible (The invisible ray, Lambert Hillyer, 1936), aunque en este caso es Boris Karloff el que adopta el rol prominente encarnando a un científico loco de manual: miradas ojipláticas, frases grandilocuentes (“pigmeos que se burlan de un gigante”) y laboratorio en los Cárpatos. ¿Su nombre?: Janos Rukh. Y Janos descubrirá el Radio X, que lo convertirá en un arma humana (cosa que toca, cosa que muere), además de  hacerlo fosforescente en la oscuridad (con brillo gentileza de John P. Fulton, el mismo técnico de efectos especiales que dos años antes había convertido a Claude Rains en El hombre invisible) consiguiendo así “más poder del que ningún humano haya tenido” y, de paso, perder la chaveta.

Ciencia-Ficción con resquicios del terror Universal que tanto amamos y algún elemento de aventura selvática, todo en una memorable producción, escasamente valorada, pero que ofrece suficientes alicientes como para formar parte de lo más destacado de la filmografía de Karloff.

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Tampoco suele destacarse la británica El hombre que trocó su mente es el médico loco (The Man Who Changed His Mind, Robert Stenvenson, 1936),  película magníficamente rodada, con un sólido guión, que narra los experimentos del doctor Laurience, que ha descubierto como “extraer el contenido mental del cerebro de un hombre. Vaciarlo. Almacenándolo como si fuera electricidad” para transplantarlo de un individuo a otro. Y aunque tan solo lo ha probado con éxito en chimpancés, ya fabula con realizar su primer experimento con humanos. Para que le ayude en sus investigaciones reclama a una de sus alumnas, la doctora Clare Wyatt (Anna Lee), una resuelta científica que lejos de encarnar al personaje chillón y en apuros que el primer cine de terror reservaba para los personajes femeninos, posee un carácter fuerte y muy superior intelectualmente al del mozalbete que la pretende, interpretado por John Loder y  que,  eternamente en celo, no ceja en su fijación de casarse con ella. Pero, el doctor, al presentar su teoría ante la comunidad científica, es ridiculizado y tachado de loco, pergeñando un plan para 1: ser millonario y 2: casarse con Clare, su joven ayudante, pues al parecer no solo está interesado en su pericia como científica. Unos planes que incluyen el asesinato. Naturalmente Laurience muere, no sin antes pedir a su ayudante que destruya todo.

Mientras, Lugosi rueda un serial en episodios también para Universal, The Phantom Creeps (Ford Beebe y Saul A. Goodkind, 1939)[2], donde interpreta un Dr. Zorka que no se anda con chiquitas, quiere dominar el mundo, pero al ser descubierto organiza un accidente en su laboratorio para eliminar las pruebas, simular su muerte y vengarse de los policías que llevan el caso. La única que pierde la vida es su esposa, todo lo cual enloquece aún más a Zorka que clama, claro, venganza. Inofensiva acción pulp de serie B antes de volver a encontrarse con Boris Karloff en Black Friday (Arthur Lubin, 1940), también para Universal. En esta película Karloff incorpora a su repertorio un papel que repetirá en diversas ocasiones, el de científico bienintencionado pero de métodos dudosos que opera al margen de la ley. En este caso como Dr. Sovak realiza el trasplante de cerebro de un gangster que ha muerto asesinado por sus rivales al cuerpo de un bondadoso profesor de literatura, lo malo es que los recuerdos del sanguinario  criminal  convivirán con los del profesor, adueñándose del cuerpo de su huésped. El resultado es tan descacharrante como entrañable.

Más tarde, Boris Karloff firma contrato en 1939 con los estudios Columbia para protagonizar cinco películas básicamente iguales, tanto que en muchos casos comparten reparto, guionista y director. Y en todas interpreta su papel de bondadoso científico. Nick Grinde, director eminentemente de películas de serie B que no hace ascos a ningún género se encarga eficientemente de las tres primeras, The Man They Could Not Hang (1939), The Man With Nine Lives (1940) y Before I Hang (1940).

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En La horca fatal (The Man They Could Not Hang, 1939), la única de las cinco que se estrena en nuestras pantallas y armado con un vistoso peluquín, como Dr. Henryk Savaard crea un corazón artificial con el que mantener un cuerpo vivo pero en pausa, para poder repararlo reactivándolo posteriormente. Una loable idea si no fuera que le lleva a experimentar con un sujeto que termina muriendo. Condenado a muerte y ahorcado, su socio lo revive utilizando su técnica, cuya eficacia queda así probada, buscando vengarse de los seis jurados que lo condenaron.

A toda velocidad y sin cambiar decorado, actores, ni peluquín, Grinde rueda The Man With Nine Lives (1940), en la que Karloff, ahora como Dr. Leon Kravaal, investiga exactamente lo mismo que en la anterior, solo que mediante la terapia de congelación, o sea, dejando los cuerpos en animación suspendida para poder operarlos. Pero la mala praxis terminará con el buen doctor.

La tercera y última de Boris Karloff con Nick Grinde, que no con Columbia, es Before I Hang (1940). Otra vez con la soga al cuello en esta película que deja entrever más medios y en la que de nuevo Karloff, ahora como Dr. John Garth, es juzgado por la muerte accidental del paciente con el que experimenta. Hasta ahí lo habitual. En la cárcel, mientras espera que se cumpla la pena de muerte a la que ha sido condenado, proseguirá con sus experimentos obteniendo un suero en el que utiliza la sangre de un asesino. La pena le será conmutada, pero la sangre poseerá al buen doctor, que iniciará una carrera de asesinatos.

Quedaban todavía dos desmanes a entregar a Columbia, así que Karloff vuelve a colocarse la bata de científico –y el peluquín-  para encarnar al Dr. Julian Blair en el primero de ellos,  The Devil Commands (1941), un film dirigido por Edward  Dmytryk[3] con un guión de lo más descabellado: el cerebro humano emite ondas que pueden grabarse con ayuda de un casco -por cierto, de lo más bizarro- y el Dr. Blair descubrirá que, además, mediante ese sistema los muertos podrán comunicarse con los vivos ¿ridículo? pues eso no es todo, a esto cabe añadir algunos ingredientes tan del gusto del más clásico cine de terror como son el ayudante retrasado, Karl, y los  lugareños recelosos con lo que está haciendo el científico que terminarán, como es ya obligado, prendiendo fuego al caserón con el científico dentro. ¡Ah! ¡Aquellas pequeñas comunidades con sus entrañables grupos de linchadores! Siempre con la posada como hogar social. Una tradición tan americana como la tarta de manzana.

Cartel belga de The Boogie Man Will Get You

La despedida de Karloff de la Columbia no podrá ser más humillante. The Boogie Man Will Get You (Lew Landers, 1942) pretende ser una comedia y en ella Karloff interpreta al Dr. Nathaniel Billings, que está realizando un experimento con el que “juguetea con la fisiodinámica sacudiendo las inamovibles leyes de la existencia”.  O lo que –debe ser- lo mismo: crear un súper hombre poderoso y volador que termine, él solo, con la 2ª Guerra Mundial. Para conseguirlo utilizará como cobaya a cuanto vendedor ambulante se cruce en su camino. Rodada de manera teatral y casi en su totalidad en un único escenario, la película se beneficia de la presencia de Peter Lorre, que consigue hacerse con la función, algo que no le resulta demasiado difícil en una cinta dominada por el humor negro y los chistes sin gracia alguna.

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Mientras tanto, Bela Lugosi chapotea en el cenagal de la más estricta serie-B.  En The Devil Bat (Jean Yarbrough, 1941) encarna el encantador Dr. Paul Carruthers, que cría un enorme murciélago asesino que ataca en el cuello de sus víctimas al detectar una loción de afeitado de su invención con la que, amable y zalamero, obsequia a todo al que quiere quitar de en medio ¿El móvil? La venganza, claro. Y, a continuación, hace de los vecinos estudios Monogram un segundo hogar al firmar un contrato por nueve películas, varias de las cuales, por supuesto, son protagonizadas por sardónicos científicos locos. Este es el caso de Black Dragons (William Nigh, 1942) en la que es al Dr. Melcher, cirujano plástico del Tercer Reich que alterará los rostros de varios japoneses para que se infiltren en Estados Unidos como espías y saboteen  instalaciones e industrias estratégicas. Igual de descabellada fue El ladrón de cadáveres (The Corpse Vanishes, Wallace Fox, 1942), única de estas cintas estrenadas en nuestros cines y en la que, como Dr. Lorenz, pretende mantener joven a su envejecida esposa mediante las glándulas femeninas de jóvenes vírgenes a las que secuestra en el día de su boda. Enanos, ayudantes deformes, y el agradecido detalle de que el Dr. Lorenz y su esposa duerman en ataúdes, intentarán sacar un poco de brillo a esta producción. Más simpática resulta, por lo psicotrónico de la propuesta, The Ape Man (William Beaudine, 1943) en la que el Dr. James Brewster experimentará en sí mismo transferir la fuerza de los primates a los hombres, mediante una inyección en la columna vertebral de un fluido extraído del bulbo raquídeo de un gorila, algo que terminará convirtiéndolo, más o menos, en hombre-mono, llegando a compartir jaula con un gorila (o lo que es lo mismo, con un hombre con traje de gorila[4]). El único antídoto contra su mal será, mala suerte, el  fluido espinal humano, que deberá obtener previo asesinato de los donantes. Sin duda animados por las criticas que el film recibió, (”Monogram a cubierto de basura a Bela Lugosi” The Daily News), el estudio realizó una secuela, Return of the Ape Man (Phil Rosen, 1944) que no tenía absolutamente nada que ver con la anterior. Juzguen si no. En esta ocasión el Dr. Dexter viaja al Círculo Polar Ártico a recuperar el cuerpo de un cavernícola. Una vez de vuelta matará a su ayudante transplantado su cerebro al recién llegado. Lo dicho, nada que ver.

Bela y Lugosi y Emil Van Horn en The Ape Man

Y todavía le quedaba a Lugosi un nuevo horror/error que protagonizar para Monogram y con el que daría por finalizado su contrato, Voodoo Man (William Beaudine, 1944) otra olvidable película que a la temática Mad Doctor añade gotas de vudú ¿el resultado? Otra serie B. Y del fuego a las brasas, pues finalizado su contrato con Monogram,  RKO le tiene preparada una propuesta que no difiere mucho de los subproductos comentados, Zombies on Broadway (Gordon Douglas, 1945) que parodia la obra maestra de Jacques Tourneur, I Walked with a Zombie (1943) utilizando los mismos escenarios y dos de sus actores: Darby Jones, el inolvidable Carrefour, y Sir Lancelot, el inaguantable cantante de Calypso. A esto sumaron a Bela Lugosi como Dr. Reanault, inventor de un fluido zombie, y unos cómicos de tercera regional que hacían buenos a Abbott y Costello.

A mediados de los años cuarenta los monstruos de la Universal ya tenían un pié puesto en las ciénagas de la serie-B. En 1943 se estrenaba el primer cóctel de monstruos, Frankenstein y el hombre lobo (Frankenstein Meets the Wolf Man, Roy William Neill) protagonizado por Lon Chaney Jr. y Bela Lugosi, que en el papel de monstruo de Frankenstein recibía una última humillación de los estudios que ayudó a salvar de la bancarrota en 1931. Al año siguiente alguien pensó exprimir, aún más, a los productivos monstruos metiendo a cuantos cupieran en una sola película, y el cartel de la cinta lo dejaba bien claro, pues como si estuviera declamado desde una barraca de feria decía: “¡Todos juntos! ¡El monstruo de Frankenstein! ¡El hombre lobo! ¡Drácula! ¡El jorobado! ¡El doctor loco!” papel este último que recayó en Boris Karloff, que como Dr. Niemann,  alumno de tercera del doctor Frankenstein, escapa de la cárcel en la que cumple condena por intentar “dar a un perro una mente humana (¡!) usando cadáveres recientes”, con el poco original objetivo de vengarse de los que lo enviaron a la cárcel. Pero de paso resucitará al propio Drácula (ahora John Carradine) extrayendo la estaca de su pecho; liberará del hielo donde permanecen congelados al  hombre lobo (Lon Chaney Jr.) y al monstruo de Frankenstein (ahora Glenn Strange); y hallará los archivos del Dr. Frankenstein, con los cuales comenzará a experimentar.

Programa de mano original español

Volviendo a Lugosi, para que su última gira teatral por el Reino Unido con Drácula resultara más rentable, se le ofreció una película en la que realizaría un papel como comparsa de un ridículo cómico, Arthur Lucan[5]. Mother Riley Meets the Vampire (John Gilling, 1952) es un trabajo estrictamente alimenticio en el que Lugosi interpreta a un personaje conocido como el vampiro, que no es otra cosa que un científico loco que busca dominar el mundo obteniendo unas reservas de uranio con la ayuda de un robot, hasta que se cruza una anciana irlandesa en su camino desbaratando sus planes. Para mayor humillación de Lugosi, la cinta llegó a exhibirse en Estados Unidos, aunque al menos con un bello nombre, Vampire Over London. Pero no finalizarían aquí las humillaciones para el veterano actor: de vuelta a casa le esperaba un subproducto que se ha convertido, merecidamente, en pieza de culto: Bela Lugosi Meets a Brooklyn Gorilla (1952) película perpetrada por William Beaudine en tan solo nueve días en la que Lugosi, como Dr. Zabor y desde su laboratorio de la isla Kola-Kola, crea un suero que convierte a los hombre en gorila. Allí irán a perturbar la paz dos imitadores de Dean Martin y Jerry Lewis: Duke Mitchell y Sammy Petrillo que, uno con sus inaguantables canciones, en especial la repetitiva Deed I do,  y el otro con sus muecas, causarán la más insufrible vergüenza ajena al espectador. Aún así las críticas fueron positivas: mientras Variety destacaba sus títulos de crédito (¿?), Box Office la recomendaba para “arrancar algunas risas a los espectadores de pueblo”.

A Karloff no le iba mucho mejor, pues si bien se libró de participar en Abbott y Costello contra los fantasmas (Abbott and Costello Meets Frankenstein, Charles Barton, 1948), en la que hubiera coincidido de nuevo con Lon Chaney Jr., Glenn Strange y Bela Lugosi, no pudo escaparse de la inenarrable Abbot and Costello Meet the Killer, Boris Karloff (Charles Barton, 1949) y Abbott and Costello Meet Dr. Jekyll and Mr. Hyde (Charles Lamont, 1953) en la que Karloff como Henry Jekyll, utilizará su celebérrima fórmula para, en la piel de Hyde, quitar de en medio a todo el que se entrometa en sus planes. Una, a pesar de todo, cuidada producción, con buen vestuario y que incluso resulta atmosférica en algunos momentos. Las transformaciones están muy conseguidas, y más teniendo en cuenta que Hyde era interpretado por Eddie Parker, un especialista cuya caracterización se realizaba mediante máscara.

A Bela Lugosi tan solo le quedaba un papel de doctor loco por interpretar y, sencillamente, lo bordó. Su Eric Vornoff en Bride of the Monster (Edward D. Wood Jr.,1955) representa el paradigma de lo que debe de ser un Mad Doctor.

Tan solo un año después de su estreno Lugosi entraba en la inmortalidad. Les dejo con su inolvidable monólogo:

“¿Hogar? Yo no tengo hogar. Perseguido, despreciado, viviendo como un animal, la jungla es mi hogar. Pero yo demostraré al mundo que puedo ser su amo. Yo perfeccionaré mi propia raza humana ¡¡Una raza de superhombres atómicos que van a conquistar el mundo!!”

 Y… ¡Corten!

Con Bela Lugosi fuera de plano, Karloff tenía el campo libre para acoger cuantos papeles le fueran ofrecidos, entre ellos los de sabio loco, y pocos dejó escapar de sus manos. Por lo pronto vuelve al personaje que lo encumbró en Frankenstein 1970 (Howard W. Kotch), película de engañoso título, pues ni fue realizada ni estrenada ese año, sino en 1958, y en la que Karloff encarna al último de los Frankenstein. Una disfrutable película que nos cuenta como el anciano y rijoso heredero, de prolongada carcajada y aficionado a tocar tétricas melodías con el órgano, arruinado, alquila su castillo a un equipo de televisión para que ruede un programa sobre su antecesor, y así, poder adquirir nuevo instrumental atómico con el que dar la vida a la criatura más fea que la franquicia ha ofrecido, con todo el cuerpo vendado y una cabeza inexplicablemente grande. Mucho mejor resultó Corridors of Blood (Robert Day, 1958) cinta en la que como Dr. Bolton inventa la anestesia, investigación que le llevará a experimentar consigo mismo convirtiéndose en un adicto, pues la fórmula contiene derivados del opio. Esto le llevará a frecuentar los bajos fondos y ejercer malas praxis al mezclarse con pésimas compañías para que le faciliten su dosis. Una de las mejores actuaciones de Karloff en un atmosférico filme que tiene entre sus atractivos el de contar también con Christopher Lee encarnando al vil asesino Resurrection Joe.

Y Boris Karloff será de nuevo un Frankenstein en Mad Monster Party (Jules Bass, 1967) un delirio pop realizado mediante animación Stop Motion que narra como el buen doctor desea retirarse no sin antes nombrar sucesor y confiar todos sus descubrimientos a su sobrino. Para ello convoca una reunión en su castillo con todos los monstruos como invitados, entre los que figura el  hombre lobo, la momia, Drácula… así como un sosia de Peter Lorre, entre muchos otros. El propio actor puso voz a su personaje.

Y tras rodar Targets (Un héroe anda suelto, Peter Bogdanovich, 1968), su siguiente film y un magnífico testamento cinematográfico, Karloff debería haber aprovechado la coyuntura para retirarse, pues lo que quedaba por delante terminaría siendo mucho más indigno que los delirios de Ed Wood con Lugosi.

Las cuatro películas mexicanas de Karloff han estado disponibles con los más diversos títulos, desde los tiempos del VHS. En la imagen una de las ediciones españolas.

Las cuatro últimas películas de Boris Karloff son subproductos mexicanos producidos por Luis Enrique Vergara. Jack Hill rodó las escenas con Karloff en un estudio de Los Angeles y con estas tomas, ya en México, Juan Ibáñez rodó el resto con actores autóctonos. En tres de ellas Boris Karloff realiza papeles de –Pinche Mad Doctor. Repasémoslas brevemente: Invasión siniestra (1971) está ambientada en Gudenburg en 1880 y en ella como Dr. Mayer inventa un rayo tan poderoso que provoca que los extraterrestres envíen a un emisario para que cese las investigaciones, pues podría provocar la destrucción del universo. Todo realizado con una alarmante pobreza de medios, abundancia de anacronismos y un extraterrestre ye-yé con traje plateado. Un horror. Como también lo fue La muerte viviente (1971) donde el veterano actor como Dr. Carl van Moulder controla las ondas telequinésicas del cerebro. Vudú, adoradores de serpientes y experimentos con LSD ¿Lo mejor? Que sale la exuberante Tongolele. Finalmente, porque todo tiene un final, llegó La cámara del terror (1971) en la que Karloff, como el Dr. Mantel, descubre una roca semiviva que se alimenta de la sustancia desprendida por las personas atemorizadas, todo lo cual lleva al buen científico a experimentar con jovencitas que se encarga de secuestrar un enano a su servicio.

Al menos queda el consuelo de pensar que para cuando estas películas llegaron a los cines, Boris Karloff ya había pasado a mejor vida.

Bela Lugosi y Boris Karloff. Boris Karloff y Bela Lugosi. Dos actores de la vieja escuela. Actuaron en obras de teatro, vivieron la edad de oro del cine de Hollywood y llegaron a participar en televisión. Siempre con dignidad. Siempre con profesionalidad. Quisieron y consiguieron morir al pié del cañón y alcanzaron la inmortalidad siendo objeto de veneración por parte de generaciones de cinéfilos.

NOTAS
[1] En este caso concreto el filipino Charles Gemora, maquillador y  ‘actor’ que se metió en la piel de gorila en 56 filmes, interpretado a gorilas anónimos y a otros de llamativo nombre como Plato, Sultán, Gibraltar, Caesar, Josephine, Jocko o Ethel. Aunque en ocasiones pudo realizar algún papel que  no requirió de su experiencia como gorila interpretando, por ejemplo, a un oso en Ruta a Utopía (Road to Utopia, Hal Walker, 1945), un marciano en La guerra de los mundos (The War of the Worlds, Byron Haskin, 1953) y a un extraterrestre en I Married a Monster from Outer Space (Gene Fowler, Jr. 1958).
[2] Este serial de doce episodios también tuvo versión reducida en forma de largometraje para televisión diez años más tarde.
[3] Dmytryk dirigió algunas memorables cintas policíacas y de cine negro entre las que destaca El abrazo de la muerte (Criss Cross, 1949), y tuvo serios problemas a finales de los años cuarenta con el Comité de Actividades Antiamericanas por haber pertenecido, tras la Segunda Guerra Mundial, al partido comunista.
[4] En este caso encarnado por Emil Van Horn, afortunado poseedor de un disfraz de gorila con el que se paseó por trece producciones de medio pelo interpretado a Gargo el gorila, Lulu la gorila, Satán el mono y cuanto primate hiciera falta. Su última aparición en pantalla la hizo, precisamente, sin traje de mono.
[5] Arthur Lucan, travestido en el personaje Old Mother Riley, había dado el salto desde los escenarios de los Music Hall londinenses hasta la pantalla, protagonizado entre 1937 y 1952  quince inexportables cintas de las que Mother Riley Meets the Vampire (1952) sería la última. Por cierto, que la película esté dirigida por John Gilling, que durante la siguiente década rodaría unas cuantas perlas para la Hammer, no debería llamarles a engaño.

VAMOS DE ESTRENO (o no) * Miércoles 8 de abril de 2020 *

VIVARIUM (Lorcan Finnegan, 2019)

USA. Duración: 97 min. Guion: Garret Shanley (Historia: Lorcan Finnegan, Garret Shanley) Música: Kristian Eidnes Andersen Fotografía: Miguel De Olaso Productora: Fantastic Films / Frakas Productions / PingPong Film. Distribuida por: XYZ Films Género: Ciencia ficción
Premios: 2019: Sitges Film Festival: Mejor actriz (Imogen Poots)
Reparto: Imogen Poots, Jesse Eisenberg, Jonathan Aris, Olga Wehrly, Danielle Ryan, Senan Jennings, Molly McCann, Eanna Hardwicke, Shana Hart
Sinopsis: Gemma (Imogen Poots) y Tom (Jesse Eisenberg) son una joven pareja que se ha planteado la compra de su primera casa. Para ello visitan una inmobiliaria donde los recibe un extraño agente de ventas, que les acompaña a Yonder, una nueva, misteriosa y peculiar urbanización donde todas las casas son idénticas, para mostrarles una vivienda unifamiliar para ellos. Volviendo de la visita, quedan atrapados en una laberíntica e interminable pesadilla surrealista.
Vivarium quedará en nuestra memoria como uno de los primeros filmes que tuvo estreno comercial en tiempos del coronavirus, una ficción laberíntica, que roza a veces lo distópico, para una distopía presente y real, que tiene bastante de laberíntica. Terrores modernos para momentos terribles. Nunca un estreno tuvo un momento tan adecuado a su propia medida.

Un terror sin monstruos clásicos, porque los miedos contemporáneos son más abstractos y existenciales, en palabras de su director: “Ya no tenemos miedo a los monstruos, sino un miedo más existencial a que nos quiten nuestra libertad, las esperanzas y a que los sueños de un futuro emocionante se conviertan en aburrimiento, los padres se alejan de sus hijos, que pasan todo su tiempo en línea, viendo televisión y hablando con extraños en Internet. Vivarium solo amplifica estas ansiedades sociales, por lo que se puede ver cuán extraño y aterrador podría ser ese tipo de vida”. El segundo largo de Lorcan Finnegan explora la atomización de nuestra sociedad postmoderna y el yugo del compromiso social que impone un modelo de vida aséptica y estandarizada como ideal. Algo de lo que los barrios residenciales (suburbios en USA) son metonimia. Eso es lo que expone Vivarium en clave de fábula de invasión alienígena cruzada con buenas dosis de cuento de terror.

Vivarium arranca con una situación fácilmente reconocible: una pareja joven (Jesse Eisenberg y Imogen Poots) busca casa. Por casualidad se tropiezan con una agencia que las vende en las afueras y van a visitar una de las residencias, la número 9, en compañía de un extraño e inquietante agente. Pero una vez dentro del complejo de viviendas quedan atrapados, sin poder volver a la ciudad. Y eso no es todo: pronto tendrán ocasión de poner en marcha una familia disfuncional perfectamente normal, con el “regalo” de un bebé que alguna fuerza desconocida deja frente a su casa con una nota: “Abrazadlo y os liberaréis”. Su vida es un mal sueño dentro de un escenario de pesadilla en el que se cruza el arte de Magritte con el de Escher para sumirnos en un mundo de postal, con su sol artificial y sus nubecillas perfectas, que hace de la simetría y los colores fríos una geografía infernal construida, milimétricamente, con casas unifamiliares. En el diseño de arte se reconoce igualmente la influencia de las fotografías de Gregory Crewdson, inspirador del estilo del nuevo terror independiente urbano de películas como It Follows (David Robert Mitchell, 2014) o Hereditary (Ari Aster, 2018).

Rabiosamente actual por su concepción y representación del terror, el filme no deja de reconocerse deudor de la cultura del Siglo XX. En palabras del director:  “Mi película es retorcida, extraña, surrealista y oscura. Su tono es cercano al de The Twilight Zone y las películas de ciencia ficción de los 70“. Junto a esas influencias reconocidas estaría también la estela de El pueblo de los malditos (Village of the Damned, Wolf Rilla,1960), con la que comparte la carga metafórica del ciclo vital de los cucos, esos pájaros que parasitan los nidos de otros pájaros para hacer crecer a sus crías, una acción que acompaña a los títulos de crédito de Vivarium. Pero, si algo agradece quien esto escribe, son las alusiones al mítico episodio Juego de niños (1984) de la serie Hammer’s House of Mystery and Suspense, cuya memoria ha acompañado mi formación como espectadora. En él una familia iba dándose cuenta progresivamente de que no tenía recuerdos mientras su casa se iba calentando y no podían salir, para acabar descubriendo que son los juguetes de una casa de muñecas de una niña extraterrestre, escondida por el hermano de ella en el circuito de la calefacción. Un episodio progresivamente decadente y con un punto existencialista que parece calcado en Vivarium.

No tendríamos completo el cuadro de influencias de nuestro director si no mencionáramos a Kafka. La filiación Kafkiana de Finnegan y su guionista, Garret Shanley, estaba ya presente en su corto de terror sobrenatural de 2011, Foxes. Y se había incrementado en, la no suficientemente valorada, Without Name (2016) con la que el irlandés debutó en el largo y en la que la narración sigue a un agrimensor en su tarea de medir un bosque antiguo para un constructor, pero que pronto perderá la razón en un entorno sobrenatural que tiene sus propios planes. La espiral que devora impávida, la imposibilidad de encontrar el centro que ilustre el sentido en un mundo consumido por lo burocrático, son los rasgos que definen lo kafkiano y Vivarium participa de ellos. La pareja protagonista, atrapada en un laberinto del que no se atisba el fin, que por mucho que se recorra siempre devuelve en círculo al punto de partida, se ve obligada a sobrevivir a expensas de unos captores que nunca se hacen visibles, por mucho que traten de sorprenderles. Están a merced de un amo sin presencia que les exige que vivan lo programado, sin mostrarse ni menos mostrarles las razones de su encierro. Vigilados por un retoño de crecimiento acelerado que hace las veces de carcelero. Están atrapados por la vida sin posibilidad de alterar un plan que desconocen. Una vida vacua y esclavizada por su propia abundancia. Metáfora extrema de nuestro existir contemporáneo marcado por la avaricia capitalista, que nos obliga a medrar en la escalera de la propiedad, a hipotecarnos como medida de la prosperidad, dejándonos atrapados en el circuito alimentando una vida que no acaba de ser la que planeamos.

La interesante propuesta de Finnegan es efectiva, además, gracias a la excelente labor interpretativa de sus protagonistas. Un Jesse Eisenberg que nada como pez en el agua en la piel de su personaje, un joven al que le asusta el compromiso y que se verá obligado a rendirse a él, pero no sin tratar de encontrar un camino de salida. Y una inmensa Imogen Poots, que obtuvo el galardón a mejor actriz en la edición de 2019 del Festival de Sitges por esta interpretación. Ella es el alma de la cinta, entregada a una maratón emocional desgarradora en la que pugnan el amor y el miedo, el anhelo de felicidad y la desesperación, en un intento de enderezar la situación desde su comprensión. Un esfuerzo que no llegará a buen puerto.

Vivarium, pesadillesca y surrealista, incisiva y retorcida, eminentemente inquietante, puede ser una buena compañía en estos días de encierro.

Estreno en: salavirtualdecine.com

La Aventura/Cameo trae ‘Parásitos’ hoy a nuestros hogares

14 febrero 2020 Deja un comentario

Parásitos es una buena película y nos parece muy bien que se le reconozca. No entramos en si provocará interés real hacia el cine oriental, tan maltratado en nuestras pantallas, o si no pasará de moda efímera. Hoy mismo, que sale a la venta en formato doméstico de la mano del pequeño sello barcelonés La Aventura Audiovisual, vuelve Parásitos también a los cines, en los que su presencia era poco menos que testimonial, mientras el público acudía en masa a verla al día siguiente de haber obtenido las merecidas estatuillas.

PARÁSITOS (Gisaengchung, Bong Joon-ho, 2019) DVD/Blu-ray Editado por La Aventura Audiovisual/Cameo

Corea del Sur. Duración: 132 min. Guion: Bong Joon-ho, Jin Won Han Música: Jaeil Jung Fotografía: Kyung-Pyo Hong Productora: Barunson / CJ Entertainment / TMS Comics / Tokyo Movie Shinsha (TMS) / CJ E&M Film Financing & Investment Entertainment & Comics
Reparto: Song Kang-ho, Lee Seon-gyun, Jang Hye-jin, Cho Yeo-jeong, Choi Woo-sik, Park So-dam, Park Seo-joon, Lee Jeong-eun, Park Keun-rok, Hyun Seung-Min, Andreas Fronk, Park Myeong-hoon, Jung Hyun-jun, Ji-hye Lee, Joo-hyung Lee, Jeong Esuz, Ik-han Jung, Seong-Bong Ahn, Dong-yong Lee, Hyo-shin Pak

Características técnicas. Imagen: 2.35:1 1080p Audio: Coreano – DTS-HD Master Audio 5.1/Castellano – DTS-HD Master Audio 5.1 Coreano – DTS-HD Master Audio 2.0/Castellano – DTS-HD Master Audio 2.0 Subtítulos: Castellano

Extras: Featurette (5 min.)/Tráiler/Caja negra, libreto y carátula reversible

Sinopsis: Toda la familia de Ki-taek está en el paro y se interesa mucho por el tren de vida de la riquísima familia Park. Un día, su hijo logra que le recomienden para dar clases particulares de inglés en casa de los Park. Es el comienzo de un engranaje incontrolable, del cual nadie saldrá realmente indemne.

Premios:

2019: 4 Premios Oscar: Mejor película, director, película internacional y guion original
2019: Festival de Cannes: Palma de Oro al Mejor largometraje
2019: Globos de Oro: Mejor película de habla no inglesa. 3 nominaciones
2019: Premios BAFTA: Mejor película extranjera y guion original. 4 nominaciones
2019: Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor película extranjera
2019: National Board of Review (NBR): Mejor película de habla no inglesa
2019: Asociación de Críticos de Los Angeles: Mejor película, director y actor sec.
2019: Festival de Toronto: 2ª finalista mejor película
2019: Critics Choice Awards: Mejor director (ex aequo) y película extranjera. 7 nomin.
2019: American Film Institute (AFI): Premio Especial AFI
2019: Premios Independent Spirit: Mejor película extranjera
2019: Sindicato de Productores (PGA): Nominada a mejor película
2019: Sindicato de Directores (DGA): Nominada a mejor director
2019: Sindicato de Guionistas (WGA): Mejor guion original
2019: Sindicato de Actores (SAG): Mejor reparto
2019: British Independent Film Awards (BIFA): Mejor película internacional
2019: Asociación de Críticos de Chicago: 4 premios, inc. Mejor película. 7 nom.
2019: Círculo de Críticos de San Francisco: 3 premios, incl. mejor director. 7 nom.
2019: Satellite Awards: Nominada a Mejor director, guion y película internacional
2019: Premios César: Nominada a mejor película extranjera
2019: Premios Guldbagge (Suecia): Mejor película extranjera

Existen las buenas películas, obras redondas que lo son por el perfecto engranaje de sus partes, guion, dirección, interpretación… Luego están las que directamente juegan en otra liga, elevadas por encima de la media porque han alcanzado el estatus de universales, de clásicos, desde el mismo momento de ser concebidas. Existen las mejores películas del año y luego está Parásitos. A primera vista nos enamora, las siguientes veces que vuelves sobre ella descubres que nunca se acaba, que cada visionado te permite descubrir otro matiz que la hace excepcional. Y eso solo pasa con las obras maestras.

Todo empieza con el suseok. Piedras que toman forma a partir de elementos naturales, como el viento y el agua, las más deseables son las piezas con forma de oleaje como la que recibe la familia Kim en la película. Se dice de ellas que atraen la fortuna, son un amuleto al que se le atribuye la capacidad de subir de estatus a quien la posea y de alcanzar el aire de sofisticación propio de las clases altas. Todo empieza a venirles de cara a los protagonistas cuando llega a sus manos, marca el pistoletazo de salida de su ascenso hacia la abundancia, pero termina siendo la herramienta que apresura el camino de violencia con la que culmina la cinta. Porque eso es Parásitos, un relato de ascenso y caída con el que Bong Joon-ho pinta un fresco despiadado sobre la sociedad coreana. Y más allá, aunque no le faltan pinceladas de color local, su pintura es extensible a toda sociedad capitalista, es por eso por lo que nos vemos representados en su excusa argumental.

Los Kim son una familia de baja condición, pero astutos e ingeniosos como los protagonistas de las novelas picarescas. Sus avatares despiertan nuestras simpatías, porque su pillería los hace entrañables y nos reímos con sus tretas para prosperar. Son como esos timadores que nos caen en gracia porque con sus artimañas no dejan de estar haciendo justicia poética, la catadura moral del timado tiene más miseria que la del embaucador. Frente a nuestros antihéroes está la familia Park, los adinerados que ejercen su dominación con la misma naturalidad con la que respiran. Y con la misma inconsciencia. Para ellos es tan sencillo aprovecharse de los demás que ni siquiera actúan con verdadera maldad. Simplemente están arriba sin preguntarse ni preocuparse por el efecto de sus demandas. Solo deambulan por su palacio de cristal ajenos a lo que ocurre más allá de sus dominios.

Si en grupo funcionan como concreción particular de un fenómeno global, tomados de uno a uno los personajes tienen la misma entidad. La pluma de Bong Joon-ho los dibuja con el detalle propio de las filigranas. Mientras Ki-woo (Woo-sik Choi) es ejemplo del entusiasmo del travieso, su hermana, Ki-jeong (So-dam Park), actúa con mayor perfidia, es más consciente de su indigencia y, en consecuencia, mueve sus fichas con la astucia del que sabe lo que se está jugando sobre el tablero. La madre, Chung-sook (Hye-jin Jang), es una mujer más cautelosa, con menos iniciativa, pero siempre dispuesta a secundar las decisiones del resto. Y sobre ellos Kim Ki-taek (Kang-ho Song), el patriarca que ha enseñado a los demás a moverse como peces en el agua en el mundo de la picaresca, aportando la seguridad de que todo está dominado y sujeto a un plan.  Del  lado de los Park nos encontramos con un plantel de caracteres que van desde el candor rayano a la bobería de la señora, Park Yeon-kyo (Yeo-jeong Jo), la altivez clasista del esposo, Park Dong-ik (Sun-kyun Lee), la hija, Da-hye (Ji-so Jung), se nos presenta como adolescente enamoradiza y, ocupando un papel destacado, está el hijo menor, Da-song (Hyun-jun Jung), un niño hipercativo y malcriado, que es el centro de toda la atención y acabará siendo determinante en el desenlace.

Parásitos parte de un guion consistente cuya solidez no recae exclusivamente en el esmerado diseño de personajes, sino también en el calibrado pormenor con el que se describen las situaciones.  Ello hace que los giros entren con naturalidad sin poner en ningún momento en riesgo la verosimilitud del relato, permitiendo, así, que el filme vaya cambiando de género sin fragmentarse. Y también el ritmo está bien medido. La curva de interés no decae en todo el metraje, ni sufre altibajos. Su tempo es ágil sin ser precipitado, consiguiendo que la acción se module y desarrolle con la precisión de un ingenio de relojería. Una armazón de la que solo podría derivarse lo que la cinta es, un ejemplo de narración vigorosa, calculada y deslumbrante pues, paradójicamente si se quiere, su planteamiento matemático es el que deja espacio a la sorpresa. Un texto al que se rinde nuestra atención desde su primera frase hasta su último punto.

Ahora bien, lo que hace grande al filme es la perfecta traducción de la palabra al lenguaje audiovisual. Si como guionista es hábil, como director, Bong Joon-ho, es sencillamente magistral. Nada chirría en la puesta en escena, en ningún momento cae en la aparatosidad, de modo que a primera vista se diría que la cámara es invisible, es en el análisis cuando descubrimos la inteligencia con la que cada movimiento está pensado. El coreano juega con los planos con la destreza de un prestidigitador, esconde el truco en su propia materialización. La composición del encuadre, el trabajo de la profundidad de campo, la decisión del punto de vista, el escalado, el ángulo, la iluminación, en suma, todos los elementos de la imagen cinematográfica, están presentes con una sutileza tal que logran evadir nuestra vigilancia y así nos fluye la historia como si entre ella y nosotros no estuviera la mediación del autor. Resulta difícil elegir un ejemplo concreto sin destripar el argumento, tal es su grado de implicación, por eso nos limitaremos a exponer el uso significativo de los escenarios.

Igual que la familia Kim se contrapone a la familia Park, sus residencias lo hacen también, y de un modo en que ambas cobran simbolismo narrativo. El semisótano de los Kim, un habitáculo de pocos metros en los que se acumulan de forma abigarrada sus pertenencias, describe ya su lugar y su actitud en el mundo. Casi siempre los vemos reunidos en el comedor, la única pieza que tiene luz exterior gracias a la ventana a ras de calle que se abre a la altura de su techo, los Kim contemplan el exterior como el espectador de un cine, en desigualdad (inferioridad) de condiciones, pero con una actitud de buen ánimo y curiosidad. Como si todo se abriera ante ellos como promesa de mejoría. La vivienda de los Park, en cambio, es una mansión de amplias dimensiones, nada se amontona, al contrario, todo ocupa el lugar justo aumentando la sensación de espaciosidad. Es una casa diseñada para extraer las mejores condiciones de comodidad, un enorme ventanal abre el salón a la luz exterior, pero no mira hacia la calle, sino que se abre a su propio jardín. Los Park usan el mundo casi sin mezclarse con él, ya están en la cima, si su vida fuera un cine, ellos serían los que lucen en la pantalla, siempre por encima de quienes los contemplan.

Parásitos recorre el camino de los Kim hacia el asalto de los Park, por eso más de su primera mitad nos muestra a los personajes o bien subiendo o bien contemplando la pendiente hacia arriba. Ese ascenso es servido a modo de comedia jovial hasta que los Kim están todo lo arriba que pueden estar en la cumbre, ocupando la casa de sus patrones en su ausencia de fin de semana. Pero la casa de los Park esconde un secreto, está toda ella construida sobre un búnker; cuando en pleno asalto, en medio de la tormenta se presente Moon-gwang (Jeong-eun Lee), la antigua ama de llaves que ha sido despedida gracias a las artimañas de nuestros protagonistas, quedará al descubierto una realidad ignorada, la de los desposeídos que ni siquiera son contemplados por los poco favorecidos. La realidad de aquellos que están tan al margen que viven en el subsuelo. Y ahí irrumpe el horror. La jovialidad da paso a la amargura y la cinta se convierte en una sátira negrísima que culminará en un apoteosis de violencia a la par cartoonesca y dolorosa.

La caída de los Kim se escenifica en su descenso, bajo la lluvia, desde la mansión al cuchitril. Uno de esos momentos cinematográficos que pasarán a las antologías. La lluvia, que sólo es un contratiempo en la zona alta, hace estragos cuanto más bajamos. Para los ricos el efecto de esta es la llegada de un nuevo día soleado más limpio que el anterior por el efecto del agua. Para los pobres supone la pérdida de sus existencias. El genio de nuestro director consiste en narrar este drama si caer en los tintes de lo dramático, la comedia se mantiene, aunque cambie su tono, y la risa es el mejor aliado de la toma de conciencia y la denuncia. Sin hacernos sentir culpables, Parásitos pone frente a nosotros toda la crueldad de nuestro sistema, una economía que no planifica, que no controla más variables que las del lucro, la oferta y la demanda, y que, para funcionar, necesita que exista la indigencia como mal inevitable.

Parásitos es una poderosa fábula satírica sin héroes ni villanos puros. Su enseñanza es que la distribución de la riqueza en los entornos capitalistas corrompe el entramado social en todas sus capas. En la cima de la pirámide están los Park, todos los Park del mundo, aislados en su opulencia, acostumbrados a ser servidos como si ese fuese el orden natural de las cosas, explotadores que lo son de nacimiento sin cuestionarse ni por asomo si de sus actos se desprende un sistema que se sostiene en la desigualdad. Conforme avanzamos hacia la base nos encontramos a los infortunados, en una gradación que llega hasta los desposeídos, hasta el lumpen, que vive más de su ingenio que de sus recursos. Desunidos e insolidarios, los pobres no aspiran a un mundo mejor sino a tocar a más parte del pastel, a medrar. Sin conciencia de clase, son buscavidas con la mirada puesta en su propia conveniencia. De un modo u otro, todos viven a costa de los demás, son los parásitos a los que alude el título. Pero algo hace que la relación de fuerzas no sea par, el abuso de los de arriba se manifiesta a modo de desprecio y humillación, de marcar distancias y establecer fronteras que no deben ser cruzadas ni siquiera por circunstancias involuntarias. Incluso el olor es límite que revela la inferioridad que hay que mantener a raya.

Y es que la pobreza huele. Un olor que une en los momentos más desesperados y moviliza una rabia que brota incontenible y ciega como un ajuste de cuentas. No cambia nada, pero al menos atisba una rebeldía momentánea que por un instante es subversiva. Sin final feliz, pero sin desesperanza.

‘El auge de Jordan Peterson’, corrección política, ideología y reacción

6 noviembre 2019 Deja un comentario

Para hablar del último documental de Patricia Marcoccia sobre la figura de Jordan Peterson se nos hace necesario introducir un preámbulo. Antes de entrar en materia queremos remontarnos al pasado septiembre cuando la polémica sacudió a Justin Trudeau en plena campaña electoral. El presidente canadiense se vio obligado a pedir disculpas públicas por una fotografía suya de 2001. La fotografía en cuestión nos muestra al político, que en ese momento tenía 29 años, disfrazado de Aladino con un turbante y la cara pintada de negro en una fiesta dedicada a Las mil y una noches. Para la opinión pública de su país ese posado era susceptible de ser tomado como una conducta racista que ofendería a la población negra. Algo, en estas latitudes nuestras al menos, tan trivial como adoptar una identidad distinta a la nuestra mediante maquillaje en una fiesta de disfraces se convierte en sinónimo de delito de odio. No nos es posible dejar de ver en este suceso, por mucho que quieran referirlo a la figura del blackface (esa práctica de maquillarse de negro con una actitud de burla en el mundo del espectáculo) y que se quiera satanizar esa práctica, no nos es posible, repetimos, dejar de leer esta noticia como un indicador de hasta dónde puede llegar la corrección política en la censura y autocensura. Es una clara muestra de que el exceso de celo, el esfuerzo por revertir los efectos de la discriminación, nos induce a ver el mal hasta en lo más inofensivo con el agravante de que esa actitud, al interiorizarse, se convierte en fuente de autorepresión e incluso de ansiedad. Parece cumplirse la conclusión de Freud en El malestar de la cultura, la occidental es una sociedad neurótica en la que cada avance aparente se consolida a costa del aumento de prohibiciones que asaltan nuestro sentimiento de culpa y nos generan dolor. Dolor social e individual. Y hasta aquí la previa.

El también canadiense Jordan Peterson se ha erigido como azote de la corrección política, espoleado en esta labor por la modificación de la ley de Derechos Humanos en Canadá en su cláusula C16, la cual establecía la obligación de dirigirse a los demás con el pronombre que crean estos más adecuado a su identidad de género, cuestión que se concretaría en el uso de las formas neutras que permite el inglés ante aquellas personas que se consideran de género no binario. Algo nimio, pero a la vez fundamental cuando se está ordenando por ley los usos privados en las relaciones privadas, en ello ve Peterson la evidencia de que la corrección política acabará conduciendo al totalitarismo al ir recortando, mediante la ideología, las libertades individuales en el quehacer diario. En sus palabras, “No daré voz a las palabras de ideólogos, porque si lo haces te conviertes en una marioneta de su ideología“. Obsesionado, desde siempre, en el estudio de qué hace posible el surgimiento de los totalitarismos, en 2016 iniciaba la emisión de sus ideas en su canal de youtube. El documental de Marcoccia le acompaña en su ascenso hasta convertirse en fenómeno mediático, retratándolo en su intimidad, en la relación con su familia y amigos, tanto como en su actividad pública, sus eventos cada vez más mayoritarios. Recalcando que, la de Peterson, es una figura que levanta tantos afectos como odios, la cinta da voz a quienes se le enfrentaron desde el principio, activistas de la lucha por los derechos del colectivo LGTBI, es más tímida a la hora de mostrar los críticos que han ido surgiendo vista la deriva de su pensamiento, y abunda en documentos de aquellos que le manifiestan su adhesión. Se diría que a El auge de Jordan Peterson le falta un posicionamiento crítico (se pasa de soslayo sobre sus opiniones en temas de igualdad de género, por poner un ejemplo) frente a tan controvertida figura, pues, aunque muestra sus contradicciones, desprende una toma de partido hacia la simpatía. Esto es un defecto. Y lo es porque el ideario de Peterson tiene muchas aristas, hasta el punto de poder considerarlo peligroso viendo los amigos de trinchera que ha ido reclutando por el camino.

De rabiosa actualidad es la actitud del psicólogo canadiense, pues parece postularse como partidario de un discurso neutro frente a la izquierda y la derecha, algo que centra parte de los debates de nuestro presente en el que algunos quieren dar por finiquitadas ambas categorías. Su punto de partida, lo hemos visto, está muy puesto en razón, más cuando quiere alertarnos del problema de la ideología, los individuos se doblegan a ella inconscientemente, porque no son las personas las que tienen las ideas sino al contrario, nos dice siguiendo en esto a Jung. Su alerta ante el posible advenimiento de nuevos totalitarismos es sincera y hasta necesaria. El problema viene después. Peterson toma como adversario al ideario de izquierda, ve bien su problemática y propone para vencerlo una actitud de responsabilidad individual ante el mundo, algo que ejemplifica con su máxima de “ordena tu habitación” como instrumento para el cambio. Pero al hacerlo así, y pese a declararse neutral, paradójicamente (o no tanto) provoca la polarización y en su sombra se cobija lo más granado de la derecha incluso en su versión más ultra. Criticando la sujeción a la ideología, él mismo se convierte en ideólogo. Frente a la corrección política y la ideología el aboga por la reacción, pero el peso de la deriva lógica hace que acabe defendiendo lo más reaccionario.

¿Y cuál es nuestra postura al final? Ya hemos denunciado el problema de la corrección política y no quisiéramos recalar en sus filas, pero, en mor de la equidistancia que es ese término medio que nada tiene que ver con la mediocridad, tampoco podemos sumarnos al viaje de Peterson. Traído a nuestro contexto sociopolítico, parece claro que es la ultraderecha la que está instrumentalizando a su favor la ira contra la corrección política, y ante ello solo nos cabe decir que tal vez uno no sepa a qué bando pertenece, pero sí tiene muy claro a cuál no pertenece. Todo es cuestión de proporcionalidad, de sumarse al “Nunca demasiado” que rezaba el dintel de salida del oráculo de Delfos. De seguir el dictado de la vieja sophrosyne (σωφροσύνη) griega, la moderación que nada tiene que ver con la tibieza sino con el esfuerzo por la adecuación en cada contexto. La virtud reposa siempre en la tercera vía.

PUEDEN VER ‘EL AUGE DE JORDAN PETERSON’ EN FILMIN

 

Sitges 2019: In the tall Grass, inaugurando en el laberinto

22 octubre 2019 Deja un comentario

El Festival de Sitges inauguraba su 52 edición con una producción Netflix, plataforma online que cada vez parece más vinculada al futuro del audiovisual, con la consecuente discusión sobre si sus producciones deben o no considerarse cine, controversia que tuvo su punto álgido con Roma de Alfonso Cuarón. No corresponde al espacio de este artículo desarrollar en profundidad este, sin duda fundamental, debate, pero era oportuno mencionarlo porque se diría a priori que esta nueva forma de consumo marcará nuevos modos narrativos y, sin embargo, las producciones de la plataforma siguen adscritas a la gramática clásica del cine, hasta el punto de que, en verdad, algunas de ellas (como la mencionada Roma) no podrán ser apreciadas en su justo valor si no se disfrutan en la gran pantalla. Este es también el caso de In the tall Grass. Vincenzo Natali, nos trae una obra concebida cinematográficamente, por el uso de los espacios, la puesta en escena y, sobre todo, por su lenguaje fílmico. No voy a juzgar si era la mejor opción para inaugurar el principal certamen de fantástico y terror, pero lo que está claro es que se nos brindó la mejor ocasión de poder disfrutar con propiedad el último trabajo del canadiense.

Guion adaptado. Natali parte, como materia prima, de un relato escrito a medias entre Stephen King y su hijo (Joe Hill), “cuando leí esta historia pensé que era la cosa más perturbadora que había leído. Y quería hacerlo” confiesa, pero lo cierto es que el atmosférico y asfixiante relato de King-Hill gana en manos del Natali guionista, puesto que extrae la esencia del original y la refuerza con giros propios de la narrativa de Borges, uno de cuyos títulos, El jardín de senderos que se bifurcan, se cita de forma expresa en el filme. Y es así como In the tall Grass se convierte en lo que es: una nueva revisión del lugar común del Laberinto, algo que el autor de Cube domina a la perfección desde ese su debut en 1997.

Una excusa argumental sencilla. Es la historia de dos hermanos que huyen a San Diego para afrontar el embarazo de la joven. Cuando Becky (Laysla De Oliveira) y Cal (Avery Whitted) oyen el llanto de un niño (magnífico Will Buie Jr en el papel del relevante Tobin) pidiendo ayuda, ambos se adentrarán en un gran campo de hierba alta en Kansas, donde quedarán atrapados por una fuerza siniestra que rápidamente les desorienta y les separa. La hierba alta es un lugar de extrañamiento ya en la narración original, pero a esa condición Natali le suma una paradoja temporal. No se trata, sin embargo, de viajes en el tiempo, lo que ocurre es que los personajes quedan atrapados en un laberinto que despliega sus caminos, no en el espacio como es habitual, sino en el tiempo. Es decir, aunque los veamos deambular por ese prado de altura considerablemente inusual, ellos, en realidad, están circulando en el tiempo, por eso en los recovecos que transcurren se encuentran con ellos mismos en circunstancias cambiantes y a la vez ineludibles. Esta es la materia que Natali extrae del borgiano jardín de senderos que se bifurcan, una parábola (casi una adivinanza) en la que el tema es el tiempo.

Los senderos que se bifurcan no son lo único que nos remite a Borges. El laberinto temporal encierra en su centro (que está en el centro del centro de Ámerica) una roca negra que contiene todo el conocimiento. Fácil es representárnosla como la antimateria de El Aleph, ese “punto que contiene todos los puntos del universo”, porque aquí el que entra contacto con la roca obtiene la visión de todos los desenlaces y con ese saber se convierte en señor de todos los destinos y se alimentará de todos aquellos que queden atrapados por la trampa de la alta hierba. El punto omnisciente se convierte en la cinta de Natali en manifestación del terror abstracto, el mismo que admira el canadiense en la obra de Lovecraft, del horror que se desprende de la posibilidad (o no) de contemplar la eternidad. De ahí que lo podamos ver como el reverso de El Aleph porque de su epifanía no se desprende una experiencia extática sino el más profundo horror existencial.

Todo laberinto esconde su Minotauro. En In the tall Grass ese papel lo representa Ross Humboldt, padre del niño que se convierte en señuelo para la pareja protagonista, solventemente interpretado por Patrick Wilson, una presencia habitual en el género desde que James Wan le hiciera protagonizar Insidious en 2010. Ross hace las veces de guía y carcelero de esa especie de infierno que es el laberinto de hierba alta. Se granjea la simpatía de los hermanos, pero, en verdad, lo hace para obligarles a someterse a ese destino que él, como iluminado por la roca que es, conoce y administra. Es el monstruo que custodia el orden enfermizo del horror. Y Wilson en su interpretación nos hace recordar (salvando las distancias necesarias) a aquel otro “ogro” que compusiera Robert Mitchum para La Noche del cazador. Es el guardián que mantiene cerrado el bucle de la repetición, el que vigila que todo quede cerrado por el círculo.

Romper el círculo requiere el sacrificio del héroe. Una de las grandes diferencias entre el relato original y el de Natali es el lugar de la esperanza. Mientras en el texto de King-Hill nada de lo que entra sale, Natali rompe el pesimismo permitiendo que haya lugar para la salvación de la inocencia. Salvación que sólo puede darse desde la asunción de responsabilidades, el laberinto se manifiesta también como encrucijada moral, de hecho uno de los valores que lleva adscritos desde el mito fundacional minoico. Si en su centro se guarda todo el conocimiento sobre lo que ha de ser, el peso determinista de la fatalidad puede romperse mediante un acto de generosidad extrema en el que se llegue a poner el futuro de los demás por encima del propio. El sacrificio, como resolución del enigma, abre el laberinto y permite la mutación, esa fuente eterna de vida.

Natali se maneja bien con la trama y con la dosificación de la intriga que permite el buen ritmo del filme, en una entrevista en Fotogramas explicaba su truco: “Hago storyboards de todo, literalmente lo dibujo todo. Es solo mi método, pero, para bien o para mal, está todo cuidadosamente planeado y hay un aspecto musical en diseñar los planos y como funcionarán con el ritmo de la escena. Así es como lidio con ello”. Su amor por el dibujo se siente en su puesta en escena, el canadiense logra transmitirnos la asfixiante opresión del laberinto gracias a sus composiciones geométricas, dentro de un plano, pero también en la suma de ellos que supone una escena. Sus juegos de cámara son estrictamente cinematográficos y narran más todavía que los propios diálogos que se ponen en boca de los personajes. In the tall Grass, con una acogida desigual por parte del público, es una de esas cintas que nos ganan enteros cuando las repensamos. Sin duda un buen inicio para el Festival.

 

 

 

‘La sumisa’ (A Gentle Creature), de Sergei Loznitsa, llega mañana a Filmin

Filmin estrena mañana viernes, 28 de junio, la penúltima película dirigida por Sergei Loznitsa, “La sumisa”, conocida internacionalmente con el título de “A Gentle Creature”. Se trata de un drama grotesco y pesadillesco que se basa en la novela del mismo título de Fiodr Dostoyevski,y que narra la odisea de una mujer que quiere saber qué ha ocurrido con su marido después de recibir de vuelta un paquete que le envió a la cárcel. La película se presentó en la Sección Oficial del Festival de Cannes, donde obtuvo excelentes críticas. Nosotros pudimos verla durante el Festival de Sitges 2017, donde pasó casi desapercibida ante tal aluvión de películas. Una perla a (re)descubrir

A Gentle Creature (Krotkaya, 2017) el penúltimo trabajo de ficción de Sergei Loznitsa es una adaptación libre de la novela corta de Dostoievski, La sumisa (cuyo título en inglés es, precisamente, A Gentle Creature) que, sin embargo, nos remite directamente al universo de Kafka. Y es que su protagonista, la dulce criatura del título (ningún personaje tiene nombre propio, todos son denominados por su función), igual que el agrimensor K de El castillo o el Joseph K de El proceso, busca establecer una comunicación positiva con una autoridad que desconoce, pero que la maraña de trabas administrativas que encuentra en su camino hace imposible. Vasilina Makovtseva, excelentemente estoica, da cuerpo a esta joven mujer que solo quiere entregar a su esposo, convicto por asesinato, pero inocente (como al parecer es habitual en su país), un paquete que le ha sido devuelto. Se desplazará para ello a la ciudad donde se halla la prisión, un lugar en el que el penal y el pueblo se han fundido en una doble relación de dependencia en la que el uno da sentido al otro (nuevamente como ocurre en la novela de Kafka entre el castillo y la aldea). Allí iniciará un periplo pesadillesco en el que entrará en contacto con una serie de personajes que, pretendiendo serle de ayuda frente a esa funcionaria que cada día le impide la entrada, buscarán sacar provecho de ella. El suyo es un descenso al infierno, a un infierno muy terrenal compuesto por una burocracia inaccesible y arbitraria, herencia de la administración soviética, las mafias del este, la policía corrupta y por una sociedad que, a fuerza de vivir en ese país que puede ser visto como una gran prisión dictatorial, se ha envilecido ella misma (esas pintadas en contra de la agencia de derechos humanos lo muestran). Siendo real, Loznitsa no ha buscado una narrativa realista, al contrario, su película está tocada por las tonalidades de lo surreal, un tono que alcanza su máximo en ese fragmento onírico que precede al desenlace y que no ha sido comprendido por toda la crítica. A Gentle Creature se cierra con un plano fijo de la sala de espera de la estación en la que todos duermen, por su construcción parece nuestro propio reflejo: todos esos males avanzan porque todos nosotros estamos dormidos.

Una oportunidad, gracias a Filmin, de poder pescar este interesante título desde la pantalla de nuestros hogares. 

 

VAMOS DE ESTRENO (o no) * Viernes 10 de mayo de 2019 *

VIVIR DEPRISA, AMAR DESPACIO (Plaire, aimer et courir vite, Christophe Honoré, 2018)

Francia. Duración: 132 min. Guion: Christophe Honoré Fotografía: Rémy Chevrin Productora: Les Films Pelléas / arte France Cinéma / Canal+ / Ciné+ Género: Drama

Reparto: Vincent Lacoste, Pierre Deladonchamps, Denis Podalydès, Rio Vega,Willemijn Kressenhof, Adèle Wismes, Clément Métayer, Sophie Letourneur,Marlene Saldana, Teddy Bogaert, Adèle Csech

Sinopsis: Jacques es un escritor que vive en París. Todavía no ha cumplido 40 años pero cree que lo mejor de la vida ya no está por llegar. Arthur es un estudiante que vive en la Bretaña francesa. Lee, sonríe mucho y se niega a aceptar que hay algo imposible en la vida. Jacques y Arthur se gustan y viven como si estuvieran en un sueño romántico o en una historia triste.

A veces una sola obra graba el nombre de su autor en la historia. Andrea Chénier, de toda su producción, es la pieza que ha hecho célebre al verista Umberto Giordano, y el aria para soprano, La mamma morta, la que ha hecho que esa ópera figure en todos los repertorios. Los cinéfilos siempre asociarán la versión de Maria Callas a la escena cumbre de Philadelphia (1993, Jonathan Demme), una escena que, aunque reconozca la pericia de su director al construirla, no puedo contemplar sin sonrojarme. Y es que se me antoja una muestra de sentimentalismo impúdico, pensada para que el público medio alivie su conciencia, pues le permite sentirse liberal al empatizar con un problema como el SIDA en los años noventa. Hasta no faltan los críticos que consideran el filme de Jonathan Demme como la película definitiva sobre el tema, cuando no es más que la muestra del oportunismo mainstream sobre un problema que no tuvo (ni tiene) nada de lírico. Por lo contrario, sensible que no sensiblera, la última cinta de Christophe Honoré, nos aporta una visión del amor en tiempos del SIDA que no cae ni en tópicos ni en adornos.

Año 1993. Arthur (Vincent Lacoste) es un joven estudiante de veinte años que vive en Rennes. Su vida cambia el día que conoce a Jacques (Pierre Deladonchamps), un escritor que vive en París con su joven hijo. Durante el verano, Arthur y Jacques viven una historia amor. Pero Jacques sabe que este amor lo tiene que vivir rápidamente. El ímpetu y la renuncia se dan la mano en esta historia de amor, el primero para Arthur, el último para Jacques, un amor que ha de ser apresurado porque la vida apremia, herida de muerte como está. Honoré ha querido retratar la ambivalencia del sentimiento, es un revulsivo, pero también un desgarro cuando el vivirlo se hace imposible por esa Espada de Damocles que es la enfermedad. Aquí el retrato del SIDA es un drama íntimo con el que se homenajea a toda aquella generación que vivió en carnes su sentencia.

No es la película definitiva sobre la enfermedad ni lo pretende, solo busca asomarnos al vacío de vidas rotas a las que se les arrebató la posibilidad de envejecer junto a la persona amada, de ver concluidas las expectativas de realización en lo profesional y en lo personal. Es un hola y un adiós que se condensan y se funden en una despedida precipitada por el propio anhelo de dar lo mejor de uno mismo al otro, al que se le querrá ahorrar la contemplación de la decadencia. Un irse en el punto del encuentro para no dejar la memoria del dolor. Que todo concluya en el momento de la esperanza. Sin drama ni aspaviento. Más que una historia de amor imposible, esta es una película sobre una vida imposible, que nos instala en el espacio de la melancolía.

Para Honoré los 90s son la década que no termina, por eso la idea general del diseño de producción fue recrear un tiempo sin reconstituirlo. Apela a la memoria desde un ramillete de citas que perlan aquí y allí los fondos. Libros, películas, músicas, tejen un marco referencial que apunta a las vivencias de cada uno, de modo que nos sintamos transportados al corazón de esta historia sintiéndola nuestra. Nos implicamos en los despertares y en los adioses porque los hemos vivido, y los rememoramos con nuestros cinco sentidos que se ven estimulados por lo que acontece en la pantalla. Cada escena es nuestra particular Magdalena de Proust, por eso entendemos tan bien lo que nos cuentan. Humana, profundamente humana y humanista, se nos muestra esta obra como un testimonio y un canto que no es solo remembranza sino también es ahora, pues lo que describe se mantiene vigente. El amor y la muerte en su abrazo siguen y seguirán siendo esencia del existir humano, Honoré lo sabe bien y lo narra con una historia que bien podría ser el universal en el que todos nos reflejamos.

Sensual, carnal, pero no sexualizada, se nos muestra íntima y sugerente sin ninguna ostentación. No es fácil lograr que las secuencias de cama desborden realismo y a la vez una delicadeza casi mágica, para ello hace falta un director y unos actores entregados a la tarea de reproducir la intimidad de la alcoba bajo la presencia de la cámara. Honoré las rueda con muy pocas tomas, reduciendo el equipo al mínimo y ensayándolas con anticipación para explicársela a los actores. Por su parte los intérpretes, en auténtico estado de gracia, las enfrentan con un enfoque abierto en el que el veterano Deladonchamps resultó fundamental para acompañar al joven Lacoste en su interiorización de un personaje que ha de aparecer como objeto de deseo. Hay momentos verdaderamente brillantes en los que nos hacen sentir como nace entre ellos la complicidad. Los personajes toman presencia en la carne de los actores y nos resultan tan creíbles como las gentes que nos cruzamos en nuestro periplo vital. Dos amantes que podrían ser cualquiera de nosotros, así de próximos nos los trae Honoré, así nos los despliega el buen hacer de sus protagonistas.

Honesta, sugerente, emotiva y sutil, así es Vivir deprisa, amar despacio, un derroche de buen cine que nos comunica la agridulce vivencia del amor en tiempos de la enfermedad. Una película llamada a quedarse grabada en nuestro imaginario.

‘Lucero’, la última creación de Norberto Ramos del Val

Fiestas navideñas de por medio y posteriores días de asueto por Córdoba cogieron a Serendipia con la reseña de la última película de Norberto Ramos del Val por hacer. Pero al final y con las pilas recargadas nos despertamos no con una, sino dos reseñas. Ahí van:

Barajé la palabra ‘provocación’ para el subtítulo de este comentario porque el cine de Norberto Ramos del Val siempre busca agitarnos, removernos ya sea por agrado o por su contrario, incomodarnos o, mejor, deplazarnos al extrañamiento, pretende (y consigue) no dejarnos indiferentes. Si acabé sustituyéndola por ‘creación’ fue porque nuestro director no queda reducido a mero agente provocador, su cine desafía porque con él el autor desarrolla nuevos lenguajes y nuevos códigos que son, en verdad, una profundización en (o una decodificación de, si se prefiere) lo clásico para alumbrar nuevos caminos, creando, así, una pléyade de constantes personales e intransferibles que articulan su autoría. Y Lucero, su nueva película, no es una excepción a esta regla.

Lucero cuenta la breve historia de menos de un día en la vida de una mujer sola, una célula más de un tejido humano, una parte del barrio de Lucero. Eva espera una visita, la vemos prepararse, vestirse, maquillarse… La vemos fumar, beber, fumar, beber… Desesperarse porque su cita no llega. Eso y algún problema más, que no desvelaremos, es su excusa argumental. Con esta trama, para hablarnos de soledad, de (in)comunicación, Ramos del Val nuevamente se adentra en el terror, siguiendo las directrices del género pero siendo al mismo tiempo experimental, un fantástico weird que ya ha perlado antes su carrera, pero que, aquí, su extrema consigna, no incluir ni una sola línea de diálogo, hace más evidente. La exclusión de diálogos no es un mero capricho pensado para epatar al público, es todo un recurso dispuesto para lograr trascender fronteras: las del individuo, porque lo que le acontece se puede universalizar; las espaciales, porque no se instala en lo local aunque podamos reconocer su procedencia; e, incluso, las temporales, el director busca mirar al presente desde todos lo tiempos posibles, tanto desde la estética como desde el mismo trabajo de la fotografía. Lucero es, de algún modo, la película más rabiosamente moderna, vanguardista incluso, de Ramos del Val y, al mismo tiempo, la más vehementemente atemporal.

Rodada casi cronológicamente según el tiempo de ficción, apostando por las primeras tomas, y dejando la duración del plano sujeta prácticamente a la magia del momento creativo, nos encontramos con una película de abundantes planos fijos de larga duración que Claudia Molina, protagonista absoluta, sostiene con rotunda solvencia. El trabajo de la actriz es una de las mejores bazas de esta cinta de (casi)único personaje, tanto que el propio Ramos del Val la nombra como co-creadora. Y es que a la interpretación de la actriz se le fía mucho del peso de la verosimilitud de lo narrado, su concentración había de ser máxima y su entrega al personaje absoluta o de otro modo todo lo construido se vendría abajo como un castillo de naipes. Y Claudia Molina supera con nota la prueba.

Ahora bien, sería injusto no reconocer que la verdadera alma mater del filme es el propio Ramos del Val. Y no solo porque simultanea las tareas de dirección de fotografía, composición de la banda sonora y dirección propiamente dicha, sino porque sobre la cinta vacía sus impresiones vitales más personales. Nada existiría sin sus reflexiones sobre esta época ultraconectada y a la vez inmensamente solitaria que nos ha tocado vivir. Ni menos sin el punto de ironía con el que se relaciona con el mundo, con su reflexión sobre él y hasta consigo mismo. Con Ramos del Val nos instalamos muy adentro pero a la vez muy afuera, vemos lo interior en perspectiva, sin autocontemplaciones ni autocomplacencias. Por eso su cine resulta liviano en su profundidad. Confiesa que quería hablarnos de “la necesidad de reivindicar la individualidad consciente; el sentirse a la vez individuo y parte de algo más grande”, y eso es lo que rezuma Lucero. Resume el fracaso de las relaciones humanas en esta época de redes sociales que nos dan la apariencia de estar en contacto con todo y con todos pero que en verdad supone un gran aislamiento. Declara que “esta sociedad que hemos creado nos da a la vez todas las opciones posibles de comunicarnos… y nos acalla brutalmente” y nos lo cuenta, como los mejores artistas gráficos, en una excelente viñeta sin diálogos.

… PERO NO SE VAYAN TODAVÍA, PUES AÚN HAY MÁS:

Para todos aquellos que sitúan a Norberto Ramos del Val como ese director que hace películas en las que sus protagonistas no paran de hablar y hablar; selecciona muy bien a sus actrices femeninas; e, indefectiblemente, las retrata ligeritas de ropa, hay que decirles que llega Lucero, última cinta del director, con la que  contradice totalmente la primera aseveración; casi la tercera; y confirma la segunda, pues su película carece de diálogos, no se desnuda a su actriz hasta el final, y Claudia Molina realiza un auténtico tour de force interpretativo, saliendo más que airosa y confirmando, una vez más, el buen ojo de este viejo zorro.

Con Lucero Norberto deja de lado las comedias protagonizadas por jóvenes modernos atacados de verborrea y nos devuelve la extrañeza que mostró en El último fin de semana (2011), aunque si aquella era, más o menos, de ciencia ficción, Lucero nos adentra en un submundo de satanismo, soledad, comezón y frustración con una ansiosa protagonista que pasa una extraña noche en vela. Eterna, repleta de visiones y viajes oníricos a la manera de aquel Allan Grey, protagonista de  Vampyr (1932) de Dreyer.

Con una acertada banda sonora, que añade tensión y sensación de irrealidad a la pesadilla, y que está compuesta por el propio Norberto, cuenta con un tema final en el que, como catarsis, canta la propia Claudia Molina, pues la barcelonesa también es cantante y posee una bonita voz.

Además de Claudia, actriz de dilatada carrera que debutó a los nueve años protagonizando La moños (Mireia Ros, 1996), Norberto Ramos del Val cuenta para pequeños papeles con la participación de dos actores que ya han trabajado con él, Jaime Adalid (Faraday, 2013) y Edgar Calot (Call TV, 2017). Sin olvidar al gato Obi Wan, que sin acreditar realiza un logrado papel de felino.

 

Sitges 2018: ‘Ánimas’, inaugurando Noves Visions

Hay películas tan redondas en sus giros argumentales que lo mejor que puede decir el crítico de ellas es que son imposibles de comentar si se quiere preservar su magia. Ese es el caso de Ánimas. Así que deberíamos concluir este comentario aquí y dejar que el público la goce sin falsillas, que la goce como experiencia propia sin depender de otro criterio que el suyo. ¿Pero quién puede resistirse a hablar de una obra que nos ha calado hondo por su enorme poder de sugestión?

Hay mucho que decir sobre el segundo largo de ficción del tándem José Ortuño y Laura Alvea, pero hay que hacerlo con la precisión de un cirujano, con incisiones meticulosas que permitan separar sus tejidos sin malograr su cuerpo. Hablar de la maestría con la que se dirige su intriga, pero sin desvelar ni un solo ingrediente de su fórmula. Algo salta a la vista, la clara conciencia de sus autores de que el cine es fundamentalmente imagen, manejan un guion sólido (adaptan la novela del propio Ortuño), sin fisuras, en el que cada detalle está pensado, pero si funciona como película es por el esmero con el que traducen cada palabra en ítem visual.

Quienes sigan un poco la trayectoria de nuestros autores sabrán del trabajo docente de Acheron Films (su sello), de su dominio de la teoría, por tanto, algo que nos demuestra José Ortuño en sus lúdicos #ortuvideos (si no los conocen, ya están tardando en hacerse seguidores de su canal de Youtube), Ánimas confirma lo que ya demostraron con The Extraordinary Tales, que en su salto a la práctica todo ese conocimiento se convierte en oficio. En buen oficio. Cojamos un elemento como muestra: el tratamiento del color. En el arte en general, y en el cine en particular, el uso del color no es casual, es un recurso expresivo con el que el creador nos comunica un concepto, nos hace llegar sensorialmente (y casi sin darnos cuenta) la idea que sobrevuela su obra, por la carga simbólica que pesa sobre los colores y, sobre todo, por el matiz con el que los significa cada artista en particular. Esto es algo que Shyamalan, por ejemplo (un ejemplo brindado por el propio Ortuño), tuvo presente cuando dirigió El sexto sentido, tenía claro que quería asociar el rojo a todo lo que remitiese a lo sobrenatural, de modo que la simple paleta cromática ya transmitiera la atmósfera y el secreto que era clave en el filme. En Ánimas tres son las tonalidades dominantes, el rojo para algunas situaciones, el dorado asociado al personaje de Abraham y, sobre todo, el verde que tiñe todo lo que se refiere a la protagonista, Álex. El verde, con su abultada carga psicológica, tan presente en el cine y que, por el modo de emplearlo en la película de nuestros directores, nos evoca el Vértigo de Hitchcock.

Imposible no ver la alargada (o más bien oronda) sombra del mago del suspense posarse sobre Ánimas, la cinta no esconde, además, su filiación: entre los pósteres que atiborran las paredes de la habitación de Abraham, ocupa un lugar de honor el de Psycho, la película que hizo nacer el cine de terror moderno. No es una cita baldía, además. Ese póster está ahí como pista para el espectador, una pista inteligente, una de aquellas que se quedan en la retentiva y permiten que el espectador, una vez ha descubierto el juego, diga aquello de “¡Ah, claro!”. Todas las alusiones a clásicos del género, que las hay, son significativas. Funcionan como señuelos, nos atraen hacia la formulación de hipótesis que no siempre se cumplirán, pero también (y a la vez) son señales que aportan luz y nos guían por la intrincada gincana cinematográfica que es Ánimas. Como toda intriga que se precie, la de Ánimas se cimienta en capas envolventes y concéntricas, entre ellas no falta el macguffin, uno bien construido que tiene entidad suficiente como para crear una línea argumental desde la que un espectador puede interpretar la cinta; un soporte convenientemente alicatado que permite una lectura superficial perfecta que se basta por si misma para satisfacer al público menos crítico. Nada que envidiarle al uranio de Encadenados. El esqueleto que subyace es un viaje al fondo de la mente que nos lleva hasta allí donde se edifica la identidad, al nido mismo donde incubamos nuestra persona (ya saben, máscara en latín) para enfrentarnos a nuestros traumas. A nuestros temores. Definitivamente, al miedo. Y todo ello en clave de género, pero abordado este desde una perspectiva personal que demuestra que aún se puede innovar en el fantástico sin inventar nada nuevo, tan solo jugando con los recursos clásicos de una forma original.

Dirigir tiene mucho de saber coordinar un equipo, porque el cine es un arte que aglutina el trabajo de un colectivo de artífices movidos desde la batuta del director. Así Ánimas no sería la que es si no hubiera contado con las aportaciones de Fran Fernández Pardo al frente de la dirección de fotografía, de Isabela Pérez a cargo del diseño de vestuario y, por supuesto, de la excelente labor del departamento de efectos especiales. Pero una de las tareas fundamentales es la del casting, la selección de los actores, realizada por la propia Laura Alvea en compañía de Marichu Sanz. Nos cuenta la directora que en sus entrevistas con los actores el criterio para elegirlos era sentir que con ellos entraba el personaje, eso ocurrió con Clare Durant, en ella vieron encarnarse al protagonista, tanto que cambiaron el guion para que el personaje central fuera femenino, y no masculino como rezaba en el original. Y es que esta joven actriz, debutante en cine, tiene una presencia y un arte escénico que llena la pantalla, imposible no enamorarse de su interpretación que nos hace sentir la carnalidad de Álex y su rico universo psicológico. Dándole la réplica nos encontramos con el también debutante en cine Iván Pellicer, excelente en su composición del papel de Abraham, en él vemos materializarse los perfiles de ese adolescente retraído y amante del cine de terror que tiene en Álex su pilar de apoyo. Necesario es mencionar también la aparición de Ángela Molina en un papel secundario, pero de vital importancia dentro de la trama. La veterana demuestra que sigue siendo el mismo animal cinematográfico que era en Bearn o la sala de las muñecas de Jaime Chavarri, probablemente su interpretación más recordada.

Ánimas, una inauguración de gala para la sección Novas Visions del Festival de Sitges. Sin duda una inauguración de gala. Ánimas, una cinta que solo con rememorarla nos provoca el deseo de volver a verla. Y estamos seguros de que en cada nuevo visionado podremos descubrirle nuevos matices, captar nuevos guiños, apreciar mejor la reflexión que comporta. Como ocurre siempre con las grandes obras.

 

El reverendo (First Reformed), tenue atisbo de esperanza

27 septiembre 2018 Deja un comentario

¿Se han preguntado alguna vez qué ocurriría si cruzáramos al pastor Tomas Ericsson con Travis Bickle? La respuesta nos la trae Paul Schrader: del maridaje de ambos, sólo puede nacer el Reverendo Toller, un personaje complejo en el que Ethan Hawke se muestra a la altura de Gunnar Björnstrand y Robert de Niro. Con El reverendo (First Reformed), Schrader revisita al Bergman de Los comulgantes y reinterpreta su propia criatura de Taxi Driver, logrando una obra que parece entablar diálogo  con el Silencio de Martin Scorsese. Sobre estos sacerdotes de celuloide pende una Espada de Damocles que se presenta como crisis interior, como viaje hasta el final de la creencia, que les lleva a cuestionar el sentido de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) para concluir que hay que aceptar que estas no son sino unidas a sus opuestos. Así el reverendo Toller afirmará que de la existencia de la desesperación se deriva el surgimiento de la esperanza. Una verdad trágica  (por ser dialéctica) que sólo pueden soportar los fuertes de espíritu.

You talkin’ to me? La interrogación de Travis es la pregunta que los protagonistas de Bergman y Schrader parecen formularse, el diálogo con Dios es lo que está en juego. Pero la actitud de Toller no es la misma que la de Ericsson, mientras al pastor sueco le pesa la ausencia suprema, el silencio de Dios, el reverendo de Schrader se duele de su incapacidad para orar. El estadounidense, pues, invierte el foco y con ello el drama se sitúa del lado humano y no del divino, un giro que parece permitir entrar un tenue soplo de libre albedrío en el seno de la asfixiante lectura protestante de la fe. En El reverendo parece que todavía está un poco en manos de los hombres la posibilidad de emprender la acción que permita alterar el destino de la humanidad. Schrader concede cuanto menos el beneplácito de la duda a la afirmación de que los hombres pueden alcanzar la salvación por sus méritos, sin quedar supeditados a una predestinación ineludible nacida de un Dios implacable y arbitrario. Es por eso que en el tercer acto abandona la falsilla de Los comulgantes y Toller se convierte, en su desesperación, en un semidios dispuesto a sacrificar su vida (como hace el Hijo de Dios) en aras de un bien más grande. Un héroe, por tanto, cien por cien schradiano que nos trae una brizna de esperanza.

Los chinos han sido educados en el odio y tienen la bomba atómica” dice el personaje de Max von Sydow en Los comulgantes, poco antes de suicidarse. Su sosias en el filme de Schrader es un activista que ha desesperado de su lucha, el mundo que dejaremos a nuestros hijos habrá agotado sus recursos naturales por culpa del afán de desarrollo del capitalismo salvaje al que parece condenada irremediablemente la humanidad. Cada época tiene sus propios miedos, relajada la tensión entre los bloques, aparcada la Guerra Fría, la hecatombe nuclear ha dejado de ser un temor atenazante, pero han aparecido nuevos fantasmas, el cambio climático, la crisis energética, el colapso del planeta por la extinción de los recursos, son ahora los centros de nuestra atención y la fuente de nuevas lecturas apocalípticas (de hecho, el Apocalipsis de Juan de Patmos puede ser leído en clave de catástrofe ecológica). El objeto del pánico cambia, pero, en definitiva, lo que nos aterra es lo mismo: el fin de la especie humana causado por la propia acción del hombre. Para Toller arruinar la creación es el pecado que no recibirá perdón, incapaz de orar, habrá de tomar la determinación de pasar a la obra y aportar su pequeño grano de arena para combatir a los agentes del mal.

Sepulcros blanqueados, Schrader pone en la mirilla a todos aquellos que lucen su piedad ante la comunidad mientras de su ambición se deriva la aniquilación del mundo. Negacionistas del cambio climático, capitalistas desaforados que no detienen ante nada su afán de ganancia, hombres de fe que acogen en el seno de su iglesia a estos lobos con piel de cordero con tal de conseguir llenar sus templos. Dos formas de religiosidad están en juego, frente a la sobriedad austera de la iglesia de Toller, First Reformed, y su menguada congregación, nos encontramos con Abundant Life, con sus instalaciones de vanguardia y sus cinco mil feligreses. La mesura de la confesión original, frente a la religión como espectáculo que busca adeptos tal como los medios sensacionalistas buscan audiencia.

Dos mujeres en torno a Toller, dos formas de vivir la fe. La beatería de Esther (Victoria Hill) que mira hacia el pasado, frente a la sinceridad de Mary (Amanda Seyfried) que apunta hacia el futuro. La fe que constriñe opuesta a la fe que alienta. Mary, esa María encinta que trae esperanza y ganas de vivir. Si alguna redención es posible, vendrá de la mano de aquello que representa la honestidad. Una honestidad que aparta la cólera. Mary es la fuente de amor que aplaca el ansia de aniquilación, la mujer justa que habría impedido la asolación de Sodoma y Gomorra. Mary trae la paz de espíritu necesaria para soportar la carga de la incertidumbre. Más  allá aún, es la que aporta la posibilidad de deponer la duda. Es la que refresca y reconcilia.

Schrader nos obsequia un filme de preciosa puesta en escena. Largos planos que componen cuadros geométricos como forma de expresar la severidad, la frialdad, de la desesperación. Sin música, para comunicar el tormento de un pastor que ha perdido el consuelo de la oración. Y juega con el tempo para sumergirnos en la tortura de la duda. Un ritmo pausado en el inicio que irá acelerándose conforme avanza la trama, conforme Toller va modificando su conducta, desde el dolor de su crisis de fe, hasta la ferocidad de su toma de decisión por el combate contra los nuevos fariseos que están llevando al planeta al límite, a la destrucción. Schrader demuestra una vez más su maestría para enfrentar temas complejos y lo hace ayudado por unos actores absolutamente sumidos en su papel que nos regalan interpretaciones convincentes y contenidas, no hay espacio para el histrionismo en esta cinta que nos lleva de viaje por las simas de la fe y los recovecos del activismo.

El reverendo sacude nuestra conciencia. Nos advierte sobre el peligro de la pasividad. Y nos deja suspendidos ante la pregunta por si es posible detener el tren que puede conducirnos a la autodestrucción. Funde a negro y nos siembra la inquietud. Schrader nos desasosiega, a la vez que nos hace ver un hilo de esperanza al final del túnel. Tal vez todavía estamos a tiempo de salvarnos.

Peter Nanoogian y el rodaje de ‘Eliminators’

30 agosto 2018 2 comentarios

Tras unas primeras incursiones en el mundo del cine realizando, entre otras tareas, la de asistente de director para algunas de las más destajistas productoras norteamericanas como  la New World de Roger Corman,  Cannon o Embassy, donde asiste al propio Charles Band en la dirección de Parásito (Parasite, 1982) y Metalstorm: The Destruction of Jared-Syn (1983), Peter Nanoogian parecía estar más que preparado para librar su propia batalla, así que tras participar en el filme episódico El amo del calabozo (Ragewar /The Dungeonmaster, 1984), para el que escribe y dirige el segmento Cave Beast, recibe el encargo de Empire de  hacerse cargo de Eliminators, una producción que en principio se pensaba rodar en Florida contando con una fuerte inversión por parte de Bob Guccione, propietario de Penthouse. Financiación que le permitiría contar con unos efectos especiales de John Buechler presupuestados en 200.000 dólares. Pero al volver de buscar localizaciones en los Everglades y los pantanos de Florida, Manoogian se llevó el gran chasco al ser informado de los nuevos planes que Band tenía para la producción:

Charlie Band me dijo: ‘Peter, no haremos la película en Florida porque he decidido que no quiero tener ningún compañero coproductor en ella. Yo mismo aportaré el dinero y la haremos por 600.000 dólares en España’. Me dejó destrozado. Le contesté: ‘Charlie, la película está ambientada en los Everglades’. Me dijo: ‘¡No te preocupes, encontraremos una selva en España!’”[1]

Ilustración promocional realizada para las ventas en el extranjero

Charles Band había oído hablar de lo ajustado de presupuesto que le habían resultado a Eduard Sarlui  de Transworld Pictures las dos producciones que rodó en España, Leviatán (Monster Dog, Claudio Fragasso, 1984) y Cosmos Mortal (Alien Predator, Deran Sarafian, 1985). “Charlie quedó tan impresionado de que se pudiera hacer una película con tan poco dinero que pensó que debería financiarla él mismo y así ganaría mucho más dinero. Así que tuve que buscar localizaciones en España y reescribimos el guión”. [2]

Eliminators contó con el guión de Paul de Meo y Danny Bilson, guionistas de confianza de Band que volverían a colaborar con Nanoogian en Arena, ring de las galaxias (Arena, 1989). Lo cierto es que la historia que escribieron no es demasiado compleja:

Takada (Tad Horino) y Reeves (Roy Dotrice) son dos científicos que disponen de una máquina del tiempo, con la que envían al pasado a su mandroide (Patrick Reynolds). Cuando el despiadado Reeves sugiere a Takada que desmantele al Cyborg, pues ya ha dejado de serles útil, este intentará escaparse con él. En su huída Takada será herido de muerte por los secuaces de Reeves, no sin antes indicarle al mandroid que debe buscar al Coronel Hunter.

El Coronel Hunter resultará ser Nora Hunter (Denise Crosby), una atractiva científica que tras escuchar lo que le cuenta el mandroide, entenderá que sus descubrimientos han sido utilizados para crear aberraciones (como el propio Cyborg). Partirá pues junto a él para enfrentarse a Reeves. Con ellos irá el pequeño robot Spot y Harry Fontana (Andrew Prine), un aventurero al que contratarán para que les lleve en su barco a la isla donde está el laboratorio de Reeves, cerca de México. Finalmente se les unirá Kuji (Conan Lee), un Ninja que resultará ser hijo de Takada y que al enterarse del fin de su padre, se unirá al grupo para vengarse.

Una vez en la fortaleza de Reeves, descubrirán que ha modificado su cuerpo convirtiéndose en un poderoso mandroide y que planea viajar al pasado para convertirse en César de la antigua Roma. Pero gracias a la intervención de los Eliminators, Reeves terminará en la era Silúrica, millones de años antes de la aparición del hombre en la tierra[3].

El mandroide en modo oruga…

Los resultados, como no podía ser de otra forma no satisficieron al director, que tenía claras las carencias del producto: Mi problema principal con la película fue el guión. Es como un dibujo animado (…) no es el tipo de película que quisiera hacer, es como un Indiana Jones de pobre. Si vas a hacer una película como esa, tienes que hacerla por 30 millones de dólares y dejar que la acción brille. Pero Charlie no deja que ese tipo de contratiempos lo detengan, lo cual explica por qué ha hecho más de 200 películas”[4].

La cinta se inicia con unos confusos títulos de crédito compuestos por un batiburrillo de imágenes entre las que vemos un ser con media cara ‘a lo Terminator’, romanos (sí, romanos) y alguien que tiene un accidente de avión. La perplejidad da paso sin respiro al comienzo de la película que se desarrolla en el laboratorio donde conoceremos a los doctores Takada y Reeves y al mandroide, un organismo cibernético creado con partes mecánicas y orgánicas. Aunque el aspecto de su cara es insultantemente similar al que lució ese mismo año Arnold Schwarzenegger  en Terminator, de James Cameron, lo cierto es que ciertas características de su diseño nos trae a la memoria a Robocob, lo cual resulta curioso, ya que la cinta de Paul  Verhoeven no se estrenaría hasta tres años después del estreno de Eliminators. También comparte con el protagonista del filme de Verhoeven que ambos personajes tan solo conservan de humano la cabeza, siendo el resto mecánico. Así vemos como adapta armas a su brazo o sustituye sus piernas por lo que llama ‘unidad móvil’, accesorios que resultarán, tal y como veremos a lo largo de la cinta, francamente ineficaces: las armas lanzan unos proyectiles con sonido y aspecto de cohete verbenero,  y la ‘unidad móvil’ más que velocidad y autonomía,  ralentiza y entorpece el desplazamiento del mandroide. Eso sí, esta ‘unidad móvil’ luce magníficamente bien en los carteles promocionales y carátulas del filme.

El ‘mandroide’ y Spot, tal para cual…

Además del cyborg tenemos otro ingenio futurista, Spot, (Search, Patrol Operacional Tactician), un pariente lejano de R2-D2 con aspecto de aspiradora que pretende ser un desahogo simpático a la acción y un guiño hacia el público infantil. Spot terminará siendo una especie de compinche del mandroide, llegando a situarse en su hombro, como si del loro un corsario se tratara. Continuando con los paralelismos efectuados con la saga galáctica, Harry Fontana sería el equivalente, en pobre, a Han Solo: un buscavidas que con su barco (de significativo nombre, No questions!), llevará al grupo a su destino y terminará luchando codo a codo junto a los protagonistas. La taberna donde será contratado no tendrá tanta clientela de diversos pelajes como la que muestra el filme de George Lucas: los principales competidores de Fontana para hacerse con el encargo del grupo de aventureros será Betty Bayou, (claramente una lesbiana) y su compañero Maurice (un homosexual). Dos arquetipos sexistas que perseguirán a los protagonistas con su lancha y serán ridiculizados en diversas ocasiones pretendidamente cómicas.

Pero no todo es acción en Eliminators. También se intenta introducir con calzador su cuota de drama e interés romántico cuando vemos que el  mandroide conserva parte de su memoria humana. Averiguamos que se llamaba John, tenía mujer e hijo y se estrelló con un avión antes de ser convertido por los doctores Reeves y Kanada en un mandroide para sus experimentos. También comenzará a tener dudas existenciales, llegando a pedir a la doctora que lo desactive en una escena que desemboca en algo parecido a un intervalo romántico que terminará en un beso interrumpido por el simpático SPOT.

Ya en la isla el grupo tendrá más aventuras: serán apresados por  unos extraños seres que resultarán ser neandertales traídos por Reeves con su máquina del tiempo; y se les unirá un nuevo miembro, Kuji, un Ninja que resultará ser hijo del doctor Takada. Porque no hay nada más natural que el hijo de un científico se haga Ninja. Kuji va equipado con sus nunchakus, un elemento que por cierto se censuró en Inglaterra, donde había una ley que no permitía mostrarlos, así que esta escena fue recortada en las ediciones de video que se editaron en la pérfida Albión.

La delirante aparición del Ninja motivará que incluso Harry Fontana exclame algo que muchos espectadores piensan:

“¿Esto qué es? ¿Un cómic? Tenemos robots, tenemos cavernícolas, tenemos Kung-Fu… Pero ya está bien, ¿entienden?: renuncio”

Es posible que el personaje hablara por boca del director, el reparto, el equipo y gran parte de los espectadores, pero faltaba el delirio final, protagonizado por Abbott Reeves, que convertido en una poderosa reinona  Cyborg, con capa y escudo y armado con un rayo destructor de átomos, planea ir a la antigua Roma para ser su nuevo César. Pero como ya hemos indicado antes, nuestros amigos terminarán con sus planes enviándolo, de forma casual, a la era Silúrica.

Con semejantes medios y argumento fue todo un mérito que los actores se tomaran medianamente en serio sus papeles pero, ¿Quién puede censurárselo?

Denise Crosby no resulta en Eliminators nada creíble como mujer de acción. Nieta de Bing Crosby, al que nunca llegó a conocer, Denise fue en 1979, con tan solo 22 años, protagonista de un soberbio reportaje fotográfico en Playboy que posiblemente hizo revolverse en su tumba a su mítico abuelo, fallecido tan solo dos años antes. Pero a Denise le llegó la inmortalidad (o algo así) gracias a que llegó a entrar a formar parte de Star Trek, la nueva generación (Star Trek: The Next Generation), donde encarnó durante siete años a la Teniente Tasha Yar, papel que compaginó con otras series televisivas y películas como Muñeco diabólico (Child’s Play, Tom Holland, 1988), El cementerio viviente (Pet Sematary, Mary Lambert, 1989) o Il ritmo del silenzio (Andreas Marfori, 1993), junto a Traci Lords. En la actualidad continúa realizando pequeños papeles para cine y televisión, además de acudir a convenciones Trekkies.

El mandroide / John está encarnado por Patrick Reynolds, otro nieto ilustre, ya que su abuelo era nada menos que R.J. Reynolds, fundador de una de las más importantes industrias tabaqueras norteamericanas (Camel, Winston…). Patrick estudió cine y su documental Berkeley se presentó en Cannes en 1970. Fue invitado por Robert Altman a participar en Nashville (1975), a raíz de lo cual decidió dedicarse a la actuación, faceta en la que no tuvo mucha suerte a tenor de su filmografía, compuesta por series de televisión y pequeños papeles en largometrajes, muchos de ellos sin acreditar, como hippy bailarín en Hair (Milos Forman, 1979); Hare Krishna en Aterriza como puedas (Airplane!, Zucker, Zucker y Abrahams, 1980) o bailarín en Xanadú (Xanadu, Robert Greenwald, 1980). Así que su primer y único papel importante fue el que le proporcionó Eliminators, experiencia que Reynolds no ha dudado en calificar como los tres meses y medio más memorables de su vida.

Montando un mandroide…

En todo caso si el actor se ha hecho popular no ha sido por el cine, sino por la campaña que inició contra el consumo de tabaco mediante su organización por una América libre de humo. Y es que, paradójicamente, el nieto se rebeló contra el imperio que su abuelo ayudó a fundar.

Andrew Prine es, como Harry Fontana, posiblemente uno de los actores que quedan más aparentes en el filme. Y es que Prine es un prolífico actor de teatro, televisión y en menor medida, cine, al que pueden ver en películas como El milagro de Anna Sullivan (The Miracle Worker, Arthur Penn, 1962) o Chisum (Andrew V. McLaglen, 1970), pero también en La tumba de la isla maldita (Julio Salvador / Ray Lanton, 1973), una coproducción hispano-americana rodada en Turquía en la que compartía reparto con Teresa Gimpera, Patty Shepard y Frank Braña. Tras su intervención en Eliminators su carrera sorprendentemente no se resintió y continuó su itinerario por diferentes series televisivas. Recordado es su papel como uno de los visitantes de la serie V (1983). Recientemente Rob Zombie contó con él para  que realizara un pequeño papel en The Lords of Salem (2012).

Aunque se tuvo en consideración a Don ‘The Dragon’ Wilson, para el papel de Kuji el Ninja, finalmente fue Conan Lee quien interpretó y coreografió sus intervenciones en el film. Nacido en Hong-Kong como Lloyd Hutchinson, Conan ha realizado su poco remarcable carrera a caballo entre su lugar de nacimiento y Estados Unidos. Estudiante de Wing chun, Kung-fu, Taekwondo, Karate y boxeo, creó su propia arte marcial que bautizó como  ‘Realistic Fist’.

Roy Dotrice es un prolífico profesional británico que dos años después de interpretar a Leopold Mozart en Amadeus, de Milos Forman, se las tuvo que ver encarnando al villano de la función, Abbott Reeves, en Eliminators. Todavía muy en activo, su papel más reciente es en la serie Juego de tronos (Game of Thrones).

Como ya se ha comentado con anterioridad, Charles Band decidió que la producción se rodara en España, contando con parte autóctona del equipo y del reparto. Como ejecutivo de producción, por la parte americana se contó con un hombre de confianza de la compañía, Dennis Stuart Murphy, responsable de otros producciones como Re-Animator; Zone Troopers (1985) de Danny Bilson (uno de los guionista de Eliminators); Torok el Troll (Troll, John Carl Buechler, 1986) o  Dolls (Stuart Gordon, 1987). Pero para la parte española, esta labor la realizó el director Carlos Aured, detengámonos un momento en este nombre.

Carlos Aured, que inició su carrera como ayudante de León Klimovsky, se lanzó a la dirección en solitario realizando algunos de los más memorables títulos españoles del terror de los setenta como El espanto surge de la tumba (1973), El retorno de Walpurgis (1973) o La venganza de la momia (1973). Cuando llegó el boom del cine ‘S’ dirigió varias cintas eróticas, entre las que destacaron La frígida y la viciosa (1981) y El fontanero, su mujer, y otras cosas de meter… (1981). Cuando recibió la propuesta de colaborar en algunas coproducciones con Estados Unidos, Carlos Auredquería descansar, replantearme las cosas y meditar sobre la insoportable levedad del ser, así que me pareció una buena idea”[5]. En la primera de ellas, Leviatán (1984), cinta dirigida por Clyde Anderson (Claudio Fragasso) y lanzada en video como Monster Dog, título que también recibiría en Estados Unidos, Carlos Aured realizó labores de producción y guión. En Cosmos mortal (Alien Predator, Deran Serafian, 1985) rodada casi a la vez que la anterior, también se encargó Aured de la producción.

Posiblemente su participación en estos dos títulos facilitó el que Carlos Aured trabajar en Eliminators, una decisión que como veremos terminará  lamentando. Otros técnicos y actores españoles que habían participado en estas cintas se incorporaron a la producción Empire, como el actor Charly Bravo o el director artístico Gumersindo Andrés, que trabajó en los tres proyectos. En Eliminators se encargó de ambientación y decorados. Con una  larga carrera a sus espaldas, Andrés había trabajado en los años setenta en muchas películas de terror, coincidiendo con Carlos Aured en El espanto surge de la tumba (1973), La venganza de la momia (1973) y Los ojos azules de la muñeca rota (1974).

La producción también contó con la participación del realizador cinematográfico Francisco Lara Polop como asistente de director.

El mandroide en el taller…

Los efectos especiales de maquillaje estuvieron, por la parte americana, a cargo de Everett Burrell, responsable el año anterior de los de Re-Animator (Stuart Gordon, 1985). Y por parte española estuvieron a cargo de Carlos Paradela, que creó maquillajes especiales para La furia del hombre lobo (José María Zabalza, 1972) o El buque maldito (Amando de Ossorio, 1974), por nombrar algunos de sus múltiples trabajos. Su hija Mar Paradela, que debutó en Eliminators encargándose de peluquería, compaginó este trabajo con el de maquilladora hasta la actualidad  en películas como El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), o las series Hispania e Isabel, de TVE.

En cuanto a los intérpretes españoles, su participación fue muy poco destacada:

Luis Lorenzo interpreta a Maurice, uno de los roles de afeminado que tantas veces interpretara en cine y televisión. Nos viene a la memoria el de hombre lobo amanerado en El liguero mágico (Mariano Ozores, 1980) o su personaje en El chiste (Eduardo Manzanos, 1976); el chamán neanderthal está interpretado por Pepe Moreno, actor nacido en Chiclana (Cádiz) con una larga trayectoria entre la que destaca El huerto del Francés (Jacinto Molina, 1978); Charly Bravo, que encarna al barman de la taberna donde los protagonistas contratan los servicios de Harry Fontana, tiene una larguísima filmografía, en la que destaca, precisamente por ser uno de sus contados papeles protagonistas, el de Robin Hood nunca muere (1975) de Francesc Bellmunt, cinta de aventuras que produjo Profilmes. En 2012 Charly Bravo, junto a otros actores olvidados por la industria, fue homenajeado en el documental Contra el tiempo de José Manuel Serrano Cueto. Finalmente la cinta cuenta con la presencia de un joven Gabino Diego, que interpreta un minúsculo papel como vigilante de seguridad.

Eliminators fue rodada íntegramente en Madrid, de junio a mediados de octubre de 1985. Patrick Reynolds recuerda que el tiempo fue especialmente caluroso.

Peter Nanoogian, que llegó a Madrid acompañado de Marc Ahlberg, el director de fotografía y de su ayudante de dirección, no sabía gran cosa sobre el equipo español que iba a encontrarse, y mucho menos sobre Aured: No conocía su trayectoria, aunque cuando llegué a España tenía entendido que había trabajado en películas eróticas y que nunca rodó con sonido directo[6]. Precisamente esa inexperiencia con el sonido directo fue una de las principales quejas de Nanoogian, “¡Teníamos un equipo técnico de nivel inferior que ni siquiera sabía cómo grabar el sonido! Fue una pesadilla. Afortunadamente tuvimos seis semanas de preparación, lo cual es extraño en una película de Charlie. Se dio cuenta de que esta era una película mayor con muchos efectos especiales”[7]. Y pronto comenzaron los problemas de liquidez: “Charlie estaba diciendo a Carlos que teníamos 600.000 dólares. Pero cuando hice el primer presupuesto me di cuenta de que no podríamos hacer la película por menos de 900.000 dólares. Carlos se encontraba entre la espada y la pared porque siempre estaba intentando recortar gastos y no sabía realmente cómo tratar con todo esto. No sabía lo que debería costar una película de este tipo. Y entonces, a las dos semanas de rodaje me di cuenta de que la película tardaba en rodarse el doble de lo previsto (…) Así que un rodaje de cuatro semanas se convirtió en uno de ocho semanas y la película terminó costando alrededor de un millón de dólares. A pesar de todo creo que a cambio del dinero obtuve muchos valores de producción, construimos algunos decorados enormes y las actuaciones fueron buenas. Se la mostré a un amigo mío que trabajaba como jefe de producción en Cannon y pensó que nos debimos gastar alrededor de 3 millones de dólares[8].

Aured no recuerda la experiencia con tanta satisfacción: Eliminators, (…), fue un desastre. Por “blancas y polvorientas razones” que no vienen al caso, el director se pasó de tiempo y presupuesto en un 120% (…) y me dejaron colgado con ciento ochenta mil euros de deudas a mis espaldas. Tuve que andar escondido, pues los acreedores me perseguían”[9].

Denise Crosby, Andrew Prine y Patrick Reynolds.

La película se estrenó el 31 de enero de 1986 en casi 1000 salas estadounidenses, recaudando durante el primer fin de semana, 1.987.072 millones de dólares de los 4.601.256  millones totales de su recaudación. Poco después se editó en videocasete por Playhouse Video, la división infantil de CBS/FOX Video, donde continuó su andadura por los video clubs norteamericanos.

En muchos países europeos, incluida España, la película fue directa al estante del video club. Entre los más exóticos nombres que recibió podemos destacar Decapitron (Francia), Os Mercenários da Aventura (Portugal) y Destroyers (Alemania).

Resulta cuanto menos curioso que en muchas de estas carátulas venia una sinopsis un tanto libre del argumento. Por ejemplo, la que venía en la edicion española de CBS/FOX nos narra lo siguiente:

“Diana Carson, una profesora de matemáticas y física recibe la trágica noticia de la desaparición de todos los chicos de un campamento de verano, entre los que se encontraban sus hijos. Diana decide salir en su busca. Todas las pistas conducen a Abbott Reeves, un genio renegado que capitanea las terribles legiones de Worship. Para conseguir la liberación de sus hijos, Diana Carson alista a un grupo de guerreros: Reinhardt, un ex-mercenario, junto a su robot Robota, el Ninja Kuji y el poderoso Crossbow. Juntos se convierten en una fuerza invencible de eliminators vengadores”. Un imaginativo argumento que se repite en las carátulas noruegas, por poner un ejemplo.

Andrew Prine, Conan Lee y Denise Crosby

La versión VHS argentina editada por Magia Video Home también recurrre a la imaginación para explicar el argumento de Eliminators, titulada allí Los aniquiladores:

La importante KGB busca apoyo en la CIA para lograr encontrar y reducir a una muy peligrosa organización delincuente que con técnicas sofisticadas elude constantemente a la ley. Los EE.UU. tampoco logran someterlos pero encargan a un grupo profesional privado la misión ‘aniquilar’. Ellos son una MERCENARIA, un BOINA VERDE, un MANDROIDE (mitad hombre, mitad máquina) y un NINJA, cada uno es el mejor en lo suyo… juntos son ‘LOS ANIQUILADORES’ ”

Lo más curioso es que estos falsos argumentos se repiten por internet, figurando en algunos de los portales de cine más populares de la red, perpetuando así otro de los múltiples misterios de la era VHS, muchos ellos producto de la picaresca de las casas editoras.

Bueno, digamos que tienen poseen ciertas similitudes.

En cuanto a su edición digital, la norteamericana Shout! Factory  editó en DVD Eliminators en 2013 formando parte de un cuadruple ‘SciFi Movie Marathon’ ochentero junto Arena (1989), también de Nanoogian, America 3000 (David Engelbach, 1986) y The Time Guardian (Brian Hannant, 1987). Y diciembre de 2015 la misma compañía la editó en formato Blu-ray formando programa doble con The Dungeonmaster / Ragewar, película en episodios de la que recordemos, Nanoogian dirigió uno. La edición cuenta entre sus extras con una entrevista con el director.

Finalmente, no sabemos si puede decirse que un filme como Eliminators puede haber dejado huella, más allá de las deudas que persiguieron a Carlos Aured durante años. Nanoogian reconoce que se la han acercado jóvenes que en 1986 eran niños reconociendo cuanto les gustó la cinta. Posiblemente uno de ellos podría haber sido el director Steven Kostanski, que ha reconocido en Eliminators su principal fuente de inspiración para Manborg (2011), película con la que también comparte un delirante argumento y puntos en común: soldados que vuelven a la vida como Cyborgs y una banda de aventureros que deberán luchar contra hordas de demonios en un futuro apocalíptico.

 

NOTAS:
[1] Jay, D., Dewi, T. y Shumate, N. Empire of the B’s: The Mad Movie World of Charles Band. Hemlock Books Limited, 2014. Pág. 263
[2] Íbidem.
[3] El Silúrico es el periodo de la era Paleozoica que abarca desde el final del Ordovícico (hace 443,7 ± 1,5 millones de años) hasta el principio del Devónico (hace 416,0 ± 2,8 millones de años). La base del Silúrico viene marcada por un gran evento de extinción, en el que aproximadamente el 60% de las especies marinas se extinguieron.
[4] Jay, D., Dewi, T. y Shumate, N. Opus cit.
[5] López, D. y Pizarro, D. Silencios de pánico. Historia del cine fantástico y de terror español 1897-2010. Tyrannosaurus Books, Barcelona 2014. Pág. 452-453.
[6] Jay, D., Dewi, T. y Shumate, N.
[7] Íbidem
[8] Ïbidem
[9] López, D. y Pizarro, D. Opus cit.

Los viajeros del tiempo: Theremin, mutantes, androides y playmates

Los viajeros del tiempo es una película deudora de la ciencia ficción pulp de los años treinta. Con una argumento de lo más ingenioso, Ib Melchior, director y guionista del filme, supo mezclar paradojas temporales bien elaboradas, con ciencia ficción apocalíptica y el resultado, aún siendo una serie b futurista de las muchas que se rodaron durante los años de la Guerra Fría, no deja de estar un tanto por encima gracias a sus trabajados efectos especiales y al uso del color, que le añade una fuerza visual y dramática muy interesante. La acción de Los viajeros del tiempo arranca el 11 de julio de 1964 desde un laboratorio en el que tres científicos: el Dr. Erik Von Steiner (Preston Foster) y sus ayudantes Steve (Philip Carey) y Carol (Merry Anders) están probando una máquina del tiempo que han creado. Enfocada en un punto del campus de la universidad desde la que trabajan, pueden ver los avances de su invento en una gran pantalla. Con ellos también se encuentra Danny, un técnico en computadores (Steve Franken). En un momento del experimento se produce un accidente, los circuitos se sobrecargan y el tiempo se acelera deteniéndose 107 años en el futuro. Un futuro apocalíptico, pues en la pantalla solo puede verse un desierto aparentemente desabitado. También se percatarán de que la pantalla se ha convertido en una puerta, “una grieta en el espacio tiempo por la que puede pasar la materia” por la cual no tardarán en colarse los cuatro protagonistas para darse un paseo por ese devastado paisaje, saliéndoles a su encuentro unos deformes mutantes con aviesas intenciones. Huyendo de ellos se introducirán en una cueva, en la que serán rescatados por los últimos descendientes de los hombres “normales” y sus androides. Allí se adentrarán en un microcosmos habitado por súper científicos que

¡Androides antropomórficos!

pondrán al profesor y equipo al día de lo sucedido. Les explican que siguen en la Tierra, concretamente en el año 2017 y que el mundo se ha extinguido “por la locura del hombre”, a excepción de esos cien científicos, que están construyendo una nave con la que partir hacia un nuevo planeta habitable, Alfa Centauro 4, en un viaje de varias generaciones de duración que realizarán en animación suspendida, mientras los androides se hacen cargo de los pormenores de la travesía. La partida va a ser inminente, así que les proponen ayudarles a reconstruir su ventana del tiempo para que retornen al pasado. Pero aquí se produce la primera paradoja temporal, pues en vista del desastre acontecido, está claro que nadie llegó del futuro para avisar a la Humanidad del peligro que se avecinaba. No pueden volver, así que les proponen unirse a ellos en el viaje a Alfa Centauro, pero la nave no tiene suficiente capacidad, así que construirán una nueva puerta. El tiempo se echa encima, la nave va a partir y la puerta temporal está casi a punto cuando son invadidos por los mutantes, que sabotean el despegue de la nave, destruyéndola, mientras que nuestros protagonistas consiguen activar la puerta y entrar en ella junto a algunos habitantes de aquel mundo.

Aparecen en el campus, pero cuando van al laboratorio se ven a sí mismos antes del incidente. Dándose cuenta de que el tiempo allí es mucho más lento, tanto que casi parecen inmóviles, mientras que ellos se mueven tan rápidos que un minuto equivale a un año. Por lo que de seguir así, pronto morirán de viejos y desaparecerán. El  tiempo, que prosigue inexorablemente,  parece haberles tendido una trampa, repitiendo  los acontecimientos hasta llegar al accidente que inició todo, y mientras la máquina del tiempo avanza hacia 2017, ellos deciden  entrar aleatoriamente en la pantalla, antes de que se detenga. Y veremos que han tomado una buena decisión, pues lo que se nos muestra es lo más parecido a un paraíso. Por su parte, tras detenerse la

Los placeres de Alfa Centauro 4

máquina en 2017 todo volverá a comenzar, repitiéndose todo lo que  hemos visto una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez…

En esta ingeniosa fantasía, técnicamente muy bien resuelta, tanto las maquetas como las transparencias siguen funcionando lo suficiente como para haberla convertido en una joyita camp de ciencia ficción en la que resulta fundamental el uso del color. Junto a estos efectos ópticos, algunos personajes realizan trucos de magia, que ofrecen un resultado de lo más marciano a esta fantasía, que contiene algunos momentos impagables, como la interpretación de Reena (Delores Wells) con el Lumicor, una especie de instrumento musical mezcla de órgano y theremin, o  la visita a la sección de montaje y fabricación de androides, cuya  música no ayuda a que la tomemos muy en serio. Y es que en Los viajeros del tiempo el humor no falta, monopolizado casi en su totalidad por el personaje de Danny, interpretado por Steve Franken al que muchos recordarán  como aquel inolvidable camarero que progresivamente va emborrachándose en El guateque (The Party, 1968), la magnífica comedia de Blake Edwards. Este personaje, el más mundano de cuantos habitan la película de Melchior, no tarda en calibrar las posibilidades de confraternizar carnalmente con las habitantes de ese mundo futuro, obteniendo un gran éxito con Reena, una muy turgente humana interpretada por Delores Wells, popular por haber protagonizado el desplegable central del Playboy de junio de 1960, además de haber

Delores Wells Playmate junio 1960 nos espera en el futuro.

participado en algunas de las fantasías surfistas protagonizadas por Frankie Avalon y Annette Funicello. También destaca el veterano Preston Foster como Von Steiner, así como la participación como extra (con frase) de Forrest J Ackerman, padre de todos los coleccionistas de memorabilia de cine fantástico y gran especialista en literatura de ciencia ficción. Por su parte los mutantes, algunos de los cuales miran despreocupadamente riendo a la cámara, estaban encarnados por jugadores de baloncesto, concretamente de Los Angeles Lakers.

Esta fantasía lamentablemente no ayudó a levantar la carrera de Ib Melchior como realizador, que tan solo dirigió un título más, The Angry Red Planet. Nacido y educado en Dinamarca, Melchior se dio tempranamente cuenta de que lo que le tiraba era el faranduleo, así que se unió a una compañía teatral británica para recorrer mundo. Tras la Segunda Guerra Mundial, que pasó en el Servicio de Inteligencia de Estados Unidos, se introdujo en televisión y más tarde en el cine,

ejerciendo especialmente de guionista del género que más le agradaba: la ciencia ficción, colaborando en los guiones de Reptilicus (Sidney W. Pink, 1961), Journey to the Seven Planet (Sidney W. Pink, 1962) y  Robinson Crusoe on Mars (Byron Haskin, 1964). También se encargó de los textos de la versiones americanas de El rey de los monstruos (Gojira no gyakushû, Motoyoshi Oda, 1955) bautizada allí como The Volcano Monsters y Terror en el espacio (Mario Bava, 1965), allí Planet of the Vampires. Además de diversos trabajos televisivos en series como The Outer Limits o Men Into Space, escribió

Ib Melchier (1917-2015)

The Race, historia en la que se basó La carrera de la muerte del año 2000 (Death Race 2000, Paul Bartel, 1975) y su remake de 2008. Pero a pesar de que sus guiones para  Robinson Crusoe on Mars (Byron Haskin, 1964) y The Time Travellers inspiraron claramente los de las series televisivas de Irwin Allen Perdidos en el espacio (Lost in Space, 1965) y El túnel del tiempo (The Time Tunnel, 1966-67), respectivamente,sin ser en ningún momento acreditado, Melchior prefirió no litigar para no tener que enfrentarse al poderoso productor televisivo y poder seguir trabajando en Hollywood sin problemas. Mucho más tarde y quizás reconociendo su deuda con él, Prelude Pictures le contrató como consultor en su película Perdidos en el espacio (Lost in Space, 1998, Stephen Hopkins), pero Melchior nunca recibió el pago estipulado de beneficios y aunque en esta ocasión si pleiteó, la Corte Suprema se negó siquiera a revisar el caso.

Afortunadamente hubo quien si pareció reconocer sus méritos: en 1976 la Academy of Science Fiction and Horror Films le concedió un Saturn Award como Mejor Escritor por el conjunto de su carrera.

(Artículo publicado previamente en Klowns Horror Fanzine Nº 6 Especial viajes en el tiempo, 2017)

“Lo que niegas, te somete; lo que aceptas, te transforma”: una interesante charla con Fabricio D’Alessandro

15 febrero 2018 Deja un comentario

Tal vez el nombre de Fabricio D’Alessandro no les resulte familiar. Si les decimos que este joven argentino afincado en Barcelona, tutor del Master de Dirección de la escuela FX ANIMATION Barcelona 3D &Film School, es el autor de Oculto al sol, ya se irán poniendo en situación. Y si han visto su debut en el largo de ficción (¡si no lo han hecho, corran a hacerlo!) estarán de acuerdo con nosotros en que nos va a dar muchas alegrías a los amantes del cine. La semana pasada os hablábamos de su película, esta semana os traemos una breve charla con él. Fabricio D’Alessandro tiene muchas cosas que decir, las plasma en su cine, pero también en sus palabras y es todo un placer escucharle. ¡Pasen y leánle!

El cine, como la fotografía, se fundamenta en un procesamiento de la luz y sus contrastes, en Oculto el sol tú usas ese principio físico para indagar en nuestra condición humana, ¿Cómo te planteaste ese paralelismo? ¿Qué querías expresar?

Hay algo de mi búsqueda personal que pivotea en torno al “despertar” como un nuevo estadio de la conciencia. Carl Jung habla de la oscuridad como un lugar sagrado de conocimiento que nos conduce a la verdadera iluminación. Aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de sus vidas, fuerzan a la conciencia cósmica que los reproduzca tantas veces como sea necesario para que les deje alguna lección. Lo que niegas, te somete; lo que aceptas, te transforma. Buscando esa transformación, apareció la imagen de un gran eclipse solar capaz de proyectar una sombra que me dejaba -a mí y a muchos otros- en la oscuridad; perdido, frágil, solo… Pero, al mismo tiempo, me daba todas las respuestas que necesitaba para comprender que la verdadera luz estaba ahí. Como idea argumental me pareció potente para unificar varias historias que nos hagan pensar, reflexionar sobre los deseos y sobre lo que no es fácil de ver.

Tu película nos ofrece siete historias de vida independientes que nos son mostradas en paralelo, ¿fue difícil articularlas entre sí para mantener el suspense sin que hubiera declives de interés en el conjunto?

Fue mi mayor desafío. Trabajamos duro con Federico Viescas (colaborador en el trabajo con los actores) para pensar en cómo articular las historias desde el guion y el trabajo continuó en el montaje. Filmar de manera coral no es sencillo, hay que tener muy claro dónde se pretende llegar. Personalmente, estoy muy satisfecho con la edición final, creo que fue una búsqueda intensa que construyó un alma propia, una especie de espíritu que hace que el film se mantenga en pie.

Unas historias son más sombrías que otras, ¿Lo tuviste en cuenta a la hora de montarlas? ¿Cómo trabajaste la iluminación en cada una?

Sí, cada historia fue premeditada en función de las otras. Yo ya había pensado un orden y también tenía una idea planteada sobre cómo quería que funcionasen. La premisa era siempre tener una columna vertebral de la película y para ello me apoyé en la historia de Lorenzo. Esa historia (que no es más importante que otras) es la que me sirvió como estructura. Es la historia más sombría definitivamente, por eso la elegí para amalgamar la trama. He tratado siempre de jugar con la luz natural que me daban los espacios y utilizar algún refuerzo para iluminar rostros u oscurecerlos. Jugar con la luz y las sombras me permitió encontrarle el tono a cada historia.

Has elegido un eclipse de sol para mostrar el lapso temporal que subyace al conjunto, ¿Por qué un eclipse? ¿Cuál es su valor simbólico?

El eclipse es un concepto potente en cuanto a muchas cosas. Dicen que cuando los eclipses suceden la energía de las personas se altera y ni nos enteramos. Además, siempre me han llamado la atención. Nos hace percatarnos, en cuestión de segundos, de lo pequeños que somos en esta galaxia. El eclipse como símbolo es potente porque la luz nos hace ver una realidad determinada (Platón lo explica muy bien con su alegoría). Cuando esa luz se apaga, las sombras desaparecen y nos encontramos con nosotros mismos, con la verdad de lo que somos. Es un momento de lucidez, de iluminación, aunque parezca lo contrario.

Has adaptado en tu película una obra de teatro, ¿Qué relación crees que hay entre el cine y el teatro? ¿Ha sido difícil mantener su esencia original sin que el producto no dejara de ser cinematográfico? ¿Cuáles han sido tus modelos?

La película está basada en escenas teatrales creadas por sus intérpretes, que funcionan como disparadores para la película. La relación entre el cine y el teatro es estrecha y al mismo tiempo es distante. Me interesa el cine, lo que hago es cinematográfico. Me gusta el tratamiento de la música y del sonido, pero también me interesa el trabajo actoral en base a lo que me dan los ensayos, y es ahí donde encuentro relación con el teatro. Me baso en el trabajo que ha hecho John Cassavettes en “Shadows” o Jim Jarsmuch en “Coffe and Cigarrettes”.

Háblanos de ti, ¿Cuándo nace tu vocación por el cine? ¿Te ha ayudado tu experiencia como docente para enfrentar tu propia creación? ¿Qué nuevos proyectos tienes en mente?

Mi vocación por hacer cine nace de pequeño, cuando jugaba con mis hermanos con una cámara de video VHS. Grabo cortos desde los 10 años, algunos como actor y otros como director. Creo que he filmado más de 50 cortos en toda mi vida. A medida que fui creciendo, involucraba a todo el curso del colegio y luego vinieron los compañeros de la universidad. Ahora tengo la suerte trabajar con otros profesionales. Mi experiencia como docente en la escuela FX ANIMATION Barcelona 3D & Film School, me conectó con una parte que desconocía de mí mismo. Ahora escribo una nueva película sobre docencia y espero que este lista pronto. Estoy muy ansioso.

¿Ha sido difícil sacar adelante un proyecto tan personal? ¿Con qué trabas y con qué apoyos te has encontrado? ¿Qué les recomendarías a otros directores que estén preparando su debut?

Hacer esta película me hizo más fuerte de lo que me consideraba. Estaba acostumbrado a trabajar con presupuestos medianos, lo que te da ciertas ventajas, pero el hecho de no disponer de recursos económicos me hizo enfrentarme con mi creatividad y con la de todos los que me seguían. De golpe, todo se vuelve más pasional, sincero y productivo. Todos los que colaboraron y siguen colaborando en esta película lo hacen como un acto de amor, de fe, con las ganas que se necesitan para trabajar hoy en día en el cine. Eso se puede ver en el resultado. Pero, por otro lado, las desventajas son muchísimas. No poder acceder a mayores estándares de calidad, a pesar de tener acceso a equipamientos más profesionales, es una gran desventaja porque usarlos implica recursos para trasladarlos, operarlos, y luego trabajar un workflow del que uno no dispone con tan pocas herramientas. Mi recomendación para otros directores es que hagan lo que puedan con lo que tienen. El resto viene solo.

¿Alguna recomendación final?

Sí: no os perdáis “Oculto el sol” y procurad apagar la luz que os rodea, ahí sucede la magia.

Oculto el sol, la vida como claroscuro

Siempre estamos ante la luz. La luz, esa fuente esencial de todo lo que se da en y ante nosotros, de cómo vemos y de qué vemos. Sin luz no hay mirada. Sin luz no hay vida. Sin luz no hay cine. Pero tampoco lo hay sin sombra que contraste. La luz no puede ser sin oscuridad que la resalte. Oscuridad y luz se implican en su ser contrarias y los contrarios alcanzan el ser gracias a su oposición, no son el uno sin el otro. Por eso, en el lugar del límite, los opuestos son el otro, el mismo.

Es profundizando en lo oscuro que podemos definir lo luminoso, afirma Jung. Las palabras de Jung presiden y dan sentido a Oculto el sol. Fabricio D’Alessandro, en su opera prima, reflexiona sobre la dialéctica luz/oscuridad para mostrar como es en el claroscuro, en el lugar del eclipse, donde se despliegan nuestras vidas. Lo hace con un filme coral que se mueve entre el drama y el suspense, en el que siete historias de vida, ajenas entre sí, se entrelazan bajo el manto de un eclipse solar, que es físico, pero también personal. Ana y Mora, dos amigas que se cuelan en la casa de una famosa actriz; Lorenzo, un músico que descubre que sus padres actuales no son los auténticos; Laura, una novia que no quiere acudir a su boda; Fedérico, un chico que acosa a su ex amante, Juana, mientras espera a su esposo; Gustavo, un bailarín frustrado que no quiere salir a escena; Ginna, la esposa de un médico con fobia a la soledad, una soledad en la que intuye presencias extrañas, y Clara, que busca comunicarse con su hermano. Siete estados mentales, que en manos de D’Alessandro se convierten en un bosquejo de la psique humana.

Oculto el sol es un ejercicio de estilo con mucha escuela (que no escolar), perfecto en su lógica interna y lleno de sugerencias. Un filme que se juega en el tablero de la metáfora y nos habla de la importancia de la conciencia y el sentimiento a la hora de tomar decisiones, una idea que su director venía madurando hace tiempo. Su punto de partida es una obra teatral compuesta por siete escenas cortas, en la línea del Jarmusch de Coffe and cigarettes (2003), que inspiró a D’Alessandro su trabajo de adentramiento en las profundidades del inconsciente, colectivo e individual.  Para llevarlo a cabo se impusieron una serie de restricciones que permitieron el afloramiento de una obra fresca y lúdica en la mejor línea del Oulipo. Sólo dos actores por relato, una única localización para cada episodio y una sola toma para cada escena, permiten capturar la inmediatez y la irrepetibilidad del teatro, sin olvidar, no obstante, lo cinematográfico. Cada capítulo es una acción viva y única en la que los actores se rinden a su papel y brillan con luz propia como si estuvieran sobre un escenario en contacto directo con el público. Pero la cámara no es invisible, se la nota en su cascada de planos cortos, en su juego con el eje para transmitir todos los ángulos de una acción, en su seguimiento del personaje, D’Alessandro se expresa con el lenguaje del cine. Oculto el sol no es, pues, teatro filmado, es una pieza que nace allí donde se imbrican las dos disciplinas artísticas, es una apuesta formal por maridar ambos modos de la representación. Y el resultado no podía ser más interesante.

Aunque teja siete historias independientes, no estamos ante una película de episodios sino ante toda una cinta puzzle. Ese carácter le viene dado por el recurso temporal de hacer que todas transcurran en el mismo lapso, ese eclipse solar que se resolverá fuera de campo y que las hace participar de una misma idea de fondo. Pero la coincidencia temporal y la unidad conceptual no es lo único que convierte a los relatos en un mismo todo. Es el montaje el que logra convertir las siete tramas en una sola, D’Alessandro las despliega en paralelo fluyendo de una otra como si fueran el mismo río y sabe secuenciarlas y dosificarlas de modo que la intriga permanezca constante. En la película no hay valles, no declina el interés, su ritmo no se atropella ni decae, cada historia es un crescendo y la excusa del eclipse permite que el clímax sea común a todas. El momento de mayor brillo coincide, en todas, con el instante del sol oculto, para descender después suavemente hacia la sombra cuando regresa la luz. La oscuridad es, para los personajes, el ámbito de la magia, la luz el espacio de la realidad, y Oculto el sol los transporta de uno al otro con la dulzura de la melancolía, sembrando en el espectador la necesidad de investigar sobre sus propios claroscuros, sus propios eclipses interiores.

Coral y personal, simultáneamente, el primer largo de ficción de Fabricio D’Alessandro da buenas referencias de sus dotes cinematográficas. Estamos ante un debut prometedor que emociona y mueve a reflexión, dos ingredientes que convierten a su director en autor y a la cinta en una pequeña (gran) obra de arte.

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