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La noche del demonio, ¿hay cosas que es mejor no saber?

John Holder (Dana Andrews) es un psicólogo americano que viaja a Inglaterra llamado por el profesor Harrington (Maurice Denham), que intenta desenmascarar a un misterioso ocultista. A su llegada Holden recibe la noticia de la muerte del profesor, que ha sido encontrado  salvajemente mutilado tras electrocutarse.

 Holden, con la ayuda de Joanna (Peggy Cummins), sobrina del difunto profesor Harrington, iniciará una investigación que le llevará a conocer al doctor Karswell, el enigmático personaje que  había sido desafiado por el  profesor Harrington. De forma extraña llegará a las manos de Holden un viejo pergamino escrito con caracteres rúnicos sobre el que descubrirá que, si no lo devuelve antes de tres días a la persona que se lo hizo llegar, morirá víctima de un encantamiento.

 “¿Escéptico? No saque conclusiones precipitadas hasta haber visto esta obra maestra de lo macabro”

(Frase promocional de La noche del demonio)

 

La noche del demonio (Night of the Demon, Jacques Tourneur, 1957) está lejos del cine de terror que produjo la Universal durante los años treinta y cuarenta, en el que los protagonistas eran los monstruos, hoy clásicos, que tantos dividendos rindieron al estudio y tan buenos momentos ofrecieron al espectador. El filme de Tourneur se encuentra más en sintonía con ese otro fantástico ambiguo, apoyado en lo sobrenatural que gusta más de sugerir que de mostrar y que nos dejó memorables títulos durante los años cuarenta, varios de ellos producidos por Val Lewton, como La mujer pantera (Cat People, 1942) y Yo anduve con un zombi (I Walked with a Zombie, 1943), ambas dirigidas también por Jacques Tourneur, o La maldición de la mujer pantera (The Curse of the Cat People, Robert Wise y Gunther von Fritsch, 1944), además de otros filmes anteriores y posteriores como The Uninvited (Lewis Allen, 1944), The Haunting (Robert Wise, 1963), Village of the Damned (Wolf Rilla, 1960) o Suspense (The Innocents, Jack Clayton, 1961). Películas muy distintas a los productos de serie B en los que degeneraron  tanto el cine de terror como el de ciencia-ficción, que inundó los cines norteamericanos durante los años cincuenta a base de alienígenas y mutantes gigantes.

La noche del demonio parte de El maleficio de las runas (Casting the Runes), un relato corto incluido en la antología Collected Ghost Stories del inglés Montague Rhodes James (1862-1936), medievalista, lingüista y estudioso de la Biblia aficionado a escribir deliciosos cuentos de fantasmas. De El maleficio de las runas  se transcribe la esencia al adaptarlo al cine, pero se introducen significativas variaciones que amplían la acción y, sobre todo, intensifican la intriga. Así el nigromante, del que en el relato solo tenemos información mediante terceros, tiene desarrollo propio cobrando mucha más entidad. Se añade una subtrama que tendrá gran importancia en la narración: el episodio que protagoniza un acólito de la secta acusado de asesinato y que permanece en estado catatónico tras ser encarcelado. También son modificados los personajes (e incluso se añade uno, el de la madre del mago): si en el relato los principales son dos hombres, en la película uno de ellos pasa a ser mujer, lo que introduce un interés romántico. Finalmente al protagonista se le cambia la nacionalidad, pasando de ser inglés a americano, y se le da el carácter de científico escéptico; de ese modo se introduce un nuevo interés temático a la trama, pues en su desarrollo se enfrentarán la actitud crítica contra la crédula y fanática. Lo que sí se habría conservado, de no ser por las injerencias del productor (como veremos más adelante), habría sido la ambigüedad sobre lo sobrenatural, con lo que la película, probablemente, habría sido más redonda de lo que ya es.

La escritura del guion contó con el concurso de varios escritores, aunque la voz cantante la tuvo Hal E. Chester, quien se impuso por ser productor de la película. Chester se inició en el cine produciendo una larga serie de filmes basados en el boxeador Joe Palooka, personaje de tira de prensa creado por Ham Fisher, pero su figura nos interesa más porque, además del filme que estamos tratando, también se encargó de co-producir la memorable El monstruo de tiempos remotos (The Beast from 20,000 Fathoms, Eugène Lourié, 1953).

Para dirigir la película, producida por Columbia Pictures y que se rodaría en Inglaterra entre noviembre y diciembre de 1956, se contrató al eficiente Jacques Tourneur (1904-1977), responsable de que estemos hablando de este filme casi sesenta años después.  Hijo del también cineasta Maurice Tourneur, Jacques trabajó a caballo entre el cine norteamericano y francés. En 1942 dirigió La mujer pantera, que fue seguida por Yo anduve con un zombie y  The Leopard Man (ambos de 1943) , ingeniosos filmes producidos por Val Lewton para RKO que, a pesar del éxito que obtuvieron, no deportaron mayores réditos al director, quien tuvo que contentarse con seguir realizando diversas producciones navegando entre géneros con varias perlas entre ellas, como Retorno al pasado (Out of the Past, 1947) o El halcón y la flecha (The Flame and the Arrow, 1950). Afortunadamente sus obras han sido lo suficientemente reivindicadas como para que se le haya dejado de considerar un simple artesano.

Antes de iniciar el rodaje de La noche del demonio, Jacques Tourneur se documentó eficazmente,  entrevistándose en Londres con espiritistas y magos, visitando casas encantadas y leyendo varios tratados de demonología. Para encarnar a John Holden, papel por el que se mostraron interesados otros actores como  Robert Taylor y Dick Powell,  el director escogió a su amigo Dana Andrews, eficiente actor curtido en papeles secundarios hasta que llegó su oportunidad de oro con el que posiblemente sea su filme más popular, Laura (Otto Preminger, 1944). El resto del elenco fue, en su extensa mayoría, contratado en Inglaterra, como es el caso de la bella actriz galesa Peggy Cummings, ya retornada de su aventura en Hollywood tras cinco años en los cuales protagonizó, entre otras, la película de culto El demonio de las armas (Gun Crazy, Joseph H. Lewis, 1950). Para el tercer papel en importancia, el del elegante y luciferino  satanista Karswell, se escogió a Niall McGinnis. El personaje de Karswell  estaría basado, según Jesús Palacios[1], en el mago inglés Aleister Crowley, pero no vemos demasiados puntos en  común entre ambas figuras. Mientras La Gran Bestia se dedicó a difundir su filosofía fundando su propia orden e instalándose con sus seguidores en Cefalú (Sicilia), donde se entregó al consumo de drogas y la promiscuidad bisexual, el literario y ambiguo Karswell,  vive plácidamente con su dulce madre organizando fiestas para niños en las cuales realiza trucos de ilusionismo disfrazado de payaso.

La noche del demonio ocupa un lugar destacado en la filmografía de Tourneur, y si no se encuentra en escalones más elevados es por culpa directa del productor Hal E. Chester, que se entrometió en la labor del director de tal forma que Dana Andrews amenazó con abandonar si no lo dejaba trabajar en paz. La última jugada del productor se produjo ya en ausencia de Tourneur y con la película finalizada: la inclusión de ciertos planos que cambian totalmente el tono de la cinta.

Jacques Tourneur ya tenía gran parte de los deberes hechos cuando se hizo cargo de la dirección de La noche del demonio. La experiencia adquirida junto a Val Lewton y los excelentes resultados obtenidos con los tres filmes que dirigió para él, en especial La mujer pantera, le demostraron que a veces menos es más y que es mejor sugerir que mostrar. Entender que el espectador es un ser -en muchos casos- inteligente que puede sacar sus propias conclusiones y lecturas tras ver un filme. Porque, ¿Quién necesita ver a Simone Simon transformándose en pantera? De acuerdo, tiene su gracia ver, por ejemplo, a un gorila hembra convertirse en Acquanetta en los dos delirios que produjo Universal[2], pero estamos hablando de otro tipo de fantástico muy diferente. Así que comprendemos que no le hiciera ninguna gracia a Tourneur que se incluyeran en el filme, sin su consentimiento, esos planos insertados  por el productor que mostraban a un simpaticote demonio, echando a perder en parte la verosimilitud de una historia que, tal y como estaba narrada, permitía que fuera el propio espectador quien decidiera  si los sucesos acontecidos tenían, o no, base sobrenatural. El mismo Tourneur aclaró que  “Las escenas en las que se ve al demonio fueron rodadas sin mí. Todas excepto una. Yo rodé la secuencia en los bosques donde Dana Andrews es perseguido por una especie de nube. Esa técnica debiera haber sido usada en las demás escenas. El público nunca habría visto por completo al demonio (…) Pero después de haber acabado [la película] y de vuelta a Estados Unidos, el productor inglés hizo esa cosa horrible”.[3]

Y gracias precisamente a esos planos, el campechano diablo protagonizó toda la cartelería del filme, y el estudio pudo añadir una nueva y sensacionalista frase promocional prometiendo “Un monstruo llegado del infierno que se materializa ante los aterrorizados ojos de los espectadores.” Y ante los también aterrorizados ojos del director, añadiríamos.

Tal y como escribió Pablo Herranz, “Tourneur es más bien un esteta, cuyo cuerpo de creencias y convencimiento en la existencia del más allá no requería de efectos pirotécnicos, sino que se apoyaba en un recurso tan sutil como la ambigüedad[4]. Una ambigüedad sugerente que es construida por la propia puesta en escena en la que todos los elementos están puestos al servicio de crear una atmósfera altamente expresiva. Tourneur habla con los signos del lenguaje audiovisual, todos ellos inciden en la trama,  desde los decorados a la iluminación pasando, sobre todo, por la construcción de los encuadres, esa forma de componer los planos en la que hasta los ángulos son significativos (recurriendo a la inclusión del techo si es necesario, en la línea de Welles y Toland). En La noche del demonio todo estaba pensado para que entraran en debate la racionalidad y la superstición, el escepticismo y las creencias ocultistas, un debate en el que se contemplaban los límites de ambos polos.  Con clara conciencia de que el sueño de la razón también genera monstruos, por una parte, y de   que en lo oculto también puede haber sentido, de la otra (es por eso que en el filme pueda resultar más siniestra una sesión de hipnosis controlada científicamente que una sesión de espiritismo). Tourneur quería que cada espectador se forjara su propia lectura no sin dejar una suave advertencia de que tal vez hay cosas que es mejor no saber.

En todo caso, con o sin diablo, el filme de Tourneur está situado, por méritos propios,   entre los más importantes del cine de terror de los años cincuenta, y su demonio es todo un personaje icónico que incluso ha tenido el honor de ser retratado por el sin par Basil Gogos para protagonizar  la portada de la revista  Famous Monsters.

Tras La noche de demonio, Jacques Tourneur no volvió a colaborar con el productor Hal E. Chester. Regresó a Estados Unidos, donde compaginó el cine con la televisión y no volvió al fantástico hasta el final de su carrera, dirigiendo La ciudad sumergida (The City Under the Sea, 1965) y La comedia de los terrores (The Comedy of Terrors, 1963), filme en el que tuvo ocasión de trabajar con Boris Karloff, Peter Lorre, Basil Rathbone y Vincent Price.

La noche del demonio se estrenó en Inglaterra formando programa doble con 20 Million Miles To Earth (Nathan Juran, 1957), mientras que en Estados Unidos lo hizo con la producción Hammer Revenge of Frankenstein (Terence Fisher, 1958), aunque con el título Curse of the Demon y recortada en doce minutos que suprimían importantes escenas, como la de la visita de Holden a Stonehenge, imagen que, curiosamente, se recogía en el cartel con el que se promocionó allí el filme.

BIBLIOGRAFÍA
-Anónimo. “La maldición del demonio” Famosos ‘Monsters’ del Cine. Barcelona, Garbo Editorial, 1975.
-Díaz Maroto, C. La noche del demonio. Madrid, Notorious Ediciones, 2010.
-Herranz, P. “La noche del demonio”. Quatermass, Bilbao, verano 2004.
-Palacios, J. “Apéndice II: Crowley Superstar”. Satán en Hollywood. Madrid, Valdemar, 1997.
NOTAS
[1] Palacios, J. “Apéndice II: Crowley Superstar”. Satán en Hollywood. Madrid, Valdemar, 1997. Pág. 319.
[2] Captive Wild Woman (Edward Dmytryk, 1943) y Jungle Woman (Reginald Le Borg, 1944)
[3] Díaz Maroto, C. La noche del demonio. Madrid, Notorious Ediciones, 2010. Pág. 22-23
[4] Herranz, P. “La noche del demonio”. Quatermass, Bilbao, verano 2004. Pág. 103

‘Dies Irae’, a la derecha del Hijo o la doble feminidad

                                                                                    Quantus tremor est futurus,

                                                                                    quando iudex est venturus,

                                                                                    cuncta stricte discussurus!

 

Día de la ira habría de ser el día del juicio implacable sobre los vivos y los muertos. La cólera divina es un tema que inflama la imaginación del cristianismo, tan contradictoria esa ira con el “amaos los unos a los otros”, hasta el punto de que el Dies irae fue un momento de la liturgia del réquiem hasta 1970. Carl Theodor Dreyer busca en el himno del siglo XIII atribuido al franciscano Tomás de Celano la inspiración[1] para una de las más bellas denuncias del fanatismo, Dies Irae, su segundo largometraje sonoro que fue un fracaso estrepitoso de público (como Vampyr once  años atrás, por otra parte), pero que ha quedado consagrado como uno de sus filmes más inspirados. Una auténtica obra de arte cumbre en su exigua y magistral carrera.

Solo quienes forjaron su discurso en el mudo son capaces de rodar así, porque en la madurez del periodo silente el lenguaje cinematográfico alcanzó su máxima precisión, su máxima capacidad de explotar los recursos de la luz y el movimiento, la planificación y la sintaxis del montaje. Y Dies Irae es una buena muestra de ese talento de pionero que está creando código y no solo estilo. Cada una de sus secuencias es una filigrana, son delicadas y pulidas lecciones de cómo narrar con imágenes, habremos de seleccionar bien para dar cuenta de ellas en tan breve espacio.

Desde su prólogo hasta su epílogo, toda la película está puesta al servicio de una idea: el antagonismo entre lo espontáneo y lo reglado, entre la luminosidad de lo natural y el obscurantismo de la superchería y el fanatismo. Y está dialéctica se despliega, a varios niveles, a modo de contraposición de espacios y a modo de contraste entre los personajes y su concepto. Es así como la caza de brujas en la Dinamarca del siglo XVII sirve como falsilla para denunciar la intolerancia, la hipocresía y la iniquidad en cualquier época y lugar (de hecho buena parte de la crítica hace hincapié en que su rodaje se dio en plena ocupación Nazi, con los consecuentes paralelismos que se quieran apuntar). Y la brillantez de Dreyer se deja apreciar en su capacidad de huir de todo discurso maniqueo, por lo que guarda relación con el fondo, y en su virtud de dejar casi en suspenso la inocencia/culpabilidad de la protagonista, por lo que hace referencia a los tópicos formales del género.

Por si fuera necesario, resumamos el argumento: Dinamarca, 1623. En plena caza de brujas, Absalom (Thorkild Roose), un viejo sacerdote, parece haber salvado a una mujer de la hoguera, para salvar, a su vez, a la hija de esta, Anne (Lisbeth Movin), casándose con la joven. Merete (Sigrid Neiiendam), la anciana madre de Absalom, desaprueba desde el principio el matrimonio. Todo se desestabilizará con la persecución, detención y ajusticiamiento en la hoguera de Marte Herlofs (Anna Svierkier), amiga de la madre de Anne, y la llegada de Martin (Preben Lerdorff Rye), el hijo de Absalom, que regresa a casa para conocer a su madrastra. El joven se enamorará de ella y ambos compartirán una relación prohibida que tendrá inesperadas consecuencias. Como puede apreciarse la historia está llena de claroscuros y esa será una de las primeras decisiones de puesta en escena: la mímesis con los pintores de la escuela barroca que encabezaron Rembrant y Vermeer, pero, sobre todo, con la obra del danés Vilhelm Hammershøi en el punto de mira.

La fotografía de Karl Andersson, con un empleo prodigioso de la luz y la sombra que nos hace pensar en los rasgos característicos del expresionismo, retrata unos interiores dominados por la verticalidad en los que los personajes componen auténticos tableaux vivantes. Las panorámicas de Dreyer dan cuenta minuciosa de esos espacios habitados por el hieratismo de la norma expresando su rigidez con la propia rigurosidad formal con las que son concebidas esas largas tomas. Es el lugar de la represión del cuerpo bajo la idea de dominar la tentación, de enderezar aquello que propende a lo sinuoso rehuyendo la supuesta rectitud moral. Los cuerpos han de ser doblegados y castigados, no es vano que uno de los decorados reproduzca la sala de torturas donde es hostilizada Marte, en una escena que resume a la perfección lo que venimos diciendo. Pero cuando la cámara de Dreyer/Andersson sale al exterior, abandonamos la sensibilidad barroca para abrazar de pleno el arrebato de los pintores románticos. Y el cambio de referente pictórico obedece a la voluntad de expresar la contraposición entre espíritu y carnalidad, dándose la paradoja (nada involuntaria) de que es cuando se adentra en el terreno del amor en el sentido más físico del término, cuando la película parece entonar un éxtasis místico. Así el contraste entre interiores y exteriores expresa una dicotomía central en la película, la que opone la religión a la fe; la primera sería solo un elemento de represión, mientras que la segunda solo se haría posible mediante un acto de amor y liberación (incluido su sentido erótico).

Habría sido fácil atribuirle a lo femenino la representación del valor edificante, frente a la represión que vendría asociado al principio masculino, pero Dreyer huye de posturas bipolares. El penetra en la dialéctica de los opuestos, es por ello que articula las contradicciones señaladas a través de la tensión entre dos formas de vivir la feminidad, la que representa Anne y la que representa su suegra, Merete. El antagonismo entre ambas figuras se cifra en la distinta posición ante lo que es o no moralmente condenable, si la primera apuesta por la entrega a la sensorialidad de la vida, la segunda se decanta por el otro extremo, la adscripción a unas inapelables leyes de una moral supuestamente superior. Merete cree actuar correctamente, mientras que Anne acaba por creer que es verdaderamente portadora del mal. El tratamiento que Dreyer da a la figura de Anne, y la soberbia actuación de Lisbeth Movin, pueden parecer dar pie a la ambivalencia, pero una correcta lectura de la escena final desambigua nuestro juicio. Nos encontramos en el funeral de Absolom, las dos mujeres flanquean los costados de su ataúd, Anne vestida completamente de blanco, Merete de negro, teniendo al crucificado como eje de simetría. Martin, por su parte, cambiará su posición, si primero lo encontramos al lado de su joven madrastra amante, acabará haciendo piña con su abuela, un movimiento que será detonante de la confesión de Anne, reconociendo su alianza con el mal. Pero es la ubicación de ambas mujeres respecto a la cruz la que es significativa, Merete está a la izquierda, el lugar de lo siniestro. La película sentencia, pues, que ella es la verdadera bruja. Y así se verá en el Día de la Ira.

                                                                            Inter oves locum præsta,

et ab hædis me sequestra,

statuens in parte dextra.

 

[1] Para ser más exactos, ese himno inspiró al dramaturgo Hans Wiers-Jenssen cuya obra, Anne Pedersdotter, adapta el filme.

FlixOlé restaura ‘Rojo y negro’ la película falangista que prohibió la dictadura

En la actualidad, Rojo y negro (Carlos Arévalo, 1942) es unánimemente considerada una de las mejores películas de los años cuarenta, aunque la historia del cine también la recordará como la obra falangista que el propio Franco censuró.  Esta joya a reivindicar desapareció, y no fue hasta los años noventa cuando la cinta fue descubierta. Desde entonces es considerada un clásico mayor de nuestro cine, un mito dentro del séptimo arte que se ha dejado ver en muy contadas ocasiones. FlixOlé estrena en exclusiva una copia restaurada en HD de esta cinta maldita.

La película Rojo y negro tuvo como protagonistas a Ismael Merlo y a Conchita Montenegro, siendo una de las pocas producciones españolas en las que participó la actriz que llegó a compartir cámara junto con Buster Keaton y Ramón Novarro en Hollywood. Ello es solo una muestra de lo inaudito que resultó el largometraje de Carlos Arévalo en el contexto de la cinematografía de nuestro país en los años cuarenta.

Esta obra viene a enriquecer el patrimonio cinematográfico español, con la restauración en HD de todo el metraje, un trabajo que viene desarrollando FlixOlé desde sus inicios. En el enlace al final de la nota se podrá comprobar, con imágenes del antes y el después, cómo se ha mejorado visualmente esta cinta.

Rojo y Negro, la película:

La película cuenta los días previos y las primeras contiendas de la Guerra Civil mediante una pareja de novios: ella es falangista y él militante comunista. La cinta no escatimaba críticas al bando republicano, como tampoco a las checas ni a la crueldad de sus carceleros. Sin embargo, al final mostraba el arrepentimiento del militante comunista, en algo parecido a una apuesta por la reconciliación de ambos bandos. Ése era un mensaje que el franquismo no podía permitir.

Otra de las razones que hace única a Rojo y negro es la forma de contar la trama. Carlos Arévalo se atrevió a llevar a la gran pantalla un ambicioso barroquismo visual con escenas convertidas ya en icónicas, como aquella que recorre las habitaciones de la tristemente famosa checa de Fomento. Fragmentos como éste convierten a Rojo y negro en la película más arriesgada, experimental y atrevida de todo el cine de los años cuarenta.

Dichas razones hicieron que, apenas cumplidas unas semanas de su exitoso estreno, la cinta fuese prohibida y sus copias secuestradas. No quedó ni rastro de ella, convirtiéndose en uno de los títulos más buscados por los aficionados. Su director, Carlos Arévalo, uno de los cineastas más prometedores del cine español de la posguerra, fue condenado al ostracismo. Vio cómo sus proyectos recibían cada vez más trabas por parte de la censura y la administración, obligándole a abandonar el cine durante 12 años.

La película pasó a convertirse en un secreto hasta los años noventa, cuando fue recuperada por Filmoteca Española. Consiguió entonces el elogio crítico y académico, y el largometraje se convirtió en un clásico indiscutible, a pesar de su cuestionable carga ideológica. Sin embargo, fuera de proyecciones en filmotecas y centros culturales, la película ha sido vista pocas veces, y a día de hoy sigue siendo poco conocida.

FlixOlé hace por fin accesible a todos los aficionados del séptimo arte una verdadera obra maestra del cine español, perfectamente restaurada en calidad 4k en las instalaciones de Video Mercury.  Continuando así su decidida apuesta por dar a conocer las mejores películas españolas con la mejor calidad de imagen y sonido.

COMPARATIVA RESTAURACIÓN

Conjuros y ritos paganos en la Inglaterra moderna


LA NOCHE DEL DEMONIO: ENTRE RUNAS ANDA EL JUEGO

La noche del demonio parte de El maleficio de las runas (Casting the Runes), un relato corto incluido en la antología Collected Ghost Stories del inglés Montague Rhodes James (1862-1936), medievalista, lingüista y estudioso de la Biblia aficionado a escribir deliciosos cuentos de fantasmas. El guion del filme nos narra como John Holder (Dana Andrews) psicólogo americano, intentará desenmascarar, con ayuda de Joanna (Peggy Cummins), al enigmático doctor Karswell. Pero de forma extraña llegará a las manos de Holden un viejo pergamino, escrito con caracteres rúnicos, sobre el que descubrirá que, si no lo devuelve antes de tres días a la persona que se lo hizo llegar, morirá víctima de un encantamiento.

Antes de iniciar el rodaje de La noche del demonio, Jacques Tourneur se documentó eficazmente, entrevistándose en Londres con espiritistas y magos, visitando casas encantadas y leyendo varios tratados de demonología. Para encarnar a John Holden, papel por el que se mostraron interesados otros actores como Robert Taylor y Dick Powell, el director escogió a su amigo Dana Andrews, eficiente actor curtido en papeles secundarios hasta que llegó su oportunidad de oro con el que posiblemente sea su filme más popular, Laura (Otto Preminger, 1944). El resto del elenco fue, en su extensa mayoría, contratado en Inglaterra, como es el caso de la bella actriz galesa Peggy Cummings, ya retornada de su aventura en Hollywood tras cinco años en los cuales protagonizó, entre otras, la película de culto El demonio de las armas (Gun Crazy, Joseph H. Lewis, 1950). Para el tercer papel en importancia, el del elegante y luciferino satanista Karswell, se escogió a Niall McGinnis. El personaje de Karswell estaría basado, según Jesús Palacios, en el mago inglés Aleister Crowley, pero no vemos demasiados puntos en común entre ambas figuras. Mientras La Gran Bestia se dedicó a difundir su filosofía fundando su propia orden e instalándose con sus seguidores en Cefalú (Sicilia), donde se entregó al consumo de drogas y la promiscuidad bisexual, el literario y ambiguo Karswell vive plácidamente con su dulce madre organizando fiestas para niños en las cuales realiza trucos de ilusionismo disfrazado de payaso.

La noche del demonio ocupa un lugar destacado en la filmografía de Tourneur, y si no se encuentra en escalones más elevados es por culpa directa del productor Hal E. Chester, que se entrometió en la labor del director de tal forma que Dana Andrews amenazó con abandonar si no lo dejaba trabajar en paz. La última jugada del productor se produjo ya en ausencia de Tourneur y con la película finalizada: la inclusión de ciertos planos que cambian totalmente el tono de la cinta. Y es que Jacques Tourneur ya tenía gran parte de los deberes hechos cuando se hizo cargo de la dirección de La noche del demonio. La experiencia adquirida junto a Val Lewton y los excelentes resultados obtenidos con los tres filmes que dirigió para él, en especial La mujer pantera (Cat People, 1942), le demostraron que a veces menos es más y que es mejor sugerir que mostrar. Así que comprendemos que no le hiciera ninguna gracia al director que se incluyeran en el filme, sin su consentimiento, esos planos insertados que mostraban a un simpaticote demonio, echando a perder en parte la verosimilitud de una historia que, tal y como estaba narrada, permitía que fuera el propio espectador quien decidiera si los sucesos acontecidos tenían, o no, base sobrenatural.


EL OJO DEL DIABLO: CELUI QUI NE DANSE PAS NE SAIT PAS CE QUI VA SE PASSER

Inmersa en plena era pop, El ojo del diablo respira, al igual que los otros dos títulos comentados, un inequívoco aire británico, a pesar de que su acción esté ubicada en Francia. Pero ahí finaliza lo que pueda tener en común con las otras dos cintas, pues al contrario de estas, no hablamos de una secta satánica regida por un carismático líder, sino de un culto, una religión pagana, cuyo rito de fertilidad incluye el sacrificio del señor de Bellenac. Un culto milenario que acerca esta película a los parámetros del, muy en boga ahora, Folk Horror.

La historia es sencilla, Philippe de Montfaucon (David Nivel), señor de Bellenac,  es reclamado cuando las viñas comienzan a dar escasos frutos y deberá sacrificarse en un rito que se perpetúa generación tras generación. Todo esto lo descubrirá su esposa, Catherine (Deborah Kerr), y naturalmente el espectador, de manera progresiva. Para perpetuar el pagano rito, el pequeño hijo de la pareja deberá ser iniciado cuando se sacrifique su padre.

Aunque no sea un culto satánico, el rito no deja de ser siniestro, con creyentes encapuchados con túnica y protegidos por dos hermanos, Christian (David Hemmings), siempre con el arco en la mano, y Odile (Sharon Tate), una sacerdotisa con poderes mentales. Dos fascinantes figuras totalmente vestidas de negro que añadirán inquietud, misterio y atractivo a la historia.

La película disfruta de una muy efectiva fotografía en blanco y negro que junto a unos silenciosos encadenados de planos cortos sumarán extrañeza a la propuesta de J. Lee Thompson. Si hubiera que darle un muy, muy gran pero, habría que darlo por el fallido casting de actores, pues tanto David Niven como Deborah Kerr resultan muy mayores y poco creíbles para el papel asignado, algo a lo que tampoco ayuda la actitud de la protagonista y la pasmosa tranquilidad que muestra ante los terroríficos acontecimientos que se están produciendo. Quizás influyera en ello el que tuviera que sustituir a la protagonista original, Kim Novak, al caerse de un caballo (o como comenta David Hemmings en su autobiografía, por una discusión con el productor del filme). De una forma u otra, el cambio obligó a rodar todo de nuevo con Deborah Kerr.

El ojo del diablo se estrenó en Inglaterra dos años después de rodarse, por lo que tanto Sharon Tate, que había debutado en la pantalla grande con esta cinta, como David Hemmings, ya gozaban de gran éxito por entonces al haberse estrenado antes El baile de los vampiros (Dance of the Vampires, Roman Polanski, 1967) y No hagan olas (Don’t Make Waves, Alexander Mackendrick, 1967) de Tate, y Blow Up (Michelangelo Antonioni, 1966) de Hemmings.


LA NOVIA DEL DIABLO: URIEL SERAFIN, IO POTESTA, SATI SATA, GALATÍN GALATÁ (Ritual Susama)

La Universal ya había mostrado un extraño culto con un carismático líder, Hjalmar Poelzig (Boris Karloff), con una personalidad basada en… efectivamente, Aleister Crowley, en la extraordinaria Satanás (The Black Cat, Edgar G. Ulmer, 1934), así que no es de extrañar que la británica Hammer Films también tratara esta temática cuando revivió los mitos del ciclo Universal durante los años cincuenta y especialmente en los sesenta y setenta. De hecho la primera incursión que hicieron en la temática, La novia del diablo (The Devil Rides Out, Terence Fisher, 1968) está basada en la novela de igual título de Dennis Wheatley, escritor inglés cuya prolífica producción de novelas de suspenso y ocultismo lo convirtió en uno de los autores más vendidos del mundo desde la década de 1930 hasta la de 1960. En 1934, Wheatley decidió usar el tema de la magia negra: “El hecho de haber leído mucho sobre las religiones antiguas me dio algunos antecedentes útiles, pero necesitaba información actualizada sobre los círculos ocultistas en este país. Mi amigo, Tom Driberg, (…), resultó de gran ayuda. Me presentó a Aleister Crowley, el reverendo Montague Summers y Rollo Ahmed”. La historia fue adaptada para el cine por el magnífico Richard Matheson, conservando así parte de su extraordinario corpus investigativo, pues durante el metraje se muestran prácticas y se nombran diversos grimorios y maneras de denominar el satanismo extraídos de la realidad y que Terence Fisher prolonga en los títulos de crédito del filme, repletos de simbología arcana.

La historia, que se rodó ante la insistencia de uno de sus protagonistas, el carismático Christopher Lee, de que el estudio británico adaptara alguna de las obras de Wheatley, narra la lucha de este, como Duc de Richleau, para rescatar a su protegido de las garras de una secta satánica liderada por el enigmático Mocata (un cautivador Charles Gray) personaje que el escritor basó, de manera más acertada que en La noche del demonio, en el mencionado mago británico Aleister Crowley.

El resultado no tan sólo satisfizo al aquí algo sobreactuado Christopher Lee, que declaró que era su película Hammer favorita, sino también al autor, a pesar de los cambios que se tuvieron que realizar para adaptar su novela. A medio camino entre el relato de terror y el de aventuras, pues no en vano su serie Gregory Sallust fue una de las principales inspiraciones para las historias de James Bond de Ian Fleming, quizás el resultado haya quedado un tanto trasnochado, aunque paradójicamente quizás ahí radique el encanto que actualmente pueda tener este filme, con unos primitivos efectos especiales y, otra vez, la necesidad de mostrar unos seres (incluido el propio Baphomet en pleno Sabbath), que quizás hubieran funcionado mejor de haber sido sugeridos.

 

Las brujas sobrevuelan México

La iconografía del diablo y la brujería en México es heredera directa del catolicismo impuesto (a fuego y sangre) por los conquistadores españoles. Así, en el cine mexicano podemos ver imágenes de brujería y juicios de la Inquisición con brujas y brujos condenados a la hoguera a imagen y semejanza de Europa en diversas películas, algunas de las cuales incluyen al mismísimo Satanás en el extenso inventario de monstruos y villanos del cine popular mexicano. Así, el barón Vitelius d’Estera (Abel Salazar) en El barón del terror (Chano Urueta, 1962) es juzgado por una larga lista de crímenes que incluyen brujería, necromancia y… adulterio, delitos por los que es condenado a la hoguera, de la que retornará 300 años después ya en la época contemporánea para vengarse de los descendientes de los jueces que lo condenaron convirtiéndose, cuando ha de matar, en un extraño y bizarro personaje que se alimenta de los cerebros de sus víctimas. En Atacan las brujas (José Díaz Morales, 1964), una de las tan encantadoras como torpes aventuras del chaparro luchador mexicano Santo, el enmascarado de plata, este se las verá con un grupo de satanistas comandados por Mayra, la Reina de las Brujas (interpretada por la siempre espectacular Lorena Velázquez), que querrán sacrificar a la heroína y al luchador en honor a Satán, su amo. Santo luchará contra ellas armado con la cruz, ante la que las brujas estallarán en llamas.

Dentro de una producción más importante como es Satánico Pandemónium (Gilberto Martínez Solares, 1975), podemos ver la figura del diablo tentando con las delicias de la carne a la atractiva hermana María (Cecilia Pezet), que entre delirios verá en el convento a todas las monjas poseídas y danzando desnudas en blasfemo aquelarre.

Pero como el espacio es el que es, vamos a centrarnos en tres de las más importantes producciones que sobre el tema nos ha legado la cinematografía azteca: El espejo de la bruja, Alucarda y Veneno para las hadas.



El ESPEJO DE LA BRUJA

Año: 1962 Director: Chano Urueta Guión: Alfredo Ruanota, Carlos Enrique Taboada Música: Gustavo César Carrión Fotografía: Jorge Stahl Jr. Duración: 73 min. Blanco y negro.

Reparto: Rosita Arenas, Armando Calvo, Isabel Corona, Dina de Marco, Carlos Nieto, Alfredo Wally Barrón

Sinopsis: Sara (Isabel Corona) es ama de llaves en el caserón habitado por su ahijada Elena (Dina de Marco) y el marido de esta, Eduardo (Armando Calvo). Sara es, además, una poderosa bruja que comparte su secreto con Elena. Juntas verán a través de un espejo mágico un futuro en el que Eduardo asesina a Elena para casarse con una joven mujer, Deborah (Rosita Arenas). Sara tratará por todos los medios de evitar el fatal acontecimiento, pero los espíritus ancestrales se lo prohibirán …

Los espejos siempre han casado bien con lo oculto, con lo fantástico. Desde el mágico espejo que consulta la pérfida madrastra de Blancanieves al espejo que libera la imagen de Balduin, El estudiante de Praga, los espejos pueden tanto devolvernos imágenes deformadas como ser puertas a otros mundos. En El espejo de la bruja, este ejercerá de estación de tránsito hacia otros mundos e instrumento mágico con el que bucear por el pasado y el futuro.

El espejo de la bruja está producida por Abel Salazar, actor metido a productor que quiso probar suerte con el cine de terror realizando fundamentales aportaciones al género como El vampiro, El ataúd del vampiro, o la delirante El barón del terror (1962), de la que ya les hemos hablado antes, dirigida también por Chano Urueta.

Rodada antes de la irrupción generalizada del cine de luchadores enmascarados que infantilizaría el género, El espejo de la bruja juega con elementos terroríficos y sobrenaturales: puertas que chirrían, corrientes heladas, música fantasmal o castillos de cartón piedra. Todo es excesivo y bello en esta producción que contiene unos tan sencillos como efectivos trucajes. Fuertemente influida por el cine norteamericano de la época, El espejo de la bruja es también una historia de tintes góticos con Mad Doctor y referencias a Las manos de Orlac (Orlacs Hände, Robert Wiene, 1924) y Los ojos sin rostro (Les yeux sans visage, 1960) de Georges Franju, que tanto influiría a su vez a Jesús Franco y su Gritos en la noche, realizada el mismo año que El espejo de la bruja.

En la cinta, ‘Satanaya’ y ‘Lucifudo’ son invocados por la bruja para que abran ‘todas las puertas de la infamia’ en esta historia escrita por los prolíficos Alfredo Ruanova y Carlos Enrique Taboada, que más tarde dirigió algunas de las obras capitales del cine de terror mexicano, como Hasta el viento tiene miedo (1968) y la que también trataremos en detalle aquí, Veneno para las hadas (1984).

Entre los actores protagonistas destaca un sobreactuado Armando Calvo; la venezolana Rosita Arenas, que también participa en La maldición de la llorona y un buen número de cintas mexicanas, entre ellas las dedicadas a la momia azteca; Isabel Corona, actriz que interpreta a la bruja y que estaba especializada en papeles dramáticos, y Dina de Marco, que desarrolló su carrera sobre todo en televisión.

El espejo de la bruja es encantadoramente naif, tiene desagradables maquillajes, efectos especiales artesanales y un ambiente gótico de pesadilla que la convierten en una pieza capital del cine fantástico mexicano.



ALUCARDA, LA HIJA DE LAS TINIEBLAS

Año: 1977 Director: Juan L. Moctezuma Guión: Alexis Arroyo, Juan López Moctezuma (Novela: Joseph Sheridan Le Fanu) Música: Anthony Guefen Fotografía: Xavier Cruz Duración: 85 min. Color.

Reparto: Claudio Brook, David Silva, Tina Romero, Susana Kamini, Lili Garza, Tina French, Birgitta Segerskog, Adriana Roel

Sinopsis: Justine (Susana Kamini) llega a un internado regido por religiosas y allí conoce a la extraña Alucarda (Tina Romero) con la que iniciará una profunda amistad. Paseando por el bosque encontrarán un extraño zíngaro (Claudio Brook) que les mostrará unos talismanes y el carácter de las chicas irá cambiando. Se volverán rebeldes y blasfemas, proclamando ante las monjas a Satanás como su maestro. Las monjas prepararán un exorcismo durante el cual fallecerá Justine. El doctor Oszek (Claudio Brook) rescata a Alucarda y la llevará a su casa. Pero Alucarda pronto poseerá, como hiciera con Justine, a Daniela (Lili Garza), la hija ciega del doctor, con la que vuelve al convento, donde se producirá el sangriento clímax de la historia.

No anda desencaminado Guillermo Del Toro cuando define al director Juan López Moctezuma como un pionero, un poeta maldito. Fuertemente influenciado por el polifacético Alejandro Jodorowsky, al que asistió en dos de sus radicales largometrajes: Fando y Lis (1968) y El topo (1970), Moctezuma fue contagiado con la visceralidad del chileno, su afán provocador, su capacidad de plasmar imágenes delirantes, en suma, su libertad.

Entrar en el universo de Moctezuma es sumergirse en un mundo fascinante, decadente, repleto de luces y sombras que resaltan los tétricos decorados casi orgánicos en los que habitan las jóvenes internas y la orden religiosa, que viste unas irreales túnicas a base de gasas que casi las asemeja a momias y que también nos evocan la pintura Muerte de Marat de David. Y es que Alucarda tiene una puesta en escena pictórica, las secuencia se suceden como auténticos tableaux vivants, y los siniestros decorados casi evocan las Carceri d’Invenzione de Piranesi. Es este tratamiento de la fotografía, la escenografía y el vestuario, el que la eleva por encima de otras producciones de su momento, y ello a pesar de que es fiel a las estrategias narrativas de los 70s (zooms, filtros, cámara lenta). Igualmente setentero es el desarrollo de lo erótico con ese efecto flow, pero, aunque sus escenas de fino erotismo estén rodadas con un filtro a lo Hamilton, resultan mucho más carnales que las del fotógrafo y cineasta inglés. Son unas escenas poderosamente sexuales, en especial el fascinante beso sangriento entre las dos jóvenes protagonistas. Gran parte de su sensualidad es responsabilidad de Tina Romero en la piel de Alucarda, con sus largos cabellos, su mirada penetrante, y sus ropajes negros, la joven encarna perfectamente la condición de bella y réproba tentadora que exige su personaje. De hecho, el trabajo actoral de Tina está por encima del de sus compañeros de reparto, aunque merece mencionarse a Claudio Brook, actor habitual de Luis Buñuel que aquí interpreta dos papeles totalmente diferentes demostrando una versatilidad digna de Lon Chaney, y a Tina French, que interpreta a la hermana Angélica, la cara opuesta de Alucarda.

Definir Alucarda resulta complicado. Dentro del cine de terror puede encuadrarse entre la serie de películas de posesiones satánicas que desató por todo el mundo la celebérrima El exorcista (The Exorcist, William Friedkin, 1973); teniendo además bastantes puntos en común con The Devils (Ken Russell, 1971), que asimismo trajo tras sí una larga estela de imitaciones; pero también tiene mucho de película de vampiros, porque López Moctezuma adoraba a estos seres:  “(…) la historia es cercana a esta tradición y su protagonista es una vampira, aunque no en el sentido de bebedora de sangre. De hecho, ella tiene todo el poder y los atributos del vampiro clásico, excepto que no bebe sangre”.  También puede y debe inscribirse entre los títulos que conforman la denominada nunsploitation. Finalmente, el filme tampoco desaprovecha otras referencias y adscripciones. Así, por ejemplo, el nombre de la amante de la protagonista es Justine, clara voluntad de citar a Sade y su Justine o los infortunios de la virtud, pieza en la que el Marqués se vale de la protagonista para simbolizar la virtud y manifestar su pesimista tesis según la cual, la virtud es sistemáticamente aplastada por el vicio; mientras que el vicio, libre de valores y principios, cobra ventaja y prospera. Semejante es el valor de ese personaje homónimo en el filme, Justine sería la virtuosa seducida por la demoníaca y vampírica Alucarda, sin embargo, la Justine de Moctezuma resulta un poco desleída por contraste con la protagonista, “es el tipo de personaje que resulta ridículo al lado de una criatura apocalíptica como Alucarda”. No queríamos concluir este recorrido por sus antecedentes y filiaciones sin mencionar que para su distribución en video en Estados Unidos no dudaron en presentarla como tercera secuela de la exitosa (y algo olvidada) Las torturas de la inquisición (Hexen bis aufs Blut gequält, Adrian Hoven/Michael Armstron, 1970). Ignoramos si la triquiñuela funcionó. En cualquier caso, y más allá de sus referentes, Alucarda es un filme mágico, extraño, surrealista.

Alucarda fue presentada en el Festival de Cine Fantástico de París y en el décimo Festival de Sitges, donde recibió buenas críticas y fue nominada a mejor película, pero solo obtuvo un reconocimiento genérico por su aportación al fantástico. El director llegó a plantearse una secuela de su película cuyo nombre no dejaba dudas sobre la afición del López Moctezuma por las películas de vampiros: Alucarda Rises from the Tomb, cinta que lamentablemente nunca se realizó.

A partir de ahí la carrera de Moctezuma, que nunca llegó a formar parte de la industria cinematográfica mexicana ya que no le admitieron en el poderoso sindicato de directores (STPC), fue bastante errática. Su siguiente filme, el thriller To Kill a Stranger, lo rodó diez años después. La cruda historia de canibalismo El alimento del miedo (1994), fue su película póstuma. Se estrenó once años después de su muerte, que le sobrevino en 1995, en el sanatorio mental en el que estuvo recluido los últimos años de su vida.

Como suele suceder, llegó la reivindicación de su figura y su cine. Tarde, pero siempre oportuna. “Hay quienes piensan que son filmes de culto, algunos más los aprecian y hay un pequeño grupo que lo considera seriamente como director. Pero la mayoría de los críticos lo desdeñan y eso le ha ganado una reputación de poeta maldito. Creo que a él le hubiera gustado esa clasificación”. Guillermo Del Toro (Sitges, 2002)



VENENO PARA LAS HADAS

Año: 1984 Director: Carlos Enrique Taboada Guión: Carlos Enrique Taboada Música: Carlos Jiménez Mabarak Fotografía: Guadalupe García Duración: 90 min. Color.

Reparto: Ana Patricia Rojo, Elsa María Gutiérrez, Leonor Llausás, Carmen Stein, María Santander, Lilia Aragón

Sinopsis: Las historias de brujería que cuenta la cocinera de su casa despierta la imaginación de la pequeña Verónica (Ana Patricia Rojo), quien presume de que ella misma es una bruja ante su condiscípula Flavia (Elsa María Gutiérrez). Debido a la incredulidad de su amiga, Verónica aprovecha una serie de circunstancias fortuitas para convencerla de que ha sido ella quien las ha provocado, valiéndose de sus artes mágicas. La inocencia de estos juegos adquiere un cariz macabro cuando Verónica insiste en que Flavia la invite a unas vacaciones en el rancho de su familia, en donde podrá preparar un veneno para las hadas.

“Las brujas lo pueden todo” es la frase que inflamará la, ya de por sí, fértil imaginación de Verónica. La sentencia prende sus juegos y su modo de relacionarse con las otras niñas, y, así, se presentará como bruja a Flavia, la compañera de clase que se incorpora empezado el curso. Taboada nos propone un descenso al trascendental mundo del juego infantil. El juego puede parecernos algo superfluo pero si lo analizamos de la mano de Huizinga constatamos que “la existencia del juego corrobora constantemente, y en el sentido más alto, el carácter supralógico de nuestro lugar en el cosmos (…), jugamos y sabemos que jugamos; somos, por tanto, algo más que meros entes de razón, puesto que el juego es irracional”. La virtud de Veneno para las hadas es saber instalarse en el universo de lo lúdico y su gravedad, a ello debe su adscripción al género fantástico, a su acendrada observación de la fantasía de unas niñas que incardinan su juego a la realidad, con funestas consecuencias.

Y decimos observación porque la cámara de Taboada es una auténtica voyerista de la actividad de las dos pequeñas. El mexicano nos sumerge en su mundo poniendo, de entrada, la cámara a la altura de sus ojos, un modo de colarnos en su absoluta intimidad, en la burbuja que su actuar representa respecto al mundo de los adultos. Y no solo se vale del punto de vista de la cámara para ello, la construcción de los encuadres, además, excluye totalmente del protagonismo a los adultos: cuando entran en plano lo hacen de modo que solo se les ve en parte, ya sea por un escorzo, ya sea porque ocupan un lugar no relevante y, sobre todo, porque nunca vemos sus rostros; son meras presencias fantasmales excluidas del universo de significación de la acción. Maticemos, sí vemos rostros adultos en el filme, pero siempre desde el punto de vista de Flavia, por virtud del montaje, vemos por sus ojos y vemos con la distorsión, el sesgo, que las patrañas que Verónica le insufla introducen sobre su percepción. Este acertado trabajo de la imagen deja para la posteridad bellos cuadros que retendremos en la memoria, por citar solo uno, nos quedamos con el plano de Flavia en el entierro de su profesora de piano (cuya muerte la niña atribuye a un conjuro de Verónica): llueve, los adultos visten de negro riguroso y Flavia de blanco, en un leve picado se nos muestra a la niña en el centro de la imagen como único personaje al que vemos el rostro, enmarcada por la aureola que los paraguas de los adultos construyen sobre ella. El terror que ella siente casi se nos antoja una presencia física.

Una encomiable economía de medios para lograr profundas cargas de efectividad es la que se manifiesta en el trabajo del director. Y donde no alcance la imagen, la música de Carlos Jiménez Mabarak vendrá en su auxilio. En la pieza, el compositor alterna temas rítmicos, apoyados en la percusión, incluido el uso percutante del piano, con otros de carácter lírico y orquestal. Los primeros refuerzan los temores de Flavia, mientras que el que acompaña al deambular de las dos niñas en la hacienda, cuando buscan los ingredientes del supuesto veneno para las hadas, tiene timbres ensoñadores que nos hacen saborear esa Arcadia feliz que la infancia parece en (y solo en) la memoria de los adultos. Que no hay idilio en lo infantil lo pone de manifiesto también la banda sonora. En el desenlace, cuando la morena Flavia se libra del acoso de Verónica, justo cuando el espectador toma consciencia de que para la rubia Verónica todo es una simple invención, cuando la encierra en el granero para quemarla por bruja, la película se cierra con un plano fijo del rostro de Flavia (excelente ahí el trabajo de Elsa María Gutiérrez) iluminado por las llamas, con una expresión difícil de definir que oscila entre la satisfacción y el alivio. Y ahí la música que suena es precisamente el tema romántico que las acompañaba en los momentos más inocentes. Taboada concluye, así, que la infancia es tortuosa y oscura, fantasiosa y terrible, porque es el momento en el que más receptivos somos a todos los estímulos y especialmente a los de la imaginación. Las brujas lo pueden todo y los niños son sus esbirros.

FlixOlé lanza una copia restaurada en alta definición de la obra maestra de Manuel Mur Oti, ‘Cielo negro’

Desde su recuperación a mediados de los ochenta, Cielo negro (Manuel Mur Oti, 1951) es considerada un auténtico clásico del cine español. Y sin embargo, a pesar de ello, ha sido una película invisible, con pocas emisiones en televisión y sin presencia en ninguna plataforma. FlixOlé, en su línea de recuperación del patrimonio de cine español, ha decidido ofrecer una copia original de esta película, después de un proceso de restauración completo tanto de imagen como de sonido y en calidad HD. Protagonizada por una espléndida Susana Canales (Premio CEC a la mejor actriz por su interpretación), Fernando Rey y Luis PrendesCielo negro es una verdadera joya cinematográfica que podrán visionar desde hoy, los cinéfilos así como las nuevas generaciones aficionadas al buen cine.

Cielo negro es un melodrama inequívoco, por cómo trata una sucesión de desdichas que convierten a una mujer, con la que el espectador empatiza rápidamente, en una víctima del destino. Pero la gran aportación de Cielo negro al melodrama español es cómo trasciende dos géneros que están en el origen de la película. Por una parte el folletín, con esa sucesión de situaciones a cada cual más novelesca, y por la otra parte, el costumbrismo más castizo, ya que está inserto en un contexto más reconocible, más afín al espectador medio. Cielo negro sobrepasa ese origen y se convierte en un melodrama auténtico, pasional y doloroso, que empieza siendo una tragedia grotesca en la línea de Calle Mayor, de Bardem. Cielo negro es una de las obras cumbres del melodrama español. Y lo es también por el famoso travelling final, el punto donde confluyen todas las fuerzas de la película, de la puesta en escena, tan compleja y tan virtuosa y la de la trama, porque lo que narra es una desesperación tan grande que no permite ni ponerle fin. Pero sobre todo, lo que consigue Mur Oti es uno de los momentos más bellos, sino el que más, del cine español, de un virtuosismo técnico pocas veces alcanzado.

La película tuvo una excelente acogida en su estreno y fue saludada como una obra maestra absoluta, como la obra de un genio y como el camino de excelencia que debía seguir el cine español. Pero después de esto, la película cayó en el olvido. Poco a poco se la empezó a reivindicar y hoy es considerada no sólo un clásico absoluto sino una de las películas más bellas de nuestra historia, que por fin, y después de una elaborada restauración, FlixOlé pone a disposición del público en la mejor calidad posible.

Manuel Mur Oti fue considerado uno de los mayores genios del cine español desde sus inicios como guionista, porque tenía mucha sensibilidad no sólo para contar tramas complejas sino para mostrar matices y claroscuros en los personajes. Su primera película, Un hombre va por el camino ya fue aplaudidísima. Tanto que Joaquín Romero-Marchent puso su productora al servicio de Mur Oti y le ofreció la adaptación de una novela de la que había comprado los derechos: Miopita, de Antonio Zozaya, de la que Mur Oti limó los aspectos más folletinescos, para acercarlos a lo que él quería, un melodrama poderoso: Cielo negro.

Prometeos del siglo XXI

“No se debe abandonar la generación de homúnculos; en efecto, hay cierta verdad en esta materia, aunque durante mucho tiempo fue vista como muy oculta y secreta. Largamente algunos filósofos antiguos discutieron y dudaron si sería posible, por la naturaleza y por el arte, engendrar un hombre fuera del cuerpo de la mujer y de una madre natural. A lo cual yo respondo que esto no repugna para nada al arte espagírico ni a la naturaleza; es más, se trata de algo muy posible. Para lograrlo se procede así: Encierre durante cuarenta días en un alambique licor espermático del hombre, que allí se pudra y continúe a componerse en un recipiente lleno de estiércol de caballo, hasta que comience a vivir y moverse, lo cual es fácil de reconocer. Después de ese tiempo aparecerá una forma parecida a la de un hombre, pero transparente y casi sin sustancia. Si, luego de esto, se alimenta todos los días este joven producto, prudente y cuidadosamente, con sangre humana secreta (es decir una preparación alquímica roja), y se lo conserva durante cuarenta semanas a un calor constantemente igual al del vientre del caballo, este producto viene a ser un verdadero y viviente niño, con todos sus miembros como el nacido de la mujer, pero sólo más pequeño y al que llamamos un homúnculo. Es necesario educarlo con gran esmero y cuidados hasta que crezca y comience a manifestar la inteligencia. Es este uno de los mayores secretos que Dios haya revelado al hombre mortal y pecador (…). Aunque dicho secreto haya estado siempre ignorado por los hombres, fue conocido en la remota antigüedad por los Faunos, las Ninfas y los Gigantes, seres que asimismo se originaron de esa forma.” Así formulaba Paracelso (1493-1541) la receta para crear un hombre por métodos artificiales.  Ser creador de vida ha sido uno de los sueños perseguidos desde siempre por la humanidad, vencer así las limitaciones, emular a los dioses y sustituirles.  Paracelso se basaba en los principios de la alquimia, la concepción del universo como un ser orgánico que podía ser interconectado mediante la magia, por eso se le pone en relación con nigromantes como Cornelio Agrippa y Alberto Magno.  La alquimia, por su parte, guarda relación con la cábala y dentro de la tradición cabalística nos encontramos con una de las primeras leyendas sobre la posibilidad de crear vida, el Golem.  Golem significa materia, y la leyenda praguense refiere que el rabino Judah Loew Bezalel en el Siglo XVI habría logrado animar una figura humanoide de arcilla para defender el gheto judío, sin embargo, su creación se habría rebelado y habría acabado convirtiéndose en un problema mayor que el que se intentaba solucionar con él.  El Golem lograba animarse escribiendo en su frente el nombre secreto de Dios, Emeth (verdad) y para destruirle había que borrar la primera letra quedando la palabra Meth (muerte).  La tradición hebraica, pues, introducía ya la alerta sobre las consecuencias negativas de jugar a ser dioses, Mary Shelley también le dio a su obra, Frankenstein o El Moderno Prometeo Encadenado, esa misma orientación moral, salvo que en su caso no sólo se juzgan las concepciones antiguas, sino las de la moderna ciencia recién nacida, que empezaba a dar tintes de posibilidad real a lo que había sido sólo un sueño.  Mary concluía que la ciencia conducía a una insensata curiosidad y sus creaciones traían más complicaciones que soluciones.  Como en el grabado de Goya, para ella el sueño de la razón sólo produce monstruos.  Pero pese a las reticencias morales, el avance de la ciencia ha sido imparable y, si bien no se ha logrado engendrar humanos sin el concurso de lo natural, cada vez parece más próximo. Ahí están los resultados de la ingeniería genética, que ya en 2010 consiguió la creación de la primera célula sintética y que, nueve años después, ahora nos permite la impresión 3D de tejidos humanos; y la robótica, con el desarrollo de la Inteligencia Artificial que acerca ya los debates que planteaba (casi predecía) Philip K. Dick. Como humanos, no nos basta conocer, necesitamos crear, tener el dominio de la naturaleza como si pudiera ser obra nuestra, es nuestra meta, pero junto a la pulsión de rebasar los límites está la conciencia de que quizás nos llevaremos al colapso, a nosotros y a nuestro planeta como lo conocemos. Ansiamos y tememos, y lo hemos expresado en nuestros mitos, con el de Prometeo a la cabeza, en la literatura y también en el cine desde sus orígenes hasta la actualidad. En lo que va de siglo han sido muchos los filmes que han escrito un renglón en este discurso, veremos ahora unos pocos ejemplos (sin ánimo de ser exhaustivos) de cintas que han recreado el mito prometéico, ya sea usando la falsilla de la ingeniería genética, ya sea ahondando en los debates que genera la Inteligencia Artificial.

Prometeo en el cine ha sido abordado desde todas sus máscaras, pero probablemente la más querida ha sido la de Frankenstein, hasta el punto de darle a la criatura su apariencia más icónica, la que creó Jack Pierce para las adaptaciones de James Whale. Pero esa no ha sido su única figuración, así Keneth Branagh en 1994, buscando ser más fiel a la novela, dio una versión más natural con una criatura de semblanza humana encarnada en la pantalla por Robert de Niro. Y esta es la tónica que se ha seguido ya en nuestro siglo XXI, de todas las nuevas adaptaciones es, sin duda, la del británico Bernard Rose, en 2015, la más interesante. La criatura de Rose no es un collage de cadáveres, sino que es creado mediante tecnología 3D (la criatura se imprime, literalmente). Y Rose partirá de la tecnología actual no tan solo para la creación de Adam (nombre que recibe la criatura en el filme), sino también para el pasaje en el cual la criatura localiza a su creador, ya que lo hará mediante un GPS. Más aún que la creación de un ser, a Bernard Rose lo que le atrae de la novela es la creación de una conciencia, enfatizando la tragedia del diferente, que, rechazado por la sociedad, pero poseyendo ya su propia conciencia, determina terminar con su existencia y organizar su propio funeral, respetando, así, el original literario. Narrada desde el punto de vista de Adam, y no exenta de algunas pinceladas de humor socarrón y mucho gore, esta ingeniosa y sangrienta adaptación recorre los momentos cumbre de la novela (y de sus adaptaciones cinematográficas anteriores), pero ofreciendo ingeniosos giros, como el de caracterizar al ciego que enseñará a hablar y ofrecerá sentimientos positivos a la criatura como un bluesman homeless de color. O el giro que se ofrece en el encuentro del monstruo con la niña. Su descubrimiento de la inocencia y la belleza. Todo marcará la personalidad de Adam, que al igual que en la novela, rechazado por la sociedad y consciente de que no puede inspirar amor, decidirá inspirar miedo. Si hubiera que encontrarle algún pero a esta versión, este sería el carácter que se le imprime a la esposa del creador, si bien es encomiable que le dé un mayor protagonismo y la ponga en pie de igualdad con los personajes masculinos, su actitud maternal con Adam chirría con el espíritu del tratamiento de Mary W. Shelley. La romántica proyectó todo su drama personal en su obra, así la criatura es máscara de ella misma y Víctor lo es de su propio padre, un padre que nunca le dio el menor afecto ni el menor reconocimiento. La soledad del monstruo shelleyniano es aún mayor que la de esta criatura puesta al día. Pero en cualquier caso es un pecado menor que no empaña sus aciertos.

No sólo Frankenstein expresa la pugna entre la transgresión y la conciencia del “sacrilegio”, el cine ha dado sus propios personajes y relatos, como es el caso de Splice (Vincenzo Natali, 2009) estrenada mundialmente durante el Festival de Sitges de 2009. Splice vio la luz once años después de haber sido concebida y se había convertido en un parto muy esperado, obtuvo el Premio a los Mejores Efectos Especiales, pero la acogida del público fue más bien tibia. Esa recepción se debió en gran medida a la expectación que se había creado en torno al filme, ya que durante esos más de diez años que estuvo en proceso se habían filtrado muchas imágenes en la red a la vez que Natali, también gracias a la red, se había convertido en director de culto para buena parte del fandom. Y el fandom, a veces, puede ser muy cruel. Es cierto que en Splice hay deficiencias porque podríamos calificarla de película cóctel: es un cóctel de referencias cinematográficas especialmente a las monsters movies de los 50 mezclado con algo de Estoy Vivo (It’s Alive, Larry Cohen, 1974), e incluso con la alargada sombra de Alien (Ridley Scott, 1979) cuando la criatura nace, más otras referencias más evidentes como sería el caso de Species (Roger Donaldson, 1995). Todo un cóctel de géneros: monsters movies, como ya hemos dicho, sci-fi, terror (y gótico, además), melodrama familiar, algunos dicen que thriller, e indie, pues hay voluntad de autoría. A Natali le falla el pulso y se va perdiendo el tono a lo largo del film, para acabar precipitándose hacia un final operístico (o de opereta, si lo prefieren). Sin embargo, sus virtudes superan a sus defectos: los efectos especiales son dignos merecedores del premio con el que se alzaron; la construcción sintáctica de los planos y secuencias es mucho más que correcta, Natali mueve la cámara de forma interesante, con exceso de barroquismo en ocasiones, pero con muy buen tino en otras muchas (el arranque donde rueda el parto en cámara subjetiva, el uso narrativo de la angulación, los fundidos a blanco y a negro aunque sean más tópicos); y, quizás, la iluminación sea uno de sus mayores logros, ese azul metalizado que vira los colores crea atmósfera y es la atmósfera la que evita la total fractura del filme, es en la atmósfera donde se da la continuidad porque es la que va acompañando la trama profunda. Bajo la superficie de la acción se va desarrollando un hilo interno que es el que no se quiebra pese a las mezclas que comentábamos, no ya por lo que se refiere a las subtramas, sino, sobre todo, al tema de reflexión para el que el argumento es excusa: la pregunta por cuáles son, o debieran ser, los límites de la ciencia. El argumento nos sitúa ante Clive y Elsa Kast, dos jóvenes que trabajan en el campo de la genética. No sólo son un equipo, sino también pareja. Trabajan de manera conjunta en la creación de Fred y Ginger, dos animales híbridos totalmente funcionales, una combinación de vertebrado e invertebrado, algo totalmente innovador que les ha brindado gran reconocimiento público. Intoxicados por su éxito, pero obstaculizados por la decisión de Newstead de cerrar su proyecto (para centrarse en el aislamiento de la proteína CD-356, que tiene un potente valor medicinal para el ganado y constituye una mina de oro en potencia para la compañía), deciden crear en secreto una nueva criatura: Dren, una combinación de ADN humano y animal. Concretamente, Elsa inocula su propio ADN: la criatura resultante es a la par su obra y su descendiente. Llevado en secreto su experimento, al principio todo es satisfactorio, pero pronto se verán los aspectos menos positivos. Elsa vive entregada a su creación, en parte como científca, en parte como mujer que está sublimando sus instintos maternales, todo bajo la alarma de Clive, mucho más consciente de los peligros de haber trasgredido los límites, intenta deshacerse de la criatura, pero no puede consumar un acto que en parte sería como asesinar a un humano. Si al principio Elsa y Clive vivían su relación y su investigación bajo el mismo signo pasional, la química entre ellos va viéndose deteriorada por la evolución de sus distintos planteamientos ante lo científico, la película avanza como un drama de pareja a la par que como reflexión bioética. El crecimiento de Dren, la criatura, es más acelerado que el de los humanos, cuando llega a la adolescencia los problemas se ven agravados, como híbrido de humano y bestia, despierta a la vez a sus ansias de libertad y aceptación y a sus instintos depredadores, en su ontogenia se resume toda la filogenia de lo vivo, desde lo más primario a lo más refinado, desde la conducta fiera a la conciencia moral, desde los impulsos animales hasta el deseo de ser amada. Y ese anhelo de ser amada regirá las relaciones creador-criatura, Dren vive la soledad del monstruo y buscará amar al propio creador. Desde su propio nombre ella es el reverso simétrico de sus creadores (Dren, leído al revés nos da la palabra nerd, y Elsa y Clive lo son), por tanto, es lo contrario del conocimiento, esto es, ella es la fuerza de la naturaleza, por eso resume en sí los dos principios, el bien y el mal. Así, bajo su forma femenina las alas la aproximan icónográficamente a los ángeles, pero cuando su metamorfosis la lleve a convertirse en un ser masculino, su belleza se eclipsa y esas alas, entonces, se convierten en un eco de la imaginería con la que los humanos representan al demonio. Resume,  pues, los dos polos antagónicos asociándolos a lo femenino (la ternura) y a lo masculino (la agresividad). Como fémina hará el amor con Clive, quien hasta entonces ha hecho las veces de padre (relación incestuosa, pues) y como macho violará a Elsa que es en verdad su madre biológica. Este es uno de los elementos que diferencian a Splice de otras películas de mad doctors, supone una vuelta de tuerca de lo que había planteado Mary Shelley, lo natural y lo científico pueden vivir un idilio, pero también una relación de antagonismo extremo en la que se impondrá el poder de la naturaleza: el hombre no puede dominar plenamente lo natural, por eso si sigue agrediendo el equilibrio ecológico del planeta se verá abocado a su propia destrucción. El mensaje de la cinta acaba teñido de pesimismo, el principio destructor es insoslayable por mucho que los humanos ansíen únicamente crear.

Cambiando de tercio y de disciplina científica, nos encontramos con una deliciosa pieza, Ex Machina (2014), que retorna a Prometeo, esta vez, con la Inteligencia Artificial como fondo. Alex Garland en su debut como director nos trae la historia de Caleb (Domhnall Gleeson), joven informático, que gana un premio en la compañía de internet para la que trabaja, Bluebook (nacida a partir de un importante buscador). El premio es jugoso: visitar durante una semana el enorme paraje natural privado y la casa de su multimillonario jefe, Nathan (Oscar Isaac). Pronto descubre que el premio esconde algo más, Nathan le ha atraído para que le ayude a probar su último prototipo de Inteligencia Artificial, que está incorporado en el cuerpo de Ava (Alicia Vikander) una atractiva mujer robot (que no oculta sus circuitos). Caleb y Ava mantendrán una sesión cada día, dedicada a mantener conversaciones de cualquier tipo para averiguar si el robot pudiera pasar perfectamente por una persona, o lo que es lo mismo, si supera el Test de Turing. Sin embargo, la cosa no será tan sencilla a partir de que la seductora Ava le diga al muchacho que Nathan no es lo que parece ser. Ciencia ficción de pequeño formato (casi una pieza de cámara), tres personajes principales (más la aparente sirvienta asiática de Nathan que acabará teniendo peso en un punto de la historia), en apenas unos pocos escenarios (casi todos interiores), en Ex Machina se juega bien la baza de la situación claustrofóbica, sobre todo conforme la trama avanza hacia el thriller psicológico. Lo que está en juego es dirimir qué puede llegar a hacer indistinguible la máquina de lo humano. Está claro que no es la capacidad de operar conceptos matemáticos, eso entra dentro de lo mecánico y ahí las máquinas pueden ser incluso superiores y, sin embargo, perfectamente reconocibles como productos artificiales. Ex Machina parece decirnos que las máquinas mimetizaran lo humano cuando sean capaces de emocionarse.

Y ahí nacen nuevos dilemas: ¿son esas emociones suficientes para dispensar a una máquina el mismo trato que a un ser humano? ¿Es el deseo de supervivencia algo instintivo o programado? Y, si una máquina puede sentir emociones… ¿puede un ser humano corresponderlas de forma genuina? Her (Spike Jonze, 2013) está entre los referentes, pero más aún el capítulo Be Right Back (Owen Harris, 2013) de la serie británica Black Mirror con el que comparte protagonista masculino (todo un guiño). Salvo que la película de Garland va más lejos, y es que el filme discurre entre los juegos mentales y persuasivos de los seres humanos en las relaciones interpersonales, la liberación de la mujer ante las presiones del macho alfa o el importante papel de los impulsos –llámese intuición- en el proceso creativo. Ava es una nueva Eva (el juego de nombres venía servido) dispuesta a plantarle cara a su creador, una Eva que no dudará en utilizar a su propio Adán en beneficio de sí misma en su acto de rebeldía, una nueva “mujer” que en su asalto al cielo arrambla contra el imperio de todo lo masculino.

Borrar los límites entre la máquina y lo humano supone tanto como desdibujar los que separan lo humano de lo divino, reza la frase promocional, y parece inferir que esa superación habrá de pasar por la liberación definitiva de lo femenino.  Dicho en términos de mito, el Prometeo del nuevo milenio habrá de ser Pandora, una Pandora que ya no será castigo enviado por los dioses a los hombres, sino, al contrario, una auténtica vengadora de lo humano que subvertirá todo el orden de los valores.

Estos tres ejemplos, Frankenstein de Bernard Rose, Splice y Ex Machina, dibujan el mapa de cómo nuestro tiempo enfrenta viejos mitemas con nueva savia. Seguimos anhelando y juzgando nuestro anhelo, con los mimbres de nuestro progreso y sus consecuencias, sin una única conclusión, pero con la misma premisa de fondo: desafiar el límite y sufrir por ello es nuestra contradicción, pero sólo podremos seguir adelante profundizando siempre un poco más en nuestra propia herida. Bueno es concluir con el final del Prometeo de Goethe:

Aquí estoy y me afianzo;

formo hombres

según mi idea;

un linaje semejante a mí,

que sufra, llore,

goce y se alegre,

¡y que no te respete,

como yo!

 

  

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Mala praxis, Boris Karloff y Bela Lugosi

Con permiso de Lionel Atwill, que tantos retratos de Mad Doctors ha dejado para la posteridad, han sido Boris Karloff, y en especial Bela Lugosi, los que más a menudo han tenido que ponerse la bata blanca y hacerse pasar por químicos experimentados, hablando un ininteligible lenguaje metacientífico mientras pasan  fluidos de un tubo de ensayo a otro. Rodeados de matraces, probetas e ingenios eléctricos dieron entidad a uno de los personajes más socorridos del cine fantástico y de terror, encarnando a doctores más o menos locos que para conseguir sus objetivos se pasan el código deontológico por el arco de triunfo. Investigadores de lenguaje intenso, proclives al histrionismo que realizan experimentos imposibles que saben muy bien que serán mal vistos por sus colegas y por una pacata sociedad que no solo no los comprende, sino que a la mínima de cambio los condena a muerte o, en el caso de encontrarse en aquella pintoresca Europa de los estudios Universal, quemados junto a sus laboratorios por una turba de campesinos armados dehorcas y antorchas.

Karloff se especializó en amables ancianitos, con objetivos laudables y beneficiosos, cuyos méritos terminaban afectando a un tercero o al él mismo, provocando locura y muerte. Mientras que Lugosi se metió a fondo en la piel del  doctor demente que todos amamos: pedante, con aires de superioridad y cínico. De sonora y prolongada carcajada y cuyo objetivo es vengarse o dominar el mundo. Lo que viene siendo un Mad Doctor al uso.

Demos un repaso a las numerosas películas en las que tanto Karloff como Lugosi se metieron en la bata blanca de un científico de métodos dudosos, dejando fuera los papeles de doctor ‘normal’, así como a telépatas e hipnotizadores, que también encarnaron en sus largas carreras.

USA Lobby Card

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Bela Lugosi estrena, y a lo grande, el ranking metiéndose en la piel del Dr. Mirakle en El doble asesinato de la calle Morgue (Murders in the Rue Morgue, 1932) una adaptación -por decir algo- de Edgar Allan Poe que sirvió como consuelo para Robert Florey y Bela Lugosi tras ser ambos apartados del proyecto Dr. Frankenstein, autor del monstruo (Frankenstein, 1931), que como es bien sabido terminó dirigiendo James Whale con Boris Karloff, quien despegó así una carrera con la que terminó desbancando a Lugosi como máxima estrella del cine de terror de la Universal. El Dr. Mirakle, perfecto sosia del Dr. Caligari trabaja, como él, en un barracón de feria exhibiendo, en su caso a Erik, un fiero gorila. O mejor dicho, un hombre dentro de un traje de gorila[1]. Pero al grano: ¿Cual es el objetivo del Dr. Mirakle? Pues aparear a Erik con una señorita y obtener una nueva raza. Lo que viene siendo un perfecto acto zoofílico que como pueden suponer, no llevará a cabo. Lugosi vuelva a las andadas tres años después con una nueva ‘adaptación’ del universo Poe, El cuervo (The Raven, Louis Friedlander, 1935) con Boris Karloff como coprotagonista. Aquí Bela Lugosi interpreta al Dr. Richard Vollin, un gran admirador del escritor de Boston que no se limita a coleccionar sus libros, no: posee una cámara de tortura en su sótano. ¿Su plan? Más terrenal: vengarse del prometido de la mujer que ama. Y ustedes dirán ¿Pero es un Mad Doctor? Bueno, algo de eso hay pues deforma mediante cirugía la cara de un delincuente (Karloff),El poder al que promete restituir el rostro si le ayuda a cumplir sus planes. Y de nuevo Lugosi es un refinado sibarita que disfruta torturando sádicamente a cuantos caen bajo sus redes.

Eran buenos tiempos para ambos intérpretes, así que al año siguiente vuelven a coincidir en una película, El poder invisible (The invisible ray, Lambert Hillyer, 1936), aunque en este caso es Boris Karloff el que adopta el rol prominente encarnando a un científico loco de manual: miradas ojipláticas, frases grandilocuentes (“pigmeos que se burlan de un gigante”) y laboratorio en los Cárpatos. ¿Su nombre?: Janos Rukh. Y Janos descubrirá el Radio X, que lo convertirá en un arma humana (cosa que toca, cosa que muere), además de  hacerlo fosforescente en la oscuridad (con brillo gentileza de John P. Fulton, el mismo técnico de efectos especiales que dos años antes había convertido a Claude Rains en El hombre invisible) consiguiendo así “más poder del que ningún humano haya tenido” y, de paso, perder la chaveta.

Ciencia-Ficción con resquicios del terror Universal que tanto amamos y algún elemento de aventura selvática, todo en una memorable producción, escasamente valorada, pero que ofrece suficientes alicientes como para formar parte de lo más destacado de la filmografía de Karloff.

Programa de mano español original

Tampoco suele destacarse la británica El hombre que trocó su mente es el médico loco (The Man Who Changed His Mind, Robert Stenvenson, 1936),  película magníficamente rodada, con un sólido guión, que narra los experimentos del doctor Laurience, que ha descubierto como “extraer el contenido mental del cerebro de un hombre. Vaciarlo. Almacenándolo como si fuera electricidad” para transplantarlo de un individuo a otro. Y aunque tan solo lo ha probado con éxito en chimpancés, ya fabula con realizar su primer experimento con humanos. Para que le ayude en sus investigaciones reclama a una de sus alumnas, la doctora Clare Wyatt (Anna Lee), una resuelta científica que lejos de encarnar al personaje chillón y en apuros que el primer cine de terror reservaba para los personajes femeninos, posee un carácter fuerte y muy superior intelectualmente al del mozalbete que la pretende, interpretado por John Loder y  que,  eternamente en celo, no ceja en su fijación de casarse con ella. Pero, el doctor, al presentar su teoría ante la comunidad científica, es ridiculizado y tachado de loco, pergeñando un plan para 1: ser millonario y 2: casarse con Clare, su joven ayudante, pues al parecer no solo está interesado en su pericia como científica. Unos planes que incluyen el asesinato. Naturalmente Laurience muere, no sin antes pedir a su ayudante que destruya todo.

Mientras, Lugosi rueda un serial en episodios también para Universal, The Phantom Creeps (Ford Beebe y Saul A. Goodkind, 1939)[2], donde interpreta un Dr. Zorka que no se anda con chiquitas, quiere dominar el mundo, pero al ser descubierto organiza un accidente en su laboratorio para eliminar las pruebas, simular su muerte y vengarse de los policías que llevan el caso. La única que pierde la vida es su esposa, todo lo cual enloquece aún más a Zorka que clama, claro, venganza. Inofensiva acción pulp de serie B antes de volver a encontrarse con Boris Karloff en Black Friday (Arthur Lubin, 1940), también para Universal. En esta película Karloff incorpora a su repertorio un papel que repetirá en diversas ocasiones, el de científico bienintencionado pero de métodos dudosos que opera al margen de la ley. En este caso como Dr. Sovak realiza el trasplante de cerebro de un gangster que ha muerto asesinado por sus rivales al cuerpo de un bondadoso profesor de literatura, lo malo es que los recuerdos del sanguinario  criminal  convivirán con los del profesor, adueñándose del cuerpo de su huésped. El resultado es tan descacharrante como entrañable.

Más tarde, Boris Karloff firma contrato en 1939 con los estudios Columbia para protagonizar cinco películas básicamente iguales, tanto que en muchos casos comparten reparto, guionista y director. Y en todas interpreta su papel de bondadoso científico. Nick Grinde, director eminentemente de películas de serie B que no hace ascos a ningún género se encarga eficientemente de las tres primeras, The Man They Could Not Hang (1939), The Man With Nine Lives (1940) y Before I Hang (1940).

Programa de mano español original

En La horca fatal (The Man They Could Not Hang, 1939), la única de las cinco que se estrena en nuestras pantallas y armado con un vistoso peluquín, como Dr. Henryk Savaard crea un corazón artificial con el que mantener un cuerpo vivo pero en pausa, para poder repararlo reactivándolo posteriormente. Una loable idea si no fuera que le lleva a experimentar con un sujeto que termina muriendo. Condenado a muerte y ahorcado, su socio lo revive utilizando su técnica, cuya eficacia queda así probada, buscando vengarse de los seis jurados que lo condenaron.

A toda velocidad y sin cambiar decorado, actores, ni peluquín, Grinde rueda The Man With Nine Lives (1940), en la que Karloff, ahora como Dr. Leon Kravaal, investiga exactamente lo mismo que en la anterior, solo que mediante la terapia de congelación, o sea, dejando los cuerpos en animación suspendida para poder operarlos. Pero la mala praxis terminará con el buen doctor.

La tercera y última de Boris Karloff con Nick Grinde, que no con Columbia, es Before I Hang (1940). Otra vez con la soga al cuello en esta película que deja entrever más medios y en la que de nuevo Karloff, ahora como Dr. John Garth, es juzgado por la muerte accidental del paciente con el que experimenta. Hasta ahí lo habitual. En la cárcel, mientras espera que se cumpla la pena de muerte a la que ha sido condenado, proseguirá con sus experimentos obteniendo un suero en el que utiliza la sangre de un asesino. La pena le será conmutada, pero la sangre poseerá al buen doctor, que iniciará una carrera de asesinatos.

Quedaban todavía dos desmanes a entregar a Columbia, así que Karloff vuelve a colocarse la bata de científico –y el peluquín-  para encarnar al Dr. Julian Blair en el primero de ellos,  The Devil Commands (1941), un film dirigido por Edward  Dmytryk[3] con un guión de lo más descabellado: el cerebro humano emite ondas que pueden grabarse con ayuda de un casco -por cierto, de lo más bizarro- y el Dr. Blair descubrirá que, además, mediante ese sistema los muertos podrán comunicarse con los vivos ¿ridículo? pues eso no es todo, a esto cabe añadir algunos ingredientes tan del gusto del más clásico cine de terror como son el ayudante retrasado, Karl, y los  lugareños recelosos con lo que está haciendo el científico que terminarán, como es ya obligado, prendiendo fuego al caserón con el científico dentro. ¡Ah! ¡Aquellas pequeñas comunidades con sus entrañables grupos de linchadores! Siempre con la posada como hogar social. Una tradición tan americana como la tarta de manzana.

Cartel belga de The Boogie Man Will Get You

La despedida de Karloff de la Columbia no podrá ser más humillante. The Boogie Man Will Get You (Lew Landers, 1942) pretende ser una comedia y en ella Karloff interpreta al Dr. Nathaniel Billings, que está realizando un experimento con el que “juguetea con la fisiodinámica sacudiendo las inamovibles leyes de la existencia”.  O lo que –debe ser- lo mismo: crear un súper hombre poderoso y volador que termine, él solo, con la 2ª Guerra Mundial. Para conseguirlo utilizará como cobaya a cuanto vendedor ambulante se cruce en su camino. Rodada de manera teatral y casi en su totalidad en un único escenario, la película se beneficia de la presencia de Peter Lorre, que consigue hacerse con la función, algo que no le resulta demasiado difícil en una cinta dominada por el humor negro y los chistes sin gracia alguna.

Programa de mano español original

Mientras tanto, Bela Lugosi chapotea en el cenagal de la más estricta serie-B.  En The Devil Bat (Jean Yarbrough, 1941) encarna el encantador Dr. Paul Carruthers, que cría un enorme murciélago asesino que ataca en el cuello de sus víctimas al detectar una loción de afeitado de su invención con la que, amable y zalamero, obsequia a todo al que quiere quitar de en medio ¿El móvil? La venganza, claro. Y, a continuación, hace de los vecinos estudios Monogram un segundo hogar al firmar un contrato por nueve películas, varias de las cuales, por supuesto, son protagonizadas por sardónicos científicos locos. Este es el caso de Black Dragons (William Nigh, 1942) en la que es al Dr. Melcher, cirujano plástico del Tercer Reich que alterará los rostros de varios japoneses para que se infiltren en Estados Unidos como espías y saboteen  instalaciones e industrias estratégicas. Igual de descabellada fue El ladrón de cadáveres (The Corpse Vanishes, Wallace Fox, 1942), única de estas cintas estrenadas en nuestros cines y en la que, como Dr. Lorenz, pretende mantener joven a su envejecida esposa mediante las glándulas femeninas de jóvenes vírgenes a las que secuestra en el día de su boda. Enanos, ayudantes deformes, y el agradecido detalle de que el Dr. Lorenz y su esposa duerman en ataúdes, intentarán sacar un poco de brillo a esta producción. Más simpática resulta, por lo psicotrónico de la propuesta, The Ape Man (William Beaudine, 1943) en la que el Dr. James Brewster experimentará en sí mismo transferir la fuerza de los primates a los hombres, mediante una inyección en la columna vertebral de un fluido extraído del bulbo raquídeo de un gorila, algo que terminará convirtiéndolo, más o menos, en hombre-mono, llegando a compartir jaula con un gorila (o lo que es lo mismo, con un hombre con traje de gorila[4]). El único antídoto contra su mal será, mala suerte, el  fluido espinal humano, que deberá obtener previo asesinato de los donantes. Sin duda animados por las criticas que el film recibió, (”Monogram a cubierto de basura a Bela Lugosi” The Daily News), el estudio realizó una secuela, Return of the Ape Man (Phil Rosen, 1944) que no tenía absolutamente nada que ver con la anterior. Juzguen si no. En esta ocasión el Dr. Dexter viaja al Círculo Polar Ártico a recuperar el cuerpo de un cavernícola. Una vez de vuelta matará a su ayudante transplantado su cerebro al recién llegado. Lo dicho, nada que ver.

Bela y Lugosi y Emil Van Horn en The Ape Man

Y todavía le quedaba a Lugosi un nuevo horror/error que protagonizar para Monogram y con el que daría por finalizado su contrato, Voodoo Man (William Beaudine, 1944) otra olvidable película que a la temática Mad Doctor añade gotas de vudú ¿el resultado? Otra serie B. Y del fuego a las brasas, pues finalizado su contrato con Monogram,  RKO le tiene preparada una propuesta que no difiere mucho de los subproductos comentados, Zombies on Broadway (Gordon Douglas, 1945) que parodia la obra maestra de Jacques Tourneur, I Walked with a Zombie (1943) utilizando los mismos escenarios y dos de sus actores: Darby Jones, el inolvidable Carrefour, y Sir Lancelot, el inaguantable cantante de Calypso. A esto sumaron a Bela Lugosi como Dr. Reanault, inventor de un fluido zombie, y unos cómicos de tercera regional que hacían buenos a Abbott y Costello.

A mediados de los años cuarenta los monstruos de la Universal ya tenían un pié puesto en las ciénagas de la serie-B. En 1943 se estrenaba el primer cóctel de monstruos, Frankenstein y el hombre lobo (Frankenstein Meets the Wolf Man, Roy William Neill) protagonizado por Lon Chaney Jr. y Bela Lugosi, que en el papel de monstruo de Frankenstein recibía una última humillación de los estudios que ayudó a salvar de la bancarrota en 1931. Al año siguiente alguien pensó exprimir, aún más, a los productivos monstruos metiendo a cuantos cupieran en una sola película, y el cartel de la cinta lo dejaba bien claro, pues como si estuviera declamado desde una barraca de feria decía: “¡Todos juntos! ¡El monstruo de Frankenstein! ¡El hombre lobo! ¡Drácula! ¡El jorobado! ¡El doctor loco!” papel este último que recayó en Boris Karloff, que como Dr. Niemann,  alumno de tercera del doctor Frankenstein, escapa de la cárcel en la que cumple condena por intentar “dar a un perro una mente humana (¡!) usando cadáveres recientes”, con el poco original objetivo de vengarse de los que lo enviaron a la cárcel. Pero de paso resucitará al propio Drácula (ahora John Carradine) extrayendo la estaca de su pecho; liberará del hielo donde permanecen congelados al  hombre lobo (Lon Chaney Jr.) y al monstruo de Frankenstein (ahora Glenn Strange); y hallará los archivos del Dr. Frankenstein, con los cuales comenzará a experimentar.

Programa de mano original español

Volviendo a Lugosi, para que su última gira teatral por el Reino Unido con Drácula resultara más rentable, se le ofreció una película en la que realizaría un papel como comparsa de un ridículo cómico, Arthur Lucan[5]. Mother Riley Meets the Vampire (John Gilling, 1952) es un trabajo estrictamente alimenticio en el que Lugosi interpreta a un personaje conocido como el vampiro, que no es otra cosa que un científico loco que busca dominar el mundo obteniendo unas reservas de uranio con la ayuda de un robot, hasta que se cruza una anciana irlandesa en su camino desbaratando sus planes. Para mayor humillación de Lugosi, la cinta llegó a exhibirse en Estados Unidos, aunque al menos con un bello nombre, Vampire Over London. Pero no finalizarían aquí las humillaciones para el veterano actor: de vuelta a casa le esperaba un subproducto que se ha convertido, merecidamente, en pieza de culto: Bela Lugosi Meets a Brooklyn Gorilla (1952) película perpetrada por William Beaudine en tan solo nueve días en la que Lugosi, como Dr. Zabor y desde su laboratorio de la isla Kola-Kola, crea un suero que convierte a los hombre en gorila. Allí irán a perturbar la paz dos imitadores de Dean Martin y Jerry Lewis: Duke Mitchell y Sammy Petrillo que, uno con sus inaguantables canciones, en especial la repetitiva Deed I do,  y el otro con sus muecas, causarán la más insufrible vergüenza ajena al espectador. Aún así las críticas fueron positivas: mientras Variety destacaba sus títulos de crédito (¿?), Box Office la recomendaba para “arrancar algunas risas a los espectadores de pueblo”.

A Karloff no le iba mucho mejor, pues si bien se libró de participar en Abbott y Costello contra los fantasmas (Abbott and Costello Meets Frankenstein, Charles Barton, 1948), en la que hubiera coincidido de nuevo con Lon Chaney Jr., Glenn Strange y Bela Lugosi, no pudo escaparse de la inenarrable Abbot and Costello Meet the Killer, Boris Karloff (Charles Barton, 1949) y Abbott and Costello Meet Dr. Jekyll and Mr. Hyde (Charles Lamont, 1953) en la que Karloff como Henry Jekyll, utilizará su celebérrima fórmula para, en la piel de Hyde, quitar de en medio a todo el que se entrometa en sus planes. Una, a pesar de todo, cuidada producción, con buen vestuario y que incluso resulta atmosférica en algunos momentos. Las transformaciones están muy conseguidas, y más teniendo en cuenta que Hyde era interpretado por Eddie Parker, un especialista cuya caracterización se realizaba mediante máscara.

A Bela Lugosi tan solo le quedaba un papel de doctor loco por interpretar y, sencillamente, lo bordó. Su Eric Vornoff en Bride of the Monster (Edward D. Wood Jr.,1955) representa el paradigma de lo que debe de ser un Mad Doctor.

Tan solo un año después de su estreno Lugosi entraba en la inmortalidad. Les dejo con su inolvidable monólogo:

“¿Hogar? Yo no tengo hogar. Perseguido, despreciado, viviendo como un animal, la jungla es mi hogar. Pero yo demostraré al mundo que puedo ser su amo. Yo perfeccionaré mi propia raza humana ¡¡Una raza de superhombres atómicos que van a conquistar el mundo!!”

 Y… ¡Corten!

Con Bela Lugosi fuera de plano, Karloff tenía el campo libre para acoger cuantos papeles le fueran ofrecidos, entre ellos los de sabio loco, y pocos dejó escapar de sus manos. Por lo pronto vuelve al personaje que lo encumbró en Frankenstein 1970 (Howard W. Kotch), película de engañoso título, pues ni fue realizada ni estrenada ese año, sino en 1958, y en la que Karloff encarna al último de los Frankenstein. Una disfrutable película que nos cuenta como el anciano y rijoso heredero, de prolongada carcajada y aficionado a tocar tétricas melodías con el órgano, arruinado, alquila su castillo a un equipo de televisión para que ruede un programa sobre su antecesor, y así, poder adquirir nuevo instrumental atómico con el que dar la vida a la criatura más fea que la franquicia ha ofrecido, con todo el cuerpo vendado y una cabeza inexplicablemente grande. Mucho mejor resultó Corridors of Blood (Robert Day, 1958) cinta en la que como Dr. Bolton inventa la anestesia, investigación que le llevará a experimentar consigo mismo convirtiéndose en un adicto, pues la fórmula contiene derivados del opio. Esto le llevará a frecuentar los bajos fondos y ejercer malas praxis al mezclarse con pésimas compañías para que le faciliten su dosis. Una de las mejores actuaciones de Karloff en un atmosférico filme que tiene entre sus atractivos el de contar también con Christopher Lee encarnando al vil asesino Resurrection Joe.

Y Boris Karloff será de nuevo un Frankenstein en Mad Monster Party (Jules Bass, 1967) un delirio pop realizado mediante animación Stop Motion que narra como el buen doctor desea retirarse no sin antes nombrar sucesor y confiar todos sus descubrimientos a su sobrino. Para ello convoca una reunión en su castillo con todos los monstruos como invitados, entre los que figura el  hombre lobo, la momia, Drácula… así como un sosia de Peter Lorre, entre muchos otros. El propio actor puso voz a su personaje.

Y tras rodar Targets (Un héroe anda suelto, Peter Bogdanovich, 1968), su siguiente film y un magnífico testamento cinematográfico, Karloff debería haber aprovechado la coyuntura para retirarse, pues lo que quedaba por delante terminaría siendo mucho más indigno que los delirios de Ed Wood con Lugosi.

Las cuatro películas mexicanas de Karloff han estado disponibles con los más diversos títulos, desde los tiempos del VHS. En la imagen una de las ediciones españolas.

Las cuatro últimas películas de Boris Karloff son subproductos mexicanos producidos por Luis Enrique Vergara. Jack Hill rodó las escenas con Karloff en un estudio de Los Angeles y con estas tomas, ya en México, Juan Ibáñez rodó el resto con actores autóctonos. En tres de ellas Boris Karloff realiza papeles de –Pinche Mad Doctor. Repasémoslas brevemente: Invasión siniestra (1971) está ambientada en Gudenburg en 1880 y en ella como Dr. Mayer inventa un rayo tan poderoso que provoca que los extraterrestres envíen a un emisario para que cese las investigaciones, pues podría provocar la destrucción del universo. Todo realizado con una alarmante pobreza de medios, abundancia de anacronismos y un extraterrestre ye-yé con traje plateado. Un horror. Como también lo fue La muerte viviente (1971) donde el veterano actor como Dr. Carl van Moulder controla las ondas telequinésicas del cerebro. Vudú, adoradores de serpientes y experimentos con LSD ¿Lo mejor? Que sale la exuberante Tongolele. Finalmente, porque todo tiene un final, llegó La cámara del terror (1971) en la que Karloff, como el Dr. Mantel, descubre una roca semiviva que se alimenta de la sustancia desprendida por las personas atemorizadas, todo lo cual lleva al buen científico a experimentar con jovencitas que se encarga de secuestrar un enano a su servicio.

Al menos queda el consuelo de pensar que para cuando estas películas llegaron a los cines, Boris Karloff ya había pasado a mejor vida.

Bela Lugosi y Boris Karloff. Boris Karloff y Bela Lugosi. Dos actores de la vieja escuela. Actuaron en obras de teatro, vivieron la edad de oro del cine de Hollywood y llegaron a participar en televisión. Siempre con dignidad. Siempre con profesionalidad. Quisieron y consiguieron morir al pié del cañón y alcanzaron la inmortalidad siendo objeto de veneración por parte de generaciones de cinéfilos.

NOTAS
[1] En este caso concreto el filipino Charles Gemora, maquillador y  ‘actor’ que se metió en la piel de gorila en 56 filmes, interpretado a gorilas anónimos y a otros de llamativo nombre como Plato, Sultán, Gibraltar, Caesar, Josephine, Jocko o Ethel. Aunque en ocasiones pudo realizar algún papel que  no requirió de su experiencia como gorila interpretando, por ejemplo, a un oso en Ruta a Utopía (Road to Utopia, Hal Walker, 1945), un marciano en La guerra de los mundos (The War of the Worlds, Byron Haskin, 1953) y a un extraterrestre en I Married a Monster from Outer Space (Gene Fowler, Jr. 1958).
[2] Este serial de doce episodios también tuvo versión reducida en forma de largometraje para televisión diez años más tarde.
[3] Dmytryk dirigió algunas memorables cintas policíacas y de cine negro entre las que destaca El abrazo de la muerte (Criss Cross, 1949), y tuvo serios problemas a finales de los años cuarenta con el Comité de Actividades Antiamericanas por haber pertenecido, tras la Segunda Guerra Mundial, al partido comunista.
[4] En este caso encarnado por Emil Van Horn, afortunado poseedor de un disfraz de gorila con el que se paseó por trece producciones de medio pelo interpretado a Gargo el gorila, Lulu la gorila, Satán el mono y cuanto primate hiciera falta. Su última aparición en pantalla la hizo, precisamente, sin traje de mono.
[5] Arthur Lucan, travestido en el personaje Old Mother Riley, había dado el salto desde los escenarios de los Music Hall londinenses hasta la pantalla, protagonizado entre 1937 y 1952  quince inexportables cintas de las que Mother Riley Meets the Vampire (1952) sería la última. Por cierto, que la película esté dirigida por John Gilling, que durante la siguiente década rodaría unas cuantas perlas para la Hammer, no debería llamarles a engaño.

VAMOS DE ESTRENO (o no) * Miércoles 8 de abril de 2020 *

VIVARIUM (Lorcan Finnegan, 2019)

USA. Duración: 97 min. Guion: Garret Shanley (Historia: Lorcan Finnegan, Garret Shanley) Música: Kristian Eidnes Andersen Fotografía: Miguel De Olaso Productora: Fantastic Films / Frakas Productions / PingPong Film. Distribuida por: XYZ Films Género: Ciencia ficción
Premios: 2019: Sitges Film Festival: Mejor actriz (Imogen Poots)
Reparto: Imogen Poots, Jesse Eisenberg, Jonathan Aris, Olga Wehrly, Danielle Ryan, Senan Jennings, Molly McCann, Eanna Hardwicke, Shana Hart
Sinopsis: Gemma (Imogen Poots) y Tom (Jesse Eisenberg) son una joven pareja que se ha planteado la compra de su primera casa. Para ello visitan una inmobiliaria donde los recibe un extraño agente de ventas, que les acompaña a Yonder, una nueva, misteriosa y peculiar urbanización donde todas las casas son idénticas, para mostrarles una vivienda unifamiliar para ellos. Volviendo de la visita, quedan atrapados en una laberíntica e interminable pesadilla surrealista.
Vivarium quedará en nuestra memoria como uno de los primeros filmes que tuvo estreno comercial en tiempos del coronavirus, una ficción laberíntica, que roza a veces lo distópico, para una distopía presente y real, que tiene bastante de laberíntica. Terrores modernos para momentos terribles. Nunca un estreno tuvo un momento tan adecuado a su propia medida.

Un terror sin monstruos clásicos, porque los miedos contemporáneos son más abstractos y existenciales, en palabras de su director: “Ya no tenemos miedo a los monstruos, sino un miedo más existencial a que nos quiten nuestra libertad, las esperanzas y a que los sueños de un futuro emocionante se conviertan en aburrimiento, los padres se alejan de sus hijos, que pasan todo su tiempo en línea, viendo televisión y hablando con extraños en Internet. Vivarium solo amplifica estas ansiedades sociales, por lo que se puede ver cuán extraño y aterrador podría ser ese tipo de vida”. El segundo largo de Lorcan Finnegan explora la atomización de nuestra sociedad postmoderna y el yugo del compromiso social que impone un modelo de vida aséptica y estandarizada como ideal. Algo de lo que los barrios residenciales (suburbios en USA) son metonimia. Eso es lo que expone Vivarium en clave de fábula de invasión alienígena cruzada con buenas dosis de cuento de terror.

Vivarium arranca con una situación fácilmente reconocible: una pareja joven (Jesse Eisenberg y Imogen Poots) busca casa. Por casualidad se tropiezan con una agencia que las vende en las afueras y van a visitar una de las residencias, la número 9, en compañía de un extraño e inquietante agente. Pero una vez dentro del complejo de viviendas quedan atrapados, sin poder volver a la ciudad. Y eso no es todo: pronto tendrán ocasión de poner en marcha una familia disfuncional perfectamente normal, con el “regalo” de un bebé que alguna fuerza desconocida deja frente a su casa con una nota: “Abrazadlo y os liberaréis”. Su vida es un mal sueño dentro de un escenario de pesadilla en el que se cruza el arte de Magritte con el de Escher para sumirnos en un mundo de postal, con su sol artificial y sus nubecillas perfectas, que hace de la simetría y los colores fríos una geografía infernal construida, milimétricamente, con casas unifamiliares. En el diseño de arte se reconoce igualmente la influencia de las fotografías de Gregory Crewdson, inspirador del estilo del nuevo terror independiente urbano de películas como It Follows (David Robert Mitchell, 2014) o Hereditary (Ari Aster, 2018).

Rabiosamente actual por su concepción y representación del terror, el filme no deja de reconocerse deudor de la cultura del Siglo XX. En palabras del director:  “Mi película es retorcida, extraña, surrealista y oscura. Su tono es cercano al de The Twilight Zone y las películas de ciencia ficción de los 70“. Junto a esas influencias reconocidas estaría también la estela de El pueblo de los malditos (Village of the Damned, Wolf Rilla,1960), con la que comparte la carga metafórica del ciclo vital de los cucos, esos pájaros que parasitan los nidos de otros pájaros para hacer crecer a sus crías, una acción que acompaña a los títulos de crédito de Vivarium. Pero, si algo agradece quien esto escribe, son las alusiones al mítico episodio Juego de niños (1984) de la serie Hammer’s House of Mystery and Suspense, cuya memoria ha acompañado mi formación como espectadora. En él una familia iba dándose cuenta progresivamente de que no tenía recuerdos mientras su casa se iba calentando y no podían salir, para acabar descubriendo que son los juguetes de una casa de muñecas de una niña extraterrestre, escondida por el hermano de ella en el circuito de la calefacción. Un episodio progresivamente decadente y con un punto existencialista que parece calcado en Vivarium.

No tendríamos completo el cuadro de influencias de nuestro director si no mencionáramos a Kafka. La filiación Kafkiana de Finnegan y su guionista, Garret Shanley, estaba ya presente en su corto de terror sobrenatural de 2011, Foxes. Y se había incrementado en, la no suficientemente valorada, Without Name (2016) con la que el irlandés debutó en el largo y en la que la narración sigue a un agrimensor en su tarea de medir un bosque antiguo para un constructor, pero que pronto perderá la razón en un entorno sobrenatural que tiene sus propios planes. La espiral que devora impávida, la imposibilidad de encontrar el centro que ilustre el sentido en un mundo consumido por lo burocrático, son los rasgos que definen lo kafkiano y Vivarium participa de ellos. La pareja protagonista, atrapada en un laberinto del que no se atisba el fin, que por mucho que se recorra siempre devuelve en círculo al punto de partida, se ve obligada a sobrevivir a expensas de unos captores que nunca se hacen visibles, por mucho que traten de sorprenderles. Están a merced de un amo sin presencia que les exige que vivan lo programado, sin mostrarse ni menos mostrarles las razones de su encierro. Vigilados por un retoño de crecimiento acelerado que hace las veces de carcelero. Están atrapados por la vida sin posibilidad de alterar un plan que desconocen. Una vida vacua y esclavizada por su propia abundancia. Metáfora extrema de nuestro existir contemporáneo marcado por la avaricia capitalista, que nos obliga a medrar en la escalera de la propiedad, a hipotecarnos como medida de la prosperidad, dejándonos atrapados en el circuito alimentando una vida que no acaba de ser la que planeamos.

La interesante propuesta de Finnegan es efectiva, además, gracias a la excelente labor interpretativa de sus protagonistas. Un Jesse Eisenberg que nada como pez en el agua en la piel de su personaje, un joven al que le asusta el compromiso y que se verá obligado a rendirse a él, pero no sin tratar de encontrar un camino de salida. Y una inmensa Imogen Poots, que obtuvo el galardón a mejor actriz en la edición de 2019 del Festival de Sitges por esta interpretación. Ella es el alma de la cinta, entregada a una maratón emocional desgarradora en la que pugnan el amor y el miedo, el anhelo de felicidad y la desesperación, en un intento de enderezar la situación desde su comprensión. Un esfuerzo que no llegará a buen puerto.

Vivarium, pesadillesca y surrealista, incisiva y retorcida, eminentemente inquietante, puede ser una buena compañía en estos días de encierro.

Estreno en: salavirtualdecine.com

La Aventura/Cameo trae ‘Parásitos’ hoy a nuestros hogares

14 febrero 2020 Deja un comentario

Parásitos es una buena película y nos parece muy bien que se le reconozca. No entramos en si provocará interés real hacia el cine oriental, tan maltratado en nuestras pantallas, o si no pasará de moda efímera. Hoy mismo, que sale a la venta en formato doméstico de la mano del pequeño sello barcelonés La Aventura Audiovisual, vuelve Parásitos también a los cines, en los que su presencia era poco menos que testimonial, mientras el público acudía en masa a verla al día siguiente de haber obtenido las merecidas estatuillas.

PARÁSITOS (Gisaengchung, Bong Joon-ho, 2019) DVD/Blu-ray Editado por La Aventura Audiovisual/Cameo

Corea del Sur. Duración: 132 min. Guion: Bong Joon-ho, Jin Won Han Música: Jaeil Jung Fotografía: Kyung-Pyo Hong Productora: Barunson / CJ Entertainment / TMS Comics / Tokyo Movie Shinsha (TMS) / CJ E&M Film Financing & Investment Entertainment & Comics
Reparto: Song Kang-ho, Lee Seon-gyun, Jang Hye-jin, Cho Yeo-jeong, Choi Woo-sik, Park So-dam, Park Seo-joon, Lee Jeong-eun, Park Keun-rok, Hyun Seung-Min, Andreas Fronk, Park Myeong-hoon, Jung Hyun-jun, Ji-hye Lee, Joo-hyung Lee, Jeong Esuz, Ik-han Jung, Seong-Bong Ahn, Dong-yong Lee, Hyo-shin Pak

Características técnicas. Imagen: 2.35:1 1080p Audio: Coreano – DTS-HD Master Audio 5.1/Castellano – DTS-HD Master Audio 5.1 Coreano – DTS-HD Master Audio 2.0/Castellano – DTS-HD Master Audio 2.0 Subtítulos: Castellano

Extras: Featurette (5 min.)/Tráiler/Caja negra, libreto y carátula reversible

Sinopsis: Toda la familia de Ki-taek está en el paro y se interesa mucho por el tren de vida de la riquísima familia Park. Un día, su hijo logra que le recomienden para dar clases particulares de inglés en casa de los Park. Es el comienzo de un engranaje incontrolable, del cual nadie saldrá realmente indemne.

Premios:

2019: 4 Premios Oscar: Mejor película, director, película internacional y guion original
2019: Festival de Cannes: Palma de Oro al Mejor largometraje
2019: Globos de Oro: Mejor película de habla no inglesa. 3 nominaciones
2019: Premios BAFTA: Mejor película extranjera y guion original. 4 nominaciones
2019: Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor película extranjera
2019: National Board of Review (NBR): Mejor película de habla no inglesa
2019: Asociación de Críticos de Los Angeles: Mejor película, director y actor sec.
2019: Festival de Toronto: 2ª finalista mejor película
2019: Critics Choice Awards: Mejor director (ex aequo) y película extranjera. 7 nomin.
2019: American Film Institute (AFI): Premio Especial AFI
2019: Premios Independent Spirit: Mejor película extranjera
2019: Sindicato de Productores (PGA): Nominada a mejor película
2019: Sindicato de Directores (DGA): Nominada a mejor director
2019: Sindicato de Guionistas (WGA): Mejor guion original
2019: Sindicato de Actores (SAG): Mejor reparto
2019: British Independent Film Awards (BIFA): Mejor película internacional
2019: Asociación de Críticos de Chicago: 4 premios, inc. Mejor película. 7 nom.
2019: Círculo de Críticos de San Francisco: 3 premios, incl. mejor director. 7 nom.
2019: Satellite Awards: Nominada a Mejor director, guion y película internacional
2019: Premios César: Nominada a mejor película extranjera
2019: Premios Guldbagge (Suecia): Mejor película extranjera

Existen las buenas películas, obras redondas que lo son por el perfecto engranaje de sus partes, guion, dirección, interpretación… Luego están las que directamente juegan en otra liga, elevadas por encima de la media porque han alcanzado el estatus de universales, de clásicos, desde el mismo momento de ser concebidas. Existen las mejores películas del año y luego está Parásitos. A primera vista nos enamora, las siguientes veces que vuelves sobre ella descubres que nunca se acaba, que cada visionado te permite descubrir otro matiz que la hace excepcional. Y eso solo pasa con las obras maestras.

Todo empieza con el suseok. Piedras que toman forma a partir de elementos naturales, como el viento y el agua, las más deseables son las piezas con forma de oleaje como la que recibe la familia Kim en la película. Se dice de ellas que atraen la fortuna, son un amuleto al que se le atribuye la capacidad de subir de estatus a quien la posea y de alcanzar el aire de sofisticación propio de las clases altas. Todo empieza a venirles de cara a los protagonistas cuando llega a sus manos, marca el pistoletazo de salida de su ascenso hacia la abundancia, pero termina siendo la herramienta que apresura el camino de violencia con la que culmina la cinta. Porque eso es Parásitos, un relato de ascenso y caída con el que Bong Joon-ho pinta un fresco despiadado sobre la sociedad coreana. Y más allá, aunque no le faltan pinceladas de color local, su pintura es extensible a toda sociedad capitalista, es por eso por lo que nos vemos representados en su excusa argumental.

Los Kim son una familia de baja condición, pero astutos e ingeniosos como los protagonistas de las novelas picarescas. Sus avatares despiertan nuestras simpatías, porque su pillería los hace entrañables y nos reímos con sus tretas para prosperar. Son como esos timadores que nos caen en gracia porque con sus artimañas no dejan de estar haciendo justicia poética, la catadura moral del timado tiene más miseria que la del embaucador. Frente a nuestros antihéroes está la familia Park, los adinerados que ejercen su dominación con la misma naturalidad con la que respiran. Y con la misma inconsciencia. Para ellos es tan sencillo aprovecharse de los demás que ni siquiera actúan con verdadera maldad. Simplemente están arriba sin preguntarse ni preocuparse por el efecto de sus demandas. Solo deambulan por su palacio de cristal ajenos a lo que ocurre más allá de sus dominios.

Si en grupo funcionan como concreción particular de un fenómeno global, tomados de uno a uno los personajes tienen la misma entidad. La pluma de Bong Joon-ho los dibuja con el detalle propio de las filigranas. Mientras Ki-woo (Woo-sik Choi) es ejemplo del entusiasmo del travieso, su hermana, Ki-jeong (So-dam Park), actúa con mayor perfidia, es más consciente de su indigencia y, en consecuencia, mueve sus fichas con la astucia del que sabe lo que se está jugando sobre el tablero. La madre, Chung-sook (Hye-jin Jang), es una mujer más cautelosa, con menos iniciativa, pero siempre dispuesta a secundar las decisiones del resto. Y sobre ellos Kim Ki-taek (Kang-ho Song), el patriarca que ha enseñado a los demás a moverse como peces en el agua en el mundo de la picaresca, aportando la seguridad de que todo está dominado y sujeto a un plan.  Del  lado de los Park nos encontramos con un plantel de caracteres que van desde el candor rayano a la bobería de la señora, Park Yeon-kyo (Yeo-jeong Jo), la altivez clasista del esposo, Park Dong-ik (Sun-kyun Lee), la hija, Da-hye (Ji-so Jung), se nos presenta como adolescente enamoradiza y, ocupando un papel destacado, está el hijo menor, Da-song (Hyun-jun Jung), un niño hipercativo y malcriado, que es el centro de toda la atención y acabará siendo determinante en el desenlace.

Parásitos parte de un guion consistente cuya solidez no recae exclusivamente en el esmerado diseño de personajes, sino también en el calibrado pormenor con el que se describen las situaciones.  Ello hace que los giros entren con naturalidad sin poner en ningún momento en riesgo la verosimilitud del relato, permitiendo, así, que el filme vaya cambiando de género sin fragmentarse. Y también el ritmo está bien medido. La curva de interés no decae en todo el metraje, ni sufre altibajos. Su tempo es ágil sin ser precipitado, consiguiendo que la acción se module y desarrolle con la precisión de un ingenio de relojería. Una armazón de la que solo podría derivarse lo que la cinta es, un ejemplo de narración vigorosa, calculada y deslumbrante pues, paradójicamente si se quiere, su planteamiento matemático es el que deja espacio a la sorpresa. Un texto al que se rinde nuestra atención desde su primera frase hasta su último punto.

Ahora bien, lo que hace grande al filme es la perfecta traducción de la palabra al lenguaje audiovisual. Si como guionista es hábil, como director, Bong Joon-ho, es sencillamente magistral. Nada chirría en la puesta en escena, en ningún momento cae en la aparatosidad, de modo que a primera vista se diría que la cámara es invisible, es en el análisis cuando descubrimos la inteligencia con la que cada movimiento está pensado. El coreano juega con los planos con la destreza de un prestidigitador, esconde el truco en su propia materialización. La composición del encuadre, el trabajo de la profundidad de campo, la decisión del punto de vista, el escalado, el ángulo, la iluminación, en suma, todos los elementos de la imagen cinematográfica, están presentes con una sutileza tal que logran evadir nuestra vigilancia y así nos fluye la historia como si entre ella y nosotros no estuviera la mediación del autor. Resulta difícil elegir un ejemplo concreto sin destripar el argumento, tal es su grado de implicación, por eso nos limitaremos a exponer el uso significativo de los escenarios.

Igual que la familia Kim se contrapone a la familia Park, sus residencias lo hacen también, y de un modo en que ambas cobran simbolismo narrativo. El semisótano de los Kim, un habitáculo de pocos metros en los que se acumulan de forma abigarrada sus pertenencias, describe ya su lugar y su actitud en el mundo. Casi siempre los vemos reunidos en el comedor, la única pieza que tiene luz exterior gracias a la ventana a ras de calle que se abre a la altura de su techo, los Kim contemplan el exterior como el espectador de un cine, en desigualdad (inferioridad) de condiciones, pero con una actitud de buen ánimo y curiosidad. Como si todo se abriera ante ellos como promesa de mejoría. La vivienda de los Park, en cambio, es una mansión de amplias dimensiones, nada se amontona, al contrario, todo ocupa el lugar justo aumentando la sensación de espaciosidad. Es una casa diseñada para extraer las mejores condiciones de comodidad, un enorme ventanal abre el salón a la luz exterior, pero no mira hacia la calle, sino que se abre a su propio jardín. Los Park usan el mundo casi sin mezclarse con él, ya están en la cima, si su vida fuera un cine, ellos serían los que lucen en la pantalla, siempre por encima de quienes los contemplan.

Parásitos recorre el camino de los Kim hacia el asalto de los Park, por eso más de su primera mitad nos muestra a los personajes o bien subiendo o bien contemplando la pendiente hacia arriba. Ese ascenso es servido a modo de comedia jovial hasta que los Kim están todo lo arriba que pueden estar en la cumbre, ocupando la casa de sus patrones en su ausencia de fin de semana. Pero la casa de los Park esconde un secreto, está toda ella construida sobre un búnker; cuando en pleno asalto, en medio de la tormenta se presente Moon-gwang (Jeong-eun Lee), la antigua ama de llaves que ha sido despedida gracias a las artimañas de nuestros protagonistas, quedará al descubierto una realidad ignorada, la de los desposeídos que ni siquiera son contemplados por los poco favorecidos. La realidad de aquellos que están tan al margen que viven en el subsuelo. Y ahí irrumpe el horror. La jovialidad da paso a la amargura y la cinta se convierte en una sátira negrísima que culminará en un apoteosis de violencia a la par cartoonesca y dolorosa.

La caída de los Kim se escenifica en su descenso, bajo la lluvia, desde la mansión al cuchitril. Uno de esos momentos cinematográficos que pasarán a las antologías. La lluvia, que sólo es un contratiempo en la zona alta, hace estragos cuanto más bajamos. Para los ricos el efecto de esta es la llegada de un nuevo día soleado más limpio que el anterior por el efecto del agua. Para los pobres supone la pérdida de sus existencias. El genio de nuestro director consiste en narrar este drama si caer en los tintes de lo dramático, la comedia se mantiene, aunque cambie su tono, y la risa es el mejor aliado de la toma de conciencia y la denuncia. Sin hacernos sentir culpables, Parásitos pone frente a nosotros toda la crueldad de nuestro sistema, una economía que no planifica, que no controla más variables que las del lucro, la oferta y la demanda, y que, para funcionar, necesita que exista la indigencia como mal inevitable.

Parásitos es una poderosa fábula satírica sin héroes ni villanos puros. Su enseñanza es que la distribución de la riqueza en los entornos capitalistas corrompe el entramado social en todas sus capas. En la cima de la pirámide están los Park, todos los Park del mundo, aislados en su opulencia, acostumbrados a ser servidos como si ese fuese el orden natural de las cosas, explotadores que lo son de nacimiento sin cuestionarse ni por asomo si de sus actos se desprende un sistema que se sostiene en la desigualdad. Conforme avanzamos hacia la base nos encontramos a los infortunados, en una gradación que llega hasta los desposeídos, hasta el lumpen, que vive más de su ingenio que de sus recursos. Desunidos e insolidarios, los pobres no aspiran a un mundo mejor sino a tocar a más parte del pastel, a medrar. Sin conciencia de clase, son buscavidas con la mirada puesta en su propia conveniencia. De un modo u otro, todos viven a costa de los demás, son los parásitos a los que alude el título. Pero algo hace que la relación de fuerzas no sea par, el abuso de los de arriba se manifiesta a modo de desprecio y humillación, de marcar distancias y establecer fronteras que no deben ser cruzadas ni siquiera por circunstancias involuntarias. Incluso el olor es límite que revela la inferioridad que hay que mantener a raya.

Y es que la pobreza huele. Un olor que une en los momentos más desesperados y moviliza una rabia que brota incontenible y ciega como un ajuste de cuentas. No cambia nada, pero al menos atisba una rebeldía momentánea que por un instante es subversiva. Sin final feliz, pero sin desesperanza.

‘El auge de Jordan Peterson’, corrección política, ideología y reacción

6 noviembre 2019 Deja un comentario

Para hablar del último documental de Patricia Marcoccia sobre la figura de Jordan Peterson se nos hace necesario introducir un preámbulo. Antes de entrar en materia queremos remontarnos al pasado septiembre cuando la polémica sacudió a Justin Trudeau en plena campaña electoral. El presidente canadiense se vio obligado a pedir disculpas públicas por una fotografía suya de 2001. La fotografía en cuestión nos muestra al político, que en ese momento tenía 29 años, disfrazado de Aladino con un turbante y la cara pintada de negro en una fiesta dedicada a Las mil y una noches. Para la opinión pública de su país ese posado era susceptible de ser tomado como una conducta racista que ofendería a la población negra. Algo, en estas latitudes nuestras al menos, tan trivial como adoptar una identidad distinta a la nuestra mediante maquillaje en una fiesta de disfraces se convierte en sinónimo de delito de odio. No nos es posible dejar de ver en este suceso, por mucho que quieran referirlo a la figura del blackface (esa práctica de maquillarse de negro con una actitud de burla en el mundo del espectáculo) y que se quiera satanizar esa práctica, no nos es posible, repetimos, dejar de leer esta noticia como un indicador de hasta dónde puede llegar la corrección política en la censura y autocensura. Es una clara muestra de que el exceso de celo, el esfuerzo por revertir los efectos de la discriminación, nos induce a ver el mal hasta en lo más inofensivo con el agravante de que esa actitud, al interiorizarse, se convierte en fuente de autorepresión e incluso de ansiedad. Parece cumplirse la conclusión de Freud en El malestar de la cultura, la occidental es una sociedad neurótica en la que cada avance aparente se consolida a costa del aumento de prohibiciones que asaltan nuestro sentimiento de culpa y nos generan dolor. Dolor social e individual. Y hasta aquí la previa.

El también canadiense Jordan Peterson se ha erigido como azote de la corrección política, espoleado en esta labor por la modificación de la ley de Derechos Humanos en Canadá en su cláusula C16, la cual establecía la obligación de dirigirse a los demás con el pronombre que crean estos más adecuado a su identidad de género, cuestión que se concretaría en el uso de las formas neutras que permite el inglés ante aquellas personas que se consideran de género no binario. Algo nimio, pero a la vez fundamental cuando se está ordenando por ley los usos privados en las relaciones privadas, en ello ve Peterson la evidencia de que la corrección política acabará conduciendo al totalitarismo al ir recortando, mediante la ideología, las libertades individuales en el quehacer diario. En sus palabras, “No daré voz a las palabras de ideólogos, porque si lo haces te conviertes en una marioneta de su ideología“. Obsesionado, desde siempre, en el estudio de qué hace posible el surgimiento de los totalitarismos, en 2016 iniciaba la emisión de sus ideas en su canal de youtube. El documental de Marcoccia le acompaña en su ascenso hasta convertirse en fenómeno mediático, retratándolo en su intimidad, en la relación con su familia y amigos, tanto como en su actividad pública, sus eventos cada vez más mayoritarios. Recalcando que, la de Peterson, es una figura que levanta tantos afectos como odios, la cinta da voz a quienes se le enfrentaron desde el principio, activistas de la lucha por los derechos del colectivo LGTBI, es más tímida a la hora de mostrar los críticos que han ido surgiendo vista la deriva de su pensamiento, y abunda en documentos de aquellos que le manifiestan su adhesión. Se diría que a El auge de Jordan Peterson le falta un posicionamiento crítico (se pasa de soslayo sobre sus opiniones en temas de igualdad de género, por poner un ejemplo) frente a tan controvertida figura, pues, aunque muestra sus contradicciones, desprende una toma de partido hacia la simpatía. Esto es un defecto. Y lo es porque el ideario de Peterson tiene muchas aristas, hasta el punto de poder considerarlo peligroso viendo los amigos de trinchera que ha ido reclutando por el camino.

De rabiosa actualidad es la actitud del psicólogo canadiense, pues parece postularse como partidario de un discurso neutro frente a la izquierda y la derecha, algo que centra parte de los debates de nuestro presente en el que algunos quieren dar por finiquitadas ambas categorías. Su punto de partida, lo hemos visto, está muy puesto en razón, más cuando quiere alertarnos del problema de la ideología, los individuos se doblegan a ella inconscientemente, porque no son las personas las que tienen las ideas sino al contrario, nos dice siguiendo en esto a Jung. Su alerta ante el posible advenimiento de nuevos totalitarismos es sincera y hasta necesaria. El problema viene después. Peterson toma como adversario al ideario de izquierda, ve bien su problemática y propone para vencerlo una actitud de responsabilidad individual ante el mundo, algo que ejemplifica con su máxima de “ordena tu habitación” como instrumento para el cambio. Pero al hacerlo así, y pese a declararse neutral, paradójicamente (o no tanto) provoca la polarización y en su sombra se cobija lo más granado de la derecha incluso en su versión más ultra. Criticando la sujeción a la ideología, él mismo se convierte en ideólogo. Frente a la corrección política y la ideología el aboga por la reacción, pero el peso de la deriva lógica hace que acabe defendiendo lo más reaccionario.

¿Y cuál es nuestra postura al final? Ya hemos denunciado el problema de la corrección política y no quisiéramos recalar en sus filas, pero, en mor de la equidistancia que es ese término medio que nada tiene que ver con la mediocridad, tampoco podemos sumarnos al viaje de Peterson. Traído a nuestro contexto sociopolítico, parece claro que es la ultraderecha la que está instrumentalizando a su favor la ira contra la corrección política, y ante ello solo nos cabe decir que tal vez uno no sepa a qué bando pertenece, pero sí tiene muy claro a cuál no pertenece. Todo es cuestión de proporcionalidad, de sumarse al “Nunca demasiado” que rezaba el dintel de salida del oráculo de Delfos. De seguir el dictado de la vieja sophrosyne (σωφροσύνη) griega, la moderación que nada tiene que ver con la tibieza sino con el esfuerzo por la adecuación en cada contexto. La virtud reposa siempre en la tercera vía.

PUEDEN VER ‘EL AUGE DE JORDAN PETERSON’ EN FILMIN

 

Sitges 2019: In the tall Grass, inaugurando en el laberinto

22 octubre 2019 Deja un comentario

El Festival de Sitges inauguraba su 52 edición con una producción Netflix, plataforma online que cada vez parece más vinculada al futuro del audiovisual, con la consecuente discusión sobre si sus producciones deben o no considerarse cine, controversia que tuvo su punto álgido con Roma de Alfonso Cuarón. No corresponde al espacio de este artículo desarrollar en profundidad este, sin duda fundamental, debate, pero era oportuno mencionarlo porque se diría a priori que esta nueva forma de consumo marcará nuevos modos narrativos y, sin embargo, las producciones de la plataforma siguen adscritas a la gramática clásica del cine, hasta el punto de que, en verdad, algunas de ellas (como la mencionada Roma) no podrán ser apreciadas en su justo valor si no se disfrutan en la gran pantalla. Este es también el caso de In the tall Grass. Vincenzo Natali, nos trae una obra concebida cinematográficamente, por el uso de los espacios, la puesta en escena y, sobre todo, por su lenguaje fílmico. No voy a juzgar si era la mejor opción para inaugurar el principal certamen de fantástico y terror, pero lo que está claro es que se nos brindó la mejor ocasión de poder disfrutar con propiedad el último trabajo del canadiense.

Guion adaptado. Natali parte, como materia prima, de un relato escrito a medias entre Stephen King y su hijo (Joe Hill), “cuando leí esta historia pensé que era la cosa más perturbadora que había leído. Y quería hacerlo” confiesa, pero lo cierto es que el atmosférico y asfixiante relato de King-Hill gana en manos del Natali guionista, puesto que extrae la esencia del original y la refuerza con giros propios de la narrativa de Borges, uno de cuyos títulos, El jardín de senderos que se bifurcan, se cita de forma expresa en el filme. Y es así como In the tall Grass se convierte en lo que es: una nueva revisión del lugar común del Laberinto, algo que el autor de Cube domina a la perfección desde ese su debut en 1997.

Una excusa argumental sencilla. Es la historia de dos hermanos que huyen a San Diego para afrontar el embarazo de la joven. Cuando Becky (Laysla De Oliveira) y Cal (Avery Whitted) oyen el llanto de un niño (magnífico Will Buie Jr en el papel del relevante Tobin) pidiendo ayuda, ambos se adentrarán en un gran campo de hierba alta en Kansas, donde quedarán atrapados por una fuerza siniestra que rápidamente les desorienta y les separa. La hierba alta es un lugar de extrañamiento ya en la narración original, pero a esa condición Natali le suma una paradoja temporal. No se trata, sin embargo, de viajes en el tiempo, lo que ocurre es que los personajes quedan atrapados en un laberinto que despliega sus caminos, no en el espacio como es habitual, sino en el tiempo. Es decir, aunque los veamos deambular por ese prado de altura considerablemente inusual, ellos, en realidad, están circulando en el tiempo, por eso en los recovecos que transcurren se encuentran con ellos mismos en circunstancias cambiantes y a la vez ineludibles. Esta es la materia que Natali extrae del borgiano jardín de senderos que se bifurcan, una parábola (casi una adivinanza) en la que el tema es el tiempo.

Los senderos que se bifurcan no son lo único que nos remite a Borges. El laberinto temporal encierra en su centro (que está en el centro del centro de Ámerica) una roca negra que contiene todo el conocimiento. Fácil es representárnosla como la antimateria de El Aleph, ese “punto que contiene todos los puntos del universo”, porque aquí el que entra contacto con la roca obtiene la visión de todos los desenlaces y con ese saber se convierte en señor de todos los destinos y se alimentará de todos aquellos que queden atrapados por la trampa de la alta hierba. El punto omnisciente se convierte en la cinta de Natali en manifestación del terror abstracto, el mismo que admira el canadiense en la obra de Lovecraft, del horror que se desprende de la posibilidad (o no) de contemplar la eternidad. De ahí que lo podamos ver como el reverso de El Aleph porque de su epifanía no se desprende una experiencia extática sino el más profundo horror existencial.

Todo laberinto esconde su Minotauro. En In the tall Grass ese papel lo representa Ross Humboldt, padre del niño que se convierte en señuelo para la pareja protagonista, solventemente interpretado por Patrick Wilson, una presencia habitual en el género desde que James Wan le hiciera protagonizar Insidious en 2010. Ross hace las veces de guía y carcelero de esa especie de infierno que es el laberinto de hierba alta. Se granjea la simpatía de los hermanos, pero, en verdad, lo hace para obligarles a someterse a ese destino que él, como iluminado por la roca que es, conoce y administra. Es el monstruo que custodia el orden enfermizo del horror. Y Wilson en su interpretación nos hace recordar (salvando las distancias necesarias) a aquel otro “ogro” que compusiera Robert Mitchum para La Noche del cazador. Es el guardián que mantiene cerrado el bucle de la repetición, el que vigila que todo quede cerrado por el círculo.

Romper el círculo requiere el sacrificio del héroe. Una de las grandes diferencias entre el relato original y el de Natali es el lugar de la esperanza. Mientras en el texto de King-Hill nada de lo que entra sale, Natali rompe el pesimismo permitiendo que haya lugar para la salvación de la inocencia. Salvación que sólo puede darse desde la asunción de responsabilidades, el laberinto se manifiesta también como encrucijada moral, de hecho uno de los valores que lleva adscritos desde el mito fundacional minoico. Si en su centro se guarda todo el conocimiento sobre lo que ha de ser, el peso determinista de la fatalidad puede romperse mediante un acto de generosidad extrema en el que se llegue a poner el futuro de los demás por encima del propio. El sacrificio, como resolución del enigma, abre el laberinto y permite la mutación, esa fuente eterna de vida.

Natali se maneja bien con la trama y con la dosificación de la intriga que permite el buen ritmo del filme, en una entrevista en Fotogramas explicaba su truco: “Hago storyboards de todo, literalmente lo dibujo todo. Es solo mi método, pero, para bien o para mal, está todo cuidadosamente planeado y hay un aspecto musical en diseñar los planos y como funcionarán con el ritmo de la escena. Así es como lidio con ello”. Su amor por el dibujo se siente en su puesta en escena, el canadiense logra transmitirnos la asfixiante opresión del laberinto gracias a sus composiciones geométricas, dentro de un plano, pero también en la suma de ellos que supone una escena. Sus juegos de cámara son estrictamente cinematográficos y narran más todavía que los propios diálogos que se ponen en boca de los personajes. In the tall Grass, con una acogida desigual por parte del público, es una de esas cintas que nos ganan enteros cuando las repensamos. Sin duda un buen inicio para el Festival.

 

 

 

‘La sumisa’ (A Gentle Creature), de Sergei Loznitsa, llega mañana a Filmin

Filmin estrena mañana viernes, 28 de junio, la penúltima película dirigida por Sergei Loznitsa, “La sumisa”, conocida internacionalmente con el título de “A Gentle Creature”. Se trata de un drama grotesco y pesadillesco que se basa en la novela del mismo título de Fiodr Dostoyevski,y que narra la odisea de una mujer que quiere saber qué ha ocurrido con su marido después de recibir de vuelta un paquete que le envió a la cárcel. La película se presentó en la Sección Oficial del Festival de Cannes, donde obtuvo excelentes críticas. Nosotros pudimos verla durante el Festival de Sitges 2017, donde pasó casi desapercibida ante tal aluvión de películas. Una perla a (re)descubrir

A Gentle Creature (Krotkaya, 2017) el penúltimo trabajo de ficción de Sergei Loznitsa es una adaptación libre de la novela corta de Dostoievski, La sumisa (cuyo título en inglés es, precisamente, A Gentle Creature) que, sin embargo, nos remite directamente al universo de Kafka. Y es que su protagonista, la dulce criatura del título (ningún personaje tiene nombre propio, todos son denominados por su función), igual que el agrimensor K de El castillo o el Joseph K de El proceso, busca establecer una comunicación positiva con una autoridad que desconoce, pero que la maraña de trabas administrativas que encuentra en su camino hace imposible. Vasilina Makovtseva, excelentemente estoica, da cuerpo a esta joven mujer que solo quiere entregar a su esposo, convicto por asesinato, pero inocente (como al parecer es habitual en su país), un paquete que le ha sido devuelto. Se desplazará para ello a la ciudad donde se halla la prisión, un lugar en el que el penal y el pueblo se han fundido en una doble relación de dependencia en la que el uno da sentido al otro (nuevamente como ocurre en la novela de Kafka entre el castillo y la aldea). Allí iniciará un periplo pesadillesco en el que entrará en contacto con una serie de personajes que, pretendiendo serle de ayuda frente a esa funcionaria que cada día le impide la entrada, buscarán sacar provecho de ella. El suyo es un descenso al infierno, a un infierno muy terrenal compuesto por una burocracia inaccesible y arbitraria, herencia de la administración soviética, las mafias del este, la policía corrupta y por una sociedad que, a fuerza de vivir en ese país que puede ser visto como una gran prisión dictatorial, se ha envilecido ella misma (esas pintadas en contra de la agencia de derechos humanos lo muestran). Siendo real, Loznitsa no ha buscado una narrativa realista, al contrario, su película está tocada por las tonalidades de lo surreal, un tono que alcanza su máximo en ese fragmento onírico que precede al desenlace y que no ha sido comprendido por toda la crítica. A Gentle Creature se cierra con un plano fijo de la sala de espera de la estación en la que todos duermen, por su construcción parece nuestro propio reflejo: todos esos males avanzan porque todos nosotros estamos dormidos.

Una oportunidad, gracias a Filmin, de poder pescar este interesante título desde la pantalla de nuestros hogares. 

 

VAMOS DE ESTRENO (o no) * Viernes 10 de mayo de 2019 *

VIVIR DEPRISA, AMAR DESPACIO (Plaire, aimer et courir vite, Christophe Honoré, 2018)

Francia. Duración: 132 min. Guion: Christophe Honoré Fotografía: Rémy Chevrin Productora: Les Films Pelléas / arte France Cinéma / Canal+ / Ciné+ Género: Drama

Reparto: Vincent Lacoste, Pierre Deladonchamps, Denis Podalydès, Rio Vega,Willemijn Kressenhof, Adèle Wismes, Clément Métayer, Sophie Letourneur,Marlene Saldana, Teddy Bogaert, Adèle Csech

Sinopsis: Jacques es un escritor que vive en París. Todavía no ha cumplido 40 años pero cree que lo mejor de la vida ya no está por llegar. Arthur es un estudiante que vive en la Bretaña francesa. Lee, sonríe mucho y se niega a aceptar que hay algo imposible en la vida. Jacques y Arthur se gustan y viven como si estuvieran en un sueño romántico o en una historia triste.

A veces una sola obra graba el nombre de su autor en la historia. Andrea Chénier, de toda su producción, es la pieza que ha hecho célebre al verista Umberto Giordano, y el aria para soprano, La mamma morta, la que ha hecho que esa ópera figure en todos los repertorios. Los cinéfilos siempre asociarán la versión de Maria Callas a la escena cumbre de Philadelphia (1993, Jonathan Demme), una escena que, aunque reconozca la pericia de su director al construirla, no puedo contemplar sin sonrojarme. Y es que se me antoja una muestra de sentimentalismo impúdico, pensada para que el público medio alivie su conciencia, pues le permite sentirse liberal al empatizar con un problema como el SIDA en los años noventa. Hasta no faltan los críticos que consideran el filme de Jonathan Demme como la película definitiva sobre el tema, cuando no es más que la muestra del oportunismo mainstream sobre un problema que no tuvo (ni tiene) nada de lírico. Por lo contrario, sensible que no sensiblera, la última cinta de Christophe Honoré, nos aporta una visión del amor en tiempos del SIDA que no cae ni en tópicos ni en adornos.

Año 1993. Arthur (Vincent Lacoste) es un joven estudiante de veinte años que vive en Rennes. Su vida cambia el día que conoce a Jacques (Pierre Deladonchamps), un escritor que vive en París con su joven hijo. Durante el verano, Arthur y Jacques viven una historia amor. Pero Jacques sabe que este amor lo tiene que vivir rápidamente. El ímpetu y la renuncia se dan la mano en esta historia de amor, el primero para Arthur, el último para Jacques, un amor que ha de ser apresurado porque la vida apremia, herida de muerte como está. Honoré ha querido retratar la ambivalencia del sentimiento, es un revulsivo, pero también un desgarro cuando el vivirlo se hace imposible por esa Espada de Damocles que es la enfermedad. Aquí el retrato del SIDA es un drama íntimo con el que se homenajea a toda aquella generación que vivió en carnes su sentencia.

No es la película definitiva sobre la enfermedad ni lo pretende, solo busca asomarnos al vacío de vidas rotas a las que se les arrebató la posibilidad de envejecer junto a la persona amada, de ver concluidas las expectativas de realización en lo profesional y en lo personal. Es un hola y un adiós que se condensan y se funden en una despedida precipitada por el propio anhelo de dar lo mejor de uno mismo al otro, al que se le querrá ahorrar la contemplación de la decadencia. Un irse en el punto del encuentro para no dejar la memoria del dolor. Que todo concluya en el momento de la esperanza. Sin drama ni aspaviento. Más que una historia de amor imposible, esta es una película sobre una vida imposible, que nos instala en el espacio de la melancolía.

Para Honoré los 90s son la década que no termina, por eso la idea general del diseño de producción fue recrear un tiempo sin reconstituirlo. Apela a la memoria desde un ramillete de citas que perlan aquí y allí los fondos. Libros, películas, músicas, tejen un marco referencial que apunta a las vivencias de cada uno, de modo que nos sintamos transportados al corazón de esta historia sintiéndola nuestra. Nos implicamos en los despertares y en los adioses porque los hemos vivido, y los rememoramos con nuestros cinco sentidos que se ven estimulados por lo que acontece en la pantalla. Cada escena es nuestra particular Magdalena de Proust, por eso entendemos tan bien lo que nos cuentan. Humana, profundamente humana y humanista, se nos muestra esta obra como un testimonio y un canto que no es solo remembranza sino también es ahora, pues lo que describe se mantiene vigente. El amor y la muerte en su abrazo siguen y seguirán siendo esencia del existir humano, Honoré lo sabe bien y lo narra con una historia que bien podría ser el universal en el que todos nos reflejamos.

Sensual, carnal, pero no sexualizada, se nos muestra íntima y sugerente sin ninguna ostentación. No es fácil lograr que las secuencias de cama desborden realismo y a la vez una delicadeza casi mágica, para ello hace falta un director y unos actores entregados a la tarea de reproducir la intimidad de la alcoba bajo la presencia de la cámara. Honoré las rueda con muy pocas tomas, reduciendo el equipo al mínimo y ensayándolas con anticipación para explicársela a los actores. Por su parte los intérpretes, en auténtico estado de gracia, las enfrentan con un enfoque abierto en el que el veterano Deladonchamps resultó fundamental para acompañar al joven Lacoste en su interiorización de un personaje que ha de aparecer como objeto de deseo. Hay momentos verdaderamente brillantes en los que nos hacen sentir como nace entre ellos la complicidad. Los personajes toman presencia en la carne de los actores y nos resultan tan creíbles como las gentes que nos cruzamos en nuestro periplo vital. Dos amantes que podrían ser cualquiera de nosotros, así de próximos nos los trae Honoré, así nos los despliega el buen hacer de sus protagonistas.

Honesta, sugerente, emotiva y sutil, así es Vivir deprisa, amar despacio, un derroche de buen cine que nos comunica la agridulce vivencia del amor en tiempos de la enfermedad. Una película llamada a quedarse grabada en nuestro imaginario.

‘Lucero’, la última creación de Norberto Ramos del Val

Fiestas navideñas de por medio y posteriores días de asueto por Córdoba cogieron a Serendipia con la reseña de la última película de Norberto Ramos del Val por hacer. Pero al final y con las pilas recargadas nos despertamos no con una, sino dos reseñas. Ahí van:

Barajé la palabra ‘provocación’ para el subtítulo de este comentario porque el cine de Norberto Ramos del Val siempre busca agitarnos, removernos ya sea por agrado o por su contrario, incomodarnos o, mejor, deplazarnos al extrañamiento, pretende (y consigue) no dejarnos indiferentes. Si acabé sustituyéndola por ‘creación’ fue porque nuestro director no queda reducido a mero agente provocador, su cine desafía porque con él el autor desarrolla nuevos lenguajes y nuevos códigos que son, en verdad, una profundización en (o una decodificación de, si se prefiere) lo clásico para alumbrar nuevos caminos, creando, así, una pléyade de constantes personales e intransferibles que articulan su autoría. Y Lucero, su nueva película, no es una excepción a esta regla.

Lucero cuenta la breve historia de menos de un día en la vida de una mujer sola, una célula más de un tejido humano, una parte del barrio de Lucero. Eva espera una visita, la vemos prepararse, vestirse, maquillarse… La vemos fumar, beber, fumar, beber… Desesperarse porque su cita no llega. Eso y algún problema más, que no desvelaremos, es su excusa argumental. Con esta trama, para hablarnos de soledad, de (in)comunicación, Ramos del Val nuevamente se adentra en el terror, siguiendo las directrices del género pero siendo al mismo tiempo experimental, un fantástico weird que ya ha perlado antes su carrera, pero que, aquí, su extrema consigna, no incluir ni una sola línea de diálogo, hace más evidente. La exclusión de diálogos no es un mero capricho pensado para epatar al público, es todo un recurso dispuesto para lograr trascender fronteras: las del individuo, porque lo que le acontece se puede universalizar; las espaciales, porque no se instala en lo local aunque podamos reconocer su procedencia; e, incluso, las temporales, el director busca mirar al presente desde todos lo tiempos posibles, tanto desde la estética como desde el mismo trabajo de la fotografía. Lucero es, de algún modo, la película más rabiosamente moderna, vanguardista incluso, de Ramos del Val y, al mismo tiempo, la más vehementemente atemporal.

Rodada casi cronológicamente según el tiempo de ficción, apostando por las primeras tomas, y dejando la duración del plano sujeta prácticamente a la magia del momento creativo, nos encontramos con una película de abundantes planos fijos de larga duración que Claudia Molina, protagonista absoluta, sostiene con rotunda solvencia. El trabajo de la actriz es una de las mejores bazas de esta cinta de (casi)único personaje, tanto que el propio Ramos del Val la nombra como co-creadora. Y es que a la interpretación de la actriz se le fía mucho del peso de la verosimilitud de lo narrado, su concentración había de ser máxima y su entrega al personaje absoluta o de otro modo todo lo construido se vendría abajo como un castillo de naipes. Y Claudia Molina supera con nota la prueba.

Ahora bien, sería injusto no reconocer que la verdadera alma mater del filme es el propio Ramos del Val. Y no solo porque simultanea las tareas de dirección de fotografía, composición de la banda sonora y dirección propiamente dicha, sino porque sobre la cinta vacía sus impresiones vitales más personales. Nada existiría sin sus reflexiones sobre esta época ultraconectada y a la vez inmensamente solitaria que nos ha tocado vivir. Ni menos sin el punto de ironía con el que se relaciona con el mundo, con su reflexión sobre él y hasta consigo mismo. Con Ramos del Val nos instalamos muy adentro pero a la vez muy afuera, vemos lo interior en perspectiva, sin autocontemplaciones ni autocomplacencias. Por eso su cine resulta liviano en su profundidad. Confiesa que quería hablarnos de “la necesidad de reivindicar la individualidad consciente; el sentirse a la vez individuo y parte de algo más grande”, y eso es lo que rezuma Lucero. Resume el fracaso de las relaciones humanas en esta época de redes sociales que nos dan la apariencia de estar en contacto con todo y con todos pero que en verdad supone un gran aislamiento. Declara que “esta sociedad que hemos creado nos da a la vez todas las opciones posibles de comunicarnos… y nos acalla brutalmente” y nos lo cuenta, como los mejores artistas gráficos, en una excelente viñeta sin diálogos.

… PERO NO SE VAYAN TODAVÍA, PUES AÚN HAY MÁS:

Para todos aquellos que sitúan a Norberto Ramos del Val como ese director que hace películas en las que sus protagonistas no paran de hablar y hablar; selecciona muy bien a sus actrices femeninas; e, indefectiblemente, las retrata ligeritas de ropa, hay que decirles que llega Lucero, última cinta del director, con la que  contradice totalmente la primera aseveración; casi la tercera; y confirma la segunda, pues su película carece de diálogos, no se desnuda a su actriz hasta el final, y Claudia Molina realiza un auténtico tour de force interpretativo, saliendo más que airosa y confirmando, una vez más, el buen ojo de este viejo zorro.

Con Lucero Norberto deja de lado las comedias protagonizadas por jóvenes modernos atacados de verborrea y nos devuelve la extrañeza que mostró en El último fin de semana (2011), aunque si aquella era, más o menos, de ciencia ficción, Lucero nos adentra en un submundo de satanismo, soledad, comezón y frustración con una ansiosa protagonista que pasa una extraña noche en vela. Eterna, repleta de visiones y viajes oníricos a la manera de aquel Allan Grey, protagonista de  Vampyr (1932) de Dreyer.

Con una acertada banda sonora, que añade tensión y sensación de irrealidad a la pesadilla, y que está compuesta por el propio Norberto, cuenta con un tema final en el que, como catarsis, canta la propia Claudia Molina, pues la barcelonesa también es cantante y posee una bonita voz.

Además de Claudia, actriz de dilatada carrera que debutó a los nueve años protagonizando La moños (Mireia Ros, 1996), Norberto Ramos del Val cuenta para pequeños papeles con la participación de dos actores que ya han trabajado con él, Jaime Adalid (Faraday, 2013) y Edgar Calot (Call TV, 2017). Sin olvidar al gato Obi Wan, que sin acreditar realiza un logrado papel de felino.

 

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