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Darío Argento: Nunca el terror fue tan bello, ni la muerte tan cruel

740full-dario-argentoFue hace muchos años. Cuando vivir en su plenitud un festival de cine era todavía un sueño lejano que se limitaba a breves paseos por su periferia, cuando visité el off-festival de uno, consistente en una carpa gratuita en pleno paseo marítimo. Ver alguna película allí resultaba de lo más incómodo, pues cada vez que alguno de los numerosos curiosos abría sus cortinas para ver qué se cocía en su interior, se filtraba la luz profanando su oscuridad y turbando nuestra atención. También creo recordar que la película en cuestión se proyectaba en su idioma original y sin subtítulos, motivos ambos por los que desistí de verla completa. Pero antes de marchar vi una escena. La escena: el personaje se ha colado en un edificio de singular arquitectura. En el sótano ve un agujero cubierto de agua. Se le caen las llaves por él y vemos que ese agujero lleva a una habitación sumergida. La protagonista se zambulle en el agua para recuperar sus llaves y vemos con ella que se trata de una suntuosa estancia repleta de lámparas de araña, cuadros misteriosos, una puerta que se abre y se cierra por la que entra una extraña luz… una onírica escena submarina que se interrumpe bruscamente cuando aparece un putrefacto cadáver que parece asir a la espantada protagonista, que emerge aterrada a la superficie a toda velocidad.  Simple ¿no? Sencillo ¿verdad? Pues pueden creerme cuando les digo que esas imágenes se me quedaron grabadas desde entonces y siguen fascinándome por su belleza. Por su magia. Aún no sabía que pertenecían a Inferno (1980), pero no recuerdo como, siempre supe que eran de Dario Argento.

INFERNO, Irene Miracle, 1980, TM & Copyright (c) 20th Century Fox Film Corp. All rights reserved.

No les voy a hablar de datos biográficos, cronologías y logros técnicos, el espacio obliga y para ello hay interesantes y completas obras editadas. Así que me gustaría repasar sensaciones, colores y texturas. Muertes bellas, extrañas y oníricas. Inolvidables. Una coreografía del horror en la que durante mucho tiempo Argento fue insuperable, ofreciéndonos bellas y sangrientas estampas realizadas con un arma blanca como pincel, sangre como óleo, la víctima como tela y Argento como artista-director-asesino plasmando sus obsesiones con sus propias manos, pues sabido es que esas manos enguantadas ejecutoras no son otras que las del inferno-1980mismo cineasta, a quien gusta realizar en primera persona ese instante climático. Unos majestuosos lienzos que no podemos dejar de admirar ya desde sus tres primeras obras, enmarcadas en lo que se dio en llamar giallo, un subgénero cinematográfico derivado del whodunit policiaco, pero netamente transalpino en el que no están permitidas las armas de fuego, primando los truculentos crímenes de un misterioso asesino fuera de cámara con cuyo sorprendente descubrimiento, tras un sinfín de pistas falsas que nos llevarán a sospechar de varios de sus protagonistas, concluirá el film.  El pájaro de plumas de cristal (L’uccello dalle piume di cristallo, 1970), El gato de nueve colas (Il gatto a nove code, 1971) y Cuatro moscas sobre terciopelo gris (4 mosche di velluto grigio, 1971) son las tres películas con las que, partiendo de las bases concebidas por Mario Bava, Argento creó una nueva escuela imitada hasta la saciedad.

Con Rojo oscuro (Profondo rosso, 1975) piedra filosofal del giallo y primera gran película de Darío Argento, el director romano sentará cátedra mezclando ese subgénero, esencialmente policíaco, con el terror, homenajeando por el camino a su admirada Blow Up (Michelangelo Antonioni, 1966), de la que toma prestado al protagonista David Hemmings. Junto a la audacia de mostrarnos a la asesina en los primeros minutos de metraje, eso sí, de forma que pocos serán capaces de verla, tenemos numerosos aciertos plásticos, de entre los que sobresale la inexorable mecánica de la última muerte. También formará parte del reparto de Rojo oscuro, Daria Nicolodi, quien con ese nombre parecía destinada a formar pareja con Argento, actuar y colaborar en sus guiones, además de ser madre de la divina Asia,  protagonista posterior de muchas de las obras del director.

Pero es con Suspiria (1977) con la que Argento alcanzará su primera cumbre, y con la que añadirá lo puramente sobrenatural a su cine. Con guión de Argento y Nicolodi, la película nos introduce en la Tanz Akademie de Friburgo, donde el personaje interpretado por Jessica Harper descubrirá el horror. El edificio será un importante elemento en la trama. Con su simétrica arquitectura modernista y Art decó y su atmósfera inundada de colores irreales en los que se cometerán asesinatos en frío azul y rojo sangre, a los que acompañará la frenética música de Goblin, nunca más acertados que en este debut junto al director. La respuesta al éxito de Suspiria fue Inferno, film en el que Argento continúa y desarrolla la estructura de lo que se dio en llamar Trilogía de las tres madres, ambientada en tres lugares distintos: Friburgo, Nueva York y Roma, en los que hay tres mansiones realizadas por el arquitecto Varelli y en las que  residen tres madres/brujas: Mater Suspiriorum, Mater Lacrimarum y Mater Tenebrarum, suspiriarespectivamente. Inolvidable resulta la violenta coreografía de  cuchilladas con el coro de Nabuco de Verdi como fondo. Cortes directos al corazón. Lamentablemente este bello experimento plástico realizado en total libertad y en el que prima la imagen en detrimento de un endeble guión,  no tuvo la suficiente repercusión económica como para permitir cerrar a continuación la trilogía, que se completó muchos años después con una tan esperada como decepcionante conclusión. Pero también el director se encontraba agotado tras rodar dos películas englobadas en la misma idea, así que apostando por lo seguro para su siguiente film, Argento vuelve al género que lo encumbró, el giallo, con  Tenebre (1982), aportando un poco de estilo a este subgénero en cuyo nombre otros directores habían cometido las más tremendas tropelías experimentando truculentas muertes. Argento consigue un más difícil todavía al rodar, y hacer creíble, un asesinato impune en un exterior, en hora punta y a plena luz del día.

Phenomena (1985), el siguiente proyecto del director, es un retorno al fantástico. Un cuento mágico y tenebroso protagonizado por una maravillosa Jennifer Connelly que,  en uno de los momentos culminantes de la cinta, terminará sumergida en una hedionda balsa de putrefacción. Maltratado por la crítica, que no por el público, el film cuenta con una de las mejores bandas sonoras de Goblin, pero también con unos totalmente innecesarios insertos de música Heavy. Phenomena ha envejecido mal, muy al contrario que la reivindicable Terror en la ópera (Opera, 1987) otro bello lienzo que nos deja una de las imágenes iconográficas del cine de Darío Argento: una inmovilizada Cristina Marsillach forzada a ver los crímenes del asesino al tener los ojos amenazados por una fila de alfileres que, sujetos bajo ellos con cinta adhesiva,  impide que los cierre bajo riesgo de rasgar sus pupilas. Una perversa metáfora sobre Argento y nosotros mismos, el público, al que el director muestra el mayor horror tiñéndolo de una belleza que nos impide apartar la vista de la pantalla. Más sadismo, más estilismo. Más Argento en una película que marcará la cúspide de él también como productor, pues conviene no olvidar que entre sus éxitos como tal se encuentra la saga Demons (1986-87) de Lamberto Bava y los primeros films del prometedor Michele Soavi.

Tras la episódica Los ojos del diablo (Due occhi diabolici, 1990), el director romano retornará al giallo en alguna ocasión más, como en Trauma (1993) o en Giallo (2009), ofreciéndonos además su personal interpretación de obras y personajes clásicos con  El fantasma de la ópera (Il fantasma dell’ opera, 1998) y Drácula 3D (2012). También cerrará la Trilogía de las tres madres con La madre del mal (La terza madre, 2007), un decepcionante final que supo a poco a sus fans, quienes siguen añorando los mejores tiempos del director. Un director que tan bellas y terribles imágenes nos ha dejado. Imágenes por las que dejarse arrastrar. Y también sensaciones. Como el desasosiego que percibimos ya desde el inicio de Suspiria ante una amenaza intangible, que no nos permite separar la vista de la pantalla, manteniéndonos inmovilizados en nuestra butaca. Inmóviles como las pupilas de Cristina Marsillach. Fascinados. Como aquel día en aquel festival en el que  me sumergí junto a Irene Miracle en la obra de Argento y me quedé para siempre. Una obra que perdura y perdurará. La que hace que Dario Argento sea considerado un MAESTRO del cine fantástico y de terror.

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