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Sitges 2013: Universos particulares, Terry Gilliam&Jodorowsky

Aunque en tiempos de recortes se ha reducido el número de invitados, no ha faltado la presencia de celebridades. Así se tuvo ocasión de ver a Takashi Miike (a quien se le dedicaba una retrospectiva) y a otros dos grandes monstruos de la dirección como fueron Terry Gilliam y Alejandro Jodorowsky, presentando las dos últimas obras con las que nos han obsequiado: The zero theorem y La danza de la realidad, respectivamente.

Terry GilliamAl primero le debimos una de las presentaciones más divertidas del festival en la que Gilliam elogió la cercanía del certamen (no es necesario vestir de gala) y habló sobre su filme. Para el director esta película rodada en 35 milímetros lo contiene todo desde la preocupación técnica porque sea accesible a todos los formatos de pantalla, hasta la reflexión de fondo sobre el sentido o sinsentido de una exsitencia como la nuestra en un universo que podría acabar condensándose en un big crunch. Gilliam, pues, regresa a sus orígenes para alumbrar una obra abigarrada y barroca en la que la ciencia ficción es una excusa para construir una parábola hiperbólica de nuestro presente.

En la película, que debutó en la sección oficial de la Mostra de Venecia, nos encontramos con Oohen Leth (Cristoph Waltz bordando su interpretación) un excéntrico genio de los ordenadores que vive en un mundo corporativo controlado por una oscura figura llamada «Dirección». Recluido en el interior de una capilla en ruinas, Oohen trabaja en la solución a un extraño teorema, un proyecto que podría descubrir la verdad sobre su alma y el significado de la existencia (o la falta del mismo) de una vez por todas. De concepción kafkiana, The zero theorem nos asoma a un futuro en el que todo está saturado de información casi imposible de asimilar, con ello Gilliam expresa su percepción de nuestro presente como un mundo amorfo que avanza en tantas direcciones que es casi imposible predecir qué nos espera como porvenir.

the zero teorem 1

Con extravagancia y humor, Gilliam nos adentra en las paradojas de la comunicación que se producen en un entorno hiperconectado como el nuestro  en el que es difícil gozar de la propia soledad y en el que las interacciones con el otro quedan relegadas a la distancia de lo virtual por ser el único espacio sobre el que podemos ejercer dominio. Y en medio de todo ello se mantiene, al menos para el protagonista, la interrogación sobre la misión que se espera de nosotros si es que hay algo parecido a un destino universal, a una finalidad teleológica tanto de la naturaleza como del hombre. Mientras, Oohen Leth es contratado para confirmar el teorema zero el cual establece que todo va a perecer en el repliegue de la materia sobre sí misma, conclusión que anularía esa posibilidad de haber sido llamados a un sentido. El final enigmático, y hasta cierto punto abierto, nos deja instalados en el reino de la duda, quizás porque es el único escenario al que puede acceder el conocimiento humano sin embarrancarse en falacias y Gillian no ha querido aliviarnos con un happy end (pese a haberlo rodado por exigencia de los productores), para no caer en la insinceridad ni generar falsas esperanzas.

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The Zero Theorem es, pues, una distopía humorística (quizás no tan redonda como Brazil o El rey pescador) en la que su director vuelve a compartir con nosotros la imaginería de su universo particular, como tal no deja encorsetarse en ninguna categoría estándar y por ello puede ser amada o detestada, pero no pasar desapercibida. Gilliam a sus 72 años sigue siendo un cineasta de referencia difícil de encasillar y capaz de lanzarnos propuestas que nos hacen gozar estética y metafísicamente.

Como Gilliam, también Alejandro Jodorowsky sigue siendo un cineasta inclasificable y, 23 años después de haberse alejado de la dirección, vuelve con fuerza en La danza de la realidad: un relato autobiográfico en el que el franco-chileno bucea en su infancia armado de onirismo y poesía surreal. Este auténtico polímates en algo más de dos horas nos invita a acompañarle en un viaje mágico a sus raíces, viaje en el que se combina el retrato de su entorno familiar y el de un país sacudido por la inestabilidad política y el flirteo con el nazismo.

La danza cartelSu natal Tocopilla se convierte en La danza de la realidad en un paisaje mágico y mítico (en la línea del Macondo de Cien años de soledad), poblado de iconos y personajes grotescos y simbólicos a partes iguales. Todo ello retratado con una paleta cromática llena de colores vivos que aumentan nuestra percepción del espacio metafórico envolvente de esta ficción narrativa. Con su relato catártico Jodorowsky inicia una sanación de sí mismo y así su yo presente irrumpe en la escena para alentar e insuflar esperanza al niño sensible y distinto que él mismo fue. Su infancia peculiar se convierte en una infancia de ensueño que le permite al autor deshacerse de las represiones familiares en un auténtico ejercicio de psicogenealogía, o lo que es lo mismo la curación mediante el recuerdo.

La película fue un riesgo continuo, testifica el propio director, por sus propuestas visuales y narrativas (por ejemplo, la madre se expresa durante todo el metraje cantando), pero lejos de quedarse en un producto incomprendido ha venido rodeada por la aceptación del público y el éxito comercial (al menos en su Francia de adopción en la que la película lleva más de siete semanas exhibiéndose en 50 salas). Aunque es personal e intransferible, la cinta nos atrapa en su magia y nos mece en su exploración de la memoria. Como el Amarcord de Fellini, esta danza por lo biográfico y particular se extiende hasta nosotros espectadores que llegamos a sentir que compartimos el espíritu de sus vivencias.

Extraña y extravagante, La danza de la realidad nos cautivó hasta tal punto que para quien escribe está incluida en su top ten de la edición. Así, los grandes genios esperados (Gilliam y Jodorowsky) no nos decepcionaron, al contrario, nos brindaron algunos de los mejores y más provocadores momentos de cine de este festival.

Categorías: Sitges Film Festival
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