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Serendipia’s Sitges Film Festival 2017. Novena cápsula

VIERNES 13 DE OCTUBRE                                                                       Fotos: Serendipia

Fecha fatídica en el festival de Sitges, porque ya marca el final de unos agotadores días y porque haciendo honor a su número, nos dio mal fario. Pero vayamos por partes.

Bien temprano, Serendipia inaugura su jornada cinéfaga con la que aún no sabíamos que sería la ganadora del festival. Jupiter’s Moon del húngaro Kornél Mundruczó se inicia (al igual que la comentada Purgatoryo) situando al espectador como protagonista de un momento tan fundamental como incómodo. En este caso, seremos uno más de los aterrorizados refugiados sirios que intentan cruzar la frontera húngara hacia una Europa que, lejos de lo soñado, es hostil, todo en imposible plano secuencia con el que trasmitir la tensión del momento, su enorme confusión y zozobra (literalmente esto último, los botes que les transportan se hunden y, en un alarde de cámara, nosotros los acompañamos bajo el agua). La cámara corta el plano cuando la policía  abate a tiros al protagonista. Somos testigos de la muerte injusta de un inocente. O al menos eso creemos, pues ha recibido tres disparos mortales de necesidad. Un médico corrupto será el responsable de revisar el caso y testigo de un hecho excepcional: el individuo además de sobrevivir a los impactos, levita. Así que el médico descubrirá dos cosas: que los milagros existen y que pueden dar mucho dinero. Al tiempo que se pregunta si realmente existen los ángeles.

Como vemos la irrupción del fantástico tiene lugar en medio de un tema candente, al igual que ya hiciera el director con aquella revolución de los (perros) descastados en White Dog (2014). Pero en Jupiter’s Moon añade, además, referencias inequívocamente religiosas a la historia, dejando abierta la puerta a la esperanza con la redención del desencantado médico y del incansable policía.

Strangled (A Martfüi Rém, 2016) nos sitúa de nuevo en Hungría pero en esta ocasión para revisar un hecho real acontecido a mediados de los años cincuenta que sólo ha podido abordarse libremente al haber fallecido los protagonistas. La película de Árpád Sopsits, que el propio realizador pidió que viéramos con la mente abierta, relata la historia del primer asesino en serie del nuevo régimen húngaro. Un asesino que ya fue juzgado y condenado a cadena perpetua por asesinar a su novia, pero que salió libre tras cumplir tan solo siete años de condena, retomando sus actividades necrófilas mientras un inocente es condenado por sus crímenes. Realista hasta llegar a la  crudeza (las imágenes de los asesinatos no nos son escatimadas y nos son presentadas sin ningún pulido), Strangled retrata magistralmente, con el carácter seco de una crónica negra, toda aquella época gris en la cual el asesino en serie, producto del capitalismo, no podía darse en las sociedades comunistas, absolutamente perfectas según sus mentores. Algo que también retrató la fantástica Ciudadano X (Citizen X, Chris Gerolmo, 1995) aquel telefilme ganador, por cierto, en categoría a mejor película, director y actor en la edición del festival de Sitges de ese año.

Tras un asesino en serie, tocó el turno de un caníbal: Issei Sagawa, criminal japonés culpable de asesinato y canibalismo cometido contra Renée Hartevelt. El 11 de junio de 1981, Sagawa estaba estudiando literatura de vanguardismo e invitó a la mujer a cenar en su casa con la pretensión de conversar sobre literatura. Después de la llegada de la estudiante y de que ella rechazase sus proposiciones, él le disparó por la espalda en la nuca con un rifle del calibre 22 que había comprado con el propósito de llevar a cabo su plan caníbal. Detenido por la policía y declarado demente tras un análisis psicológico, fue juzgado como tal, por lo que fue recluido en el hospital psiquiátrico Paul Guiraud de París. Pasados pocos meses contrajo una enfermedad que, por error médico, fue diagnosticada como terminal, situación que le supuso su repatriación a Japón, donde vive actualmente bajo la responsabilidad de su hermano. Este caso novelesco en el que la realidad supera la ficción ocupa el último trabajo de Verena Paravel y Lucien Castaing-Taylor, Caniba, que, considerado docuensayo, se hizo acreedor de los más diversos comentarios, si para alguno se trata de una obra que busca el impacto, para otro se habría buscado un feísmo que impidiera la empatía, mientras que aún un tercero lo vio como el intento de introducirnos en la mente de un caníbal. Opiniones para todos los gustos entre las que no existe pleno consenso. Y es que los directores de Leviatán han alumbrado un filme incómodo que hizo que una buena parte del público abandonara la sala. No es su escabrosa temática el que hace de Caniba un documental perturbador sino la decisión formal de sus autores a la hora de ponerlo en escena. Dividida en capítulos que se suceden sin solución de continuidad, la cinta repasa las motivaciones del criminal mediante diferentes recursos, insertos de sus películas pornográficas (sí, protagonizó unas cuantas una vez regresado a Japón), imágenes del manga dibujado por él en el que relata los pormenores de su “hazaña”, fotografías de su infancia, las declaraciones de su hermano (un sujeto digno de estudio él mismo por sus inclinaciones masoquistas que procuran alguno de los momentos más desagradables del filme), pero todo ello es ofrecido mediante primeros y primerísimos primeros planos fijos desenfocados. Somos conscientes de que jugar con el foco es uno de los recursos expresivos de la fotografía, y por extensión del cine, pero nos preguntamos si era necesario y/o justificado jugarlo al desenfoque durante los noventa minutos del metraje. Incómodo, perturbador, sí, pero en su significado de cargante, ese es nuestro juicio. Pero, todo y con ello, nuestra queja no va referida a su cualidad, sino a su inclusión dentro de la sección oficial. Es lícito que un festival acoja propuestas arriesgadas y se las quiera descubrir a su público, sin embargo, habiendo una sección como Noves Visions, en la que se supone que se da cabida a los puntos de vista innovadores, en ocasiones incluso experimentales, es nuestra consideración que Caniba merecía haber sido proyectada en esa categoría.  Eso habría evitado la decepción de muchos, de una parte, y, de otra, la habría hecho llegar al sector que mejor podría haberla apreciado.

No sin cierto enojo, de “guatemala” fuimos a guatepeor con Compulsión. Opera prima de reducido presupuesto que resultó bastante convencional y trillada, a pesar de ser promocionada como “thriller art house”. Incomprensiblemente fue proyectada formando parte de la sección Noves Visions Plus, cuando no había en ella nada novedoso ni en su fondo ni en su forma. Si parte del público del Auditori salió de ver Caniba con la sensación de que les habían tomado el pelo, con más motivo se sentirían engañados los aficionados a lo experimental con este trabajito que a duras penas justificaba su inclusión en un festival de la categoría de Sitges.

En fin, una jornada con su cara y su cruz, pero ya se sabe que, como en botica, en un festival debe haber de todo y para todos los gustos y al parecer, en esta ocasión, Serendipia no atinó con el suyo en su selección de tarde ¡Y todo esto con Frank Langella y el Dracula de John Badham en el Prado! ¡Cachis!

Categorías:Festival de Sitges
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