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Morbo: el discreto encanto de la progresía.

La cámara recorre lentamente una casa en ruinas mientras se escucha una voz en off, y yo debo de tener una mente perversa porque me ha parecido ver un lefotazo en to el jeto de la copia de la Monalisa que descansa en el suelo. Evidentemente no es tal, pero he tenido que parar la imagen para verlo mejor. Tampoco está tan mal que mi perversidad se despierte con una película titulada Morbo (1972, Gonzalo Suárez), al fin y al cabo la he visto por puro ídem. Mis prejuicios me indicaban que me esperaba un prometedor ejercicio sesudo de tedio revestido de terror, con más pajas mentales que de las otras, aderezadas con alguna imagen pretendidamente transgresora, que habría envejecido mal y, por ello mismo, garantizaría una buena sesión de risas.  Pero ni provoca (tantas) risas ni es tan tediosa sino que resulta que Gonzalo Suárez ya rodó Anticristo (2008, Lars Von Trier), sin efectos gore, con peor factura visual y menos calado filosófico, pero también sin tanta megalomanía y eso siempre se agradece.

El argumento es simple, una pareja de clase media se casa y decide pasar su luna de miel en una roulotte en medio del bosque, lo que se prometía un retiro idílico acaba siendo perturbador.  La primera acepción de morbo es enfermedad y la aparición del título en un plano corto que recoge el momento en que los esposos intercambian sus anillos parece querer decirnos que el matrimonio lo es.  Y ese será el tema: el matrimonio aboca a la incomprensión entre los miembros de la pareja quienes, resuelta la tensión ante lo que les mantenía separados, acaban descubriendo que no tienen nada que decirse.  La falta de comprensión se pone de manifiesto cuando la pareja se encuentra totalmente a solas, aislada de la convención que supone formar parte de la sociedad, en medio de una naturaleza muda que irá manifestando su hostilidad y su condición violenta.  Claro que igual esa violencia la provoca la visión de Alicia  (Ana Belén) en ropa interior, desde que en la primera escena se quita su vestido de novia en la gasolinera (dejando atónito al expendedor y cardíaco al público de la época), no vuelve a vestirse hasta el minuto veintinueve, con un vestido estratégicamente abierto por delante que le dura bien poco puesto, para no volver a a aparecer vestida hasta el desenlace.  Eso sí no se llega al desnudo (que la censura del tardofranquismo tenía aguante pero no tanto), para evitarlo la cámara siempre la rueda en la ducha situada tras la cortina.

El bosque, lugar vedado como indica el cartel de prohibido el paso a la entrada del desvío que toman para acampar, esconde su secreto: la casa misteriosa propia de las fábulas, que ya nos es presentada en el prólogo del film.  En ese prólogo que repasa en panorámica las estancias de una casa derruida una pareja en off nos habla de un incendio que dejó a la mujer con las piernas abrasadas, impedida y atada a su compañero sin posibilidad de nada más.  Sabremos más adelante que ese prólogo es en verdad un flashforward, por lo pronto sirve para que, cuando Diego (Víctor Manuel) va en busca de agua y dice descubrir una casa a la vez que descubrimos junto a Alicia que tiene restos de hollín en la camisa, se instale la convicción de que los habitantes de la casa son una amenaza para los protagonistas y se lo van a hacer pasar mal.  Pero la acción se retrasa, Diego y Alicia, cuando no están retozando, discuten constantemente, la chica está obsesionada por la falta de agua y presiona al marido para que vaya a buscarla a la casa.  La tensión viene dada por repetitivos planos del movimiento de los árboles agitados por el viento (eso sí a Ana Belén no se le mueve ni un cabello), la conversión en asesino de uno de los hamsters (porque, sí, todo el mundo se va de la luna de miel con las mascotas, de todos es sabido ¿o no?) y, el máximo susto, la puesta en marcha del limpiaparabrisas en medio de la noche. La verdad es que no llegamos a entrar en tensión, en buena medida por culpa de la banda sonora (de dos temas) de Jacques Denjean que nos saca de situación constantemente, banda sonora, no se lo pierdan, de la que llegó a editarse un single de bizarra portada.  Se pretende una sensación de agobio, de sospecha de que están siendo espiados con intenciones malsanas, pero más bien acabas a la espera de que empiece a pasar algo.  El clímax llega con el desenlace, es entonces cuando vemos a los habitantes de la casa y cuando comprobamos que es la misma casa de campo que ha soñado varias veces la protagonista, de modo que imaginamos que esa pareja muestran el futuro que les esperaba y que habrán conseguido cambiar a base de golpetazo de plancha.

Son mejores las intenciones que los resultados, cuando a una película la sostienen casi en exclusiva dos actores estos han de ofrecer muy buenas interpretaciones.  Ana Belén mejoró con los años y Víctor Manuel hizo bien en abandonar su carrera cinematográfica.  La película fue mal recibida por la crítica, en Terror Fantastic (nº15), por ejemplo, se la catalogaba de ampulosa y se le recomendaba al autor que aprendiese a sugerir el “mensaje” con sutileza haciendo que el espectador entrará en diálogo con la película en lugar de hacérselo recitar a los personajes. Si en su momento Gonzalo Suárez arremetía contra los críticos, en la actualidad confiesa que la crítica tenía razón.

Quizás lo más interesante que envuelve a Morbo es que fue inspirada por la definición de una nueva clase, la que entonces poblaba la noche barcelonesa en la sala Bocaccio, en una conversación etílica entre Gonzalo Suárez y Juan  Cueto (co-guionista): la progresía.  Gonzalo Suárez hablaba en estos términos en Triunfo: «Se está produciendo un fenómeno curioso cuyo síntoma más característico quizá sea la reivindicación de una nueva clase social, que yo denominaría “progresía”, y que pretende erigirse en representante de la moral artística, heredando así los derechos ejercidos durante tantos años por la burguesía dominante. Reclaman privilegios, aspiran a institucionalizar sus gustos y aversiones y para ello se guían por los valores ya institucionalizados, limitándose a cambiar sólo los acentos y las comas, sin alterar el discurso, sin encarnar en un auténtico compromiso las nuevas formas, que, dicho sea de paso, les escandalizan tanto como a sus »La progresía es inoperante porque únicamente gira en torno al ombligo de sus bien pensantes opiniones. (…) La progresía reclama películas políticas pero se contenta con aplaudir en un lujoso cine de estreno cuatro frases de cualquier película que se limita a reconstruir y fotografiar de la manera más convencional una utópica revolución para adolescentes (“Queimada”). Así se produce una descarga psicodramática estabilizadora que reúne todas las las características de una actitud paternalista muy cómoda (revolución desde la butaca que no altera ninguna estructura mental)». Fue para desmarcarse de la gauche divine por lo que Suárez y Cueto se decantaron por hacer una película popular que huyera del anatema que pesaba sobre lo comercial y desmitificara a la progresía.   La película no ha resistido el paso del tiempo, pero su intención de crítica a la clase bautizada por ellos  sigue teniendo vigencia.

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