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Serendipia’s Sitges Film Festival 2018: Quinta cápsula

LUNES 8 DE OCTUBRE                                                        (Fotos: Serendipia)

Durante este lunes Serendipia vería una de las películas que esperaba con más expectación. No le defraudaría: The House that Jack Built fue la bomba. Además iría, por primera vez en este año, al Retiro, sala en la que sus posaderas se resentirían gravemente tras cuatro películas seguidas…

Vamos con ello:

La jornada comenzaba con la producción argentina Animal, cinta que compite en la Sección Oficial y que está dirigida por Armando Bo. Si les suena el nombre es porque su abuelo se llamaba también Armando Bo y su esposa era la legendaria Coca Sarli, actriz a la que dirigió y con la que protagonizó un buen número de éxitos del cine argentino que son en la actualidad películas de culto por derecho propio. Su hijo, Víctor Bo, protagonizó también alguna película junto a su madrastra. Armando, tercera generación de los Bo que pertenece al negocio cinematográfico se ha hecho un nombre por sí mismo produciendo, dirigiendo y colaborando en los guiones de Biutiful (2010) y Birdman or The Unexpected Virtue of Ignorance (2014) de Alejandro G. Iñárritu. Con su segunda película nos propone un intenso drama, el de un hombre

que lleva una vida perfecta, ideal, pero al que un día le hace falta un riñón. Tras dos años de espera siente que el sistema no funciona y que merece una solución a su problema, así que busca un riñón por otros cauces. La película de Bo contiene un poderoso discurso político y social que quizás se ceba con la parte más desfavorecida del drama, el joven pobre, todo un parásito que va a venderle la víscera que el protagonista tan urgentemente necesita, mostrándolo como un necio y un egoísta, tanto a él como a su compañera en este descenso a los infiernos de un burgués que verá como las cosas son más frágiles de lo que aparentan y que, por un caprichoso giro del destino, todo su futuro puede derruirse. El de Animal es un aciago retrato que calibra perfectamente su ritmo, un avance in crescendo en la espiral que de degradación humana en la que se sumen los

personajes y que es una punzante denuncia de nuestras burocráticas sociedades. Si tuviéramos que quedarnos con un sólo momento del filme (y sería injusto) habríamos de decantarnos por su plano secuencia inicial, la cámara de Bo se cuela en la rutina de una familia de clase media en una mañana que podría haber sido la de cualquier día, de un personaje a otro como un perfecto baile, entreteniéndose en los detalles que aportan pistas sobre la circunstancia de los personajes, ese calendario en el que se anota los días que hace que el padre dejó de fumar, él se convierte en el principal objeto de seguimiento, un mar en calma que, sin embargo, por la duración de la secuencia y el magnífico uso de una vibrante aria operística nos hacen contener el aliento, con razón, salimos de la casa tras la carrera matutina de ese hombre anónimo, el aria concluye, el protagonista se desploma; somos conscientes de que a partir de ahí ya no volveraá a existir esa calma nunca más. Magnífica película pero, ¿Sección Oficial? ¿Dónde está el Fantástico? Por mucho que lo buscamos no lo encontramos, a pesar de ello aplaudimos su proyección sólo nos apena una cosa: ¿será Sitges el mejor escenario para que el público la valore?

Y llegó el momento de ver la última barrabasada del danés loco Lars von Trier que demuestra, una vez más, que tiene un retorcido sentido del humor con la deliciosa The House that Jack Built, un completo catálogo de tropelías cometidas por un excéntrico asesino en serie. Veremos desde sus primeros y chapuceros asesinatos, a su evolución como artista del crimen. Finalizando con su declive y caída. Y von Trier nos lo mostrará todo de manera muy explícita y con altas dosis de humor negro. Negrísimo. Tanto que uno sale del cine sintiéndose peor persona por haberse reído a carcajadas con algunas de sus escenas más brutales. Pero esto es Sitges, amigos, y afortunadamente lo que pasa en Sitges se queda en Sitges, así que sin remordimientos podemos calificar a The House that Jack Built como una de las mejores películas que tuvimos ocasión de ver durante esta edición del Festival, pero también comprendemos que no es indicada para todos los públicos. Y podemos entender que los espectadores del Festival de Cannes salieran de la sala indignados y asqueados. Comprendemos, pero no compartimos, su indignación pues The House that Jack Built es misógina, cruel, provocativa y tremendamente divertida, sí, pero también es una reflexión sobre la sociedad, el arte y la vida. Todas las obsesiones filosófico-existenciales del narciso danés se dan cita abiertamente, con descaro formal podría llegar a decirse, y es que no están ahí como subtextos que hayan de ser inferidos a partir de la trama, no, un ingenio formal les permite estar al mismo nivel que la narración principal: von Trier engarza la acción, dividida en episodios/incidentes, en el transcurso del descenso al infierno del protagonista, conducido por Virgilio, la conversación en off entre los dos personajes pauta la trama y ahí es donde las reflexiones juegan a pie de igualdad con la peripecia argumental. Entre asesinato y asesinato vemos circular cuestiones como la naturaleza del arte, la implicación de la destrucción en la creación, la descomposición como magma, el nazismo como paradigma en su querer perdurar en la historia no en su imperio sino en las ruinas del mismo (con las ruinas del Imperio Romano como modelo)… Cuestiones todas a las que se remite ese asesino serial y su obsesión compulsión por el orden y la pulcritud (aspecto que aporta algunos de los episodios cómicos más brillantes), un ingeniero (interprete de lo artístico) que quiere convertirse en arquitecto (creador sumo). Frente a él Virgilio se erige como portavoz del discurso humanista que ve al amor como la única fuente de inspiración última. Ambos personajes dan cuenta en su debate de las principales dialécticas que han definido nuestra cultura y von Trier mantendrá la tensión entre los polos hasta el final cuando Jack se enfrenta al fin del infierno y el puente roto que ascendía desde el noveno círculo hasta el paraíso. Un final cerrado que no vamos a revelar.

The House that Jack Built es una cinta compleja y barroca en la que el autor repasa toda su obra demostrando que el cinismo y la frescura no está reñidos. Y de paso con el título rinde homenaje ¿involuntario? a una famosa canción que popularizó la recientemente fallecida Aretha Franklin.

Con episodios basados en crímenes reales cometidos por Jeffrey Dahmer y Ted Bundy, el espectador llegará a alcanzar cierta complicidad con el asesino que interpreta modelicamente Matt Dillon, sobre todo porque varias de sus víctimas parecen ganarse a pulso el serlo. Lo piden a gritos. Así, cuando llega la cuchillada, o el martillazo en la cabeza, en lugar de dar paso al horror, l’Auditori estalló en carcajadas. ¿Estamos enfermos? Francamente lo dudo, pero el debate está abierto.

Tras la cinta de Lars von Trier, que se ofreció en Sección Oficial fuera de competición, Serendipia se desplazó a la ciudad de Sitges, donde están las antiguas sedes del festival. En este caso al Retiro, sala que fue el escenario de nuestro particular tour de force cinéfago.

Comenzamos con animación, pues Serendipia procura preparar un programa en el que tengan  cabida todos los ingredientes que se cocinan en el Festival. Liz & The Blue Bird es la historia de una  adolescente solitaria que lee un cuento sobre una adolescente solitaria. Busca ser popular en su colegio juntándose con una de las alumnas más inquietas, pero el final desvelará que a veces las cosas no son como parecen y que hemos de dejarnos volar aunque suponga separar nuestro camino del de aquellos que queremos. Con dos modos de animación diferentes, con trazos más pictóricos e indefinidos cuando estamos en el cuento, con tonos brillantes, y más acabado cuando nos sitúa en el mundo real de la protagonista, un mundo dominado por un cromatismo degradado. Sutil y elegante, la película peca, sin embargo, de un tempo excesivamente pausado, algo que no sucedía con la anterior cinta del director A Silent Voice, que pudimos ver durante la pasada edición del Festival y que también se desarrollaba en un entorno similar.

Isaac Ezban presentando su película Parallel

A continuación tocaban dos cintas incluidas en la sección Panorama, una de las que pueden dar más disgustos por la calidad de sus películas, pues no siempre está al nivel de lo que esperamos de Sitges. Afortunadamente, en esta jornada, no fue así. Parallel, del mexicano Isaac Ezban es una ingeniosa cinta en la que un grupo de amigos que comparten casa descubrirán un antiguo espejo que resultará ser un portal a otras dimensiones paralelas. Explorar las características del portal será el objetivo de este grupo de nerds, sus descubrimientos, al principio, servirán tan solo a la inocente picaresca que les da ser jugadores de ventaja, pero, poco a poco, cuando aumente su ambición y/o quieran resolver antiguos traumas en alguno de los universos paralelos donde no se han producido, entrarán en una espiral en la que ni siquiera el asesinato está vetado. Una pequeña producción independiente norteamericana resuelta con ingenio y soltura que el propio director se encargó de presentar.

Sin apenas pausa viajamos al Oriente más mágico para ver Yao Mao Zhuan (Leyend of the Demon Cat), una imaginativa fantasía dirigida por Chen Kaige (Adiós a mi concubina, Tierra amarilla) repleta de exorcismos, encantamientos, sortilegios, gatos mágicos y demás parafernalia, todo ello  en una lujosa producción, de fastuosos decorados, pura maravilla visual colmada de color e imaginación protagonizada por un equipo compuesto por un monje japonés y un poeta chino, que deberán investigar y combatir a un gato demoníaco que está causando estragos en la corte imperial. Lamentablemente los subtítulos incrustados eran en inglés (no hay previsto estreno en nuestro país), así que, quienes no dominan esta nueva lengua franca, se veían en ocasiones obligados a elegir entre dejarse invadir por el plasticismo de Kaige o seguir el diálogo. Si el cine es el arte de narrar con imágenes, ya pueden suponer cuál es la elección que proponemos. Una obra inconmensurable que merecía haber sido proyectada en la gran pantalla de l’Auditori.

Y para finalizar el día, una de las grandes favoritas, Under the Silver Lake, una cinta multireferencial y de difícil catalogación, con mucho de comedia, pero más de cine negro. Un  seductor disparate que nos presenta un asesino de perros, una chica desaparecida, conspiraciones descabelladas y verdades como puños. ¿Piensa usted que posee una gran personalidad y gustos diferentes a los del resto? ¿Se cree mejor que los demás? Under the Silver Lake dejará su enorme ego a la altura del betún. Protagonizada por Andrew Garfield, que definitivamente colgó su traje de Spiderman y se embarca en proyectos que demuestran su capacidad como actor. Basta con recordar su participación en Silencio (Silence, Martin Scorsese, 2016) o el drama bélico Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge, 2016) de Mel Gibson. Con esta cinta demuestra que también puede meterse hasta las orejas en el cine indie y seguir el juego que le propone David Robert Mitchell, que cambia totalmente de registro tras la muy interesante It Follows (2014) y se adentra en una obra que adopta los modos narrativos del cine clásico, rinde tributo a Hitchcock hasta en su banda sonora, que podríamos pensar que ha salido de las manos de Bernard Herrman, para construir un filme rabiosamente moderno (¿o debiéramos decir postmoderno?) en el que la cultura pop se convierte en magma del que extraer reflexiones de alto calado. Una pieza de orfebrería que hay que ver más de una vez para disfrutarla en su totalidad.

Sin duda semejante atracón de cine mereció bien la pena, sobre todo si se coronaba con una cinta como Under the Silver Lake. Todavía el cansancio no había hecho mella en el espíritu de Serendipia, aunque, eso sí, las butacas del entrañable Retiro dejaron secuelas físicas en su anatomía más recóndita…

 

 

Categorías:Festival de Sitges
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