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Serendipia’s Sitges Film Festival 2018: Primera cápsula

22 octubre 2018 Deja un comentario

La pasada edición del festival de Sitges, con la que el certamen celebraba su medio siglo de existencia, quedó,  en opinión  de Serendipia, algo coja en cuanto a invitados. También estuvo, y esto no es achacable al festival, un tanto floja en cuanto a la calidad de sus propuestas cinematográficas. Pues bien, la edición número 51 ha sido todo lo opuesto. Tal y como iba anunciándose la impresionante lista de invitados, posiblemente sin parangón con respecto a otros años, Serendipia parecía confirmar que estaba formada por muchos que no pudieron estar presentes en la edición anterior. También la cosecha fantástica ha sido arrolladora. Excelente. Se ha ofrecido una gran cantidad de títulos de los cuales se va a estar hablando lo que resta de año y más allá. Puede decirse que hemos sobrevivido a este Sitges. No ha sido fácil, pues ha resultado agotador, pero aquí estamos para narrarles nuevamente nuestro festival particular. Les hablaremos de felices reencuentros, de amenas charlas, de buenos y no tan buenos momentos, pero sobre todo de cine, del mejor cine seleccionado por el equipo del festival de entre lo más granado proveniente de todos los continentes, un buen puñado de títulos de entre los cuales Serendipia pudo ver 44 y sobrevivir para contarlo.

 JUEVES 4 DE OCTUBRE                                    (Fotos: Serendipia)

Aunque la película que inauguraba l’Auditori era la esperada Suspiria a las 11,45 h., Serendipia no perdió el tiempo y con la despensa llena, la barba rasurada y las piernas depiladas, afrontó su primera cinta del festival en la sala Tramuntana a las 9,15 h. Por duración era humanamente posible y apaciguaría los nervios ante las ganas de cine. Y de Suspiria. Au Poste!, nueva cinta del canadiense Quentin Dupieux con la que vuelve a introducir al espectador en su peculiar mundo. Dupieux, que sorprendió a todos en 2010 con Rubber, aquella cinta protagonizada por un neumático, propone ahora una comedia negra surrealista en la que una cadena de terribles acontecimientos parecerán culpar a un inocente del asesinato de un policía. Diálogos veloces e hilarantes en lo que sin duda fue un inicio perfecto de festival.

Y de ahí, ahora sí, a l’Auditori para ver la nueva Suspiria. Previamente se había proyectado la habitual sesión infantil para escuelas, y en esta ocasión cabe felicitar a la organización pues se desalojó la sala a tiempo y por la salida posterior, evitándose así las habituales aglomeraciones que en otros años retrasaron el comienzo de la sesión inaugural.

Eh…sí, vamos a hablar de Suspiria y de Luca Guadagnino. Después de su sonoro debut en el largometraje de ficción con Melissa P. (2005), con María Valverde encarnando a una adolescente que narra sus experiencias sexuales y tras su primera colaboración con Tilda Swinton en Yo soy el amor (Io sono l’amore, 2009), vino Cegados por el sol (A Bigger Splash, 2015) en la que repetía con Swinton e incorporaba en el reparto a Dakota Johnson y con la que Guadagnino abordaba su primer remake, en este caso de La piscina (Le piscine, Jacques Deray, 1969). Pero la consagración  llegó con la excelente Call Me by Your Name (2017). A pesar de todo ello, el anuncio de que se disponía a abordar una obra tan personal como Suspiria, de Dario Argento, se antojaba un tanto absurda y despertaba cierto temor.

¡Brujas, más que brujas!

Pero bueno.

La acción de Suspiria se desarrolla en el convulso Berlín de 1977, el mismo año en el que se estrenó la original de Argento. Tenemos también una escuela de danza dirigida por inquietantes damas que trasmiten su condición de hermandad de brujas, con el baile y las coreografías como aquelarres, invocaciones. La Suspiria de Guadagnino se enmarca en ese grupo de películas de terror de última hornada en las cuales parece no pasar nada, pero lo extraño se oculta en cada fotograma y lo maligno acecha en lo más cotidiano, teniendo en el clímax su eclosión.  Respiren tranquilos los fans de Argento, pues la película que ha dirigido el palermitano poco o nada tiene que ver con la original más allá de la presencia de las tres madres y el marco de acción desarrollado en una escuela de danza. Guadagnino ha sido lo suficientemente inteligente como para no intentar hacer algo parecido al original y su película tiene gran belleza, pero… Sí, ya llegaron los peros: abre tantas subtramas y caminos sin salida que consigue que el espectador se pierda intentando comprenderla. Y a todo esto llega su conclusión, su bella, delirante y excesiva conclusión que dejó, a esta parte de Serendipia, with the distorted ass y con la necesidad de repetir la experiencia, más que nada para ver si en esta ocasión le parece todo menos confuso. En todo caso la otra parte de Serendipia, infinitamente más juiciosa que esta que les está hablando, ha escrito sus impresiones sobre esta película y es posible que estén más  de acuerdo con lo que ella explica.

Todavía confuso tras los 152 minutos de Suspiria, Serendipia se metió de lleno en Climax, una agotadora -por intensa- película de Gaspar Noé basada en un hecho real que narra los trágicos sucesos que tuvieron lugar en una fiesta en la que alguien había puesto una extraña droja en el ponche. Perfectas coreografías, no tan solo por parte de los danzarines, sino también de la cámara con numerosos planos-secuencia que van haciéndose más cortos conforme la acción avanza y el efecto de la droga va subiendo. El interés no decae, es imposible apartarse de la acción, no lo permiten ni los personajes ni la hipnótica cámara de Noé, que va sumergiendo al espectador en un infierno que muchos hemos visitado alguna vez. Una pesadilla lisérgica magníficamente contada repleta de una  intensidad traumática que contagia al espectador. Con todos los elementos que definen ese género en sí mismo que es el cine de Noé. Seductoramente hipnótica.

También capaz de irritar a bastantes, a aquellos que muerden el anzuelo de esa provocación que se tiene a sí misma por objetivo desde los mismos rótulos que salpican la cinta haciendo las veces de marcadores de sus capítulos (esos créditos a modo de intermedio son especialmente inspirados), pero que a algunos les parecen sentencias pseudointelectuales que buscan evangelizarnos (sic). Al cine de Noé hay que leerlo desde la ironía, desde el distanciamiento sarcástico que imprime en él su autor, porque no es un catecismo sino, en todo caso, una exposición de la insoportable levedad del ser que define a lo (pos)moderno.

El propio Gaspar Noé lo explica (casi) todo:

La jornada se relajó con Asher (Michael Caton-Jones), un modesto thriller en el que Ron Perlman encarna a un sicario crepuscular con pocos vicios más allá de una buena copa de vino y sacar lustre a sus zapatos. Con un reparto que incluye a Framke Janssen (la Jean Grey de los X-Men de Bryan Singer), Richard Dreyfuss y Jacqueline Bisset, la película cuenta con una eficaz banda sonora de Simon Boswell.

La sección Noves Visions se inauguró con  la cinta española Ánimas, de José Ortuño y Laura Alvea de la que ya les hablamos largo y tendido en este artículo. Un día intenso que tan solo sería el amanecer de una edición que reservaría muchas alegrías al cinéfilo.

La presentación de Suspiria resultó menos lucida al no contar con la presencia, a pesar de estar confirmados, del director del filme y de Jessica Harper. Quien sí se presentó fue Tilda Swinton, todo ello a pesar de que su padre había fallecido poco antes, y que recibió de manos de J. Bayona, el Gran Premi Honorific del certamen. También hubo glamour y todo eso, pero nosotros lo vimos de lejos. En este vídeo y los sucesivos que compartiremos en las siguiente píldoras lo podrán ver.

 

 

 

 

 

Categorías:Festival de Sitges

Sitges 2018: Suspiria, el cine como sinestesia

22 octubre 2018 Deja un comentario

Honesto es admitir que salí de L’auditori desconcertada, sin saber bien, bien, qué había visto, igual que le ocurrió a gran parte de los asistentes a esa proyección, pero tardé muy poco en concluir que aquello que se había representado ante mis ojos, fuera lo que fuera, me había gustado. Y es que el cine de Luca Guadagnino es una puerta a lo sensorial, no solo nos ofrece una acendrada fotografía (que también) sino imágenes que trascienden la pantalla hasta rozarnos la piel. Suspiria en sus manos no es un remake, no pretende repetir la obra de Argento (cosa que, por otra parte, es imposible), sino una adaptación libre que ofrece una lectura personal de su precedente hasta convertirse en un otro distinto, una cinta autónoma que sólo tiene de la anterior algunas excusas argumentales. Cine que adapta cine como quien adapta una novela haciéndola suya, entre Guadagnino y Argento hay el mismo vínculo que entre Lampedusa y Visconti, una relación de fiel infidelidad. Ambas Suspiria son inabarcables, incomprensibles y singulares. Ambas son grandes.

Incomprensible. Ese fue el calificativo más extendido para desacreditar el filme, hasta el Jaume Balagueró de Musa la catalogó como texto mal narrado, y yo no voy a negar que es una obra absolutamente desmesurada. En un primer visionado, la nueva Suspiria nos exige suspender la intelección, nos obliga a deponer el ansia de entender la trama en aras de dejarnos llevar por su poder de sugerencia. Y desde aquí lo que voy a desarrollar son mis fragmentadas conclusiones a partir de la percusión de las esquirlas de narración que se prendieron en mis sentidos y en mi entendimiento.

“Cuando las mujeres os dicen la verdad, decís que es un delirio” se dice en un momento del filme. Una frase que podría haber pertenecido a Häxan (1922, Benjamin Christensen) perfectamente, porque también Guadagnino aborda su particular historia de la brujería a través de los tiempos en esta Suspiria en la que desde el principio sabemos del lado oculto de la escuela de danza en la que se desarrolla la acción. Sumándose a la vindicación de la mujer como discurso ascendente, en la película se lee a la bruja como manifestación de la rebelión femenina ante la convulsión de los tiempos: la Alemania de la posguerra para el primer aquelarre, la otra convulsa de la guerra fría, el muro y el estallido terrorista, para el segundo, son el marco temporal y contexto que sirven como sinécdoque de una situación que se ha perpetuado a lo largo de la historia. Alemania como epítome de Europa, Europa como epítome del mundo occidental. La brujería es una metáfora de la rebeldía de la mujer contra su secular represión, aspecto que en la narración que nos ocupa ha querido subrayarse más al convertir a la protagonista, Susie Bannion, fenomenal Dakota Johnson, en  una joven amish, esa secta protestante oriunda de Alemania en la que las mujeres no tienen los mismos derechos que los hombres. La brujería aparece como una hermandad/rivalidad entre mujeres de la que emana su poder. Un poder primordial que ha sido sojuzgado y que ahora volverá a emanar tras el relevo generacional, que es tanto como un retorno al origen (del exilio de los suyos en EE.UU regresa a Alemania la joven que reniega de su ascendencia, como contrapunto argumental de la idea que expresamos).

“Una madre puede sustituir a cualquiera, pero nadie puede sustituir a una madre”, Guadagnino exprime el discurso de Argento y pone de mayor relevancia todavía el mito de las madres que ocupa la trilogía del segundo (Suspiria, Inferno, La terza madre). Las madres son anteriores a Dios y al diablo, como ocurre en la segunda parte del Fausto de Goethe, son las fuentes de las que emana el ser. Antes del bien y del mal, de ellas se van a desprender las formas de la representación puesto que a ellas pertenece el magma del mundo como voluntad. Las madres ponen lo real, por eso es importante que nadie las finja. Dos madres moribundas envuelven a Susie Bannion, la suya biológica, que abjura de ella, y la madre Marco, en la escuela, que busca utilizarla para revivirse a sí misma, y entre ambas otra figura maternal, Madame Blanc, aristocrática Tilda Swinton, una suerte de ilustrada que intenta reconciliar la hechicería con la razón a través del arte. Pero la verdadera Madre Suspiria eclosionará en el último acto de nuestra cinta (Guadagnino secuencia la historia en seis actos y un epílogo) como nueva savia de la que se inferirá la nueva fuerza que subvertirá el antiguo régimen y pondrá a la mujer una vez más en el centro.  El renacido orden de las madres se manifiesta, así, como subversión de la mixtificación Nazi y de todo lo que de él se desprendió.  Y la danza será el vehículo de la invocación, la vía por la que el cuerpo femenino se deshará de la sospecha y aflorará renovado y bello en toda la extensión del término.

La danza ya no es una mera circunstancia como lo era en la Suspiria original y Guadagnino pone todo su saber cinematográfico al servicio de que así lo percibamos. A través de su cámara coreográfica quiere que aprehendamos el papel liberador que ese arte escénico posee, no en vano es una de las artes más primitivas, más cercanas a nuestros orígenes, menos adulteradas por el paso del tiempo y de la historia. Volk es el título del ballet que llega a su última representación y a su apoteosis con el estrellato de Susie Bannion, un título nada aleatorio pues se trata, precisamente, de devolver a la Volksgemeinschaft su sentido original despegándole todas las costras que sobre ella había dejado el nazismo. La irrupción de la Madre Suspiria recupera la noción de comunidad popular, el ideal de una sociedad armoniosa y libre de conflictos.

Esta es la Suspiria que vi y esta es la que les he contado. ¿ Se non è vero, è ben trovato? Ustedes dirán.

Categorías:Festival de Sitges
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