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Silencio, viaje al fin de la fe

“Los chinos han sido educados en el odio y silencio-carteltienen la bomba atómica” dice el personaje de Max von Sydow en Los comulgantes de Bergman, poco antes de suicidarse. Los comulgantes una de las piezas más profundas (si no la más) del director sueco, aquella que más nos lleva a experimentar la tragedia del silencio de Dios y el valor de la duda y de la fe. Silencio de Scorsese no es una película apta para quienes no hayan sentido nunca una inquietud religiosa aunque sea mínima (sea para afirmarla o para negarla o, sobre todo, para albergar duda). Haberla sentido tampoco es garantía de que vayamos a interiorizar y hacer nuestro el relato, pero lo entenderemos en Scorsese, sabremos la relevancia que para él tiene lo narrado, de hecho tanta, que el celo con el que nos cuenta el calvario de los cristianos en el Japón del Siglo XVII no deja respirar su tragedia. No es una película fácil, más bien nos pone a prueba, como el Dios que veneran pone a prueba la fe de sus creyentes, desde su dilatada duración (más de dos hora y media), hasta esa mencionada falta de aire, pasando por la densidad de su concepto narrado sin tregua. Las torturas de la pantalla se hacen extensivas al espectador casi físicamente y en nuestro interior rogamos que nos deje al menos un espacio, aunque sea breve, para la catarsis.

Dedicada a los cristianos japoneses, Silencio lleva a la pantalla la novela homónima de Shūsaku Endō inspirada en la persecución de dos jesuitas portugueses en la época de los Kakure Kirishitan (“cristianos ocultos”). Jesuitas, misioneros, persecución de los cristianos, hasta ahí la lectura de la sinopsis nos trae a la mente La misión, pero nada tiene que ver esta con la épica mainstream de  Roland Joffé, que nadie vaya a verla esperando ese espectáculo. Si hay que buscarle filiaciones, su espíritu tiene mucho del David Lean de El puente sobre el río Kwai, ese tratar de vencer al enemigo minando su sistema de valores. Y tiene más todavía de El corazón de las tinieblas de Conrad (convertida en película metafísica por Coppola), ese viaje hasta el límite para encontrar el sentido del sinsentido, la búsqueda del Coronel Kurtz que aquí toma la forma de Padre Ferreira (poderosamente interpretado por Liam Neeson), el misionero legendario representante de los valores del cristianismo y del que se sospecha que ha apostatado su fe. Más allá de las comparaciones con y las reminiscencias de otros, Silencio debe ser enmarcada dentro de la propia producción de Scorsese, una producción en la que el elemento religioso no es un motivo menor. Y ello más allá de esa supuesta trilogía que cierra la película que nos ocupa junto a La última tentación de Cristo y Kundun, porque ¿qué es si no un thriller teológico El cabo del miedo? ¿De qué salvación se nos habla si no es de la cristiana en Al límite? Y podríamos seguir enumerando hasta no dejarnos apenas ninguna de sus películas alejada totalmente de este prisma. La diferencia que marca Silencio es que aquí estamos ya ante una obra de vejez y, como tal, su magisterio en la puesta en escena luce con esplendor (su poderío visual merecería un estudio propio y a fondo) y su reflexión está dotada de esa solidez compacta a la que llegan sólo aquellos que se han mantenido fieles a sí mismos pero sin escatimarse las aporías a las que su sistema de pensamiento les ha llevado.

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Sí, en Silencio nos encontramos con un Scorsese que ha problematizado sus creencias y ha destilado de ellas la esencia. Se diría que él mismo (y no sólo sus personajes) ha descendido iniciáticamente al pozo de la soledad más punzante para un creyente: la de sentirse abocado a la Ausencia Suprema. Así, en mayúsculas, porque sería la de ese Dios que no sólo es omnipotente, sino que es puro amor. Privados de Él, ningún martirio tiene sentido, porque supondría revivir su pasión sin sentir que nos espera recompensa (y son numerosos los momentos en que la peripecia del protagonista escenifica a escala los últimos días de Cristo, especialmente sangrante es la réplica de la oración en el Huerto de Getsemaní). Y ahí, en el momento de mayor duda, es donde se acomete la mayor imitación, para liberar a su Iglesia no queda otra salida que renegar tres veces antes de que cante el gallo. Silencio es un viaje hasta el final de la fe, un viaje del que sólo Dios (acaso) sabe si llega a puerto alguno.

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Silencio, para ser vista en programa doble con Los comulgantes y después suicidarse o rezar, si es que son alternativos.

 

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