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Sitges 2015: ‘The Boy’ y ‘Vulcania’

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THE BOY  (Craig William Macneill)

Boy cartelDejenme que les hable del Bolero de Ravel. Sin duda conocerán la pieza, es una de las obras más reproducidas en todos los medios, considerada además como uno de los ejercicios más punteros de la música clásica del Siglo XX. Descrita más técnicamente, se trata de un movimiento orquestal inspirado en una danza española, se caracteriza por un ritmo y un tempo invariables, con una melodía obsesiva —un ostinato— en do mayor, repetida una y otra vez sin ninguna modificación salvo los efectos orquestales, en un crescendo que, in extremis, se acaba con una modulación a mi mayor y una coda estruendosa. Es todo un ejemplo de cómo componer para la orquesta al completo tratada como si fuera un instrumento en ella misma. La melodía es apenas una frase musical que se repite invariable mientras van incorporándose más y más instrumentos concluyendo en un tutti orquestal apoteósico.

¿Por qué he querido hablar de ello? Fácil, porque la estructuración narrativa de The Boy me hace pensar en la pieza de Ravel. El segundo largo de Craig William Macneill es también un crescendo construido con motivos que se repiten casi invariables, pero que cuyas ligeras modificaciones suponen toda una escalada de violencia, desde la casi inocua práctica de quemar insectos hasta el asesinato múltiple. Sin embargo, la película no obtiene el mismo resultado magistral de la composición con la que la comparo, porque su joven director parece desconfiar de sí mismo (o de la pericia del espectador) y dilata excesivamente la entrada del “pleno orquestal”. Y es que si algo tiene bueno la cinta es la creación de la atmósfera y la intriga, ambas bien destiladas en esta película de largos silencios, hasta el punto de que nos hace comprender perfectamente la evolución que está siguiendo su protagonista infantil, el excesivo aplazamiento de la coda estruendosa provoca una bajada en el interés del espectador medio y el filme pierde fuelle. Podría decirse que, paradójicamente, la película naufraga en su propio acierto por un mal cálculo de su tempo.

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No piense el lector que aún no haya visto la película que se trata de una obra totalmente fallida. Pese al defecto que enuncio (desde mi punto de vista) en el párrafo anterior, The Boy es uno de esos filmes inquietantes que nos incomodan por su violencia contenida, más cuando el sujeto que la ejecuta es un niño. A los nueve años de edad, Ted Henley (Jared Breeze) vive con su padre John (David Morse) en un apartado motel en medio de las montañas occidentales de Estados Unidos. Desde que la madre de Ted les abandonó, John es una sombra de sí mismo y es incapaz de cuidar de su hijo. Ted, que pasa el caluroso verano de 1989 machacando alimañas, entabla amistad con un misterioso forastero (Rainn Wilson) que se ha visto obligado a pernoctar en el motel por culpa del propio niño (prepara una trampa en la carretera en la que caerá un ciervo contra el que se estrella el forastero). El forastero vive envuelto en sus propios fantasmas, su mujer acaba de morir en un incendio, y sospechamos que la misma pareja lo provocó para cobrar el seguro (como parece que habían ido haciendo en diferentes puntos de la geografía estadounidense). Este huésped  forzado va a sustituir a la figura paterna e involuntariamente dará alas al lado oscuro del infante.

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The Boy bucea en los orígenes de la sociopatía, hace la autopsia al proceso que se habría de desarrollar en la mente de un niño para que acabara convirtiéndose en un asesino. Como ya se ha dicho, su recreación de la atmósfera que envuelve al proceso es impecable (y hay que elogiar también la actuación del pequeño), así nos ofrece un retrato convincente que habría resultado aterrador si hubiese calibrado algo mejor su ritmo. Un buen filme que lamentablemente no ha sabido cocinar bien su gran potencial dejándonos con un cierto regusto de decepción al finalizar la ingesta.

VULCANIA (José Skaf)

vulcania-2015-cartelVulcania es un noble intento de hacer cine de género tomándolo en serio, sin ninguna voluntad de parodia ni ironía brechtiana (aunque pueda contener humor), en la línea de Autómata (Gabe Ibáñez) o la televisiva El ministerio del tiempo, con la que comparte protagonista femenina (Aura Garrido en el papel de Marta). El ganador de un Goya por su cortometraje Regreso a Viridiana (2012), José Skaf, debuta en el largo de ficción con una distopía de manual (y no lo decimos en sentido peyorativo), un subgénero que parece estar disfrutando de un momento de esplendor.

¿Qué caracteriza a las distopias? Desde su trilogía fundacional (Un mundo feliz, 1984 y Fahrenheit 451) las distopías son representaciones imaginarias de una sociedad futura (o cuanto menos ubicada en un tiempo incierto) con características negativas que son causantes de alienación moral. A través de esa ficción lo que se busca es criticar lacras sociales del presente contemporáneo al autor, aunque también, y más allá, se trata de retratar los males inherentes al género humano. Así, 1984 (por tomar uno de los ejemplos citados) persigue cantar los males del totalitarismo (con especial hincapié en el stalinista), pero su denuncia sigue vigente en nuestro mundo híperconectado en el que las fronteras de lo público y lo privado parecen diluirse concediendo a los estados herramientas cada vez más eficaces para el control de los individuos.

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De la imaginación de Skaf, que además de dirigir la cinta es coautor del guión, nace Vulcania una comunidad aislada entre altos montes en la que conviven dos clanes familiares opuestos que, sin embargo, permanecen unidos por un objetivo común: mantener vivo el fuego de la fragua (en su nombre hay una nada velada alusión al célebre cuadro de Velázquez). Un libro arcano recoge las sentencias que dan sentido a la vida en Vulcania, estableciendo los deberes y las tradiciones que deben respetarse para el bienestar común y el propio, así como la advertencia del insondable peligro que supondría atravesar la frontera. Una voz omnipresente preside las jornadas de los habitantes de Vulcania, aparentemente motivadora, alentadora, en verdad lo que busca es adoctrinar paternalmente a los habitantes del poblado. Ese gran padre es el Sr. Valoquia (interpretado por un siempre convincente José Sacristán), figura a la par afable e imponente, cuya presencia, aunque autoritaria, es balsámica hasta el punto de que nadie parece cuestionarse la realidad circundante. Entre los habitantes se encuentra Jonás (Miquel Fernández), quien tras la muerte de su familia acepta un peligroso trabajo que le hace desarrollar un sorprendente poder. Sin embargo, el conocer a Marta, perteneciente al bando contrario, y quien también parece guardar un secreto, hará que Jonás inicie una investigación para descubrir qué esconden los cimientos de esta comunidad cuyos oscuros líderes intentan que la verdad no salga a la luz.

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Skaf no ha omitido ni un sólo detalle canónico: el aislamiento en un paraje agreste; los símbolos herméticos que proliferan por todo el poblado desde los dinteles de las casas a los brazaletes con los que cada miembro señala su pertenencia a uno u  otro bando (con reminiscencia, además, de los signos masónicos); la figura del líder carismático; el misterio que se cierne sobre la comunidad advirtiendo del  peligro indefinido que caerá sobre quienes no acaten las ordenanzas del libro sagrado y/o traten de ir más allá de los lindes del pueblo y su fundición; y, por supuesto, los rebeldes que acabarán subvirtiendo ese orden (auto)impuesto. De ahí que hayamos hablado de distopía de manual, el suyo es un tratamiento con sabor naif, pero esa ingenuidad se nos antoja un valor admirable porque es la que permite que su película sea fresca y desacomplejada. En un mundo en el que todos parecemos venir de vuelta es estimulante que aparezcan obras como esta, con sus aciertos (excelente el momento en que descubrimos que el Sr. Valoquia no es más que el mayordomo de los cabecillas de cada clan, alusión a que el estado es la primera víctima de los poderes fácticos) y sus defectos (algunos giros de guión añaden una truculencia innecesaria).

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