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Diario de Serendipia en Sitges 2021: Remontando la pandemia. Sexta cápsula

Una jornada muy especial para Serendipia, pues además de tres interesantes películas, presentábamos, junto a Sergio Molina y Ángel Sala, nuestra propuesta para Seven Chances, El aullido del diablo (1988), la película maldita por antonomasia de Paul Naschy que, recuperada por el sello norteamericano Mondo Macabro, por fin se puede disfrutar en las mejores condiciones en formato blu-ray. Pero no era cuestión de desaprovechar la ocasión de que el público de Sitges y Serendipia disfrutáramos el film desde la pantalla del cine Prado, ideal para el goce cinéfilo de los sentidos, en la que fue toda una experiencia maravillosa.

Foto: Serendipia

Martes, sexto día de festival y de cabeza a l’Auditori para inaugurar una nueva jornada que se inicia bien pronto, a las 8.15 horas, en la que nos espera Tres, primer y esperado largo dirigido por el barcelonés Juanjo Giménez Peña, que con su cortometraje Timecode (2016) se llevó un buen puñado de premios, llegando a estar nominado al Oscar. Con Tres, el director vuelve a proponer un ingenioso argumento, protagonizado por una actriz de doblaje (estupendamente interpretada por Marta Nieto) que un día se dará cuenta que esta fuera de sincronía, primero y por diversos motivos, de manera personal y en su relación con los demás, y más tarde esta falta de sincronía afectará a su propia voz, que llegará con un retardo cada vez mayor, pues su cerebro ha comenzado a procesar el sonido más tarde que las imágenes. Tres, no deja de ser una metáfora en clave fantástica sobre la incomunicación. Y todo ello lo consigue el director mediante una original historia de cine dentro del cine perfectamente hilvanada que conseguirá angustiar al espectador y en la que el sonido es fundamental, sobre todo en su último tramo, en el que aprenderemos a apreciar esos sonidos ambientales tan bellos y que tan poco nos detenemos a escuchar. Sobre la génesis de la obra, el director explicó durante la rueda de prensa que para él “la vida tiene banda sonora y yo soy un apasionado del sonido”. También ha añadido respecto al género: “Me siento muy a gusto en el cine fantástico, mi próximo largo también lo será”. Una película como Tres requiere de actores que hagan creíble esta historia al espectador, y el director ha contado con los intérpretes ideales, pues además de con la mencionada Marta Nieto, que según declaró, “es el papel más difícil que he hecho nunca” y cuya desolada mirada refleja la desesperación vital por la que atraviesa su personaje, cuenta con un convincente Miki Esparbé. Tres elevó el nivel de calidad del cine español participante en esta edición del festival.

A continuación deseábamos ir al pase de prensa de The Innocents (De uskyldige, Eskil Vogt, 2021) en l’Auditori, pero ante la imposibilidad de poderlo hacer, pues los pases reservados se terminaron misteriosamente en segundos, tuvimos que improvisar un cambio de planes que nos llevó a… lo han adivinado: Noves Visions en la Sala Tramuntana. Así, tuvimos ocasión de ver A Nuvem Rosa (Iuli Gerbase, 2021), una producción brasileña escrita en 2017 y realizada durante 2019 que vaticinaba el confinamiento que sufriríamos en 2020. En la película, una nube tóxica de color rosa es la causante de que la población mundial deba encerrarse en casa, centrándose la historia en situaciones que, por desgracia, resultarán familiares para el espectador y en la que, el contacto con el exterior y los pedidos de todo tipo de víveres y electrodomésticos, se realizará mediante «el tubo». Lo demás, ya se lo pueden imaginar: relaciones difíciles después de largo tiempo confinados, familias separadas, comunicación por redes sociales y mensajería por internet… todo está muy bien llevado por la directora en su debut que incluso ha sabido añadir unas gotas de humor a la trama haciéndola así más incisiva si cabe. No salimos ganado con el cambio fortuito, pero tampoco perdiendo, con la añadidura de que la obra de Gerbase no habríamos podida recuperarla como sí pudimos hacer con la cinta noruega.

El director austríaco Ulrich Seidl, que tantas alegrías ha ofrecido al público más comprometido con películas como Import Export (2007), la trilogía Paraiso (2012-2013) y el sorprendente documental En el sótano (Im Keller, 2014) también ha tenido buen ojo como productor, siendo responsable, entre otras, de la perturbadora Goodnight Mommy (Ich seh, Ich seh, Severin Fiala y Veronika Franz, 2014) y la que nos ocupa, Luzifer (Peter Brunner, 2021) una rara y exigente cinta que compitió dentro de la sección Oficial Fantàstic y que venía precedida por el escándalo en su pase en el Festival de Locarno. Este «perro verde» requiere de públicos más curtidos que el que puebla el certamen suizo. Brunner comparte con el productor ese sentido del humor ácido y desconcertante que tan bien armoniza con el retrato de lo extraordinario. Un extraordinario que en Luzifer se desgrana de la cotidianidad que llega a haber en la subsistencia en condiciones límites. Limítrofes son los personajes protagonistas, excelentemente interpretados por Franz Rogowski en el papel de Johannes y  Susanne Jensen en el de su madre, madre e hijo viven aislados en las cumbres alpinas regidos por la ascética moral del padre (recientemente fallecido) que permitió a la madre superar su dependencia del alcohol, un fervor religioso en el que se mezcla el cristianismo más místico con el animismo pagano y a la luz del cual ha crecido Johannes entre el amor a la naturaleza y el temor al mal supremo. Johannes es un bendito, una persona sencilla y de pocos alcances, que nos recuerda al Kaspar Hauser de Herzog, un hombretón con alma infantil que no conoce más mundo que el que le ha rodeado, un paraíso, paradójicamente arisco, en el que se ha forjado su inocencia sin apenas contacto con otros humanos que no fueren sus padres. Madre e hijo viven en paz con la naturaleza que les circunda, pero esa paz se va a ver turbada por la presión de los especuladores que están talando el bosque para construir una estación de esquí. La propiedad de los protagonistas es un escollo para sus intereses e iniciarán un acoso que irá subiendo de tono hasta la violencia física. Vemos la acción a través de la mirada de Johannes desde su simpleza inicial, su curiosidad por los nuevos sonidos, el de las sierras, el zumbido de los drones que empiezan a rivalizar con las rapaces, hasta su cruel despertar a la vida y a la pérdida. El luzifer del título vive encarnado en el llamado progreso que aniquila el equilibrio de la naturaleza, la cinta de Brunner es una desoladora proclama ecologista que nos deja sin catarsis. Quedamos abatidos cuando abandonamos la sala acompañados por la última imagen, un Johannes destrozado rodeado por cientos de drones amenazantes. Imágenes punzantes, servidas por el brillante director de fotografía Peter Flinckenberg,  que exigen al espectador una atención intelectual que quizás no esté al alcance de todos, pero quienes la logren sentirán en sus carnes el arrebatado ritmo de la narración.

Serendipia no sabe muy bien porque se mete en tantos saraos, la verdad. Pero aunque sufrimos al ponernos delante de cámaras o público, nos terminamos poniendo. Suponemos que por afición. Por pasión. Porque no tenemos remedio y por lo bien que nos sentimos haciéndolo. Así que, en vista de que iba a estar disponible por primera vez en copia digital y remasterizada la la película de Paul Naschy El aullido del diablo (1987), nunca estrenada en cines y que tan solo pudo verse en un par de festivales y en la Filmoteca de Madrid, además de en dos intempestivos pases televisivos, nos propusimos poder verla en un marco tan encantador como es el cine Prado de Sitges. Por egoísmo. Por verla en pantalla grande y porque pudiera ser disfrutada por quien lo deseara. Así que cuando recibimos la nota anual de la ACCEC (Asociació catalana de la crítica i escriptura cinematogràfica) invitando a sus socios a proponer películas para la sección Seven Chances del Festival de Sitges, no tuvimos ninguna duda de que nos tocaba dar un paso al frente. Y lo dimos.

Poco después supimos que nuestra propuesta había sido aceptada, así que tuvimos que escribir un texto, que fue incluido en el catálogo oficial del festival, y nos tocó presentar la cinta. Ya desde el principio pensamos que sería más que imprescindible la presencia en la misma del hijo del actor y director, Sergio Molina, profundamente involucrado en que el legado artístico de su padre siga vigente además de, no lo olvidemos, testigo en primera persona del rodaje del filme, pues es el protagonista del mismo. A la presentación quiso sumarse el director del certamen, Ángel Sala, así que ante una presencia bastante abultada de público y crítica, se pudo disfrutar de la película maldita de Paul Naschy y la única que firmó con su seudónimo oficial. Una magnífica experiencia que Serendipia culminó, antes de retirarse a descansar, con una sabrosa pizza en la zona fronteriza entre el centro de Sitges y l’Auditori.

¿Puede pedirse más?

El aullido de Paul Naschy (Texto incluido en el catálogo oficial del 54 Festival Intenacional de Cinema Fantàstic de Catalunya)

No resulta exagerado considerar a El aullido del diablo como el aullido de dolor del propio cineasta. Tras una larga carrera durante la cual pudo encarnar a un amplio abanico de monstruos clásicos en una España que no estaba para nada habituada a ello, llegó un cambio de paradigma con la llegada de la Democracia al que Naschy supo adaptarse, abordando nuevas temáticas acorde con los tiempos. También pudo alcanzar la categoría de autor total de sus obras y comenzó a dirigir con bastante buen tino y siempre sin dejar de lado el cine de terror, que era el que realmente sostenía su vida y obra. Los años ochenta trajeron consigo una de las etapas más satisfactorias para Jacinto Molina, como artista y profesional, con sus trabajos para Japón, todo lo cual le animó a retomar su personaje más emblemático, su hombre lobo, su alter ego: Waldemar Daninsky.

Pero a mediados de los ochenta se produjo una debacle en su vida y carrera y todo comenzó a desplomarse como un castillo de naipes: el desastre de algunos de sus últimos proyectos, la muerte de su padre y la de su socio y amigo Masurao Takeda y la falta de trabajo en una industria en la que el cine de género prácticamente ha desaparecido, ocasionan que el actor sufra una depresión y se aferre, como todos hemos hecho alguna vez, a sus queridos monstruos.

Así nace en 1988 El aullido del diablo, una película maldita por diversas razones, entre ellas por la precariedad financiera, los problemas con el decorador, Tony Pueo, que motivaron su despido, la intoxicación alimentaria del equipo y, sobre todo, por la duda sobre la autoría del guion, algo absurdo al tratarse de uno de los más personales de Jacinto Molina, casi autobiográfico y repleto de sus constantes como guionista, factores todos que terminaron influyendo en el confuso, y a veces caótico, resultado que puede verse en pantalla.

Rodada en inglés y en cuatro semanas, Paul Naschy interpreta en la cinta a los hermanos Doriani: el ausente Alex, popular actor de cine de terror que ha dejado un hijo huérfano (Sergio Molina, el propio hijo de Naschy) a la tutela de su hermano Héctor, la otra cara de la moneda, un frustrado actor teatral que desprecia las películas de su hermano y que en privado se deleita con el dolor que infringe a las prostitutas que contrata. Es posible que un estudio psicológico pudiera explicar la razón por la que Naschy interpreta a ambos hermanos, de personalidades tan alejadas y extremas entre sí: el Naschy y el anti-Naschy. También puede verse el personaje de Héctor como una posible representación del cine oficial, que desprecia la fantasía y el terror ficticio mientras en privado se deja llevar por vicios inconfesables. Una hipocresía que Molina extiende hacia otros estamentos como la iglesia católica, con ese rijoso cura interpretado por Fernando Hilbeck.

En la cinta, última rodada en la propia finca familiar del actor en Lozoya del Valle, en las inmediaciones de Madrid, escenario de otras de sus películas como El espanto surge de la tumba, Naschy se deleitará encarnando a la práctica totalidad de los monstruos clásicos, pues estos se le aparecerán a su hijo Sergio sirviéndole de refugio y consuelo tras la pérdida de su progenitor. Por su parte el sádico Héctor Doriani gustará de disfrazarse de personajes como Fu-Manchú, Barba Azul o Rasputín para sus retorcidos juegos sexuales, lo que ampliará, aún más, el catálogo de caracterizaciones de Naschy para El aullido del diablo, sin duda todo un tour de force para el actor y por supuesto para el veterano maquillador Fernando Florido, que ya había colaborado con Naschy en diversas producciones. El monstruo de Frankenstein, Quasimodo, Erik, el fantasma de la ópera, Waldemar Daninsky o el propio diablo son encarnados por Naschy en una película que representa todo un colofón a ese denostado Fantaterror español, nacido para la explotación internacional, que tuvo su época de esplendor durante los años setenta y que con este doloroso aullido puede darse por cerrado.

Con un reparto en el que se habían barajado inicialmente los nombres de Herbert Lom y la actriz y escritora Isabel Pisano (protagonista de ‘Bilbao’ de Bigas Luna), finalmente sus papeles fueron interpretados por Howard Vernon, un veterano actor suizo asociado al cine de Jesús Franco, que encarna a un mayordomo versado en ocultismo y con varios esqueletos más ocultos en su armario y Caroline Munro, chica Bond que participó en algunas cintas de la Hammer, quien  interpreta a Carmen, la empleada de hogar y objeto de deseo de varios de los protagonistas. Ambos, junto a Héctor Doriani y su sobrino Adrián viven en una alejada mansión donde se desarrollará la historia.

Puede hablarse de El aullido del diablo como de un testamento, un compendio a la carrera y trayectoria de Paul Naschy que, curiosamente, firma la película como tal, y no con su nombre real, como era habitual. Un cóctel de monstruos clásicos en el que también hay lugar para otros históricos y también modernos, con una clara referencia a La noche de Halloween y La matanza de Texas. Pero también es, tal y como escribió el propio Naschy, un desahogo vital que culmina con una venganza total y apocalíptica, muy similar, por cierto, a la que concluye la primera versión del guion de Rojo sangre (2004) de Christian Molina, una película que guarda no pocos puntos en común con El aullido del diablo, en la que Naschy interpretaba a un actor en horas bajas y que culminaba con la destrucción del auditorio en el que se celebraba la entrega de los premios Murillo del cine español, con toda la plana mayor del mismo en su interior.

Puede afirmarse que el accidentado rodaje de El aullido del diablo fue uno de los factores que contribuyeron al ataque cardíaco que sufriría el actor en agosto de 1991, pues terminó siendo poco más que una traumática e inútil experiencia: la película no llegó a estrenarse en cines y tan solo pudo verse en dos pases televisivos (TVE y A3), uno de ellos a horas intempestivas, y en cine tan solo, que nos conste, en su estreno en pantalla grande en septiembre del año 2000, durante la 1ª Semana de Cine Fantástico y de Terror de Estepona, en un  homenaje a Caroline Munro en el que también estuvo presente Naschy, y finalmente en 2018, en un homenaje al actor realizado en Filmoteca Española.

No editada previamente en ningún tipo de formato doméstico, Mondo Macabro, uno de los sellos de cabecera del buen cinéfilo, ha sacado El aullido del diablo del baúl, le ha lavado la cara remasterizando la copia y, en todo su esplendor, la ha puesto a disposición de seguidores y simpatizantes del cine fantástico español, todo lo cual ha permitido, de la mano del Festival de Sitges, que el aullido de Paul Naschy pueda oírse desde la pantalla del emblemático cine Prado.

 

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