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Diario de Serendipia en Sitges 2021: Remontando la pandemia. Novena cápsula

Ante el ya inevitable agotamiento vamos recortando pases. Así que la jornada será más llevadera, todo lo cual no evitará que Serendipia vuelva a pegarse el eterno madrugón para asistir a la sesión despertador, nunca mejor dicho, de l’Auditori. También se meterá entre pecho y espalda un documental en Tramontana y terminará el día con una estupenda visita (menú incluido) al centro de Sitges para ver la materialización de un milagro cinematográfico ¿No creen en los milagros? Pues eso es porque no han estado en el Festival de Sitges.

Fotos: Serendipia

El que Nitram, la película con la que Serendipia iniciaba las 8.30 su jornada cinéfaga estuviera firmada por el australiano Justin Kurzel, responsable de la tan dura como recomendable Snowtown (2011), fue suficiente para que fuéramos con las expectativas muy altas. Unas expectativas que, no tan solo se cumplieron, también se superaron. Nitram es un relato sórdido y abocado hacia la fatalidad sobre dos desheredados que unen sus destinos. El joven Nitram (un gran Caleb Landry Jones), cuyos problemas mentales le convierten en un niño grande, presa de peligrosos ataques de ira, vive con su padre y su dominante madre (una excelente Judy Davis). Pero todo cambiará cuando conozca a Helen (Essie Davis), una artista desequilibrada y retirada que vive sola con su fortuna. Cuando, jugando con el volante, Nitram causa un accidente en el que Helen pierde la vida, algo terminará de explotar en su perturbada mente y comenzará a gastar el dinero heredado en armas de fuego. Kurzel, que ya había demostrado que sabía retratar la violencia y brutalidad con Snowtown, vuelve a un escenario similar, aunque en este caso no se detenga en los resultados, sino más en los antecedentes que pueden hacer que se desate una tragedia como la que le sirvió de inspiración, la matanza de Port Arthur, en Tasmania, en el año 1996.  Eludir la masacre, de la que tendremos noticia por su repercusión en los informativos, en una elegante elipsis que deja en suspensión el acto de Martin Bryant para llevarnos a un plano de la madre que ha abandonado el salón donde los noticieros vomitan los hechos, no hacerla explícita, permite a Kurzel tratar al monstruo desde su faceta humana, en un logrado esfuerzo por comprenderle. El tratamiento del personaje, junto a la matizada interpretación de Landry, hace nacer en nosotros una empatía malsana, la misma que sintieron los primeros espectadores de Psicosis por Norman Bates, porque estamos esperando que el joven rompa la asfixia cotidiana, que estalle la olla a presión de su desarrollo en un entorno que lo aparca por no ser como todos. Nada escapa a este análisis de lo atroz, todas las variables son puestas en la balanza -su discapacidad mental, la influencia de un padre depresivo y una madre rígida, el ‘bullying’ del que fue objeto, el fácil acceso a las armas de fuego- para que cada cual asuma sus propias responsabilidades, sin que ello suponga considerar a Nitram como víctima. La matanza fue la obra de una persona que tomó voluntariamente la decisión, pero Kurzel susurra (que no grita) que el pecado colectivo también existe. Esta pieza, casi ensayística, que se detiene en los detalles que inauguran los interrogantes sobre la gestación de la brutalidad, fue considerada por Variety como uno de los mejores ejemplos, hasta la fecha, de cine sobre tiroteos de masas.

Y vuelta al Tramontana, en esta ocasión para ver un documental, The Taking (2021), realizado por Alexandre O. Philippe, notable director de documentales sobre cine que ha ofrecido perlas como 78/52: la escena que cambió el cine (78/52, 2017) centrado en la escena de la ducha de Psicosis; Memory: The Origins of Alien (2019) o Leap of Faith: William Friedkin on The Exorcist (2019). En esta ocasión analiza un escenario, el iconográfico Monument Valley, lugar que tanto fascinó a John Ford y otros cineastas. Y lo hace recurriendo a valiosas escenas de archivo de numerosos westerns, así como imágenes publicitarias, mezclando todo con la historia del pueblo Navajo, tribu que habitaba ese lugar, que terminó siendo símbolo del sueño americano tras desposeer de sus tierras a sus habitantes originales y convertirlos en una parodia de sí mismos como figurantes en aquellos mismos westerns. Con declaraciones en off de especialistas como Jennifer Nez Denetdale, Liza Black o Christopher Frayling, el director evita mostrar bustos parlantes, con excepción de unas, tan reveladoras como divertidas, imágenes de archivo pertenecientes a una entrevista con John Ford. Espectacular y emocionante, The Taking es un viaje, siempre necesario, a la historia del cine.

Y esa misma tarde Serendipia tenía otra cita, también histórica, pues iba a exhumarse un film, hasta ahora perdido,  de José Mojica Marins: A Praga.

Ese mediodía decidimos comer en el pueblo para estar cerca del Prado, donde dentro de la sección Seven Chances, tendría lugar la proyección del film de Mojica Marins. Y desde la terraza de un restaurante Serendipia divisó la inconfundible figura de nuestro amigo, el crítico y analista cinematográfico Carles Mir, que se sentó con nosotros presto a tomar unos vinos, enriqueciendo la comida con su divertida y cultivada charla. Le comentamos lo de A Praga y, no solo se suma entusiasmado a venir a verla, si no que nos cuenta que entrevistó a José Mojica Marins durante la segunda visita que hizo al Festival de Sitges, al que acudió en compañía de Satán, un imponente guardaespaldas negro.

Basada en el cómic (quadrinhos en Brasil) A Praga, escrito por el habitual Francisco Lucchetti y publicado en el segundo número de O Estranho Mundo de Zé do Caixão, la historia se adaptó como guion y pasó a formar parte de la serie televisiva Além, Muito Além do Além (Más allá, mucho más allá), que presentaba Zé Do Caixâo, el ya mítico personaje creado por Mojica Marins, pero este metraje se perdió en un incendio. En 1980, el director brasileño volvió a rodar A Praga en Super-8, con muy pocos actores y un nivel de producción del todo humilde, que quedó inconclusa y largamente olvidada en los estantes debido a la falta de recursos para terminarla. Durante los preparativos de una gran retrospectiva de la obra de Mojica Marins que tuvo lugar en São Paulo y Brasil en 2007, para la que se realizaron nuevas copias en 35 mm de no menos de 25 películas, Mojica y el productor Eugenio Puppo encontraron los rollos de A Praga y decidieron terminarla. Puppo armó la materia prima (con ayuda del cómic, pues no había guion que seguir para realizar el montaje); filmó escenas adicionales en digital con Mojica Marins caracterizado como Zé Do Caixâo, así como un epílogo, supervisado por el propio Mojica; recuperó el audio mediante lectura de labios; editó y supervisó el proceso de postproducción; y el resultado, que tenía una duración de 51 minutos, se mostró durante la retrospectiva. Puppo y Mojica intentaron transferir el resultado a 35 mm. para que pudiera ser exhibido en festivales internacionales, pero hubo que esperar hasta 2020 y a que Heco Produções se encargara de digitalizar A Praga en 4K, gracias a lo cual ha podido ser disfrutada desde la pantalla del cine Prado. El filme, que fue presentado por uno de sus hijos, Crounel Marins, cuenta como una joven pareja, Juvenal y Mariana, se van de viaje y Juvenal, sin saberlo, toma algunas fotos de una extraña anciana (interpretada por Wanda Kosmo) que finalmente se revela como una bruja siniestra. La bruja lanza una maldición sobre el hombre por fotografiarla. Una herida comienza a abrirse en su costado que tiene un hambre insaciable de carne cruda que debe alimentar constantemente para detener el dolor ardiente. Ante la perplejidad de sus médicos, la herida de Juvenal se vuelve más hambrienta a medida que avanza la película, el hombre delira y asesina a su esposa, pensando que ella lo dejará por su condición. Luego, la bruja reaparece y lo convence de que alimente la herida con el cuerpo de su esposa muerta. Meses después, la policía descubre los esqueletos separados de la pareja uno al lado del otro. Se ofreció conjuntamente con el documental A Ultima Praga de Mojica, donde en poco más de 20 minutos, se narra todo el proceso de recuperación de la película.

Tras el pase, Crounel Marins habló con todos nosotros, incluido Carles Mir, que le contó el encuentro que tuvo con su padre. Todo en una velada irrepetible, un auténtico milagro cinematográfico que consiguió traer de nuevo, al año de su fallecimiento, a José Mojica Marins y a su alter ego, Zé do Caixâo, al Festival de Sitges. Y con honores póstumos de estreno.

Finalmente, y aunque la vimos con posterioridad por cortesía de su director, Javi Camino, este día también se estrenó en Sitges Jacinto, una producción gallega -y en gallego- protagonizada por Jacinto (Pedro Brandariz Gómez), un aniñado gigante que no habla y que vive en Mallou, una sombría aldea abandonada entre las montañas, con sus padres y su amigo, el cerdo Martiño. Rodeado de películas de terror en VHS e inmerso en la religión, su mundo cambiará con la llegada de dos nuevas vecinas amantes del heavy metal extremo -y satánico- (Anxela Baltar y Corinna Rautenberg). Jacinto sospecha que las recién llegadas son vampiras que planean acabar con su familia, así que para impedirlo pondrá en práctica todo lo que ha aprendido viendo pelis de terror. También contará con los nefastos consejos de su hermano Millán (Juanma Buiturón), más interesado en sacar provecho de las tierras de sus padres. Como es de suponer, Jacinto reventará en una explosión final bañada de sangre. Todo en una auténtica obra de orfebrería, bien realizada y cuidada al extremo, todo lo cual no evita que se cuele un indiscreto micrófono en plano que, seguro, se habrá convertido en la peor pesadilla de su director y guionista, Javi Camino, pero que para nada empaña el buen resultado de Jacinto. La película, basada en parte en los crímenes sucedidos en Santoalla (Petín, Ourense), es también para su director, «un relato de mi infancia y adolescencia. El mundo de Jacinto es muy parecido a mi propia infancia. Sus pasatiempos son cosas que yo mismo solía hacer de pequeño: disfrazarme en carnaval y pedir puerta a puerta, hacer tirachinas, enterrar tesoros, ver películas VHS… Pese a estar encarnado por un hombre de 50 años no deja de ser un niño, dependiente de sus padres, como todos lo fuimos en algún momento«. Una perfecta cinta festivalera, que a pesar de haberse realizado con pocos medios, hubiera merecido, en nuestra opinión, competir en Oficial Fantàstic Competició, donde si lo hicieron otras producciones españolas con más presupuesto y pretensiones, amparadas por potentes  distribuidoras, pero cuyos resultados dejaban mucho que desear. Apostar por nuevos talentos. Descubrir. Y Jacinto fue celebrada por los espectadores de Sitges, que le otorgaron el premio Panorama Fantástico. Ha iniciado una larga ronda por diversos festivales en los cuales la acogida ha seguido siendo más que favorable.

Categorías: Sitges Film Festival
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