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Diario de Serendipia en Sitges 2021: Remontando la pandemia. Octava cápsula

Sin llegar a convencer del todo a Serendipia, que en cuestiones de los años sesenta y su iconografía pop es muy exigente, ese día vería una de las películas que más le gustó y que será, sin lugar a duda, uno de los bombazos de estas Navidades, pero también otras como Agnes de Mickey Reece, The Blazing World de Carlson Young y Here Before de la irlandesa Stacey Gregg.

Fotos: Serendipia

Última noche en el Soho (Edgar Wright, 2021) es una delicia que, sin duda, será una de las bombas de estas fiestas. La gran mayoría de medios han situado la acción en el Londres del Swinging London, lo que es un error, pues si bien se desarrolla en aquella época, refleja otro tipo de ambiente nocturno, muy alejado del brillo kaleidoscópico y Pop-Art que tanto idolatran sus protagonistas Eloise (Thomasin McKenzie) y Sandie (Anya Taylor-Joy), la fantasmal presencia del pasado que, al igual que Eloise, fue a Londres buscando brillo y encontró sombras. Mediante la fantasmal presencia de Sandie será como Eloise aprenderá que no puede idealizar el pasado dejándose cegar tan solo por su resplandor, pues tras él conviven las tinieblas. El Londres que muestra el film es un fiel reflejo del original, que tuvo en el Soho uno de sus epicentros, con locales como el Marquee, Ronnie Scott’s y Flamingo (cuya marquesina se ve fugazmente), frecuentados por los Mods con sus brillantes Scooters y los grupos que, más tarde, formarían parte de todo aquel universo, bastante comercial y ya cercano al mainstream, que dio en llamarse Swinging London. Un universo que convivía con el de cabarets y locales de mala nota que protagoniza Última noche en el Soho, frecuentados por prostitutas, clientes con sus chulos,  repletos de vicio y sueños rotos y en los que los ecos del Pop-Art y de ese Londres joven y moderno estaban totalmente ausentes. De ahí que la banda sonora se nutra, principalmente, de canciones standards de la época pero musicalmente mainstream (Cilla Black, Dusty Springfield o Sandie Shaw), dejando a los grandes grupos como The Kinks o The Who de fondo, como la música de la idealizada época que escucha la protagonista en sus modernos auriculares. Dejando aparte este error, del que no es culpable el director, sino la costumbre de algunos periodistas de repetir como loros lo que leen, Última noche en el Soho es una película impecablemente ambientada y muy bien narrada. Una fantasía situada entre dos épocas que terminarán mezclándose. Plena de intriga, horror, sordidez, bajos fondos, denuncia social y también  glamour, mucho glamour personalizado en la estupenda Anya Taylor-Joy, que se atreve incluso a interpretar una sobrecogedora versión de Downtown, el éxito de Petula Clark.

Edgar Wright, viejo conocido del aficionado gracias a estupendas comedias como Zombies Party (2004) y Bienvenidos al fin del mundo (The World’s End, 2013), o la más reciente, Baby Driver (2017), ha tenido el detalle de contar con dos de las estrellas originales de aquel Swinging London de los sesenta, los actores Terence Stamp y Diana Rigg, recientemente fallecida y que como la agente Emma Peel revolucionó, entre 1965 y 1968, el mundo de la televisión junto a Patrick Macnee con la serie Los Vengadores (The Avengers).  A ella ha dedicado Edgar Wright el que es el último trabajo de la actriz,  que con su papel en Última noche en el Soho, se despide por todo lo alto.

Por cierto, gracias a la banda sonora del filme, muchos se enteraron (y se enterarán) de que Eloise, el gran (y casi único) éxito del fallecido cantante Tino Casal, era un versión de un tema popularizado por el olvidado Barry Ryan.

A continuación Serendipia deseaba haber visto We Need to do Something (Sean King O’Grady, 2021), pero, por lo que ya a estas alturas se pueden suponer, no fue posible, así que nos tomamos un merecido respiro y después… ¿Qué sería de Serendipia sin Noves Visions? Pues de cabeza al Tramontana para ver Agnes de Mickey Reece, cineasta independiente con base en Oklahoma City que ha dirigido más de veinte películas en la última década, esta su última obra concluida se anunciaba como película con monjas poseídas, sacrílego subgénero que agrada y reconforta mucho a Serendipia. Y lo que nos encontramos fue una cinta en la que una monja deberá ser exorcizada por un cura acusado de pederastia y un neófito, no ordenado todavía, como ayudante. Como no resulta eficaz su práctica, habrá de hacerse un segundo exorcismo para el que acudirán a un mediático sanador que la iglesia no reconoce como propio. Pese a lo espectacular de sus modos, también fracasará y todo acaba en un festival guiñolesco. Una trama con gotas de comedia que, de forma desconcertante gira radicalmente, tras un marcado intermedio, convirtiéndose en otra película. Y en una película muy extraña que supondrá una original reflexión sobre la crisis de fe. Extravagante e inusitada, dejó al público perplejo sin saber muy bien cómo debía posicionarse ante lo visto. Pero es indudable que hay algo que Reece pone en juego: la ausencia de respuestas definitivas. Como también hay que admitir que esta aproximación al subgénero de monjas poseídas supone un punto de vista rompedor que desancora los tópicos.

La extrañeza siguió flotando en el ambiente del Tramontana con la inclasificable The Blazing World (Carlson Young, 2021), perteneciente a la sección Oficial Fantàstic Competició y que, en realidad, sí supone una nueva visión de lo fantástico. Basado libremente en uno de los títulos fundacionales de la ciencia-ficción, de idéntico nombre (casi), escrito por Margaret Cavendish, la única obra conocida de ficción utópica escrita por una mujer en el siglo XVII, el mundo abrasador de Carlson Young, se erige como una creación visual rabiosamente personal  que hizo evocar a Serendipia aquel The Love Witch (2016) de Anna Biller, no porque guarden relación temática o estilística alguna, sino porque en ambos casos nos encontramos ante la creación de un imaginario propio pintado desde la inspección de la mirada femenina sobre lo fantástico. La propia directora interpreta al personaje central, Margaret, que no ha podido olvidar el recuerdo de ver a su hermana ahogarse mientras sus padres tenían una brutal discusión. Recuerdo imborrable que la irá arrinconando, en el cuadrilátero de la vida, en la esquina de la locura y el suicidio en tentativa. Young podría haber elegido otro género para dar salida a este viaje por el duelo no resuelto, pero ha escogido el más querido para el público de Sitges y lo ha hecho de tal modo que, cuanto más se adentra su película en lo simbólico, en lo onírico, en lo fantástico, más esplendorosa luce, auspiciada como está por la mirada acuosa del gran Udo Kier. Una obertura de corte operístico da inicio a un desbordado relato que nunca (casi) elude el exceso, así, desde el minuto cero, sabremos que estamos ante una obra nacida de la osadía del primerizo que no impactará a todos por igual, ni llegara de la misma manera a cada cual. La crítica americana la recibió con uñas afiladas, el jurado del festival de esta edición, en cambio, lo haría con los brazos abiertos como podremos comprobar cuando comentemos el palmarés. El descaro con el que Young aborda este su primer trabajo no deja indiferente, pero los que logren conectar con la propuesta serán fascinados. La directora no parte de cero, este largo continúa al anterior trabajo en corto, y el cambio de metraje hace titubear al relato en el cuarto inicial que continúa al preludio, pero ya desde el segundo acto encontrará su tono y se enfilará sin  mirar atrás en una espiral que es guiada por su propia pretensión. Algunos la tildaron de inverosímil, cuando, en realidad, es una de las obras más coherentes consigo mismas que hemos podido ver en un debut. Como guionista, como directora y como actriz  principal, Young pone la directa y nos deja caer en un submundo, el de los terrores y dolores de la protagonista, que parece trenzado con los materiales del carrolliano país de las maravillas, porque cuando la cinta despega lo hace a modo de cuento de hadas pasado por la psicodelia más desenfrenada. Cielos rosas, cuartos fluorescentes, neblina verde y muchos colores vibrantes acompañan nuestra travesía hasta la catarsis del reencuentro y el final feliz, guiados por Udo Kier como maestro de ceremonias, un Virgilio enigmático que es en sí mismo epítome de la desmesura de la novel autora. No todo es bueno en The Blazing World, su escaso presupuesto se hace notar en la tosca factura de algunos de sus efectos y la directora no repara en regar la cinta con abundancia de ellos, cosa que puede llegar a sacarnos de la historia, pero hay una fuerza especial en esta inexperiencia audaz que le hace las veces de red que impide su precipitación al vacío. La fuerza creativa de Young, además, cuenta como respaldo con el acendrado trabajo de diseño de arte de Rodney Becker y el sabio pulso en la fotografía de Shane F. Kelly.

The Blazing World es una ocurrencia con todas las connotaciones positivas y negativas que pueda tener el término, pero es una ingeniosidad con un marcado sabor de promesa. Solo el tiempo lo dirá.

Nos despediríamos de la jornada con Here Before (2021) de la irlandesa Stacey Gregg, quien, tras diez años de experiencia en televisión, debuta en cine con otro acercamiento a la resolución del duelo, al drama de la pérdida de una hija de corta edad, narrado en clave de thriller psicológico. Andrea Riseborough, la impasible asesina protagonista de Possessor (2020, Brandon Cronemberg), interpretará aquí, con su habitual solvencia, a Laura, una ama de casa de sonrisa nostálgica que está afrontando con su mejor disposición la muerte en accidente de tráfico de su pequeña. Los días se han ido doblegando a su firme voluntad y mantiene una vida apacible junto a su esposo y su hijo mayor, pero la llegada de nuevos vecinos pondrá a prueba su resistencia. Laura observa con estupor a Megan, la hija de los recién llegados, una niña de diez años con un parecido más que razonable a su propia infante. La conducta de Megan, además, alimenta su sugestión, nueva en el barrio, parece recordar situaciones y objetos referidos a la desaparecida. Here Before juega a la ambivalencia, la figuración sobrenatural planea como un murmullo sobre la trama, pero sin presentarla nunca como hipótesis principal, lo enigmático podría ser solo una proyección de los frustrados deseos de la protagonista. El relato reservará muchas sorpresas y giros al espectador más allá de esa naciente creencia y obsesión de la madre. Con la lluviosa ciudad de Belfast como telón de fondo, la bien construida intriga juega al despiste y Gregg sabe muy bien cuándo introducir el viraje definitivo que asombrará, casi desencantará, al público al devolverlo a la cruda realidad y a las explicaciones humanas, demasiado humanas. Si no excelente, sí es un debut notable, una opera prima que sabe navegar en el suspense y dejar por momentos la expectativa de lo fantástico como explicación, sin duda esto es lo que ha motivado su inclusión en la competición oficial de esta edición. De nuevo nos movemos por las orillas del género y de nuevo insinuamos que la delimitación del fantástico y del terror es una materia apasionante.

Y ya Serendipia inicia la recta final de un festival que todavía le tenía reservadas varias sorpresas, pero antes les dejamos con el penúltimo video-montaje de nuestro amigo Quim Crusellas, que tras una divertida introducción, les dará oportunidad de sumergirse en los entresijos del festival, incluida algunas imágenes de la presentación de El aullido del diablo, en la que pueden ver al que esto les está contando junto a Ángel Sala y Sergio Molina. Todo lo cual fue un lujo para Serendipia.

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