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Diario de Serendipia en Sitges 2021: Remontando la pandemia. Cuarta cápsula

Un domingo sin descanso para Serendipia, que se meterá cinco películas seguidas entre pecho y espalda, cuatro de Oficial Fantàstic Competició (Lamb, Eight for Silver, Limbo y El páramo) y una de Noves Visions (Beyond the Infinite Two Minutes) comenzando la jornada a las 8.15 y culminando a las 19.30 horas. Según previsiones de programa y, menos la sesión despertador, todas en Sala Tramontana.  

Foto: Serendipia

El día comienza pronto y muy bien para Serendipia, pues Lamb (2021), del debutante Valdimar Jóhannsson, es uno de los títulos que más disfrutó. Protagonizado por Noomi Rapace, es un melancólico retrato sobre la pérdida y la maternidad llevada al extremo y que se desarrolla en una  solitaria granja de Islandia en la que vive la pareja protagonista, que se dedica a la ganadería y de los que averiguaremos, conforme avance la trama, que perdieron un hijo. Pero un día se producirá un ¿milagro? que les ofrecerá consuelo. Todo en una película en la que los diálogos, en islandés, son tan escasos como innecesarios para penetrar en el drama de fondo, afrontado con mucho humor y ternura, pero también con varios gramos de locura y tragedia. Noomi Rapace está maravillosa, trasmitiendo dolor y tristeza,  metida a fondo en un personaje cuyo día a día incluye ayudar a parir al ganado y marcar reses algo a lo que, según comentó, ya estaba habituada desde la infancia en la granja de su abuela. Definida por muchos como un cortometraje alargado, a Serendipia no se lo pareció, pues su cadencia ayuda a penetrar y comprender la tragedia que los protagonistas aceptan y sobrellevan mediante la dura labor cotidiana.

A continuación Serendipia se sumerge en un maratón en Tramontana, comenzando con la ingeniosa Beyond the Infinite Two Minutes, dirigida por el debutante Junta Yamaguchi, una pequeña producción japonesa artesanal repleta de humor que sumerge al espectador en un bucle espacio-temporal de dos minutos perfectamente construido y rodado con el mínimo número de cortes (simula un plano secuencia) para darle la inmediatez requerida. La vida es eterna en cinco minutos, decía la canción de Víctor Jara, y Yamaguchi nos zambulle en el infinito que genera un desfase de apenas dos minutos entre la imagen de la pantalla del ordenador y la del televisor, y nos hace acompañar a los personajes que lo viven desde su festivo ánimo inicial hasta sus cuitas por ver de evitar el peligro que parece predeterminado en ese futuro tan inmediato. Entre risas, se nos convida a la reflexión sobre el sentido del tiempo, la posibilidad o no de manipularlo, la predestinación y la posibilidad o no de introducir voluntariamente el cambio. Ahí es nada para una cinta con una ajustada duración de setenta minutos, con un escenario único un grupo reducido de personajes y (casi) sin efectos especiales. Una de las perlas ocultas del festival.

La siguiente no era una opera prima, Sean Ellis, su director, es ya un veterano que con Eight for Silver (2021) regresa al género mediante una cinta que encaja como un guante en la temática de esta edición, centrada en la bestia interior (y casi la única que vería Serendipia bajo este leitmotiv). Una película de licántropos bastante clasicona, rodada en 35 mm., que sitúa la acción a finales del siglo XIX y que retorna al personaje a sus orígenes europeos, con su pequeña población azotada por la maldición, sus zíngaros, y el poder de las balas de plata como única solución para erradicar el mal. No falta un leve apunte de lucha de clases e introduce un personaje que podríamos bautizar como Van Helsing de la licantropía, prácticamente su única novedad.  Su media hora inicial y sus aciertos en la caracterización de la criatura generan grandes expectativas en el espectador, pero acaba dando bastante menos de lo que promete. Todo y con ello este cuento de terror (género puro y duro) permite la evasión y el entretenimiento. Una propuesta correcta pero olvidable.

Del terror pasamos al noir, con sus monstruos nada sobrenaturales, pero, si cabe, mucho más aterradores. Era el turno de Limbo (Soi Cheang, 2021), una de las grandes películas del festival, con una asesino en serie que se desenvuelve en un Hong Kong distópico, retratado en un blanco y negro repleto de grises en el que los cadáveres se descomponen enterrados en basura. Un thriller violento y tosco que apesta e incomoda y en la que dos policías antagónicos (uno desencantado y el otro recién salido de la academia), deberán unir fuerzas para cazar al asesino. Elegante y sórdida a partes iguales, Limbo nos enfrenta a lugares comunes del thriller como son la fatalidad, la necesidad de redención y la búsqueda del perdón, pero aquí sin glamur ni ápice de épica, nunca los antihéroes lo habían sido tanto como en esta visión distópica de una metrópoli asiática en medio de una crisis de identidad política y social. Secuencias de acción bien coreografiadas, actores en estado de gracia y una dirección de fotografía sencillamente magistral que no habría de dejar indiferentes a los miembros del jurado.

Y para acabar nuevamente un debut: El páramo (David Casademunt, 2021). Una producción española que muestra, según confesó el autor, sus propios miedos atávicos: “es una película de terror pero es muy emocional. Viene de un lugar muy personal, puesto que cuando era muy joven perdí a mi padre y El Páramo habla de estos miedos”. Nada como el fantástico para indagar en los temores de nuestra psique, de nuestra alma, y Casademunt se adentra en él con el ansia del explorador que quiere encontrar la definición del miedo, este se aparecerá como un ‘eso’ paralizante que podría no haber salido de fuera de nuestra mente, aunque al final el novel director apueste por una solución más convencional (y que, a nuestro parecer, empaña el relato). Siglo XIX, la amenaza latente de una guerra de la que se huye y a la que se cree atada en corto con una simple delimitación del campo, con unos lindes que definen el adentro y el afuera, unos límites que se irán cerrando cada vez más, una vez marche el padre de familia y la madre caiga en una profunda melancolía espoleada por el celo y la soledad. Con un arranque brillante, que tiene mucho de western, pintado por el enorme carisma de Roberto Álamo, El páramo parece deslizarse hacia el fértil terreno del imaginario de Horacio Quiroga y sus Cuentos de amor, de locura y de muerte, pero no quiere (o no sabe) permanecer ahí y pierde fuelle en su tercer acto, también en parte por el poco elaborado arco de transformación del personaje de la madre, con la que Inma Cuesta hace todo lo posible. Lamentablemente, aquí si que a Serendipia le parece que el film se ajusta como un guante a lo de cortometraje alargado. Una opera prima oscura, irregular, pero no carente de talento en su haber, Casademunt  tiene bastante cuerda para madurar y, quizás por encima de todo, destaca el pequeño de la función, Asier Flores que ya nos hacía esperar grandes cosas en su debut de la mano de Almodóvar en Dolor y Gloria.

Tras tal atracón de cine, nada mejor que un pequeño refrigerio en el coctel organizado por el Hong Kong Trade Development Council (la oficina económica sita en Bruselas para fomentar lazos entre Europa y Hong Kong), en el que saludamos a varios de nuestros amigos de las Nits de Cinema Oriental, y tenemos un reencuentro maravilloso y una extensa charla con la actriz (y ya amiga) Silvia Aguilar, tras lo cual, feliz como una perdiz, Serendipia finaliza otra jornada deliciosa en el Festival de Sitges…

Categorías: Sitges Film Festival
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