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BCN Film Fest: Un italiano en Noruega, descubriendo a Checco Zalone

Algo a agradecer al recién nacido BCN Film Fest es que haya incluido a competición una sección dedicada a la comedia, género que ha dado grandes perlas al cine y que, en nuestra consideración, no ha recibido suficiente reconocimiento en los certámenes cinematográficos. Un género de amplio espectro, además, puesto que son muchos los registros que ha dado a lo largo de la historia. No vamos a esbozarlos porque eso requeriría un espacio del que no disponemos y nos distraería del objeto de este comentario, pero sí queremos señalar que entre los grandes momentos que nos ha dado destacan aquellos que nos llegaron desde Italia. La Commedia all’italiana, que se inició en la década de los cincuenta y se extendió hasta los primeros ochenta, heredaba del neorrealismo su carga de crítica social, pero para abordarla con una mirada más afilada y cáustica en el retrato satírico de la realidad, en el dibujo humorístico de los personajes y en la aguda ironía que podía aplicarse a los cambios de costumbres de la época. Y hablamos de la edad de oro de la comedia transalpina porque hay quienes han querido ver en Checco Zalone, protagonista de la película que comentamos, un heredero de aquella.

Checco Zalone todo un ídolo en su país gracias a su múltiple condición de cantautor, actor cómico y showman de TV, consolidaba su carrera con su incorporación al mundo del cine. Son cuatro las películas que componen su filmografía hasta el momento, todas ellas dirigidas por Gennaro Nunziante con quien Zalone coescribe los guiones. Su debut en el Séptimo Arte fue meteórico, su primer filme, Cado dalle nubi, fue el más taquillero a nivel local (pasando por delante de La Vita é Bella) a la par de ser la segunda película más vista en Italia teniendo sólo por delante el Avatar de James Cameron. Caricato en sus inicios, Zalone se ha convertido en uno de esos cómicos cuyo personaje es un trasunto de sí mismo (actor y personaje comparten de hecho el mismo nombre) como fuera el caso de Louis de Funes, Fernandel o Totó por poner otro ejemplo italiano en el que la identificación es tal que el alias del actor se extiende a su personaje. Su humor se asienta en la parodia de trazo grueso (sin llegar a caer demasiado en lo escatológico) y sus películas se definen por la acumulación de situaciones cómicas y chistes. Reputado en Italia es prácticamente un desconocido en nuestro país, su última película, Quo Vado? es la primera en llegar a nuestras salas, de la mano de A Contracorriente, bajo el título de Un italiano en Noruega.

¿Qué decir de Un italiano en Noruega? Lo primero que nos sugiere es que el Checco Zalone personaje viene a ser un equivalente a nuestro Torrente, esto es, un personaje que va a servir como denuncia de los más rancio del país, de los males inscritos en la idiosincrasia de un pueblo, exagerando hasta la náusea sus perfiles. Sin dejar de recurrir a los tópicos, ambos mantienen una vis crítica de los mismos buscando una cierta reflexión sobre el nosotros de cada país. Se parecen en su singularidad, una singularidad no totalmente exportable, sin embargo. Por eso, aunque trate temas que nos suenan afines, la indolencia de los burócratas, las corruptelas políticas e incluso la alusión al civismo (incivismo, mejor) mediterráneo, Checco Zalone no deja de resultarnos extraño, como extraño ha de resultar Torrente más allá de nuestras fronteras. Fuera de esto, Un italiano en Noruega, puede llegar a entretener por esa acumulación de situaciones cómicas de la que hablábamos en el párrafo anterior, pero en ningún momento brilla como esas comedias italianas de su época dorada, le falta causticidad en su diseño y a la vez su ironía carece de sutileza. Su trazo grueso la hace superficial e inocua. Si puede resultar algo punzante en su primer acto, esta condición se va diluyendo conforme avanza la película y va siendo dominada y domesticada por la trama romántica. Tampoco es una película despreciable pese a su desigual desarrollo, algunos de sus chistes harán reír al público y en general se saldrá del cine con la impresión de haber consumido un producto simpático. Nada más ni nada menos.

 

 

 

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