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BCN Film Fest: Nagasaki, recuerdos de mi hijo; el poder sanador de la memoria

Rhapsody in Blue vio la luz en febrero de 1924, y fue interpretada por primera vez en la ciudad de Nueva York. George Gershwin es el padre de esta obra magistral que fue compuesta en apenas tres semanas, y cuyo gran mérito consiste en combinar elementos musicales típicamente estadounidenses, como el blues y el jazz, pero dotándolos de un estilo sinfónico sumamente elegante. La obra del americano hacía temblar de emoción a Koji Fukuhara. En 1945 se estrenaba el biopic del compositor de la mano de Irving Rapper que tituló su filme, precisamente, Rhapsody in blue. El 9 de agosto de 1945 Koji moría al instante. Estados Unidos lanzó ese día la segunda bomba atómica sobre la ciudad de Nagasaki. El mismo país en que nacía Gershwin, el mismo país capaz de alumbrar tanta belleza, era el portador del mayor horror y la mayor destrucción conocida hasta el momento.

“Los recuerdos de la guerra están desapareciendo rápidamente y esto me hace plantearme una vez más porque no insistimos más en recordar que Japón es el único país del mundo que ha sufrido bombardeos atómicos”, declaraba Yoji Yamada poco antes de estrenar su octogésimo tercera película, Haha to kuraseba (Si viviera con mi madre) explotada internacionalmente con el título de Nagasaki, recuerdos de mi hijo. Era el año 2015, el setenta aniversario del horror atómico, y Yamada quiso cumplir el sueño del desaparecido dramaturgo japonés Hisashi Inoue (1934-2010) de completar una trilogía sobre los tres lugares del país que más padecieron durante la II Guerra Mundial (el archipiélago de Okinawa, donde se libró la batalla más cruenta del conflicto, Hiroshima y Nagasaki). Yamada aborda un tema todavía sangrante con un delicado relato de corte fantástico que no busca exacerbar sino recordar para sanar las heridas. La justicia poética ha querido que su película fuera elegida candidata al Óscar a la mejor película de lengua no inglesa en la edición de este año 2017, la película de Yamada se convierte así en todo un símbolo de la reconciliación de ambos países.

El filme arranca el día del bombardeo montando en paralelo dos acciones, los momentos previos al lanzamiento en el avión americano con un toque casi documental y una escena casi costumbrista en la que vemos la última vez en que Koji (Kazunari Ninomiya) desayunó con su madre. Un montaje eficaz para mostrar cómo la guerra siega vidas inocentes, personas con cuyo día a día podemos simpatizar pues sus sentimientos son los mismos que los nuestros. Esa primera escena termina con la expansión de la bomba segando la vida de Koji al instante. Tres años después, en el aniversario de su muerte, su madre (Sayuri Yoshinaga), una mujer de mediana edad, está decidida a seguir adelante mientras contempla la tumba de su hijo. Es el momento de cerrar el duelo y de aceptar la pérdida, de aceptar que nunca más volverá a ver a Koji. Todo cambiará el día en que, al volver del cementerio, encuentra a Koji esperándola en casa. Como si de un milagro se tratase, Koji volverá a menudo a visitar a su madre para poder recordar juntos a la familia, la guerra, y el pasado. Pero también hablarán del futuro, de cómo hay que recomenzar la vida pese al dolor, resumido ello en el porvenir de Machiko (Haru Kuroki), su prometida, que sigue respetando su fidelidad a él. Cuando Machiko dé el paso será el momento de marchar.

Yamada elige, pues, la fórmula del Kaidan eiga (cine de fantasmas) para traernos su visión de cómo hay que recordar para avanzar. Y lo hace rememorando el estilo del cine clásico japonés, con la elegancia de Mizoguchi y, sobre todo, la delicada intensidad y la esencial melancolía de Yasujiro Ozu. Su película emana una fuerte emotividad que, conciliada con buenas dosis de humor, nos pinta en los labios una agridulce sonrisa. La acendrada sensibilidad de la partitura de Ryuichi Sakamoto (que regresa con este score a la composición) acompaña esta cinta culminando en sus notas su espíritu dulcemente melancólico. Un canto a la importancia de no olvidar para poder sanar las cicatrices que dejó una guerra. Una guerra que podría ser cualquier otra, que podría serlas todas.

 

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