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VAMOS DE ESTRENO (o no) * Viernes 4 de diciembre*

LANGOSTA (The Lobster, Giorgos Lanthimos, 2015)

Irlanda, Reino Unido, Holanda, Francia, Grecia, Estados Unidos Duración: 118 min. Guión: Efthymis Filoppou, Giorgos Lanthimos Fotografía: Thimios Bakatakis Productora: Coproducción A Film4 / Irish Film Board / Eurimages / Netherlands Film Fund / Greek Film Center / British Film Institute / Element Pictures / Scarlet Films / Faliro House / Haut et Court / Lemming Film Género: Ciencia Ficción / Distopía

Reparto: Colin Farrell, Rachel Weisz, Ben Whishaw, Olivia Colman, Léa Seydoux, John C. Reilly, Roger Ashton-Griffiths, Ashley Jensen, Michael Smiley, Jessica Barden, Ariane Labed, Aggeliki Papoulia, Rosanna Hoult.

Sinopsis: Relato de una historia de amor no convencional, ambientada en un mundo distópico, en un futuro cercano, en el que de acuerdo a unas reglas determinadas los solteros son arrestados y enviados a un lugar donde se les obliga a encontrar su pareja antes de 45 días. Un relato sobre los efectos de la soledad, el temor a morir solo, a vivir solo, y también al temor a vivir con alguien.

450_1000La cultura es inabarcable en su totalidad, nuestros día son finitos y nuestras creaciones, paradójicamente, parecen no tener límite. Así que no debemos afligirnos si no conocemos más que una pequeña porción de cada una de las artes. Nunca podremos leer todas las novelas ni podremos ver todas las películas. Sirva esta previa como excusatio por confesar que no hemos seguido la filmografía de Lanthimos.

Canino y Alps, las películas más célebres (y celebradas) del cineasta griego, figuran en la larga lista de películas pendientes de visión. De modo que este comentario está escrito sin referentes con los que analizar en comparación su nuevo filme. Pero acercarse virginal a una obra también tiene un aspecto positivo: la ausencia de prejuicios y expectativas. Vista así, Langosta se nos revela como una propuesta singular que manifiesta un rico imaginario personal, tanto por la trama como por el tono desde el que se aborda el relato. Lanthimos nos enfrenta en su atípica distopía a algunos de nuestros interrogantes más cercanos, el sentido de la vida en pareja y la presión social que se ejerce sobre nosotros cuando, llegada cierta edad, parece que una parte de nuestro entorno nos exige emparejarnos como síntoma de pertenencia a la sociedad. Aunque el término ‘solterón’ haya caído en desuso, nunca faltan parientes y otros agentes sociales que nos señalen como inadaptados si no fundamos una familia propia. Lanthimos extrapola y extrema esta presión social hasta convertirla en aparato represor del estado (si le tomamos prestada la terminología a Althusser) en un mundo futuro en el que los solteros son separados de la sociedad y confinados en un centro en el que dispondrán de 45 días para evitar que se les desvista de su humanidad para convertirlos en el animal que hayan escogido.

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Hemos calificado a Langosta como distopía atípica porque Lanthimos la narra en clave de comedia, registro poco habitual en este tipo de relatos. Y lo cierto es que logra gags verdaderamente hilarantes en toda su primera parte, la que el protagonista pasa en el centro de reclusión. Obviamente no faltan los rebeldes que se enfrentan a este aparato represor, los solteros que sobreviven en libertad, lejos de la urbe, escondidos en el bosque y siempre en riesgo de ser cazados (literalmente) por los reclusos del centro (cada soltero cazado le supone al recluso un día más de plazo para alcanzar su objetivo). Ahora bien, la novedad que nos aporta el cineasta griego es que estos rebeldes no son próceres que salvaguardan la libertad humana, al contrario, viven bajo un régimen paramilitar que les exige mantenerse solteros y no tender lazos amorosos con ningún otro miembro de la comunidad.

Cuando David, el protagonista interpretado por Colin Farrell, logra evadirse del centro es “salvado” por los rebeldes, pero lejos de acabarse sus penurias podríamos decir que consigue salirse del fuego para caer en las brasas. Porque  se enamorará de una de las prófugas (Rachel Weisz) y ambos se verán obligados a vivir su amor en la clandestinidad. También podemos leer esta parte de la trama en clave de crítica social, y es que en nuestro mundo moderno condenado a la anomía (como bien expuso Durkheim), a una fuerza de presión le corresponde otra contraria con el mismo grado de aceptación y exigencia que la primera. Así hay también un sector que abomina de la institución de la pareja y predica la bondad de la soltería, los langosta 3singles por convicción (así en inglés que da más lustre). Lanthimos nos habla de un mundo que recela del amor, de las relaciones interpersonales y que bandea entre exaltar o denostar la soledad. No hay un modelo claro para pautar las conductas y los individuos se ven abocados a la dificultad de apelar a lo común para fijar sus objetivos (esa es la anomía de la que hablábamos más arriba).

El griego es hábil en su disección de esta dicotomía, sin embargo la segunda parte del filme no brilla con el mismo esplendor que la primera. La comicidad pierde ritmo y tono, como si fallara la inspiración y el metraje se alarga sin justificación. No podemos por más que hacer nuestra la conclusión del crítico del ABC: “Yorgos Lanthimos sobreexpone la excelente idea inicial (…) Y en esa sobreexposición se pierde la gracia, el frescor de la idea y algunas cosas más“.

Original, interesante, pero no redonda, permite que Canino no caiga de la lista de películas por revisar, pero tampoco la hace avanzar más puestos. Y es que, lo repito, los días son finitos y las creaciones inagotables.

  

EL PUENTE DE LOS ESPÍAS (Bridge of Spies, Steven Spielberg, 2015)

USA / India / Alemania. Duración: 141 min. Guión: Matt Charman, Ethan Coen, Joel Coen Música: Thomas Newman Fotografía: Janusz Kaminski Productora: DreamWorks SKG / Fox 2000 Pictures Género: Thriller.

Reparto: Tom Hanks, Mark Rylance, Amy Ryan, Alan Alda, Scott Shepherd, Sebastian Koch, Billy Magnussen, Eve Hewson, Peter McRobbie, Austin Stowell, Domenick Lombardozzi, Michael Gaston

Sinopsis: Durante el momento más tenso de la Guerra Fría, el FBI detiene a Rudolf Abel (Mark Rylance), un agente soviético que reside en Nueva York. Acusado de enviar mensajes cifrados a la URSS, Abel es puente espías cartelinterrogado pero se niega a cooperar con los agentes y rehúsa traicionar a su país, entonces es recluido en una prisión federal a la espera de juicio.

El gobierno, urgido por la necesidad de un abogado independiente que asuma la defensa de Abel, contacta con James Donovan (Tom Hanks), un abogado de Brooklyn experto en seguros. Pronto se establecerá entre ambos hombres un estrecho vínculo basado en el respeto del uno hacia el otro, puesto que ambos son fundamentalmente hombres de honor. Donovan, poniendo en juego su reputación y la seguridad de su propia familia, libra a Abel de la pena de muerte insinuándole al juez encargado del caso que podría ser interesante conservarlo con vida para poderlo intercambiar si un espía estadounidense cayera en manos de los soviéticos.

Cuando haya que negociar la liberación de un piloto (Austin Stowell) estadounidense capturado por la Unión Soviética, James Donovan se verá implicado de lleno en la Guerra Fría.

Un cautivador estudio de personajes y un thriller que es algo así como una adaptación de John Le Carre dirigida por Frank Capra (…)” Así se expresaba el crítico del Chicago Sun-Times y su juicio es certero. Efectivamente, la última cinta de Spielberg aborda el problema de la Guerra Fría en clave de thriller con una trama rica en intriga novelesca bien construida y elige para narrarla los modos del cine clásico, tanto por lo que hace referencia a la construcción de los personajes como a la planificación y la puesta en escena. Una cinta de espías de la que no abominaría el escritor británico, pues tiene la calidad y la emoción de sus relatos. Pero, ¿por qué Capra? Sencillo, porque el director toma un punto de vista naíf (nada extraño en él) a la hora de exponer una parte de la historia contemporánea que tuvo bastante de juego sucio, a Spielberg le interesa remarcar que a los hombres de ambos bandos les movía más el miedo a la capacidad del adversario de emprender una guerra nuclear que el tour de forces para imponerse geopolíticamente el imperialismo de una potencia sobre la otra. Al igual que en Lincoln, a Spielberg le interesa más la faz humana de la historia que la del conflicto de fuerzas que concurren en un periodo histórico determinado. También caprianos resultan los personajes, no hay héroes puros ni tampoco villanos, al contrario, aun en su antagonismo actúan definidos por la bonhomía, son casi caballeros sin espada regidos por un código de honor que está por encima de las diferencias políticas. Tal vez este buenismo impida que algunos se crean lo contado y/o le afeen el gesto al autor, pero esa ingenuidad juega a favor de la bondad del filme, toda una fábula preñada de valores contada por un niño entusiasta y entusiasmado. Spielberg recoge el testigo de los clásicos de la época dorada de Hollywood y lo hace con maestría.
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Porque El puente de los espías merecería ser considerada obra maestra aunque sea ya sólo por sus diez minutos iniciales. El filme arranca con una secuencia casi muda que manifiesta el total dominio de la sintáxis cinematográfica. Acompañamos a Abel ejecutando parsimoniosamente su rutina (un retrato silencioso que define perfectamente al personaje), mientras es perseguido por los agentes del FBI el día de su detención en el metro y las calles de New York y la cámara realiza los movimientos precisos aprovechando todas las posibilidades del plano, con una elegancia que casi la hace imperceptible para el espectador medio al que le comunica toda la tensión dramática de la acción. Con ese arranque Spielberg nos hace suyos y nos mete en la historia con una implicación que nos convierte en cómplices hasta el fin del metraje (más de dos horas de duración que no nos pesan en ningún momento). Es cierto que el resto del filme no vuelve a alcanzar la magistralidad de su inicio, pero no la desmerece porque el tratamiento formal de la cinta está enraizado con solvencia en el clasicismo y nos cocina la intriga con los ingredientes justos y midiendo con eficacia los tiempos de cocción más acertados.
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Y la puesta en escena no es un mero ejercicio de virtuosismo que oculte un vacío estructural. A la forma la acompaña la solidez del fondo, especialmente por lo que se refiere a la construcción de los personajes, umbral en el que el trabajo del director queda apoyado sobre el excelente trabajo de los actores. Tom Hanks convence en su composición del abogado capaz de poner en peligro su reputación por defender una causa que no cuenta con la simpatía de los ciudadanos. Aquí Hanks se acerca al ya mítico Atticus Finch recreado por Gregory Peck bajo las directrices de Robert Mulligan; tiene su mismo sentido de la honestidad, su mismo empaque entrañable, pero le suma unas leves gotas de humor gracias a su don para la comedia que le comunican al personaje una mayor ligereza, acorde con la ingenuidad desde la que es vista la historia. Hanks no defrauda, pero sin duda el espectador saldrá enamorado de Mark Rylance en el papel de Abel. Este actor británico, con mucha experiencia televisiva, que es además director de teatro y guionista, nos regala una de esas interpretaciones que huelen a Oscar. Rylance consigue eso tan difícil que es hacer que su personaje cobre vida como si no fuera una mera figura de dos dimensiones sino una persona real y tangible. La profundidad psicológica que le imprime a Abel permite que comprendamos su causa hasta simpatizar con él, aunque sea supuestamente el antagonista, el enemigo. A Rylance debemos mucho del sentimiento de que, después de todo, la naturaleza de los hombres es la misma al margen de las banderas. Él es un gran baluarte para que Spielberg pueda desgranar esa faz humana de la historia de la que hablábamos al comienzo. El resto del elenco, con Alan Alda entre ellos, cubre con solvencia su papel y están perfectamente a la altura de lo que un filme de esta naturaleza requiere.
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Spielberg ofrece en El puente de los espías su filme más clasicista, con cierto regusto a cine del de antes, pero en el mejor sentido del término. Una película disfrutable que sabe mover sus bazas a la perfección. Un deleite para todo tipo de públicos, desde el más popular hasta el más exigente.

 

ARDOR (El Ardor, Pablo Fendrick, 2014)

Argentina/México/Brasil/Francia Duración:90 min. Guión: Pablo Fendrik Fotografía: Julián Apezteguía Productora Magma Cine / Bananeira Filmes / Participant Media/ Canana / Manny Films / Telefe / Aleph Media Género: Drama sobrenatural.

Reparto: Gael García Bernal, Alice Braga, Chico Díaz, Claudio Tolcachir, Jorge Sesán, Lautaro Vilo, Julián Tello

Ardor_la_justicia_de_los_d_biles-880686920-largeSinopsis: Un joven chamán vagabundo (García Bernal), que vive en la selva argentina, va a parar a una plantación de tabaco donde vive un hombre con su hija (Alicia Braga). Ese mismo día, unos mercenarios deforestadores, que llevan tiempo acosándoles, irrumpen en la granja y asesinan al padre ante los ojos de la joven, a la que secuestran.

El Ardor, que pudo verse en el festival de Sitges 2014 dentro de la  SECCIÓ OFICIAL FANTÀSTIC ESPECIALS,  es una denuncia ecologista a los estragos que el hombre perpetra en la selva amazónica. Para narrarnos la venganza de  Kaï (Gael García Bernal, productor también de la cinta) contra unos violentos mercenarios, el director no duda en utilizar el lenguaje del spaguetti western homenajeando, concretamente, a Sergio Leone y ofreciendo como resultado un film entretenido con la nota fantástica puesta en Kaï, como supuesto espíritu protector.

 

L’ARTÈRIA INVISIBLE (Pere Vilà i Barceló, 2015)

España. Duración: 119 min. Guión: Pere Vilà i Barceló, Laura Merino Fotografía: Santiago Racaj Productora: Televisió de Girona / DDM Visual / Manium Produccions Género: Drama

Reparto: Nora Navas, Àlex Brendemühl, Joana Vilapuig, Àlex Monner, Francesc Garrido

Sinopsis: Vicenç, un político con aspiraciones a alcalde, es falsamente acusado de abusos sexuales. Su mujer, Carme, vive obsesionada con tener un hijo y aburrida de la vida que tiene. La aparición de un joven que quince años atrás estuvo a punto de formar parte de sus vidas activará un proceso que destruirá a Vicenç profesional y personalmente.

L’Artéria invisible es una película que nace con voluntad de ser degustada por una minoría, una opción bien legítima. Por eso opta por una puesta en escena arriesgada a base de largos  planos fijos, montajes internos, encuadres que nos permiten ven las acciones paralelas de dos personajes en el mismo plano sin necesidad de recurrir al Split screen. Recursos todos ellos muy marcados que le confieren un aspecto plenamente experimental.

El argumento narra dos historias paralelas y en principio inconexas. Tendremos que esperar casi una hora para saber qué tendrán ambas en común además de que ninguna de las dos historias respire felicidad. Con esta excusa argumental el filme nos habla de la incomunicación de la pareja, de la obsesión y la mala relación entre padres e hijos. No es una visión optimista ni compasiva del ser humano, al que retrata como un ser insatisfecho y mezquino. Por eso habrá muchos que la califiquen de historia dura y espinosa por momentos sórdida. La sordidez viene, sobre todo, de la mano del personaje de  la joven Joana Vilapuig que ejerce la prostitución para mantener a su pareja. Las escenas de sexo son punzantes por la naturalidad con las que son abordadas, una naturalidad que da a esas escenas un tono amargo por verista. El trabajo actoral ayuda a remarcar la desnudez de la historia, destaca, especialmente, la gran labor de los siempre eficaces  Nora NavasÀlex Brendemühl.

Hasta aquí todo es correcto, el problema, porque lo tiene, es que la presencia del director tiene excesivo protagonismo dentro del filme. Nos es imposible ver la película (que quizás peca de exceso de metraje) sin darnos cuenta de las decisiones que adopta Pere Vilà en cada plano. Este manierismo juega en contra de la proyección del espectador sobre lo narrado, pone difícil al público el hacer suya la historia, pues no es fácil empatizar con los personajes porque la puesta en escena es tan marcada que nos los hace lejanos. L’arteria invisible dejará fría a buena parte de la platea.

Con todo no es una propuesta despreciable porque reúne los suficientes valores como para resultar de interés. Eso sí,  lo que es claramente elogiable es  que haya exhibidores que se arriesguen a proyectar este tipo de cine. Lo minoritario también merece ser apoyado.

 

EN EL CORAZÓN DEL MAR (In the Heart of the Sea, Ron Howard, 2015)

USA. Duración: 121 min. Guión: Charles Leavitt, Rick Jaffa, Peter Morgan, Amanda Silver (Novela: Nathaniel Philbrick) Música: Roque Baños Fotografía: Anthony Dod Mantle Productora: Warner Bros. / Village Roadshow Pictures / Cott Productions / Enelmar Productions / A.I.E. / Imagine Entertainment / Roth Films / Spring Creek Productions Género: Aventuras

Reparto: Chris Hemsworth, Benjamin Walker, Cillian Murphy, Tom Holland, Ben Whishaw, Brendan Gleeson, Michelle Fairley, Charlotte Riley, Joseph Mawle, Jordi Mollà, Andrew Crayford, Jamie Sives, Donald Sumpter, Paul Anderson, Frank Dillane

Corazon-del-mar-estrenosLa película narra las aventuras de la tripulación del Essex, que en el invierno de 1820 sobrevivió en alta mar en durísimas condiciones después de que el barco fuera arrollado por un enorme cachalote, “blanco como el alabastro“.  Esta historia real, que sirvió de inspiración a Herman Melville para escribir el famosa novela ‘Moby Dick’, se nos muestra en forma de relato narrado por uno de los marineros supervivientes (Brendan Gleeson) al propio escritor (Ben Whishaw). No puede evitarse que el guión se tome ciertas licencias en cuanto al punto de vista narrativo se refiere, ya que al estar contada por un narrador testigo, no podría conocer aquellos hechos que no se han producido en su presencia. Pero esto es algo que resulta bastante frecuente.  Impecablemente ambientada y con una fotografía cubierta siempre de una ligera neblina gris, este magnífico relato de aventuras enfrenta dos formas de vivir el mar: la que proviene de linaje familiar, representada por el capitán Pollard (Benjamin Walker ); y la que se basa en la experiencia y el trabajo, encarnada por Owen Chase, primer oficial interpretado por Chris Hemsworth.

El relato consta de dos partes bien diferenciadas: lo que se inicia como una cinta de aventuras clásicas, se tornará, conforme avance la trama, en una negra historia con tintes de monster movie que se centrará en los terribles 90 días pasados por parte de los supervivientes a la deriva.

Buen cine de género que debe gran parte de su impacto y belleza a los efectos digitales que permiten rodar de forma verosímil la bravura del mar y las tormentas. Pero también debe mucho a su capital humano, pues el elenco realiza un impecable trabajo. Desde Chris ‘Thor’ Hemsworth, pasando por los ciertamente desaprovechados Brendan Gleeson y Ben Whishaw o el prometedor Tom Holland, al que pronto veremos con las mallas de Spider-Man.

La película de Howard es fiel al sentido aventurero que acabará teniendo la novela de Melville, pero no es capaz de hacerse eco del fondo metafísico que posee Moby Dick. Si bien es cierto que lleva a los personajes a surcar lo que está más allá del límite racional, enfrentándolos a las supersticiones, no es capaz de ver en esto la aventura del conocimiento humano siempre en pos de buscar el fundamento absoluto que dé sentido a nuestra existencia y a la dialéctica entre el bien y el mal. Solamente está recogido en la primera frase que pronuncia el propio Melville dentro del filme: “¿Cómo podemos conocer lo incognoscible?

 

 

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