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Kenneth Branagh’s Cenicienta

maxresdefaultLa cámara no cesa de moverse enamorada como está de los planos con grúa, los planos cenitales, los contrapicados, los travellings constantes que muchas veces describen un movimiento circular. La música acompaña a estos movimientos coreográficos subrayando sus momentos líricos y dando aún mayor ampulosidad a los más climáticos. A todo ello hay que sumarle un reparto multirracial, aunque sea sólo para algunos secundarios y la mayoría de figurantes, como indicando que en los cuentos populares (pero al igual que las obras shakaspearianas) todos los colores tienen cabida. Y todo aderezado por un montaje ágil que se vuelve vertiginoso en los episodios más relevantes de la trama. Aunque no lo hubiéramos sabido antes de entrar a la proyección, habríamos descubierto igual que estábamos ante una obra de Kenneth Branagh y su inseparable Patrick Doyle en la partitura.

poster-cenicienta-y-el-principe-encantadorTodo empezaba en 1989, cuando éramos tan jóvenes que no habíamos cumplido ni la treintena. Enrique V fue una ópera prima arrolladora, tanto en lo que ha interpretación se refiere (imborrable la arenga anterior a la batalla de Angincourt), como al trabajo de dirección y puesta en escena (igualmente imborrable la secuencia posterior a la batalla rodada en un sólo plano de casi seis minutos mientras suena el Non Nobis and Te Deum). Fue un director novel revelación, con dos nominaciones a los Óscars de aquel año, y muchos quedamos rendidos a su obra. Vino después la década de los noventa y con ella los títulos más importantes de su carrera, entre los que me costaría elegir uno, aunque siempre me quedaré con Morir todavía porque recibió muchos palos, pero ha sido reivindicada después. Le seguí fielmente hasta Trabajos de amor perdidos, otra pieza mal comprendida en su momento, con la que entrábamos en el nuevo siglo y milenio. Esa década en la que parece que ni Branagh ni yo atravesamos nuestros mejores años. Después le recuperé en Thor, para mí un feliz reencuentro, aunque también nos quedamos prácticamente solos en este blog defendiéndola.

Y ahora, después de la muy alimenticia Jack Ryan: Operación Sombra, vuelve a brindarnos una pieza con sello propio. La nueva Cenicienta de Disney es también la Cenicienta de Branagh. La historia la conocemos todos perfectamente, de modo que lo que nos interesaba es cómo la habría resuelto el director. Sobre todo en los puntos clave como el del hechizo del hada madrina para la que ya Disney en la versión animada de 1950 había creado un hito que ha pervivido en el recuerdo:

Branagh no ha escatimado recursos y ha compuesto una secuencia de transformación notable, incluso superior a la citada. Y lo ha hecho por partida doble, porque al desencantamiento le ha dado un tratamiento tanto o más climático aún. Cenicienta en manos del británico se ha convertido en una de esas películas que acumulan pasajes memorables en su metraje. A los ya mencionados hay que sumarle la secuencia del baile, un vals de coreografía perfecta en el matrimonio de música e imágenes, y, sobre todo, el primer encuentro de la joven con el príncipe en el bosque, ese flechazo rodado con un travelling circular que nos hace recordar el de Vértigo. Si bien puede decirse que las partes superan al conjunto, el filme nos da lo que cabía esperar, porque ya sabemos de antemano que la versión sangrienta de los hermanos Grimm (las hermanas se cortan los dedos del pie para que les quepa la zapatilla de cristal) no es la que va a ser adaptada. Al contrario, sabemos  que vamos a estar ante un cuento de hadas contado al modo en que los cuenta Disney: repleto de candor y perfectamente maniqueo. Así, el cuarto de hora inicial es puro almíbar no apto para espectadores “diabéticos”, que abominen de la ternura cuando es empalagosa. ¿Puede valer eso como fallo? No, porque es el tono que su público natural va a pedirle. Rasgarse las vestiduras por ello resulta tan absurdo como hacerlo porque en un festival de cine de terror se muestren escenas de inusitada crueldad (¿recuerdan la polémica con A serbian film? Pues eso).

No creo que  vaya a incluir esta película en el top ten del año (mal tendría que darse el género en estos meses como para tener que hacerlo), pero sí la he visionado con satisfacción. Y sé perfectamente que donde yo encuentro valores, que haya rodado un cuento popular como si fuera una obra de Shakaspeare, otros verán defectos. Muy probablemente se acuse de nuevo a Branagh de megalómano, de perpetrar un espectáculo operístico en el peor sentido del término. Para mí, en cambio, es toda una lección de estilo que sabe volver emocionante un tema que ya tenemos muy sabido y que, en principio, no pensábamos que iba a sorprendernos (anecdótico, pero sintomático, es que en el pase de prensa se haya oído algún aplauso en el momento en que la protagonista se calza la zapatilla de cristal).

CINDERELLA

El trabajo de Branagh viene además apoyado por el de un equipo técnico en estado de gracia. Especial mención a la fotografía de Haris Zambarloukos que llega en ocasiones a dotar de textura de animación a la película. Igualmente al vestuario de Sandy Powell y el diseño de producción de Dante Ferretti Y, por supuesto, no podemos olvidar a Doyle porque su música aporta alma al relato. Sobre el score comentan en Mundobso: “tras demasiados años diluido (con honrosas excepciones) en la música industrial de Hollywood, Patrick Doyle vuelve a ser Patrick Doyle en una esplendorosa creación donde se explaya con poderosas melodías que son cautivadoras pero también explicativas, esto es, que además de llenar y gustar, explican en sí parte de la historia narrada en el filme. El tema principal, el de Cenicienta, es excelente: un tema que tanto se contrae para exponer las íntimas emociones del personaje como también se expande para iluminar todo su alrededor. Es una melodía que conoce algunas transformaciones que van relatando a la muchacha y que debe encontrar su camino entre otras músicas deliberadamente aparatosas, vienesas, muy elegantes pero básicas (en tanto el tema principal es elaborado y dinámico), para el entorno palaciego, y también algunas músicas para la oscuridad y lo dramático (igualmente grandiosas). Todo ello, combinado, da lugar a una banda sonora imponente, sólidamente estructurada y desarrollada, que es un festín musical a lo grande… y el relato complementario enfatizado y matizado del cuento eterno”.

Eso es lo que es Cenicienta: un cuento eterno, dulcísimo, que rehuye cualquier tipo de ironía. Y eso, a día de hoy, cuando el cinismo y los haters son tendencia, es toda una provocación.

Categorías:TRAILERS RECOMENDADOS
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