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VAMOS DE ESTRENO (o no) * Viernes 5 de febrero*

CAROL (Todd Haynes, 2015)

UK. Duración: 118 min. Guión: Phyllis Nagy (Novela: Patricia Highsmith) Música: Carter Burwell Fotografía: Edward Lachman Productora: Film4 / Killer Films / Number 9 Films Género: Drama

Reparto: Cate Blanchett, Rooney Mara, Sarah Paulson, Kyle Chandler, Jake Lacy, Cory Michael Smith, Carrie Brownstein, John Magard, Kevin Crowley, Gielreath, Ryan Wesley Gilreath, Trent Rowland, Jim Dougherty, Douglas Scott Sorenson, Nik Pajic

Sinopsis: Nueva York, años 50. Therese Belivet (Rooney Mara) es una joven dependienta de una tienda de Manhattan que sueña con una vida mejor cuando un día conoce a Carol Aird (Cate Blanchett), una mujer elegante y sofisticada que se encuentra atrapada en un matrimonio infeliz. Entre ellas surge una conexión inmediata que irá haciéndose más intensa y profunda, cambiando la vida de ambas para siempre.

Carol cartelCarol de Todd Haynes es un agradable producto. Al salir del pase un crítico elogiaba la delicadeza con  la que trata un tema que aún hoy difícil como es la homosexualidad femenina. Y no le falta razón, es innegable la sutilidad con la que el autor de Velvet Goldmine aborda la historia. Pero la catalogamos como producto porque no es nada arriesgada ni en su planteamiento ni en su puesta en escena, o de otro modo, no esconde su voluntad de ser grata, sobre todo, al público mainstream.

Carol está pensada para gustar, esto es, se cuida de que no falte ningún ingrediente de la receta con la que se cocinan los platos diseñados para satisfacer todos los paladares, igual que se cuida de que no haya ninguna disonancia que pueda chirriarle al público, que le pueda incomodar, al contrario se empeña en (y consigue) que hasta el espectador menos receptivo al tema se sienta a sí mismo comprensivo y tolerante. Haynes espera que toda la platea se sienta moderna (sí, incluso los rancios cuñados de los que nos habla Pedro Vera).

Es puro diseño que se pretende marcado con el certificado de calidad, así no se escatiman detalles en su cuidadosísima recreación de la estética de los cincuenta (especialmente en su vestuario), en su esmerada ambientación,  en la fotografía a ratos elegante a ratos granulosa como recurso para hacer más conmovedoras las escenas, en sus encuadres y en su montaje, en la solvente banda sonora firmada por Carter Burwell y, por supuesto, en la interpretación de sus actrices, auténtico aliciente de la cinta. Todo está en su punto.

Hasta demasiado en su punto, diríamos nosotros. Y es que si tratas de rascarle su barniz descubres que la estructura que esconde es elemental, totalmente básica, no nos deja ningún material que nos mueva a reflexión. Todd Haynes le hace a Patricia Highsmith la misma justicia que David Lean a Boris Pasternak, esto es, bien poca. Porque la novela, publicada bajo el seudónimo de Claire Morgan y bajo el título de El precio de la sal (The price of salt) respira candidez, pero también es corrosiva cuando ha de serlo. Carol, la película,  no se puede desprender de ese tufillo de parecer concebida para los Óscars, de ahí que hayan habido voces que la han calificado ya como la gran olvidada del certamen pese a haberse hecho con seis nominaciones en las que destacan las concedidas a sus actrices, Cate Blanchett por principal y Rooney Mara como secundaria. ¿Son tan sólidas como parecen las interpretaciones de ambas actrices? Rooney Mara compone un retrato fresco y convincente de la joven que descubre sus inclinaciones y sus virtudes, el suyo es un trabajo matizado y apreciable. Cate Blanchett, por su parte, consigue caracterizar un personaje glamuroso y atractivo con aura de musa, sin embargo, está demasiado encantada consigo misma, transmite la sensación de estar convencida de estar interpretando el gran papel de su vida y eso lastra su trabajo, porque la actriz está demasiado presente como para que podamos meternos en (y creernos)  el personaje.

Sí, Carol no es una película despreciable, pero su academicismo impide que sea memorable. La cinta es tan agradable de ver como fácil de olvidar.

EL RENACIDO (The Revenant, Alejandro González Iñárritu, 2015)

USA. Duración: 156 min. Guión: Mark L. Smith, Alejandro González Iñárritu (Novela: Michael Punke) Música: Carsten Nicolai, Ryûichi Sakamoto Fotografía: Emmanuel Lubezki Productora: New Regency / Anonymous Content / RatPac Entertainment; Distribuida por 20th Century Fox Género: Aventuras

Reparto: Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Domhnall Gleeson, Will Poulter, Forrest Goodluck, Paul Anderson, Kristoffer Joner, Joshua Burge, Duane Howard, Melaw Nakehk’o, Fabrice Adde, Arthur RedCloud, Christopher Rosamond, Robert Moloney, Lukas Haas, Brendan Fletcher, Tyson Wood, McCaleb Burnett

el-renacido_poster-nominaciones-y-premiosSuspenderé la incredulidad si es necesario, Iñárritu fuerza el relato hasta el límite de lo verosímil sin llegar a rebasarlo, ¿qué mejor elección para hablarnos del límite ontológico que determina el sentido? Porque El renacido es más que un simple relato de supervivencia, el survival no es más que su envoltorio, lo que importa es la reflexión sobre qué nos hace humanos, el viaje hasta la frontera última del mundo explorado como metáfora del descenso hasta las raíces de nuestra condición.  Iñárritu nos lleva al lugar donde la naturaleza humana se enfrenta a la naturaleza en sí, una naturaleza de fiera belleza ante la cual  lo humano y su debate entre lo salvaje y lo civilizado se empequeñece. El renacido nos instala en el espacio de la definición, de la dialéctica entre lo no cultivado y el intento humano de someterlo. Ahí, en el horizonte del sentido, la delimitación entre civilización y salvajismo se vuelve delgada: “todos somos salvajes” reza el cartel prendido sobre el indefenso indio ahorcado, acto denigrante que viene a confirmarnos que los supuestos representantes de la civilización pueden llegar  a ser (y llegan de hecho a serlo) más bárbaros que los aborígenes. Este es el marco trascendente al que apunta el mexicano con su colosal cinta de aventuras y venganza.

Hugh Glass (Leonardo Dicaprio) es el hombre que excederá todos los límites que se esperan de cuerpo, mente y alma, en pos de la venganza. Poco saben de su pasado sus compañeros, apenas el rumor de que mató a un soldado inglés para salvar a su hijo mestizo, ambos (su hijo y él) forman parte de una expedición de tramperos que comercian con pieles. Después de ser diezmados por los Arikara, los supervivientes tendrán que adentrarse en los inexplorados y abruptos bosques para regresar al fuerte; cuando Glass sea gravemente herido por un oso pardo y abandonado después a su suerte por el ambicioso John Fitzgerald (Tom Hardy) (quien además mata a su hijo), empezará su épica aventura. Dicaprio se entrega al personaje como sólo un actor de su talla sabe hacerlo (en un papel sin apenas diálogos que requiere dominio en la gestualidad corporal y la expresividad del rostro), y nos regala un trabajo sobresaliente e intachable.

El Glass de Dicaprio es pura fuerza, moribundo y absolutamente solo se niega a perecer movido por una voluntad inquebrantable e impermeable al desaliento, supera todas las pruebas que se anteponen en su camino con el ánimo de ver cumplida su venganza. Pero su peripecia le lleva más allá de ese primario objetivo, el personaje evoluciona con el desarrollo de la acción y lo que comienza siendo una implacable búsqueda de venganza se convierte en una heroica historia, contra todo pronóstico, en pos del hogar, la justicia y la redención. Cuando enfrenta el duelo final comprende que la restitución  compete exclusivamente a la equidad natural, que hacer justicia es sólo cosa de dioses o de la naturaleza y su equilibrio que nos trasciende. Esa, la escena del enfrentamiento último, magistralmente contrapunteada por la música de Sakamoto (un tema minimalista escrito para percusión), es un soberbio ejemplo de cine con mayúsculas, ese que regresa a la condición de magia espectacular que lo definía en sus orígenes, ese que nos sumerge dentro de la acción como si nos transportara al espacio mismo de la ficción como si fuéramos una pieza más de la misma. Un ejemplo de cine dirigido a los cinco sentidos.

Si tuviéramos que destacar un sólo rasgo del trabajo de Iñárritu en este cantar de gestas que es El renacido, nos quedaríamos con la fisicidad. No hay un sólo minuto (y dura 156) en el que no tengamos la impresión de que la acción está sucediendo delante de nuestros ojos, totalmente al alcance de nuestras manos, como si no hubiera filtro y estuviéramos allí mismo dentro de la escena. Iñárritu consigue la proeza jugando con la profundidad de campo y haciendo que la acción principal suceda en la primera línea del plano, con unos angulares imposibles, la cámara llega a estar tan cerca de los personajes que su aliento llega a empañar su objetivo, tal como si nos respiraran a la cara. Por mucho que miremos no llegamos a descubrir el truco cuando lo hay (esa pelea cuerpo a cuerpo con el oso cuya realización nos parece imposible), así que nos rendimos a una magia que no sentíamos desde hace mucho. La cámara recorre las secuencias sin apenas cortes, ahí está el asalto de los Arikara en el que la cámara se desplaza por el campo de batalla empalmando de un personaje al siguiente. Somos espectadores más que nunca porque el espectáculo nos envuelve, la pequeñez de los personajes en el marco de esa naturaleza inexplorada la hacemos nuestra; picados, contrapicados, panorámicas, todo está al servicio de ofrecer un retrato de la naturaleza virginal como no lo habíamos visto nunca. Y así, dándole a las imágenes una fisicidad extrema, es como Iñárritu nos eleva a lo trascendente.

Iñárritu señala: “La historia de Glass hace las siguientes preguntas: ¿Quiénes somos cuando nos hallamos completamente despojados de todo? ¿De qué está hecho el hombre y de qué es capaz?” A Iñárritu le fascinaba cómo un peligro extremo nos puede llegar a desbaratar y nos permite vislumbrar qué es lo que verdaderamente nos sostiene; cómo puede sacar a la luz cosas que habrían permanecido ocultas si esa puerta a la mortalidad nunca se hubiera abierto. Esa confrontación con la mortalidad se entrelaza, además, con una inusual historia de amor entre padre e hijo: la de un hombre que en su momento de mayor deterioro se aferra más que nunca a la vida.“El Renacido (The Revenant) es una historia de pura y dura supervivencia pero también de una esperanza inspiradora”, afirma Iñárritu. “Para mí, la parte importante era transmitir esta aventura con un sentido de sorpresa y descubrimiento, como una exploración tanto de la naturaleza salvaje como de la propia naturaleza humana”. Y eso es exactamente lo que nos transmite esta película faraónica.

Salvaje, directa y visceral, la última película del mexicano entretiene y es poderosa. Nos hallamos ante una pieza a la que hay que rendirle los cinco sentidos para que nos eleve más allá de lo sensible. Iñárritu nuevamente nos lanza un desafío y vale realmente la pena recogerle el guante.

 

THE LADY IN THE VAN (Nicholas Hytner, 2015)

UK. Duración: 104 min. Guión: Alan Bennett Fotografía: Andrew Dunn Productora: BBC Films / TriStar Productions Género: Comedia dramática.

Reparto: Maggie Smith, Alex Jennings, Jim Broadbent, Dominic Cooper, James Corden, Frances de la Tour, Samuel Anderson, Gwen Taylor, Rosalind Knight, George Taylor

2086_1_3_1446636829Candem Town a principios de los años setenta no era todavía el barrio londinense que es ahora, pero iba en vías de convertirse en refugio de músicos, escritores y artistas en general. Allí se instaló el escritor Alan Bennett y en su jardín la Señora Shepherd, que vivía en una furgoneta y con la que inició una relación muy particular que duró 15 años, de 1974 a 1989. Esta relación dio pié a la obra The Lady in the Ban, que adapta esta cinta y que cuenta con el enorme aliciente de tener como protagonista a Maggie Smith, que como Señora Shepherd realiza un ejercicio de interpretación de esos ante los que hay que descubrirse. Sensibilidad y energía, humanidad y humor en un agradable película británica tan bien planteada como interpretada.

 

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