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Sitges 2014: The Double, un Dostoievski retrofuturista y kafkiano

orson-welles-the-trial-kafka-13¿Quién no ha pensado alguna vez que Kafka fue el escritor realista del siglo XX, y de lo que llevamos del XXI también? El checo se nos representa en ocasiones como todo un profeta de lo que iba a ser (y está siendo)  la (post) modernidad occidental: este mundo nuestro circundado por parajes laberínticos que parecen interponerse entre el sujeto y su vida. Y no es necesario siquiera referirnos a lo trascendente, lo kafkiano aparece en las situaciones más cotidianas, basta por ejemplo pensar en nuestras “charlas” con los contestadores automáticos que pretenden descongestionar los servicios de atención al cliente (“si su consulta es por otras causas diga, otras causas o marque 4”) y que terminan de agotar nuestros nervios ya exhaustos por la emergencia que queremos comunicar y resolver (“disculpe, no le he entendido. Si su consulta es sobre…”). El hombre occidental contemporáneo no se las tiene que haber con hambrunas ni con epidemias ni con guerras, no, pero lo violento sigue hydependiendo sobre él, aunque sublimado en actividades y relaciones de apariencia civilizada. Una violencia con piel de cordero que se filtra por las rendijas de nuestros perfiles más vulnerables y que no puede ser sojuzgada por la corrección política (antes al contrario, pero ese ya sería otro debate). Una violencia tan punzante como familiar e inane. Así resultamos sujetos desorientados, perdidos en la anodina ferocidad de nuestras existencias rutinarias, asaetados además por la dominante cultura del éxito (desde el famoseo de papel couché a las primas por resultados, pasando por el simple pretender ser el más ejemplar en todo momento y lugar), y rodeados de burocracia por todos los flancos.

No es difícil imaginar que bajo cualquiera de nosotros, siempre tan domesticados y tan presionados, viva agazapado un reverso virulento presto a transgredir las reglas y a erigirse en amo, suele aflorar en nuestros devaneos etílicos y suele quedarse ahí en nuestras aventuras de barra de bar (si es posible la revolución es también otro debate). Stevenson se nos aparece igualmente como pronosticador de nuestro hoy. ¿Y qué ocurre si cruzamos al Jekill de Stevenson con el Joseph K de Kafka? Sencillo, se manifiesta ante nosotros Goliadkin, el protagonista de El Doble de Dostoievski, todo un avance del psicoanálasis. Y si a ese entramado lo vestimos con un ropaje retrofuturista, para dotarle de un aire de atemporalidad universal a la vez que de proyección del presente en un futuro indefinido, y lo alimentamos  con grandes dosis de humor absurdo, para generar ese extrañamiento que paradójicamente nos hace la trama más cercana, entonces nos encontramos con The Double la película de Richard Ayouade que es una adaptación puesta al día de la novela del ruso.

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Jesse Eisenberg (a quien recordarán por su papel en La red social) es Simon James, un gris oficinista de carácter apocado que es ninguneado en todos los entornos, ya en el arranque del filme le vemos acosado en el metro por un pasajero que le obliga a cederle su asiento aunque el vagón está vacío. No le van mejor las cosas cuando llega a la empresa, su tarjeta de identificación se ha extraviado y el conserje se niega a reconocerle (pese a que le ve todos los días), ese será su primer tropiezo con el orden burocrático opresivo que le envuelve. Enamorado de Hannah, una bella Mia Wasikowska (a la que vimos en Stoker), es incapaz de abordarla para mostrarle sus sentimientos. Tampoco destaca ante el jefe de su sección (Wallace Shawn en el papel de Mr Papadopoulos) , pese a que es eficiente (quizás el que más en la oficina). Condenado a una existencia solitaria, ocupa su tiempo de ocio observando desde su casa con un telescopio la intimidad de Hannah. En una de esas noches es testigo de un suicidio: un hombre, al que no vemos el rostro, salta desde el edificio donde vive la joven, pero antes de lanzarse saluda con la mano a Simon. Parece toda una premonición de lo que espera al protagonista. Esas son las condiciones en las que vive nuestro (anti) héroe cuando irrumpe en escena James (segundo nombre de Simon). James es todo lo que no es Simon, aclamado en la oficina como el mejor empleado de la empresa pronto se hará con las simpatías de Hannah y se irá adueñando del espacio de Simon. La particularidad de James es que es idéntico a Simon, es su reverso perfecto, la cara del éxito que contrasta con su condición de perdedor.

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En el filme de Ayouade el doppelgänger actúa a modo de superyo del protagonista (del ello si lo queremos en terminología freudiana), una versión superior de sí mismo caracterizada por no tener ningún tipo de cortapisa moral. Este yo superior irá barriendo del mapa a Simon hasta convertirlo en nada. Si Simon es un nadie, James es un yo pleno ensalzado por el establishment. Cuanto más se engrandece James en su entorno, más se reduce Simon hasta que llega a desaparecer completamente del sistema. Memorable escena la de Simon enfrentándose al encargado de personal que le impide el acceso pues no tiene carta de identidad porque, literalmente, ha desaparecido de la base de datos; todo un diálogo absurdo que nos recuerda la parábola Ante la ley de Kafka. La maquinaria de la burocracia arrolla a Simon, mientras que enaltece a un James en el que nadie, menos él, reconoce su doble.

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Esa maquinaria en el filme está representada por la empresa de la cual su fundador, The Colonel, es epítome. El motivo del éxito de esa industria es haber sabido lanzar un discurso dedicado a “la gente” entendida como masa en la que ningún individuo es diferenciable. Una invitación a deponer la voluntad de ser uno mismo para vernos satisfechos en la uniformización, donde seremos más felices como afirma la consigna, donde destacaremos precisamente por no destacar. En este marco, la figura de James se ilumina como el objeto de deseo del inadaptado que es Simon, como la proyección de sus anhelos, su aventura revela que los sueños pueden resultar peligrosos y es mejor acabar con ellos para poder ser nosotros mismos. Donde otros ven optimista la lectura de Ayouade, nosotros vemos un mensaje aciago que nos alerta sobre los males de nuestra sociedad presente: ese mundo que anima a la masificación, a la deshumanización,  no es otro que el nuestro.

En esta película, calificada por la crítica como hilarante, diabólicamente inteligente, especial y única, destaca también por su diseño de producción. La peripecia argumental está envuelta de un escenario oscuro, a menudo subterráneo, repleto de ruidosos ascensores, luces y televisores parpadeantes, fotocopiadoras y ordenadores prototipo de los años 50. Un universo lóbrego que le imprime carácter de distopía (en la que reconocemos influencias de Terry Gilliam aunque su paleta esté en el extremo opuesto). Richard Ayouade, pues, nos ofrece un filme ambicioso que supera con excelencia su propósito y le confirma como el gran director que se intuía ya en Submarine, su ópera prima. Para quien escribe pues, es una de las mejores cintas que compiten en esta edición.

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