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Nunca es demasiado tarde

5 diciembre 2014 Deja un comentario

nunca-es-demasiado-tardeApenas unos pocos minutos le bastan a Uberto Pasolini para presentarnos personaje y situación. No le hacen falta ni las palabras, las imágenes hablan por sí mismas. Nunca es demasiado tarde nos presenta a John May, empleado de la funeraria pública, encargado de hallar a los parientes más cercanos de esas personas que mueren sin recursos a las que se entierra gracias a los servicios municipales. May es concienzudo en su trabajo, no se limita a la mera rutina sino que le vuelca mucho afecto a su labor (guarda un album con todas las fotos de los difuntos ), tal vez porque, siendo él también un solitario sin familia cercana, se ve reflejado en aquellos a los que ha de asistir (ese plano de May espejeándose en la ventana de uno de los fallecidos). Es tal su esmero que, paradójicamente, es despedido (es tiempo de recortes). Acepta su despido pero pide que le dejen encargarse de su último cometido: buscar la familia de Billy Stokes. A partir de ahí acompañamos a May en su minuciosa búsqueda.

Nunca es demasiado tarde es una película de silencios que retratan la soledad (la del personaje y la otra más general) de una forma inmensamente tierna. La forma de rodar las rutinas diarias del protagonista es la que nos habla. Todo un recorrido visual por la vida de ese funcionario que vive rodeado por la muerte, pero que no expresa tristeza sino un humanísimo ponerse en la piel del otro. Still life, su título original, significa naturaleza muerta, y ese es el lienzo que compone Pasolini: una naturaleza muerta que no genera desazón, sin embargo. Al contrario con Nunca es demasiado tarde sentimos que toda vida está llena de sentido, por humilde que sea la labor que se desempeñe. John May es un Bartleby que no ha entrado en el hastío sino que ha encontrado su misión en hacer su trabajo a conciencia. Despide con honores a todos esos pobres diablos que han fenecido en la más absoluta soledad, él, con sus pesquisas sobre ellos, aunque no consiga contactar con familiares o antiguas amistades, se basta para dignificarlos.

Nunca es demasiado tarde 1

Si elogiable es la dirección del productor de Full Monty, meritorio igualmente es el trabajo de sus actores con Eddie Marsan a la cabeza. Marsan da carnalidad al personaje, con su actuación ponderada nos asoma a las interioridades de John May, le da hondura psicológica y nos lo hace sentir real. John May y su circunstancia nos conmueve pero, contra lo que pudiera parecer, nos lleva al optimismo incluso antes de ver su reconfortante último plano. Apreciamos toda la melancolía del personaje y la situación, la melancolía es el sentimiento que nos embarga cuando intuimos una finalidad que no nos es posible alcanzar, pero el segundo trabajo como director de Pasolini nos lleva un poco más allá. Justo hasta el punto donde se resuelve el duelo, donde se suspende el sentimiento atrabiliario, y este es sustituido por la certeza de que ningún esfuerzo es baldío.

Nunca es demasiado tarde es una película conmovedora en la acepción de enternecedora. A ello contribuyen también las delicadas notas con las que la música de Rachel Portman acompaña la acción. Sus noventa y dos escasos minutos tienden un pulso a nuestras emociones y salimos del cine arropados por la sensación de que está vida vale la pena de ser vivida.

En un patio de París, dormir más todavía

No saber nada, no enseñar nada, no querer nada, no sentir nada, dormir, dormir más todavía, tal es hoy mi único deseo. Charles Baudelaire, prólogo a Las flores del mal.

en_un_patio_de_paris-cartel-5657Antoine Le Garrec (Gustave Kervern) es insomne, lleva mucho tiempo durmiendo muy poco, e incluso cuando duerme sueña que no puede dormir. El spleen, angustia vital, melancolía sin causa, se ha adueñado de él y un buen día abandona el escenario (es un cantante de medio pelo) sin rumbo definido. Como Baudelaire sólo ansía dormir, como él deambula por la ciudad, vaga por las calles, cual flâneur, sin objetivo ni expectativas, abierto a lo que la casualidad depare. Es casualidad que en la oficina de empleo le ofrezcan una vacante de portero, como lo es que quien tenga que aceptarle en el puesto sean Mathilde (Catherine Deneuve) y Serge (Féodor Atkine), una pareja de recién jubilados que se enfrentan a su nueva realidad de desocupados con distinta actitud. Es Mathilde quien lo escoge porque le inspira calma, a ella, que se ha sumergido en la vorágine de una ONG enfocada a resolver el calentamiento global y no tiene respiro. Cuando la evolución de una grieta haga que Mathilde tema que el edificio entero se derrumbe, nace la amistad entre ellos. Una amistad entre seres que amenazan ruina más que el viejo edificio en el que interactúan. Estos son los personajes que destacan en el mosaico de En un patio de París

En un patio de París es una comedia agridulce que poco a poco va deslizándose hacia el drama, sin negarnos un tenue halo de esperanza en su final. Pierre Salvadori, su director, vuelve a conducirnos a esa mirada que se entretiene en los márgenes, con esos personajes inadaptados que, sin embargo, intentan sobrevivirse con todas sus fuerzas, tratan de salir de su condición a pesar de sus deficiencias. Y todo ello retratado con mucho humor y mucha ternura. Una producción de modesto presupuesto, pero muy rica en matices que nos cuenta una historia de perdedores que, sin embargo, no están totalmente perdidos. No todos ellos al menos.

Manguera.-Dans-la-cour

Por ese patio de escalera pululan toda una serie de personajes bizarros (en su sentido francés que poco a poco ha ido desplazando el significado castellano):  un ex futbolista drogadicto que roba bicicletas y las almacena en el patio común, un vecino con un trastorno compulsivo que no puede lidiar con el desorden, un inmigrante, captado por una secta, y su perro que ocupan el taller de los bajos… Dentro de un imaginario que está a medio camino entre Happiness (1998, Todd Solondz) y La maladie de Sachs (1999, Michel Deville), todos ellos comparten la misma soledad y la misma necesidad de atención. Antoine es el catalizador, no está ya para sí mismo pero sí para ellos, él se diluye poco a poco en su cotidianidad pero el resto, especialmente Mathilde, seguirán adelante más reconfortados pues el tamiz de Antoine les ha servido para recuperar convicciones igual que esas macetas que se consumían han pasado a ser jardín por obra y gracia del portero.

en un patio

Dans la cour, el título original, hace más justicia a la película que su trasvase al castellano, que concreta con su genitivo el lugar de la acción quizás para indicar al seguidor de tendencias y modas que se encuentra, si, de nuevo ante un film francés. Ese patio vecinal no se ubica espacialmente por mucho que esté afincado en la capital gala. Esa comunidad es universal igual que lo es esa grieta que obsesiona a Mathilde. El edificio que aglomera a los personajes (prácticamente el único escenario del filme) es un microcosmos transportable por analogía a todo mundo humano contemporáneo. El edificio, como nuestra civilización, ha envejecido y, aunque no amenace ruina, ha empezado a agrietarse igual que se resquebraja nuestra confianza en el mundo occidental, con la fuga de valores y derechos que está arrojando su crisis. Los miembros de esa comunidad están fuera de lugar, como desubicado está el hombre de hoy ante un orden burocrático del que no se acaba de vislumbrar el centro. Todos podemos sentirnos exhaustos como Antoine («sólo quiero limpiar, dormir y no pensar»), pero Salvadori no nos deja ahí, no trata de engañarnos pero nos muestra una salida. Pues, del mismo modo que nos identificamos con el protagonista, todos podemos todavía ser Mathilde y embarcarnos en un nuevo proyecto que nos haga vivir. Una pequeña esperanza queda aún. Eso sí, la esperanza es lo único que quedó encerrado en la caja de los males que nos trajo Pandora.

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Mil veces buenas noches, el poder de la imagen

A raíz del último conflicto palestino israelí, la página de inicio en Facebook se ha llenado de fotos de niños muertos, mutilados, víctimas de los ataques. Sin duda se trata de un gesto de solidaridad autocomplaciente, inútil por definición, y que contribuye más bien a la desensibilización por saturación de nuestras neuronas. Están los que comparten esas imágenes y frente a ellos los que se indignan por esa violación de la intimidad con fotos morbosas, ambas posturas igual de cómodas acometidas desde la paz que nos confiere saber que no dejaremos de tener la barriga llena. Apenas un gesto perezoso con el que calmar nuestra conciencia.

milvecesbuenasnochesLa gran pregunta es si esas imágenes pueden ir más allá, si sirven para algo más que para alimentar moralinas pequeñoburguesas, si consiguen incomodar a los agentes sociales que tienen la capacidad de interceder de facto en los conflictos. Sólo soy capaz de alzarme de hombros ante ese interrogante, desde el escepticismo contraído por saberme yo impotente. Lo que sí tengo claro es que no hay que matar al mensajero: esas fotografías, tomadas desde el riesgo de muerte de los reporteros, tienen al menos el valor de la denuncia. Levantan testimonio de la ignominia y siembran la esperanza de que algún día la humanidad esté dispuesta a aprender de sus errores. Más allá del uso frívolo que podamos darles, las fotografías de guerra son necesarias. Mil veces buenas noches es un viaje a esa toma de conciencia de la necesidad de la foto denuncia, nos lleva a esa conclusión de forma honesta, sin hacer un panegírico de los reporteros gráficos (¡hay tantas películas que juegan esa baza!), al contrario, nos los muestra en sus dilemas menos heroicos, menos generosos, los retrata como impetuosos adictos a su vocación a la que lo sacrifican todo, más por instinto que por reflexión.

Juliette Binoche es Rebecca, una reportera entregada a su profesión, que también es esposa de un biólogo marino y madre de dos hijas, una ya adolescente. Tras un grave accidente en Afganistán, habrá de plantearse el difícil equilibrio entre su vida y su trabajo. Acabará descubriendo que le es imposible abandonar al segundo, porque ese trabajo es su propia esencia. Mil veces buenas noches es un drama doméstico que refleja el egoísmo del fotógrafo de guerra, a la vez que su valor y su perseverancia. No estamos ante un héroe sino ante una fuerza de la naturaleza cuyo instinto la lleva a estar siempre al pie del conflicto, no por ganar galardones sino porque no puede hacer otra cosa que ponerse al servicio de los más desprotegidos aún a costa de abandonar a los suyos. Erik Poppe, su director, y Binoche nos sitúan ante un personaje lleno de aristas, movido por la urgencia y la necesidad de intervenir ante la barbarie; confiesa a su hija mayor que escogió ese trabajo porque sentía ira visceral contra las lacras de la humanidad y ese sentimiento no lo puede enjugar la cotidianidad familiar, precisamente porque en sus hijas ve la esperanza de futuro que ella quiere transportar a los desfavorecidos. La actriz se muestra virtuosa en su interpretación de las contradicciones de Rebecca, ella sola se basta para que la película funcione.

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Llena de pequeños detalles, con un buen desarrollo del arco de transformación de los personajes, hay que destacar también el trabajo de John Christian Rosenlund al frente de la fotografía. Un uso de la luz y el encuadre que nos lleva a centrarnos en el poder de la mirada, ideal para hacernos sentir en la piel de la fotógrafa. Mil veces buenas noches es un recital de imágenes que nos habla, precisamente, del poder e importancia de las mismas. Un acertado equilibrio entre el retrato y lo retratado, bellamente filmado e interpretado.

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En algún lugar sin ley, revisando el amor fou

En-un-lugar-sin-ley_cartel_peliNo sólo de fantástico vive el hombre, sobre todo no vive Serendipia. Y no es porque pretenda sumarse a ninguna tendencia actual (parece que ahora se lleva lo ecléctico), no, es que este ente es un auténtico amante del cine más allá de los corsés de género. Así que es justo que alguna vez se dé cabida en estas páginas a piezas que no se pueden adscribir fácilmente a ninguna categoría establecida. Eso es justo lo que ocurre con En algún lugar sin ley (Ain’t Them Bodies Saints).

Ganadora del premio a la mejor fotografía en Sundance, el tercer filme de David Lowery está llamado a convertirse en una de las grandes películas indie del año. Lowery, partiende de un corto suyo, nos narra la historia de dos fugitivos, Bob (Casey Affleck) y Ruth (Rooney Mara). Enamorados y despreocupadamente felices, sobreviven gracias a los delitos que cometen, ajenos a los peligros de vivir al margen de la ley. Un día Ruth, accidentalmente, hiere a uno de los policías que los están persiguiendo. Bob asume la culpa y es arrestado. Cuatro años después, incapaz de soportar por mas tiempo la separación de su mujer y de su hija, a la que no ha llegado a conocer, Bob escapa de prisión con un único objetivo: recuperarlas.

Aunque la acción se sitúa en la década de los setenta, Lowery sabe dotar a la historia con la aureola arquetípica de los mitos y leyendas. En algún lugar sin ley rezuma una dulce tristeza sobre la que brilla el retrato de un amor tejido con las ciegas (y dulces) esperanzas de unos personajes que se saben sin salida. La misma planificación nos indica esa imposibilidad de conseguir el objetivo de crear un hogar, con esos planos cortos rodados contra un fondo siempre próximo ( y los personajes en el primer plano del encuadre) que nos deja la sensación de no tener escapatoria. Si hubiera que elegir un sólo adjetivo para describirla este sería ‘envolvente’, porque la narración se desarrolla más con la atmósfera que con la acción. Asentada sobre elipsis, la cámara no tiene prisa por abandonar planos y escenas, ese tempo pausado es el que nos deja con el corazón en un puño y nos sumerge con delicadeza en el fondo de los sentimientos de los personajes que no se exponen con estridencia sino con la sutil pincelada de la insinuación (ese no poder parar de mirarse a los ojos mientras son arrestados, esas cartas leídas en off mientras en pantalla se muestra el texto escribiéndose sin enseñar al personaje ).

En algún lugar sin ley toma el tópico del amor fou para darle una vuelta de tuerca. El filme de Lowery parte como premisa del interrogante sobre cómo seguiría la historia si los dos amantes (y forajidos) no murieran al final sino que sobrevivieran a su peripecia e incluso llegarán a tener cargas familiares. Para responder a esa pregunta Lowery deconstruye los géneros (el negro, el drama romántico, incluso unas briznas de western) mezclándolos hasta darle una voz propia a su película. Toda la cinta se asienta en la espera del reencuentro de los amantes, deseado y temido a la vez por parte de ella (ya no está sola, tiene la responsabilidad de cuidar de la hija de ambos). La trama se desarrolla dentro de ese arco tensado imposible de disparar: aunque hayan sobrevivido, su amor sigue estando condenado a no poder realizarse. La fatalidad sigue persiguiéndoles, el mundo que habitamos no está preparado para tanta intensidad sobre todo cuando sobre ella pesa una culpa a expiar. Bob no podrá ver sus sueños cumplidos y Ruth, aunque le haya esperado cual si fuera una Penélope puesta al día, habrá de resignarse y sacrificarlo en aras de la sensatez y la responsabilidad. Nadie escapa a su destino.

La hermandad, buenas intenciones, escasos resultados

No se le puede negar a La Hermandad su carácter voluntarioso. El valenciano Julio Martí Zahonero ha sabido cuidar en esta su ópera prima la ambientación, con tintes góticos pero sin muchos de sus tópicos, no cae en la acumulación de sustos sino que se esfuerza por transmitir una atmósfera enrarecida y misteriosa. Su voluntad de huir del susto fácil se hace notar también en la banda sonora (probablemente lo mejor de la cinta) para la que tenía claro que no debía tratar de anticipar las situaciones de mayor terror con golpes de efecto musicales, pretendía más bien que hubiera una melodía que diera razón de la obra en su conjunto, que cautivara al espectador y le condujera por la historia como si se deslizara. Afortunadamente el también valenciano Arnau Bataller ha sabido comprender las demandas del director y ha compuesto una partitura que satisface las expectativas; hay que añadir que se contó con la Orquesta de Liceo para la grabación, sin duda todo un lujo.

Un argumento cuya sinopsis lo hace parecer inquietante: En la fría y silenciosa oscuridad de un apartado monasterio del norte de Italia, La Hermandad, monjes benedictinos que siguen al pie de la letra unas estrictas normas de pobreza y obediencia, curan las heridas de Sara, una afamada escritora de novelas de terror que acaba de sufrir un grave accidente. Sara deberá guardar cama en el monasterio, donde la electricidad o el teléfono carecen de sentido. Su curiosidad de escritora no tarda en despertar con ciertos detalles que llaman su atención. Extrañas manchas en el techo, llantos infantiles en la noche, una vieja fotografía, un escalofriante libro sobre la Hermandad, sus inquietantes costumbres… Algo se mueve entre los muros del monasterior. Un oscuro secreto se encierra en su interior y ahora está a punto de salir a la luz… Y la recomendación de su director: Si me preguntas por las razones por las cuales un espectador debería ir a ver La Hermandad te diría que son numerosas. En primer lugar, se van a encontrar con una historia muy emotiva, llena de sorpresas hasta el minuto final. La Hermandad es visualmente un regalo para todos los sentidos. Descubrir cada uno de los rincones, aposentos y corredores de esta lúgubre abadía repleta de pasadizos y senderos ocultos, es una sensación tan inquietante como lo es para el personaje protagonista. La recreación de todas las estancias ha sido un trabajo excepcional. En el apartado de las intenciones la película funciona muy bien, pero, ¡ay! Los resultados ya son otro cantar.

La hermandad rodaje 2

Pese a los empeños por lograr una revisitación del terror de corte clásico, la película hace aguas en su guión. Ni los monjes resultan sospechosos o enigmáticos ni está claro por qué ya desde el primer día en el que la protagonista empieza su recuperación, por muy escritora que sea, se pone a investigar. Tampoco se nos hace comprender porque permanecieron en el convento haciéndose pasar por monjes si al final va a resultar que ellos fueron las víctimas. El esmerado diseño de producción no puede ocultar que Lydia Bosch actúe como quien no sabe realmente dónde está metida, y no nos referimos al convento sino a la trama. Su actuación es mecánica y forzada, lo que revela que el debutante no domina aún la técnica de la dirección de actores. El resultado es una cinta bienintencionada pero inefectiva. Huye del susto y del gore, pero tampoco la intriga hace aparición y eso en una película de estas condiciones es un problema muy grave.

Es muy fácil sentarse ante el ordenador y echar por tierra el trabajo de muchos meses, por eso hemos querido empezar este comentario con los pros del filme de Julio Martí. Es su primer largo y aunque sea fallido esos aciertos que hemos referido nos permiten decir que esperamos que no se desaliente y vuelva a intentarlo. Después de todo no son pocas las veces en las que aprendemos más de nuestros errores que de nuestros logros.

Cuento de invierno, los milagros del amor

15 febrero 2014 Deja un comentario

El guionista Akiva Goldsman (Una mente maravillosa) debuta en la dirección cinematográfica con una incursión en el Fantastique, esa concepción de lo fantástico que tan buenos filmes nos trajo en la década de los cuarenta (El fantasma y la Señora Muir, Jenny, para citar alguno). Cuento de invierno, ya desde el título, no engaña a nadie y quizás eso sea  su mayor defecto. Pero vayamos por partes.

Bajo el apelativo de Fantastique entendemos aquel conjunto de obras que tratan la temática fantástica mezclada con otros géneros (el melodrama romántico en la mayoría de casos) y con una visión y resolución amable. Se comprendería bajo esa categoría películas que algunos no incluirían por derecho propio dentro del fantástico, pero que sin duda, visto el género con mirada amplia, giran en torno a él. Esta especie de subgénero proliferó sobre todo en la década de los cuarenta del pasado siglo debido al peso de la Segunda Guerra Mundial que dejó tras de sí buen número de bajas: se hacía necesaria una visión amable de la muerte y lo sobrenatural que sirviera como evasión y consuelo. Puede rastrearse abundantemente hasta la década de los sesenta, sin que ello signifique que desapareciera por completo después. Han habido incursiones posteriores como lo fue en su momento Ghost (1990, Jerry Zucker), o ahora mismo este Cuento de invierno que nos ocupa.

Cuento de invierno nos trae la historia de Peter Lake (Colin Farrell), un ladrón irlandés, perseguido por su antiguo protector, un extraño personaje interpretado por Russell Crowe que vendría a ser una especie de diablo que lo busca para que no se aparte de los senderos del mal. Peter Lake quiere abandonar ese tipo de vida y cuando en su último robo conozca a Beverly Penn (Jessica Brown Findlay), logrará cumplir ese objetivo e incluso encontrar un amor que le hará vencer las fronteras de la muerte. Al menos no morirá hasta que él mismo realice ese milagro que todos llevamos de origen. La historia se desarrolla en el siglo XIX y en nuestra actualidad. Pretende ser un amable cuento sobrenatural cargado de buenas intenciones. Es fundamentalmente un melodrama romántico, pero viene envuelto con el ropaje de lo fantástico, con personajes sobrenaturales (ese caballo blanco, por ejemplo, que ayuda al protagonista a alcanzar con éxito su empresa, y que en verdad es la encarnación de un ángel), amores que vencen a la muerte, desplazamientos en el tiempo, y la eterna lucha entre el bien y el mal personificados en ángeles y demonios.  Todos estos mimbres debieran dar como resultado un filme de deliciosa fragancia extravagante, pero no es así.

¿Cuál es el problema de Cuento de Invierno? Su exceso. La ópera prima de  Akiva Goldsman nos fuerza a la suspensión de la incredulidad casi desde el minuto cero, no hay el menor atisbo de hacernos dudar sobre la sobrenaturalidad de situaciones y personajes. No juega a hacernos desarrollar la intriga, muestra sus cartas a la primera de turno y así no nos hace cómplices de la trama, no nos permite jugar al suspense y el desvelamiento. Todo está expuesto desde el principio, no hay descubrimiento, y eso le resta interés. De cuidada dirección artística, casi podría decirse que el lujo de efectos no contribuye al interés del espectador por la doble lectura. Su atmósfera resulta plana y si bien no engaña, tampoco nos hace partícipes del juego; sólo nos cabe dar asentimiento a lo que nos expone. E igualmente es plano su supuesto mensaje de fondo, nos dice a bocajarro que la vida humana goza de trascendencia y ante ello, o bien suspendemos la incredulidad así sin más y porque sí, o no podremos entrar en la narración.

cuento

No es, con todo, una cinta aborrecible, es buena su factura técnica (la comentada dirección artística, la correcta banda sonora de Hans Zimmer, sus efectos visuales… ) y su factura artística, con unas interpretaciones correctas (aunque no memorables) y una puesta en escena que no cae en la estridencia. Esa buena factura permite que se la consuma como un buen producto desechable: aunque no vaya a conservarse en nuestra memoria, nos deja pasar un  rato suficientemente agradable. En suma, no es un plato para gourmets, pero puede ingerirse si no le exigimos demasiado.

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La lego película, todo es fabuloso

Yo pertenezco aún a la generación Exín Castillos, pero recuerdo las cajas de Lego que regalé a mi sobrino. Y recuerdo como jugaba con mi padre, como críos ambos, y mi sobrino afirmaba que de mayor sería inventor. Todo un canto a la imaginación, y mucho más, es La lego película.

LEGO_1SHT_MAIN_ONLINE_DOMEmmet, el protagonista, es una figura Lego absolutamente normal, sosias del hombre gris y adocenado que somos la mayoría en nuestra sociedad de masas. Fiel a las normas, sigue todos los consejos para encajar y a su alrededor la mayoría son cómo él y todos bailan al son de la canción de moda, tan cargada de ideología, auténtico himno al inmovilismo y a generar obreros que abracen jovialmente su adocenamiento como epsilons que acuden al trabajo en un mundo feliz. Todo va a cambiar cuando por azar sea confundido con el especial destinado a salvar el mundo de su destrucción, según rezaba una leyenda que se revelará inventada más tarde. En su aventura le acompañarán Supercool/Lucy, Batman, una gata rosa y blanca, un pirata con cuerpo de robot y Vitruvius, el mago que estaba detrás de la leyenda. Durante su hazaña descubrirá (y nos revelará a nosotros) el valor de la creatividad, pero también el de las normas y el trabajo en equipo cuando es bien entendido, un mensaje que encontrábamos ya en AntZ y que es común a la animación que no quiere perder al público adulto aún estando destinada a los más pequeños. Y habrá vuelta de tuerca cuando por fin encuentre al “señor de arriba”, un niño que ha osado jugar con la maqueta que ha construido su padre con piezas Lego. Lo que decíamos, todo un canto al poder de la imaginación y a la fe en nosotros mismos que nos hará ser especiales aunque no seamos más que un peón en el engranaje.

la_lego_pelicula-cartel-5252Pero es mucho más. La cinta está llena de guiños, desde la imaginería de Harryhausen a Star wars y la Tierra Media rodada en Nueva Zelanda por Peter Jackson, pasando por el Carpenter de Están vivos, la ciencia ficción ochentera y todo el universo DC (con Batman a la cabeza, como ya decíamos); todo un placer para quienes estén atentos a todas sus referencias. Hay también humor a raudales, la película no se toma en serio a sí misma (por eso es aún más efectiva) ni a los fans que se retratan en los personajes. Gustará a los más pequeños, pero sobre todo gustará a los adultos jóvenes (como mi sobrino) que recordarán su infancia creativa en la que jugaban a tejer historias con piezas de Lego y que se verán retratados en la figura del padre fetichista de la película que coincide con el que son ahora muchos de ellos.

Phil Lord y Christopher Miller (Infiltrados en claseLluvia de albóndigas) construyen un universo cúbico (hasta el humo y el agua lo son) creado en un 3D pensado, sobre todo, para provocar sensación de volumen. Como en Lluvia de albóndigas, nos sumergen en un mundo de colores intensos en el que la acción no cesa, perfecto sentido del ritmo que impide la caída en momentos anticlimáticos. Un guión lleno de momentos irónicos en toda lo polisemia del término, no sólo por lo paródico, sino también por el giro brechtiano del final (del que ya hemos desvelado incluso más de lo necesario). Con personajes que, siendo arquetípicos, no resultan planos, capítulo en el que no se ha descuidado el retrato de los villanos, siempre tan fundamentales o más que los héroes. En suma, en La lego película, todo es fabuloso como reza el tema central de su banda sonora. Una sana diversión recomendable para todos los públicos.

The grandmaster. Honor, amor y artes marciales

Hace años, en mis tiempos de universidad, un catedrático afirmaba que todo el cine es occidental porque los códigos de su sintaxis se habrían establecido según esa sensibilidad. No estuve de acuerdo entonces, ni lo sigo estando ahora, y añado ahora que ese profesor nunca había reflexionado bastante sobre el cine de Ozu, todo un símbolo de la tensión entre dos sensibilidades con esa cámara situada a la altura de un hombre sentado ante una mesa japonesa.

No, más allá de que el invento fuera alumbrado en occidente, sus recursos son permeables para captar el espíritu de distintas culturas. Hay un modo de hacer oriental, tan rico y plural como el de Occidente. Expertos habrá que lean esto y sepan describir sus directrices principales, yo lo traía a colación para poder expresar mi impotencia. No suelo tener problemas de comprensión y empatía con la mayoría de propuestas orientales, especialmente con las más clasicistas, pero sí los tengo con Wong Kar-Wai: sencillamente me exaspera.

Aunque yo no simpatice con el director de Shangai, tengo que reconocerle que tiene estilo propio. Sus rasgos de autoría son suficientes como para descubrir que estamos ante un filme suyo aunque no nos hubieran informado de ello antes de la proyección. El problema, mi problema, es que su estilo se construye en base a un esteticismo que se me antoja relamido y cansino. No es por la lentitud, eso no necesariamente lo veo siempre como defecto, no, es más bien por sus modos de imprimir esa ralentización (inventándome un palabro). Me carga esa profusión de planos detalle a los que no les veo pleno sentido narrativo, su repetición minimalista (y mira que no es una tendencia artística que me desagrade) pensada para forzar (más que generar) sensaciones, los encuadres más esteticistas que preciosistas, el uso de la cámara lenta, su cargar las tintas en la recreación de atmósferas melancólicas con recursos trillados como la lluvia o la nieve… Releo mi listado y reconozco que aisladamente no me parecen recursos deleznables, es la saturación, la suma de todo el conjunto macerado por la visión de Kar-Wai, lo que me irrita.

Y en The Grandmaster está todo eso y más. Porque en esta ocasión los saltos temporales y las elipsis no acaban de cuajar como en otras de sus cintas (pensamos en 2046), las costuras son demasiado visibles (lo que equivale casi a postizo) y así algunas de las subtramas (toda la historia de El Navaja) resultan forzadas y no ayudan a avanzar la narración. La medida del tempo no parece justificada según un plan trazado para darle un determinado ritmo, al contrario, resulta totalmente arbitrario que en algunas secuencias se eternice empalagosamente, mientras que para contar otros momentos de la biografía recurra directamente a los cuadros de texto para ventilárselos atropelladamente. El resultado es una narración confusa que hace perder al espectador en su laberinto. No cabía esperar una película de artes marciales al uso y no lo es, Kar-Wai la personaliza como hace siempre con sus películas, pero no siempre personalizar es sinónimo de calidad, yo le acuso, además, de haber usado la figura de Ip Man como excusa para endiñarnos nuevamente una historia de amores contrariados y fatales, que en mi opinión desvían la atención de lo que debiera haber sido su centro: la complejidad de lo marcial en la cultura oriental.

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Sería injusto, sin embargo, afirmar que no hay ninguna reflexión sobre la filosofía de las artes marciales en The Grandmaster. Está clara la conexión de las mismas con una forma de interpretar el honor y la búsqueda de unificar estilos como una forma de paliar las diferencias entre el norte y el sur. Ocurre que ese es un tema bastante hermético y no sé si la película logra hacerlo comprensible a quien no parta de algunos conocimientos previos. Las coreografías no abusan en demasía de efectos imposibles y saltos sobrehumanos (quizás sí en el combate entre Ip Man y la hija del antiguo maestro) y en general son bastante creíbles, aunque se echa de menos, a pesar de que la frase promocional hace referencia a que Ip Man fue maestro de Bruce Lee -de hecho el primero-, la presencia del Pequeño Dragón.

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Las favoritias de Serendipia 2013

30 diciembre 2013 Deja un comentario

El año que acaba siempre quedará en mi memoria como aquel a partir del cual ya no podré decir que nunca me he roto un hueso. Ha sido un año bien surtido de médicos y hospitales, aunque todas esas visitas han acabado con final feliz. Eso prueba que por mal que vayan las cosas, antes de que la parca nos llame, siempre hay remansos de bondad. Y a la hora de los balances siempre cabe destacar lo positivo, aunque sólo sea como ejercicio para forzar el optimismo y arrinconar el miedo.

En cine, 2013 no ha alumbrado ningún título absolutamente incuestionable, pero sí ha dado filmes notables para todos los gustos, tanto para el cine en general como para el género en especial. La singladura personal de Serendipia se estrenaba con Amor de Haneke y todo apunta a que habrá terminado con Paranormal Activity: Los señalados, un viaje, pues, que va desde un polo a su contrario. Desde la obra que busca  permanecer en la historia hasta su filme opuesto, aquel pensado para el consumo rápido y el olvido. Desde el cuidado por el encuadre perfecto, llevado hasta el paroxismo del plano fijo de larga duración, a la cámara en mano temblorosa y en constante movimiento para adscribirse, una vez más, en el found footage. Así de eclécticos son sus gustos, así lo son también las tendencias del cine actual.

De invierno a invierno y tira porque me toca, ha llegado el momento de elegir las favoritas del año, no por ánimo de juzgar y sentar cátedra, sino más bien de hacer recuento y dejar constancia en la memoria escrita de aquello que pasó a formar parte de nuestra historia particular. Y, claro, el listado por coherencia con este blog-proyecto lo hemos confeccionado exclusivamente con las cintas de género que más huella nos dejaron.

De mayor a menor preferencia hemos elegido los siguientes diez títulos (diez el número mágico de los pitagóricos):

1,- Gravity, Alfonso Cuarón

2,- Siete psicópatas,  Martin McDonagh

3,- The Conjuring, James Wan

4,- The Congress, Ari Folman

5,- Jodorowsky’s Dune, Frank Pavich

6,- Stoker, Park Chan-wook

7,- You are the next, Adam Wingard

8,- Pacific rim, Guillermo del Toro

9,- The Dead 2: India, Howard J. Ford, Jonathan Ford

10,- Mamá, Andrés Muschietti

Y además queremos dar una mención especial a Tanatomorphose con cuyo director, Éric Falardeau tuvimos ocasión de conversar (y hasta bailar) durante su presentación en el Cryptshow. Esta es una lista que marcará coincidencias con otras, pero que también mantendrá discrepancias, especialmente por Mamá, pero a nosotros nos gusta que directores noveles tengan ocasión de llegar al gran público y consideramos que aunque sólo fuera por su segmento inicial debía de haber recibido mejor trato por la crítica.

En suma, ha sido un año en el que hemos disfrutado del cine en pantalla grande, esa gran fábrica de sueños e ilusiones que nos ayuda a encontrar sentido en nuestros días. Esperamos que así siga siendo en el 2014 que ya mismo empieza. Feliz año de cine para todos!!!!

Gravity, es necesario siempre intentar vivir

El subtítulo que le hemos dado a este comentario es la traducción del último verso de El cementerio marino de Paul Valery. El mismo verso que me sirve desde ni sé cuándo para dejar constancia de mis condolencias en cada funeral al que acudo. Es el resumen más conciso del optimismo trágico que me ayuda a levantarme cada mañana a esta existencia diseñada para llegar a la muerte como único destino infalible. Valery es mi excusa para armarme de valor y encarar día a día mi existencia nada ajena al pensamiento de la muerte. Si lo traigo aquí es porque siento que esa filosofía de vida es la misma que imprime Alfonso Cuarón a su última odisea cinematográfica, Gravity.

gravity pósterGravity, tras su éxito en el Festival de Venencia, ha sido comparada al Avatar de James Cameron y el 2001, una odisea del espacio de Kubrick. Durante un paseo espacial rutinario, dos astronautas sufren un grave accidente y quedan flotando en el espacio. Una es la doctora Ryan Stone (Sandra Bullock), una brillante ingeniera en su primera misión espacial en la Shuttle. Su acompañante es el veterano astronauta Matt Kowalsky (George Clooney). Durante el paseo algo sale mal y ocurre el desastre: el shuttle queda destrozado, dejando a Ryan y Matt completamente solos, momento a partir del cual intentarán por todos los medios volver a la Tierra (argumento extraído de Filmaffinity). La respiración de la doctora Stone se agita cuando se ve flotando sin rumbo en el espacio y con ello se nos anuda la angustia en el estómago como espectadores y no nos despegamos de nuestras butacas hasta que termina la proyección. Si se la puede emparejar con 2001 es porque como la película de Kubrick la de Cuarón es más que una película del espacio, es toda una metáfora del sentido de estar vivos como humanos. Todos sabemos que vamos a morir, todos estamos en la piel de la protagonista, todos sentimos su miedo y todos aprendemos con ella a aceptar la muerte y la vida a la misma vez. Porque tanto la una como la otra son experiencias límite y limítrofes. Gravity nos habla de renacer y de alzarnos heroicos sobre nuestros pies aunque bajo ellos sólo se extienda una superficie resbaladiza de transitoria belleza.

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La película de Cuarón funciona como metáfora, pero no es un filme discursivo ni retórico. Se trata de un guión en el que sólo queda lo esencial, esa fue la aportación de Jonás Cuarón a este trabajo con su padre:  “El experimento del guion era despojar todo de narrativa y crear un viaje visceral y emocional donde el espectador se convierte en otro personaje”. Para su director la película había de funcionar como thriller pero también como drama y ese difícil equilibrio está perfectamente logrado, asistimos a noventa minutos de tensión continúa, pero a la vez empatizamos con ese personaje cuya psicología va perfilándose sin subrayados y esa conexión emocional es la que nos lleva al trasfondo, a los temas profundos que hemos esbozado. Gravity funciona como un mecanismo de relojería perfectamente engranado. Y todo ello rodeado de un derroche visual de altos vuelos en el que la ingravidez espacial está filmada como si realmente el filme estuviera rodado en atmósfera cero.

La idea de Gravity fue concebida antes de que hubiera la tecnología suficiente como para grabarla, en verdad se ha tenido que ir inventando y desarrollando durante los cuatro años y medio que duró el proceso de concepción, rodaje y postproducción del filme. Sobre los Gravity-2013-Movie-Image-6aspectos tecnológicos declaró Alfonso Cuarón para La Vanguardia que: «Es una combinación de muchas cosas. Depende de qué tomas. Lo principal es una combinación de robótica, que son esos robots que están para construir autos, que aquí usamos para mover las luces y las cámaras, junto con unos robots especiales donde estaba Sandra y que la movían de una manera absolutamente milimétrica. Por otro lado utilizamos un cubo perfecto de 3×3 metros donde todas las paredes internas son luces LED. En ese cubo se presentaba lo que básicamente era el punto de vista de Sandra cuando flotaba en el espacio. Pero, como ella está girando, ese punto de vista se está moviendo y eso es lo que ilumina al personaje. El cubo tenía agujeros por donde la cámara podía ver al personaje. Era todo una combinación, pero tenía que estar todo perfectamente programado. Las luces, la cámara, el movimiento de los robots y toda la logística de Sandra. En esta película ella fue como una bailarina que tuvo que aprenderse cuarenta y cinco pasos para cada fragmento. Y lo que resultó impresionante de ella era que se los aprendía a la perfección para tenerlos muy claros, para después preocuparse únicamente por la parte emocional.«

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Cuarón destaca justamente el trabajo de Sandra Bullock porque la actriz salda con excelentes resultados el reto de sostener casi la totalidad del metraje. Bullock que en 2009 aceptó simpáticamente la concesión del razzie a la peor actriz a la vez que recibía el óscar por The Blind Side, compone para Gravity un trabajo modulado y preciso para encarnar a esa joven ingeniera que puede estar acometiendo el último día de su vida. Demuestra su excelente estado físico para llevar a término la acción trepidante del filme, además de belleza suficiente como para llevar a cabo un pseudo estreaptease que recuerda al de Jane Fonda en Barbarella, y la  sensibilidad necesaria para hacernos comprender el calado emocional del drama que está viviendo. El nombre de Bullock empieza a sonar ya como uno de los favoritos para la nominación a los Óscars por este papel. Por otra parte, su único compañero de reparto, George Clooney, le da convenientemente la réplica interpretando al veterano Kowalsky cuyo carácter vitalista y extrovertido tendrá un peso definitivo en uno de los momentos más decisivos del filme.

Gravity, apabullante en lo visual, emotiva en lo humano, con mimbres de tragedia griega, inscribe el nombre de Cuarón con letras de oro en el género. La mejor película del espacio para James Cameron, según declaraciones a Variety. Un filme ingrávido y sutil que nos encoraja para seguir intentando vivir.

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R.I.P.D. la policía del más allá

16 septiembre 2013 Deja un comentario

R.I.P.D. departamento de policía mortal viene anunciada con un jugoso argumento: Nick Walker (Ryan Reynolds) y Roy Pulsipher (Jeff Bridges) son dos policías especiales. Nick acaba de morir, pero es llamado para trabajar con Roy, un agente que murió hace cientos de años. Ambos formarán el Rest In Peace Department y se encargarán de perseguir a los demonios que habitan en el mundo de los vivos y de mandarlos al infierno. Se trata pues de una buddy movie con tintes sobrenaturales, que nos lleva al purgatorio de los policías que aún no están preparados para el juicio final. Y aunque no vaya a convertirse en película de culto no decepciona en sus planteamientos.

La película adapta un cómic de Dark Horse Comics escrito por Peter M. Lenkov (responsable también de los guiones de C.S.I) y es fiel al espíritu cartoonesco de la aventura gráfica. Típica historia de compañeros tiene como eje central de la trama la relación entre el recién muerto Nick Walker y el experto Roy Pulsipher y como tal nos irá mostrando el crecimiento del iniciado y la evolución del mentor. La posibilidad de crear un mundo muy intrincado entusiasmó a Neal H. Moritz: “A nivel conceptual, R.I.P.D. era una historia única acerca de un departamento de policía dedicado íntegramente a encontrar a los muertos que viven entre nosotros y llevarlos al otro lado para ser juzgados. Pero a otro nivel, está directamente relacionada con películas de compañeros como Límite: 48 horas o Arma letal. Hay una dinámica genial entre los dos actores. Decidimos hacer una película del tipo pareja de policías con mucha acción, asegurándonos de que hubiera mucho en juego y de que se convirtiera en una de las películas de este verano”.

Aunque se mantiene fiel al cómic que adapta, el filme aporta la creación de los villanos a los que se enfrentan los protagonistas. Se trata de los Diñados. Fue una idea de Robert Schwentke (director que recibió el encargo de llevar al cine la historia) y de los guionistas Phil Hay y Matt Manfredi, y gira en torno a una nueva amenaza para el género humano. Además de los demonios de la novela gráfica, los Diñados pueden pasar de un mundo a otro. Los guionistas y el director estaban seguros de que el concepto añadiría otro toque al apocalíptico enfrentamiento final.

Básicamente, se trata de almas destinadas al infierno que rehúsan andar hacia el vórtice de luz y pasar al otro lado. Los Diñados prefieren esconderse en el mundo de los vivos mientras puedan. “Queríamos que los Diñados, los malos de la historia, pareciesen humanos al principio antes de exponerlos”, explica Matt Manfredi. “Se nos ocurrió que si alguien muere y no quiere pasar al Más Allá, podríamos ayudar a la historia enseñando qué ocurre si alguien debe morir y no lo hace: el alma adopta curiosas manifestaciones”.

El director de producción Alec Hammond, y los diseñadores de criaturas Crash Mccreery  y Eddie Yang, así como la productora de efectos visuales Juliette Yager, se encargaron de diseñar las decenas de Diñados una vez que aparecen y revelan su auténtica naturaleza. Gracias a las oportunidades ilimitadas que ofrecen las imágenes digitales, pensaron en crear una multitud de criaturas malvadas, amenazantes y a menudo de aspecto humorístico. Solo era necesario respetar una sencilla regla: un Diñado aparecido debía recordar al ser humano que fue en la vida real. En otras palabras, debía ser una manifestación exagerada de su maldad anterior. Por ejemplo, si era un ladrón en la vida real, el monstruoso Diñado tendría unas manos enormes en cuanto se revelara su auténtica naturaleza. Y el tono cómico se refuerza por su alergia al comino que es el que les arrebata su camuflaje humano.

La imagenería visual que desarrolla R.I.P.D departamento mortal se redondea en su proyección 3D. Un 3D que sin ser de los más espectaculares (no se trata, pues, de un caso como el de Pacific Rim) es eficaz para rematar la puesta en escena muy hábil para transmitir el espíritu de aventura gráfica, el alma pop del relato. Se diría que pese a gozar de un buen presupuesto el equipo técnico, presidido por los productores, se han esforzado en darle a la cinta ese aire de serie B que se echa de menos en el cine actual. Otra de sus bazas es que la película no se toma en serio a sí misma y así se ingiere como un caramelo refrescante. En suma, estamos ante una película menor que no deja de sorprender y permite pasar un rato agradable.

Hit Girl y Kick Ass vuelven a la acción en Kick Ass 2… y esta vez no vienen solos

2 septiembre 2013 Deja un comentario

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De abril de 2008 a marzo de 2010 se publicó una mini-serie de 8 números en Estados Unidos, Kick-Ass, que dejó boquiabierto a más de uno (entre los que me incluyo), pero también recibió los varapalos de turno por las altas dosis de violencia que contenían, protagonizados en su mayoría, para más inri, por Hit-Girl, una niña de 11 años. Pero a los que nos encantó nos dejó con ganas de más. Pero sin estropear lo leído, rogando que no bastardizaran el concepto y se convirtiera en una de esas series regulares  anodinas creadas para explotar el filón y en la que a los pocos números los creadores  pasan el testigo a otros autores con los que, irremediablemente, se aboca hacia el aburrimiento. Crucé los dedos para que no fuese así  y por suerte Kick-Ass ha visto publicadas dos secuelas en forma de mini serie manteniendo a sus creadores y llevando todo con mucha dignidad.

Pero hagamos un poquito de historia. El escocés Mark Millar, guionista en diversas series Marvel, llegó al corazón del lector con The Ultimates, serie que modernizó el concepto de Los Vengadores sin traicionar a los fans y recreando unos personajes cuyas caracterizaciones son las que han sido llevados al cine con tanto éxito. Millar y el dibujante Bryan Hitch fueron los responsables, entre otras cosas, de que ya desde el cómic  Nick Furia tuviera la apariencia de Samuel L. Jackson. Tras realizar guiones para los principales iconos Marvel, Spiderman y Lobezno, Mark Millar  la volvió a liar con otra serie limitada, Civil War, con cuyo dibujante, el excepcional Steve McNiven, realizó la mini serie El viejo Logan, entre otras.

John Romita Jr. y Mark Millar (que no se resistieron a salir también disfrazados en Kick Ass 2)

John Romita Jr. y Mark Millar 

Y si Mark Millar destacó y se dio a conocer con estas series, no pasó lo mismo con John Romita, Jr.  un viejo conocido del lector de cómics Marvel y portador de un apellido capital, ya que su padre es el creador de las imágenes definitivas de todos los personajes de Spiderman tras dejar su creador, Steve Ditko, la serie en el número 38,  Romita rediseñó los personajes con especial cuidado a los secundarios y en particular a las damas: Mary Jane y Gwen Stacy aún hoy se siguen dibujando como las diseñó Romita, así como el propio Peter Parker. En definitiva, Spiderman no tendría el aspecto que tiene si no hubiera tenido el placer de conocer a John Romita.

KickAss_03_SecondPrintingAsí que, con toda una vida mamando cómics y viendo a su viejo dibujando sin pausa, no es extraño que John Romita, Jr. escogiera el trabajo de su padre. Si bien al principio era un tanto mediocre en su labor, cuando decidió soltarse el pelo y dar personalidad a sus dibujos, especialmente durante su última y larga etapa con el personaje Spiderman, es cuando se convierte en uno de los dibujantes más importantes del cómic americano.

Y estos dos tipos son los que juntaron sus talentos para crear Kick-Ass, serie basada en el sueño adolescente del propio Millar de vestirse de super-héroe y hacer justicia que, aunque bebe del Peter ‘mequetrefe’ Parker de los sesenta, da la vuelta al tema y se llena de mala leche, violencia, mucha sangre, litros y litros… ¡cubatazos de sangre! y varios compañeros adorables entre los que destaca la sanguinaria y retaco Hit-Girl, personaje que, tanto en el cómic como en la pantalla se come al protagonista. La serie tuvo tanto éxito que se convirtió en una más que correcta película de la que, en su momento, ya les hablamos aquí. Film que, si bien se ahorraba algunos detalles realistas y sórdidos de la versión impresa, nos ofrecía toda la violencia con una tremenda Chloe Moretz, que nos robó el corazón a golpe de katana.

kick-ass2Millar y Romita Jr. tenían claro que la secuela, Kick Ass 2, tenía que estar a la altura de su predecesora. Y en diciembre de 2010 salió a la venta el primer número de la segunda mini serie, en esta ocasión de siete números que, si bien no resulta tan atractiva como la primera, si que da un continuidad digna a la serie, reincidiendo en esa violencia tan brutal que casi llega a la parodia y con un final de infarto que, por cierto, la película no ha respetado (así como la carga violenta que desde las páginas del cómic despliega el antagonista de Kick Ass, Motherfucker),  prefiriendo dejar un final abierto para una nueva entrega. De  agosto de 2012 a abril de 2013 se publicó un tercer y hasta el momento último acercamiento a los personajes con la mini serie Hit-Girl,  que se sitúa entre las dos series anteriores y de la que se han tomado varias situaciones para el guión de la película  Kick Ass 2, que es bastante fiel al argumento de la segunda serie, excepto, tal y como hemos indicado, en el final, en cambiar algún personaje y ciertos brochazos de sangre que se han ahorrado.

Y ahora, lejos de fetichismos, dejemos que la parte seria de Serendipia analice la película en sí…

Esta continuación de las aventuras del quijote de los cómics nos cuenta que la loca valentía de Kick-Ass (Aaron Taylor-Johnson) inspirara a toda una oleada de nuevos defensores del bien dirigidos por el implacable Coronel Barras y Estrellas (un, afortunadamente irreconocible, Jim Carrey). Nuestro héroe decide unirse a ellos. Pero cuando Bruma Roja (Christopher Mintz-Plasse), que regresa con el nombre de El Hijoputa, decide deshacerse de esta panda de superhéroes aficionados, solo Hit-Girl (Chloë Grace Moretz) podrá impedir que los aniquile… [argumento extraído de Filmaffinity]. Ya la misma sinopsis hace entrever algo que habremos de comentar: aunque se supone que estamos ante la saga del héroe del traje de neopreno verde, la que roba más metraje y centra más interés es Hit-Girl; y no es que no se agradezca esa usurpación de protagonismo pero ello conducirá a que la película resulte irregular.

Kick-Ass 2, con un par (Kick-Ass II, 2013, Jeff Wadlow) pinchaba en su estreno USA al alcanzar sólo el quinto puesto en la taquilla en su primer fin de semana en cartel. Aunque el arranque de la primera parte también fue modesto, con el boca oreja fue ascendiendo hasta alcanzar una recaudación final muy aceptable, sin embargo no creemos que vaya a ocurrir lo mismo con esta nueva entrega. La película del inexperto Wadlow cumple de forma suficiente (que no notable) con su función de entretenimiento, pero poco más. Igualmente su recepción por la crítica americana ha sido tibia (siendo las opiniones negativas las más vehementes), no ha llegado a convencer del todo a los profesionales. Y nos atrevemos a predecir que también dejará decepción en muchos sectores del público. No podemos por menos que hacernos eco de las palabras de Mark Adams (Screendaily): «En última instancia resulta más bien dispersa y desarticulada, tal vez simplemente porque carece de la gran originalidad y transparencia de la original«, y nos hacemos eco porque ese es el sentimiento que nos provocó.
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Efectivamente, la primera entrega nos sorprendió y mereció nuestro entusiasmo por su punto de vista fresco y original sobre la literatura (y el cine) de superhéroes, con su tono modesto e independiente. En cambio, como reconoce la propia distribuidora (Universal), esta secuela es más popular y americana; cosa que aceptamos pero dándole a la valoración su acepción peyorativa. Sobre todo se echa en falta hondura en el retrato psicológico (y no es que esperáramos enfrentarnos a un drama de Dostoievsky) suficientemente perfilado en la película de Mathew Vaugh (su predecesora), y ello a pesar de que en palabras de su director en esta segunda entrega «Dave, Mindy y Chris no saben realmente quiénes son. En la primera película se crean un álter ego, Kick-Ass, Hit Girl y Bruma Roja, pero no por eso contestan a las preguntas que todos nos hacemos: ¿Quién soy? ¿Qué sitio ocupo en el mundo? ¿Qué voy a hacer con mi vida? Una cosa es intentar ser otra persona, un superhéroe, y otra es descubrir quién es uno de verdad. Me pareció interesante que se preguntaran quién está detrás de la máscara. Resumiendo, la película habla de la madurez”. Porque, sí, los protagonistas habrán de enfrentarse a la muerte del padre (nada metafórica en su caso), superar la adolescencia y encarar la vida adulta y sus consecuencias, pero todo está tratado de forma superficial como en una típica comedia para adolescentes, y queda únicamente salvado por las tablas de Chloe Moretz y las dosis de humor que hereda del cómic.
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La joven Moretz, a la que pronto veremos con Julianne Moore en el papel protagonista del remake de Carrie, sobresale sobre el elenco como Hit-Girl siendo el centro de la mayoría de escenas de acción de Kick-Ass 2, con un par, orquestadas a la perfección por el coordinador de especialistas James O’Dee. Refiriéndose a las épicas batallas, el productor Tarquin Pack dice: “Las secuencias de lucha se basan aún más en la realidad que en la primera entrega. Entonces, y dado que Chloë solo tenía 11 años, las peleas se enfocaron con un cierto toque de fantasía, sobre todo tratándose de una niña matando a adultos. Debía ser otra realidad, ya que emocionalmente era una noción absurda porque era una cría. Pero ahora, Chloë ha crecido, es mayor, y la acción puede ser más realista«. Y aunque ello sigue siendo atractivo, la película se resiente, pues las partes en las que ella no está presente no tienen la misma intensidad, suponen una decaída en el interés y el ritmo (ello a pesar de que tanto Aaron Taylor-Johnson en el papel de Kick Ass y Christopher Mintz-Plasse en el de El Hijoputa resuelvan correctamente su interpretación). Chloe-Hit Girl, se lo come todo y así resulta desaprovechada la interpretación de Jim Carrey y su personaje, la del resto de miembros del bien, y la del ejército de villanos (con la única excepción de Madre Rusia (Olga Kurkulina) aunque también podría haber dado más juego); y el resultado es el de una película desequilibrada que no logra ningún brillo.
Kick Ass 2, con un par, es una de tantas medianías, lejos queda la sorpresa de la primera. Hay que reconocerle, eso sí, un desenlace vibrante y el brillo de las coreografías de Hit- Girl. Divertirá, algunos quedarán suficientemente satisfechos, pero también recibirá su buena dosis de decepción.

Pacific Rim & Elysium, un tandem para el verano

Para los que nos quedamos en la city, agosto es como un largo y aciago domingo, un gloomy sunday como aquel que dio título a una vieja canción de suicidas. Si algo puede salir mal, si algo puede complicarse en una ciudad en la que no está de turno ni el sereno, saldrá mal como en las peores pesadillas de Murphy. Sudor, calles desiertas llenas sólo de tiendas cerradas y, lo peor, de bares cerrados. Un paisaje apocalíptico en el que las hordas de turistas descamisetados actúan como una auténtica plaga bíblica. Calor, vacío y sensación de que somos los únicos desamparados de la mano de Dios que no tenemos playa o piscina que echarnos a la espalda entre siesta y cerveza fresca.

Agosto es un secarral en el que todo parece quedarse entre paréntesis hasta que la nueva vida se ponga en marcha con la vuelta al cole en El Corte Inglés. Pero todo desierto tiene su oasis y los cines, pese a sus precios, siguen siéndolo para muchos. O como mínimo son su doble perverso, el espejismo, porque ya se sabe que cine y verano es una suma que da como total blockbuster. Las salas oscuras en verano son cómplices como nunca del placer culpable y es que, ya se sabe, blockbuster es depauperado entretenimiento para la masa, producto industrial que no arte, insulto para la inteligencia incluso para según quien, pero, ay, ay, a veces alguno está tan bien facturado que es difícil resistirse a su canto y, por apelar a lo más básico, acaban por gustar incluso a quienes no quisieran. Ese es el caso de Pacific Rim (2013, Guillermo del Toro) y de Elysium (2013, Neill Blomkamp), dos películas destinadas a aliviarnos los calores y a deshacernos los malos humores si sabemos entrar en su juego, películas que cosecharán críticas furibundas y parabienes a partes iguales, porque son lo que son, productos de perfecto alicatado programados para hacernos evadir.

«No éramos los más deportistas ni los mejores de la clase, sólo teníamos la virtud de ser óptimos en el combate» así se describe en off el protagonista de Pacific Rim en el apretado prólogo de la cinta, y parece toda una declaración de intenciones de del Toro sobre el filme. El mexicano se plantea su película homenaje al cine de los Kaiju eiga como un colosal combate contra los sentidos del espectador, se trata de pegarnos a la butaca y dejarnos anonadados tal como nos quedábamos en nuestra infancia al ver aquel cine de bestias gigantes. Por eso esta vez es imprescindible que vayamos a verla al cine con la mayor pantalla y el mejor 3D posible, porque sino nos habremos quedado sin apreciar sus mejores mimbres y elementos (si hay que sacrificar la V.O., creánnos, ¡sacrifíquenla!). Pacific Rim es espectáculo, espectáculo visual, el placer que pretende depararnos es el de ver cómo gigantes, robots, personajes y objetos, dinamitan continuamente la cuarta pared, ahí es donde está su poesía y su razón de ser.

Se trata de encasquetarnos las gafas y dejarnos arrollar, porque si lo hacemos la cinta nos irá revelando sus pequeños secretos. La acción nos cuenta que la tierra padece una invasión alienígena surgida de una brecha en el fondo del océano a través de la que salen monstruos (Kaijus) cada vez más espectaculares, invasión que es combatida por poderosos engendros mecánicos (llamémoslos robots o mechas según el grado de especialización que deseemos darle a nuestras palabras) pilotados por dos tripulantes conectados neuronalmente (Jaegers, palabra alemana que significa cazador, pero que habrá sido elegida por su proximidad fonética a eiga en un guiño al espectador avisado). Cuando la amenaza de los Kaijus parezca superar las fuerzas de los Jaegers de última generación digital, se habrá de poner toda la esperanza en un antiguo Jaeger analógico (y nuclear) pilotado por Raleigh Becket (Charlie Hunnam) vieja gloria que se había retirado y la neófita Mako Mori (Rinko Kikuchi) brillante alumna que aún no ha entrado en combate. La trama tiene todos los tópicos propios del género y del Toro no va a hacer nada por evitar que sean superficiales personajes y situaciones, así habrá quien diga que en temas como el honor, la lucha, el compromiso con la patria, el respeto a la autoridad o la importancia del desacato, el méxicano adopta un punto de vista ramplón e incluso patriotero. No, no es en los trazos gruesos de la trama donde cabe buscar el mensaje, se diría que para del Toro eso no es más que una excusa superflua para abordar lo que verdaderamente le interesa: los propios Kaijus y Jaegers; esto es, la propia imagenería que va a  desplegar virtuosísticamente a lo largo de las más de dos horas de metraje. Pacific Rim es un homenaje al mundo del anime, mejor aún, del anime que empezó a exportarse desde Japón en los años 70 y que llenó las pequeñas pantallas de muchos hogares haciendo las delicias de quienes eran niños, como el propio del Toro, por entonces, a todo el subgénero de los mechas (seamos precisos aquí) con Mazinger Z a la cabeza. Y siendo un homenaje a ese género lo es, por tanto, a la infancia, o mejor aún, a la necesidad de conservar la visión infantil en esta época de tanto adelanto técnico y tanta crisis de valores; así, quedándonos en la superficie es como mejor conectamos con el verdadero quid, y como aflora el del Toro autor desde el mejor del Toro artesano.

Sin tomarse en serio a sí misma, Pacific Rim resulta un ejercicio de épica pop que comunica diversión y entretenimiento festivo. En el otro extremo del ring (pero sin ser su opuesta) se alza Elysium como un  intento de tejer una ciencia ficción comprometida, pero igualmente mainstream, pop y popular.

El sudafricano Neill Blomkamp se daba a conocer en 2009 con su ópera prima Distrito 9, película que con un modesto presupuesto abordaba el lamentable tema del apartheid en clave de ciencia ficción. Se perfilaba, pues, como un autor capaz de conjugar reflexión y evasión. En esa misma línea le vemos avanzar cuatro años más tarde con Elysium, una distopía que acierta a plantear algunos de los temas candentes de nuestra realidad actual. Estamos en el siglo XXII, la tierra se ha convertido en un planeta contaminado, superpoblado y enfermo; las clases pudientes lo han abandonado para instalarse en la base espacial Elysium, construida por la empresa Armadyne, allí gozan de una vida paradisíaca en grandes mansiones rodeadas de verdes espacios y a la que no afecta ni la enfermedad gracias a los avances tecnológicos. Max (un Matt Damon fornido como un toro bravo) es un huérfano acostumbrado a buscarse la vida desde niño que trabaja como obrero para las instalaciones de la compañía en la tierra y que, como todos, desearía poder emigrar a la base. Cuando sufra un accidente radioactivo en la fábrica, Max se verá inmiscuido en una peligrosa misión de la que acabará dependiendo el destino de la humanidad. En su aventura es perseguido por Kruger (Sharlto Copley componiendo un interesante villano), un mercenario que trabaja a las órdenes de Rhodes (Jodie Foster) la ministra de defensa de Elysium, que prepara un golpe de estado que va a endurecer aún más las diferencias y la persecución de los ilegales que acuden a Elysium en busca, sobre todo, de los tratamientos que  la sanidad terrestre no cubre. La enfermera Frey (Alice Braga), cierra la trama introduciendo el elemento romántico.

Son varios los temas actuales sobre los que reflexiona Blomkamp en esta su segunda película (en la que ha contado con un amplio presupuesto), de entrada asistimos a la polarización de la sociedad en prácticamente dos clases, claro reflejo de la crisis que atraviesa el mundo desarrollado y que está acabando con las clases medias. Basta con extrapolarlo al máximo y tendremos la situación que predice la cinta, porque la brecha que separa a las clases conduce ya a existencias paralelas en las que los pudientes casi parecen vivir en otro mundo. Es también un reflejo de la pérdida de derechos sociales, ahí estamos todos sufriendo los recortes que afectan a áreas tan básicas como la sanidad. Y, por supuesto, plasma las diferencias entre el primer y el tercer mundo que conducen al problema de la inmigración ilegal (esas naves que son como pateras). Ahora bien, que nadie espere un análisis profundo, de todo ello se exponen sólo las líneas básicas sin expandirse en las múltiples aristas de estos problemas, amén de que la resolución del filme es harto simplista. Hay compromiso por parte de Blomkamp, pero como ya decíamos, es un compromiso mainstream que nos da una distopía popular (y populista, si se quiere) que sólo será suficiente para complacer al público más mayoritario.

Y es que de eso se trata, porque como el propio director ha manifestado, de lo que se trata es de hacer género, diferente, porque el mundo está cambiando, pero haciendo prevalecer siempre al entretenimiento por encima de todo. En ese apartado, el de la acción y la evasión, la película brilla con luz propia: hay explosiones, combates, evasiones, naves que aterrizan forzosamente arramblando con todo lo que se ponga por delante… Todo un lujo pirotécnico con efectos FX realistas como ya no se ven y que, junto con la ambientación futurista de Syd Mead (sí, el ambientador de Blade Runner) para la estación espacial, son lo mejor que presenta la obra de Blomkamp. Matt Damon prueba de nuevo que es un todo terreno, para esta película ha tenido que machacarse horas y horas en el gimnasio para conseguir ese cuerpo musculado y rotundo, y resulta convincente en su interpretación del personaje mesiánico que viene a liberar a los más pobres, exoesqueleto incluido. Algo más de hora y media de acción continúa que fue recibida con aplausos en el pase de prensa de Barcelona.

Tanto Pacific Rim como Elysium vienen como anillo al dedo para sofocar los calores caniculares, son dos películas estivales que nos traen aire fresco y que bien valen que les dediquemos nuestro tiempo porque con ellas el tedio se suspende junto a la incredulidad, y eso lo agradecerá siempre nuestro cuerpo y hasta nuestra mente.

Expediente Warren, The Conjuring: revisitando las casas encantadas

Movimientos de cámara que nos acercan al personaje, movimientos de cámara que nos muestran aquello que se presiente, movimientos de cámara que acompañan al personaje en sus propios movimientos…  Movimientos de cámara que se bastan por sí mismos para crear la intriga. El padre de Saw construye en The Conjuring (Expediente Warren en español) un relato con buen pulso que nos lleva a atravesar todos los estadios de una invasión paranormal en una casa encantada, desde su inicio (ruidos, puertas que se abren o se cierran, luces que se apagan, todo el rosario de poltergeist) hasta la posesión demoníaca, pasando por el miedo y la debilidad que sienten quienes los viven en primera persona. Nada que no hayamos visto antes, pero eso no importa, al fin y al cabo las historias que componen los humanos son casi siempre las mismas, lo que les da valor no es tanto el qué nos cuentan sino el cómo. Y ahí, en los modos de narrar, James Wan aprueba con nota.

Ed y Lorraine Warren han sido dos de los investigadores de fenómenos paranormales más célebres que han existido, en buena medida por haber intervenido en los sucesos de Amityville especialmente conocidos por los amantes del terror. The Conjuring es la adaptación de otro de los casos en el que los parapsicólogos intervinieron: las aterradoras vivencias de la familia Perron en su granja de Rhode Island. Como reza su argumento:  «Ed y Lorraine Warren, investigadores de renombre en el mundo de los fenómenos paranormales, son llamados por una familia aterrorizada por una presencia oscura en una granja aislada. Obligados a enfrentarse a una poderosa entidad demoníaca, los Warren se encontraron atrapados en el caso más terrorífico de sus vidas… (FILMAFFINITY)». Un matrimonio y cinco niñas de diferentes edades que darán mucho juego para la creación de alarmas que no siempre acaban en susto (cosa que es de agradecer) en una historia en la que se combinan los tópicos de las películas sobre casas encantadas y las de posesiones demoníacas, exorcismo incluido coincidiendo con el clímax del filme.

Hechos reales que acontecieron en 1971, la película cuenta con una cuidad ambientación y está perlada de esmeradas interpretaciones. Especial mención merecen Vera Farmiga (los aficionados al fantástico la recordarán por su intervención en Código Fuente) en el papel de Lorraine Warren, y Lily Taylor interpretando a esa madre que adora a su familia y que va a tener que enfrentar al mal dentro de sí. Conjuring James WanPero el auténtico protagonista es el propio James Wan que demuestra que es uno de los grandes nombres en el cine de terror actual. Wan maneja con precisión el ritmo (la acción es un crescendo continuo), la composición de personajes (logra retratarnos su psicología interna) y, sobre todo, la puesta en escena midiendo bien qué muestra y qué sugiere. En este sentido, aunque la cinta no olvida  los sobresaltos (no podían dejar de estar en un filme de casas encantadas) no cae en el exceso y sabe jugar la baza de la sugerencia, esos planos con aire en un lado que no siempre se llenan con la presencia de la aparición y que nos intriga aún más cuando es así dejando a nuestra imaginación completar el resto. En una historia de fantasmas es fácil caer en la tentación de mostrar las apariciones con lujo de detalles y derroche de efectos especiales (cayendo así muchas veces en lo grotesco), James Wan sabe controlar ese impulso y jugar con la insinuación, dejando las visiones para los momentos exactos; es así como logra agarrar al espectador que ve cómo no disminuye su interés a lo largo del metraje. Y es así también como consigue comunicarnos el crisol de sensaciones que podría llegar a despertar un lugar verdaderamente encantado. Alguna risa nerviosa en el pase de prensa hace evidenciar que la cinta alcanza su objetivo, transmite miedo. Y nos hace reflexionar sobre el mismo.

El miedo es nuestra reacción ante la inminencia de un peligro, actúa como alerta que estimula nuestra prudencia y nos hace buscar soluciones que nos eviten salir malparados. Somos hijos del miedo porque los temerosos sobreviven más que los temerarios, sin embargo, el miedo es también un arma de doble filo porque si se perpetúa en nosotros nos vuelve débiles, vulnerables. Paradoja. Entonces, al debilitarnos, si hubiera un ente portador del mal, sería fácil hacernos presas. ¿Contesta The Conjuring sobre la existencia de una fuerza maligna? Dejaremos que el espectador lo descubra.

Stoker, enigmático thriller familiar

India es una joven adolescente reservada que contiene dentro de sí un profundo apasionamiento al que sólo ha accedido su padre que a la vez es su mejor amigo. Desafortunadamente en su dieciocho aniversario su padre fallecerá en un accidente automovilístico. La muerte de su padre coincidirá con la irrupción en su vida de su tío Charlie del que hasta entonces no había tenido noticia. La conducta de su tío es extravagante y pronto se producirá la tensión entre su madre y él, pero también India se irá sintiendo atraída por él y en esta relación acabará descubriendo su pasión más allá de donde la había experimentado con su padre en su afición común, la caza.  Cuando se revelen las intenciones de tío Charlie en el último acto de la cinta, India y nosotros con ella descubriremos que les une un mismo impulso hacia una caza que ya no tendrá por presa a animales. Este es a grandes rasgos el argumento de Stoker, la primera película americana de Chan-wook Park, filme que tiene su mejor baza en la puesta en escena pues se trata de una película en la que son los recursos visuales los que van trenzando la historia entroncando así con lo que ocurría con el mago del suspense, Stoker como la mayoría de las películas de Hitchcock se construye en su puesta en escena más allá de lo que pueda aportarle el guión de Wentworth Miller (aunque dicho guión figuró en la blacklist como uno de esos grandes guiones que merecían ser llevados a la pantalla).

El director de la trilogía de la venganza no esconde sus débitos con el director inglés, no es siquiera casual (o en todo caso se trata de una casualidad afortunada) que el extravagante tío se llame Charlie, ese es el nombre de Joseph Cotten en La Sombra de una Duda, con la que Stoker guarda claros paralelismos. Salvo que la película del coreano es aún más perversa y en la revelación de las proximidades entre tío y sobrina no va a ganar, precisamente, el bien. Todo lo contrario es un viaje hacia el fin de la inocencia como reza su propio subtítulo. Sin embargo, al público más avezado no va a ser este giro de guión el que le va a cautivar sino que lo que va a subyugarle son los elaboradísimos movimientos de cámara de Park que consiguen por sí mismos sumergirnos en una atmósfera enigmática e inquietante. Y junto a ellos el trabajo de la fotografía, de su habitual colaborador Chung-honn Chung, perfectamente estudiada para conseguir con variaciones en la iluminación transmitir los estados de ánimo de los personajes. Este propósito era todo un reto si tenemos en cuenta que la película se desarrolla la mayor parte del tiempo dentro del escenario que representa la mansión de los Stoker, el propio Chung lo relata así: “La mayor parte de la historia tiene lugar en la mansión Stoker”, apunta. “Normalmente, construimos un escenario para poder acomodar la casa a las cámaras y a la iluminación. Debido a que la casa Stoker es real, me preocupaba que los ángulos y la iluminación quedaran muy repetitivos. Pero como el espacio era tan limitado, me di cuenta de que podía comprender mejor sus características. Al igual que los actores se ven diferente dependiendo del ángulo de la cámara, yo descubrí que la casa podía parecer triste o llena de esperanza dependiendo de la perspectiva”.

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Esta casi unicidad de escenarios junto con el tratamiento atemporal del tiempo de la acción son dos características destacables del filme que contribuyen a hacerla única en su especie.  La mansión de los Stoker tiene un amplio protagonismo dentro de la historia, ayuda a construir la impresión de encierro en sus circunstancias que viven los personajes, a la par que sirve para pincelar la psicología de los mismos (el contraste entre la habitación de la madre, abigarrada y sinuosa, frente la simetría luminosa de la habitación de India, por ejemplo) e igualmente sirve  como reflejo de las tensiones que pesan sobre sus relaciones, Park veía a Evie (la madre) e India como una reina y una princesa de un cuento de hadas atrapadas en un gran castillo. Por otro lado, aunque la cinta esté ambientada en el presente y en EE. UU, el tratamiento que se le da al tiempo hace que la película cobre esa atemporalidad propia de las fábulas, así Stoker se representa como un cuento perverso y  cruel.

Stoker es un dechado de recursos visuales y técnicos, pero no se puede olvidar el trabajo de sus interpretes. En el papel de India nos encontramos con Mia Wasikowska, joven actriz australiana a la que los espectadores recordarán por su papel en la Alicia de Tim Burton y su trabajo en Jane Eyre de Cary Fukanaga, pese a su juventud es una actriz concienzuda capaz de expresar todas las emociones que el personaje requiere. La actriz asegura que le encantó el proyecto. “El guión de la película es excelente; el director Park y el equipo de creación son brillantes. Es la primera vez que veo una historia como esta. La dinámica entre los personajes esconde un gran misterio. India es una joven muy complicada. Está completamente desconectada del mundo sin su padre. Es una forastera por naturaleza, cerrada al resto del mundo. Aunque todavía es una jovencita, se está convirtiendo en una mujer con sueños y fantasías, pero unos sueños de naturaleza diferente al resto”, afirma la joven.

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Sobre otra australiana recae el rol de Evie, la ya veterana Nicole Kidman. La escalofriante elegancia de Stoker y sus complejas relaciones hicieron que resultara una proposición irresistible para la actriz. “No hay nada corriente en la película”, comenta Kidman. “Tiene una cadencia inusual en el diálogo. El ritmo no es el típico. Me encantó el guión porque cuando lo estaba leyendo, no sabía nunca lo que iba a ocurrir a continuación». La desesperada y necesitada Evie era un personaje que Kidman no había desempeñado nunca. “La película empieza con el funeral de su marido”, apunta. “Queda patente que la relación madre-hija ya está llena de resentimiento y rabia. Cuando la conocemos, se encuentra en un estado inerte, y Charlie se ocupa de llenar el vacío».

El enigmático hombre que se vuelve el centro del conflicto familiar es representado por Matthew Goode, un fichaje británico, conocido por la aclamada película de Tom Ford Un Hombre Soltero, que protagoniza junto al ganador del Oscar Colin Firth, y por Watchmen, en la que hace de Ozymandias, un superhéroe semi-dios griego. “Matthew es muy gracioso”, afirma Wasikowska. “Nuestra relación fuera de las cámaras era completamente opuesta a la que era delante de ellas. Puede llegar a ser muy payaso, por lo que fue un desafío mantenerse centrado cuando trabajaba con él«.

El tío Charlie está envuelto en un halo de misterio durante toda la película. Sus intenciones permanecen ocultas hasta casi el final. «La audiencia nunca sabe seguro lo que está pasando por su cabeza”, asegura Park. “Quería muchísimo a su hermano, y ese amor se trasladó luego a su hija India. Alegóricamente, vi al tío Charlie como Juan el Bautista. Es la figura de un mentor que aparece para completar a India. Matthew coincidía con la imagen que tenía en la cabeza –la inocencia, el humor, la travesura–. Tiene la chispa traviesa y la elegante delicadeza de alguien que no haría daño ni a una mosca. Esas son las cualidades perfectas del tío Charlie«.

La película de Park mezcla lo primitivo y lo poético para hablarnos de individuos que viven las emociones intensamente hasta llegar a su intersección con la violencia. Y lo relata en clave de enigma, crea una atmósfera embriagante que nos atrapa como a esa araña que vemos subir por las piernas de India en un plano que se repite varias veces. Bocado exótico que nos deja su regusto siniestro y atractivo mucho después de abandonar la sala. Película para ser vista y archivada en un lugar privilegiado de nuestra memoria.

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