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Expediente Warren, The Conjuring: revisitando las casas encantadas

Movimientos de cámara que nos acercan al personaje, movimientos de cámara que nos muestran aquello que se presiente, movimientos de cámara que acompañan al personaje en sus propios movimientos…  Movimientos de cámara que se bastan por sí mismos para crear la intriga. El padre de Saw construye en The Conjuring (Expediente Warren en español) un relato con buen pulso que nos lleva a atravesar todos los estadios de una invasión paranormal en una casa encantada, desde su inicio (ruidos, puertas que se abren o se cierran, luces que se apagan, todo el rosario de poltergeist) hasta la posesión demoníaca, pasando por el miedo y la debilidad que sienten quienes los viven en primera persona. Nada que no hayamos visto antes, pero eso no importa, al fin y al cabo las historias que componen los humanos son casi siempre las mismas, lo que les da valor no es tanto el qué nos cuentan sino el cómo. Y ahí, en los modos de narrar, James Wan aprueba con nota.

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Ed y Lorraine Warren han sido dos de los investigadores de fenómenos paranormales más célebres que han existido, en buena medida por haber intervenido en los sucesos de Amityville especialmente conocidos por los amantes del terror. The Conjuring es la adaptación de otro de los casos en el que los parapsicólogos intervinieron: las aterradoras vivencias de la familia Perron en su granja de Rhode Island. Como reza su argumento:  “Ed y Lorraine Warren, investigadores de renombre en el mundo de los fenómenos paranormales, son llamados por una familia aterrorizada por una presencia oscura en una granja aislada. Obligados a enfrentarse a una poderosa entidad demoníaca, los Warren se encontraron atrapados en el caso más terrorífico de sus vidas… (FILMAFFINITY)”. Un matrimonio y cinco niñas de diferentes edades que darán mucho juego para la creación de alarmas que no siempre acaban en susto (cosa que es de agradecer) en una historia en la que se combinan los tópicos de las películas sobre casas encantadas y las de posesiones demoníacas, exorcismo incluido coincidiendo con el clímax del filme.

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Hechos reales que acontecieron en 1971, la película cuenta con una cuidad ambientación y está perlada de esmeradas interpretaciones. Especial mención merecen Vera Farmiga (los aficionados al fantástico la recordarán por su intervención en Código Fuente) en el papel de Lorraine Warren, y Lily Taylor interpretando a esa madre que adora a su familia y que va a tener que enfrentar al mal dentro de sí. Conjuring James WanPero el auténtico protagonista es el propio James Wan que demuestra que es uno de los grandes nombres en el cine de terror actual. Wan maneja con precisión el ritmo (la acción es un crescendo continuo), la composición de personajes (logra retratarnos su psicología interna) y, sobre todo, la puesta en escena midiendo bien qué muestra y qué sugiere. En este sentido, aunque la cinta no olvida  los sobresaltos (no podían dejar de estar en un filme de casas encantadas) no cae en el exceso y sabe jugar la baza de la sugerencia, esos planos con aire en un lado que no siempre se llenan con la presencia de la aparición y que nos intriga aún más cuando es así dejando a nuestra imaginación completar el resto. En una historia de fantasmas es fácil caer en la tentación de mostrar las apariciones con lujo de detalles y derroche de efectos especiales (cayendo así muchas veces en lo grotesco), James Wan sabe controlar ese impulso y jugar con la insinuación, dejando las visiones para los momentos exactos; es así como logra agarrar al espectador que ve cómo no disminuye su interés a lo largo del metraje. Y es así también como consigue comunicarnos el crisol de sensaciones que podría llegar a despertar un lugar verdaderamente encantado. Alguna risa nerviosa en el pase de prensa hace evidenciar que la cinta alcanza su objetivo, transmite miedo. Y nos hace reflexionar sobre el mismo.

El miedo es nuestra reacción ante la inminencia de un peligro, actúa como alerta que estimula nuestra prudencia y nos hace buscar soluciones que nos eviten salir malparados. Somos hijos del miedo porque los temerosos sobreviven más que los temerarios, sin embargo, el miedo es también un arma de doble filo porque si se perpetúa en nosotros nos vuelve débiles, vulnerables. Paradoja. Entonces, al debilitarnos, si hubiera un ente portador del mal, sería fácil hacernos presas. ¿Contesta The Conjuring sobre la existencia de una fuerza maligna? Dejaremos que el espectador lo descubra.

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