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VAMOS DE ESTRENO (o no) * Jueves 15 de agosto de 2019 *

ERASE UNA VEZ EN…HOLLYWOOD (Once Upon a Time in… Hollywood, Quentin Tarantino, 2019)

USA. Duración: 165 min. Guion: Quentin Tarantino Fotografía: Robert Richardson Productora: Sony Pictures Entertainment (SPE) / Heyday Films / Visiona Romantica Género: Drama

Reparto: Leono DiCaprio, Brad Pitt, Margot Robbie, Al Pacino, Kurt Russell, Bruce Dern,Timothy Olyphant, Michael Madsen, Tim Roth, Zoe Bell, Damian Lewis, Luke Perry,Emile Hirsch, Dakota Fanning, James Marsden, Clifton Collins Jr., Scoot McNairy,Damon Herriman, Nicholas Hammond, Keith Jefferson, Spencer Garrett, Mike Moh,Clu Gulager, Martin Kove, James Remar, Lena Dunham, Austin Butler, Leslie Bega,Maya Hawke, Brenda Vaccaro, Lorenza Izzo, Penelope Kapudija, Margaret Qualley,Rumer Willis, Dreama Walker, Costa Ronin, Madisen Beaty, Sydney Sweeney

Sinopsis: La película se centra en el panorama cambiante de Hollywood a finales de los años 60, cuando la industria empezaba a olvidarse de los pilares clásicos. La estrella de un western televisivo, Rick Dalton (DiCaprio), intenta amoldarse a estos cambios al mismo tiempo que su doble (Pitt). Sin embargo, la vida de Dalton parece que está ligada a sus raíces de Hollywood, puesto que es vecino de la actriz y modelo Sharon Tate (Robbie).

Que a Quentin Tarantino le gusta el cine, es algo incuestionable que no vamos a descubrir ahora, y por eso, desde su primera película hasta esta Erase una vez en…Hollywood sus películas están llenas de homenajes y tributos respetuosos al cine que más le apasiona, ya sea el Blaxploitation, el de artes marciales, el western o el thriller de Hong-Kong. Y siempre lo ha hecho de forma respetuosa y generosa. Sus películas son un campo de referencias pero el que él las haya utilizado han servido  a muchos para descubrir el cine de John Woo, Jack Hill, Ringo Lam, Sergio Corbucci, Enzo G. Cartellari, Toshiya Fujita… cineastas olvidados o cuyas obras no se estrenaban más allá de Asia. Si hasta hace un homenaje a nuestro recientemente fallecido Antonio Isasi-Isasmendi.

Sí, Tarantino deja notar en todas sus películas que le gusta el cine. Que es lo que más le gusta. Y también lo hace en Érase un vez…en Hollywood, ya desde su propio título, referencia innegable a grandes películas de Sergio Leone. Pero detectamos una novedad. La forma de afrontar esta historia ubicada en el Hollywood convulso y cambiante de finales de los sesenta es la de tomarse una revancha sobre uno de los elementos que ayudó a terminar, dramáticamente, a cuchilladas, con la mítica meca del cine y con la inocencia de los sesenta, representados por la actriz Sharon Tate. Una inocencia que desembocarían en el crudo y cínico desencanto de los setenta.

Tarantino nos muestra un Hollywood en proceso de descomposición. Con actores cuya estrella se apaga y tienen que emigrar a Italia a recrear, desde Almería, el lejano oeste. Y una industria cinematográfica que ve como su puesto, en la cima del entretenimiento popular, decae ante la televisión. En ese Hollywood del año 1969 sitúa los personajes de su historia, unos maravillosos Leono DiCaprio (Rick Dalton), Brad Pitt (Cliff Booth) y Margot Robbie (Sharon Tate), acompañados de algunos de los personajes que orbitaron alrededor de la pareja Tate/Polanski, como Bruce Lee, que realmente instruyó a la actriz en la lucha contra Nancy Kwan en La mansión de los 7 placeres (The Wrecking Crew, Phil Karlson, 1968) y que incluso, al parecer, estaba invitado a la velada en Cielo Drive que desembocó en los asesinatos de Sharon Tate y todos sus invitados a manos de los siervos de Manson. También aprovecha Tarantino para incluir a varios de sus intérpretes, como Bruce Dern, Kurt Russell, Michael Madsen o Zöe Bell, mezclándolos con actores veteranos de primera y de segunda como Al Pacino, Brenda Baccaro o Nicholas Hammond junto a caras más recientes como las de Lena Dunham, Lorenza Izzo, Dakota Fanning o Luke Perry. El Hollywood de ayer y hoy. De los grandes estudios a los más independientes. Del glamour a la trastienda del Powerty Row. Todo, como es habitual, regado por la mejor música de la época.

Realidad y ficción se dan la mano en esta película, que resulta mucho más comedida que las otras del director, casi se diría que hasta madura, lo cual no significa que no se tome sus momentos de desahogo. Pero un desahogo que no puede evitar el poso melancólico que deja en el espectador Érase una vez en…Hollywood. Melancólico porque Tarantino no hace más que anunciarnos el fin de la inocencia de los sesenta y de la política de estudios, pero también  el fin del cine como fenómeno comunitario para disfrutar en una gran pantalla rodeado de gente. 

Érase una vez en…Hollywood es, repetimos, un canto de amor al cine. Y un elogio de la ficción como única vía de subversión ante la realidad. Tarantino vuelve a utilizar el poder sanador de la ficción como revancha contra aquello que trastornó un mundo, como en Malditos Bastardos (Inglourious Basterds, 2009), pero aquí en un tono más sosegado y profundo, aunque no le falte lugar a la chanza. Toda una catarsis que apostilla la célebre frase de El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, John Ford, 1962), si allí se nos dice que la historia no debe cambiar lo que ha escrito la leyenda, en Érase una vez en… Hollywood se remata el concepto añadiendo que lo que la historia ha agraviado debe ser restituido en la ficción. Es casi un deber moral vengar los renglones torcidos de lo dado con la fuerza de lo inventado, porque ahí es dónde se afianza nuestro poder y nuestra capacidad de corregirnos mediante la creatividad. Una cinta agridulce que es, a la vez, una despedida y una victoria.

Y una magnífica película para los que, como Quentin Tarantino, amamos el cine.

 

A 47 METROS 2 (47 Meters Down: Uncaged, Johannes Roberts, 2019)

UK. Guion: Ernest Riera, Johannes Roberts Música: Tomandandy Fotografía: Mark Silk Productora: thefyzz. Distribuida por: Entertainment Studios Motion Pictures Género: Terror

Reparto: John Corbett, Nia Long, Sophie Nélisse, Corinne Foxx, Sistine Rose Stallone,Brianne Tju, Davi Santos, Khylin Rhambo, Brec Bassinger

Sinopsis: A la adolescente Mia no le apetece mudarse a México con su padre, Grant, y su nueva familia. Con Grant trabajando como investigador en una antigua ciudad maya que está sumergida bajo el agua, Mia se ve obligada a pasar tiempo con su hermanastra Sasha. Aburrida y sin supervisión, Mia, Sasha y sus dos amigas se adentran en la cueva submarina en la que Grant está trabajando.

Oculto durante siglos, el lugar de entierro maya sumergido es hermoso y desconcertante, pero pronto se vuelve mortal cuando las chicas descubren que no están solas. Están rodeadas por enormes tiburones blancos amenazadores. Atrapadas en una cueva que pronto podría ser su tumba, las chicas deben estar en silencio si desean salir con vida.

Original no es un adjetivo que defina a A 47 metros 2, pero al menos intenta aportar algo más que adolescentes y tiburones blancos a la propuesta, ofreciendo cierta motivación a las dos hermanastras protagonistas mediante unas gotas de acoso escolar y cucharadas de espíritu de reconciliación y superación. El resultado no es que sea algo inolvidable, pero consigue que el espectador no aparte la vista de la pantalla ¿Cómo hacerlo con cuatro adolescentes atrapadas en una necrópolis maya submarina con el oxígeno de sus bombonas agotándose mientras ¡son acosadas por hambrientos tiburones!? Desde luego, muy mal habría que hacerlo para que no resultara, cuanto menos, una película entretenida.

Y la cinta resulta tan emocionante y angustiosa como confusa, pues en muchas escenas submarinas la oscuridad es casi total, lo cual por otra parte facilita que los escualos ataquen desde cualquier punto y en cualquier momento. Pero eso sí, la cinta se estropea un tanto durante su conclusión, cuando el director se suelta el pelo y muestra todo lo que no ha podido enseñar en la oscuridad abismal. En conclusión, otro refresco muy indicado para estas fechas sin más pretensiones que hacer pasar un buen/mal rato.

Se agradece la fidelidad al cine de género de su director, el británico Johannes Roberts, que está haciendo una humilde carrera al otro lado del Atlántico con pequeñas cintas como el díptico A 47 metros o la interesante secuela Los extraños: cacería nocturna (The Strangers: Prey at Night, 2017), todo ello mientras se anuncia su salto al terreno de la superproducción con el reboot de Resident Evil. Con lo bien que se había cerrado la serie original tras seis entregas…

 

LA VIRGEN DE AGOSTO (Jonás Trueba, 2019)

España. Duración: 125 min. Guion: Itsaso Arana, Jonás Trueba Fotografía: Santiago Racaj Productora: Los Ilusos Films Género: Drama

Reparto: Itsaso Arana, Vito Sanz, Joe Manjón, Isabelle Stoffel, Luis Heras, Mikele Urroz,María Herrador, Naiara Carmona

Sinopsis: Eva (Itsaso Arana) está a punto de cumplir 33 años y ha convertido en un acto de fe la decisión de quedarse en Madrid en agosto. Los días y las noches se presentan como un tiempo de oportunidades, y mientras se celebran las verbenas de verano, Eva se encuentra con otras personas a las que trata de ayudar, sin saber que, en realidad, no hace otra cosa que ayudarse a sí misma. 

Jonás Trueba no es Gustave Flaubert, ni su Eva, pese a su nombre de mujer primigenia, es Emma Bovary. El francés, en su obra inmortal, penetraba el alma femenina para alumbrar un personaje de compleja psicología. Trueba lo intenta, pero el suyo, pese a estar coguionizado por Itsaso Arana, no es más que un retrato de mujer idealizada a partir de lugares comunes escuchados en conversaciones de salón. Aunque, precisamente por ser tópicos, habrá mujeres reales que se reconocerán y la aplaudirán como femenina, aquí consideramos que, para alcanzar ese epíteto, hace falta algo más que tres mujeres hablando de la menstruación, porque eso, en el mejor de los casos, es quedarse muy poco más allá de la obviedad.

La obviedad es el principal problema de La virgen de agosto, la película es precisamente eso, un recamado tejido con hilos de metáforas facilonas, que van desde la elección de los nombres de los personajes a la utilización de agosto como marco ideal para consumar un viaje interior. Empecemos por los nombres. Eva es la protagonista única del filme, el resto de personajes no son más que comparsas, y el director/guionista no la llama así de forma casual. ‘Eva’ etimológicamente procede del hebreo ‘havva’, esto es, “que da vida”, de jai, “vida”, por ser Eva madre de todos los vivientes (Génesis, 3, 20), la primera mujer, sin embargo, no es solo dadora de vida, su curiosidad la convierte también en portadora de mortalidad por su atrevimiento de comer del Árbol de la ciencia del bien y del mal. Un pecado del que sólo nos librará la otra mujer, su complemento y su reverso, que es la Virgen María. La feminidad es vista por la moral judeocristiana como un poder ambivalente polarizado en dos figuras maternas afines y opuestas a partes iguales. La Eva de Trueba tendrá la particularidad de encerrar en sí ambos polos como descubriremos cuando ella reconozca su estado y condición. Un reconocimiento que le llega a través del principal figurante de su periplo, Agost, peculiar hipocorístico de Agostino, nombrado así, en italiano, por si su forma castellana (Agustín) pudiera despistarnos de su carga simbólica. ‘Agostino’ del latín ‘Augustinus’, es la forma patronímica de Augusto/Augustus (“consagrado por el augurio”), el sentido originario de la palabra era “crecimiento concedido por los dioses a una empresa”, símbolo, pues, de lo venerable para los romanos, que lo atribuyeron como epíteto a su césar. Agost será el vehículo que mediará la consumación del viaje interior de Eva, después de que esta parezca salvarle de su pesadumbre. La virgen de agosto parece poner en la mujer la posibilidad de redención de lo humano, pero como el espacio de la fertilidad y el crecimiento en el que puede llegar a convertirse.

En honor de Octavio Augusto se rebautizó el octavo mes del año como agosto, así se acaba de comprender el nombre del partenaire de Eva, ya que es precisamente ese el mes en el que Eva emprende el camino hacia la búsqueda de su autenticidad, de su sentido, permaneciendo en la ciudad (que es otro personaje más) durante ese mes estival plagado de festejos. El ferragosto (tomándoles prestado a los italianos el nombre de esa celebración) es el marco de su crecimiento, un marco cargado de significados que hunden sus raíces en la antigüedad romana. Curiosamente (o no tanto, visto, lo visto) las celebraciones más importantes del mes se desarrollaban el 13 de agosto (día en el que Eva conoce a Agostino, para más señas), dedicadas a la diosa Diana, ligada a la vida en los bosques, a las fases lunares y a la maternidad.  El cristianismo hizo coincidir las fiestas de ferragosto con la de la Asunción, uniendo rituales sagrados y profanos en manifestaciones populares. La virgen de agosto, como popularmente se conoce a la festividad de la Asunción de María (y de la que, evidentemente, toma el título la cinta), es el fondo sobre el que se pinta la forma de la aventura de Eva. Una aventura que tiene mucho de iniciática, esto es, de experiencia vital y de tránsito de un estado a otro, presuntamente superior. No es Trueba el primero en hacer esa asociación, el primero en acudir a ese espacio estival como instante en el que, contrastando con la indolencia del calor, nos sentimos necesitados de comernos la vida, de alcanzarnos y de entendernos (y de paso a comprender nuestro mundo). A poco cinéfilos que seamos, se nos viene a la cabeza la brillante Il Sorpasso (1962, Dino Risi), pero poco más que la elección del momento comparten ambos filmes. Mientras Dino Risi usa esa celebración hedonista y acelerada como punto de contraste del hastío existencial, el nihilismo, en el que, en verdad, viven sus personajes, en Trueba todo es “mundo mágico de colores”, pintado con los pinceles de la espiritualidad new age, además. Mera fruslería que se desvanecerá cuando el verano acabe.

La virgen de agosto también tiene méritos, no decimos que no, la mayor parte relacionadas con la interprete ¡Itsaso Arana sostiene tan bien el plano con su expresión de Gioconda! Lástima que los planos fijos sean innumerables, porque así volvemos a la paleta de lo obvio. No deja de ser un recurso fácil acudir a la cámara estática para tratar de aprehender una experiencia extática desde la reverencia, como si no quisiéramos intervenir en lo acontecido en el interior del personaje, desde el máximo respeto. Una forma de subrayar que lo que se nos muestra no es baladí, que merece ser observado con detenimiento. Porque la mirada alucinada de Eva es la exaltada vivencia de ese estado del alma en el que nos podemos llegar a sentir en comunión con lo cósmico. A través de esos ojos que parecen querer comérselo todo, La virgen de agosto nos reconcilia (o al menos lo pretende) con nuestro deambular por el mundo.

Es una película mensaje en la que los personajes hablan y hablan y hablan… mientras nos educan, mientras nos enseñan el espacio de lo verdaderamente trascendente. Semejante a si estuviésemos ante una película de Éric Rohmer, con menos empaque, pero con la misma afectación. Trueba, como el icono de la Novelle Vague, es movido por la voluntad de traducir en imágenes los grandes conceptos, el sentido del amor y el valor de nuestro lugar en el mundo, en especial. Para bien (y para mal) Jonás Trueba, parece querer saltarse la postmodernidad y regresar a los modos narrativos de generaciones anteriores, en un intento de construir un relato atemporal. Ahora bien, se nos antoja que bajo todas esas pretensiones se esconde un discurso intrínsecamente superficial.

La virgen de agosto gustará. La crítica ya la ha elogiado, y habrá todo un sector del público que comulgará con ella. Desde esta humilde tribuna, sin embargo, sólo nos vemos capaces de decir que el emperador va desnudo.

Categorías:VAMOS DE ESTRENO
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