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No matarás. Célebres verdugos españoles.

Hace un tiempo les hablamos del libro Vampirismo Ibérico, de Salvador García Jiménez, un excelente estudio sobre las supersticiones que el vampirismo ha desatado en España realizado mediante el exhaustivo repaso de la crónica negra. Ahora hablaremos de otra obra del mismo autor, anterior pero también muy reciente: No matarás. Celebres verdugos españoles, en la que de una forma similar, podremos saber la vida y los hechos de los “ejecutores de la ley” que en España laboraron desde finales del siglo XIX hasta principios del XX. En el libro podremos leer infinidad de anécdotas, unas tristes, otras tintadas de humor negrísimo, pero todo ello con la completa labor documental a la que ya nos tiene acostumbrados el autor, que repasa la vida y (¡ejem!) obra de estos funcionarios públicos que en muchos casos fueron vilipendiados, odiados y admirados. Siendo pasto de un público que igual les abucheaba como a toreros  por la mala labor  realizada (con el consiguiente sufrimiento del reo), como admiraba la destreza demostrada.

En sus páginas podemos ver los piques entre ejecutores para que no les fuera arrebatado el record de agarrotamientos. Verdugos pendencieros y juerguistas. Otros cuyo oficio ha sido heredado de generación en generación. Maestros y aprendices. Anécdotas de ajusticiados como la de “el dientes”, que maldijo al público (…) antes de ponerse él mismo la barra al cuello y mandarle al verdugo que se la apretara. O Jadraque, el verdugo de Albacete, que era tan católico que bautizó sus argollas de estrangular como Virgen del Carmen y Nuestra Señora de la O. Leeremos hazañas de Gregorio Mayoral, verdugo de Burgos que presumía de haber agarrotado al asesino de Cánovas del Castillo o las de Nicomedes Méndez, el célebre botxí de Barcelona, que es tratado en más profundidad.

Seres humanos a fin de cuentas, como Andrés Adán de Pamplona, que renunció al cargo por tener desordenes nerviosos y andar “preocupado constantemente desde el momento que por primera y única vez, actuó”  o Pérez Vicario, que recibió 20 tiros de alguien  como pago a su labor.

Un oficio muy bien remunerado (2190 pesetas anuales de 1880) , compatible con otro trabajo y que igual daba poca faena al ser pocos los ajusticiados en la zona, como mucha, si el verdugo era trasladado a otra ciudad para asistir al titular en caso de ser varios reos los que esperaban su turno. Eso sí, con derecho a dietas.

Sobre estos hombres, de los que escribieron literatos de la talla de Emilia Pardo Bazán, Valle Inclán, Pío Baroja, Ramón J. Sender  o Camilo José Cela, trata esta obra, que no dudamos en recomendar encarecidamente y que ha sido editada, al igual que Vampiros Ibéricos, por Melusina.

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