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Prometeos del siglo XXI

“No se debe abandonar la generación de homúnculos; en efecto, hay cierta verdad en esta materia, aunque durante mucho tiempo fue vista como muy oculta y secreta. Largamente algunos filósofos antiguos discutieron y dudaron si sería posible, por la naturaleza y por el arte, engendrar un hombre fuera del cuerpo de la mujer y de una madre natural. A lo cual yo respondo que esto no repugna para nada al arte espagírico ni a la naturaleza; es más, se trata de algo muy posible. Para lograrlo se procede así: Encierre durante cuarenta días en un alambique licor espermático del hombre, que allí se pudra y continúe a componerse en un recipiente lleno de estiércol de caballo, hasta que comience a vivir y moverse, lo cual es fácil de reconocer. Después de ese tiempo aparecerá una forma parecida a la de un hombre, pero transparente y casi sin sustancia. Si, luego de esto, se alimenta todos los días este joven producto, prudente y cuidadosamente, con sangre humana secreta (es decir una preparación alquímica roja), y se lo conserva durante cuarenta semanas a un calor constantemente igual al del vientre del caballo, este producto viene a ser un verdadero y viviente niño, con todos sus miembros como el nacido de la mujer, pero sólo más pequeño y al que llamamos un homúnculo. Es necesario educarlo con gran esmero y cuidados hasta que crezca y comience a manifestar la inteligencia. Es este uno de los mayores secretos que Dios haya revelado al hombre mortal y pecador (…). Aunque dicho secreto haya estado siempre ignorado por los hombres, fue conocido en la remota antigüedad por los Faunos, las Ninfas y los Gigantes, seres que asimismo se originaron de esa forma.” Así formulaba Paracelso (1493-1541) la receta para crear un hombre por métodos artificiales.  Ser creador de vida ha sido uno de los sueños perseguidos desde siempre por la humanidad, vencer así las limitaciones, emular a los dioses y sustituirles.  Paracelso se basaba en los principios de la alquimia, la concepción del universo como un ser orgánico que podía ser interconectado mediante la magia, por eso se le pone en relación con nigromantes como Cornelio Agrippa y Alberto Magno.  La alquimia, por su parte, guarda relación con la cábala y dentro de la tradición cabalística nos encontramos con una de las primeras leyendas sobre la posibilidad de crear vida, el Golem.  Golem significa materia, y la leyenda praguense refiere que el rabino Judah Loew Bezalel en el Siglo XVI habría logrado animar una figura humanoide de arcilla para defender el gheto judío, sin embargo, su creación se habría rebelado y habría acabado convirtiéndose en un problema mayor que el que se intentaba solucionar con él.  El Golem lograba animarse escribiendo en su frente el nombre secreto de Dios, Emeth (verdad) y para destruirle había que borrar la primera letra quedando la palabra Meth (muerte).  La tradición hebraica, pues, introducía ya la alerta sobre las consecuencias negativas de jugar a ser dioses, Mary Shelley también le dio a su obra, Frankenstein o El Moderno Prometeo Encadenado, esa misma orientación moral, salvo que en su caso no sólo se juzgan las concepciones antiguas, sino las de la moderna ciencia recién nacida, que empezaba a dar tintes de posibilidad real a lo que había sido sólo un sueño.  Mary concluía que la ciencia conducía a una insensata curiosidad y sus creaciones traían más complicaciones que soluciones.  Como en el grabado de Goya, para ella el sueño de la razón sólo produce monstruos.  Pero pese a las reticencias morales, el avance de la ciencia ha sido imparable y, si bien no se ha logrado engendrar humanos sin el concurso de lo natural, cada vez parece más próximo. Ahí están los resultados de la ingeniería genética, que ya en 2010 consiguió la creación de la primera célula sintética y que, nueve años después, ahora nos permite la impresión 3D de tejidos humanos; y la robótica, con el desarrollo de la Inteligencia Artificial que acerca ya los debates que planteaba (casi predecía) Philip K. Dick. Como humanos, no nos basta conocer, necesitamos crear, tener el dominio de la naturaleza como si pudiera ser obra nuestra, es nuestra meta, pero junto a la pulsión de rebasar los límites está la conciencia de que quizás nos llevaremos al colapso, a nosotros y a nuestro planeta como lo conocemos. Ansiamos y tememos, y lo hemos expresado en nuestros mitos, con el de Prometeo a la cabeza, en la literatura y también en el cine desde sus orígenes hasta la actualidad. En lo que va de siglo han sido muchos los filmes que han escrito un renglón en este discurso, veremos ahora unos pocos ejemplos (sin ánimo de ser exhaustivos) de cintas que han recreado el mito prometéico, ya sea usando la falsilla de la ingeniería genética, ya sea ahondando en los debates que genera la Inteligencia Artificial.

Prometeo en el cine ha sido abordado desde todas sus máscaras, pero probablemente la más querida ha sido la de Frankenstein, hasta el punto de darle a la criatura su apariencia más icónica, la que creó Jack Pierce para las adaptaciones de James Whale. Pero esa no ha sido su única figuración, así Keneth Branagh en 1994, buscando ser más fiel a la novela, dio una versión más natural con una criatura de semblanza humana encarnada en la pantalla por Robert de Niro. Y esta es la tónica que se ha seguido ya en nuestro siglo XXI, de todas las nuevas adaptaciones es, sin duda, la del británico Bernard Rose, en 2015, la más interesante. La criatura de Rose no es un collage de cadáveres, sino que es creado mediante tecnología 3D (la criatura se imprime, literalmente). Y Rose partirá de la tecnología actual no tan solo para la creación de Adam (nombre que recibe la criatura en el filme), sino también para el pasaje en el cual la criatura localiza a su creador, ya que lo hará mediante un GPS. Más aún que la creación de un ser, a Bernard Rose lo que le atrae de la novela es la creación de una conciencia, enfatizando la tragedia del diferente, que, rechazado por la sociedad, pero poseyendo ya su propia conciencia, determina terminar con su existencia y organizar su propio funeral, respetando, así, el original literario. Narrada desde el punto de vista de Adam, y no exenta de algunas pinceladas de humor socarrón y mucho gore, esta ingeniosa y sangrienta adaptación recorre los momentos cumbre de la novela (y de sus adaptaciones cinematográficas anteriores), pero ofreciendo ingeniosos giros, como el de caracterizar al ciego que enseñará a hablar y ofrecerá sentimientos positivos a la criatura como un bluesman homeless de color. O el giro que se ofrece en el encuentro del monstruo con la niña. Su descubrimiento de la inocencia y la belleza. Todo marcará la personalidad de Adam, que al igual que en la novela, rechazado por la sociedad y consciente de que no puede inspirar amor, decidirá inspirar miedo. Si hubiera que encontrarle algún pero a esta versión, este sería el carácter que se le imprime a la esposa del creador, si bien es encomiable que le dé un mayor protagonismo y la ponga en pie de igualdad con los personajes masculinos, su actitud maternal con Adam chirría con el espíritu del tratamiento de Mary W. Shelley. La romántica proyectó todo su drama personal en su obra, así la criatura es máscara de ella misma y Víctor lo es de su propio padre, un padre que nunca le dio el menor afecto ni el menor reconocimiento. La soledad del monstruo shelleyniano es aún mayor que la de esta criatura puesta al día. Pero en cualquier caso es un pecado menor que no empaña sus aciertos.

No sólo Frankenstein expresa la pugna entre la transgresión y la conciencia del “sacrilegio”, el cine ha dado sus propios personajes y relatos, como es el caso de Splice (Vincenzo Natali, 2009) estrenada mundialmente durante el Festival de Sitges de 2009. Splice vio la luz once años después de haber sido concebida y se había convertido en un parto muy esperado, obtuvo el Premio a los Mejores Efectos Especiales, pero la acogida del público fue más bien tibia. Esa recepción se debió en gran medida a la expectación que se había creado en torno al filme, ya que durante esos más de diez años que estuvo en proceso se habían filtrado muchas imágenes en la red a la vez que Natali, también gracias a la red, se había convertido en director de culto para buena parte del fandom. Y el fandom, a veces, puede ser muy cruel. Es cierto que en Splice hay deficiencias porque podríamos calificarla de película cóctel: es un cóctel de referencias cinematográficas especialmente a las monsters movies de los 50 mezclado con algo de Estoy Vivo (It’s Alive, Larry Cohen, 1974), e incluso con la alargada sombra de Alien (Ridley Scott, 1979) cuando la criatura nace, más otras referencias más evidentes como sería el caso de Species (Roger Donaldson, 1995). Todo un cóctel de géneros: monsters movies, como ya hemos dicho, sci-fi, terror (y gótico, además), melodrama familiar, algunos dicen que thriller, e indie, pues hay voluntad de autoría. A Natali le falla el pulso y se va perdiendo el tono a lo largo del film, para acabar precipitándose hacia un final operístico (o de opereta, si lo prefieren). Sin embargo, sus virtudes superan a sus defectos: los efectos especiales son dignos merecedores del premio con el que se alzaron; la construcción sintáctica de los planos y secuencias es mucho más que correcta, Natali mueve la cámara de forma interesante, con exceso de barroquismo en ocasiones, pero con muy buen tino en otras muchas (el arranque donde rueda el parto en cámara subjetiva, el uso narrativo de la angulación, los fundidos a blanco y a negro aunque sean más tópicos); y, quizás, la iluminación sea uno de sus mayores logros, ese azul metalizado que vira los colores crea atmósfera y es la atmósfera la que evita la total fractura del filme, es en la atmósfera donde se da la continuidad porque es la que va acompañando la trama profunda. Bajo la superficie de la acción se va desarrollando un hilo interno que es el que no se quiebra pese a las mezclas que comentábamos, no ya por lo que se refiere a las subtramas, sino, sobre todo, al tema de reflexión para el que el argumento es excusa: la pregunta por cuáles son, o debieran ser, los límites de la ciencia. El argumento nos sitúa ante Clive y Elsa Kast, dos jóvenes que trabajan en el campo de la genética. No sólo son un equipo, sino también pareja. Trabajan de manera conjunta en la creación de Fred y Ginger, dos animales híbridos totalmente funcionales, una combinación de vertebrado e invertebrado, algo totalmente innovador que les ha brindado gran reconocimiento público. Intoxicados por su éxito, pero obstaculizados por la decisión de Newstead de cerrar su proyecto (para centrarse en el aislamiento de la proteína CD-356, que tiene un potente valor medicinal para el ganado y constituye una mina de oro en potencia para la compañía), deciden crear en secreto una nueva criatura: Dren, una combinación de ADN humano y animal. Concretamente, Elsa inocula su propio ADN: la criatura resultante es a la par su obra y su descendiente. Llevado en secreto su experimento, al principio todo es satisfactorio, pero pronto se verán los aspectos menos positivos. Elsa vive entregada a su creación, en parte como científca, en parte como mujer que está sublimando sus instintos maternales, todo bajo la alarma de Clive, mucho más consciente de los peligros de haber trasgredido los límites, intenta deshacerse de la criatura, pero no puede consumar un acto que en parte sería como asesinar a un humano. Si al principio Elsa y Clive vivían su relación y su investigación bajo el mismo signo pasional, la química entre ellos va viéndose deteriorada por la evolución de sus distintos planteamientos ante lo científico, la película avanza como un drama de pareja a la par que como reflexión bioética. El crecimiento de Dren, la criatura, es más acelerado que el de los humanos, cuando llega a la adolescencia los problemas se ven agravados, como híbrido de humano y bestia, despierta a la vez a sus ansias de libertad y aceptación y a sus instintos depredadores, en su ontogenia se resume toda la filogenia de lo vivo, desde lo más primario a lo más refinado, desde la conducta fiera a la conciencia moral, desde los impulsos animales hasta el deseo de ser amada. Y ese anhelo de ser amada regirá las relaciones creador-criatura, Dren vive la soledad del monstruo y buscará amar al propio creador. Desde su propio nombre ella es el reverso simétrico de sus creadores (Dren, leído al revés nos da la palabra nerd, y Elsa y Clive lo son), por tanto, es lo contrario del conocimiento, esto es, ella es la fuerza de la naturaleza, por eso resume en sí los dos principios, el bien y el mal. Así, bajo su forma femenina las alas la aproximan icónográficamente a los ángeles, pero cuando su metamorfosis la lleve a convertirse en un ser masculino, su belleza se eclipsa y esas alas, entonces, se convierten en un eco de la imaginería con la que los humanos representan al demonio. Resume,  pues, los dos polos antagónicos asociándolos a lo femenino (la ternura) y a lo masculino (la agresividad). Como fémina hará el amor con Clive, quien hasta entonces ha hecho las veces de padre (relación incestuosa, pues) y como macho violará a Elsa que es en verdad su madre biológica. Este es uno de los elementos que diferencian a Splice de otras películas de mad doctors, supone una vuelta de tuerca de lo que había planteado Mary Shelley, lo natural y lo científico pueden vivir un idilio, pero también una relación de antagonismo extremo en la que se impondrá el poder de la naturaleza: el hombre no puede dominar plenamente lo natural, por eso si sigue agrediendo el equilibrio ecológico del planeta se verá abocado a su propia destrucción. El mensaje de la cinta acaba teñido de pesimismo, el principio destructor es insoslayable por mucho que los humanos ansíen únicamente crear.

Cambiando de tercio y de disciplina científica, nos encontramos con una deliciosa pieza, Ex Machina (2014), que retorna a Prometeo, esta vez, con la Inteligencia Artificial como fondo. Alex Garland en su debut como director nos trae la historia de Caleb (Domhnall Gleeson), joven informático, que gana un premio en la compañía de internet para la que trabaja, Bluebook (nacida a partir de un importante buscador). El premio es jugoso: visitar durante una semana el enorme paraje natural privado y la casa de su multimillonario jefe, Nathan (Oscar Isaac). Pronto descubre que el premio esconde algo más, Nathan le ha atraído para que le ayude a probar su último prototipo de Inteligencia Artificial, que está incorporado en el cuerpo de Ava (Alicia Vikander) una atractiva mujer robot (que no oculta sus circuitos). Caleb y Ava mantendrán una sesión cada día, dedicada a mantener conversaciones de cualquier tipo para averiguar si el robot pudiera pasar perfectamente por una persona, o lo que es lo mismo, si supera el Test de Turing. Sin embargo, la cosa no será tan sencilla a partir de que la seductora Ava le diga al muchacho que Nathan no es lo que parece ser. Ciencia ficción de pequeño formato (casi una pieza de cámara), tres personajes principales (más la aparente sirvienta asiática de Nathan que acabará teniendo peso en un punto de la historia), en apenas unos pocos escenarios (casi todos interiores), en Ex Machina se juega bien la baza de la situación claustrofóbica, sobre todo conforme la trama avanza hacia el thriller psicológico. Lo que está en juego es dirimir qué puede llegar a hacer indistinguible la máquina de lo humano. Está claro que no es la capacidad de operar conceptos matemáticos, eso entra dentro de lo mecánico y ahí las máquinas pueden ser incluso superiores y, sin embargo, perfectamente reconocibles como productos artificiales. Ex Machina parece decirnos que las máquinas mimetizaran lo humano cuando sean capaces de emocionarse.

Y ahí nacen nuevos dilemas: ¿son esas emociones suficientes para dispensar a una máquina el mismo trato que a un ser humano? ¿Es el deseo de supervivencia algo instintivo o programado? Y, si una máquina puede sentir emociones… ¿puede un ser humano corresponderlas de forma genuina? Her (Spike Jonze, 2013) está entre los referentes, pero más aún el capítulo Be Right Back (Owen Harris, 2013) de la serie británica Black Mirror con el que comparte protagonista masculino (todo un guiño). Salvo que la película de Garland va más lejos, y es que el filme discurre entre los juegos mentales y persuasivos de los seres humanos en las relaciones interpersonales, la liberación de la mujer ante las presiones del macho alfa o el importante papel de los impulsos –llámese intuición- en el proceso creativo. Ava es una nueva Eva (el juego de nombres venía servido) dispuesta a plantarle cara a su creador, una Eva que no dudará en utilizar a su propio Adán en beneficio de sí misma en su acto de rebeldía, una nueva “mujer” que en su asalto al cielo arrambla contra el imperio de todo lo masculino.

Borrar los límites entre la máquina y lo humano supone tanto como desdibujar los que separan lo humano de lo divino, reza la frase promocional, y parece inferir que esa superación habrá de pasar por la liberación definitiva de lo femenino.  Dicho en términos de mito, el Prometeo del nuevo milenio habrá de ser Pandora, una Pandora que ya no será castigo enviado por los dioses a los hombres, sino, al contrario, una auténtica vengadora de lo humano que subvertirá todo el orden de los valores.

Estos tres ejemplos, Frankenstein de Bernard Rose, Splice y Ex Machina, dibujan el mapa de cómo nuestro tiempo enfrenta viejos mitemas con nueva savia. Seguimos anhelando y juzgando nuestro anhelo, con los mimbres de nuestro progreso y sus consecuencias, sin una única conclusión, pero con la misma premisa de fondo: desafiar el límite y sufrir por ello es nuestra contradicción, pero sólo podremos seguir adelante profundizando siempre un poco más en nuestra propia herida. Bueno es concluir con el final del Prometeo de Goethe:

Aquí estoy y me afianzo;

formo hombres

según mi idea;

un linaje semejante a mí,

que sufra, llore,

goce y se alegre,

¡y que no te respete,

como yo!

 

  

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