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Jackie, algunas gotas brillan

jackie-cartelTheodore H. White escribía en 1978, en su obra In Search of History: A Personal Adventure, especie de memorias de sus tiempos como periodista político, que su comparación de la presidencia de JFK a Camelot fue “una lectura errónea de la historia La Camelot mágica de John F. Kennedy nunca existió”. Pero eso fue después. Mucho después. Cuando la historia quiso poner fin a la leyenda.

Con la pantalla en negro como fondo, se precipitan sobre nosotros los primeros acordes de la música de Mica Levi. Un encadenado de cuerdas que descienden como olas imitando el ritmo de una respiración muy profunda, de una exhalación de suspiros de duelo. La banda sonora se sustantiva en una serie de temas con propósitos no tanto narrativos como dramáticos, un conjunto de leitmotiv que resaltan la turbación y quiebro del personaje, su desquiciamiento y sus heridas internas. Es una banda sonora que, como un jarrón de cristal hecho añicos, se forma con piezas musicales quebradas.

Así es la música, así es el retrato de la primera dama que nos trae Pablo Larraín: un puzle construido con los fragmentos del dolor que siguió inmediato al magnicidio. El chileno, igual que con Neruda, dibuja el perfil psicológico de su personaje centrándose en el momento más decisivo de su biografía. Detalles breves relatados con flashbacks y flashforwards que rompen la serie cronológica lineal y forman una cascada de situaciones esenciales, de instantes cinematográficos intensos, que jalonan la narración impactando en nosotros que acompañamos el sentimiento de la viuda. Sirva como ejemplo ese plano en el que la vemos reflejada en el espejo lavando la sangre y visceras que han impregnado su rostro y su ropa, mientras las gotas de agua salpican la superficie reflectante como si fueran lágrimas ensangrentadas.

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La cámara busca constantemente la cara de Jackie/Natalie Portman, su semblante de esfinge que nos recuerda la expresión de la Monalisa, que nos trae a la memoria la indescifrable faz de Greta Garbo en La reina Cristina de Suecia. Una interpretación soberbia la de Portman que justifica sobradamente su nominación al Óscar. La vemos controlar su aflicción consciente de la responsabilidad que ha caído sobre sus hombros como imagen visible que es del sentir de todo un pueblo, de una nación que ha sido sacudida en sus raíces por el asesinato del líder luminoso que era entonces JFK para la mayoría. Sobre ella descansa la labor de dar consuelo a ese mundo que ha resultado conmocionado por el magnicidio, de ella depende la construcción del mito al que asirse, por eso el presente de la obra se centra en la entrevista concedida a Theodore H. White (tan solo una semana después del atentado) en la que la viuda de América convirtió en idílica la era Kennedy. El corto mandato de JFK habría sido un nuevo Camelot, un paraje lleno de gloria en el que, por breve duración, reinó la paz y la armonía.

Como en un juego de muñecas rusas, mientras asistimos a la creación de la leyenda que envolvió a Kennedy de manos de Jackie, Larraín la convierte en leyenda a ella misma. Igual que nos mostraba a Delia del Carril en Neruda, convirtiendo al poeta en mito y dándose voluntariamente a sí misma un papel secundario, borrando ambas su huella en favor del hombre al que elevan a la inmortalidad.jackie-4 Así el trabajo de Larraín no es una mera hagiografía, lo que le interesa reflejar en sus peculiares biopics es la importancia del mito para los pueblos. Sus retratos no escatiman la plasmación de los perfiles oscuros de sus héroes, Jackie confiesa al entrevistador que su matrimonio no pasaba por el mejor momento mientras enciende un cigarrillo con otro, pero, como le advierte, ella no fuma, igual que  reconocerá después ante ese sacerdote encarnado por John Hurt que sí recordaba los detalles que ha negado conocer. Las debilidades deben ser omitidas en la versión oficial porque lo que importa es el legado, el regalo de un icono que trasciende al hombre (y a la mujer que lo recrea).

Poco importa la historia porque el espacio de la leyenda es el verdadero taller donde se confecciona el sentido. La mentira genera una verdad más amplia a la que podrán recurrir incluso las generaciones venideras. La sonoridad apesadumbrada de Levi tiene su contrapunto en la música de Loewe y la letra de Lerner para la última canción de su musical artúrico. Un interludio de luz entre las sombras que introduce el matiz melancólico en la trama.  Tal como dice el confesor, aunque la noche traiga el quebranto de nuestra fortaleza hasta desear la muerte, cada mañana volveremos a tomar nuestro café como si nada. Todos somos apenas gotas en la inmensidad de un mar soleado, pero nos gusta imaginar que algunas brillan y que su destello nos toca como una ilusión de esperanza.

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