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Loving, la lucha que no cesa

“Buen servicio, pero no damos propinas a los negros”, así rezaba la nota que dos clientes dejaron en la cuenta del  restaurante Anita’s de Ashburn (Virginia). Una pareja de treintañeros blanca que habían sido servidos por Kelly Carter, la camarera negra que lleva tiempo atendiendo a los parroquianos de ese restaurante con la fama de ofrecer un trato sin mácula (hay que aclarar que en EE. UU. el sueldo de los camareros debe ser completado con las propinas). “Me gustaría que regresasen –declaró Carter– y servirles de nuevo. Un comentario de odio no me hará cambiar”.

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No es el episodio racista más sangrante que ha tenido lugar en EE. UU. recientemente, pero hemos querido destacarlo, precisamente, porque nos habla de un segregacionismo más corriente, más como de andar por casa, al alcance de cualquiera. Un acto discriminatorio para el que no hace falta dejar de ser civilizado, incluso amable (la pareja se comportó con normalidad y hasta se les escuchó elogiar la comida). Es un racismo del gesto, del desaire, apenas violento, pero igual de dañino que los asesinatos. Si no más, porque es más sutil y aparentemente menos reprobable.  Casi anecdótico, es repulsivo porque da cuenta de cuánto ha permeado en la sociedad la lacra del odio racial.

Esto ocurre ahora, en el Siglo XXI, después de que la Casa Blanca haya albergado durante ocho años al primer presidente negro. Es desalentador. Quizás por ello el cine ha reaccionado y en los últimos tiempos nos ha ofrecido varios filmes que nos hablan del problema, remontándose al momento fundacional (The Birth of a NationNate Parker) o a mediados del Siglo XX cuando la lucha por los derechos civiles de la población negra en Norteamérica tomó protagonismo. Este último es el caso de las dos cintas que llegan ahora a nuestras salas, Figuras ocultas (Theodore Melfi) y el último trabajo de Jeff Nichols, Loving, ambas basadas en hechos reales, pero muy distintas en su planteamiento y concepción.

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Melfi usa la gran pantalla para sacar de la sombra el relevante papel de Katherine Johnson (Taraji P. Henson), Dorothy Vaughn (Octavia Spencer) y Mary Jackson (Janelle Monáe) en la carrera espacial, tres científicas superdotadas que tuvieron que luchar contra la segregación para ser consideradas, incluso dentro de la propia NASA. Su filme es el típico (¿tópico?) trabajo de autocrítica que busca en realidad la loa de los valores estadounidenses, un mea culpa que se sabe perdonado de antemano por sus propios méritos. Un ejercicio al gusto del americano medio que ve así tranquilizada su conciencia (lo analizamos con más detalle aquí). La mirada de Jeff Nichols es distinta, no está cortada por los patrones del cine académico y comercial, por eso su película vuela por otros espacios que no son los de la épica (de cartón) y el panegírico (huero). En Loving el drama se juega a ras de suelo, en la partida de un humanismo cercano y nada enfático, por eso nos alcanza a todos.

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Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia, y disfrutarán de iguales derechos en cuanto al matrimonio, durante el matrimonio y en caso de disolución del matrimonio. Así reza el artículo 16 de la Declaración de Derechos Humanos aprobada en las Naciones Unidas en 1948. Diez años más tarde  Mildred y Richard Loving eran sacados de la cama en su casa de Central Point (Virginia) y arrestados a las dos de la madrugada, ¿su delito? Haber contraído matrimonio. Un matrimonio interarracial considerado ilegal en el estado de Virginia. El país líder de los aliados, el abanderado de las libertades democráticas, escondía en su interior su propio negativo. Tuvieron que pasar diez años más para que el Tribunal Supremo dictaminara a su favor, declarando todas las leyes de uniones segregacionistas del país inconstitucionales. Las más de medio millón de parejas mixtas que existían en aquel tiempo les deben su libertad a los Loving. Sin embargo, ellos nunca quisieron verse como héroes, revolucionarios o meros activistas de la lucha por los derechos civiles. “No lo hacemos porque alguien tenga que hacerlo y queramos ser nosotros. Lo hacemos por nosotros, y porque queremos vivir aquí”.

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Mientras Melfi ofrece una dirección invisible e impersonal, Jeff Nichols aporta su visión particular al drama. La suya es una mirada de autor sobre una historia que le ha cautivado antes de llevarla a la pantalla. La apertura del filme, ese plano-contraplano cerrado y pausado en el que la joven anuncia su embarazo, ya nos indica que estamos ante una cinta diferente. Una película que va a saber exprimir la cara más íntima de la gesta. Nichols junto al gran trabajo de sus protagonistas, un irreconocible Joel Edgerton en el papel de Richard Loving y una Ruth Negga ajustada como un guante a la piel de Mildred, nos saben transmitir el espíritu de su batalla: fue su voluntad de luchar por ellos la que les impulsó a enfrentarse a todo un estado. La suya fue una revuelta por su derecho propio, igual al de tantos otros, a vivir en paz. Una revolución sin ánimo de protagonismo ni liderazgo surgida de su legítimo empecinamiento de amarse sin tenerse que ocultar ni renunciar a hacerlo en la tierra que les vio nacer.

Nichols nos habla desde los detalles, sin subrayados enfáticos, de una historia de amor que se trascendió a sí misma. Su puesta en escena destila sutileza y fluidez, anclada en lo cotidiano, nos informa de ese racismo a pie de calle que contamina a toda una sociedad. Pero su gran acierto reside en haberle imprimido a la cinta un ritmo y un tono de película de suspense. Porque nos parece tener más información que los protagonistas, estamos siempre a la espera de la gran conmoción, el gran y efectista episodio violento. Magistral, en este sentido, es el montaje de la secuencia que supone el punto de inflexión en el posicionamiento de los protagonistas, ese momento en el que uno de los hijos del matrimonio es atropellado. Un mero accidente, que Nichols cuenta a modo de acción paralela entre el recorrido del niño y el trabajo en la obra del padre. Una sacudida que nos toca por su cercanía. Esto no es Arde Mississippi (1988, Alan Parker), lo que les ocurre a los personajes puede sucedernos a todos y, sin embargo, de su historia corriente se derivó uno de los mayores logros del combate por la igualdad.

Porque se amaban. Porque todos podemos amarnos. Porque fueron cuestionados por su propio entorno de afines, como puede serlo todo aquel que se separa de lo habitual. Loving cala bien hondo porque nos habla de un segregacionismo más corriente, más como de andar por casa, al alcance de cualquiera.

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