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Archive for 13 noviembre 2009

En la escalera

13 noviembre 2009 2 comentarios

Subió envuelto en el aroma de la rosa blanca que encontró en un banco y le había parecido un presagio; ensimismado por la fragancia y la ilusión no llegó a escuchar el inquietante roce metálico del ascensor. Ni siquiera notó la estruendosa sacudida con la que se detuvo en el cuarto piso. Tampoco el chirriar de la puerta cuando la abrió. En su cabeza sólo resonaban perfumados compases de piano de una vieja canción francesa.

rosablancaSigiloso se deslizó por el rellano hasta la puerta del 4ºA. En el rótulo se leía: Luz Larraub, nombre melodioso de aquella que imaginaba como la mayor promesa de dulzura y de la que no sabía otra cosa que el que ella había llegado de Argentina esperando que la fortuna le sonriera en este lado del Atlántico. Quien la había conocido era Alfredo, él le había dicho la dirección insinuándole que sería bueno que la visitase si quería darle un giro a su vida. La sonrisa de Alfredo tenía un matiz de picardía y Rodolfo se sintió intrigado. No tardó ni un día en presentarse a la cita no concertada llevado por el pálpito de que algo mágico iba a ocurrirle, si no ¿por qué le había sonado tan armoniosa la otras veces aflautada y discordante voz de Alfredo?

Blanco como la rosa, otra casualidad, era el minúsculo botón del timbre que tanto contrastaba con la altísima y sólida puerta de un adusto marrón oscuro. Lo presionó esperando que sonase el leve tintineo de unas deliciosas campanillas, por el contrario, retumbó en sus oídos un estridente zumbido similar al de un millar de cigarras mecánicas. Después el silencio que, por contraste, aún resultó más molesto, sobre todo cuando se prolongó mucho más allá del que, en circunstancias normales, se produce tras llamar a una puerta. Rodolfo se mantuvo indeciso unas décimas de segundo, después de repasar las angulosas molduras marrones, se decidió a volver a pulsar el timbre. Ante su sorpresa el inarmónico zumbido de la vez anterior se convirtió en un enervante chirriar de cadenas, por un momento llegó a pensar que sin darse cuenta había llamado a otro piso, pero era imposible, él no se había movido. ¿Moverse? Gato_negroMás bien era el dintel el que parecía haber descendido, Rodolfo se dijo que sería una ilusión provocada por aquella luz tan tenue que incluso disminuía en intensidad cada vez que presionaba el botón. También hubo silencio esta vez, Rodolfo aguzó el oído tratando de percibir alguna muestra de vida al otro lado. Lo que fuera: pasos, voces, música, el entrechocar de las puertas interiores, cualquier resonancia aunque resultará amortiguada por el grosor de aquella mole de madera que empezaba a parecerle inexpugnable.  La evidencia era palmaria, no había nadie en casa, hasta la rosa se había apagado como su ánimo, por otra parte ya podía esperárselo al no haber anunciado su visita.

Iba a dar media vuelta cuando oyó simultáneamente el motor del ascensor que se alejaba y una especie de grito sofocado en el interior. Esta vez pegó la oreja a la puerta cerrada intentando escuchar, le pareció que en algún punto lejano se rompían cristales, después nuevamente silencio; un silencio denso que casi se podía cortar. No quiso más sorpresas con el timbre, así que golpeó fuerte con los nudillos justo debajo del rótulo que era la única pista de que no se había equivocado de lugar. Pese a la fuerza que imprimió a su brazo, los golpes resultaron sordos como si la madera se hubiese convertido en corcho, cosa que habría afirmado de no ser por la dureza que percibía su tacto y el leve dolor en su puño. Por primera vez observó la cerradura, era la típica de las casas antiguas, una oquedad en la que sólo podía ajustarse una gran llave de hierro forjado, pensó que si se agachaba podría ver algo de lo que se escondía detrás, pero no, el hueco estaba ciego, cosa que no podía significar más que el que la llave estaba puesta por dentro. De modo que la casa no podía estar vacía. Estaba inmerso en sus deducciones cuando sintió un carraspeo seguido de un acceso de tos que sonaba a la altura de la cerradura desde el otro lado y, tras una pausa, toda una urdimbre de sonidos diversos: correteos, roces, murmullos, hasta el gorgoteo de un grifo mal cerrado, todo junto provocaba una lóbrega cadencia que le impresionó de forma ingrata. Y más todavía cuando su olfato percibió el inconfundible olor agrio de las flores marchitas y vio que, efectivamente, su rosa blanca se había secado y dejaba caer sus pétalos al suelo.las-puertas-del-infierno

Un gusano de nervios oprimió su estómago, algo malo estaba sucediendo allí. Rodolfo lamentó haberse negado siempre a incorporar el teléfono móvil a su vida, ahora no podía dar ninguna señal de alerta y no sabía si debía marcharse o seguir insistiendo para rescatar a la señorita Luz del tormento que estuviese padeciendo. Confundiéndose con el acelerado latido de su corazón una respiración jadeante empezó a dejarse oír tras la mirilla, aunque ésta no se había movido. Rodolfo volvió a golpear con desesperación y de nuevo sus nudillos sólo lograron un eco sordo apenas audible, cosa que le permitió percibir un cuchicheo que hubiese jurado que le llegaba de alguien apostado a su espalda. Se giró pero no vio a nadie aunque el bisbiseo seguía filtrándose por su oído derecho y un llanto ahogado se colaba por la cerradura desde la que ahora emergía un haz de luz rojiza intermitente. Rodolfo volvió a agacharse, pero cuando lo hizo la cerradura había vuelto a cegarse sin que hubiese escuchado la llave introduciéndose. El susurro en su oído se hizo más perceptible y entendió una voz, femenina y ajada, que le imprecaba a marcharse, quiso pronunciar el nombre de la que su amigo Alfredo había descrito como joven encantadora, pero su voz se le ahogó en la garganta. Ni siquiera logró despegar sus labios. Y el silencio volvió a reinar, tenso, repercutiéndole a Rodolfo en las sienes.

La última nota desasosegante la puso un maullido asmático que retumbó por todo el rellano procedente del 4ºB que extrañamente se había acercado quedando apenas separado del 4ºA por el hueco de la escalera y el ancho del ascensor. Sólo entonces Rodolfo cayó en la cuenta del doble sentido de la palabra encantadora, tanto podía aludir a la ternura de un carácter como al oficio de hechicera y un sudor frío le recorrió la columna de su espalda. Desde luego aquello parecía obra de brujería. O eso o todo era fruto de una alucinación cuya causa desconocía. Su pulso cada vez era más agitado, los latidos de su corazón retumbaban como truenos en medio del renovado silencio, Rodolfo había olvidado totalmente la ilusión con la que había acudido a aquel edificio, ahora sólo pensaba en huir. escaleras-fantasmaPara su desgracia alguien debía haber dejado la puerta del ascensor abierta pues., aunque las cadenas permanecían inmóviles, la luz que indicaba que estaba ocupado se mantenía encendida. También la escalera se había estrechado, pero era la única salida, Rodolfo se encaminó hacia ella dispuesto a precipitarse a toda prisa, pero se quedó paralizado cuando empezó a escuchar que alguien daba tumbos en ella sin que llegase a distinguir si los pasos ascendían o descendían. Dejó caer el tallo sin pétalos que todavía sujetaba en su mano izquierda y se sentó en el primer escalón, maldiciendo a Alfredo y abandonándose totalmente a la suerte que pudiese esperarle.

Categorías:Cuentos de Serendipia

La máscara de La Huérfana

13 noviembre 2009 5 comentarios

Afortunadamente todavía se van dando programas de cine de algunas películas, aunque son contadas las ocasiones y no los dan en todos los cines ya que algunos prefieren no hacerlo.

Uno de los ejemplos más recientes es esta máscara impresa en cartón de La Huérfana  (Orphan, 2009 Jaume Collet-Serra) similar a otras existentes como la de  La Máscara 2 (Son of the Mask, 2005 Lawrence Guterman) o la de  V de Vendetta (V for Vendetta, 2005 James McTeigue).

huérfana delantera

huérfana trasera

Aprovechando este foro aprovecho para ROGAROS que si alguien tiene una máscara de La Huérfana que le sobre y me la quiere ceder me hará un favor, ya que colecciono programas y de momento se me resiste. También si coleccionais os la cambiaría por otros programas. O incluso si no pedís mucho estoy dispuesto a comprarla. ¡Venga, no seais roñicas  y hacedme feliz!.

 

Isabelle Fuhrman en Sitges 2009 rodeada de cientos de caretas de sí misma

 

 

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