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El cristal con que se mira

18 octubre 2009 Deja un comentario

Bastó con inyectarte una simple burbuja de aire directamente a la arteria.

–  Resignación. ¡Resignación!

Pronto te habrás diluido en el polvo.  Y contigo se pulverizarán todas mis pesadillas.  No habrá más noches en blanco.  Se acabó el acostarse bajo el temor de caer presa del pánico en las oscuras redes del laberinto onírico donde siempre me ha perseguido tu imagen especular.  Tú ya descansas en paz.  Ahora ya podré hacerlo yo, porque no volverás a robarme mi reflejo.

Empezaste a usurparme mi protagonismo en el momento mismo de nacer.  Desde el alumbramiento quedé relegado al papel de secundario en mi propia vida.  Y, por supuesto, condenado al rol de antagonista. “La comadrona para atender a tu parto no le prestó la asistencia debida a Oliviero, que casi se muere”, mamá siempre tuvo las ideas claras sobre cuál de los dos estaba de más.  Ella nunca nos confundió.  Es curioso, podría decirse que sólo he existido plenamente para tu madre.  Hasta tú llegaste a sentir celos porque fue a mí a quien susurró sus últimas palabras. ¡Cómo jugué a hacerte daño con ello.  Al fin y al cabo los buenos hermanos deben compartir el dolor: “Oliviero no causó problemas, pero para que nacieras tú, Ronaldo, la partera me hizo un corte que dolía a rabiar”.  Se cobró ese desgarro, desgarrándome a mí con su recuerdo hasta el lecho de muerte.

–  ¡Segado en la flor de la vida! ¡Una lamentable pérdida!

Claveles, gladiolos, crisantemos, dalias.  Flores blancas y poco perfumadas.   A todo el mundo le ha parecido un detalle elegante, incluso exquisito; una forma sutil de expresar,  por contraste, el peso abrumador del luto.  Pero tú, seguramente, habrías considerado que mi pretendida  originalidad bebía en lo más tópico.

Siempre fuiste mi juez más exigente.  “La comadrona para atender a tu parto no le prestó la asistencia debida a Oliviero, que casi se muere”.  Te creías en la obligación de aleccionarme en todo por haber nacido el primero.  Querías iluminarme con tu conducta, ser mi modelo.  Por eso seguiste siendo en todo el primero: el más inteligente en clase, el más decidido en el recreo, el más aplicado en casa. “Dicen que sois idénticos, pero no os parecéis en nada.  ¿Ronaldo, no podrías hacer algo aunque sólo fuera la mitad de bien que Oliviero?”   Cuando ella me reñía, era tu mirada la que me amonestaba: aquel mohín de reproche dolido, que me devolvía, como un espejo, mi propio disgusto.  Más que tu doble, me sentía tu reverso.  Tu brillantez solar me convertía, que sólo podía participar  de tu esencia perfecta como una torpe reproducción distorsionada.  Y la defectuosa copia te decepcionaba.  Y tu desengaño devenía despecho dentro de mí.    Y mi deseo era destruirte para dejar de parecer tu falso duplicado … ¿Recuerdas que cuando cumplimos diez años te perseguí por toda la casa blandiendo un martillo?  Tu madre impidió que lo hundiera en tú cráneo.  Ahora nada de eso tendrá ya la más mínima importancia.  Además debo decirte que de los dos yo era el mayor.

–  Sé que es un gran dolor la muerte de un hermano … ¡Te acompaño en el sentimiento!

De roble macizo, con molduras labradas y detalles cromados, forrado con seda de una delicada tonalidad malva.   Nada aparatoso, pero sin duda regio.  Un buen envoltorio para tu último trayecto.   Te resguardará de la humedad fría de la tumba. ¡Siempre fuiste tan frágil!  Te habré protegido incluso en el más allá.

Porque tú eras el dominante, pero también el débil.  Y me necesitabas.  Nuestra fusión simbiótica era la que te daba fuerza.  Si yo no hubiese sido tu calco imperfecto, tú no habrías podido destacar.  Para que tú sobresalieras yo debía estar cerca, así que me sentía útil e importante cuando estaba a tu lado.  Tu madre era la única que no nos confundía, ella tenía las ideas muy claras sobre cuál de los dos estaba de más, pero ni siquiera ella habría podido decir que no estábamos unidos.  No consentí que nada, que nadie, nos separara. “¿Te has vuelto loco, Oliviero?”  Aquella muchacha tenía el cabello más hermoso que he visto nunca.  “Ni siquiera Ronaldo se comportaría así …” ¿Recuerdas?  Tenía una bajada de párpados preciosa, parecía una niña, aunque a la vez se mostraba se mostraba firme y segura como una mujer capaz de amparar todos los golpes.  “Esta broma no tiene la menor gracia …” Hubiese sido una buena esposa, pero al casaros se habría interpuesto entre nosotros y tuve que apartarla de ti, “… deja esos cuchillos en su sitio, por favor.  ¿No podemos hablar como las personas?” ¡Aún debe de estar corriendo!   Seguramente les contará a sus nietos que en su adolescencia tuvo un novio que pretendió batirse en duelo con ella con el cuchillo del pan.  Tu madre era la única que no nos confundía.

–  A él le habría gustado que te mantuvieras firme.  ¿Mi más sentido pésame!

Un coro de voces blancas para entonar los cánticos más solemnes.  Un sermón emotivo pero mesurado, sin lamentaciones quejumbrosas, ni acentos lóbregos.  Y la recepción sobria, pero con la abundancia que corresponde a las honras fúnebres de un gran hombre.   Tú me lo robaste todo, yo te he dado el mejor funeral.  El mío.

Tú mismo has sido el artífice de este fraude.  Las ideas más excelentes siempre fueron las tuyas.  “Por su claridad, energía y vitalidad, nombramos a Oliviero como publicista más creativo del año …”   Las promociones más importantes tenían que pasar por tus manos, ninguna decisión era tomada sin tu aquiescencia.   Y yo como siempre en la sombra.   “Vamos, Ronaldo, no hagas esperar ese champaña …”   Te admiraban por tu capacidad de ilustrar los conceptos más abstractos.  Porque siempre tenías claro a qué sector de mercado se dirigían los productos.  Porque tus campañas tenían el éxito garantizado.   Y procuraban que yo escuchara sus comentarios, para marcar bien las diferencias. “¿A qué viene esa cara, Ronaldo? ¡A ver si estarás celoso a estas alturas!”   Pero los soles también se eclipsan.  Te viniste abajo cuando estabas en tu cenit.   Te torturaban las dudas porque temías no estar al nivel de tu reputación.  Tuve que empezar a sustituirte.  Acudía a tus presentaciones con los clientes más difíciles.  Atendía tus citas más molestas.  Incluso te reemplazaba en las reuniones familiares cuando tu falta de inspiración te volvía insociable.  “Realmente, en el último año, Oliviero se ha superado a sí mismo. ¡Vaya este brindis en su honor!”   Y así fue como lo descubrí: sólo puedo ser yo mismo cuando soy tú.

–  ¡Ha sido tan inesperada la muerte de Ronaldo! Pero podrás superarlo, tú eras el más valiente.

Bastó con inyectarte una simple burbuja de aire directamente a la vena.

Categorías:Cuentos de Serendipia

Flores que esconden lodo

18 octubre 2009 Deja un comentario

Te extrañará recibir noticias mías.  También a mí se me hace extraño estar escribiéndote.  Cuánto cuesta volver a entrenar los dedos sobre el teclado para llegar a hablarte. Tanto, que he vuelto a fumar. El cursor parpadea intermitente tras la última palabra.   Enciende un cigarrillo y mira la pantalla entre toses y humo.    Un sol de tarde de marzo entra por la ventana, sus rayos llegan hasta el parque donde juega el bebé.  Meli apaga el cigarrillo a medias  y se levanta a correr la cortina para que la luz no alcance los ojos del pequeño.   Toma al bebé en brazos.  Le arregla la ropa y vuelve a dejarle con sus juguetes.    Saca de un cajón su cámara de video y vuelve a sentarse frente al ordenador.  Seguro que no puedes imaginarme sin un cigarrillo en los labios.     ¿Me imaginas?   Yo te olvidé, quise olvidarte, te recuerdo.  Sí, te recuerdo fragmentado como una pintura cubista.  Y me da rabia. Con la mano derecha agita el ratón formando círculos.  Un golpe con el corazón sobre el botón izquierdo y minimiza la pantalla del correo.  En la minicadena suena en repeat la misma canción del CD.   Toma su cámara y se acerca al niño.   La sostiene con la derecha mientras mueve los dedos de la izquierda.  El bebé la mira agitando sus bracitos, toma un peluche tuerto y lo lanza contra la joven madre.   Meli oprime el zoom para tomar un primer plano de las pequeñas manos que mueven sus deditos como lo hace ella.  Corta la toma.  Se arrodilla para apretar sus manitas y las retiene unos minutos meciéndole los brazos.  Vuelve a su mesa.   Vacía el cenicero repleto de colillas y vuelve a maximizar la pantalla.   No, no, ya no es rabia, la sentí, me ahogué en ella, y hubiese deseado ahogarte conmigo.   Te despreciaba, te seguía amando.   Lo peor era esa sensación de que todos me miraban como si supieran, como si se alegrarán, como si te aprobarán.   Todas las jodidas cuarentonas eran tu esposa echándome en cara su victoria, su victoria cargada de razón.  Todo parecía una mala película con moralina para consuelo de marujas.  No podía pensar, toda yo era herida y ganas de arañar.  La fascinación, la admiración, la voluntad de ser tú para ser más tuya, más mía, más amada, dio paso a una nausea, al vértigo de odiarte.  Y entonces pasó, una simple manchita rosada fue un clavo ardiente al que agarrase para devolverte todo el dolor, todo el daño. La ceniza cae desde sus labios sobre el teclado.  Meli sopla con rabia, echa atrás su silla camaras%20de%20video%20clinebasculante y apura la última calada antes de estrellar la colilla en el cenicero. Golpea la mesa con el puño cerrado y se levanta.  Deja la habitación.  El bebé gatea dentro de su parque en dirección a la puerta por la que ha salido su madre y lanza pequeños grititos.   Se escucha ruido de agua saliendo por un grifo.    Al entrar enciende ya la luz, trae en la mano una toalla con ositos, la deja caer con suavidad sobre el niño.  El bebé ríe.  Meli vuelve a filmarlo antes de regresar a su silla.

Ella jamás te lo daría, esa vieja ya no puede, y yo… yo podía negártelo.  Pensé educarle en el odio.  No quería que tuviese nada tuyo.  Ni tus ideas.  Ni tus gestos.  Ni el color de tu piel.   No tuve en cuenta que algo tan pequeñito pudiera tener tanta fuerza. Y volví a sentirte, mierda.  Mierda.   Le quería sólo mío, pero es nuestro.

Minimiza.   Sale de la habitación.  Regresa con la pequeña bañera llena de agua.  La deja al pie del calefactor encendido.  Desnuda al niño que enreda sus deditos en la cabellera de ella.   Lo sienta con cuidado dentro de la bañera.  Le tira dentro sus muñecos de goma.  El niño aplaude sobre el agua.  Meli toma la cámara.  Plano corto del niño jugando con el agua.  Primeros planos de sus sonrisas y muecas.  Plano medio enfocando también el calefactor.   Se agacha.  Toma el calefactor con la mano libre.  Lo deja caer dentro del agua.  Plano corto del niño contrayéndose por la descarga. Funde en negro.   Meli se levanta despacio, conecta la cámara al ordenador y copia la grabación, después   selecciona con el ratón adjuntar archivo.  Tienes derecho a saber que existe.  No, no, no es sólo eso.   Quiero que te veas en sus ojitos que son como los tuyos.  Quiero que le quieras.  Y que después me perdones.

Meli

Golpea con el índice sobre enviar.   La mano cae relajada al soltar el ratón.


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