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VAMOS DE ESTRENO (o no): viernes 24 de enero de 2020

EMA (Pablo Larraín, 2019)

Chile. Duración: 102 min. Guion: Guillermo Calderón, Alejandro Moreno, Pablo Larraín Música: Nicolas Jaar Fotografía: Sergio Armstrong Productora: Fabula Género: Drama

Reparto: Mariana Di Girolamo, Gael García Bernal, Santiago Cabrera, Giannina Fruttero, Catalina Saavedra, Eduardo Paxeco, Mariana Loyola, Paola Giannini, Antonia Giesen, Josefina Fiebelkorn, Susana Hidalgo

Sinopsis: Ema, una joven bailarina, decide separarse de Gastón luego de entregar a Polo en adopción, el hijo que ambos habían adoptado y que fueron incapaces de criar. Desesperada por las calles del puerto de Valparaíso, Ema busca nuevos amores para aplacar la culpa. Sin embargo, ese no es su único objetivo, también tiene un plan secreto para recuperarlo todo.

No tengo ni idea de lo que el espectador se llevará de la película, porque la película no es una pieza cerrada, sino que permite un espacio, una grieta por la que el espectador puede entrar y salir para que cada uno pueda cerrarla desde su propia biografía. Para cada persona, Ema será una película diferente”(extraído de esta entrevista). Cuando el objeto se viste de subjetividad, cuando no se pretende ni único ni definitivo, la tarea del cronista queda en suspenso, porque ¿Si no existe una sola, si hay tantas como espectadores (miles, cientos de miles, millones, quién sabe) sobre cuál debo orientar mi crítica? No queda más que hablar de la mía, pero soy demasiado clásica como para no tratar de enunciar, no tratar de revestirme de una cierta universalidad, aunque sea construyendo un juego de espejos en los que busco que mi reflejo se superponga con el de la Ema original, la que era antes incluso de que Mariana Di Girolamo le prestara su cuerpo, su voz, su movimiento. La de Pablo Larraín. Escribir como si quisiera contársela, pero ¿Qué podría contarle yo al director sobre mi Ema?

El botepronto de la primeras impresiones mana como un magma indefinido de innúmeros destellos: extenuante, mayor peso del subtexto que del texto, predominio de la forma sobre el fondo, en un primer nivel, todavía organizado; mater(pater)nidad responsable, familia, sexo, danza, lugar del arte, papel del artista, activismo, cuerpo, y mujer, sobre todo mujer, en un segundo nivel, que se agota tratando de expresarse en valor de cambio, de resumirse en palabra para ser compartida; me pierdo, no entiendo de danza, me pierdo, no sé qué es ser madre, me pierdo, el fuego es metáfora pero no sé a qué señala, me pierdo, me agoto, sencillamente me pierdo, en un tercer nivel, que se rinde al fracaso de la incomprensión. Sin bandera blanca, sin embargo, porque aún quedan reaños para tratar de formular discurso cuando salga de la sala oscura. Cuando busque en mi navegador entrevistas en las que el aprieto de contar lo tenga él, el cineasta que no se ha ajustado a las/mis expectativas. Cuando lea críticas que me sirvan de filtros para ordenar mis propias ideas.

Un trabajo de experimentalismo autoconsciente demasiado forzado y distanciado para involucrarnos con él. Logra algo de ritmo gracias a la fuerza del reggaetón, pero el resto es tan disperso que carece de pulso.” El comentario de David Rooney para The Hollywood Reporter es el único punto rojo en el expediente de Ema, para la crítica profesional, al que he tenido acceso. Y respiro aliviada, hay al menos otra Ema tan dispersa como la mía, otra derrota de la comprensión. Pero también respiro aliviada porque, como yo, reconoce su admiración: “A medida que avanza la historia, hay indudablemente una fascinación perversa en su desarrollo externo, y Larraín ciertamente merece crédito por negarse a ir a lo seguro en esta etapa de su distinguida carrera”. Guarecida por palabras de terceros, ya estoy en disposición de dejar fluir la lluvia de ideas tamizadas con las que convertir el caos de la experiencia en el orden del discurso.

Ema, un nombre breve para un personaje inmenso. Personaje de personajes, dice el autor (¿será por eso que en ocasiones parece como si se hubiera construido con tomas para casting?), y enumera sus facetas, hija, madre, hermana, esposa, amante… Pero, sobre todo, lo que es, es joven. Ema, el personaje, es juventud, o mejor, mujer joven vista por un hombre nacido en otro siglo. Ema, la película, es un intento de aprehender a toda una nueva generación que se ha desarrollado ya en el nuevo milenio, desde el ojo de quien ha quedado prendado por su fuerza y descolocado por sus códigos. Es la obra de quien cree que, al final, después de observarles, de ver como usan el gesto más que la palabra, la coreografía más que el texto, ha llegado a asimilarles. Y, sin embargo, el momento que traspira más sinceridad de toda la cinta es aquel en el que el coreógrafo, Gastón, un Gael García Bernal que se ilumina en esa escena, arroja sobre las danzantes todos los prejuicios que albergamos sobre el reggaetón aquellos que no nacimos bajo su influjo. Ema es el nuevo paradigma que Ema quiere apresar leyéndolo como nuevo icono de la transgresión.

Lo culto y lo popular se dan la mano en el cuerpo de Ema, capaz de brillar en la danza clásica contemporánea y en la danza callejera, ella las aúna y las vuelve hermanas. Y la cámara de Larraín hace lo propio mostrándose igualmente hábil a la hora de filmar la una y la otra. Ema es casi un musical encubierto que captura los movimientos carnales del coreógrafo José Vidal con una energía tremenda, en vastos espacios industriales, en el puerto, en canchas de baloncesto o en las colinas densamente pobladas entre un laberinto de bloques de apartamentos, con excelentes montajes que encabalgan diversos escenarios en un mismo número musical (una estética que nos hace pensar en el tratamiento del baile en las producciones llegadas de Bollywood). Del mismo modo, con la misma magistralidad, nos son presentados los cuadros de baile en interiores entre los que destaca la representación inicial, con ese decorado que hace pensar en el Solaris de Stanisław Lem por ese elaborado telón de fondo de iluminación que palpita como un planeta radiactivo. Danzas erotizadas que oscilan entre lo anárquico y lo ordenado para dar pie a entrever el enigma emocional que es la protagonista, una individualista incendiaria que no reparará en manipular a los demás, con el sensualismo que respira toda ella, en aras de alcanzar sus objetivos.

Danza, sexo y fuego para hablar del drama de necesitar ser amado. Porque ese es el auténtico objetivo de Ema, más egoísta que transgresora. Y entre tanta exposición se diluye la reflexión sobre el reto y dificultad de ser padres, que se evidenciaría más, si cabe, con la adopción cuando resulta fallida. Una reflexión que fue el germen del guion cuando era solo un proyecto. Ema es una película ocasional en el sentido de que no se siguió el protocolo habitual a la hora de emprender su rodaje. Efectivamente, desde la idea original, que no fue escrita, pudo llevarse a cabo con ocasión de un breve paréntesis en la carrera de Larraín y fue abordada dejando mucho a la espontaneidad. A juicio del autor, salió una propuesta que no tiene mucho tiempo para pensarse a sí misma. Y eso le da su pátina de obra arriesgada, en ello reside su fuerza, pero también su desaliño. La trama argumental se fragmenta entre aciertos visuales y avanza a trompicones, en una obra que tiene más de expresiva que de enunciativa, dando luz a una cinta en la que el riesgo y la imperfección van de la mano.

La Ema del director es chorro creativo, volcán de sensaciones y experiencias estéticas, hay en ella pasión y entusiasmo. Pero la que me llega a mí como espectadora, la que cierro desde mi biografía, es poderosa pero disgregada, produce fruición, pero también repudio. En mi lectura, tiene tanto de grandeza como de desatino.

SOBRE LO INFINITO (Om det oändliga, Roy Andersson, 2019)

Suecia. Duración: 76 min. Guion: Roy Andersson Fotografía: Gergely Pálos Productora: 4 1/2 Film / Roy Andersson Filmproduktion AB Género: Drama

Reparto: Martin Serner, Jessica Louthander, Tatiana Delaunay, Anders Hellström, Jan-Eje Ferling, Thore Flygel, Stefan Karlsson, Bengt Bergius, Marie Burman, Amanda Davies, Karin Engman, Lotta Forsberg, Göran Holm, Lars Lundgren, Stefan Palmqvist, Vanja Rosenberg, André Vaara, Magnus Wallgren

Sinopsis: Una reflexión en torno a la vida con toda su belleza y crueldad, su esplendor y banalidad. Momentos intrascendentes cobran el mismo significado que un momento histórico: una pareja flota por encima de Colonia, desgarrada por la guerra; camino de una fiesta de cumpleaños, un padre se agacha para atar el cordón del zapato de su hija bajo una lluvia torrencial; unas adolescentes bailan delante de un café; un ejército derrotado marcha hacia un campo de prisioneros. A la vez oda y lamento, SOBRE LO INFINITO ofrece un caleidoscopio de todo lo eternamente humano, una  historia infinita de la vulnerabilidad de la existencia.

Cerrada su trilogía de la vida con Una paloma se posó en una rama para reflexionar sobre la existencia, el poco prolífico Roy Andersson regresa a nuestras pantallas con otra propuesta de título sugerente, Sobre lo infinito. Título que nos habla en dos sentidos, el de sobrevolar el infinito, y el de adentrarnos en un ensayo que busca analizar los significados de la infinitud. Y en Andersson ambas acepciones se dan la mano, como ya se hace explícito en el propio cartel promocional del filme: una pareja vuela abrazada sobre una bella ciudad en ruinas. Una imagen, esta, que resume los objetivos del director, ofrecernos un acercamiento onírico a las múltiples faces azarosas de lo humano. Nos desplazaremos en apenas hora y cuarto por una galería de cuadros que ilustran circunstancias mínimas, pero desde un punto de vista que las convierte en trascendentes, al dotarlas de grandes pinceladas de un existencialismo que mezcla lo fatal y lo dramático con el humor absurdo. La obra del sueco enmienda la plana al realismo, pues nos trae la misma Comedia humana de Balzac (con lo que ello supone), pero plasmada con la paleta del esperpento y la deformación surrealista.

El cine de Andersson no se deja circunscribir a ningún género (ni subgénero), pues se cocina con ingredientes de muchos de ellos, condimentados, además, con un enfoque personal y único. Lo que da unidad y define a su trabajo, es su propio estilo como autor. Su cine huye de la narración, pues para él trabajar desde lo narrativo implica someterse a una fórmula, y lo formulario se vuelve predecible limitando, así, la creatividad del artista. La forma es ya en sí misma fondo, puesto que ella es la que permite aprehender la intención y el contenido significativo de un relato que hace del fragmento sinécdoque del todo. El séptimo arte se aproxima, en manos de nuestro director, al noveno, pues siempre trabaja los contenidos de sus historias mediante la yuxtaposición de viñetas, con pleno sentido cada una de ellas, además.

Andersson construye sus películas con el concurso de largas tomas en plano fijo en las que la profundidad de campo aporta sentido a lo referido, la disposición de la escena dentro del encuadre es parte del relato. En sus composiciones, los figurantes, casi inmóviles, son contextuales, pero indisociables del texto. Su presencia condiciona la trama del sketch y le da las necesarias claves interpretativas al espectador, al cual se le exige participar activamente. En efecto, el uso exclusivo del plano general determina la construcción de la imagen, pues, en ausencia de montaje, será la meticulosa composición la que habrá de dirigir la mirada hacia lo relevante, pero también exige la connivencia del esfuerzo del que mira. El espectador ha de hacer las veces de editor. El cine de Andersson es un cine inteligente que no toma al público por necio, no subraya nunca, solo se cifra con los estrictos sintagmas del lenguaje visual. Esa es la condición de su excelencia y, también, de su dificultad. Nunca estará mejor usado el lugar común del “no es para todos los públicos” que ante el trabajo de este autor cuyas películas están en las antípodas de toda cinta mainstream. Si se acepta el juego, la fruición es mucha, si no, esta exposición del extrañamiento resultará impenetrable.

Lo extraño es el pentagrama sobre el que se escribe todo su discurso. La meta de Andersson es escupir a la clase dominante, por eso su cine se requiere provocador. Lo logra con su puesta en escena, de la que no es parte menor su peculiar tratamiento de lo cromático. Seña de identidad es ese color degradado que convierte toda tonalidad en su versión pastel, un cromatismo que se refuerza además con un peculiar registro de la luminosidad. Nuestro creador trabaja con una iluminación, un punto sobreexpuesta, que no proyecta sombras, la luz ideal para el retrato aplicada aquí a la crónica. La ausencia de contraste aporta a la imagen un lirismo que matiza el discurso, que lo hace sobreponerse del pesimismo en el que incurriría si no fuese por esa pátina poética, sumada a un humor que resalta lo grotesco para abrirle un resquicio a la esperanza.

Después de hacerse valedor del León de Oro de la Mostra de Venecia con su anterior película, regresa cinco años más tarde con una cinta todavía más extrema en sus recursos. Sobre lo infinito no mantiene un hilo conductor entre sus piezas aunque a veces se encabalgue una con otra y a pesar de que algunos de sus fragmentos tengan continuidad. Influido por su relectura de Las mil y una noches, Andersson quiso escribir su propia recopilación de cuentos, por eso introduce un elemento que hasta ahora no había aparecido en su trabajo, la voz en off. Pero no piensen en un narrador machacón que sobrevuela todo el texto fílmico, aquí la voz de su particular Scheherazade salpica, aquí y allá, algunos apuntes sobre los motivos filmados. Casi al azar. Porque nuevamente la fatalidad de la existencia está en el punto de mira, con toda su carga, en este conjunto más onírico que nunca. En Sobre lo infinito hay espacio, pese a su corta duración, para reflexionar sobre la guerra desde una perspectiva antibelicista, sobre el arrepentimiento y la vergüenza que hemos de cargar como especie, de ironizar sobre el nazismo y sobre la pareja, sobre la amistad y la envidia, sobre ese tema tan bergmaniano que es la pérdida de la fe por parte de quien tiene que difundirla…  Espacio para sacudir conciencias a golpe de fundido en negro. Con respeto y fidelidad, Andersson hace desfilar ante nuestros ojos una cohorte de humanos extraños y extrañados en los que podemos ver nuestro propio reflejo. Nos hace esbozar sonrisas que no son dulces (ni tampoco amargas) y nos hace volar, como esa pareja abrazada del cartel, sobre nuestra condición finita en el marco de lo infinito. La metafísica y el absurdo se dan de nuevo la mano en un filme que asesta certeros golpes a nuestras creencias.

Estamos ante una nueva descarga de escepticismo que, sin embargo, no nos electrocuta, al contrario, nos despierta del dogmatismo para abrirnos a la esperanza de regeneración. Al servicio del humanismo, el cine de Andersson es arte que redime.

 

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