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Norman Bates cumple años: cincuenta aniversario de Psicosis

Han pasado ya cincuenta años desde la primera vez en que Norman Bates asesinó a Marion Crane en la bañera de una sala de cine.

No asistí a ese estreno, pero sí a una de sus reposiciones en los 70, tendría yo unos nueve años y mi recuerdo más vivo en relación a ese primer visionado es cómo me maravilló la duración exacta del plano en que Vera Miles daba vuelta al balancín para descubrir la momia de la madre.  Duración perfectamente calculada para provocar el impacto en aquellos que, como yo entonces, la ven por primera vez (eso me llamó la atención en vez de asustarme, Serendipia ya apuntaba maneras desde la infancia). Y es que la planificación de Psicosis es una filigrana calculada al milímetro.

Hablar de la planificación como mecanismo de suspense en Psicosis obliga a hablar de la secuencia de la ducha y sus violines asesinos. Siete días de rodaje, setenta posiciones de cámara, y todo para cuarenta y cinco segundos de película. Hitchcock rechazó el torso artificial que habían fabricado y prefirió usar una modelo de desnudo para rodar un asesinato brutal sin que el cuchillo, evidentemente, llegue a rozar el cuerpo de la muchacha.  Todo es una ilusión del montaje.  Efecto de ilusionista es también el segundo asesinato, el asesinato del investigador Arbogast.  Cuenta Hitchcock en su entrevista con Truffaut que Saul Bass realizó los dibujos para esa secuencia y que llegó a rodarse con ese plan, pero, tras ver los resultados, se dio cuenta de que así no funcionaba: esa subida de la escalera, la ideada por Bass, transmitía la impresión de culpabilidad, parecía que Arbogast fuera un asesino y lo deseado era justo lo contrario.  Hitchcock se sirvió de una sola toma del investigador y cuando este sube el último peldaño eleva la cámara para poder filmar a la madre en vertical y así no darle al espectador la impresión de que se ocultaba deliberadamente su rostro; Hitchcock quiere que el público siga apiadándose de Norman Bates haciéndoles creer en su subyugación a una madre piscópata.  Después, para la caída del detective ya muerto, acudió a otro truco de prestidigitador: en primer lugar rodó con la Dolly el descenso por la escalera sin el personaje; después, en una silla especialmente construida para la ocasión, rodó a Arbogast sobre la transparencia del descenso de la escalera, al actor le bastaba con mover los brazos mientras se movía la silla.

Hitchcock en Psicosis hace magia para dotarla de realismo, por eso la consideraba una película para los cineastas, porque actúa sobre el espectador con los recursos más técnicos del cine. El argumento poco le importaba, poco le importaban los personajes, lo que pretendía era demostrar que los segmentos del lenguaje audiovisual (banda sonora, fotografía, planificación, movimientos de cámara, etc. ) bastaban para hacer gritar al público.  Una auténtica obra de cine en estado puro.

Es por esta condición, la de no explicar nada con elementos extracinematográficos, que es criticada la última secuencia.  Ese epílogo, con la voz en off de la madre sobre un Norman Bates sentado delante de un fondo neutro, mastica una conclusión que al espectador ya se le ha narrado.  Sin embargo, yo sigo mirando esos planos finales, la mosca paseándose sobre el cuerpo de Norman y su monólogo, con cariño, porque, aunque entiendo las críticas, sigo recordando mi emoción infantil ante ese discurso que  ahonda en la locura del personaje.  Y es que, aunque afirmara no haberse preocupado por la construcción de los personajes, estos tienen plena entidad en la película.  Puede, y no es una afirmación, que no se haya profundizado en su perfil más psicológico, en la evolución de sus emociones, pero Hitchcock nos ofrece auténticos arquetipos universales.  Igual que Camus en sus novelas, Hitchcock ha ido más allá del relato para crear un mito que penetra en la esencia de la locura.  En un crescendo pasa por todas los grados de la obnubilación de la mente: desde el transtorno más pasajero de la angustia ante una situación que oprime y no hace dudar de la ejecución del delito y la posterior tensión de la culpa en el caso de Marion, a la obsesión por el dominio y manipulación de los demás en la madre, hasta llegar a la piscopatía de Norman.

Hitchcock nos lleva a recorrer el paisaje de la turbación mental de la escisión entre lo racional y lo perverso, pero pese a todo su cálculo en la planificación no lo habría conseguido sin las magistrales notas de Herrman; escuchar ese score a oscuras y cerrando los ojos nos provoca el desasosiego de perdernos en los recovecos del delirio.

Psicosis es uno de los mejores ejemplos para demostrar que la banda sonora no es algo accesorio sino que se imbrinca en la imagen dotándola de plenitud narrativa. Basta con ver la secuencia de la huida de Marion en coche bajo la lluvia, que es un auténtico segmento de cine mudo, primero sin la música de Herrmann y después  con sus notas pautando la acción, para comprobar que es la música la que nos introduce en el estado mental de la joven, permitiendo así la identificación con ella, y la que nos cautiva e inmerge en la trama y su suspense.

Cincuenta años después Psicosis sigue siendo rabiosamente moderna e inalcanzable, no sólo por sus secuelas, sino también por ese experimento de Gust Van Sant de repetir su rodaje plano a plano.  La mano del artista es la que da grandeza a la obra y Hitchcock realizó auténticas películas de autor sin necesidad de abrumar a los espectadores con obras crípticas y sin renunciar al género que además revoluciona con Psicosis haciendo nacer el terror moderno.  Su obra nunca dejará de ser una lección de cine con mayúsculas ni dejará de arrobar a todos aquellos que disfruten de sus películas por primera vez.

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