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Hellboy, una reflexión sobre las esencias de lo humano
HELLBOY (Guillermo del Toro, )
USA. Guión: Guillermo del Toro y Peter Briggs basados en las historias de Mike Mignola. Música: Marco Beltrami.
Reparto: Ron Perlman, John Hurt, Selma Blair, Rupert Evans, Karel Roden, Jeffrey Tambor, Doug Jones, Brian Steele, Ladislay Beran, Biddy Hobson, Corey Johnson, Kevin Trainor, Brian Caspe, James Babson.
Hace unos días Fernando Trueba era noticia, y no por su cine, sino por sus poco afortunadas opiniones sobre el mundo del cine de acción y de superhéroes. Trueba los califica de imbecilidad, que es tanto como calificarlos de producto para necios y alelados. Su comentario deja a las claras, no la debilidad de ese cine al que se refiere (ni la necedad de sus aficionados), sino de su propio desconocimiento de todo lo que supone el mundo de los superhéroes. Esa literatura es en verdad la transposición de los mitemas clásicos a la cultura pop y, igual que los mitos, sirven como vehículo metafórico de grandes temas atemporales. Vamos a ejemplificarlo con Hellboy llevado al cine por Guillermo del Toro en 2004.
Empecemos con el argumento: finales de la segunda Guerra mundial, las fuerzas ocultistas nazis (Sociedad Thule) llevan a cabo el experimento Ragnarök (fin del mundo nórdico), invocación del mal que lleva a cabo el mismísimo Rasputín. Fruto del experimento nace una pequeña criatura roja, con cuernos, cola y una mano de piedra , criatura que fue rescatada por los soldados aliados y educada por los estadounidenses. Ingresó posteriormente en la Unidad de Defensa e Investigación Paranormal (en inglés B.P.R.D.). Héroe solitario, Hellboy (la criatura), se tendrá que enfrentar a su propia naturaleza y decidir entre el bien y el mal.
En 1994 nacía Hellboy de la mano de Mike Mignola presentado en una secuencia de cómics mini-serie publicada por Dark Horse Comics. Un superhéroe solitario en cuya construcción se notan las influencias de diversas mitologías, desde la nórdica a la ideada por Lovecraft. Diez años más tarde Guillermo del Toro lo llevaba al cine, haciendo suya la imagenería del cómic. Del Toro recrea el universo de Hellboy con su propia visión de lo gótico y nos ofrece una película vibrante de bella factura en la que la tensión dramática va en aumento hasta el brillante duelo final con un monstruo infernal claramente inspirado en los relatos lovecraftianos.
Si los episodios de enfrentamiento con los villanos se secuencian adecuadamente y mantienen al espectador aferrado a su cubo de palomitas (cosa que no impide descubrir a Santiago Segura haciendo un cameo), no están menos perfilados los resortes más profundos de la trama. Hellboy nos recuerda a héroes como Harry Callahan, independientes e irónicos, quienes, sin embargo, bajo su corteza de hombres duros esconden una fuente inagotable de ternura. Hellboy está enamorado de su compañera del B.P.R.D. Liz Sherman, piroquinética con habilidad de explotar en fuego, aunque no encuentra la manera de hacérselo saber; y a la vez profesa un intenso afecto filial por el Profesor Bruttenholm , su “padre” adoptivo. Otros se quedarán con las secuencias en las que los efectos especiales se despliegan magistralmente, pero nosotros queremos destacar las dos escenas en las que se nos muestra el aspecto más humano de Hellboy. La primera una ronda nocturna en la que Hellboy espía a Liz desde la azotea de un edificio en compañía de un niño, tanto del Toro como Ron Perlman son capaces de mostrar el lado melancólico del héroe. Melancolía que llenará la pantalla de lluvia (¿cuántas veces la lluvia ha sido metáfora del llanto en el cine?) en la escena del entierro del “padre”, con un plano cenital sobre los paraguas abiertos que nos funde a la subjetividad de Hellboy siendo uno de los momentos más brillantes del film.
Y es que antes de Nolan ya se había penetrado en los aspectos más profundos de los superhéroes de cómic. El Hellboy de del Toro ofrece al espectador una reflexión sobre las esencias de lo humano. Lo que nos define no es nuestra procedencia, ni las peculiaridades que pueden hacernos resultar extravagantes a ojos de los demás, nuestro ser más íntimo viene definido por nuestra capacidad de tomar decisiones: sea cuál sea nuestro origen siempre tenemos la opción de elegir entre el bien y el mal con todo el dramatismo que ello conlleva. Ese es el destino de y la enseñanza que nos deja Hellboy.
El Buque Maldito programa Último deseo de León Klimovsky en el Centro Garcilaso.
El Buque Maldito nos ofrece una rareza del cine fantástico español, Último deseo (1976) de León Klimovsky, que contará con la presencia de dos de sus protagonistas, Teresa Gimpera y Antonio Mayans.
Rodada justo antes de que Paul Naschy se pasara a la dirección y tras su prolongada estancia en Profilmes, es una de las pocas películas de ciencia ficción que se han hecho por estos lares. Con el título de rodaje de Planeta ciego, que deja más claras las cosas, mezcla elementos de La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968 George A. Romero) y las novelas El día de los trífidos, de John Wyndham y Soy Leyenda de Matheson . Todo un cóctel que nos ofrece una atípica película protagonizada por destacadas figuras del cine de la época.
Dirigida por León Klimovsky y con guión de Vicente Aranda, Joaquim Jordà y Gabriel Moreno Burgos, basado en una historia del último, cuenta entre sus protagonistas, además de Naschy con Maria Perschy, Teresa Gimpera, Nadiuska (cuya imagen se adueño de la campaña promocional), Julia Saly, Alberto de Mendoza, Antonio Mayans y Ricardo Palacios, entre otros.
Todo ello el sábado 6 de abril a las 18 h. en el Centro Garcilaso (C/. Garcilaso, nº103, Barcelona)
Mamá: nueva vuelta de tuerca

Mamá, el largo, es un relato sobre las dimensiones del pánico y, como antes hizo Henry James, presenta una nueva vuelta de tuerca al tomar como protagonistas a dos niñas. Victoria y Lilly son secuestradas por su padre homicida en una oleada de terror colectivo, cuando el padre muere por causas extrañas las dos niñas quedan abandonadas en una cabaña perdida en el bosque, estarán allí durante cinco años cuando las rescaten se descubrirá que han sobrevivido gracias a su imaginación. Son encontradas gracias a la contumacia de su tío paterno que acabará adoptándolas gracias a un programa psiquiátrico destinado a estudiar fenómenos como los de niños salvajes. En ese marco se presenta la extraña comparecencia que las lleva a huir. Así el argumento del corto se convierte en motivo del largo.
El retrato del que Bela Lugosi nunca se desprendió
Géza Kende nació en Budapest, Hungría en 1889. Estudió en la Academia de Arte de Budapest y posteriormente en Italia y Francia. En 1932 se trasladó a Los Ángeles donde se instaló. Allí recibió el mismo año de su llegada un encargo de su famoso paisano Bela Lugosi: pintar su retrato.
Este monumental retrato, que el mismo actor llegó a firmar y dedicar con una ilegible inscripción en la parte trasera del óleo, formó parte siempre del equipaje de Lugosi en sus traslados. Siempre se mantuvo en su poder, ya fuera en el cenit de su fama como en los peores momentos, siendo testigo mudo del momento en el que retiraron el cadáver del actor de su última residencia.
La pintura muestra a Lugosi en el momento de mayor gloria: elegante, pulcro y seguro de sí mismo. También es destacable el detalle de sus largos dedos, protagonistas fundamentales de sus interpretaciones más conocidas en films como Drácula o White Zombie.
Géza Kende realizó otros trabajos, como retratos de Paulette Goddard para el film La Bribona (Kitty, 1945 Mitchell Leisen) y de otras personalidades, así como numerosos desnudos. Pero sin duda el retrato de Lugosi es la pieza más cotizada que realizó nunca.
En 2004 Heritage Auctions subastó el cuadro, que pasó a formar parte de la colección de Kirk Hammett, guitarrista de Metallica y ferviente admirador del cine de terror.
Géza Kende murió en Hollywood en septiembre de 1952. Lugosi le sobrevivió cuatro años.
El retrato se mantiene en perfectas condiciones, con su marco original y en buenas manos.
Dos interesantes lecturas: de la Universal a Profilmes
MONSTRUOS ELÉCTRICOS (Lluis Rueda y Pau Roig 2012, Arkadín Ediciones)
Editado antes de forma digital y presentado en ese formato durante el Festival de Sitges 2011, ahora tenemos ocasión de adquirir en papel y en todo su esplendor el magnífico libro Monstruos eléctricos, un análisis pormenorizado de la producción fantástica y terrorífica de los estudios Universal. Cierto es que se han publicado ya varias obras sobre el tema en nuestro país, alguna de gran categoría, pero la mayoria de ellas se han centrado más en los actores y el anecdotario. Monstruos eléctricos se decanta por el análisis de todos esos films y lo hace distribuyéndolos en varios apartados: El horror gótico (Jorobado de Notre Dame, Fantasma de la Ópera, El legado tenebroso, El hombre que ríe, Drácula y sus hijos, La momia y sus secuelas, El caserón de las sombras, Los crímenes de la calle Morgue, Satanás, El cuervo, hombres lobo, Night Monster y The Mad Ghoul). Ciencia ficción (Frankenstein y sus secuelas, El poder invisible, El hombre que fabricaba monstruos, El hombre invisible, La trilogía de la mujer simio, Flash Gordon y Phantom Creeps). Ideario pulp y cine criminal (La torre de Londres, Black Friday, Fantasma de la Ópera, Misterio en la Ópera, Cóctel de monstruos e Inner Sanctum). Y finalmente y como epílogo un repaso al universo fantástico de Jack Arnold. Todo ello profusamente ilustrado con una magnífica selección de fotos y carteles.
Los autores nos ofrecen su visión sobre todo ese legado, un punto de vista totalmente personal y valiente. Rebajando de cierta épica algunos filmes y revalorizando y desvelando valores de otros que siguen viéndose como secundarios a pesar de tener una calidad mucho más alta. Al estar escrito a dos manos, hay puntos en los que no hay total coincidencia de parecer, aunque en uno hay total unanimidad: su animadversión a la pareja cómica Abbott y Costello y a la película que interpretaron junto a la plantilla terrorífica de Universal, Contra los fantasmas. Profundizan también en algunos films poco tratados en otras obras, como los seriales o la saga Inner Sanctum. También es un acierto el incluir en este completo inventario los films de Jack Arnold y Cult of the Cobra. Todo ello en 344 apretadas páginas editadas por Arkadin Ediciones que pueden (y deben) conseguir aquí.
LA DÉCADA DE ORO DEL CINE DE TERROR ESPAÑOL. 1967-1976 (Javier Pulido 2012, T&B Editores)
Quizás este título no sea el más correcto para una obra en la que la gran protagonista es la productora barcelonesa Profilmes y su serie de títulos dedicados al cine de terror. Pero el autor no se queda ahí, ya que completa el libro ofreciéndonos un repaso a lo que ha dado de sí el cine fantástico español desde sus orígenes hasta llegar, precisamente a la era Profilmes. Es en ese momento en el que pasa a detallar la historia de la productora, así como a realizar un análisis de todos sus films terroríficos en el contexto que vivía el país. Algunos más acertados que otros, no deja de ser interesante el que el autor haya querido encontrar similitudes entre los argumentos y personajes de esas películas y la convulsa situación que vivía España en aquella época. Repleto de interesantes datos y cifras, el autor también ha tenido acceso a los guiones originales de algunos de estos títulos, así como a notas de censura y declaraciones de los principales implicados, tratando también otras producciones Profilmes no adscritas al terror, como las de género aventurero, documental y político.
Agradable de leer, se le disculpan ciertos mínimos errores posiblemente achacables al descuido, en una obra que pasa a ser otra interesante pieza en la bibliografía dedicada al tan criticado y denostado Fantaterror español que pueden conseguir en su librería de cabecera o aquí.
Sitges 2012: el fin de una era, Cosmópolis
Quien tiene la información, tiene el control, ese fue uno de los descubrimientos más importantes de la matemática del siglo XX, ahora en plena era de la información es más cierto que nunca. Pero también es un valor sutil que va de la mano de la entropía. La Entropía puede ser considerada como una medida de la incertidumbre y de la información necesarias para, en cualquier proceso, poder acotar, reducir o eliminar esa incertidumbre. Los mensajes menos probables son los que más información aportan, y eso es lo que anhelamos, pero en ellos va el riesgo del desorden de la incomprensión y el colapso, esto es del desorden, del descontrol. Y ahí mismo estamos ahora en nuestra época de crisis sistémica. Si una obra de arte lograra explicitarlo como imagen, como símbolo, esa sería la obra de arte que expresara el espíritu de nuestro tiempo (el zeitgeist) y eso es precisamente lo que ha conseguido Cronemberg en Cosmópolis de la mano de la novela de Don DeLillo. Podría decirse sin exagerar (o así nos lo parece) que la última cinta del canadiense es la primera que logra hablar del S. XXI.
Un repaso a la saga Halloween
El amigo José Mellinas ha tenido a bien repasarse toda la saga de Halloween para ofrecernos este grandioso artículo que nunca podremos agradecerle lo bastante, aunque lo intentaremos mediante algunas cervezas y liándolo para que siga contribuyendo cuando quiera con más colaboraciones. Eso si no ha terminado definitivamente demente tras tal sobredosis de degollinas de Michael Myers. Enchufen pues la ya inmortal banda sonora del film inaugural y adéntrense en el universo Halloween…
«Hace ya quince años, dijeron que estaba vacío, sin razonamiento ni conciencia, ni el más rudimentario sentido de la vida o de la muerte, del bien o del mal, de lo correcto o lo incorrecto. Llegué a conocer a aquel niño de seis años con aquella cara pálida, sin expresión ni emoción, y unos ojos negrísimos… Los ojos del diablo. Tardé ocho años en intentar llegar hasta él y luego otros siete intentando conseguir que siguiera encerrado después de ver que lo que había en esos ojos era sencilla y puramente el mal» (Dr.Loomis, 1978).
En lo que se refiere a la terrorífica fiesta de Halloween, de la magia del truco o trato, el género del terror tiene un amo y señor indiscutible: Michael Myers. La saga está a punto de cumplir 35 años y goza de una excelente salud, alimentada por el cariño de los fans de todo el mundo. Os ofrecemos un amplio vistazo a una franquicia que empezó de manera muy modesta.
Los buenos resultados de Asalto en la comisaría del distito 13 (Assault on Precinct 13, 1976) dieron a su joven director, John Carpenter, la oportunidad de labrarse un futuro prometedor dentro de la industria del cine. Los productores de cine independiente Irwin Yablans y Moustapha Akkad fijaron sus ojos en él para dirigir un proyecto al que le habían dado vueltas, y que pretendía revolucionar el género del terror. La alianza entre los tres (reforzada en gran parte por la novia de John, Debra Hill) derivó en el guión de The Babysitter Murders (Los asesinatos de las canguros), un slasher en el que un asesino psicópata acechaba adolescentes. Al poco tiempo, se decidió situar la acción en la noche de Halloween y contar con un título más simple, que es el que todos conocemos.
Con un limitado presupuesto de 300,000 dólares, Carpenter se alió con sus colegas y habituales para afrontar el duro rodaje del film, encargándose él mismo de la música (¡menuda banda sonora!). Para el papel principal, el del doctor Sam Loomis, intentó persuadir a actores de la talla de Peter Cushing o Christopher Lee sin éxito alguno. Tras la rotunda negativa, el realizador recurrió a Donald Pleasence, un actor veterano con más de treinta años de experiencia y conocido por su villano Blofeld de Sólo se vive dos veces (You Only Live Twice, 1967). El actor británico se unió al reparto del film al mismo tiempo que irrumpía en él una jovencita Jamie Lee Curtis, hija de Janet Leigh (Psicosis) y Tony Curtis (El estrangulador de Boston), en el papel de Laurie Strode.
Crucial fue el cuidado que se le otorgó al antagonista por excelencia de la película: Michael Myers, conocido como «The Shape» o «La forma» en los créditos finales. Para lograr el aspecto fantasmagórico de su máscara tal y como describía el guión, se modificó una máscara infantil de William Shatner, el mítico Capitán Kirk de Star Trek. Y para interpretarlo, fueron necesarios tres actores: Will Sandin en su niñez, Tony Moran cuando es desenmascarado y Nick Castle en la gran mayoría de escenas de acción. Añadir también que los mismísimos John Carpenter, Debra Hill y Tommy Lee Wallace (director de arte, amigo de Carpenter y pieza clave de la saga) también se pusieron la careta para algunos planos importantes de la película.
La noche de Halloween se estrenó en 1978, con un discreto pero eficiente éxito de crítica y taquilla, alimentada por el boca a boca del público americano. Con el tiempo, la película ha ganado un merecido status de culto y dio el pistoletazo de salida a multitud de imitaciones durante los años posteriores (Viernes 13 en 1980, por poner un ejemplo). Justo es decir que la película de Carpenter bebe de las obras de Dario Argento, Mario Bava o Lucio Fulci, pero a su director no le tembló el pulso a la hora de marcar su propio estilo y sentido.
La repercusión del original, con esos más de 55 millones de dólares recaudados y el final abierto que nos sorprendía tanto como al propio Sam Loomis, llevó a los productores a empujar a sus creadores a un terreno en el cual la pareja no mostraba interés por moverse: una secuela. John Carpenter y Debra Hill se pusieron entonces manos a la obra con el guión.
Cuando a Carpenter le preguntaron si iba a dirigirla, respondió que ya había rodado la película que quería. Propuso enseguida el nombre de Tommy Lee Wallace, pero éste rechazó tajantemente y finalmente fue el debutante Rick Rosenthal quien se hizo cargo de Halloween II (bautizada en España como ¡Sanguinario!) en 1981. Para servidor, la mejor secuela de todas y una continuación dignísima.
Esta nueva aventura contó con un apoyo mucho más grande: presupuesto mayor (más de dos millones de dólares), mejor distribución y muchas más facilidades a la hora de rodar. Parte del primer equipo decidió repetir, así como el casting principal: Jamie Lee Curtis (toda una Scream Queen), Donald Pleaseance, Charles Cyphers y Nancy Kyes. Se habló incluso de rodarla en tres dimensiones, pero la idea se descartó casi al instante.
Esta segunda parte arranca justo allá donde lo dejó La noche de Halloween: Michael Myers (Dick Warlock) se ha levantado tras recibir seis disparos; el doctor Loomis sigue buscando exhaustivamente a su paciente y Laurie Strode ha sido ingresada en el Haddonfield Memorial Hospital. Este escenario terminará convirtiéndose en el patio de recreo del psicópata nocturno. Y mientras las muertes suceden y la tensión asfixia, Halloween II revela un nuevo e impactante dato a la mitología de la serie: Laurie y Michael son hermanos de sangre, separados tras el asesinato de Judith en los sesenta. Barato o no, cierto es que el truco argumental afectó a los capítulos posteriores de manera más o menos sutil.
El montaje inicial del film no contentó a la Universal. Para el estudio daba tanto miedo como un episodio de Quincy. El director les recordó que lo importante era respetar el suspense y la sutileza del original, y que el metraje no necesitaba corrección. Pero a pesar de la insistencia de Rosenthal, a John Carpenter se le dio la orden de rodar durante tres días nuevas escenas llenas de sangre y muertes truculentas: Halloween II debía ser vendida como una película violenta, gore. Rosenthal todavía piensa que el maestro del horror «arruinó la película, que tenía un ritmo perfecto«.
Más allá de estos problemas, la película funcionó, gustó e hizo más de 25 millones de dólares.
Al final de Halloween II (1981), el doctor Loomis se sacrificaba poniendo punto final a las fechorías de Michael Myers, pasto de las llamas. La única superviviente, Laurie Strode, era socorrida y puesta a salvo al ritmo de Mr.Sandman de The Chordettes. Y entonces, créditos finales. Blanco y en botella. Para John Carpenter y Debra Hill, éste era el final definitivo de los personajes que habían creado años atrás… Pero no necesariamente de la serie.
La idea de una nueva secuela se antojó fugaz a los productores -Yablans y Akkad, esta vez acompañados del entrañable Dino DeLaurentiis-, pero se decidió prescindir de la historia de Michael Myers a favor de algo nuevo y fresco. El tercer episodio de la franquicia iba a ser el primero de un curioso experimento cinematográfico: al más puro estilo La dimensión desconocida, Carpenter y Hill apadrinarían cada año una película fantástica ambientada en la víspera de Halloween. Historias diferentes, con nuevos personajes, que permitirían utilizar infinidad de ideas con la máxima libertad creativa. A grandes rasgos, asi nació Halloween III: El día de la bruja (Halloween III: Season of the Witch, 1982).
Joe Dante fue elegido como director de la cinta, y éste decidió contar con Nigel Kneale (el creador de la mítica saga Quatermass) como guionista. En el proceso de preproducción, los diálogos de la historia sufrieron algunos cambios a petición de DeLaurentiis y el nivel de gore subió drásticamente, por lo que un enfurecido Kneale exigió su nombre fuera de los créditos finales. Por si fuera poco, Dante se apartó del proyecto y fue sustituido por Tommy Lee Wallace.
La historia nos situa en la pequeña localización de Santa Mira, todo un cariñoso guiño a La invasión de los ladrones de cuerpos. Allí, un magnate loco conocido como Cochran (Dan O´Herlihy) planea la muerte en masa de miles de niños la noche de Todos los Santos, utilizando las máscaras infantiles que vende su empresa. Éstas están provistas de chips que se activarán en el momento justo en el que aparezca en televisión el anuncio de Silver Shamrock. El doctor Dan Challis (Tom Atkins) y la joven Ellie (Stacey Nelkin) deben evitar que Cochran se salga con la suya.
Halloween III: El día de la bruja, a pesar de ser una muy buena película, fue abucheada por apartarse de la mitología de los dos primeros Halloween. Y la taquilla no ayudó en absoluto: se la pegó fuerte. Como dijo Debra Hill en su día, era una entrega de invasión, no de cuchillo, y el público no terminó de conectar del todo con su terror gótico. Aún así, tiene sus seguidores, que no son pocos.
A todo esto, ¿ha habido alguien capaz de sacarse la melodía del anuncio de Silver Shamrock de la cabeza? ¡Faltan ocho días para Halloween, Halloween, Halloween!
La tercera parte de Halloween dio más disgustos que alegrías al productor Moustapha Akkad, que no dudó en vender los derechos de la franqucia a la productora Trancas International. El cambio de rumbo de la saga se convirtió en una arriesgada apuesta al todo o nada que lamentablemente no acabó bien, y para redimir el error y ganar de paso unos cuantos dólares, Akkad lo tenía claro: Michael Myers tenía que volver de ultratumba. La decisión no fue instantánea y hubo un parón de seis años, momento en el que la competencia se disparó. Amén de los infinitos slashers que iban apareciendo, los otros dos grandes iconos del terror de los ochenta, Jason Voorhees y Freddy Krueger, jugaban sus cartas con la séptima Viernes 13 y la cuarta Pesadilla en Elm Street respectivamente.
Halloween IV: El regreso de Michael Myers (Halloween 4: The Return of Michael Myers, 1988), que fue dirigida por el debutante Dwight H. Little, contó en un principio con un interesante tratamiento de guión escrito por John Carpenter y Dennis Etchinson. Ambos artistas dieron con la trama más adulta y madura de la serie, con Michael Myers y la festividad de Todos los Santos convertidos en temas tabús dentro del pueblecito de Haddonfield. Cuando la fecha del 31 de Octubre se acerca, el miedo y la angustia aumentan, y eso es precisamente lo que revive a la leyenda de Myers. Pero esta «historia de fantasmas» no gustó a Akkad, que lo tachó de «demasiado cerebral«. El productor demandaba un slasher simple, sin complicaciones. A partir de ese punto, cuando se rechazó su propuesta, Carpenter se alejó para siempre de la franquicia.
El guionista Alan B. McElroy dio con lo que quería Akkad: una auténtica secuela que se situaba diez años después de Halloween II, recuperando al asesino de la máscara blanca y a su Van Helsing particular, el doctor Sam Loomis (Donald Pleaseance de nuevo). Jamie Lee Curtis, que por aquella época se hacía hueco en Hollywood, rechazó volver, y para paliar su ausencia, McElroy «mató» al personaje en un accidente de tráfico e introdujo a su hija de siete años de edad, Jamie Lloyd (Danielle Harris). En esta ocasión, el especialista George P.Wilbur se puso la (nueva) máscara de goma y cogió el cuchillo de cocina.
Halloween IV volvió a los orígenes de la saga, algo que contentó mucho a los fans y que se vio reflejado en la recaudación, una de las mejores de la vida de Michael Myers.
Justo cuando Halloween IV: El regreso de Michael Myers llegaba a los cines en 1988, el productor Moustapha Akkad ya tenía su mente centrada en un quinto episodio, que quería tener listo para el año siguiente. El inesperado giro argumental en los minutos finales de la película de H. Little trazó el camino a seguir, y Shem Bitterman fue contratado para escribir una primera versión del guión de Halloween V: La venganza de Michael Myers (Halloween 5: The Revenge of Michael Myers, 1989). En él, Jamie Lloyd se había convertido en una asesina y Michael Myers continuaba su intento por matarla. La idea fue rechazada (disgusto de Donald Pleaseance incluído) y Michael Jacobs y el director de la película, Dominique Othenin-Girard, formaron el guión definitivo que llegó a la pantalla. El rodaje empezó el 1 de Mayo de 1989 y la película se estrenaba cinco meses más tarde.
Lástima, porque la idea de Bitterman era más refrescante que el producto final. En Halloween V se decide regresar a la formula que ya funcionó en el anterior film: Jamie escapando una y otra vez de Michael Myers mientras el doctor Loomis le persigue, y los demás personajes entran y salen sin apenas repercusión. Ahora hay un claro compotente fantástico en el ambiente: tío y sobrina están enlazados por un extraño vínculo telekinésico que tendrá más o menos explicación en la secuela posterior, como ese misterioso Hombre de Negro que decide liberar al mal en el último minuto.
Halloween V fue calificada X por el gran nivel de violencia y sangre que fueron añadidos tras el rodaje, por lo que algunas secuencias de muerte fueron editadas para conseguir llegar al nivel R (menores de 17 años acompañados de un adulto). La película es una de las gráficas de la saga y no está exenta de anécdotas, como la eliminación de una secuencia en la que el cuchillo de Michael Myers (Don Shanks) alcanza y traspasa la pierna de la pequeña Jamie Lloyd (Danielle Harris).
Esta cuarta secuela (o tercera, según se mire) se descalabró bien en taquilla, cayendo en picado a la semana de estrenarse. Actualmente, es la Halloween que menos dinero ha dado. Unamos a eso que la crítica no la aceptó.
Parece ser que, a pesar del final abierto, la gente se estaba cansando de Michael Myers más allá de las lágrimas de éste…
En los años 90, Daniel Farrands, fan acérrimo de la saga, escribió una primera versión de Halloween 6, que pretendía enlazar a la perfección la historia de las cinco películas anteriores y al mismo tiempo reinventar la franquicia. A Paul Freeman, el productor de Halloween V, le gustaba mucho el trabajo de Farrands. Al mismo tiempo, Miramax Films se hacía con los derechos de Michael Myers para utilizarlos en el futuro.
Halloween 666, la propuesta de Farrands, daba respuestas al porqué Michael Myers es un sádico criminal. Los aspectos sobrenaturales que se intuían en la quinta película volvían con más fuerza que nunca y presentaban a Michael como una víctima de la maldición de Thorn, una maldición ancestral celta que se activa la noche de Halloween. Por esa razón, empezó a perseguir y a matar a miembros de su familia.
El guión (considerado por Donald Pleaseance como el mejor desde el original) fue reescrito más de once veces, pero no fue el único problema al que se tuvo que enfrentar Halloween: La maldición de Michael Myers (Halloween, The Curse of Michael Myers), finalmente estrenada en 1995. El casting y la dirección sufrieron algunas bajas: Danielle Harris ya no iba a interpretar a Jamie Lloyd por no llegar a un acuerdo económico; no se pudo contactar con Brian Andrews, el Tommy Doyle original, para que lo volviese a encarnar, y el director previsto, Fred Walton, le pasó el proyecto a Joe Chapelle. Durante el rodaje los disgustos no cesaron: Paul Freeman, el productor, no dudaba en eliminar y modificar secuencias a su antojo (incluyendo el propio final) en el set. Miramax, viendo el desastre, pidió a Chapelle rodar escenas adicionales para paliar algunos problemas de narrativa. En ese marco temporal, Pleaseance fallecía a los 76 años de edad (éste es su último doctor Loomis).
Existen dos montajes de esta sexta entrega: el Producer´s Cut y el que se estrenó en cines, el Theatrical Cut. El primero es, para gran mayoría de los fans, infinitamente superior y se centra más en Thorn y en los miembros de la secta que son responsables de la locura de Michael. En el final original, el misterioso Hombre de Negro revelaba su identidad real: Wynn, un personaje que apareció fugazmente en La noche de Halloween. En el plano final del film, Loomis descubría horrorizado que había caído víctima de la maldición.
En la taquilla pasó sin pena ni gloria (Miramax decidió destinar la prioridad de su dinero a Hellraiser: Bloodline) y los críticos de todo el mundo la destrozaron. A día de hoy, incluso el propio Farrands reniega de ella, alegando que no es el Halloween 6 que tenía en mente.
Trivia: ¿sabe el fan más loco y fiel de la saga que Quentin Tarantino estuvo a un paso de formar parte del proyecto?
Con Scream (Wes Craven, 1996) y sus secuelas revitalizando el fuego del slasher adolescente y el veinte aniversario de la saga a la vuelta de la esquina, era de esperar que Michael Myers tuviese de nuevo su momento de gloria tras la irregular última entrega. Fue la misma Jamie Lee Curtis quien creyó oportuno el momento ideal para volver a la noche de Halloween, así que se alió con Kevin Williamson (el guionista y padre de la mencionada Scream) para dar con una historia que estuviese a la altura. Robert Zappia y Matt Greenberg escribieron el guión, con el título Halloween 7: The Revenge of Laurie Strode.
Se optó por reanudar la historia allá donde lo dejó Halloween II e ignorar lo sucedido en las tres películas anteriores, aunque el tratamiento original sí las respetaba e incluía una referencia a la muerte de Jamie Lloyd. John Carpenter declinó la oferta de dirigir esta especie de reencuentro y le dio el relevo a Steve Miner, el responsable de Viernes 13: 2ª parte y Viernes 13: 3ª parte. El resultado fue la estimable Halloween H20: 20 años después (Halloween H20: 20 Years Later), que llegó a las pantallas en 1998.
En esta séptima -o tercera, según se mire- entrega, situada veinte años después de lo acontecido en 1978, volvemos a ver a Laurie Strode (Jamie Lee Curtis), ahora madre de un joven (Josh Harnett, como reclamo teen) y profesora de instituto. Aterrorizada por lo sucedido en el pasado, Strode vive bajo un nombre falso, Keri Tate y se dedica a ahogar sus penas en alcohol. Pero para su -no- sorpresa, Michael Myers (Chris Durand) regresa por todo lo alto y tumba su mundo haciendo lo que mejor sabe: matar.
Hasta 2007, Halloween: H20 fue la más taquillera de la saga. Gracias al resurgimiento del género en la época en la que se estrenó y al empeño de Lee Curtis, la crítica la vio con buenos ojos y se convirtió en todo un hit. Para los fans más puritanos, la historia de Michael Myers termina aquí, con un contundente final que dejó clavado a más de uno en la butaca el día de su estreno.
A veces, hay cosas que son mejor dejarlas tal y como están. Entre ellas estaba la saga que nos ocupa. La séptima película había acabado a lo grande con Michael Myers, pero Miramax quería repetir la jugada de Halloween III: El día de la bruja y presentar una nueva secuela sin el silencioso ejecutor de la máscara neutra. Moustapha Akkad y los fans insistieron en resucitar al personaje, y en el año 2000 se anunció de forma oficial Halloween: The Homecoming. El título cambió más tarde al definitivo: Halloween: Resurrección (Halloween: Resurrection, 2002). Para quien escribe estas líneas, la peor película que ha parido la serie.
Rick Rosenthal, director de la maravillosa Halloween II, se hizo cargo de esta octava entrega tras el rechazo inicial de Whitney Ransick. El reparto se compuso de caras jóvenes y conocidas como las de Bianca Kajlich, Sean Patrick Thomas, Daisy McCrackin o Thomas Ian Nicholas. Mención aparte merece un INSOPORTABLE Busta Rhymes empeñado en tirar abajo los momentos en los que aparece. También tenemos a una fugaz Jamie Lee Curtis, obligada a intervenir por contrato, que regresa para un breve cameo de quince minutos. Brad Loree encarna (como puede y le dejan) a Michael Myers.
La trama no hay por donde cogerla, no tiene razón de ser. Tras un prólogo en el que Laurie Strode no termina del todo bien, nos presentan a unos personajes (los más flojos que hayamos visto) que concursan en una especie de Gran Hermano dentro de la casa de los Myers. Claro está, éste aparece y los mata uno a uno, mientras sus webcams son seguidas por los adolescentes de Haddonfield. Los productores, conscientes del desastre de película que habían visto, pidieron rodar secuencias adicionales, lo que retrasó el estreno previsto en Abril de 2002 a Julio del mismo año.
Poco más que añadir. Los espectadores se sintieron defraudados y en la taquilla la película funcionó de manera irregular. Da pereza hablar de una secuela que no aporta nada y que aparte destruye el buen sabor de boca de Halloween: H20. La explicación que se da del porqué Myers sigue con vida es, cuanto menos, paupérrima y muy cogida por los pelos.
Señor Rosenthal, con lo bien que le había salido el invento en 1981, ¿qué le ocurrió en Resurrección?
«Adelante, pero ante todo que tenga tu estilo» le aconsejó John Carpenter a su amigo Rob Zombie (director de La casa de los mil cadáveres y Los renegados del diablo) cuando éste fue elegido por Dimension para reiniciar Halloween. El anuncio se hizo oficial en 2006, un año después de la trágica muerte del productor Moustapha Akkad en un atentado acontecido en Ammam.
Halloween: El origen (Halloween, 2007) es un remake pero también es una precuela y también un reboot. Básicamente, son como dos películas en una. El primer acto, completamente nuevo, lo protagoniza un Michael Myers niño (Daeg Faerch) que empieza a cortejar con la maldad matando al típico abusón de colegio. Cuando decide acabar con la vida de su hermana y de su novio, asistimos a una recreación de La noche de Halloween tal y como la conocemos, pero Zombie se permite modificar y expandir la historia a su gusto porque al fin y al cabo es SU película. Como bien señaló el crítico Bill Gibron, La noche de Halloween se centraba más en Haddonfield y en sus ciudadanos y en Halloween: El origen, Zombie hace que sentamos empatía por Michael Myers.
Una de las virtudes del film es su respeto al clásico original mientras lo adapta a los tiempos modernos. Los personajes siguen siendo los que Carpenter y Hill idearon en 1978, algunos incluso con más tiempo de pantalla. El tema principal sigue ahí, maravillosamente conducido por Tyler Bates. La máscara de Michael Myers tiene un peso significativo en la historia y éste, interpretado por el gigante Tyler Mane, vuelve a marcar esa presencia amenazante que se perdió en las secuelas. Incluso las localizaciones son las mismas, utilizando el mismo vecindario que fue testigo de los primeros pasos de Michael en los 70.
El recibimiento a la propuesta de Zombie fue algo tibio, pero la taquilla se encargó de subsanar cualquier duda: ésta es la entrega que más dinero ha recaudado. Mala o no, este Halloween: El origen resultó ser un bálsamo de lo más estimulante.
El hijo de Moustapha Akkad, Malek, confirmó en 2008 el deseo de trabajar en una segunda entrega del Halloween: El origen que tanto dinero les había dado. A los franceses Julien Maury y Alexandre Bustillo (Al interior) se les ofreció la posibilidad de dirigir, pero rechazaron. En principio, Rob Zombie no quería dirigir una continuación, pero finalmente llegó a un acuerdo: él se encargaría del guión y de la dirección al completo. Ahora ya no había necesidad de seguir el patrón de las secuelas ni de las notas de John Carpenter. Malek dio a Zombie absoluta libertad creativa para hacer lo que le viniera en gana. Los cimientos de lo que acabaría siendo Halloween 2 (2009) ya estaban en pie.
Homenaje o pura casualidad, en este Halloween 2 encontramos piezas del Halloween II de 1981: un inicio que enlaza con la película anterior, Laurie Strode (Scout Taylor-Compton) siendo llevada al hospital de Haddonfield y la revelación de que se llama en realidad Angel Myers y es hermana del asesino que la persigue. He señalado este «enlace» porque ya no encontraremos nada más de lo que se ofreció en el pasado. El doctor Loomis (Malcolm McDowell) ahora intenta lucrarse de la matanza con un libro que narra lo acontecido un año atrás y Michael Myers (Tyler Mane) es una figura fantasmal que vaga por las calles hasta que una visión de su madre (Sheri Moon Zombie) hace que reactive la búsqueda de su hermana.
Como ocurrió en la sexta película de la saga, Halloween 2 puede verse en dos montajes: el Director´s Cut y el Theatrical Cut. El primero, más oscuro y con muchos más minutos, solo puede verse en USA y se asemeja a la visión original de Zombie. El segundo es el que llegó a los cines y a DVD en España. La diferencia entre ambas versiones radica en el personaje de Laurie Strode y su lucha por intentar olvidar la masacre de Myers el año anterior y en el climax final. A gusto personal, el Director’s Cut es claramente superior.
La crítica, como su predecesora, estuvo dividida: a algunos les encantó el cambio maduro, psicológico y duro que Zombie había imprimido en una saga necesitada de frescura. Otros odiaron su toque personal y lo catalogaron de «basura infecta». Para bien o para mal, lo cierto es que Halloween 2 sabe distanciarse de sus hermanas y ofrecer algo que no dejará indiferente a los espectadores.
De momento, la saga acaba aquí. Pero no es ni mucho menos el final: siguen apareciendo comics, sigue apareciendo merchandasing y Dimension ya trabaja en Halloween 3D. Sí, las tres dimensiones han alcanzado finalmente a Michael Myers. Se desconoce si aprovechará la historia iniciada por Rob Zombie, pero se sabe con seguridad que Patrick Lussier (editor de Halloween: H20) se pondrá detrás de las cámaras. Existe un guión y se dice que es bueno, pero la producción se ha ido directa a estrenarse el año que viene. El tiempo dirá. Porque claro, en Halloween todo el mundo se merece un buen susto de vez en cuando.
José Mellinas
Sitges 2012: Antiviral & Chained dos películas con apellidos ilustres
Fotos: Sitges Film Festival
Brandon Cronemberg respondía en la rueda de prensa en el Festival de Sitges que David Cronemberg no es su padre, ocurrencia que no fue bien recibida por todos. Lo cierto es que en su debut es inevitable encontrarle influencias de su progenitor puesto que Antiviral entronca con la nueva carne en la que tanto ahondó Cronemberg padre. La película nos sitúa en un futuro no muy lejano (e incluso bastante verosímil) en el que las industrias farmacéuticas comercian con virus incubados por los famosos para que sus fans puedan inoculárselos y padecer así los mismos dolores que sus ídolos. Syd Marc (un acertadísimo Caleb Landry Jones), trabaja para una de esas compañías y trafica con virus pirateados, poco a poco se irá complicando y descubrirá toda una red de corrupción.
Impecable en su puesta en escena, retrata espaciosas estancias dominadas por la asepsia del blanco para retratar una sociedad enferma, que se regodea en lo mórbido como negocio. Llama igualmente la atención que no haya escenas de sexo, en verdad el deseo de entrar en comunión con los idealizados famosos se viabiliza igualmente a través de la enfermedad, incubar sus virus es una manera de poseerlos, de hacerlos carne de la propia carne (y por si fuera poco también se comercializan filetes de carne elaborados con las células de los admirados).
Antiviral se alzó con el premio a mejor película concedido por el jurado joven en Sitges, prueba de que se supo reconocer sus méritos. Sin embargo, en la platea se oyeron algunos silbidos empañando los aplausos, se hace extraña esa reacción ante una película que de haber estado firmada por Cronemberg padre habría sido recibida como el gran regreso al fantástico. Parece que algunos no le perdonasen la filiación al body horror quizás precisamente porque lo hace con mucho talento propio y con un ojo crítico muy certero. Ya se sabe, hay tantas opiniones como opinantes y es difícil que haya unanimidad. En cualquier caso, desde esta tribuna animamos a estar pendientes de este director que muestra buenas trazas ya desde este distópico debut.
Tampoco hubo unanimidad en la acogida a Chained, última película de Jennifer Lynch que se hizo con la mención especial del jurado y el premio a la mejor interpretación masculina para Vincent D’onofrio.
Lynch sigue dándonos buenos momentos de cine de género con este relato de uno de esos secuestros prolongados durante años que tanto nos impresionan en las noticias. Por su tono frío y realista nos recordaba en ocasiones la atmósfera de Henry, retrato de un asesino (Henry: Portrait of a Serial Killer, 1986, John McNaughton), aquí el asesino serial adopta al hijo de una de sus víctimas para entrenarlo como esclavo casero y, más tarde, como primogénito de su linaje de perversiones. Una tarde de sábado, Tim (Evan Bird) de ocho años, y su madre Sarah (Julia Ormond), serán escogidos por un demente taxista, Bob (Vincent D’onofrio) a la caza de su próxima víctima. Para su horror, Tim es testigo del asesinato de su madre. Pero no será el último. Bob mantiene a Tim como un esclavo, encerrándolo bajo llave y forzándolo a limpiar y enterrar los cuerpos de las jóvenes mujeres que lleva a casa. Ahora un adolescente, Tim (Eamon Farren) comprende que se le permitirá tener cierta libertad si él se convierte también en un asesino.
“Sentía una fascinación enorme por el personaje de un monstruo humano y de la infancia robada”, ha explicado Lynch. Así lo retrata, el personaje de D’Onofrio tiene mucho de esos ogros de los cuentos infantiles, se alimenta del niño (al que pasa a denominar rabbit) pero no literalmente como en las fábulas sino que se estimula más a sí mismo pervirtiendo a su rehén, eso es lo que hace diferente a Chained. Pueden ser brutales sus asesinatos (aunque Lynch no se regodea en los aspectos más gores) pero su malignidad se manifiesta en su máximo esplendor en su trabajo de anulación del pequeño al que condiciona en toda su voluntad. Y la cámara de Lynch se muestra precisa en su planificación, los detalles justos para hacer comprender al espectador la intensidad dramática de lo que nos plantea la película. Se le critica que haya sucumbido a la tentación de haberle buscado una explicación biográfica y psicológica al origen de la psicopatía de nuestro asesino, es cierto que le resta crudeza pero se entiende como intención de mostrar al monstruo humano en toda la polisemia del término. Igualmente se le critica el último giro que viene a explicar el secuestro, pero, sea más o menos forzado ese final, no empaña a un film crudo como pocos se tuvo ocasión de ver en Sitges.
Y no lo empaña porque el segmento central tiene la suficiente fuerza como para hacerse perdonar ese supuesto declive en el epílogo. Ahí es donde brilla, además, el buen hacer de D’onofrio, quien borda ese ser depredador por el que sentimos asco, miedo y pena. Muy merecido el premio a su actuación contenida a la par que espléndida. En suma, una pequeña gran obra la que nos ofrece Jennyfer Lynch, en ella brilla con luz propia lo que ya es un logro cuando el apellido pesa como un constante juego de comparaciones.
Sitges 2012: cuando la realidad es lo terrorífico,The Tall Man y Compliance
En The Tall Man (2012, Pascal Laugier), el nuevo film del responsable de Martyrs (2008), se nos ofrece , esta vez en coproducción entre Francia y Canadá, un argumento con pueblos semidesiertos que se derrumban, niños que desaparecen y la encarnación del mal en un hombre del saco al que llaman The Tall Man. En el rol protagonista una eficaz Jessica Biel –a la que también podemos ver en el remake de Desafío Total (Total Recall, 2012 Len Wiseman) y en la (como mínimo curiosa) Hitchcock, donde recreará a Vera Miles– sabe pasar perfectamente del papel de víctima al de culpable con su actuación temperada, nada histriónica.
Efectivamente, en The Tall Man nada es lo que parece y el juego de espejos distorsionadores nos desliza hacia giros inesperados que obligan al espectador a reinterpretar las imágenes una y otra vez hasta conducirle a una encrucijada moral. Y ello sin que las vueltas de tuerca, tan de moda en el cine actual, chirríen un sólo momento. Esa efectividad se consigue con la puesta en escena y, sobre todo, con su meticuloso montaje: Laugier juega con los encuadres salpicándolos con detalles de fondo a los que habrá que estar muy atentos porque acabarán cobrando significación cuando cambie radicalmente el punto de vista de la narración, pequeños detalles como fotos en las paredes que interpretamos de un modo cuando los vemos por primera vez y de otro cuando vuelvan a aparecer gracias a como se han montado los hechos en la trama.
Otro elemento, pues, que juega a su favor es la desecuenciación del tiempo. La película empieza in media res: vemos a la policía cercando la salida de una mina (tras unos rótulos que hablan de la desaparición de niños en EE.UU) e inmediatamente pasamos a un primer plano del rostro de Jessica Biel lleno de heridas, sumando ambos detalles pensamos que la protagonista ha sido víctima de uno de esos secuestros. Y durante el primer tercio, el flashback, seguimos pensándolo. La primera hipótesis es que alguien está secuestrando a los niños del pueblo amparándose en la superstición del hombre del saco, pero conforme avanzamos en el flashback (ojito con el SPOILER) pasamos a pensar que son los mismos lugareños los que llevan a cabo los raptos, hasta descubrir que la culpable es la propia protagonista (fin del SPOILER). Si en su primer tercio la película avanza a modo de whoduit en el último acto ese interrogante es sustituido por el por qué lo ha hecho. Y cuando se revele (después de habernos hecho una hipótesis que el film vuelve a desmentir), nos encontraremos ante una encrucijada moral: ¿es lícito practicar el mal para conseguir un bien mayor?
El film de Laugier funciona, por tanto, como un juego de escaques en el que todos los movimientos están pensados para llevarnos desde la confusión a la luz y a la reflexión. Conducido todo ello por una voz en off que resulta ser la del único personaje silente, clara metáfora de que es posible devolver su relevancia a los que han sido silenciados por la injusticia social. Es posible que a los más fanáticos del género y, sobre todo, a los que estén esperando otro ejercicio como Martyrs, se vean decepcionados, sin embargo, nosotros pensamos que este es un film de brillante factura, aunque las dos partes de Serendipia no llegan a un acuerdo sobre el ritmo. Mientras una insiste en que es el que más favorece a la precisión de la trama, la otra indica que es excesivamente pausado, lento hasta la exasperación. Lo que está claro es que The Tall Man no es una cinta pensada para entretener, es una película que le habla a la inteligencia más que a la emoción, y eso no será de agrado para todos los públicos. En todo caso, no os la perdáis porque dará que hablar.
The Tall Man se estrenará en España con el dudosamente bien elegido título de El Hombre de las Sombras, esperamos que si la cinta de Craig Zobel (de la que vamos a hablar a continuación) se estrena en nuestra tierra no traduzcan su título, porque el campo semántico del ‘compliance’ inglés va desde el acatamiento hasta la complacencia, y la acción de la película no se explicaría si ese actuar desde la conformidad que obtiene placer en la observancia.
Compliance se vio envuelta de controversia en su paso por Sundance, no tanto por sus imágenes, como por su aparente falta de verosimilitud y, sin embargo, la cinta está basada en hechos reales (y los internautas han podido comprobar que lo narrado aconteció en un McDonalds de Kentucki). Se nos cuenta la historia de Becky (Dreama Walker) quien acude a otro anodino día de trabajo en el restaurante de fast food en el que trabaja. Todo es totalmente normal hasta que se recibe una llamada telefónica, supuestamente de la policía, en la que se la acusa de haber robado a una cliente, desatándose desde ese momento una pesadilla en la que el abuso de poder campa a sus anchas y en el que vemos que la pérdida de los derechos puede depender de, simplemente, una llamada de teléfono. Un hilo argumental que posiblemente hubiera agradado al Hitch de Falso culpable (The Wrong Man, 1956). La pérdida de la cotidianidad que corta el hilo del presente y amenaza el futuro de la protagonista. Y no sólo por el tema del falso culpable habría satisfecho a Sir Alfred, también le habría complacido el uso del suspense que no procede de elementos sobrenaturales sino de miedos muy ordinarios como el temor a perder el trabajo (en una situación como la actual puede ser una auténtica catástrofe) o la aprensión que nos produce todo lo que guarde relación con la policía. Compliance demuestra que para construir a un villano no se necesitan colmillos ni rasgos monstruosos, basta con un elemento tan habitual como un simple un teléfono móvil en manos de una mente perversa.
La cámara de Craig Zobel se entretiene en detalles mínimos en la obertura del film, es una mañana fría en algún lugar de Estados Unidos, nieve en la calzada, la trasera de un camión, objetos típicos de un fast food abandonados en el suelo… Compone así auténticas naturalezas muertas que tienen por objeto situarnos en un paisaje que nos resulta conocido por corriente.
Sandra (una efectiva Ann Dowd), la directora del restaurante de la franquicia se dispone a encarar un día duro, un descuido con el congelador la ha dejado sin suficientes provisiones para servir sus especialidades justo en un día en que habrá supervisión. Todos van a tener una carga de trabajo extra para salir con éxito de la prueba, pero nada de eso mina la camaradería habitual. Con muy pocos elementos Zobel describe a sus principales personajes, Sandra es una mujer madura que sigue siendo bonachona e ingenua pese a su cargo y Becky es una joven adolescente algo frívola que no ha acabado de perder su inocencia. Estos rasgos de carácter ahondarán el drama cuando empiece a trastornarse todo.
A media jornada se recibe la llamada del agente Daniels (Pat Healy), que informa de que una de las trabajadoras ha sido acusada de robo y ordena a Sandra que sea su intermediaria en el interrogatorio e inspección de la sospechosa. En todo momento la cámara es cercana a los personajes, se diría que actúa como un narrador que, aún siendo omnisciente, está contaminado del punto de vista de los protagonistas de la acción; siempre firme en su trípode realiza sutilísimas correcciones de encuadre que nos imbuyen el nerviosismo que se vive en la escena. Como en los mejores filmes de suspense el espectador intuye que los personajes están siendo víctimas de un engaño, así descubre con satisfacción que el autor de la llamada no es más que un vulgar bromista que nada tiene que ver con la policía. Durante el primer tercio de la película no vemos al villano Daniels, de modo que cuando aparece en pantalla, nosotros como «detectives» aficionados, nos felicitamos por nuestra perspicacia.
La extorsión de Daniels se asienta sobre los mecanismos del timo, es decir, todos son sus víctimas, no sólo Becky, pero Sandra y quienes colaboran con ella, no dejan de obedecer al supuesto agente con complacencia incluso cuando les instiga a darle a la adolescente un trato vejatorio. Y como todo buen film de intriga hace al público cómplice del delito porque todos esperamos ver hasta dónde van a ser capaces de llegar y casi nos alarmamos tanto como el falso oficial Daniels cuando está a punto de perder la comunicación (igual como cuando deseamos que Norman Bates pueda ocultar el cadáver en Psicosis).
Lo dicho, Compliance, habría complacido al bueno de Hitchcock. Y el aficionado también saldrá satisfecho, porque, más allá de que esta hiperrealista cinta (Zobel se apoyo en grabaciones reales), pueda en ocasiones resultar paradójicamente inverosímil, hay que reconocerle su capacidad de mantenernos en tensión durante todo el metraje.
Abbott y Costello contra los fantasmas vuelve a la pantalla
Coincidiendo con el centenario de Universal Pictures, Sherlock Films y Cines Verdi reponen en Alta Definición (2K) para el próximo 24 de agosto la entrañable comedia de terror, Abbot y Costello contra los fantasmas (Bud Abbott & Lou Costello Meet Frankenstein, 1948) de Charles Barton, protagonizada por el mítico dúo cómico que da nombre al título, así como por Lon Chaney Jr., Bela Lugosi y Glenn Strange.
Noticia que me llena de una íntima alegría ya que este film fue para mí una bomba de relojería. Les cuento:
Durante toda mi niñez fui alimentando con tebeos que mi progenitor compraba y luego me pasaba. No, yo no recuerdo haber
leído cuentos, ni demasiados Pulgarcitos o TBO. No. Mi padre, en cuanto terminaba su Vampus, Dossier Negro, Rufus o Vampirella se lo daba al niño, que los devoraba y coleccionaba con fruición y cariño. Tambien mi padre me hablaba de unos actores de los que no podía ver películas porque ya no las daban en el cine, como Bela Lugosi, Boris Karloff o Lon Chaney. Veía sus fotos en artículos en esos mismos comics y deseaba ver esos grandes clásicos pero… nada. No olviden de que les hablo de mucho antes de la eclosión del video doméstico. Así que cuando reestrenaron en 1975 Abbott y Costello contra los fantasmas y pasó por el cine de mi barrio, no perdí la oportunidad de verla. Y volverla a ver. Y otra vez… incluso pedí el cartel al dueño de la sala y aún lo conservo. En el cartel no veía a esos humoristas (o caricatos, como decía mi padre) que desconocía: veía a Frankenstein, Drácula y el hombre lobo y sobre todo los nombres de Bela Lugosi y Lon Chaney.
Tampoco es sorprendente que este film esté marcado a fuego en la memoria de los denominados «Monster Kids» americanos. Toda una generación que creció durante los cincuenta y principios de los sesenta con los pases de los clásicos del horror en la naciente televisión. Y claro, con la aparición de la revista Famous Monsters, que desató toda una locura de merchandising monstruoso, haciendo nacer aficiones por este cine en los sanos niños americanos que no siempre fueron bien vistas por unos progenitores que, al encontrar estas publicaciones en poder de sus vástagos sufrian sofocos mayores que los que pasarían si lo que hubiesen hallado en el cuarto de su hijo fuera una revista danesa. Así que si bien estos padres eran reacios a que sus hijos vieran los films de terror puro y duro, no lo eran tanto si se trataba de este pequeño-gran clásico de la comedia. ¡Que equivocados estaban! No había nada que hacer ya que este film funciona en ambos niveles: como film terrorífico y como comedia. Y estos «Monster Kids» al igual que el que esto escribe, quedamos marcados para siempre bajo el influjo de los monstruos de la Universal.
EL ÚLTIMO CLÁSICO DE LOS MONSTRUOS UNIVERSAL
Sinopsis: Los cuerpos del Conde Drácula (Bela Lugosi) y del monstruo de Frankenstein (Glenn Strange) viajan a los Estados Unidos desde Londres para ser exhibidos en el Museo del Terror. Chick y Wilbur (Abbott y Costello) son los desastrosos transportistas encargados de llevarlos hasta allí. Pero esa noche, las temibles criaturas vuelven a la vida: El Conde Drácula huye junto al Monstruo de Frankenstein para buscarle un nuevo cerebro. Para poder atraparlos, Chick y Wilbur contarán con la ayuda de Larry Talbot (Lon Chaney Jr.) un misterioso personaje del que les conviene mantenerse alejados las noches de luna llena… Una delirante aventura sembrada de caos, terror y risas.
Bud Abbott y Lou Costello fueron el dúo cómico más famoso de los años 40 y 50, triunfando en el teatro, la radio y la TV. Juntos protagonizaron más de treinta películas, casi todas bajo la producción de Universal. En ABBOTT Y COSTELLO CONTRA LOS FANTASMAS, considerada la mejor película de la pareja, protagonizan una entrañable aventura fantástica acompañados de los míticos monstruos del estudio, interpretados por tres de sus grandes estrellas: Bela Lugosi (Drácula), Lon Chaney Jr. (El hombre lobo) y Glenn Strange, el actor que más veces interpretó al Monstruo de Frankenstein junto a Boris Karloff. Juntos, con esta película, culminan una etapa en la que dominaron las taquillas durante más de una década. Más tarde, y visto el éxito de esta combinación de humor-terror, el dúo cómico no dudó en repetir el cóctel con otros film de menor calado como, entre otros, los siguiente títulos dirigidos por Charles Lamont: Abbott and Costello meet the Invisible Man (1951), Abbott and Costello Meet Dr. Jekyll and Mr. Hyde (1953) o Abbott and Costello Meet the Mummy (1955). Películas que, por otra parte, siguen teniendo valor para el aficionado al fantástico.
Para cuando se rodó esta película, los pobres Frankenstein, Dracula y el hombre lobo, la santísima trinidad de los monstruos Universal (a la que también se le añade actualmente el hombre invisible, el fantasma de la ópera, la novia de Frankenstein y la criatura de la laguna negra), estaban a punto de ser desbancados por monstruos gigantes, atómicos y sobre todo, por los alienígenas venidos de otros mundos. Así que le tocó a esta comedia cerrar el ciclo clásico de la Universal, ciclo que se inició, si nos ceñimos a los tres más reconocibles, en 1931 con el Drácula de Tod Browning. Que fue seguido por Frankenstein (1931, James Whale) y ya en los años cuarenta El hombre lobo (The Wolf Man, George Waggner). Las criaturas dieron para algunas secuelas (que fueron menguando en ideas y presupuesto) y su encanto se terminó de explotar combinando los personajes entre sí en unos films que, si bien son la cota más baja de la serie, tienen un encanto incontestablemente naif.
Ya no quedaba mucho por hacer con los atormentados monstruos. El siguiente proyecto, en linea con los anteriores cócteles de monstruos se pensaba titular El cerebro de Frankenstein, pero convirtiéndolo en una comedia protagonizada por los cómicos que estaban salvando de la bancarrota a Universal (al igual que lo hicieran antes las películas de horror). Abbot y Costello harían blanco de sus humoradas a aquellos monstruos que tanto miedo hicieron pasar a los espectadores dos décadas antes. Pero el resultado no fue tal. Vista ahora no desmitifica a nuestros queridos monstruos, muy al contrario, los ensalza e incluso les ofrece un digno canto de cisne.
“Ya no se hacen películas como ésta. Los momentos de terror dan miedo de verdad y las escenas de comedia son realmente divertidas. Una de mis favoritas desde los cinco años” – Quentin Tarantino –
- 16:15 h. y 18:15 h. (VERSIÓN DOBLADA CON EL DOBLAJE DE LA ÉPOCA)
- 20:15 h. y 22:15 h. (V.O.S.E.)
Por cierto, el cartel que se ha escogido para esta nueva reposición reproduce aquel que, con nueve años de edad, pedí en el cine y que conservo con tanto cariño.
Hablando de carteles. Aquí tenemos el de su estreno en España (1950):
El de su reestreno en 1965:
Y el de la reposición de 1975:
Prometheus, el enigma de lo humano

Aquí me afianzo
y formo hombres
según mi idea.
A ese linaje semejante a mí
para que sufra y llore,
goce y se alegre
y te desprecie ¡Como yo!
Perfectamente podrían ser estas palabras de Goethe las que salieran de la boca de esta criatura con la que se inicia la última película de Ridley Scott. El inglés arranca su film con un prólogo de impacto, una secuencia que bien podría quedar inscrita en las antologías de las mejores escenas de ciencia ficción con aquella otra que nos regaló el mismo autor en Blade Runner. Y no sería vano, porque ese prólogo es toda una declaración de intenciones que nos pone sobre aviso de que estamos nuevamente ante el mismo tema que ha arrancado los más bellos fotogramas de Scott: Blade Runner se aparecía en su momento como una nueva tematización del mito de Prometeo, el cual es sin duda el más angular de Occidente en torno a la pregunta sobre el sentido de la existencia humana. Ahora la inquietud de Scott se evidencia ya desde el título, la nave protagonista lleva por nombre Prometheus (dando nombre a la película) y no es en absoluto por azar. En ella un grupo de científicos y exploradores emprende un viaje espacial a un remoto planeta, una rara estrella recién descubierta, donde los límites físicos y mentales de la tripulación serán puestos a prueba. El motivo de la misión es que los humanos creen que allá podrán encontrar la respuesta a las preguntas más profundas y al mayor de los misterios: el origen de la vida en la Tierra. Pero lo más importante no es la respuesta que encuentran, al fin y al cabo eso es el resorte de la trama y la trama es un auténtico Mac Guffin, sino todos aquellos interrogantes que quedan inconclusos.
Prometeo, hijo de Japeto y la oceánide Climene (más un héroe que un dios), es para la mitología clásica el forjador de hombres: aquel que para proteger a los humanos comete el sacrilegio de robar el fuego del taller que comparten Hefesto y Athenea. Y recibe por ello el castigo de Zeus: ser atado a una roca en el Hades y que un águila devore continuamente su hígado. El castigo se hace extensible a los hombres, frutos del sacrilegio, a quienes se les envía a Pandora con la caja en la que se contienen todos los males, incluida la esperanza que es la única que quedará dentro después de que la caja sea abierta por la curiosidad humana (a veces tan malsana). Del mito nos interesa, sobre todo, su intención la cual a nosotros ya no nos puede llegar de otro modo que bajo la lectura que de los materiales griegos hicieron los románticos (con el poema de Goethe que hemos citado a la cabeza, pero sobre todo con la recreación de Mary Shelley en Frankenstein): mediante la efigie de Prometeo (Frankenstein) y su leyenda, los occidentales nos contamos nuestra condición. Esto es, nos representamos a nosotros y a nuestra existencia como fruto del desafío, nos vemos hijos del intento de asaltar el trono de la creación y desde ahí dominar la vida y la
muerte. En la última película de Scott son muchas las máscaras bajo las que se manifiesta esta figura mítica. Y su conclusión, como siempre, arroja a las ciegas esperanzas de las que ya habló Esquilo. Veámoslo por partes.
En Prometheus, como antes en Blade Runner, tenemos una corporación capaz de crear vida inteligente, Weyland Industries (auténtica protagonista de la campaña viral del film), a ella pertenece la nave, y creación suya es también uno de sus habitantes:
el androide David, principal «instrumento» para el resto de sus tripulantes, interpretado por el dúctil Michael Fassbender. Probablemente es el personaje más interesante de la cinta, nos atrevemos incluso a decir que en David, Scott, traspone a un sosias de Roy Batty, el más perfecto Nexus 6 de Blade Runner. En boca del androide es puesta la pregunta fundamental: ¿Por qué nos han creado? Y la sombra de la más desoladora respuesta posible: probablemente porque existía la posibilidad de hacerlo, sin mayor motivación alguna. En David se centra, pues, la gran incógnita de lo humano; aunque él no sea más que una réplica resume las mejores virtudes de los humanos, llegando hasta la perfección de poder tomar decisiones, le vemos disfrutar del cine, del cuidado de las plantas, de todas las actividades superiores de los hombres e, incluso, ser capaz de ponerse en el lugar del otro. Y la curiosidad que tanto ha hecho avanzar a la especie y que, a la vez, tantos peligros le ha arrojado, está presente en él, como versión mejorada de lo humano que es. El androide tiene su antagonista en Meredith Vickers, la responsable del Prometheus ante la corporación, interpretada por Charlize Theron, de quién se descubrirá que en verdad es la hija de Peter Weyland, fundador y lider de Weyland Corp.
Podría decirse que Vickers encarna la negatividad, casi un principio del mal, como si fuera el gémelo perverso de David. Nos encontramos así con uno de los tópicos más queridos por el director, el de los límites entre lo tecnológico y lo humano o, lo que es lo mismo, como los hombres pueden ser aventajados por sus propias creaciones. En verdad, podría decirse que David y Vickers son las criaturas de ese renovado Víctor Frankenstein que es Peter Weyland, una encarna las virtudes humanas de su creador, la otra sus defectos, esto es, se ha alcanzado la paradoja de que la máquina sea más humana (en su sentido de humanitaria) que el propio hombre. O, lo que es lo mismo, la doble dimensión del monstruo de Frankenstein se explicita en esta dualidad de «hermanos», dándose la paradoja de que Weyland se reconoce más en el androide que en su propia hija.
No hemos acabado con los elementos prometeicos de la película. Entre los dos antagonistas tendríamos un tercer personaje, la doctora Elizabeht Shaw (Noomi Rapace), que es un auténtico símbolo de la ciencia dentro del film. A ella se debe la expedición puesto que ella fue quien descubrió en unos yacimientos la constelación a la que veneraron las antiguas civilizaciones como origen de los creadores de la raza humana. Shaw es un ejemplo de cómo fe y razón pueden darse la mano dentro de una misma persona y, por tanto, de como ambas actitudes son cruciales para nuestra especie. Recela de la figura de David mientras que, a su vez, Vickers la ve como rival en el liderazgo del equipo; sobre ella recae la responsabilidad de poner
a salvo la supervivencia de nuestra especie (ella que curiosamente es estéril). Ella misma será una superviviente y, aunque el camino que ha recorrido gracias a la ciencia podría haberla abocado al escepticismo, seguirá abierta a la esperanza. Esa que quedó encerrada en la caja de Pandora.
Con escepticismo ha sido recibida Prometheus por parte de la crítica, al menos de una porción de esta. La opinión se ha dividido, algunos la saludan como una nueva obra maestra de la ciencia ficción, mientras otros la consideran totalmente fallida. Las razones por las que nos ha resultado grata esta película ya han quedado expuestas, pero es que si ese trasfondo filosófico no nos interesa (o nos pasa desapercibido), consideramos que igualmente funciona a la perfección como pieza de entretenimiento. Con alguna decaída, el ritmo es vigoroso y se secuencian bien las escenas de acción para mantener el interés a lo largo de su metraje (algo excesivo, como casi siempre en el cine actual). Probablemente algunas críticas negativas son debidas a las expectativas que despertaba el hecho de presentarse como precuela de Alien. El lector ya habrá descubierto a estas alturas que Prometheus se mueve de forma perfectamente autónoma a Alien, y esto es algo que no ocurría, por ejemplo, en la precuela de La Cosa estrenada el pasado año. Pero es que, más allá de ello, de Alien no toma sino unos cuantos elementos prestados que dan pie a otros pocos guiños a esta, por tanto, lo correcto es considerarla como un nuevo cuento que aumenta el imaginario de la saga como ocurre en el universo extendido de Star Wars. Si hay que buscarle un precedente a Prometheus nosotros, como se ha visto, nos decantamos por Blade Runner, por su mayor proximidad temática y por su tono. Pero más allá de los referentes la película tiene savia propia y merece por si mismo un notable puesto entre las dirigidas por Scott.
Videodrome: la nueva carne y la percepción ampliada
Nuestra primera evidencia al nacer es el dolor de la carne. Nacemos envueltos en llanto, un llanto que es la bienvenida a la vida. El cuerpo es nuestra primera verdad pero nos evadimos de ella a través del lenguaje, basta con comprobar que los tanatorios son uno de los lugares donde más alto se habla en un acto inconsciente de negación de la muerte. Y es que el cadáver es un sinvergüenza (¿Fue Eugenio Trías quien dijo esto?) que muestra sin pudor la evidencia de la mortalidad carnal. Un cuerpo inerte es un monstruo que da pavor. La muerte instala la entropía en la carne orgánica y organizada, lo apolíneo retrocede con la lividez que es antesala de la descomposición, cosa que nos resulta abyecta a la vez que morbosamente atractiva. Lo monstruoso, pues, no está sólo en lo deforme, nuestro propio organismo es su residencia. Así el terror va con nosotros, íntimamente unido a nuestra corporeidad, la misma que nos arroja al espacio donde se conjuga el miedo a la muerte, el erotismo y la metamorfosis supurante de lo abyecto. Y esta senda del asco y la belleza tiene una sintonía perfecta en la atonalidad mecánica de la música de Howard Shore para Videodrome (1985, David Cronemberg)
David Cronemberg en 1983 dirigía La zona muerta (The Dead Zone), un thriller parapsicológico basado en la novela homónima de Stephen King. Un film de correcta factura que por su convencionalidad con las claves del género puede seguirse degustando hoy en día. Pero ese mismo año el director de Scanners (1981) alumbraba una obra personalísima que le iba a suponer su definitivo nacimiento como autor: Videodrome. El protagonista es Max Renn (James Woods), directivo de Civic TV, una pequeña cadena de televisión cuya única vía para sobrevivir es ofrecer a la audiencia contenidos que no encuentran en otra parte, de alto contenido erótico y violento. En su búsqueda de material diferente, Max, da con una señal pobre e inestable que lo único que emite son torturas, aparentemente reales: en un tosco escenario rojizo, un par de tipos encapuchados atan y golpean a una mujer. Se llama Videodrome. Mal comprendida en su momento, a día de hoy es considerado un clásico del cine fantástico. Y es que Cronemberg daba luz a mucho más que una película: daba luz a la Nueva Carne.
Nunca antes la sensibilidad artística se había adentrado tanto en las perspectivas de lo grotesco, la Nueva Carne (aventura en la que le acompañan Clive Barker, H. R. Giger, Charles Burns y otros) supone el nacimiento de una estética perversa del cuerpo que se pervierte. Carne transgresora que se deforma hasta la máquina llevándonos a unos nuevos límites de lo natural. No se trata de la fascinación por los esperpentos de feria que aún impregnaba a los primeros monstruos cinematográficos (como los que nos mostró Tod Browning), no, se trata de un horror que se aparta del folklore y reniega de la moralidad y de la lógica.
La moralidad… Videodrome abre sus imágenes con la grabación despertador de Civic TV; el ejercicio de cinismo de Cronemberg queda claro desde ese momento: una televisión que busca asegurarse la audiencia ofreciendo pornografía en toda la extensión del término (lo sexual y lo violento), se llama a sí misma televisión cívica. Y poco después acompañamos al protagonista a un debate televisivo en torno a los peligros de ese tipo de programación sobre la salud moral de los telespectadores. En la segunda mitad del siglo XX ya se tenía conciencia de la sobrestimulación a la que nos aboca la tecnología, esos nuevos tentáculos que modifican nuestra mirada, nuestra percepción de la realidad; el Pop Art ya lo había reflejado en los últimos 50’s: la televisión como fuente de verdad, como verdadera (si no única) ventana abierta al mundo. En los 80 el poder tentacular de la imagen se ampliaba con la industria del vídeo y la televisión por cable. Lo televisivo se convertía en la retina de los ojos de la mente, todo el arranque de la película de Cronemberg nos pone sobre aviso de cómo la pantalla se ha convertido en un filtro por el que se criba lo que tomamos por verdadero.
A través de la pantalla se presenta al personaje de Nicki Brand (una sensual Deborah Harry), de profesión psicóloga, participante del debate. Ella es la que habla de cómo la sobrestimulación nos ha hecho adictos del estímulo, cuanto más se nos da, más queremos, y de su mano Max Renn se introducirá en la travesía hacia los límites de lo erótico. Allí donde la pequeña y la gran muerte se confunden. Queremos más, mientras hipócritamente asentimos a que mejor en la pantalla que fuera, ¿pero verdaderamente se detiene el deseo en la imagen? El debate que introduce Cronembreg goza de una rabiosa modernidad hoy en día cuando las «pantallas» y las imágenes se han multiplicado ad nauseam.
Imagen, del latín imago, se dice de las representaciones que conforman las apariencias visuales. Esa es su definición. Harlan (Peter Devorsky) supuestamente capta una señal que se emite desde Pittsburg (aunque inicialmente habían pensado que provenían de Malasia), la emisión que el pirata localiza muestra escenas de alto contenido violento, mutilaciones, torturas, asesinatos, en una sala de fondo rojo (el rojo, la pasión, el color de la carne). No hay decorado, no hay trama, no hay historia, sólo imagen violenta. El programa se llama Videodrome, la arena del vídeo, la arena de la imagen como antes estuvo la arena del circo romano.

Max Renn tirará de ese hilo y Nicki Brand será su Ariadna. El laberinto esconde en su centro una corporación: Spectacular Optical, dispuesta a hacerse con el control de la mente de la población occidental, que se ha vuelto muelle en exceso por lo sofistificado de su civilización. Un nuevo programa de control para hacerse con el poder absoluto (su eslogan reproduce las palabras de Lorenzo de Medicis, uno de los príncipes maquiavélicos por excelencia). Y frente a ellos la misión O’Blivion, fundada por el descubridor de los efectos del programa sobre el cerebro, que pretende fundar una nueva mística, un nuevo hombre que habrá de ver superadas sus condiciones físicas por la fusión con lo tecnológico, con lo maquínico: la iglesia de la nueva carne cuyos tonos góticos acentúa Howard Shore.
Pero lo que hace interesante el viaje de Max Renn no es la trama sino el sentido, la reflexión sobre nosotros y nuestro futuro, que pone sobre la palestra.

El Test de Rorschach prueba que vemos más de lo que hay
«Ser es ser percibido» afirmaba el obispo Berkeley en 1710 (Tratado sobre los principios del conocimiento) con su empirismo idealista, y Cronemberg le da la razón cuando hace afirmar al profesor O’Blivion (Jack Creley) que nada es real fuera de nuestra percepción. Al ciudadano de a pie puede parecerle que nada es más certero que la experiencia, que lo vivido es la fuente más fiable de lo que podemos asegurar como conocido verdaderamente, pero hace siglos que la historia del pensamiento llamó la atención sobre los límites de la certeza empírica y apeló a la recta razón como juez; la racionalidad matemática universal (lo objetivo) frente a la particularidad de la experiencia (lo subjetivo). Ahora bien, la razón se quedaría en mera entelequia si no se aplicara sobre lo capturado por las sensaciones, de modo que la pregunta sobre lo que es real acaba remitiendo de nuevo a la pregunta por los límites de la representación. Nuestra percepción tiene unos umbrales de sensibilidad que marcan los lindes de lo que puede ser distinguido con nitidez, fuera de ellos quedaría el espacio de lo no cognoscible y, por extensión, de lo irreal. La tecnología le ha puesto lentes a nuestros sentidos y la percepción así se amplía, pero a la vez se vuelve más propicia a la confusión, lo visto se extiende hasta aquello de lo que no tengo más que imagen mecánica (yo he visto Tailandia aunque nunca he estado allí acompañando a mi sobrino en sus viajes, como ejemplo). Llegamos así a la visión psicótica que nos plantea Cronemberg en Videodrome: lo que vemos en una película se convierte en fuente de verdad (mis alumnos decían conocer la Edad Media porque la habían visto en el cine),

Adicción a lo catódico
así cuando Cronembreg nos expone a las alucinaciones de Max Renn empezamos a perder el hilo, constatación evidente de que nos habíamos trazado unas expectativas de que lo visto en la pantalla tenía ápices de realidad y no de mera ilusión fílmica. Nuestra percepción no es genuina, no es una red con la que atrapamos lo externo sino un molde con el que lo conformamos, por eso puede llegar un momento en el que lo mental y lo extramental se confundan tanto como nos confunde el canadiense en Videodrome. Encontramos verosímil que Max Renn pueda tener una experiencia erótica con lo emitido por su televisor, a partir de ahí dejamos de saber a ciencia cierta qué ve de verdad el protagonista, qué vemos de verdad nosotros.
Las imágenes mecánicas nos despistan, pero nuestro conocimiento ya no puede ser sin ellas. Vivimos definitivamente instalados detrás de la lente, amalgamados con ella, los límites de la carne se trascienden a sí mismos y nos asimilan a lo maquínico. Esa es nuestra esperanza, la de superarnos continuamente, y nuestro horror, el miedo a ser sobrepasados por nuestras propias producciones. El de Cronemberg es un terror que sólo puede ser concebido por el hombre tecnológico para el que el infierno ya no puede estar en un más allá sino que se le asoma constantemente en el más acá. En la posibilidad de quedar desconectado, claro, pero la conexión también le lleva a pervertirse, le lleva a la posibilidad de convertirse en mera extensión de lo artificial.

Max Renn convirtiéndose en Nueva Carne
Como afirma Fabian Jiménez Gatto: Los atormentados personajes de Cronenberg resultan ser las figuras paradójicas a través de las cuales podemos acceder a un análisis de lo que la alteridad de un cuerpo preñado de tecnología representa en la cultura occidental, esto es, exceso, transgresión, perversión, polimorfismo sexual, abyección, en definitiva, caos para la identidad constituida a partir del círculo solipsista y claustrofóbico de un yo afincado en la mismidad de la interioridad subjetiva. La deshumanización, la conversión en mero objeto, ése era el futuro que parecía esperarnos en 1983; décadas después, se diría que seguimos abocados a ello. O cuanto menos ese terror sigue perviviendo en nuestro imaginario. Y mientras seguimos atrapados en esa distopía postindustrial, la gran pregunta sobre qué es la muerte, que es tanto como preguntar qué es la vida, sigue sin respuesta. Aterrados seguimos deseándole larga vida a la nueva carne que nos abduce.

Tv or not TV
Picnic at The Hanging Rock: duelo a muerte entre el puritanismo social y la pureza natural
Australia, 1900, día de San Valentín, 19 alumnas adolescentes del pensionado Appleyard van de pícnic a Hanging Rock acompañadas por Diane de Poitiers, joven profesora de lengua y literatura francesa, y Greta McCraw, la madura profesora de matemáticas.
La única que no lleva un atuendo blanco y primaveral es Greta McCraw. Ella es el espíritu de lo racional, lo científico, opuesto al sensualismo literario que impera en todas las demás. Hora de la siesta, ella es la única que permanece despierta leyendo su libro de problemas. El plano detalle nos muestra que está enfrascada en un ejercicio de geodesia, esa parte de la topografía encargada del cálculo de las alturas sobre la curvatura terrestre. Alza la vista hacia la roca volcánica, que se recorta neblinosa y con los contornos difuminados, como si estuviera midiéndola. Pero su rostro cambia de expresión como si hubiera descubierto algo que va más allá de la ciencia, justo allí donde la matemática se convierte en magia, donde la topografía se vuelve contacto con lo telúrico.
Picnic at The Hanging Rock es una película preciosista que se detiene en los detalles con exquisita sutileza, detalles a los que hay que estar atento para descubrir el misterio que nos relata. Basada en la novela homónima de Joan Linsayd, este segundo film de Peter Weir ya contiene sus marcas de autor:la aparición de personajes que no pertenecen a un determinado mundo, los cuales se harán presentes en él y nada volverá a ser lo mismo; y su depurada puesta en escena que favorece esa su capacidad tan personal de insinuar lo intangible. En esta ocasión ese personaje catalizador es el propio paisaje, la propia roca que se eleva libre sobre el encorsetamiento victoriano. Temido por los aborígenes, los burgueses australianos, buscando parecer cuánto más ingleses mejor, pretenden hacer de Hanging Rock un paraje próximo a la campiña británica, ignorando así el verdadero carácter de la naturaleza australiana. A Weir ese contraste entre lo salvaje, ignorado a toda costa, y la autoimposición de conductas puritanas, le sirve para retratar un tema que volverá a retomar años más tarde en El club de los poetas muertos (Dead Poets Society, 1989): la represión como modo de despojar al individuo de sus capacidades para convertirlo en una pieza del engranaje sin voluntad de rebelión. Y más allá, represión que deja a la muerte como única salida para los que son disonantes, distintos.
En Picnic at The Hanging Rock se juega con el lenguaje de los volúmenes: los curvos que definen lo natural, los rectilíneos que caracterizan al ambiente victoriano del pensionado; como si lo recto hubiera de domesticar lo curvo que hay dentro de cada una de las adolescentes.Esa rectitud hierática que representa a Mistress Appleyard , la directora, capaz de reducir al silencio a las bulliciosas muchachas cuando les dicta las últimas indicaciones para comportarse según corresponde a señoritas de su clase. La formación geométrica con la que se despiden de su directora contrastará con los círculos que formarán los corros de jóvenes, abandonadas a la poesía en ese locus amoenus que es la zona de pícnic.
Lo recto excluye lo vital, la intensidad del sentimiento y Mistress Appleyard se cree en el deber de enderezar cualquier cosa que consideré torcido, como la joven Sara a la que vemos atada “por su bien” en la clase de danza. Sara es una huerfana cuya permanencia en el centro se ve amenazada por el descuido con el que su tutor se retrasa en el pago de las cuotas. Ella es el elemento extraño, pertenece a otra clase, a la vez que su alma poética se rebela contra la disciplina de los estudios. Sobre Sara volcará Mistress Appleyard su ansía de dominio cuando su escuela se ve tocada por el escándalo, la viuda se aferra a lo poco que queda de su poder y la presiona y humilla hasta llevarla al suicidio. Ese será el fin de la institución, la naturaleza habrá vencido de nuevo al afán por encauzarla aunque haya tenido que liberarse a través de la muerte.
Mistress Appleyard confiaba tanto en Greta McCraw, por su frialdad matemática, por ser lo más parecido a un principio masculino en el seno de ese universo femenino que es el pensionado. La última vez que fue vista Greta fue cuando se encaminaba a la cima sin su vestido, ataviada únicamente con la ropa interior. Ese es el episodio central del film: cuando tres alumnas y la Señorita McCraw desaparecen en la roca. Hacia las tres de la tarde, tres de las chicas mayores pidieron permiso a la profesora de francés para explorar la roca. Las tres jóvenes -Irma Leopold, Marion Quade y una muchacha a la que se recuerda simplemente como Miranda- tenían todas diecisiete años y destacaban por ser sensatas y responsables. Tras un breve comentario entre los adultos (durante el cual se observó que los relojes de Ben Hussey y de miss McCraw se habían parado a mediodía), se acordó dejarlas ir. Posteriormente dieron también permiso a Edith Horton, una chica más joven, de catorce años, para acompañarlas. Se advirtió a las cuatro que no subieran demasiado por la roca, que procuraran evitar los riscos, cuevas y precipicios, y que tuvieran cuidado con las serpientes, arañas y otros bichos peligrosos.
Y las jóvenes ascienden hacia esa roca volcánica de 150 millones de años. Miranda, esa Venús de Boticceli cierra la expedición pero ella es el centro. Virgen del amor conduce a sus compañeras a la ascensión hacia el misterio. La montaña es un símbolo cósmico y representa, a la vez, el centro y el eje del mundo. Vista desde lo alto, se percibe como el punto de una vertical en el centro del mundo. Vista desde abajo, es también el eje del mundo, pero en el sentido de una escala, de una pendiente que hay que subir. Sus puntas escarpadas insinúan rostros, el magnetismo que rezuma (los relojes se han parado a las doce del mediodía por ese campo magnético) abduce a las muchachas, sólo Edith queda al margen del influjo y pronto se separará del grupo. Las demás van liberándose progresivamente de las prendas que las encorsetan a los principios del puritanismo victoriano. Su viaje va del puritanismo a la pureza, a la comunión con la inocencia de lo natural. Y ese flou que usa Weir produce una perenne sensación de neblina que las hace parecer etéreas en ese despertar sexual que las lleva a la fusión con lo telúrico.
La sabiduría cinematográfica de Weir crea la atmósfera de misterio, o mejor sería decir de encuentro con lo mistérico: esos travellíngs circulares que las acompañan en el último tramo de su ascensión; las transparencias recortándose a contraluz; los contrapicados de la roca y las muchachas; el trabajo de sonido centrado en el ulular del viento y que tiene un perfecto contrapunto en la flauta de pan que ejecuta la banda sonora; los ralentís que las convierten en ninfas dispuestas a entregarse a los orígenes naturales, a abandonar la hipocresía de una moral que las anula. Flotando como en un sueño nos las muestra el último plano en que las vemos, para desaparecer después hacia el seno de la roca. Viaje de los pináculos fálicos a la inmersión en la cueva, madre del ser. La montaña está unida al ombligo del mundo y, en este caso, evoca la fecundidad de la Madre Tierra. La rebelión de lo femenino, de lo sensual, se ha consumado y la inexplicada desaparición de las muchachas conduce a la ruina a Mistress Appleyard y sus métodos castradores. La aparente irrealidad derrota a la que parecía aplastante realidad.
Y todo lo que vemos o parecemos,
No es sino un sueño dentro de un sueño . Edgar Allan Poe
Dark Shadows, Burton vuelve a casa… pero no llega

No puede discutirse la habilidad de Burton para recrear escenarios gótico-románticos en el sentido más estricto de la expresión. El arranque de Dark Shadows desde ese puerto de Liverpool y la llegada a Maine, tan de Turner, hasta el acantilado de la viuda, tan de Friedrich, que ocupa todo el segmento del prólogo es para aplaudir con las orejas. Con esos mimbres podría haber tejido un relato de terror clásico de primera. Pero Tim Burton tenía que jugar a hacer bromas petardas y sumarle al espíritu de Sleepy Hollow el de Mars Attack, y la macedonia resulta un tanto indigesta para los paladares curtidos (tal vez viciados, si se quiere) a los sabores puros.
Esperábamos poco, muy poco. Si bien es cierto que las primeras imágenes prometían, las siguientes ya asustaban un poco y el primer trailer trajo el crujir de dientes de los aficionados.
De modo que íbamos ya con el prejuicio de vérnoslas con un plato indigerible, pero no, el manjar no es totalmente ingrato e incluso tiene momentos afortunados.
Más allá del prólogo que ya hemos comentado, otra secuencia interesante es el despertar de Barnabas Collins tras doscientos años de letargo, muerto de sed, que devora a los obreros que le descubren. También es divertido el encuentro del protagonista con los hippies que tendrán igualmente un final sangriento. Además de los buenos gags, hay toda una serie de guiños a los fans del género, ese movimiento de las manos hipnotizantes de Collins tan próximas al de Bela Lugosi en el clásico de la Universal (su trabajo en Ed Wood debió de ser todo un ensayo). La dirección de actores también destaca y todos ellos están más que correctos en sus roles, especialmente la bruja Angelique Brouchard interpretada por Eva Green. La Pfeiffer sigue resultando atractiva y Bonham Carter se separa de sus registros torturados, Jonhy Deep controla su histrionismo y, aunque su personaje hubiese merecido una mayor profundidad, hace una composición interesante. Y nuestra Chloe sigue encaminándose a ser una señora de la escena (y parece que especializada en el fantástico).
Y hasta aquí los aciertos, porque la verdad es que en otros segmentos roza el vergonzante humor chusco, y la desmesura del duelo final tiene tal alcance que casi nos olvidamos de las virtudes que habíamos observado.
En suma, es una película irregular. Más allá de que pueda hacer remover en sus tumbas a los seguidores de la serie original (cosa que no sería preocupante porque cada autor es dueño de su voluntad de adaptación), empaña sus virtudes con sus astracanadas fuera de lugar, esa mezcla con lo cómico impide que sea la buena cinta de terror que podría haber sido. Parece que Burton hace tiempo que perdió su Norte, y en esta película podría haberlo recuperado, pero, aunque se acerca a quien fue, el mismo tira arena a sus logros.


Los límites de la ciencia: Splice
«No se debe abandonar la generación de homúnculos; en efecto, hay cierta verdad en esta materia, aunque durante mucho tiempo fue vista como muy oculta y secreta. Largamente algunos filósofos antiguos discutieron y dudaron si sería posible, por la naturaleza y por el arte, engendrar un hombre fuera del cuerpo de la mujer y de una madre natural. A lo cual yo respondo que esto no repugna para nada al arte espagírico ni a la naturaleza; es más, se trata de algo muy posible. Para lograrlo se procede así: Encierre durante cuarenta días en un alambique licor espermático del hombre, que allí se pudra y continúe a componerse en un recipiente lleno de estiércol de caballo, hasta que comience a vivir y moverse, lo cual es fácil de reconocer. Después de ese tiempo aparecerá una forma parecida a la de un hombre, pero transparente y casi sin sustancia. Si, luego de esto, se alimenta todos los días este joven producto, prudente y cuidadosamente, con sangre humana secreta (es decir una preparación alquímica roja), y se lo conserva durante cuarenta semanas a un calor constantemente igual al del vientre del caballo, este producto viene a ser un verdadero y viviente niño, con todos sus miembros como el nacido de la mujer, pero sólo más pequeño y al que llamamos un homúnculo. Es necesario educarlo con gran esmero y cuidados hasta que crezca y comience a manifestar la inteligencia. Es éste uno de los mayores secretos que Dios haya revelado al hombre mortal y pecador (… ). Aunque dicho secreto haya estado siempre ignorado por los hombres, fue conocido en la remota antigüedad por los Faunos, las Ninfas y los Gigantes, seres que asimismo se originaron de esa forma.» Así formulaba Paracelso (1493-1541) la receta para crear un hombre por métodos artificiales. Ser creador de vida ha sido uno de los sueños perseguidos desde siempre por la humanidad, vencer así las limitaciones, emular a los dioses y sustituirles. Paracelso se basaba en los principios de la alquimia, la concepción del universo como un ser orgánico que podía ser interconectado mediante la magia, por eso se le pone en relación con nigromantes como Cornelio Agrippa y Alberto Magno. La alquimia, por su parte guarda relación con la cábala y dentro de la tradición cabalística nos encontramos con una de las primeras leyendas sobre la posibilidad de crear vida, el Golem.
Golem significa materia y la leyenda praguense refiere que el rabino Judah Loew Bezalel en el Siglo XVI habría logrado animar una figura humanoide de arcilla para defender el gheto judío, sin embargo, su creación se habría rebelado y habría acabado convirtiéndose en un problema mayor que el que se intentaba solucionar con él. El Golem lograba animarse escribiendo en su frente el nombre secreto de Dios, Emeth (verdad) y para destruirle había que borrar la primera letra quedando la palabra Meth (muerte). La tradición hebraica, pues, introducía ya la alerta sobre las consecuencias negativas
de jugar a ser dioses, Mary Shelley también le dio a su obra, Frankenstein o El Moderno Prometeo Encadenado, esa misma orientación moral, salvo que en su caso no sólo se juzgan las concepciones antiguas sino las de la moderna ciencia recién nacida que empezaba a dar tintes de posibilidad real a lo que había sido sólo un sueño. Mary concluía que la ciencia conducía a una insensata curiosidad y sus creaciones traían más complicaciones que soluciones. Como en el grabado de Goya , para ella el sueño de la razón sólo produce monstruos. Pero pese a las reticencias morales el avance de la ciencia ha sido imparable y si bien no se ha logrado engendrar humanos sin el concurso de lo natural, cada vez parece más próximo, ahí está la clonación y todos los debates bioéticos que genera y hace apenas unos meses nos despertábamos con la noticia de que se había podido crear la primera célula sintética. El proceso para su creación no fue nada sencillo. Para empezar, los científicos tuvieron que fabricar unidades básicas con síntesis químicas, cuando se consiguió, el siguiente paso era encajarlas como si de una compleja maqueta se tratase. Después de muchos intentos, lo consiguieron utilizando una célula de levadura para que se diera la fusión en su interior sin más complicaciones. Lo siguiente era depositar esa configuración en otra bacteria a la cual se le había extraído, con anterioridad, su ADN, y colocarle entonces la secuencia de ADN artificial, formado por computadora. Cuando Vincenzo Natali concibió la idea de la trama de Splice hace doce años no imaginaba lo cerca de la realidad que iba a estar aquello que entonces sólo le parecía ficción.
Si la creación de la primera célula sintética es la mayor noticia que nos ha traído este 2010 la investigación genética, hace quince años, en 1995 fue la fotografía de un ratón al que le habían injertado algo que parece una oreja humana la que dio la vuelta al mundo. La oreja fue cultivada en la cubeta de un laboratorio por investigadores del Centro Médico de la Universidad de Massachusetts en Worcester y luego fue injertada en la espalda de un ratón.
El éxito del experimento abría nuevas posibilidades a los trasplantes, la falta de órganos podría compensarse con el cultivo de órganos artificiales. Siendo científico nos hace pensar en una película de ciencia ficción recientemente estrenada, Repo Men (2009, Miguel Sapochnick), no es, pues, extraño que el pequeño ratón freak estimulara la imaginación de Vincenzo Natali. Escribió el guión de un cortometraje que se llamaría Mutants, tres años después, arropado por el éxito mundial de su ópera prima, Cube (1997), le mostró al productor Steve Hoban el guión de ese corto y ese fue el germen de Splice. El proyecto atrajo el interés de Robert Lantos, que acababa de dejar Alliance Atlantis y de fundar Serendipity Point films, Splice era aspirante a ser la película inaugural de la productora, no obstante, fue desbancada por Men with Brooms. En verdad la realización de la película estuvo en punto muerto durante años, debido en gran medida a que, según Natali, los efectos especiales necesarios para la creación de Dren en la época superaban con mucho el presupuesto de la película. 2005 fue el año decisivo, Hoban y Natali habían trabajado juntos en Nothing, antes por su cuenta Natali realizó Cipher, y Hoban terminaba la trilogía de Ginger Snaps así como el cortometraje Ryan, dirigido por Chris Landreth y ganador de un Óscar.
A ambos hombres les pareció el momento para conquistar definitivamente Hollywood y volvieron a Splice, después de revisar y rehacer el guión con la colaboración del escritor Doug Taylor comprobaron que había valido la pena el retraso porque la tecnología por fin permitía lo que siete u ocho años antes era si no imposible si laborioso y costosísimo como, por ejemplo, el alargamiento de los ojos de Dren, la criatura, que en el guión remodelado se presentaba ya como una criatura de Frankenstein moderna y tremendamente atractiva. La creación imaginada por Natali no podía ser confiada a la animación por ordenador que había tenido a Gollum ( El Señor de los Anillos) como producto más sofisticado, lo que Natali quería hacer era mucho más avanzado que eso y sólo a partir de 2006 se hizo posible el ensamblaje perfecto entre imagen real e imagen digital necesario para darle a Dren ese aspecto entre montruoso e inmensamente tierno. Así Splice vio la luz once años después de haber sido concebida y se había convertido en un parto muy esperado. Se estrenó mundialmente en el Festival de Sitges 2009 donde obtuvo el Premio a los Mejores Efectos Especiales, pero la acogida del público fue más bien tibia y algunas críticas fueron poco elogiosas. Esa recepción se debió en gran medida a la expectación que se había creado en torno al film, ya que durante esos más de diez años que estuvo en proceso se habían filtrado muchas imágenes en la red a la vez que Natali, también gracias a la red, se había convertido en director de culto para buena parte del fandom. Y el fandom a veces puede ser muy cruel.
A Natali la pasión por el cine, como a muchos otros, le llegó ya en la infancia, su primera cámara, súper 8, la tuvo entre manos con once años. Natali llama a esa étapa » Época de plastilina», ya había asistido a un curso infantil de animación de stop motion y rodaba sus primeras películas plagadas de monstruos que asolaban ciudades. Recuerda Natali que los monstruos le obsesionan desde que tiene uso de razón, sus películas favoritas ya en la infancia fueron los clásicos de terror de la Universal, especialmente las de James Whale y sus recreaciones de Frankenstein. Ya decíamos al principio de este artículo que la novela de Mary Shelley reflexiona sobre los límites de la acción humana, de la posibilidad de rebelarnos contra el destino haciéndonos creadores de vida. Probablemente eso es lo que caló en la imaginación del niño Natali, la pregunta por el sentido y así su ópera prima nos presentaba un universo surrealista, deudor del teatro del absurdo y la imaginería kafkiana, en el que bajo la apariencia de problema matemático se nos hace reflexionar sobre nuestros propios esquemas de convivencia, esquemas que se ha fabricado el hombre moderno de cara a los demás, meras apariencias que en situaciones límite, donde entra en juego la supervivencia, caen como falsos decorados saliendo a la luz la verdadera naturaleza humana. El infierno son los otros, al modo sartreano, parecía decirnos Natali en 1997 cuando dio a luz Cube. Se trata de una inquietante historia en la que seis personas desconocidas entre sí, despiertan un día y se encuentran atrapadas en una prisión extraña y surrealista. Seis personas, atrapadas en un laberinto sin fin de habitaciones cúbicas dotadas de trampas mortales. A no ser que entre todos cooperen para descubrir el secreto de su mortal encierro, es seguro que ninguno de ellos saldrá con vida. Pronto descubren como cada uno de ellos posee, en cierta medida, una «clave» para descifrar tan diabólico plan. Los conflictos de personalidad y las luchas por el poder estallarán de inmediato entre todos ellos. Su presupuesto fue de 900.000 dólares, una cifra no demasiado alta que forzó a suplir con ingenio la escasez de recursos, su mejor baza es el ritmo narrativo acompañado de los efectos de sonido, la luz y la desnudez de los escenarios, elementos que logran sumergirnos en un ambiente opresivo e intrigante. Natali se confirmaba como director de atmósferas, tal como ya se había manifestado en su primer trabajo, el premiado corto Elevated. Estrenada en España el 12 de noviembre de 1998 y calificada como «no recomendada menores de 13 años», exhibida exclusivamente en V.O CUBE fue vista por más de veintinueve mil espectadores, llegando a recaudar cerca de veintiún millones de pesetas. Fue el boca oreja el que permitió este resultado que no puede más que calificarse de exitoso dadas las condiciones en que se estrenó. Desde el primer momento Cube fue recibida como obra de culto y al rededor de Natali se creó un colectivo de seguidores que le veían como un director revelación. Con todo el espaldarazo comercial, no le sonrió su segundo largometraje, Cipher (2002), de nuevo una cinta de ciencia ficción que nos sitúa en un futuro donde el poder se lo disputan dos compañías informáticas que rivalizan para dominar el mercado, marco en el que se inserta una trama de espionaje, no llegó a
España hasta 2004, con dos años de retraso y con menos publicidad aún de la que tuvo Cube, en parte debido al fracaso de Cube 2: Hperycube (2002) que no fue dirigida por Natali sino por el también canadiense Andrzej Sekula. Se había podido ver ya en el mismo 2002 en los dos festivales más importantes de cine fantástico de la península: el Festival de Sitges y en la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián, alzándose en Sitges con el Premio al Mejor Actor para Jeremy Northam, no llegó, pues, a estar a la altura de Cube que en 1998 había obtenido en ese mismo certámen el Premio a Mejor Película, pero sí dejó muy buen sabor de boca. El segundo largometraje de Vincenzo Natali es una historia de espionaje industrial que sirve como vehículo ideal para plantear cuestiones de actualidad como la alienación del individuo, la incapacidad de decisión, la puesta en duda de un concepto trascendental en la historia del pensamiento occidental como el libre albedrío, o el hastío rutinario. Y a todos los aficionados les recordó el universo del fabuloso Philipp K. Dick.
Natali seguía siendo visto por los aficionados al fantástico como un director al que no se debía perder la pista, pero las distribuidoras no tenían el mismo interés, Nothing (2003) no se estrenó en España siquiera en DVD. Con su tercera película el canadiense se introducía por los caminos de la comedia pero sin abandonar el terreno de lo fantástico. ¿Qué ocurre cuando a dos perdedores se les da el poder de hacer desaparecer de la faz de la tierra las cosas que no les gustan? Esa es la premisa de Nothing, un viaje hacia la nada de dos perdedores y de la pesadilla daliniana que ellos mismos crean de manera inconsciente. Internet es quien permite que siga creciendo el culto en torno a Natali, de Nothing sólo se tiene noticias en foros y blogs especializados los cuales se encargan de hacer circular los pocos enlaces de descarga que existen. Hubo que esperar hasta 2006 para poder ver en pantalla grande a Natali, esta vez dirigiendo uno de los dieciocho cortos (tantos como departamentos tiene la ciudad) que componen la película colectiva Paris je t’aime. Natali se encarga de ilustrar el episodio dedoicado al Barrio de La Madeleine con una historia romántica de vampiros con estética gótica que tiene como protagonista al tolkiniano Elijah Wood.
En 2006, como hemos dicho Vincenzo Natali estaba ya trabajando en Splice, se empezaban a filtrar imágenes y noticias y las expectativas creándose. Después vino la decepción de los fans, pero el espectador medio no siempre se deja llevar por el criterio de los expertos. Estrenada tan sólo en 77 salas en todo el país, consiguió colarse en el Top Ten y recaudar en su primer fin de semana 133.000 euros. Y es que es cierto que en Splice hay deficiencias porque podríamos calificarla de película cóctel: es un cóctel de referencias cinematográficas especialmente a las monsters movies de los 50 ¿Recuerdan La Bestia de Otro Planeta (20 Millions milles to earth, 1957, Nathan Juran)?
Aunque allí el monstruito que crece es alienígena, los piesecicos son idénticos a los de la nínfulamonstruo, mezclado con algo de Estoy Vivo, e incluso con la alargada sombra de Aliens cuando la criatura nace, más otras referencias más evidentes como sería el caso de Species. Todo un cóctel de géneros: monsters movies, como ya he dicho, sci-fi, terror (y gótico además), melodrama familiar, algunos dicen que thriller, e indie, pues hay voluntad de autoría. Y los cócteles es lo que tienen, si no los agitas bien, en vez de un combinado lo que obtienes es una emulsión en fase dispersa (como cuando se mezcla agua y aceite y se deja en reposo). A Natali le falla el pulso y se va perdiendo el tono a lo largo del film para acabar precipitándose hacia un final operístico (o de opereta, si lo prefieren). Ahora bien, hay que calibrar esas críticas, porque, con todos sus fallos (incluida la napia del Brody) entretiene, pero sobre todo porque sus virtudes superan a sus defectos: los efectos especiales son dignos merecedores del premio con el que se alzaron en la edición de Sitges de 2009; la construcción sintáctica de los planos y secuencias es mucho más que correcta, Natali mueve la cámara de forma interesante, con exceso de barroquismo en ocasiones pero con muy buen tino en otras muchas (el arranque donde rueda el parto en cámara subjetiva, el uso narrativo de la angulación, los fundidos a blanco y a negro aunque sean más tópicos); y, quizás, la iluminación sea uno de sus mayores logros, ese azul metalizado que vira los colores crea atmósfera y es la atmósfera la que evita la total fractura del film, es en la atmósfera donde se da la continuidad porque es la que va acompañando la trama profunda. Bajo la superficie de la acción se va desarrollando un hilo interno que es el que no se quiebra pese a las mezclas que comentábamos, no ya por lo que se refiere a las subtramas, sino, sobre todo, al tema de reflexión para el que el argumento es excusa: la pregunta por cuáles son, o debieran ser, los límites de la ciencia. Veamos más despacio todas estas virtudes enumeradas.
Comentábamos que en buena medida el proceso de creación de Splice se dilató tanto en el tiempo a causa de los efectos especiales, la verdad es que valió la pena esperar. Para lograr que Dren, la criatura, tenga ese aspecto a la vez seductor y pavoroso, se hizo necesario combinar imagen digital e imagen real. De los CGI se encargó la compañía canadiense, tristemente desaparecida el pasado marzo de 2010, C.O.R.E., recordada por su trabajo en Mimic (1997, Guillermo del Toro), que ya había colaborado con Natali en Cube, Cypher y Nothing. Si la Dren bebé es 100% digital, la Dren niña (Abigail Chu) lo es en un 50%, mientras que la adolescente ya sólo lo es en un 30%, el 70% restante corresponde a la actriz Delphine Chanéac, auténtica alma de la criatura.
C.O.R.E se ocupó de añadir una sección extra a las patas de Dren para que tuvieran tres articulaciones, ensamblarle una cola (que es 100% digital para la Dren adulta y 80% digital para la Dren niña), prescindir del cuarto dedo de ambas manos y del ombligo (dado que no nace de un útero) y colocarle alas. Sin embargo, el trabajo más importante respecto a estos Efectos Visuales fueron los ojos, declaraba Bob Munroe, responsable de C.O.R.E. : “Estamos ensanchando los ojos de Delphine excediendo ligeramente las proporciones humanas y luego, sustituiremos los ojos de la Dren niña por los de Delphine haciendo uso de una técnica ideada por el supervisor de imagen digital Terry Bradley, que es algo que no he visto nunca.” Además de los CGI fueron necesarios, por supuesto, efectos de maquillaje, de los cuales se encargó el oscarizado Howard Berger quien leyó el guión de Splice a instancias de Guillermo del Toro (productor ejecutivo, que ha dejado su huella claramente impresa en el film). Para del Toro la presencia de Berger era una garantía de obtener los resultados deseados, y no se equivocó. La directriz principal de Berger era el realismo y decidió conseguirlo dedicando un esfuerzo exhaustivo a los detalles, tales como la piel, los ojos y la cola.
La fórmula que Berger encuentra más eficaz es la combinación pormenorizada de los efectos prácticos y digitales llevados a cabo por C.O.R.E. “Es un truco de magia. Dren es realmente el patito feo que comienza siendo algo poco definido y evoluciona en algo bello.” Para diseñar los ojos de Dren, Berger creó diez versiones diferentes de la cuales Natali escogió una a la que posteriormente se añadieron unas pupilas en forma de cruz. Para este fin, Berger creó para Chanéac unas lentes de contacto esclerales que cubrían todo el globo ocular. El resultado fue más que brillante, pero todo este ingenio de magia cinematográfica no habría producido el mismo impacto de no haber podido contar con Delphine Chanéac, el propio Berger así lo declaraba: “En general, los animales son peligrosos e impredecibles. Eso es lo que hace que Dren sea genial. Delphine ha puesto toda la carne en el asador. Este personaje no existiría sin ella. Todo en ella es muy específico, desde su aspecto hasta sus movimientos, creados por ella misma. Ella es como un pajarito y al mismo tiempo un auténtico depredador. Incluso los sonidos que hace son invención de Delphine. Su agilidad y su resistencia son impresionantes. Vincenzo creó este personaje en sus sueños, pero Delphine le ha dado vida.”
Así como Dren, la criatura, es la pieza fundamental del film, la mejor interpretación es la que nos regala la joven parisina. La carrera de Delphine Chanéac antes de Splice se había desarrollado fundamentalmente en TV, medio en el que empezó a actuar con tan sólo 16 años. Su inclusión en el reparto llegó de manos de la casualidad, cuando Natali y Hoban se dirigían a las oficinas de la Gaumont para iniciar el casting para Dren, la vieron en la acera fumándose tranquilamente un cigarrillo (en 2007 la santa cruzada contra los fumadores todavía no alcanzaba las cotas actuales, aunque ya los talibanes antitabaco se estaban haciendo con el poder de dominar la opinión pública) y tuvieron claro que el papel había de ser para ella. Vieron a otras aspirantes pero ya ninguna les pareció capaz siquiera de rozar el listón de Delphine. La actriz elegida era determinante para dar carácter a la criatura, dado que sólo se iba a digitalizar en una mínima parte, Dren le debe más a Delphine que a los efectos especiales, ella describía así su impresión sobre el personaje: “Para mi, ésta es una historia de amor. Dren quiere amar y ser amada, pero, al mismo tiempo, se la mantiene apartada por no ser normal. Es bastante sensible y pura, como un niño, pero al mismo tiempo, se comporta de un modo agresivo. Me encantan estos sentimientos ya que yo soy un poco así. Tuve que concentrarme muchísimo para transmitir estas emociones debido a las duras exigencias físicas.” Esas exigencias físicas eran acostumbrarse a patas de tres articulaciones, tres dedos, una cola y alas. Pero la penetración psicológica fue obra de la actriz, ella fue la que ideó su propio lenguaje de ronroneos y gorjeos para comunicar un amplio abanico de emociones.
Completan la tríada protagonista Sarah Polley y Adrien Brody interpretando a los científicos «padres» del monstruo. En el nombre de sus personajes, Natali rendía homenaje a La Novia de Frankenstein (The Bride Of Frankenstein, 1935, James Whale), Brody es en la ficción Clive Nicoli, clara alusión a Colin Clive, actor que interpretó a Víctor Frankenstein en la película de Whale, y el personaje que interpreta Sarah se llama Elsa Cast homenaje a Elsa Lanchester, que interpretó a Mary Shelley (además de a la novia de la criatura) en la misma película. Clive y Elsa son un matrimonio de científicos consagrados a la ingeniería genética que no se detendrán a la hora de dar el salto a crear vida incluyendo ADN humano, auténticos mad doctors, la diferencia que introduce en ellos Natali respecto a la tradición es que les dota de profundidad piscológica, los hace humanos y no simples fanáticos. Eso es lo que más indignó al fandom, que se mezclara en la trama tintes de drama de pareja y se entretuviera en retratar los conflictos internos que se pueden presentar al chocar los intereses por el éxito profesional con la creación de una familia. Elsa supedita la maternidad a su carrera para luego sublimar ese instinto en su consagración a Dren; por su parte Clive se deja plegar a la voluntad de Elsa tanto en lo profesional como en lo familiar aunque vea lo insano de sus actitudes. Igual que este giro hacia el melodrama fue lo que más disgustó a la crítica especializada, también las actuaciones de Adrien y Polley fueron las más denostadas. No comparte esa opinión quien esto escribe. Brody y Polley componen un retrato del científico alejado de los tópicos con los que nos ha sido presentado siempre, se meten perfectamente en la piel del nerd casi afectado por el Síndrome de Asperger y nos transmiten sus contradicciones y la gama de emociones que les generan su comportamiento y sus deseos. Splice no es una película de mad doctors más, va más allá porque impregna de realismo a la historia y a los personajes sin renunciar, por ello, a lo fantástico.
¿Qué es en definitiva lo que nos cuenta Natali en Splice? El argumento (que ya iba siendo hora de que lo contásemos) nos sitúa ante Clive y Elsa Kast, dos jóvenes que trabajan en el campo de la genética. No sólo son un equipo, sino también pareja. Trabajan de manera conjunta en la creación de Fred y Ginger (más homenajes), dos animales híbridos totalmente funcionales, una combinación de vertebrado e invertebrado, algo totalmente innovador que les ha brindado gran reconocimiento público. Intoxicados por su éxito, pero obstaculizados por la decisión de Newstead de cerrar su proyecto (para centrarse en el aislamiento de la proteína CD-356, que tiene un potente valor medicinal para el ganado y constituye una mina de oro en potencia para la compañía), deciden crear en secreto una nueva criatura: Dren, una combinación de ADN humano y animal. Concretamente, Elsa inocula su propio ADN: la criatura resultante es a la par su obra y su descendiente. Llevado en secreto su experimento, al principio todo es satisfactorio, pero pronto se verán los aspectos menos positivos.
Elsa vive entregada a su creación, en parte como científca, en parte como mujer que está sublimando sus instintos maternales, todo bajo la alarma de Clive, mucho más consciente de los peligros de haber trasgredido los límites, intenta deshacerse de la criatura, pero no puede consumar un acto que en parte sería como asesinar a un humano. Si al principio Elsa y Clive vivían su relación y su investigación bajo el mismo signo pasional, la química entre ellos va viéndose deteriorada por la evolución de sus distintos planteamientos ante lo científico, la película avanza como un drama de pareja a la par que como reflexión bioética. El crecimiento de Dren, la criatura, es más acelerado que el de los humanos, cuando llega a la adolescencia los problemas se ven agravados, como híbrido de humano y bestia, despierta a la vez a sus ansias de libertad y aceptación y a sus instintos depredadores, en su ontogenia se resume toda la filogenia de lo vivo desde lo más primario a lo más refinado, desde la conducta fiera a la conciencia moral, desde los impulsos animales hasta el deseo de ser amada.
Y ese anhelo de ser amada regirá las relaciones creador-criatura, Dren vive la soledad del monstruo y buscará amar al propio creador. Desde su propio nombre ella es el reverso simétrico de sus creadores (Dren, leído al revés nos da la palabra nerd, y Elsa y Clive lo son), por tanto es lo contrario del conocimiento, esto es, ella es la fuerza de la naturaleza, por eso resume en sí los dos principios, el bien y el mal. Así, bajo su forma femenina las alas la aproximan icónográficamente a los ángeles, pero cuando su metamorfosis la lleve a convertirse en un ser masculino su belleza se eclipsa y esas alas, entonces, se convierten en un eco de la imaginería con la que los humanos representan al demonio. Resume pues los dos polos antagónicos asociándolo a lo femenino (la ternura) y a lo masculino (la agresividad), como fémina hará el amor con Clive, quien hasta entonces ha hecho las veces de padre (relación incestuosa, pues) y como macho violará a Elsa que es en verdad su madre biológica. Este es uno de los elementos que diferencian a Splice de otras películas de mad doctors, supone una vuelta de tuerca de lo que había planteado Mary Shelley, lo natural y lo científico pueden vivir un idilio pero también una relación de antagonismo extremo en la que se impondrá el poder de la naturaleza: el hombre no puede dominar plenamente lo natural, por eso si sigue agrediendo el equilibrio ecológico del planeta se verá abocado a su propia destrucción.

Natali denuncia lo que de negativo tiene la ciencia, no sólo por su afán de transgresión, sino especialmente por su dimensión de hipocresía cuando se convierte en aliada de la industria y antepone los intereses económicos a los éticos. Es portavoz de la sospecha de que no todo avance sale a luz pública y, por tanto, no queda sometido a la revisión de sus límites pudiendo poner en riesgo a los propios humanos. El mensaje de la cinta acaba teñido de pesimismo, el principio destructor es insoslayable por mucho que los humanos ansíen únicamente crear.




































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