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El amanecer del planeta de los simios: el valor de la confianza
Preguntado recientemente a Colin Arthur su parecer sobre los CGI, afirmaba que cada época les brinda nuevos medios a los creadores con los que pueden dar expresión a su arte, de modo que los efectos digitales permiten soluciones que antes no podían alcanzarse. No había nostalgia en él respecto a los FX de antaño, y, sin embargo, sí concluía que pese a todo las nuevas criaturas digitales no llegan a tener alma. Sin duda, si llega a ver los logros de la nueva saga del planeta de los simios, matizará aún más su opinión. Porque los nuevos primates de El amanecer del planeta de los simios, interpretados digitalmente, sí capturan el alma de sus personajes.
Es inevitable empezar el comentario del filme de Matt Reeves hablando de sus prodigios técnicos porque sin duda son lo mejor de la película. Un despliegue visual y sonoro auténticamente espectacular, conseguido en gran medida por la mezcla de localizaciones exteriores y rodaje en 3D. La yuxtaposición de la belleza de la Madre Naturaleza y la alta tecnología de Hollywood resulta llamativa. Jason Clarke (Malcolm, uno de los cabecillas de los humanos, en la película) cuenta cómo es adentrarse en un decorado situado en medio del exuberante bosque pluvial de Columbia Británica: “Es sencillamente asombroso: bosques primitivos, cámaras de 3D, cámaras de captura de movimientos, cables por todas partes, máquinas fumígenas, máquinas de niebla, lluvia y barro, un equipo técnico de cientos de miembros y, luego, 50 actores interpretando simios que recorren el bosque. Yo siempre prefiero rodar en exteriores antes que en un estudio de sonido, porque aporta mucho realismo al proyecto. Esto vale para los actores que encarnan a los personaje humanos y también para los ‘actores de simios’. Éstos no se limitan a estar sentados en grupo. Tienen que interactuar con personas, con el bosque, con el barro y con todo lo demás; con las rocas, las piedras y la lluvia”.
El prodigio de Weta Digital se debe a que, para la interpretación digital, se disponía de 35 personas en cada unidad, un despliegue de unas 50 cámaras de captura de movimientos y ocho cámaras testigo que estaban rodando constantemente cualquier cosa en la que participara un personaje simio. De este modo se conseguía que todo el equipo, los actores protagonistas y los actores «simio», estuviesen juntos a la vez en el mismo lugar, de ahí que la acción resultará realista y se pudiera captar lo más difícil, las emociones que se trasladan a la pantalla tal cual si hubieran existido simios evolucionados hasta el dominio del fuego y el lenguaje. Todo el trabajo técnico estuvo puesto al servicio del relato y sobre todo al servicio de lo que más le interesaba plasmar a Matt Reeves: cómo sería en su origen un mundo de simios que progresivamente van adquiriendo habilidades culturales.
La descripción del mundo simio es el pasaje más brillante del filme y es dónde Reeves consigue aportar más al canon de El planeta de los simios. Su comienzo es colosal, una escena de caza en grupo de proporciones monumentales, en la que nos invade desde la pantalla una colonia de simios dispuestos a saltar sobre una manada de rumiantes (ese 3D que la prensa barcelonesa no pudo ver) bajo la lluvia que cae sobre un bosque de árboles afilados desde los que vemos descender a centenares de simios. Excelente resulta la planificación majestuosa de Reeves que concede a la escena su carácter épico. Tras ella y durante casi media hora asistimos a una secuencia protagonizada exclusivamente por simios, sin ningún personaje humano. El neoyorquino ensaya la hipótesis sobre cómo podría ser el origen de una civilización, por eso no cae en el simple paisaje postapocalíptico sino que recrea un mundo sobre el que la naturaleza ha vuelto a tener dominio y en el que va a emerger una nueva especie dominante. Nos sitúa en un entorno que nos puede recordar el despertar de la especie humana en 2001, una odisea del espacio, salvo que aplicado aquí a los simios, y cuida minuciosamente los detalles en los que se ve el despertar de una nueva civilización haciendo especial hincapié en la adquisición del lenguaje articulado. Esta es la principal aportación personal con la que contribuye a la saga (propuesta suya que cambió todo el proyecto original que iba a ser dirigido por Rupert Wyatt ) y ya sólo por ella su obra merece los halagos con los que la ha acogido la crítica americana que vienen a reconocerla como un nuevo modelo de blockbuster no reñido con la inteligencia y la profundidad.
No les falta razón a los especialistas, sin embargo, hay que puntualizar que la saga original era, en su conjunto, más inteligente que la actual con una trabazón de la trama más redonda y una propuesta distópica más seria. El amanecer del planeta de los simios ofrece un interesante planteamiento sobre el origen de la civilización, pero, más allá de ello, el trasfondo al que apunta no es original ni está minuciosamente perfilado. Argumentalmente, El amanecer del planeta de los simios nos habla de una creciente nación de simios genéticamente evolucionados, encabezados por César, que se ve amenazada por una banda de humanos que sobrevivieron al devastador virus desencadenado diez años antes. Virus que ha conducido a la práctica extinción de la especie humana y ha acabado con nuestra civilización. Los simios han prosperado y los humanos están en decadencia. Una escena postapocalíptica, pero la película trata de hablar de supervivencia más que de apocalipsis. Supervivencia a la que aspiran simios y humanos, el interrogante es si pueden sobrevivir ambas especies en un clima de paz que elimine el recelo de unos ante los otros. En ese debate entran en consideración las formas antagónicas de entender el liderazgo (César pacificador, frente a Koba el belicista, en la comunidad simia; y la misma dialéctica entre los humanos donde las dos opciones son representadas por Alexander y Dreyfus (Gary Oldman) respectivamente y el marco referencial último: la confianza.
El valor de la confianza es, pues, la reflexión última a la que apunta el filme, pero para exponerla cae en lo superficial y el abuso de momentos emotivos muy convencionales: pequeñas nubes oscuras que empañan lo que podría haber sido brillante. Con todo, sus defectos no arruinan su aciertos y consideramos que El amanecer del planeta de los simios es una propuesta interesante merecedora de estar entre los principales éxitos que nos va a deparar la temporada estival. Un filme a tener en cuenta.
Open Windows, un thriller online
Al principio fue la Batbola, toda una lección de cine. Terminaba un siglo y un joven Nacho Vigalondo cortometrajista hacía metacine haciendo cine. Si no entienden mis palabras, es tan sencillo como pinchar el vídeo:
En esta obra primeriza el director de Los cronocrímenes demuestra que, a la hora de contar historias, importa tanto o más el cómo que el qué. Y nos habla de uno de los principios básicos del relato cinematográfico: la generación de expectativas en el público. El mecanismo de la intriga es el que mejor pulsa en su último trabajo, Open windows, un trhiller que bebe en los clásicos (debe mucho a La ventana indiscreta) para llevarlos a todo un nuevo mundo: nuestras vidas marcadas por Internet. Así lo declaraba su protagonista, Elijah Wood: «Es un thriller muy emocionante, muy intenso, que bebe de raíces clásicas pero utiliza un lenguaje experimental, trabajando a través de diversas pantallas. Se caracteriza por su gran ambición por contar la historia de una forma nada convencional (…) Creo que su punto fuerte es esa forma de contar la historia de una forma no convencional sin que parezca un truco fácil, porque tiene un enorme trabajo detrás”.
Las formas importan, pues, porque de ellas se desprende (si no siempre, muchas veces, al menos) la intención del autor. Vigalondo ha querido convertir la gran pantalla cinematográfica en la reducida pantalla de un ordenador, una forma de expresar como en la era de la información casi toda imagen nos viene mediada por su exposición a través del filtro de las pantallas. Y muy especialmente por las cibernéticas, porque, como dice el propio director, Internet es el telón de fondo de nuestras vidas. Si el cine quiere seguir siendo reflejo del mundo, tendrá que acercarse a las nuevas tecnologías de la información y la imagen, o se perderá una buena parte de la realidad que nos rodea. Así confiesa su pretensión Vigalondo: «yo quería contar una historia que tuviera una relación muy estrecha con el formato en sí. Y contar una historia que tuviese mucha relación con Internet. Y si en nuestra relación con Internet, lo primero que se cuestiona es nuestra identidad ¿Quiénes somos? ¿Qué actitud tenemos respecto a los demás?… es por eso que casi todos los personajes tienen una identidad que se cuestiona a medida que avanza la película”.
Las formas, así, marcan un fondo que va más allá de lo meramente argumental. Bajo el ropaje del thriller (que por momentos roza la comedia de enredos, todo hay que decirlo), el cántabro somete a nuestro juicio los nuevos interrogantes que la tecnología ha volcado sobre nuestra existencia. Todos estamos exhibidos en el expositor de la red, a merced unos de otros. Vigalondo lo refleja a través del máximo exponente de la violación de intimidades, el hacker, figura extrema que le sirve para formular hipótesis sobre nuestro mundo más cotidiano.
Citábamos antes La ventana indiscreta, allí Hitchcock nos llevaba a reflexionar sobre nuestra condición de voyeurs cuando asistimos al cine, hoy, los medios informáticos han elevado a la enésima potencia nuestra posibilidad de regodearnos viendo sin ser vistos. Open Windows muestra como la web 2.0 ha multiplicado las posibilidades de construirnos una atalaya desde la cual observar el desfile de la realidad desde la intimidad de nuestros hogares. Y no sólo de mirar, sino de hacerlo de modo inquisitivo hacia los demás. No somos meros oteadores, somos también jueces implacables (amparados, además, por el anonimato). Internet ha trastocado los límites entre lo privado y lo público, contemplamos todo lo que nos llega expuesto a través de la pantalla de nuestros ordenadores como objeto de juicio, y disfrutamos de saber que nuestros actos tendrán repercusión sobre los personajes públicos de los que seamos seguidores. De lo que muchas veces no somos tan conscientes es de que todo en la web 2.0 circula en doble dirección, es decir, que a la vez que observadores somos objetos de observación. Y si nuestros actos pueden manipular a otros, también los otros pueden manipularnos a nosotros.
¡Ah! y por cierto, sí, a Sasha Grey se le ven los pechos.
El retorno de Vampyres: entrevistamos al director y los protagonistas
Saber que una película tan mítica y ‘nuestra’ (a pesar de ser británica) como Las hijas de Drácula, o mejor dicho, Vampyres, iba a tener una nueva versión actualizada, provocó que muchos nos hiciéramos cruces. No por alejar a las chupasangres protagonistas, esas no nos provocan miedo precisamente, sino por la ‘profanación’ que supone revisar un film de culto tan perfecto y querido como es el de José Ramón Larraz. Y más después de haber visto despropósitos como el que se perpetró con ¿Quién puede matar a un niño? del apreciado Narciso Ibáñez Serrador… Pero del espanto pasamos a la tranquilidad cuando supimos quien estaba detrás del proyecto, que no era otro que Víctor Matellano, gran estudioso del cine de género en España, tal y como ha demostrado en dos libros imprescindibles[1] y en su pequeña pero interesante filmografía[2] que homenajea continuamente a aquellos actores, ya mitos, del cine fantástico y de terror español. Estamos seguros de que Vampyres mostrará respeto por el film de Larraz y aportará una nueva visión que refrescará el panorama terrorífico español.
Así que mientras esperamos verla con impaciencia, abrimos boca entrevistado al director y parte del reparto del film. Todos ellos nos contarán los detalles del rodaje y nos adentrarán en el fascinante mundo de Vampyres.
Pero comencemos por el principio…
… Y EN EL PRINCIPIO FUE LARRAZ
Proveniente del mundo del cómic y la fotonovela, no fue difícil para el barcelonés José Ramón Larraz pasar a idear planos con la cámara y contar historias en imágenes, ahora en movimiento. A caballo entre España e Inglaterra, donde se instala durante una larga temporada, no deja escapar la oportunidad de investigar ese nuevo campo estrenándose en 1970 con Whirpool, película que fue seguida por producciones españolas y otras rodadas y producidas en Inglaterra, como su obra más recordada: Vampyres (1974), un film influenciado por las más eróticas y sangrientas producciones Hammer, lo que le supuso, a pesar de haber aligerado convenientemente parte de su metraje, la clasificación ‘X’ en las salas británicas. En España se estrenó íntegra, aunque hubo que esperar seis años para verla y con una ‘S’ bien visible en su cartel, no fuera que “por su temática o contenido pudiera herir la sensibilidad del espectador”. En Las hijas de Drácula, que es el horripilante título que recibió Vampyres en España, Fran (Marianne Morris) y Miriam (Anulka), son dos vampiras enamoradas que buscan a sus víctimas haciendo auto-stop, seduciéndolas y llevándolas a su mansión, donde se alimentan de su sangre. Creándose entre Fran y una de sus presas, Ted (Murray Brown), una extraña dependencia.
No exageró el director cuando señaló que en su película “el vampirismo es algo bestial, casi parece canibalismo”[3] por las pasiones desatadas de sexo y sangre. Cuenta Larraz que “el guión lo escribí en una semana, ni un día más”[4], transcurriendo “tres semanas de rodaje con unas chicas de Playboy que no habían visto una cámara ni desde lejos”[5] , cumpliendo de sobra los objetivos que los productores le demandaron: “A lot of blood and a lot of sex”[6]. El resultado es un éxito que sobrevive hasta nuestros días como un film de culto y el más conocido del director, que posteriormente continuó rodando más historias, muchas de ellas puramente alimenticias y ya en su país de origen, compaginando terror, (un dudoso) humor y erotismo. Pero tan satisfactoria fue la experiencia de Vampyres que el mismo productor, Brian Smedley-Aston, animó a Larraz muchos años después a rodar una segunda parte, para la que Larraz escribió el guión, quedando la cosa en suspenso… hasta ahora.
VAMPYRES DE VÍCTOR MATELLANO
Muchos nos hemos ilusionado ante la perspectiva de ver una nueva versión o continuación de aquella película que rodara Larraz hace ya la friolera de 40 años. Un film que se mantiene fresco y enigmático. Sexy y violento. Todo un reto cuyo origen y proceso nos narra el propio director en esta entrevista que le hemos realizado:
– Háblanos de tu relación con José Ramón Larraz y de cómo nace el proyecto Vampyres
Larraz y yo nos conocíamos desde hace unos dieciséis años, nos presentó Jack Taylor en su casa. Nos hemos frecuentado durante estos años de forma más o menos continuada, siempre con amistad. Sobre todo en los dos últimos años, y siempre hablábamos de hacer algo juntos. José Ramón era una persona muy interesante, un gran conversador, y francamente tenía un talento impresionante. Lo admiro, lo quiero y lo recuerdo con mucha frecuencia. Al plantearnos volver a la historia de ‘Las hijas de Drácula’ lo primero que hacemos es reflexionar conjuntamente sobre el papel sobre qué cuestiones se debían mantener de la anterior versión y cuáles no. A partir de ahí trabajamos una nueva sinopsis y una primera vuelta sobre el nuevo guión. Después, ya con las aportaciones de Ángel Mora, nuestro productor ejecutivo, termino de escribir las últimas versiones, siempre en base a lo trabajado con Larraz. Respecto a la primera película, cambia el tercer acto, algunos personajes se desdoblan, desaparece alguno y aparecen otros nuevos. Lo que más nos preocupaba a José Ramón y a mí era dotar al personaje protagonista de motivaciones claras, así como evitar que en el último tercio decayese el ritmo.
– ¿Conseguiste a los actores que buscabas? ¿No fue posible la intervención de las actrices originales como guiño al film del 74?
Mano a mano con la directora de casting, Ana López, que es una gran profesional, fuimos elaborando el reparto. Para ello se hicieron pruebas con cámara a diferentes actores y actrices, las escenas más comprometidas del guión. Creo que el reparto ha quedado muy ajustado a los personajes, de gran calidad. Respecto a las intérpretes de la primera película, que estaban fantásticas en aquella, obviamente no estaban en edad. Hubiese sido un guiño, cierto, pero te aseguro que toda la película es un guiño en sí mismo, y también al resto de películas de Larraz como ‘Whirpool’ o ‘Symtoms’.

El director junto a Marta Flich (a su derecha) y Almudena León durante una presentación de Vampyres en el festival Nocturna, donde se proyectaron unas secuencias del film.
– ¿Qué tal las nuevas vampiras? ¿Nos cuentas algo de ellas?
Marta Flich y Almudena León son nuestras vampiras. Hubo que hacer mucho casting para esos personajes, aunque en el caso de Almudena lo tenía claro, ya que hemos colaborado bastante juntos y conozco sus posibilidades, cómo trabaja. Lo más difícil que han conseguido, con gran técnica, es su compenetración. Era complicado, muchas escenas de sangre y desnudos, no caer en la parodia… Lo bueno que tienen tanto Marta como Almudena es que poseen un método muy técnico, muy ágil, no fallan ni una toma, lo necesario para un rodaje rápido como este. Marta Flich simplemente llena la pantalla, tiene una presencia espectacular, además de ser una de las actrices más divertidas que he conocido en un rodaje. Muy generosas las dos.
– ¿Es tan alto el grado de erotismo al del film de Larraz?
Yo creo que ‘Las hijas de Drácula’ fue realmente innovador respecto al erotismo. No tanto por los desnudos, o las escenas de cama como por el tratamiento de la perversión. Eso lo hemos mantenido, era vital. Y lo que hemos potenciado es el misterio, la acción, y los toques gore.
– ¿Qué tal ha ido con Caroline Munro? ¿Fue muy difícil conseguir su colaboración?
Caroline es un ser maravilloso. Estaba presente en mi documental ‘Zarpazos!’. Es sencillo que acepte si le gusta el personaje, y este le gustó, especialmente escrito para ella. Un personaje que posee las claves de la historia. Es un lujazo trabajar con ella.

Caroline Munro durante el rodaje de Vampyres. A su vera puede verse a Víctor Matellano y Colin Arthur.
– También has contado con actores de la talla de Lone Fleming, May Heatherly, Antonio Mayans y Conrado San Martín. ¿Qué tal fue con estos veteranos?
Son todos amigos, lo ponen muy fácil y se las saben todas. De ellos, la que tiene el papel más largo es Lone, también escrito expresamente para ella. Antonio personifica un claro homenaje a ‘Vampyr’ de Dreyer, una de las películas preferidas de José Ramón. Y May y Conrado interpretan al matrimonio senior que al final quiere comprar la casa. Respecto a otras colaboraciones más jóvenes, tenemos a Fele Martínez y Luis Hacha, muy grandes también.
– ¿Buscaste conseguir la atmósfera que consiguió Larraz en su film? ¿Seleccionaste localizaciones similares a las de él?
Lo más importante del cine de Larraz es la atmósfera y por supuesto que era prioritario. Las localizaciones siguen esa estela de misterio y belleza.
– ¿En cuanto tiempo se ha rodado? ¿Has podido contar con los medios necesarios?
Se ha rodado en cuatro semanas, un tiempo muy ajustado. Si me preguntas por los medios, todos los directores decimos que tenemos poco tiempo y que nos hubiese gustado tener más medios. Pero creo honestamente que la película ha tenido lo esencial.
– ¿Ha habido alguna escena especialmente complicada de rodar?
Las escenas más complicadas, las de sangre. Y las menos, las de sexo. Sinceramente, nunca había rodado sexo anteriormente y no me ha sido al final complicado, los actores han aportado mucho y lo han puesto fácil.
– ¿Ha tenido muy complicado Colin Arthur el trabajo en fx?
Es la tercera película que hago con Colin, aparte del documental. En ‘Wax’ tuvo trabajo, pero aquí ha tenido mucho trabajo. Intento ponérselo fácil, pero a veces no lo es, pero como es un grande, soluciona cosas realmente difíciles. Para nosotros era muy importante tenerlo, porque estuvo en la película original. También por su carácter personal, su técnica y lo que representa. Y aporta todo.
– ¿Alguna anécdota del rodaje que quieras compartir?
Hay muchas, como las inclemencias meteorológicas, ya que hemos pasado frío, calor, hemos tenido lluvia etc. Otras, como el reencuentro profesional de Colin y Caroline, cuarenta años después de hacer juntos ‘El viaje fantástico de Simbad’ de Harryhausen. O el reencuentro de Caroline con la figurinista de ‘Superman’, Yvonne Blake, en el rodaje. También llevaban cuarenta años sin verse desde que rodaron una película con Richard Widmark…[7]
– ¿Tendremos ocasión de ver alguno de tus films en el Festival de Sitges?
‘Wax’ se pasa ahora en el festival Nocturna de Madrid y en el Festival de Alicante. ‘Zarpazos!, tras su paso por festivales, se comercializa el mes que viene. Sin duda Sitges es el festival de festivales, el sueño de cualquier aficionado al fantástico, como nosotros lo somos. Nos gustaría que estuvieran las películas, claro, y por supuesto ‘Vampyres’.
‘Vampyres’ es la primera producción de Artistic Films y espero que haya más. Ha sido una apuesta muy arriesgada y valiente, que creo hemos hecho con mucho amor y dedicación. Y que espero que eso se traduzca en la pantalla en una gran película.
HABLAN LOS PROTAGONISTAS: MARTA FLICH, ALMUDENA LEÓN Y CHRISTIAN STAMM
Marta Flich y Almudena León son dos jóvenes y competentes actrices que han afrontado el difícil papel de interpretar los roles que inmortalizaron Anulka y Marianne Morris en el film de Larraz. Marta, con colaboraciones en televisión y en algún largometraje como Omnívoros (2013, Óscar Rojo), recientemente se ha interesado por otras facetas del cine, como demuestra su primer cortometraje, 2×0 (2013), que ha escrito, interpretado, coproducido y dirigido y en el que además ha colaborado en la banda sonora. Para Almudena León este es el primer papel importante en el cine tras colaborar con Víctor Matellano en su película Wax (2014) y participar en cortos como Waiting (2013, Rhoda N. Wainwrigh). Por su parte Christian Stamm es un actor de origen alemán que desde temprana edad ha estado dando botes por Italia, Francia, Estados Unidos, Madrid y finalmente Barcelona, donde se ha instalado y ha decidido apostar por la interpretación, profesión que ha hecho suya y que le ha llevado a realizar un buen número de papeles para cine y televisión.
Los tres respondieron amablemente nuestras preguntas:
– ¿Cómo entrais en el proyecto Vampyres?
Almudena León: Tras un proceso de casting, como siempre. Me convocaron a casting porque ya habían visto mis anteriores trabajos en ‘La venta del Paraíso’, ‘Wax’ y en teatro con la obra ‘Mujeros’.
Marta Flich: La directora de cásting me llama para decirme que tengo el perfil de una de sus protagonistas. Así que hago el cásting y… ¡Tachán! me dan la noticia de que voy a encarnar a una de las vampiras de Vampyres.
Chistian Stamm: Alguien me llamó porque había visto mi material por ahí y me invitó al casting.
– ¿Cuál es vuestro papel en la película?
M. F.: Fran, una vampira inquietante y cruel que tiene una relación con su otro yo que es otra vampira y que se dedica a seducir, para beber sangre, matar y posteriormente comerse a la víctima. Hasta que llega Ted, un pastor protestante del que se enamora. Ahí empiezan sus problemas.
A. L.: Soy una de las dos Vampiras, Miriam. Es un personaje que oculta muchas cosas, a pesar de que muestra bastante (Risas). Su mirada dice mucho.
C. S.: Soy Ted, el protagonista principal, detrás de Caroline Munro.
– ¿Hubo alguna escena especialmente complicada de rodar?
A. L.: Las escenas en la bodega, en Talamanca, y la de la bañera creo que son las más bonitas, pero las más complejas. Por el frío que hacía y por los efectos especiales. Al haber sangre, cortes, etcétera, requerían mucha concentración por nuestra parte y mucho respeto por parte del equipo para que todo saliese bien a la primera. Tuvimos que medir perfectamente por donde hacer el corte, ya que era yo la encargada de cortar el cuello a una de las actrices, pero el gran Colin Arthur se ocupó de enseñarme bien cómo hacerlo.
M. F.: Por las condiciones climatológicas, hacía mucho frío, se hizo complicado rodar con tan poca ropa e incluso llegué a meterme en una bañera con agua fría a muy pocos grados. ¡Terrible! Pero son una de esas cosas que quedan como anécdota y que acabas contando con una gran sonrisa.
C. S.: Las de cama.

Almudena León
– Hablando de escenas de cama ¿tuvisteis algún problema respecto a rodar escenas eróticas?
M. F.: No. Es más incómodo rodar una escena erótica con corsé que en top less.
A. L.: La verdad es que no. Confío mucho en Daniel Salas, el director de foto, y en Víctor Matellano, ya que ellos querían cuidar mucho la estética de la película, por tanto, sabiendo que no eran desnudos frontales ni ordinarios, la tranquilidad era mayor. Además no soy una actriz pudorosa, creo que el cuerpo de la mujer es muy bonito y a estos personajes les da un realismo brutal. Para mí era necesario verlas desnudas, como animales, con un instinto primario de devorar y beber sangre sin importar nada más que eso. Aunque tengo que reconocer que el rodar desnuda, además del frío que pasamos, hacía que, como actriz te sintieses muy expuesta y muy vulnerable. Pero siempre en set se pedía ‘equipo mínimo y respeto máximo’. Eva Ferradas, ayudante de dirección, era la encargada de ello.
C. S.: Pues al final no surgió ningún ‘problema’ en estas escenas (aparte de algún que otro morado que me hizo una de las vampiras…), pero porque el rodaje estaba muy bien preparado y muy bien cuidado todo. El ‘dire’ nos instruyó muy bien, los actores nos mentalizamos bien, y el equipo de producción fue más que serio y profesional en todo lo que hacían.

Christian Stamm pasando… ¿frío o miedo?
– ¿Qué tal fue en general el rodaje?
M. F.: Genial. Mucha complicidad con el equipo. Grandes profesionales. No puedo estar más contenta con todos ellos. Una familia.
A. L.: Ha sido un rodaje maravilloso, con un equipo fantástico. Es cierto que era muy cansado porque han sido muchas horas, hemos pasado frío, hemos tenido complicaciones lógicas de rodaje. Pero hemos hecho muy buena amistad con todo el equipo, y yo en especial con mi otra vampira, Marta Flich.
C. S.: Súper agradable. Con un director y un equipo de producción como la copa de un pino, y unos compañeros actores estupendos todos.
– ¿Cómo ha ido con los actores veteranos?
M. F.: Yo coincidí con Antonio Mayans. Es un ser encantador, profesional y absolutamente carismático. Tuve un trato exquisito.
A. L.: Es un lujo poder trabajar al lado de figuras del cine de terror como Caroline Munro. Tuve la oportunidad de conocerla, y me parece preciosa. A Lone Fleming también la conocía por otros trabajos en los que hemos coincidido y es un amor de persona, muy cercana y muy cariñosa. La adoro y la admiro. Con Antonio Mayans coincidí un día de rodaje, y es un encanto también. Para mí ha sido un placer compartir película con ellos.
C. S.: ¡Todo un privilegio y un inmenso placer! ¡Con todos! Además, era fantástico escucharles y aprender de ellos y de su experiencia vivida.

Una magnética Almudena.
– ¿Habíais visto el film original?
M. F.: No, porque no me quise autosugestionar. No quise tomar referencias. Sólo quería oír las directrices de Víctor Matellano.
A. L.: Si, me consiguió la película una amiga y la vimos en su casa. Inmediatamente pensé que encajaba perfectamente en Miriam, porque era la idea que yo tenía del personaje y de lo que quería trabajar como actriz. Además me permitió darle una vuelta de tuerca a esta vampira que a día de hoy era muy diferente a la que creó Larraz en el 74.
C. S.: No lo había visto y preferí no verlo antes del rodaje, para no quedar ‘condicionado’
– ¿Os atrae el cine de terror? ¿Os gusta rodar este tipo de películas?
M. F.: ¡Me encanta! Tiene unas dificultades que no contempla el cine comercial en general y es que al trabajar con efectos especiales las tomas han de salir a la primera. Es muy adrenalínico. Es complejo y exigente. Además, el público de este tipo de pelis sabe muy bien lo que quiere y conoce perfectamente el género. Me encanta rodar este tipo de pelis, aunque reconozco que las sesiones son agotadoras.
A. L.: El género de terror no era de mis preferidos hasta que rodé esta película. Ahora adoro el género, y especialmente rodar este tipo de personajes que tienen un trastorno o patología que les hace mostrar los instintos más básicos y criminales. Los efectos especiales y el terror psicológico me han enamorado.
C. S.: Me atrae todo tipo de buen cine, incluido el de terror. Soy un gran fan del tipo de terror de Haneke (Funny Games). Y por supuesto me chifla rodar este tipo de película.

Marta seductora.
– ¿Alguna anécdota que querais compartir sobre el rodaje de Vampyres?
M. F.: Tuve que rodar una escena bastante atípica: Tuve que saltar con arnés desde unos 4 metros para hacer un salto en el que Fran volaba hasta colocarse en el suelo. El trabajo con los especialistas y los ensayos han sido un subidón muy adictivo. Ahí me di cuenta que debía confiar sin reservas en el trabajo de tres personas que acababa de conocer. ¡Uf! Muy grande ese momento. Me lo llevo conmigo.
A. L.: De un rodaje tan intenso te podría contar miles… Pero para mí hay un par de momentos que destaco del rodaje. Una de ellas fue cuando me subieron colgada de un arnés para hacerme caer a varios metros en caída libre. Y el momento de la bañera, cuando las dos vampiras empezamos a notar como nos caía la sangre por todo el cuerpo, en el set no se oía ni una respiración, solo estábamos las vampiras disfrutando de nuestro baño, con ese contraste de temperaturas entre el agua caliente de la bañera y la sangre que nos caía…. Hasta que escuchamos un CORTEEEEEN!!!! con una energía maravillosa que venía de Víctor, y ahí Marta y yo nos dimos cuenta que no solo era toma válida sino que les había flipado.

Pronto sabremos a quien apunta Christian
C. S.: Pues lo primero que me viene a la cabeza es algo que casi no llego a contar: casi la palmamos algunos con el coche de Ted (el Plymouth Fury III), que conducía yo: teníamos que bajar una cuesta con una pendiente muy pronunciada y acercarnos a un punto donde estaba todo el equipo de producción esperándonos. Mientras bajábamos, se caló el motor de ese coche tan viejo, y con ello dejaron de funcionar los frenos, que funcionaban con un sistema hidráulico. Así que nosotros bajando la cuesta a toda ostia, cada vez más rápido y acercándonos peligrosamente a los otros… ¡sin frenos! En el último momento y con el freno de mano (que en ese coche es más bien un ‘freno de pié’, un poco escondido), pude controlar el coche.
WITH A LITTLE HELP FROM THE FRIENDS: LONE FLEMING Y ANTONIO MAYANS
Como ya hemos comentado, Víctor Matellano ha contado con la colaboración de lujo de veteranos actores y amigos de la talla de Lone Fleming, May Heatherly, Antonio Mayans y Conrado San Martín. Veteranos y venerados actores que enriquecen con su presencia el reparto del film. Hemos hablado brevemente con dos de ellos para que también nos comenten las impresiones vividas durante el rodaje de Vampyres.

Caroline Munro y Lone Fleming (Foto: Adán Latonda)
Lone Fleming no requiere de presentación. La actriz, muy querida por todos los aficionados al género terrorífico, es recordada como la exótica belleza de ojos imposibles que se pasea por películas tan admiradas como La noche del terror ciego (1972) y El ataque de los muertos sin ojos (1973) de Amando de Ossorio o Una vela para el diablo (1973) de su marido Eugenio Martín. Todavía muy en activo, ha colaborado con Víctor Matellano en Wax (2014), el corto The Ravine of the British (2014) y también en la recién estrenada La mujer que hablaba con los muertos, de César del Álamo. Lone interpreta en el film de Matellano a la “encargada del pequeño hotel rural en medio de un bosque, del que Caroline Munro es la dueña y con la que tengo cierta complicidad. En el hotel se aloja la gente que viene a pasar un fin de semana tranquilo… ¡y de eso nada! Ocurren cosas terroríficas…” Aunque rodó un único día, la actriz cuenta que hubo “Un ambiente de mucho cariño por parte de todos”, opinando que “Victor Matellano es un director que se preocupa de dirigir muy bien a los actores y que no para hasta que obtiene lo que quiere”.
No menos conocido para los seguidores del mejor cine de género es Antonio Mayans, compinche en mil y un rodajes del recientemente fallecido Jesús Franco e intérpreta en un buen número de películas. En Vampyres interpreta a “el hombre de la guadaña, un homenaje a la película Vampyr”, y aunque su participación fue pequeña, tuvo tiempo de detectar el buen ambiente del rodaje, “todo funcionaba como un reloj y con muchísimo nivel, mucha ilusión y raudales de energía positiva. Cuando solo vas a rodar un día no tienes oportunidad de ‘penetrar’ en los equipos, sin embargo en este se me recibió desde el primer momento con mucho cariño, me aceptaron enseguida. Me trataron como VIP y tenía hueco, ¡¡sentado¡¡ para ver en el monitor lo que se estaba rodando”. Para Antonio Mayans, el film de Matellano “tiene una estética muy superior” al de Larraz. Cuando piensa en la forma de rodar del director “La primera palabra que me viene a la mente (y que seguramente le molestará) es ‘dulcecito’, pero lleva muy controlado el tema y sabe perfectamente lo que quiere, solo que lo consigue con cariño. En todo lo que he visto de Víctor una de sus grandes virtudes es la de sorprender con imágenes sublimes”.

Víctor Matellano junto a Antonio Mayans, todo un homenaje a una de las imágenes icónográficas de Vampyr (Carl T. Dreyer, 1932)
[1] Spanish Horror (2011) y Spanish Exploitation (2011), ambos editados por T&B Editores.
[2] En su filmografía figura el documental Zarpazos! Un viaje por el Spanish Horror (2014), el largometraje Wax (2014) que incluye en su reparto a Jack Taylor, Antonio Mayans y Lone Fleming, además de homenajear a Paul Naschy y el cortometraje The Ravine of the British (2014) que cuenta también con Lone Fleming y Jack Taylor. También dirigió en la obra de teatro La danza de la muerte (2005) a Paul Naschy y Saturnino García.
[3] BIRRELL, S. Entrevista a J. R. Larraz en Quatermass nº 6. Bilbao, verano 2004. Pág. 46
[4] LARRAZ, J. R. Memorias. Del tebeo al cine, con mujeres de película. Editores de tebeos, Barcelona 2012. Pág. 121
[5] MATELLANO, V. Spanish Exploitation. T&B Editores, Madrid 2011. Pág. 114
[6] BIRRELL, S. Opus Cit. Pág. 47
[7] Talento por amor (A Talent for Loving, 1969 Richard Quine)
ÁLBUM FOTOGRÁFICO

Parte del equipo artístico durante la presentación de algunas escenas de Vampyres en el Festival Nocturna de Madrid: Ángel Mora, Antonio Mayans, Marta Flich, Verónica Polo, Almudena León, Lone Fleming, Luis Hacha y Víctor Matellano.
Solo los amantes sobreviven, la trágica inmortalidad
Uno de los temas que con más asiduidad se asoma a las páginas de la obra de Jorge Luis Borges, junto al lenguaje, al tiempo o a los límites de la razón, es la posibilidad de la existencia eterna. Según el argentino, para acceder a la inmortalidad el individuo ha de transformarse en una suerte de ser superior mediante la recolección de vivencias ajenas, es decir, un hombre sería inmortal al aglutinar en sí mismo todas las experiencias de todas las vidas de todos los seres humanos. Así lo leemos en su relato El inmortal, en él su protagonista, Marco Flaminio Rufo, descubre que la inmortalidad es una especie de condena. La muerte da sentido a cada acto ante la posibilidad de ser el último; la inmortalidad se lo quita.Esa tragedia de la inmortalidad es la que alumbra las eternas vidas de los vampiros salidos del magín de Jim Jarmusch.
La incursión de Jim Jarmusch en el género vampírico da pie a un filme crepuscular totalmente nocturno. Nos cuenta la historia de Adam y Eve (nombres fundacionales donde los haya) dos vampiros amantes que deciden reencontrarse (él está en Detroit, ella en Tánger) para afrontar la enorme depresión que le produce a Adam la decadencia de nuestro tiempo. Only lovers left alive es una película hipnótica que nos regala algo más de dos horas de disertaciones existenciales sobre nuestra condición en el mundo.
Adam (Tom Hiddleston) y Eve (elegantísima Tilda Swinton) , igual que los inmortales de Borges habían sido todos y cada uno de los hombres, llevan deambulando durante siglos, han conocido todas las épocas y han aquilatado toda la cultura de aquellas que fueron más doradas que la presente. Son pedantes, en el buen sentido del término, porque han atesorado el acervo cultural de siglos, ahora viven aislados de un mundo que ya no entiende la delicadeza, contaminado por enfermedades más morales que corporales, y en la que los hombres actúan masificados como auténticos zombies. La humanidad está podrida y a la pareja protagonista no le queda otra que refugiarse en su propio mundo cerrado y marginal, donde se entregan a la música, la literatura, la ciencia y el arte en general.

Adam y Eve son vampiros refinados, degustan la sangre no contaminada (cada vez más difícil de encontrar) en vasos de cristal de Murano, rojo elemento que consiguen en bancos de sangre porque la que corre por la venas es cada vez más insalubre y porque ellos ya no son alimañas, las alimañas son los humanos. Frente a ellos contrasta la figura de Ava (Mia Wasikowska), hermana de Eve, quien (como ocurría en Kiss of de damned) todavía se alimenta asaltando humanos y pone en peligro a los protagonistas. Este personaje al que podríamos, clasificar de inadaptado dentro de los inadaptados, sirve al relato como motor de la acción, pues por su causa la pareja tendrá que darse a la fuga. Una fuga que les llevará al límite donde acabaremos descubriendo que sólo el amor nos permite dignificarnos y vivir.
Para Carlos Boyero la película «Logra superar el grado de tontuna existencial, misterios sin sentido y nadería pretenciosa de ‘Los límites del control’ (…) Es otro irritante disparate de Jarmusch» . Nada que ver con nuestro juicio. Como decíamos, los vampiros de Jarmusch son pedantes, como lo fueron los hombres del Renacimiento, rasgo que podría haberlos vuelto pretenciosos, sin embargo, Jarmusch no olvida darles una cierta pátina de humor, no se toma plenamente en serio a sus personajes y eso los aparta de la pomposidad. Pese a ofrecernos un retrato crepuscular que invita a reflexionar sobre nuestra condición humana, no hay grandilocuencia en la película. Sus ingredientes están perfectamente calculados y combinados, de manera que a la pesadumbre existencial se le sobrepone el esperanzador mensaje de que, incluso habiendo perdido la motivación, siempre vale la pena seguir adelante.
Big Bad Wolves llega a las salas comerciales
Después de siete meses de su pase en Sitges, llega por fin este miércoles a nuestra cartelera el segundo largometraje de Aharon Keshales y Navot Papushado. Filmax presenta Big Bad Wolves como una comedia negra sobre el lado más brutal de la violencia, pero en nuestra opinión no lo es puramente. En esta cinta hebrea nos encontramos más bien con un thriller dramático salpicado (eso sí) de grandes dosis de humor negro. Mezcolanza que no todo el mundo acogió bien, sobre todo porque en el fondo nos encontrábamos ante un caso de pederastia y no todos aceptan que se frivolice sobre un tema que tanto nos sensibiliza. Nos enfrentamos a una serie de brutales asesinatos que ponen en rumbo de colisión la vida de tres hombres: el padre de la última víctima, sediento de venganza; un justiciero detective de policía que opera en los límites de la ley; y el principal sospechoso de los homicidios, un estudiante de religión arrestado y luego liberado debido a una negligencia policial (argumento extraído de Filmaffinity). Próxima en su argumento a Prisoners, se separa de la película de Denis Villeneuve por su tratamiento: si la primera hacía hincapié en el drama para explorar los límites morales de la venganza, Big Bad Wolves se apoya en la sátira para ponernos igualmente ante el mismo dilema moral, una forma más cáustica de encararnos a la dialéctica entre la ley racional y la justicia.
Considerada por Tarantino como la mejor película del 2013, se alzaba en Sitges con el premio a la mejor dirección para Aharon Keshales y Navot Papushado, viejos conocidos de los aficionados por su ópera prima, Rabies, también vista en una anterior edición (año 2010). La película arranca con una secuencia prólogo de tintes casi oníricos en la que de forma elegante se nos explica la desaparición de una niña, tras ella asistimos a un radical cambio de tono: nos trasladamos a los sótanos de una escuela donde tiene lugar el violento interrogatorio a un supuesto sospechoso practicado al margen de las ordenanzas, una violencia tiznada de comicidad en alguno de sus momentos. Así desde el arranque nos encontramos con lo que será el tono de todo el filme, esos tres hilos que se van trenzando: la violencia, el humor negro y la elegante estilización cuando se nos presenta a las pequeñas víctimas.
Aunque su carácter híbrido no haya sido disfrutado por todos, hay que reconocerle a los israelitas que han sabido huir con acierto de la corrección política para abordar temas a la par universales y de rabiosa actualidad (la pedofilia, la tortura, los límites racionales de la ley y la justicia…), a la vez que ironizar con problemas más circunscritos a la cuestión israelita como el papel del ejército o la convivencia con los palestinos. De modo que no puede decirse que Big Bad Wolves no cumpla con la dimensión crítica del cine: con su acidez y mordacidad nos golpea bien hondo, porque nos incomoda ante nosotros mismos y nos hace reflexionar sobre nuestros propios principios; y en ello es más efectiva que otras cintas más de tesis como la ya mencionada Prisoners (que es también una notable película, por supuesto). En definitiva, un filme que busca removernos y lo consigue, que nos pone sonrisas en los labios pero para sacudirnos las entrañas.
En algún lugar sin ley, revisando el amor fou
No sólo de fantástico vive el hombre, sobre todo no vive Serendipia. Y no es porque pretenda sumarse a ninguna tendencia actual (parece que ahora se lleva lo ecléctico), no, es que este ente es un auténtico amante del cine más allá de los corsés de género. Así que es justo que alguna vez se dé cabida en estas páginas a piezas que no se pueden adscribir fácilmente a ninguna categoría establecida. Eso es justo lo que ocurre con En algún lugar sin ley (Ain’t Them Bodies Saints).
Ganadora del premio a la mejor fotografía en Sundance, el tercer filme de David Lowery está llamado a convertirse en una de las grandes películas indie del año. Lowery, partiende de un corto suyo, nos narra la historia de dos fugitivos, Bob (Casey Affleck) y Ruth (Rooney Mara). Enamorados y despreocupadamente felices, sobreviven gracias a los delitos que cometen, ajenos a los peligros de vivir al margen de la ley. Un día Ruth, accidentalmente, hiere a uno de los policías que los están persiguiendo. Bob asume la culpa y es arrestado. Cuatro años después, incapaz de soportar por mas tiempo la separación de su mujer y de su hija, a la que no ha llegado a conocer, Bob escapa de prisión con un único objetivo: recuperarlas.

Aunque la acción se sitúa en la década de los setenta, Lowery sabe dotar a la historia con la aureola arquetípica de los mitos y leyendas. En algún lugar sin ley rezuma una dulce tristeza sobre la que brilla el retrato de un amor tejido con las ciegas (y dulces) esperanzas de unos personajes que se saben sin salida. La misma planificación nos indica esa imposibilidad de conseguir el objetivo de crear un hogar, con esos planos cortos rodados contra un fondo siempre próximo ( y los personajes en el primer plano del encuadre) que nos deja la sensación de no tener escapatoria. Si hubiera que elegir un sólo adjetivo para describirla este sería ‘envolvente’, porque la narración se desarrolla más con la atmósfera que con la acción. Asentada sobre elipsis, la cámara no tiene prisa por abandonar planos y escenas, ese tempo pausado es el que nos deja con el corazón en un puño y nos sumerge con delicadeza en el fondo de los sentimientos de los personajes que no se exponen con estridencia sino con la sutil pincelada de la insinuación (ese no poder parar de mirarse a los ojos mientras son arrestados, esas cartas leídas en off mientras en pantalla se muestra el texto escribiéndose sin enseñar al personaje ).
En algún lugar sin ley toma el tópico del amor fou para darle una vuelta de tuerca. El filme de Lowery parte como premisa del interrogante sobre cómo seguiría la historia si los dos amantes (y forajidos) no murieran al final sino que sobrevivieran a su peripecia e incluso llegarán a tener cargas familiares. Para responder a esa pregunta Lowery deconstruye los géneros (el negro, el drama romántico, incluso unas briznas de western) mezclándolos hasta darle una voz propia a su película. Toda la cinta se asienta en la espera del reencuentro de los amantes, deseado y temido a la vez por parte de ella (ya no está sola, tiene la responsabilidad de cuidar de la hija de ambos). La trama se desarrolla dentro de ese arco tensado imposible de disparar: aunque hayan sobrevivido, su amor sigue estando condenado a no poder realizarse. La fatalidad sigue persiguiéndoles, el mundo que habitamos no está preparado para tanta intensidad sobre todo cuando sobre ella pesa una culpa a expiar. Bob no podrá ver sus sueños cumplidos y Ruth, aunque le haya esperado cual si fuera una Penélope puesta al día, habrá de resignarse y sacrificarlo en aras de la sensatez y la responsabilidad. Nadie escapa a su destino.
El viento se levanta, il faut tenter de vivre
Siempre tiene un punto de tristeza ver una película sabiendo que es la última de su director. En algunos ocasiones porque el artista ha seguido batallando con las imágenes hasta el final y dejan tras de sí una obra póstuma que constituye todo un legado; ocurría así con Dublineses (The dead) de John Huston que nos dejaba un fundido en negro profundo como el bajar de párpados final que era. En otras ocasiones porque el realizador decide retirarse cuando aún le asiste la lucidez y puede cerrar su obra con dignidad, fue así con Kieslowski que se puso tras las cámaras por última vez con el rojo de su trilogía de los colores (Tres colores: azul; Tres colores: blanco; Tres colores: rojo). Y ahora el que nos deja es Hayao Miyazaki a quien le debemos tantas obras maestras de la animación. Miyazaki se despide con El viento se levanta (Kaze Tachinu), nos regala un biopic impregnado por la melancolía de El cementerio marino de Paul Valery del que toma prestado un verso para el título de este su último trabajo. Los tres filmes postreros que mencionamos tienen en común la suave melancolía de quien está degustando la finitud del tiempo y desde esa conciencia, sin darnos falsas esperanzas, nos alienta a aprovechar y gozar la vida, un trágico canto a la «joie de vivre» contenido e intenso a partes iguales.
El viento se levanta es un repaso sútil como la brisa a la vida de Jirō Horikoshi el hombre que diseño los tristemente célebres cazas Zero (sí, los que usaban los kamikazes para sus ataques suicidas). De la mano de Miyazaki acompañamos a Jiro desde su niñez soñadora hasta su madurez, deteniéndonos en los momentos álgidos que atravesó como el terremoto de Kanto de 1923, la Gran Depresión, la epidemia de tuberculosis y la entrada de Japón en la Segunda Guerra Mundial. Criticada en su país de origen tanto por los conservadores como por los izquierdistas lo que nos ofrece la película es una visión extendida de cómo la pasión de Horikoshi por volar fue atrapada por los avatares de la guerra y el militarismo. «No construimos armas, mejoramos aviones» dice un personaje en el filme, ese es el punto de vista desde el que se aborda este biopic, vemos a un hombre perseguir su sueño por encima de las circunstancias que le han tocado vivir. Y amar, porque esta es también una gran historia de amor. Es un gran canto a las aspiraciones de superación y a la necesidad de vivir aunque nos veamos rodeados por lo más adverso.
Auténtico poema visual, es posiblemente la menos fantástica de las obras de Miyazaki, pero está llena de magia y de lirismo en el detallado trabajo de sus imágenes. De la mano de Miyazaki hasta las tragedias están armadas de un poderío visual que las vuelve poéticas: así ocurre con el terremoto de Kanto, por lo que se refiere a los dramas colectivos, o el vómito hemoptísico de Nahoko (la amada de Jiro) en lo más íntimo, en el que las gotas de sangre tiñen de rojo las flores componiendo una sinfonía de color delicuescente. El trabajo de los fondos está perfilado con una minuciosidad extrema y la animación dibuja con realismo todos los movimientos. Y aunque el tono general de la cinta sea el realismo no faltan los momentos oníricos que nos hacen elevarnos a otra dimensión. En ellos los sueños de Jiro entran en contacto con los de su ídolo Caproni (ingeniero aeronáutico italiano que le sirvió de inspiración) tejiendo un espacio en el que la conciencia se funde con lo idealizado y en el que el protagonista halla los motivos para seguir viviendo.
El viento se levanta y Miyazaki enfila el camino del adiós, pero nos deja una carrera brillante con la que podremos gozar una y otra vez. Y nos anima a perseguir los sueños en nuestra fugaz existencia, una existencia abocada a desaparecer pero en la que vale la pena tratar de vivir.
The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro y otras batallas

Desde que el ente conocido como Serendipia creó este blog, hace casi 5 años y 825 artículos, muchos de ellos referentes al mundo del cómic y dentro de ese campo al protagonizado por súper-héroes, no había encontrado una excusa para hablar de uno de sus personajes favoritos, presente durante toda su vida y parte imborrable de su memoria sentimental. Así que, a propósito del estreno de Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro, se ha complacido en realizar su primer artículo sobre el lanzarredes, así que sean indulgentes con él y permitan que se extienda un poco, deteniéndose en las diferentes encarnaciones del trepamuros: desde el cómic, al merchandising de su infancia. Repasando la filmografía que ha generado y rememorando, por el camino, alguna batallita personal de dudoso interés.
Avisados quedan…
TENGO 47 AÑOS Y SIGO LEYENDO SPIDERMAN
He de confesarlo. Creo que deben saberlo antes de continuar. Desde que cayó en mis manos un desmoronado ejemplar del antiguo volumen uno de editorial Vértice, concretamente el 19, me sentí picado por esa araña radioactiva que también infectó a Peter Parker, aunque si a él le convirtió en el súper-héroe más importante del firmamento, a mí me transformó en un humilde lector de sus aventuras. Durante esa etapa infantil no paré hasta completar esa primera colección del trepamuros revolviendo en librerías de segunda mano y traperías acompañado de Enrique, compañero de aficiones (aunque a él le gustaban más los mutantes). La colección, a todo blanco y negro y en formato librito, constaba de 59 números que desprendían un característico olor que todavía identifico con el de mi infancia, repleta de tebeos de terror y aventuras. Sí, cierto es que a la edición española de Spiderman (escrito todo junto) le llegó su decadencia cuando pasó a ser editada por Bruguera. Y cierto es que mi interés sobre el personaje decayó cuando el vello invadió ciertas zonas de mi anatomía y recibí la llamada de la música, el alcohol y las chicas pero… como cantaban Small Faces, “yesterday is dead but not my memory”, y un día al
adquirir mi Spirit mensual -nunca abandoné la lectura de comics- el viejo lanzarredes me saludó desde la portada de un cuadernillo, ahora editado por editorial Forum y dibujado por un tal Todd McFarlane. La verdad es que el dibujo me llamó la atención, así que decidí llevármelo conmigo reencontrándome de nuevo en esas páginas con Peter Parker. Aquel número 228 fue seguido de muchos otros, hasta conseguir reunir todas sus aventuras (y eso incluye varias cabeceras más y muchos, muchos extras, incluidos algunos inéditos en España). Y es que sí, Peter había vuelto para quedarse en mi vida. Y no como objeto intocable de culto, sino como algo vivo. No en balde y tras muchos años me encuentro disfrutando actualmente de la relectura cronológica de la colección.
Pero ¿Qué tiene este personaje para haberse convertido en uno de los iconos del siglo XX y parte del XXI? ¿Qué le hace incombustible? Por mi experiencia sólo puedo contarles lo que vio aquel niño en Spiderman: aventura, cercanía y cierta ¿verosimilitud? Pues si, ya que frente a otros niños que admiraban las aventuras imposibles de bárbaros, dioses y semidioses con Thor, Conan o el mismísimo Superman en cabeza, lo que me cautivó del personaje arácnido fue, más que las propias aventuras del enmascarado, de
indudable atractivo y sólida construcción, la personalidad y el carisma de Peter Parker y su reparto de secundarios: Flash, el matón del colegio (ahora se le llamaría acosador); la tía May, madre protectora pero también castradora que no parece ver que su niño está creciendo; Harry, el amigo con problemas de adicción; J. J. Jameson, el jefe hijoputa pero necesario para conseguir dinero. Y las chicas, claro. Desde Betty, la primera novieta, a Gwen Stacy, el gran amor de la vida de Peter Parker cuya pérdida, en el número 121 USA de The Amazing Spider-Man (en España el 54 -Vol. 1- Vértice) recuerdo todavía con perplejidad y tristeza. Y Mary Jane Watson, esa mujer independiente y liberada que aparece y desaparece de la colección y de la vida del trepamuros. El caso es que a día de hoy, con 47 años que se me han pasado volando, sigo comprando y leyendo mes a mes las aventuras de Spiderman, superando temporadas anodinas que han puesto mi fidelidad al personaje al límite. Y es que, algo tendrá el mequetrefe de Parker.
AHORA A LOS MUÑECOS Y CROMOS SE LES LLAMA MERCHANDISING
Esto de los personajes populares es lo que tienen: que cuando tienen éxito rápidamente se diversifica su figura en otros campos. Y los súper-héroes no iban a ser menos. Incluso en aquella España del DDT algo parecido al merchandising se generó, y los niños más inquietos lo encontramos. Como esa colección de cromos de Cropán dibujados por el portadista de Vértice, López Espí; el muñeco Mego de Spiderman, uno de los pocos de la casa americana que se importaron en el país de los Madelman; los magníficos pósters que editaba Vértice, también ilustrados por López Espí y… la película de Spiderman. Porque sí señores, hubo una película de Spiderman en los años setenta que, naturalmente, tanto servidor como su amigo de aficiones Enrique procuraron no perderse. De hecho se trataba de una serie de televisión de finales de los setenta que constó de 15 episodios y que en
este sacrosanto país se montó en forma de largometraje mediante la unión de varios de estos capítulos. Pero aquello, que vimos en el cine, no nos convenció para nada. Y es que la tecnología de efectos especiales todavía se encontraba a años luz de poder afrontar el reto que representaba dotar de credibilidad al arácnido. En todo caso uno se consoló viendo esa aventura –hubo dos más, El hombre araña en acción y El desafío del Dragón, pero no nos atrevimos a verlas- y completando la colección de cromos que se lanzó en su momento. Poco después, la llegada del Superman de Richard Donnen a la pantalla grande abrió brecha para que los comics de súper-héroes fueran adaptados con dignidad al cine. Pero todavía deberían de pasar unos cuantos años para que, tanto Spiderman como el resto de los personajes Marvel, fueran llevados al cine con ciertas garantías de no hacer el ridículo.
EN EL PRINCIPIO FUE EL CÓMIC

El Spiderman de Ditko, menos musculoso y base de la versión Ultimate, modelo de la última encarnación cinematográfica
Retrocedamos a un pasado aún más remoto que la niñez de Serendipia. Estamos en 1962 y los súper-héroes andan de capa caída (nunca mejor dicho). Stan Lee, guionista de Marvel Comics, tiene en mente un nuevo concepto de héroe muy diferente a los tan manidos súper hombres. Un nuevo personaje que, a diferencia del resto, es un adolescente normal con el que los lectores en potencia pueden identificarse. Un joven acosado por los problemas habituales del cambio hormonal, pero multiplicados por mil al ser picado por una araña radioactiva que le da poderes. Así que para crear este nuevo concepto, Stan Lee cede la creación visual del personaje a Steve Ditko, en detrimento de Jack Kirby, creador gráfico de la mayor parte de los personajes de la “casa de las ideas”, entre ellos Thor, Capitán América, Los 4 Fantásticos, Los Vengadores y un larguísimo etcétera. Y es que para Spiderman, Stan Lee tenía pensada una apariencia totalmente diferente a la de los hipermusculados modelos de Kirby. Así que con una primera historia que ya presentaba el origen de sus poderes, la muerte de tío Ben y el sacrosanto lema: “todo gran poder conlleva una gran responsabilidad”, se le dio la alternativa al personaje en una colección, Amazing Fantasy, que estaba condenada a desaparecer. Pero contra todo pronóstico dieron en el blanco, ya que las ventas de ese Amazing Fantasy 15 fueron lo suficientemente aceptables como para que la editorial decidiera, meses más tarde, iniciar la colección Amazing Spider-Man, cabecera que continúa publicándose en la actualidad.
El dúo formado por Stan Lee / Steve Ditko creó gran parte de los personajes y antagonistas de la serie hasta la marcha del dibujante en el número 38, momento en el que otro ilustrador, John Romita, se incorporaría a la colección, terminando de perfilar los personajes y creando otros nuevos, tanto para incorporarlos en la vida de Peter Parker como para relacionarlos con su personalidad enmascarada. Tras Romita ha habido un abultado ramillete de guionistas y dibujantes que han llevado al personaje por etapas más o menos brillantes, pero manteniendo el suficiente interés como para que haya llegado con tan buena salud a la actualidad, 52 años después de su creación.
SPIDERMAN EN LA PANTALLA
Nuestro lanzaredes se ha resistido a ser trasladado al cine. Y es que traducir súper-héroes a imágenes en movimiento siempre ha estado peligrosamente cerca del ridículo. Tras los baratos pero eficaces seriales de los años cuarenta que mostraron las aventuras del Capitán Marvel, el Capitán América, Superman o un rechoncho Batman, hubo que esperar a la Batmanía, provocada por la serie televisiva de los años sesenta para que un personaje de cómic se convirtiera en todo un icono pop, repleto de humor e ironía desmitificadora. Un tono en el que tuvo mucho que ver, según su recientemente fallecido guionista, Lorenzo Semple Jr., la sangría, ya que recibió el encargo y comenzó a escribir sus guiones mientras residía en España, concretamente en Torremolinos.
En los setenta y tras alguna olvidable serie televisiva, por fin el cine demostró que un hombre podía volar y se estrenó la mítica Superman (Richard Donner, 1978) una súper producción que fue degenerando en secuelas cada vez menos interesantes. Diez años después vino Batman (Tim Burton, 1989), que también dio la campanada pero, el cine continuaba sin ofrecernos esa películas que Marvel comics y sus seguidores se merecían. Tras la recordada serie televisiva dedicada a La Masa (The Hulk, si prefieren); la fracasada serie del trepamuros que ya les hemos comentado más arriba; una fallida intentona de adaptar Los 4 fantásticos con Roger Corman de por medio que no se llegó a exhibir (por algo sería…); y algunas anodinas tv movies realizadas a finales de los setenta con el Capitán América, llegaría el primer intento [1] de llevar a un personaje Marvel a la pantalla con todo lujo. ¿Y quienes fueron los artífices? Pues inicialmente la productora Cannon, de ahí pasó el proyecto a manos de James Cameron, que escribió un guión que comenzó a circular por productoras hasta llegar a Carolco, y llegándose a formar un reparto -o una idea del mismo- que incluyó durante una época a Leonardo DiCaprio como Peter/Spidey y Nikki Cox como Mary Jane pero… la cosa finalmente no llegó a buen puerto y ya pueden imaginarse que buque puso en marcha Cameron con DiCaprio como polizón.
Afortunadamente en el año 2000 el joven Bryan Singer demostró con X-Men que podía llevarse a la pantalla el universo Marvel de manera digna, dejando el terreno allanado para que Sam Raimi, fan confeso del lanzaredes, llevara el proyecto adelante. Spider-Man (2002) convenció al público en general y al fan del trepamuros en particular, a pesar de ciertas polémicas con los lanzarredes orgánicos y otras licencias respecto al cómic. El casting era bastante convincente, con Tobey Maguire como Peter/Spidey y la bella Kirsten Dunst como Mary Jane (ignorando a Gwen Stacy). Esta primera entrega, además de mostrarnos el origen del personaje, lo enfrentaba al maligno Duende Verde, encarnado por el siempre eficaz Willem Dafoe.
Tan buenos resultados se obtuvieron con el film, que dos años después el mismo equipo creativo y artístico encaró una segunda parte en la que Spiderman medía fuerzas con el Dr. Octopus (Alfred Molina). Pero el bache de la serie llegó con la tercera entrega en 2007, que convenció a unos y enfureció a otros. Quizás tuvo la culpa la saturación de enemigos (Veneno, El hombre de arena, Duende Verde) o algunas imágenes poco afortunadas del ‘reverso tenebroso de Peter Parker’. En todo caso, mientras las sagas mutantes se superaban y nuevos personajes se sumaban a la serie de films con personajes Marvel (Iron Man, Hulk, Daredevil, Elektra, Capitán América, Thor o Los 4 Fantásticos), se decidió retroceder lo andado y ofrecer un nuevo comienzo para Spiderman, tomando como modelo la exitosa revisión (y actualización) del personaje que la editorial ofrecía en la serie Ultimate Spider-Man, y que tan buenos resultados estaba dando en la adaptación de Los Vengadores. Así que en 2012 llega a la pantalla The Amazing Spider-Man, dirigida por Marc Webb, que tan solo tenía un largometraje en su haber, además de varios documentales y video-clips, y producida de Avi Arad, responsable de la práctica totalidad de películas con personajes Marvel. Andrew Gardfield, encarna a un Peter más joven y enclenque que Tobey Maguire, mientras que en esta ocasión el interés sentimental del protagonista recae en Gwen Stacy, interpretada por la bella Emma Stone, que ya había demostrado su poderío en Zombieland (Ruben Fleischer, 2009). El guión se toma bastantes licencias con respecto al cómic, desde el propio origen de Spiderman a la ausencia de varios personajes carismáticos como J. J. Jameson, pero resulta muy eficaz y ofrece una buena y necesaria renovación del personaje, acusando influencias de la muy interesante Kick Ass (Matthew Vaughn, 2010). El enemigo a combatir es El lagarto y el seguidor del personaje se encuentra con figuras familiares como el Capitán Stacy, Flash Thompson y una tía May de lo más atípica encarnada por Sally Field.
Y como la cosa funcionó recaudando más de 750 millones de dólares en taquilla, poco después nos llega:
AMAZING SPIDER-MAN 2: EL PODER DE ELECTRO
Ante todo no esperen que les desvele las numerosas sorpresas que nos depara esta película. Si buscan seguro que encontrarán información, por supuesto, pero les recomiendo, como fan de la serie, que se dejen sorprender por la acción y los personajes que van apareciendo en pantalla, así como sobre los seguros participantes de la tercera entrega. Dicho esto, vamos por ella.

Puede entenderse que en la película se hayan alejado del diseño original del Electro de Ditko. Definitivamente eran otros tiempos.
Sinopsis: A pesar de que antes de morir el capitán Stacy (Denis Leary) hizo prometer a Peter (Andrew Garfield) que se alejaría de su hija Gwen (Emma Stone) para que no peligrara por su doble identidad, Peter se resiste a abandonar a su novia. También quiere averiguar más sobre sus desaparecidos padres. Pero vive su personalidad heroica plenamente. Es estupendo ser Spider-Man. Para Peter Parker no hay una sensación más increíble que la de deslizarse entre los rascacielos, aceptar el hecho de que se ha convertido en un héroe y pasar tiempo con Gwen. Pero ser Spider-Man tiene un precio: Spider-Man es el único capaz de proteger a sus conciudadanos neoyorquinos de los temibles villanos que acechan la ciudad. Con la aparición de Electro (Jamie Foxx), Peter tendrá que enfrentarse a un enemigo más poderoso que él. Y cuando su viejo amigo, Harry Osborn (Dane DeHaan) vuelve, Peter se da cuenta de que todos sus enemigos tienen una cosa en común: OsCorp.
Repitiendo el equipo técnico y artístico de Amazing Spider-Man nos llega su secuela, que profundiza en los personajes y nos presenta nuevos que sin duda tendrán relevancia en el futuro (léase nuevas entregas) de la franquicia arácnida. Conoceremos más intimamente a Peter y su sentido de la responsabilidad, sus problemas personales y su maduración como individuo, que le llevará a tomar decisiones que tendrán gran peso en el futuro, tal y como cuenta Jeff Pinkner, uno de los guionistas, “La película refleja cómo va madurando Peter. No solo en su relación con Gwen, sino también en lo que supone pasar de chico joven a joven adulto. Entre otras cosas Peter tendrá que hacer frente al hecho de que la vida es corta y siempre cambia, las relaciones vienen y van, y lo mejor que puedes hacer es disfrutar el viaje y aprovechar al máximo el tiempo disponible.”
También seremos testigos de la vitalidad que le aporta la máscara, tras la que se siente tan seguro de sí mismo que no deja de bromear, casi fanfarronear, al enfrentarse con sus enemigos, conseguida referencia a una de las características que distingue al personaje desde su creación en 1962. “Queríamos aportarle a esta nueva entrega un punto más juguetón, más divertido,” dice Marc Webb, nuevamente en la silla de director, “Cuando lees los comics salta a la vista sus golpes de humor y sus respuestas, su gracia, su amenidad. Todo ello explica parte de su atractivo y son motivos por los que tantos aman a Spider-Man. Y sin duda es algo que a mí también me encanta.”
Y si ciertamente es inevitable un gran derroche de efectos especiales en las batallas contra poderosos enemigos, no piensen que estas ocupan la mayor parte del metraje, muy al contrario, se ha conseguido equilibrar la acción con las escenas que muestran la relación que une a los diferentes personajes. En definitiva, lo que hace que nos interesemos por ellos y por la suerte que puedan correr. Aunque no es exagerado decir que posiblemente estamos ante las mejores escenas de acción y las más verosímiles que se han mostrado de Spider-Man en movimiento. “Procuramos que fueran (…) reales, recurriendo a ordenadores sólo cuando fuera imposible hacerlas mejor en la vida real,” dice el coordinador de especialistas Andy Armstrong. Y sin duda se capta la esencia del cómic, del que también ofrece el film algunos guiños para los seguidores, aunque sin ceñirse fielmente a lo que en ellos se narra. Asegura Webb que “Nos hemos tomado alguna libertad creativa pero los comics son nuestra fuente de inspiración. Amazing Spider-Man #121 es uno de los fascículos más profundos del canon – profundo por el impacto que tiene en Peter Parker. El destino de Gwen está directamente relacionado con las decisiones del héroe. Gracias a esa historia los cómics pudieron darle un giro más complejo y, a partir de ahí, le dimos un tono más Shakesperiano y operístico al filme.”

Andrew Garfield como Peter / Spiderman profundiza en la complejidad del personaje; Emma Stone como Gwen Stacy demuestra que es más que unos enormes y bellos ojos y nos ofrece un personaje dulce y a la vez fuerte, que en algunos momentos va por delante de Peter en cuanto a tomar decisiones sobre su futuro y el de la pareja:“Peter juró alejarse de Gwen – y ella lo sabe – pero ella está mucho más abierta a estar con él,” explica Stone. “No sólo porque están enamorados. Su padre ha muerto y eso le hace comprender la urgencia del tiempo – que todo es pasajero. Para Peter no es tan fácil, y eso crea mucha tensión entre ellos durante toda la película.”
Electro, interpretado por Jamie Foxx (protagonista, entre otros muchos films, de Django desencadenado de Quentin Tarantino), resultará ser la cara opuesta del arácnido y, por esas paradojas que unen esa frontera tan liviana que lleva del amor al odio resultará ser, inicialmente, uno de los mayores admiradores de Spider-Man: su ídolo. “Spider-Man fue el único que aparentemente se fijó en Max y lo llamó por su nombre,” señala Foxx. “Max siente que en realidad Spider-Man era su amigo y por eso se obsesiona – cuelga fotos en la pared, y cosas por el estilo. Se lo toma muy en serio. Pero luego, cuando Max recibe sus poderes y acude a Times Square, Spider-Man intenta evitar que Max se haga daño y que a su vez haga daño a los demás. Max se siente traicionado por su héroe. Trágicamente malinterpreta lo que Spider-Man intenta hacer.” El aspecto de Electro, muy diferente al original de los comics -que naturalmente ha evolucionado mucho desde su creación- es obra de los míticos Greg Nicotero y Howard Berger, de KNB EFX .

Pero hay otro villano más importante que Electro en la función y de más peso en la historia del lanzaredes, tanto que estuvo presente en la trilogía de Sam Raimi : Harry Osborn, El Duende Verde. O mejor dicho, el segundo Duende Verde, ya que tanto en la historia original como en la primera adaptación cinematográfica, el villano original es el padre del personaje, Norman Osborn. Para encarnar a este importante antagonista se ha contado con Dane DeHaan, que ya con anterioridad se había acercado al universo de los súper-héroes en la muy recomendable Chronicle (Josh Trank, 2012). Con cierto parecido físico con un joven Leonardo DiCaprio, DeHaan se desenvuelve con soltura con este complejo personaje “Harry Osborn representa el singular y clásico conflicto entre Peter Parker y Spider-Man,” dice Arad. “Harry era su mejor amigo y después, por circunstancias de la vida, Harry se torna en un enemigo dispuesto a destruir a Spider-Man. Y para colmo, lo más duro para Spider-Man es sentir la necesidad de ayudar a su amigo y evitar que éste se convierta en un villano autodestructivo.”
Repiten papel en esta segunda entrega de Spider-Man: Sally Field (tía May), Cambell Scott (Richard Parker) y Embeth Davidtz (Mary Parker), entre otros.
Finalmente destacar que The Amazing Spider-Man 2: El Poder de Electro nos traslada al ambiente del cómic al ser la primera de la franquicia rodada íntegramente en New York, escenario original de la serie. “Spider-Man es de Nueva York y su historia es una historia de la ciudad,” dice Webb. “Por lo que rodar en nuestra localización real, en lugar de duplicar un estudio de rodaje, fue realmente fascinante.”
[1] Tras la olvidable The Punisher: el vengador (The Punisher, 1989, Mark Goldblatt).
La Aventura Audiovisual nos trae un doble estreno: Los huéspedes y Seguridad no garantizada
Visitaba hace poco el nuevo multicine que han abierto en la barcelonesa calle Balmes con enorme felicidad, ya que pese a que van cerrando cines históricos de la ciudad todavía hay quien arriesga y nada contracorriente. Y lo evoco porque queremos felicitar a otros nadadores que se han lanzado al mar proceloso de la crisis del cine llevando la contraria: queremos felicitar a un nuevo sello, La Aventura Audiovisual, que iniciaba su singladura a finales del pasado año y que tras presentar en pantalla grande títulos del género que más amamos como The Woman (2011, Lucky McKee) -¿Quién de los presentes en el festival de Sitges no cayó rendido ante su protagonista, Pollyanna McIntosh?- o la extraña Upstream Colors (2013, Shane Carruth), nos ofrece ahora dos nuevos estrenos: The Innkeepers (Los huéspedes) y Seguridad no garantizada. Dos películas que al igual que las ya mentadas pudieron disfrutarse en festivales, como el de Sitges. Pero La Aventura Audiovisual no se detiene ahí, ya que durante mayo tienen previsto estrenar la trepidante Snowpiercer (2013, Joon-ho Bong) y el polémico, y para nosotros muy válido, remake de Maniac (2012, Franck Khalfoun), entre otras films más de género que seguro darán más de una alegría al espectador. No pensamos perder de vista a este nuevo sello.
The Innkeepers (2011) del talentoso Ti West llegará a las pantallas el próximo 25 de abril. Previamente pudo verse en diferentes festivales, donde llegó arropada con el elogio de Eli Roth («Una de las películas de terror más entretenidas, inteligentes y terroríficas que he visto nunca”) y la propia fama de su director, que se había ganado al público con La casa del diablo (2009). Así que las expectativas eran altas y fácilmente se convirtió en una de las cintas más esperadas de la 44 edición del Festival de Sitges. Pero después de su proyección pasó a ser catalogada como la mayor decepción del festival, ante lo cual sólo cabe decir que a veces el fandom no es demasiado justo, porque no es en absoluto una producción despreciable.
Vayamos por partes y empecemos resumiendo su argumento: conocido por muchos como “el hotel encantado” y después de más de un siglo de servicio, el Yankee Pedlar Inn está a punto de cerrar sus puertas para siempre. Los últimos empleados –Claire (Sara Paxton) y Luke (Pat Healy)- están decididos a reunir las pruebas que demuestran el terrorífico pasado del hotel, y deciden pasar las últimas noches en vela con cámaras y magnetófonos con el ánimo de registrar actividad paranormal. Cuando la fecha de cierre se aproxima, extraños huéspedes empiezan a alojarse a la vez que los dos jóvenes comienzan a experimentar sucesos alarmantes e insólitos…
A la luz de la sinopsis diríamos que nos encontramos ante una incursión al subgénero de las casas encantadas, pero eso no es exactamente así: The Innkeepers es fundamentalmente una comedia que acabará teniendo un giro hacia la historia de fantasmas. Algunos de sus detractores le echaron en cara al director la ausencia de elementos sobrenaturales durante más de dos tercios de la cinta, cosa que les llevaba a afirmar que carecía de ritmo y acción. Consideramos que quienes así hablaron no supieron entrar en la lógica del relato: el filme está más interesado en retratar a sus personajes humanos, solitarios y un tanto excéntricos, que en dar a luz un nuevo producto convencional de casas encantadas. Quien esto escribe se sitúa en las antípodas de esas críticas, pues según nuestro parecer habría sido más redonda aún si no hubiese habido ningún tipo de aparición.
Fue precisamente durante el rodaje de La casa del diablo cuando Ti West concibió la idea de filmar la película que nos ocupa. Todo el equipo estuvo alojado en el hotel The Yankee Pedlar Inn y durante su estancia West empezó a tener noticia de la fama de casa encantada que tenía el viejo hotel, viviendo incluso algunas experiencias típicos de los relatos de fantasmas: bombillas que explotan y se queman o una televisión que se enciende y apaga sola…“Había realmente un ambiente en general raro – como si alguien estuviera en la habitación conmigo». Ti West tuvo claro que ese hotel era una localización de lujo para un filme de género, tanto que, de haber recibido una negativa para filmar en él, The Inkeepers no existiría. Afortunadamente le fue concedida la localización y su película vio la luz.
Ti West es un autor querido por el Festival de Sitges. Si en 2011 se proyectaba The Innkeepers, en la última edición (2013) otra obra suya fue elegida como película de clausura: The Sacrament (2013), una cinta inspirada en los sucesos de Guyana, uno de los mayores suicidios colectivos que ha dado la historia. Y si para este falso documental Ti West eligió el recurso de la cámara en mano, el found footage, la puesta en escena de The Innkeepers está justo en el polo contrario: se define por una planificación clásica y unos largos y elegantes travellings que marcan una coreografía visual que se basta para crear la atmósfera del filme.
Y cuando hablamos de atmósfera no nos referimos a la acumulación de efectos asociados al terror gótico, muy al contrario, West no cae en ninguno de los tópicos ni construye la intriga apoyándose en continuos sustos. Del mismo modo no hay en la película el menor derroche de hemoglobina. Todo ello la convierte en una pieza única en la que no sería justo no mencionar la química que se desarrolla entre los dos protagonistas, que nos regalan una actuación convincente (especialmente Sara Paxton en el papel de Claire) y nos permiten empatizar con unos personajes que no dejan de tener un toque bizarro. Si bien el director ya conocía de unos años antes a Pat Healy, que encarna al especialista de tecnología solitario, Luke, más tiempo le llevó encontrar a Claire, la entusiasta cazadora de fantasmas: “Mi mánager me llamó para decirme que un tal Ti West quería hablar conmigo y que leyera un guion”, cuenta Paxton. (…)»Me gustó el guión, me encantó la idea y que toda la película gire en torno a la cuestión de si hay fantasmas realmente. Lo que me atrajo de mi personaje es que ella era muy agradable”.
Bien dirigida, bien interpretada, con sentido del humor y alejada de los tópicos, consideramos que no mereció las descalificaciones de sus detractores. Esperamos que sea mejor comprendida en su estreno en salas.
En la misma dirección de The Innkeepers se desplaza Seguridad no garantizada (Safety Not Guaranteed, 2012) de Colin Trevorrow. Nuevamente nos enfrentamos a una comedia que acaba teniendo un giro hacia el fantástico. Sobre ella pudo leerse en Variety: «Una pequeña película con un gran corazón…’Safety Not Guaranteed’ es una excéntrica comedia teñida de ciencia-ficción sobre el amor como la última aventura arriesgada«. El sentimiento que este filme nos produjo es el de la satisfacción de haber descubierto una joyita donde no esperábamos encontrarla. Y es que, ¿Cómo no dar una oportunidad a un film con semejante punto de partida?: un estrambótico anuncio clasificado (el que pueden leer a su derecha) inspira a tres cínicos periodistas de Seattle a buscar la noticia que hay detrás. Así dan con el misterioso y excéntrico Kenneth, un agradable a la par que paranoico empleado de supermercado, que cree haber resuelto el enigma de los viajes en el tiempo y tiene la intención de partir pronto. Juntos se embarcan en un hilarante e inesperadamente sincero viaje que revelará hasta dónde puede llevarnos un acto de fe. Bien, ya sabemos que en ocasiones hay argumentos que nos cautivan por su carácter delirante y luego acaban decepcionándonos, pero no es el caso del Seguridad no garantizada, el debutante Trevorrow maneja perfectamente a sus cuatro bizarros personajes y los actores responden a lo exigido.
El resultado es una película solvente que acaba enseñándonos con su humor grotesco que los diferentes, los no adaptados, también pueden acabar aceptándose y viendo cumplidos sus sueños. Y todo ello sin caer en el sentimentalismo ni la lágrima fácil. Para su director «era una oportunidad para contar una historia de un viaje en el tiempo de una manera metafórica y al mismo tiempo literal» (…) «En realidad no es una película sobre la máquina del tiempo. Y sí, sólo ves una parte de ella muy brevemente en el medio, pero podría ser cualquier cosa. Todos queríamos mantener la tensión en la película evitándola y dejando que el espectador se preguntase si realmente cree que hay una máquina del tiempo«. Su vertiente de ciencia ficción, pues, está puesta al servicio de la metáfora del reconocimiento de uno mismo y la apertura a los demás. Después de todo cualquier viaje tiene algo de reencuentro con el pasado, con la herencia que otros han dejado. Al igual que es también un encuentro con el yo y sus expectativas. En este sentido todos los personajes del filme viajan y acaban reconociendo la importancia de la fe en uno mismo y en los demás como único camino para dar salida a nuestros deseos.
De bajo presupuesto, Seguridad no garantizada, destila ingenio e ingenuidad a partes iguales. Demuestra así que los grandes resultados no necesariamente surgen de grandes inversiones. Su grandeza le viene de saber utilizar todos los recursos humanos y de guión, apostando por lo modesto pero efectivo. Así, al igual que en Los huéspedes, esta película se beneficia de una reparto joven pero competente, recayendo en ambas el peso de la historia en la heroína, en los dos casos jóvenes y astutas next door girls (Sara Paxton y Aubrey Plaza, respectivamente) que aportan un buen grado de frescura al filme, sin ser solo meras comparsas del héroe de turno o pura carnaza para solaz visual, despertando simpatía y ternura. También ambos films coinciden en no basar su eficacia en la pirotecnia, sino en sus ingeniosos guiones, que mezclan comedia y fantasía alejándose de escenarios trillados y visitados en infinidad de ocasiones, funcionando ambas historias en diversos campos. Precisamente el guión de Seguridad no garantizada le ha proporcionado al film dos importantes premios en 2012 en el Independent Spirit Awards y en Sundance.
La Aventura Audiovisual demuestra buen tino escogiendo sus títulos y desde aquí les deseamos la mejor de las suertes.
Noé, diluvios apocalípticos y almas bellas
«(…) pase de la leve sorpresa a la frustración, de la frustración a la decepción y de la decepción a la indignación, al final quería irme del cine, pero lo único que me mantenía amarrado a mi silla era la idea de difundir esta información para denunciar esta película herética (o si, herejías hay varias) blasfema y vacía de toda fuerza proto-evangélica, en la esperanza de que eviten verla y ademas puedan entrar en contacto con una opinión católica al respecto«. Así de radical es la opinión del responsable del blog Extra Ecclesiam nulla salus, ya saben, si están fuera de la Iglesia no serán tocados con la bendición de la salvación y se perderán en el averno, con llanto y crujir de dientes. Si quieren saber que es lo que denuncia un católico ultramontano de la última de Aronofsky no duden en pinchar sobre el enlace. Allí lo encontrarán explicado con todo detalle, yo aquí me quedaré sólo con una de las consideraciones que en ese blog consideran blasfema: la figura de los que son llamados en la película, Los vigilantes. Vayamos a ello.
Sin considerarme especialista, tengo la convicción de que El Señor de los Anillos marca un antes y un después en el cine de hazañas épicas y así me pareció detectarlo en Noé, especialmente en la figura de Los vigilantes, esas criaturas gigantescas, esas moles de barro que parecen rocas escarpadas y que dejan ver luz saliendo de sus ojos. ¿Quiénes son? Pues nada más ni nada menos que ángeles caídos (más bien nefilims) esos de los que se habla más en los apócrifos que en la biblia canónica (con gran detalle en el Libro de Enoc), pero convertidos aquí en titanes filántropos que han recibido castigo del creador, precisamente, por haber ayudado a los hombres después de haber sido expulsados del Edén. Aronofsky ha investigado lo escrito sobre Noé en los textos religiosos, pero a ello le ha sumado sus propias convicciones. Los vigilantes están más próximos a Prometeo que a Lucifer, por eso a un católico, especialmente si es de mira estrecha, le parecen blasfemos. Están más próximos a nuestra herencia griega que a la cristiana. Lo que les hace interesantes es precisamente esa carga sacrílega de ser piadosos en su sublevación contra el creador. Aronofsky nos deja vislumbrar la ligazón dialéctica que hay entre el bien y el mal: de un acto impío puede nacer la bondad, del mismo modo que del bien puede llegar un mal. Así la obsesión por la justicia de Noé le conduce a la hybris, la desmesura de pensar que debe aniquilarse todo lo humano sin distinción.
Noé, empujado por la fe de su corazón, llega a casi volverse contra los suyos. Noé se convierte en un Alma Bella en el sentido Hegeliano: «Vive en la angustia de manchar la gloria de su interior con la acción y la existencia; y, para conservar la pureza de su corazón, rehuye todo contacto con la realidad y permanece en la obstinada impotencia de renunciar al propio sí mismo llevado hasta el extremo de la última abstracción«. La misma fuerza que le lleva a querer salvar lo puro le hace sentir que todo lo humano está corrupto. Sólo puede esperarse un correctivo ejemplar: el tiempo de la piedad pasó y hay que doblegarse al castigo. Sus convicciones acaban llevándolo a abrazar la moral del resentimiento, la propia del nihilismo negativo según Nietzsche. Sólo el perdón de su víctima más indefensa le devuelve la lucidez, en una conversión que nos recuerda la de Ethan (John Wayne) en Centauros del desierto cuando este último llega a tomar entre sus brazos a su sobrina.
No se asusten de que cite tanto filósofo alemán, la película funciona también como espectáculo, como fiesta de efectos especiales. Y Aronofsky declara que su objetivo ha sido sobre todo la evasión: “El corazón del filme es el entretenimiento, mi intención es presentar un drama perturbador, con grandes actuaciones, efectos visuales y música. Por supuesto, espero que a la salida la gente salga con más preguntas, charle sobre lo visto. Claro que necesito a alguien como Russell. Si en pantalla tienes milagros, ángeles convertidos en gigantes de piedra y otros seres no conocidos, debes de tener un actor que dé verosimilitud a su personaje. Russell es férreo y creíble”. Pero aunque afirme que sólo quiere hacer cine, no niega que haya querido darle un trasfondo de espiritualidad a su superproducción apocalíptica: “Defíneme espiritualidad. Bueno, entiendo lo que planteas. Sí que creo que falla nuestra conexión con el medio ambiente. Nuestro respeto a la creación. Hasta hace poco sabíamos que nuestra huella desaparecía del planeta: a duras penas quedan piedras, herraduras… Y desde hace un siglo hemos creado plásticos no biodegradables, gracias a productos químicos creados por nosotros. Tenemos un poder que estamos malgastando en estropear el lugar en que vivimos”.
Donde algunos ven blasfemia y satanismo, sólo hay una toma de conciencia de la crisis de recursos a la que parecemos abocados si no cambiamos nuestros modelos de producción y consumo. La película tiene mensaje, pero un mensaje ecologista que se vale de la historia sagrada para ofrecer una lectura de nuestra condición actual a la que hemos llegado por nuestros propios poderes, que atacan a la naturaleza pero que acabarán pasando cuentas a nosotros los humanos. Después de todo la naturaleza tiene una capacidad de cambio superior a la nuestra, cuando algo amenaza al conjunto, acaba pereciendo él mismo. Ese apocalipsis antediluviano es nuestra propia realidad, el que trata de aprehender Aronofsky es el apocalipsis que venimos cerniendo sobre nuestras postindustriales cabezas. Sin embargo, el apocalipsis promete una regeneración, un mundo mejor, no la típica muerte y destrucción de Roland Emmerich. Pese a todo hay que seguir confiando en nosotros y nuestra capacidad de respuesta. O si no, al menos a seguir teniendo fe en el caos.
Enemy, de dobles y arañas
Según leemos, Enemy fue uno de los títulos recurrentes en los corrillos de San Sebastián cuando se vio por primera vez en España. Es una de esas cintas propensas a sembrar el desconcierto y a ganarse amores u odios casi instantáneos. Sin ir más lejos, al salir del pase de prensa le hizo espetar a una de las cabezas pensantes de Serendipia, que «Si cuando veo una película me pierdo o no la entiendo es que el director me la ha contado mal». Esta sin duda es una de esas películas de la que nadie hablará mal por miedo a hacer el ridículo dados los orígenes literarios y el prestigio del director. Tras el pase de prensa, en el lavabo, lugar en el que además de aliviar la vejiga se liberan los comentarios sobre lo recién visto, hubo el característico silencio perplejo que siempre hay cuando no se sabe que decir y se teme quedar como un burro si deja entrever que no se ha entendido el final o se ha perdido a medio metraje. El film llama al engaño. Tras un ingenioso argumento lineal de intriga, con ciertas pinceladas surrealistas, termina desembocando en un final que desde ya formará parte de mi léxico particular. Me explico: si existe el socorrido final «todo era un sueño», que no hace falta explicar; o el «Chaplin», en el que el personaje o personajes siguen con su vida hacia un destino incierto, al igual que Charlot marchando hacia un punto del camino, desde ahora también hay una palabra para definir esos finales en los que uno se queda perplejo: El final araña. Ustedes ya me entenderán.
Así que ya ven que lo que más ampollas levantó a esa parte de mi ser fue el final. Cosa que me evoca el diálogo inicial de Dios (una comedia) de Woody Allen (incluida en Sin Plumas), y van a permitirme que se lo transcriba:
Actor: Nada… sencillamente nada…
Autor: ¿Qué?
Actor: No tiene sentido. Es vacío.
Autor: El final.
Actor: Naturalmente. ¿Qué estamos discutiendo? Estamos discutiendo el final.
Autor: Siempre estamos discutiendo el final.
Actor: Porque es imposible.
Autor: Reconozco que es poco satisfactorio.
Actor: ¿¡Poco satisfactorio!? Ni siquiera resulta creíble. Cuando se escribe una obra el truco está en empezar por el final. Se busca un final sólido y bueno, y luego se escribe hacia atrás.
Autor: Ya intenté eso. Me salió una obra que no tenía principio.
Sólido y bueno, parece que es la premisa que debe cumplir, ¿pero en qué consiste eso? Echemos mano de la teoría de la narración según la cual el final de un relato debe ser sorprendente, pero a la vez debe guardar coherencia con todo lo narrado hasta allí. Buen final es aquel que nos hace replantearnos todo lo leído (lo visto, en el caso de un filme) y encontrarle un sentido nuevo. ¿No cumple con ello Villeneuve? En mi opinión (soy la otra cabeza) sí, salvo que debo reconocer que va más allá de la sorpresa: nos conduce directamente a la perplejidad, su sinónimo, pero ya saben que los sinónimos no son idénticos, introducen siempre un matiz. Y ese matiz hará que guste o que se la considere un acto especulativo para gafapastas (por cierto, mis gafas son de pasta y las de mi alter ego, no).
Si Villeneuve leyera este blog, se sentiría satisfecho por la polémica suscitada, y es que confesaba en San Sebastián que sus películas favoritas «son las que me han dejado más preguntas que respuestas, como ‘2001. Una odisea en el espacio’: me gusta esa sensación, cómo se van abriendo puertas para ir descifrando el misterio, y eso he querido hacer yo«. Hay que reconocer que, en esta que según él mismo es su obra más personal, lo ha conseguido. Enemy, nos lleva al anonadamiento. Y es que «esta película hay que verla varias veces para entender su esencia, pero está todo en ella«, explicó rebuscando las palabras. Puede decirse, pues, que Enemy es un puzzle al que no le faltan piezas, pero en el que estaremos obligados a hacerlo y rehacerlo para vislumbrarlo y seguramente siempre nos quedará alguna zona muerta; pero eso es lo pretendido, que nos deje más interrogantes que respuestas.
Y después de hablar del final, cabe hablar sobre el principio. El origen de esta película hay que buscarlo en la lectura, por parte del canadiense, de la novela El hombre duplicado de José Saramago. «Sentía la necesidad visceral de hacer una película que quizá nadie más hubiera hecho, y lo que he hecho ha sido por un gran amor al cine; para mí, Enemy ha sido una ensoñación, mi secreto«. Se trata de una adaptación libre en la que el director ha volcado sus propias reflexiones, sobre todo la que atañe al poder del subconsciente, para Villeneuve el subconsciente es algo que tiene gran influencia en nuestras vidas y un impacto real en la sociedad. Si no somos conscientes de esa fuerza y de sus efectos colaterales, nunca sabremos quién toma en realidad las decisiones sobre nosotros mismos.
Sin duda, el tema del doble es uno de los que mejor se presta para hablar de ello. Sobre todo tal como lo retrata el canadiense. La película está recorrida por tintes fantasmagóricos en lo que hace referencia al escenario, ese Toronto lleno de grises y de intrigantes edificios ultramodernos, clara metáfora del laberinto, de la tela de araña (sí, la araña tiene gran importancia en esta cinta) que nos pierden cuando queremos llegar al centro. Y también en lo que hace referencia a la exposición de la trama, la historia se va engranando con un cierto aire onírico, perdemos a veces los límites de la realidad. Todo ello le da un arrollador poder sensorial, en el que no tiene poca relevancia la actuación de Jake Gyllenhaal que borda su doble papel tanto como en su día lo hiciera Jeremy Irons en I
nseparables. Y viene
bien mencionar la película de Cronemberg, porque no es poco lo que guardan en común: ahí está el enigmático papel de la mujer (en este caso dos rubias frías como las hitchcockianas), a la vez fuente de deseo y de castración, y en ambos casos la pervivencia del otro exige la muerte del duplicado, aunque eso suponga la disolución de ambos. En ese último sentido se puede leer en la notas del director que encontrar a alguien igual a nosotros sería un fenómeno que debería provocar el mismo impacto en un ser humano que el que provoca un agujero negro en una galaxia: ni siquiera la luz puede escapar de esa concentración de masa, nuestro doble supondría la pérdida de nuestra energía, de la capacidad de discernir qué nos hace ser nosotros y no los demás, del poder de controlar las propias decisiones.
Los agujeros negros tienen una entropía gravitacional intrínseca. Ello implica que la gravedad introduce un nivel adicional de impredictibilidad por sobre la incertidumbre cuántica. Parece, en función de la actual capacidad teórica, de observación y experimental, como si la naturaleza asumiera decisiones al azar o, en su defecto, alejadas de leyes precisas más generales. La metáfora con la que elige Villeneuve para explicar el mitema del doble, coincide pues con la frase de la novela que elige como destacado inicial, como preámbulo del prólogo que tanta relación guarda con ese enigmático final araña (y que nos hace evocar El relato soñado de Arthur Schnitzler): «El caos es un orden por descifrar». Bajo esa luz cabe interpretar toda la película, así que aunque se estructure como un filme de suspense, de intriga casi detectivesca, Enemy viene cargada de concepto. Tal se diría que el Darren Aronofsky de Pi ha adaptado El Doble de Dostoievsky (como se afirma, de hecho, en el blog de Filmin).
Así es Enemy para algunos una película pretenciosa, absurda y bobamente enigmática (Carlos Boyero dixit), para otros tubardora, genial y exquisita a nivel estético. Sólo debo decirles que la vean y juzguen ustedes mismos, después de todo es una película de la que se disfruta más cuanto más se discute sobre ella.
La hermandad, buenas intenciones, escasos resultados
No se le puede negar a La Hermandad su carácter voluntarioso. El valenciano Julio Martí Zahonero ha sabido cuidar en esta su ópera prima la ambientación, con tintes góticos pero sin muchos de sus tópicos, no cae en la acumulación de sustos sino que se esfuerza por transmitir una atmósfera enrarecida y misteriosa. Su voluntad de huir del susto fácil se hace notar también en la banda sonora (probablemente lo mejor de la cinta) para la que tenía claro que no debía tratar de anticipar las situaciones de mayor terror con golpes de efecto musicales, pretendía más bien que hubiera una melodía que diera razón de la obra en su conjunto, que cautivara al espectador y le condujera por la historia como si se deslizara. Afortunadamente el también valenciano Arnau Bataller ha sabido comprender las demandas del director y ha compuesto una partitura que satisface las expectativas; hay que añadir que se contó con la Orquesta de Liceo para la grabación, sin duda todo un lujo.
Un argumento cuya sinopsis lo hace parecer inquietante: En la fría y silenciosa oscuridad de un apartado monasterio del norte de Italia, La Hermandad, monjes benedictinos que siguen al pie de la letra unas estrictas normas de pobreza y obediencia, curan las heridas de Sara, una afamada escritora de novelas de terror que acaba de sufrir un grave accidente. Sara deberá guardar cama en el monasterio, donde la electricidad o el teléfono carecen de sentido. Su curiosidad de escritora no tarda en despertar con ciertos detalles que llaman su atención. Extrañas manchas en el techo, llantos infantiles en la noche, una vieja fotografía, un escalofriante libro sobre la Hermandad, sus inquietantes costumbres… Algo se mueve entre los muros del monasterior. Un oscuro secreto se encierra en su interior y ahora está a punto de salir a la luz… Y la recomendación de su director: Si me preguntas por las razones por las cuales un espectador debería ir a ver La Hermandad te diría que son numerosas. En primer lugar, se van a encontrar con una historia muy emotiva, llena de sorpresas hasta el minuto final. La Hermandad es visualmente un regalo para todos los sentidos. Descubrir cada uno de los rincones, aposentos y corredores de esta lúgubre abadía repleta de pasadizos y senderos ocultos, es una sensación tan inquietante como lo es para el personaje protagonista. La recreación de todas las estancias ha sido un trabajo excepcional. En el apartado de las intenciones la película funciona muy bien, pero, ¡ay! Los resultados ya son otro cantar.
Pese a los empeños por lograr una revisitación del terror de corte clásico, la película hace aguas en su guión. Ni los monjes resultan sospechosos o enigmáticos ni está claro por qué ya desde el primer día en el que la protagonista empieza su recuperación, por muy escritora que sea, se pone a investigar. Tampoco se nos hace comprender porque permanecieron en el convento haciéndose pasar por monjes si al final va a resultar que ellos fueron las víctimas. El esmerado diseño de producción no puede ocultar que Lydia Bosch actúe como quien no sabe realmente dónde está metida, y no nos referimos al convento sino a la trama. Su actuación es mecánica y forzada, lo que revela que el debutante no domina aún la técnica de la dirección de actores. El resultado es una cinta bienintencionada pero inefectiva. Huye del susto y del gore, pero tampoco la intriga hace aparición y eso en una película de estas condiciones es un problema muy grave.
Es muy fácil sentarse ante el ordenador y echar por tierra el trabajo de muchos meses, por eso hemos querido empezar este comentario con los pros del filme de Julio Martí. Es su primer largo y aunque sea fallido esos aciertos que hemos referido nos permiten decir que esperamos que no se desaliente y vuelva a intentarlo. Después de todo no son pocas las veces en las que aprendemos más de nuestros errores que de nuestros logros.
Cuento de invierno, los milagros del amor
El guionista Akiva Goldsman (Una mente maravillosa) debuta en la dirección cinematográfica con una incursión en el Fantastique, esa concepción de lo fantástico que tan buenos filmes nos trajo en la década de los cuarenta (El fantasma y la Señora Muir, Jenny, para citar alguno). Cuento de invierno, ya desde el título, no engaña a nadie y quizás eso sea su mayor defecto. Pero vayamos por partes.
Bajo el apelativo de Fantastique entendemos aquel conjunto de obras que tratan la temática fantástica mezclada con otros géneros (el melodrama romántico en la mayoría de casos) y con una visión y resolución amable. Se comprendería bajo esa categoría películas que algunos no incluirían por derecho propio dentro del fantástico, pero que sin duda, visto el género con mirada amplia, giran en torno a él. Esta especie de subgénero proliferó sobre todo en la década de los cuarenta del pasado siglo debido al peso de la Segunda Guerra Mundial que dejó tras de sí buen número de bajas: se hacía necesaria una visión amable de la muerte y lo sobrenatural que sirviera como evasión y consuelo. Puede rastrearse abundantemente hasta la década de los sesenta, sin que ello signifique que desapareciera por completo después. Han habido incursiones posteriores como lo fue en su momento Ghost (1990, Jerry Zucker), o ahora mismo este Cuento de invierno que nos ocupa.
Cuento de invierno nos trae la historia de Peter Lake (Colin Farrell), un ladrón irlandés, perseguido por su antiguo protector, un extraño personaje interpretado por Russell Crowe que vendría a ser una especie de diablo que lo busca para que no se aparte de los senderos del mal. Peter Lake quiere abandonar ese tipo de vida y cuando en su último robo conozca a Beverly Penn (Jessica Brown Findlay), logrará cumplir ese objetivo e incluso encontrar un amor que le hará vencer las fronteras de la muerte. Al menos no morirá hasta que él mismo realice ese milagro que todos llevamos de origen. La historia se desarrolla en el siglo XIX y en nuestra actualidad. Pretende ser un amable cuento sobrenatural cargado de buenas intenciones. Es fundamentalmente un melodrama romántico, pero viene envuelto con el ropaje de lo fantástico, con personajes sobrenaturales (ese caballo blanco, por ejemplo, que ayuda al protagonista a alcanzar con éxito su empresa, y que en verdad es la encarnación de un ángel), amores que vencen a la muerte, desplazamientos en el tiempo, y la eterna lucha entre el bien y el mal personificados en ángeles y demonios. Todos estos mimbres debieran dar como resultado un filme de deliciosa fragancia extravagante, pero no es así.
¿Cuál es el problema de Cuento de Invierno? Su exceso. La ópera prima de Akiva Goldsman nos fuerza a la suspensión de la incredulidad casi desde el minuto cero, no hay el menor atisbo de hacernos dudar sobre la sobrenaturalidad de situaciones y personajes. No juega a hacernos desarrollar la intriga, muestra sus cartas a la primera de turno y así no nos hace cómplices de la trama, no nos permite jugar al suspense y el desvelamiento. Todo está expuesto desde el principio, no hay descubrimiento, y eso le resta interés. De cuidada dirección artística, casi podría decirse que el lujo de efectos no contribuye al interés del espectador por la doble lectura. Su atmósfera resulta plana y si bien no engaña, tampoco nos hace partícipes del juego; sólo nos cabe dar asentimiento a lo que nos expone. E igualmente es plano su supuesto mensaje de fondo, nos dice a bocajarro que la vida humana goza de trascendencia y ante ello, o bien suspendemos la incredulidad así sin más y porque sí, o no podremos entrar en la narración.
No es, con todo, una cinta aborrecible, es buena su factura técnica (la comentada dirección artística, la correcta banda sonora de Hans Zimmer, sus efectos visuales… ) y su factura artística, con unas interpretaciones correctas (aunque no memorables) y una puesta en escena que no cae en la estridencia. Esa buena factura permite que se la consuma como un buen producto desechable: aunque no vaya a conservarse en nuestra memoria, nos deja pasar un rato suficientemente agradable. En suma, no es un plato para gourmets, pero puede ingerirse si no le exigimos demasiado.























































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