La bola negra, la insignificancia como palanca
Toda inmensidad provoca arrobamiento. Nos embelesa una noche estrellada en un cielo infinitamente abierto. Nos enajena la barbarie de un genocidio, sea quien sea que lo cause. Todo lo que desborda nos enfrenta a nuestra nimiedad. Pero la insignificancia, lo que no significa, puede ser la que nos libre. La palanca no vence por tener fuerza propia, sino porque encuentra un punto de apoyo capaz de convertir una fuerza pequeña en desplazamiento. El poder de la palanca sale precisamente de que el fulcro sea mínimo. Y La bola negra es un homenaje a los que callaron, los que no se significaron, pero sostuvieron. Desplazaron
Quedarnos de brazos cruzados cuando todo viene mal dado puede parecer declinar responsabilidades. Ese fue el gesto del hombre de Hamburgo. Fuera el 14 de febrero de 1939 con Adolfo Hitler en el puerto para encabezar la botadura del acorazado Bismarck, el gran buque de guerra alemán, en la armadora de barcos Blohm & Voss, o fuera el 13 de junio de 1936, en los mismos astilleros, en la botadura de un humilde buque escuela, el velero Horst Wessel, la enardecida masa lo alabó brazo en alto. Queda la fotografía. Pero en la instantánea, casi oculta por el bosque de miembros alzados, una mirada adusta hacia el estrado corona unos brazos firmemente plegados. Un hombre insignificante. Desafiar no exige gestas, sino gestos.
El de Sebastián, el protagonista de la película de los Javis, más bien sería comparable a un alzarse de hombros. Resignación. Pero resignar viene de signum, sello, señal. El que se resigna, literalmente, se des-señala. Se quita la marca. Se desmarca y burla al contrario. Sebastián esquiva. Y las palabras hacen magia: al esquivar, rehúsa. Justo lo contrario de aceptar. Al ocultarse puede dar la vuelta al yugo desde su base. Su sumisión es también su subversión.
Un triángulo de líneas temporales articula la trama de La bola negra. Carlos, 1932; Sebastián, 1937; Alberto, 2017: tres hombres que viven su homosexualidad con reparo y tienen por vértice a Lorca, el señero. El insigne como referente de los que no se significan. El acallado soportando a los que callaron. Voz pasiva y voz activa de un mismo silencio. La película ficciona los huecos de la historia y les da voces. No los justifica, da razón de sus motivos. Y lo dice desde el exceso del melodrama. El color, el decorado, la música, el gesto (y el metraje) hinchados cargan con lo que la boca calló. Les devuelve la potestad de su ademán. La película responde por los que hubieron de guardar silencio forzoso. Les llamaron desviados y lo fueron: labraron el desvío que encauza la libertad de otros.

No cierra en falso, sin embargo. La bola negra se bastaba para excluir desde el anonimato. Por eso fue el título de la obra de Lorca inacabada y abiertamente homosexual. Por eso mismo es el que mantienen los Javis. Soplan malos tiempos para la lírica, hay que golpear aunque sea bajo. Un golpe bajo es el que llega por debajo, por donde no mirabas. Llamativo sin estridencia. Eso no es trampa, es puntería. La catarsis no es alivio sino reconocimiento, se purga porque se ve. Y nos devuelve la carne viva. La película no cierra, se entrega.
Tú nunca entenderás lo que te quiero
porque duermes en mí y estás dormido.
Yo te oculto llorando, perseguido
por una voz de penetrante acero.
Norma que agita igual carne y lucero
traspasa ya mi pecho dolorido
y las turbias palabras han mordido
las alas de tu espíritu severo.
Grupo de gente salta en los jardines
esperando tu cuerpo y mi agonía
en caballos de luz y verdes crines.
Pero sigue durmiendo, vida mía.
¡Oye mi sangre rota en los violines!
¡Mira que nos acechan todavía!
Sonetos del amor oscuro
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