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‘Diana’ de Alejo Moreno: desvelando la doble moral

El dormitorio de un piso de la castellana, Madrid, es el dormitorio de Sofía (Ana Rujas), una escort de lujo. Un nuevo cliente, Hugo (Jorge Roldán), descubre el misterioso nombre que ella tiene tatuado en su pierna: “Diana”. ¿Podría ser ese su nombre real? Pero Hugo es realmente un pseudónimo de Jano, un educado hombre de negocios que no desea revelar su verdadera identidad ante su “acompañante”. El piso de Sofía se convierte entonces en el escenario de un perturbador juego donde poco a poco se van revelando las personalidades que ambos ocultan.

Calificada en algún medio como thriller erótico (que en buena medida lo es), el debut en el largo de ficción de Alejo Moreno es una cinta que no se deja encerrar en una sola categoría, porque el filme se deja desvestir en varias capas componiendo una obra poliédrica en la que la forma es tan relevante como el fondo. Lejos de los trabajos mainstream, Diana es un claro ejemplo de otro cine más humilde, independiente y de bajo presupuesto, pero que nos ofrece resultados que a veces sobrepasan en interés a aquellos que alumbra la industria. El de Alejo Moreno es un nombre que se deja escribir junto a otros que ya nos resultan más conocidos, como Norberto Ramos del Val (Summertime, título que comparte actriz con el que estamos analizando), Carlos Marques-Marcet (10.000 Kilómetros), Joaquín Oristrell (Hablar), Juan Cavestany (Gente en sitios), o el mismísimo Carlos Vermut, que hizo más visible este nuevo cine español con su segunda película, Magical girl,que le valió la Concha de oro a mejor director, pero que debutó con Diamond flash una cinta que llevó adelante con sólo 11.000 euros y que le mereció, ya, ser considerado como un cineasta de culto. Diana demuestra que no son los medios de los que se dispone sino el talento creativo (que suple con imaginación lo que el presupuesto no aporta) el que permite alumbrar pequeñas-grandes piezas, después de todo una orquesta de cámara no tiene nada que la haga menor que una orquesta sinfónica.

Y eso es lo que nos trae Moreno: una opera de cámara que, con sólo dos protagonistas, es capaz de radiografiar la sociedad en la que nos movemos, con sus brechas sociales, su mercantilismo salvaje y sus enormes dosis de hipocresía. Diana no es un relato fácil. No lo es desde la forma que elige para expresarse, una puesta en escena alambicada que tiende al barroquismo visual, con su proliferación de picados, planos cortos y diálogos no sincronizados con la imagen que aparece en pantalla. Ni lo es por su discurso, Moreno busca incomodarnos, rompernos los esquemas y provocarnos. Su retrato de la prostitución de lujo no va a ganarse el favor de muchos progresistas que piden la abolición del llamado oficio más viejo del mundo. Sofía es una escort satisfecha de serlo, que prefiere ese trabajo de acompañante a cualquier empleo de becaria al que le habilitaría su licenciatura, gana mucho dinero y su esfuerzo es casi menor que el que requieren esos trabajos precarios y mal pagados. Sofía no quiere ocultarse ni quiere ser salvada, es dueña de sí misma y muy capaz de manejar los hilos de aquellos con los que tropieza. En este sentido, Diana resulta como un puñetazo en el estómago que no está lejos de otra pequeña-gran obra, Alanis de Anahí Berneri.

Pero, el filme no se agota aquí, su expresión del poder de lo erótico trae de la mano un mucho de denuncia social. Jano es un emprendedor, esa palabra tan de moda que quiere suavizar la carga negativa que acompañaba al término empresario, patrono, amo. No tiene entrañas, es capaz de engañar, de estafar a quienes confían en él mientras exhibe una faz de soñador que sólo aspira a darle a los humanos herramientas para progresar. Su nombre es una metáfora, no por obvia mal traída, y el personaje un arquetipo, es un ser de doble rasante que, bajo su agradable apariencia, esconde a un depredador que cree que todo puede comprarse, por eso no es vano que esté leyendo El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, otra referencia obvia pero efectiva.

Sin embargo, Jano no es el único hipócrita empeñado en esconder sus instintos detrás de un rostro amable. Ni los empresarios los únicos que están bajo el punto de mira del director. Ahí está la prensa, aparentemente empeñada en sacar a la luz los fraudes, pero que en verdad busca escalar puestos en el share dándole a la audiencia lo que quiere escuchar. Porque, en verdad, somos todos los que queremos mantenernos en nuestras creencias, esos supuestos principios que nos dan identidad, no queremos ser movidos de nuestro discurso y con esa actitud alentamos los engaños y nos autoengañamos mientras mantenemos la conciencia tranquila. Diana viene a sacarnos de nuestra zona de confort, a hacer que nos preguntemos si no somos nosotros mismos ejemplos de la doble moral que parece cernirse sobre nuestra sociedad. Quizás ninguno de nosotros es inocente ante esa construcción, tan políticamente correcta, de un nuevo modelo de puritanismo, de la nueva censura que no es ejercida (o al menos no solo) desde instancias externas sino desde el actuar cotidiano con el que presionamos y somos presionados. Todos somos artífices de ella, todos nos merecemos que, en riguroso directo y en horario prime time, alguien nos espete un “soy puta y vengo a desarmarte”.

Diana, pues, nos obliga a mirar lo que no queremos ver. Y lo logra también gracias al buen trabajo actoral de sus interpretes. Jorge Roldán es convincente en su representación de cazador-cazado, de hombre sin escrúpulos que se esconde detrás de un rostro sonriente en el que queremos ver a un creativo, a un hombre de éxito, a un líder que viene a traernos un mundo mejor, mientras en verdad lo que pretende es explotarnos y arruinarnos. Pero, si Diana resulta fascinadora, es por la enorme presencia de una felina Ana Rujas capaz de llenar la pantalla y de mantener la espina dorsal del filme ella sola.

Diana es una cinta que no va a contentar a todos, pero ya está bien que esa sea la reacción de parte del público. Al fin y al cabo, ello vendrá a certificar que el trabajo de Alejo Moreno da de pleno donde quiere golpear. En la boca de nuestro estómago.

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