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El Sitges 2010 más brutal: A Serbian Film versus Secuestrados

Los paladares más ávidos de sangre esperaban con impaciencia hincarle el diente a A Serbian Film (Sprski Film, 2010, Srdjan Spasojevic) película que contaba con el estímulo añadido de que Ángel Sala, director del Festival de Sitges, había confesado públicamente que no sería capaz de verla por segunda vez. Ahora A Serbian Film se ve envuelta por el escándalo tras el demoledor artículo que le dedicó El Mundo y el debate que, basado en ese artículo, se produjo en el programa Las mañanas de Cuatro (cuidado con el vínculo que contiene spoilers), pronto se olvidan las diferencias ideológicas cuando se trata de jugar a defensor de los buenos modos.  Se trata de cumplir con la hipocresía, porque tiene miga que en una emisora que nos ofrece realitys como Callejeros tilden de delictiva una película de FICCIÓN. ¡¡¡Película que ni siquiera han visto!!!  Viva la desfachatez informativa de algunos “profesionales” de la prensa.

Nadie se escandalizó durante los diez años que duró la guerra en Serbia ni se escatimaron imágenes  de aquellos crímenes contra la humanidad por los que se juzgaría a Slobodan Milosevic.  Imágenes que no son representación como sí lo es la pipa de Magritte.  Kevin Carter se suicidó porque no pudo soportar su conciencia, pero ganó el Pulitzer por su fotografía más célebre:

Y así debe ser, porque el mal no está en  el arte del fotógrafo sino en la realidad que da a conocer.

En verdad esos mojigatos de salón no sabían que estaban linchando la obra de un moralista. Srdjan Spasojevic quería explicar al mundo lo que ha sido la historia reciente de Serbia y esa mezcla ambivalente de sentimiento de víctima más complejo de verdugo. Pero no se queda ahí, en su propia coyuntura, sino que eleva su reflexión al universal, a la estructura innata que conduce a los humanos a practicar la destrucción y el mal.  Y para hacerlo acude al campo del arte donde Tanathos es la inevitable  pareja de baile de Eros. Spasojevic elige la esfera más baja de lo artístico para ilustrar su discurso, el mundo de la pornografía, quizás porque de ese modo nos resultan más obvios los límites.  En su película nos cuenta la peripecia ficticia de un actor legendario del cine porno casi retirado, Milosh (Srdjan Todorovic), vive apaciblemente junto con su esposa (Jelena Gavrilovic) e hijo. Pero las penurias económicas le llevarán a aceptar la oferta de un enigmático individuo para protagonizar una película de “pornografía artística”. Milosh sospecha que puede haber algo muy turbio en ello, pero cuando intente renunciar será demasiado tarde. Spasojevic no deja lugar a la esperanza ni la muerte nos puede poner a salvo del horror, esa es su sentencia moral y eso lo que denuncia.

Milosh protagoniza un verdadero descenso al infierno, podría decirse que Spasojevic retoma el tema del pacto mefistofélico.  Mefistófeles ha ido haciéndose cada vez más humano según se ha ido retomando el mito de Fausto: en Marlowe (The Tragicall History of Dr. Faustus) Fausto encarna al hombre universal del Renacimiento que vende su alma a cambio de tener la sabiduría absoluta con la que ser emperador del mundo, aquí Mefistófeles es prácticamente el horrísono demonio medieval; la versión más célebre (y la que fue llevada al cine por Murnau) es la de Goethe (Faust: der Tragödie), Fausto aparece como ingeniero y acude al pacto para lograr el saber técnico con el que llevar al mundo a su progreso, ahora Mefistófeles se convierte ya en alter ego, en el reverso irremediable de fausto, monstruo que es despertado por el sueño de la razón; un paso más da Thomas Mann (Doktor Faustus), convierte el drama en novela y Fausto es ahora el artista que busca componer la obra de arte total, Mefistófeles es ya casi él mismo Fausto desdoblado. Spasojevic nos traería un Fausto obrero, un trabajador del porno, y Mefistófeles (aquí Vuknir interpretado por Sergej Trifunovic) ya no es un diablo sino un humano perverso  capaz de saltarse todos las contenciones, capaz de sacar el animal que hay en los demás para su propio lucro, tentándoles con contratos millonarios (y no es casual que haya trabajado para los servicios secretos serbios pues ejemplifica la corrupción humana más abstracta, pero también aquella más concreta y dañina que se dio en el país balcánico).

Milosh firmando el contrato con el que perderá el alma

Milosh no busca imperios, no pretende crear la máxima obra de arte aunque Vuknir le hable de ello, no quiere ordenar el mundo, sólo quiere conseguir el dinero suficiente para dar una vida mejor a su familia fuera del país; así de sencillo y humano es todo y por ello mismo resulta más terrorífico. Escandalizarse con A Serbian Film sólo es posible si uno no se ha parado a pensar en esta vida más de dos segundos seguidos, porque la película nos habla del drama humano, del drama del hombre moderno que aunque viva sin dioses debe seguir enfrentándose a la decisión moral de hacer el bien, de poner en jaque sus impulsos más bestiales que aflorarían al mínimo descuido. Y en la sexualidad es donde más puede verse el litigio entre razón e instinto, por eso nos dice Antonio José Navarro en su crítica (página 7):

De ahí que A Serbian Film no sea película sórdida, violenta, nihilista, por el simple afán de escandalizar. A Serbian Film, cinta sadiana que no sádica, tiene la clarividencia de ver la sexualidad humana como una despiadada forma de poder, misterioso, demoníaco, capaz de empujarnos a la realización de deseos prohibidos y peligrosos, íntimamente ligados a la anulación de la personalidad, a la falta de libertad.

Para caer en la maldad basta con dejarla salir, en cambio la bondad requiere esfuerzo. Y Milosh sigue esforzándose aun cuando está bajo los efectos de la droga, pero su lucha es vana, Vuknir ha sacado de él el monstruo que reside en

todo humano y nada puede hacer Milosh contra ello. Spasojevic no deja lugar para la esperanza, decíamos ya, lo corrupto siempre podrá más que lo noble; ese es el pesimista mensaje moral/político que nos remite el serbio.

¿Siempre triunfa el mal?

Pero mis otras dos manos están a punto de arañar a estas con las que escribo, mientras mis otros cuatro ojos se clavan en los míos con la mirada más asesina que he visto nunca, cansados ya de tanto onanismo mental.  Y no le falta razón, porque si A Serbian Films funciona es porque todo este discurso permanece en el fondo, cuidadosamente envuelto por un guión con la dosis suficiente de intriga como para que el film sea disfrutable para los que buscan en el cine divertirse (aunque sea sufriendo) con una historia bien contada.

 La película avanza dosificando la violencia, al principio es secundaria, apenas una anécdota en la vida de Milosh y su familia, un simple degotar. Durante esa mitad casi se diría que estamos viendo un melodrama familiar salpicado de misterio, nos vamos haciendo con los personajes porque Spasojevic nos los muestra en su cotidianidad: esos padres enamorados que cuidan de su hijo, familia feliz ejemplar. Sin embargo, el extraño trabajo que se le pide a Milosh va sembrando el desconcierto y, si hubiera algún espectador que no supiera nada de la película antes de verla, se sobrecogería con los momentos de brutalidad tal como se sobrecoge el propio Milosh.  Para cuando queremos darnos cuenta ya es demasiado tarde, Milosh no tiene retroceso ni salida y los espectadores quedamos pegados a nuestras butacas (bueno, cuatro jovencitas abandonaron la sala, una haciendo evidentes esfuerzos por contener el vómito), aplastados por esa violencia desbocada que cada vez es más demoledora desde la explosión de la primera escena extrema que, aunque parezca fuerte, no es más que el primer grado de una atrocidad que casi parece no conocer límite. La estética tenebrista de A Serbian Film nos encoge por dentro, y ese  scope, inteligentemente utilizado en unos planos de fondo casi vacío y amplios escenarios, vuelve a las imágenes más amenazadoras aún.  Desde el estallido que marca la inflexión, A Serbian Film no nos da más tregua y su director juega con nosotros dilatando el final cuando ya todos deseamos que termine para volver a nuestra civilizada rutina.

Escalofriante versión de la Piedad

Algunos acusan a Spasojevic de ser poco imaginativo a la hora de contar el descenso al infierno de Milosh, construido mediante flashbacks y elipsis, pero para nosotros es un acierto total porque esos son los mecanismos de la memoria, sobre todo al despertar de un estado de shock .  A Serbian Film noqueó nuestra conciencia, pero, a diferencia de Ángel Sala, si queremos volver a verla para empaparnos aún más de su puesta en escena, de sus efectos de sonido, de sus claroscuros y de esa música desasosegante (dusbtep, no tecno) que cuadra perfectamente con esas imágenes desgarradas.

La conmoción de A Serbian Film era esperada, la de Secuestrados (2010, Miguel Ángel Vivas) fue una sorpresa, una grata sorpresa. Serendipia no escuchó mayor ovación al final de una pase, ni batió sus cuatro manos con más fuerza, que la que siguió a los créditos finales de esta segunda película de Miguel Ángel Vivas. Todos los medios se hicieron eco de la buena acogida que tuvo, tanto por el público como por la crítica, esta película que explora los mecanismos y expresiones del miedo en toda su amplitud. Luego ese éxito no quedó recogido en el palmarés, dicen las malas lenguas que fue debido a los premios que obtuvo en Austin, mejor película y mejor dirección, pues parece que a Sitges le gusta que su máximo galardón recaiga sobre una película que no entré en las quinielas para así presentarse en la escena de festivales como uno de los que más visión tiene a la hora de descubrir talentos. Con todo, lo que nadie comprende es que Manuela Vellés no se hiciera con el premio a Mejor Actriz porque sin duda la suya fue la mejor interpretación femenina que pudo verse en el festival.

Secuestrados es otra de esas películas de escenario único y reducido, en este caso el chalet recién habitado por una familia acomodada, familia que será víctima de un secuestro exprés por parte de tres hombres encapuchados. El film no se separa de ellos en ningún momento. No hay tramas externas como sí las había en 37 horas desesperadas (1990) de Michael Cimino, película de la que se afirma deudor Vivas, al contrario somos espectadores de excepción de ese allanamiento, testimonios únicos del horror que viven las víctimas y la violencia salvaje de los secuestradores. En verdad, Secuestrados es mucho más extrema que A Serbian Film, la experiencia del espectador es mucho más sangrante, porque los personajes de la cinta española son nuestros semejantes, cada uno de nosotros sabe que podría pasarle lo mismo a él y todos los mecanismos de transferencia se encienden: sufrimos el mismo miedo y la misma angustia que ellos padecen. Esa empatía se da gracias al enfoque que da Vivas quien busca ponernos cara a cara con el terror en directo porque más que historia hay acción y nosotros podríamos ser sus sujetos. En palabras del director:

El tema de esta película es el terror, el miedo absoluto y la violencia que lo genera. Normalmente en una película contamos una historia; mi idea en ésta es no tanto contar una historia sino mostrar unos acontecimientos. En ese sentido intento desnudar tanto el guión como la propia situación parta entrar en la verdad de esa violencia.

Para sumergirnos en la acción como si formáramos parte de la misma, Vivas recurre al verismo que imprime el plano secuencia (tal como hace Gustavo Hernández en La Casa Muda). Doce planos secuencia encadenados son los que se utilizan en Secuetrados, y se divide la pantalla cuando estamos ante dos acciones paralelas que confluyen en un punto. Para aumentar la fisicidad se prescinde de la música y los efectos de sonido, nada subraya el dramatismo, sólo el trabajo interpretativo de los actores que nace del corazón y no de la intelectualización de la escena, por eso Manuela Vellés quiso huir de los estándares, estudió los momentos del pánico y esos son los que nos comunica en su actuación.  Vivas ha querido huir del espectáculo, lo que ocurre en el plano es lo que podemos imaginar que ocurriría si la situación fuese real y nos nos captura el morbo de ver como sufren otros sino que lo que nos cautiva es la emoción de imaginarnos a nosotros mismos viviendo ese episodio. Pocas son las escenas de exteriores, esos hechos que se dan en pocas horas de una misma noche casi siempre dentro de la casa, eso permite jugar con el claroscuro y hacer que la atmósfera proceda del contraste de los puntos de luz reales que hay en la casa, usando en la fotografía tonos cálidos para los fondos y muy fríos para los personajes.

En Secuestrados Miguel Ángel Vives se muestra como un virtuoso, pero no se limita a un ejercicio de estilo que puedan gozar cahieristas y animales de ese pelaje, porque Vivas demuestra igualmente ser un excelente contador de historias. Eso es lo que le diferencia de Gaspar Noé con el que algunos se empeñan en compararle.  Irreversible (Irréversible,2002, Gaspar Noé) su ópera prima era igualmente un ejercicio de estilo, pero a nosotros nos transmitió la impresión de que primero había ideado el mecanismo narrativo (planos secuencia montados a la inversa de la secuencia temporal de los hechos) y luego pensó qué contar.  A la parte racional de Serendipia no le impresionó siquiera la violación de la Belluchi contada en un plano fijo de una duración que le pareció insoportable, no por la pretendida brutalidad (que ya estamos curtiditos en esto del cine) sino por el tedio que siempre siente cuando un director presume de epatador. Opinamos como Paco Limón que el director es quien debe estar al servicio de la historia y no la historia al servicio del lucimiento del director (os hablaremos de este director, más conocido en el extranjero que en España, en breve).  Y esa es la diferencia que separa a Vivas del argentino aficando en Francia: tenía un qué contar y luego buscó el cómo.

Otra influencia que se ha señalado es la de Michael  Haneke, reconocida por el propio Vivas. Es fácil que asociemos Secuestrados a Funny Games, pero si la segunda apuesta por una reflexión en abstracto sobre la violencia y su sentido, Secuestrados nos muestra lo concreto, si Funny Games le habla a nuestro cerebro, la película de Vivas nos golpea el estómago. En la contemplación abstracta podemos obtener un placer intelectual, pero frente a lo concreto lo que se estimula es nuestro pánico más visceral.  Con Secuestrados gozamos sufriendo.

Sitges 2010 ha sido una de las experiencias más intensas que ha vivido Serendipia (y así os lo hemos contado) no sólo por lo que pudo ver en las salas oscuras, pero también en ellas y A Serbian Film y Secuestrados fueron los bocados que más la deleitaron. ¿Será que Serendipia además de un ente casi mitológico es también un ser depravado? Se lo preguntaremos a la Señora Campoy :p

Categorías:Festival de Sitges
  1. Lameth
    1 octubre 2011 de 2:49

    Es la respuesta más elaborada y contundente que he leído en mucho tiempo.
    Sobra decir que opino lo mismo y que aplaudo ensordecedoramente la explicación de Serendipia.
    Todos mis respetos para tí.
    Y toda la vergüenza y lágrimas para los que claman porque la censura del arte le cierre los ojos al mundo.

  2. Lameth
    1 octubre 2011 de 2:41

    Es la respuesta más elaborada y contundente que he leído en mucho tiempo.
    Sobra decir que opino lo mismo y que aplaudo ensordecedoramente la explicación de Serendipia.
    Todos mis respetos para tí.
    Y toda la vergüenza y las lágrimas del mundo para los que claman porque la censura del arte le cierre los ojos al mundo.

  3. Andres
    31 octubre 2010 de 5:18

    Estoy en total y absoluto desacuerdo con sus comentarios acerca de “A serbian film”.
    Como todo en la vida, en el cine tambièn hay lìmites morales de los cuales no acepto que se pasen. Comprendo lo que dicen sobre descender al infierno y demàs, pero hay maneras mas inteligentes y morales para contar lo mismo, con mas o igual de crudeza sin llegar a tocar el lìmte que este señor sobrepasa con mucho placer.

    Nada de demagogia no que ocho cuartos, lamento leer aquì que defienden una mente perversa, que ha logrado reunir varias mente perversas para participar en esto que no se como llamarlo, porque aparte de inmoral es berreta. La fotografìa y la direcciòn de arte son bàsicos, las actuaciones medio pelo, y la mùsica de videojuegos.

    Por favor, a las personas sensatas, o simplementes padres/madres no vean esta aberraciòn, que sobrepasa el limite de la pedofilia (que ya es mucho decir).

    • 5 noviembre 2010 de 3:18

      Afirmas que el arte debe de tener límites morales, voy a tomármelo cómo si fuera una pregunta y voy a responderte. Ágarrense señores que la cabeza de Serendipia que está de guardia se doctoró en filosofía.

      El actuar humano, para ser tal, para no caer en la bestialidad, debe ceñirse a principios morales, a eso lo llame Albert Camus “el oficio de ser hombre”. Y no deben haber esferas privilegiadas que queden fuera de ese imperativo. Así , en la medida en que el arte es una actividad humana debe ajustarse a principios éticos. Y al igual que el arte debe someterse a ellos la ciencia, ahí están para ello los comités de bioética.

      Asiento lo anterior como previa. Ahora bien, el problema llega a la hora de definir cuáles han de ser esos límites. Tomemos la ciencia, ahí está toda la discusión sobre la clonación de células madre, discusión en la que entran en juego principios religiosos. No voy a tomar ese ejemplo si no a la experimentación con animales y lo dejo como pregunta al aire: sabiendo que esa experimentación agiliza las investigaciones y, por tanto, los remedios a enfermedades que atacan a los hombres, ¿deben defenderse los derechos de los animales hasta el punto de que, por no experimentar con ellos, se pierdan vidas humanas? Ahí dejo la pregunta y me reservo mi opinión.

      Vayamos ahora al arte, ¿cuál ha de ser el límite? ¿el buen gusto? ¿y qué es de buen o de mal gusto? No entremos en diatribas subjetivas sobre valores estéticos, que a mí se me podría ocurrir que prohíban las esculturas de Botero y los cuadros de Rubens por lo antiestéticas que son las gordas. Dejemos incluso de lado qué es o qué deja de ser inmoral para no enredarnos en el relativismo. Vayamos a lo jurídico, el derecho establece cuáles son las prácticas susceptibles de ser consideradas delito. Bien, para mí los límites éticos del arte deben remitirse a la apología del delito. Es decir, aunque una obra sea ,literaria, pictórica, cinematográfica.. no utilice imágenes explícitas ni violentas, si aprueba y hace apología de acciones delictivas, debe ser censurada. Pero es que el caso de A Serbian Film es justo el contrario. Esto es, se utilizan imágenes lesivas, imágenes que son ficticias no hay que olvidarlo, pero no para gozarse en ello sino para denunciar esas acciones que muestra cuando se dan en la realidad. Spielberg en Salvad al soldado Ryan, utiliza imágenes crudas, pero no para hacer una defensa de la guerra sino para todo lo contrario. ¿Podría Spajosevic haber contado lo mismo sin recurrir a esas imágenes? Probablemente sí, igual que Spielberg acogerse a los cánones del género bélico, pero esa fue la opción personal que eligieron uno y otro: denunciar provocando. Pero eso no debiera hacernos llevar las manos a la cabeza, después de todo el arte no se debe sólo a los límites, debe tener también un componente de transgresión para llevar a la humanidad a dar un paso más. Científicos y artistas están en la avanzadilla, en el caso de los últimos también está entre sus obligaciones hacernos mirar aquello que no queremos ver, como una forma de estimular nuestras conciencias y llevarnos al compromiso de erradicar lo desviado.
      Ocurre, sin embargo, que siempre es más fácil disparar al dedo que señala que a la luna señalada. Es más fácil participar en el linchamiento del artista que denuncia, que comprometernos a luchas contra los abusos reales y muy reales que se dan en el mundo. Ese niño no fue violado por su padre, es un actor, y la espuma que sale por su boca sólo es maquillaje. Movilizarse contra los pederastas de verdad es complicado, exige esfuerzo y tiempo. Cargar primero contra Spajosevic y luego contra Ángel Sala (y ahora lo mismo en Donosti), en cambio no cuesta nada.
      ¿Y lo bien que quedamos, además? Pidiendo el escarnio público del director del Festival de Sitges, Defensor del Pueblo de por medio, le demostramos al mundo que nosotros no somos unos bárbaros y unos enfermos. Si me opongo al pase de A Serbian me muestro como un adalid de las buenas costumbres y la recta moral, ¿qué más dará que luego ni me planteé por un momento qué es el mal y cómo actúa? Total no me entero de las víctimas más que durante unos breves minutos en el telediario o en el titular que leo inmutable mientras me calzo un buen desayuno. Mientras el mal real no me toque, es más fácil mirar hacia otro lado, pero, que no me toquen las pelotas cuando voy al cine, que entonces sí tengo claro que es moral. A esta actitud farisaica e hipócrita es a la que Jean Paul Sartre llama Mala Conciencia.

  1. 31 octubre 2010 de 8:37

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