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Cameo edita ‘The Extraordinary Tale’, una de las sorpresas de 2014

98a82fd7-f934-4d49-9890-d88489e97bd1Encargarse de un blog de cine te abre las puertas a ver muchas películas, tantas que es difícil juzgarlas en sí mismas, porque, no nos engañemos, la mayoría no son obras maestras ni su absoluto contrario, malas hasta decir basta. Al final llegas a la conclusión de que, en verdad, sólo existen dos categorías: las que prefieres olvidar y las que deseas grabar en tu memoria salvándolas del marasmo de las medianías. Y, sin duda, sólo sobre las segundas apetece escribir. De modo que si estáis leyendo estas líneas es porque he querido que The Extraordinary Tale no se pierda en el mar del olvido, he querido grabarla en el recuerdo mediante la palabra escrita. La ópera prima de José F. Ortuño y Laura Alvea merece que le dedique este espacio.

Nacida como tentativa de catarsis personal, The Extraordinary Tale supone todo un ejercicio de estilo en el que destaca su arriesgada (y a la vez meditada) apuesta estética. Nos encontramos con dos únicos protagonistas (y apenas otros dos figurantes, más el bebé) cuya historia se dejaría resumir en el clásico “chico conoce a chica”, si no fuera por la extravagancia de los personajes y de la construcción narrativa de su peripecia. Tratamiento de los personajes que nos puede recordar a Wes Anderson cuya obra, sin  embargo, no era conocida por los directores antes de producir su película (vistos a posteriori sus filmes, admiten que la referencia es comprensible). También nos viene a la memoria el imaginario de Jeunet y Caro, pero no el de Amelie, como tanto se ha escrito, sino el de Delicatessen (más concretamente al modo que tenía esta de retratar la historia de amor), cuyo director de fotografía, Darius Khondji, sí fue tomado en cuenta por los realizadores sevillanos. Por su colorido y su tono burlesco se aproxima a los primeros trabajos de Javier Fesser, mientras que por su planteamiento temático su antecedente es Cabeza Borradora (y confesaban los autores que habían obligado a los actores a ver esa ópera prima de David Lynch para tomar el pulso de su historia). Y hasta aquí el listado de influencias buscadas (o no) por la película, sirven para situar su marco referencial, pero no la agotan, porque si algo define a The Extraordinary Tale es su carácter de obra personalísima.

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El ‘Tale’ que figura en el título no es un sustantivo elegido al azar, todo lo contrario, esta película pretende (y logra) desarrollarse al modo de los cuentos tradicionales con su atemporalidad y su no ubicación. Por ello los protagonistas no tienen nombre y hay un único decorado (construido en plató) sin ningún plano exterior. También hay que entender su elección del inglés, el latín del mundo contemporáneo, como idioma, en su versión original, en función de esta voluntad de construir una fábula. La exageración es su baza, para hablar del problema de las relaciones, las dificultades para alcanzar la felicidad y, sobre todo, el sentido de la paternidad, fuerza la situación esquemática hasta el esperpento (esa invención tan española). Así, nos enfrentamos a una joven solitaria que para hacer amigos escribe cartas mecanografiadas (todo un acierto de guión esa máquina de escribir que es una auténtica reliquia), unas cartas que nunca obtienen respuesta hasta que otro joven solitario como ella se decide a abrir el buzón (no lo había hecho antes porque no creía que nadie quisiera ponerse en contacto con él). Se conocen, se enamoran y… ella queda embarazada sin haberlo pretendido. El niño será un cuerpo extraño en esa morada y en esa relación. La existencia misma del bebé es la que convierte el idilio en distanciamiento y discordia. Este arco de transformación nos viene contado ya por la paleta de la fotografía y los movimientos de la cámara. Pasamos de la cámara anclada de los inicios del romance, a la cámara al hombro de los momentos de enfriamiento, con el correspondiente viaje de la placidez al desasosiego tanto en lo narrado como en la forma de hacerlo. Esa evolución de la ilusión a la frialdad, viene marcada igualmente por el color: en su arranque dominan los tonos cálidos y una iluminación casi cegadora, luego,  poco a poco van entrando los colores fríos y se va retirando la luz hasta llegar a un fundido en negro, fundido que marcará la elipsis argumental que introduce su final abierto e inquietante (y que no voy a contar porque debéis verlo).

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Capítulo propio merece la representación de Aïda Ballmann en el papel de la chica. Canaria de padres alemanes, la actriz vuelca su experiencia de acróbata e interprete teatral en la composición de su personaje al que dota de un aura de ingenuidad y ternura aún siendo como es un esperpento, una deformación de la realidad que paradójicamente Aïda logra hacernosla sentir como auténtica. Con pocas líneas de diálogo, el trabajo recae en la expresión corporal y facial, acercándose así la interpretación al arte de la mímica, arte que ha de dominarse bien si no quiere caerse en lo ridículo, cosa que no ocurre en esta cinta. Es virtud de la actriz conseguir que el personaje goce de un sinfín de matices, como lo es también que nos enternezca esa muchacha entusiasta, tremendamente tímida y poco avezada en las relaciones con los demás, que se refugia en las tablas de multiplicar (the time table) cuando una situación se le desborda. Aïda Ballmann es la artífice que hace posible que acompañemos al personaje en su conflicto y que nos llegue la reflexión sobre el problema de la paternidad al que está enfocada temáticamente la película.

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José F. OrtuñoLaura Alvea, además de compañeros de trabajo, son pareja y, como a muchos nos ha ocurrido, pasados los treinta y… todos en su entorno, familia, amigos, conocidos, les asaltaban con la pregunta sobre a qué esperaban para tener hijos. Esa cantinela demuestra que, muchas veces, se accede a la paternidad en un acto irreflexivo marcado por el calendario social (y también biológico).  A nuestra pareja de autores le pareció que era necesario hacer recapacitar sobre ello y pensaron que la mejor manera de hacerlo era llevando a cabo lo que mejor se les da: contar una historia. The Extraordinary Tale está pensada como una reflexión sobre el hecho de tener hijos alegremente sin pensar en las consecuencias y, sobre todo, sin calibrar nuestra capacitación para emprender una aventura tan relevante. Y medita sobre ello en tono de comedia del absurdo que por momentos llega a tener toques de humor negro. De paso, muchos otros temas vinculados a éste quedan igualmente reflejados: el peso de la soledad, la complejidad de las relaciones humanas, la falta de formación emocional, el difícil acceso a la felicidad. Todo ello sin perder nunca su ágil tono caricaturesco, no hay nada como el humor para abordar los temas más serios.

The Extraordinary Tale es una película atípica, quizás no del agrado de todos los paladares, pero que deleitará a quienes gusten de la singularidad narrativa. Intrépida y divertida, extravagante y cautivadora, pero sobre todo, sobre todo, inmensamente tierna. Una delicia que nos descubre el talento de José F. OrtuñoLaura Alvea y que Cameo edita con la calidad a la que nos tiene acostumbrados.

El DVD tiene unos interesantes extras que recorren todo el espectro del rodaje. De forma breve pero completa con imágenes del casting, ensayos, efectos visuales, rodaje y un pequeño making of. Puede disfrutarse tanto doblada, como en la más recomendable versión original. También cuenta el DVD con audiocomentario, en inglés y castellano, de los directores, además de tráiler y fichas. Material inédito y curiosidades que permitirán profundizar en una de las películas españolas más interesantes y premiadas. A  lo que desde Proyecto Naschy también contribuiremos entrevistando a uno de los directores, José F. Ortuño y a su estrella, Aïda Ballmann. Permanezcan atentos a sus pantallas.

 

Timbuktu, otros rostros de la yihad

Ellos también son Charlie. El brutal atentado contra el semanario satírico Charlie Hebdo conmocionó a todo occidente, no era sólo por las víctimas sino por lo que representaban. Se estaba atentando contra todo el sistema de derechos y valores de nuestra civilización. Pero hay otros muertos, otras masacres, que no llegan a alcanzar ni las últimas páginas de nuestro periódicos. Abderrahmane Sissako se hacía eco de uno de ellos:

El 29 de julio de 2012, en Aguelhok, una pequeña ciudad al norte de Mali, ocupada en gran parte por unos hombres que habían venido de otra parte de África, tuvo lugar un crimen atroz, sin que los medios de comunicación apenas se hicieran eco de lo ocurrido. Una pareja de unos treinta años, con dos hijos, fue lapidada hasta morir.

Su único delito había sido vivir juntos sin estar casados. El vídeo de su muerte, debidamente colgado en Internet por los criminales, es horrible. La mujer muere con la primera pedrada. El hombre deja escapar un grito seco seguido del silencio más absoluto. Poco después se les saca de la arena para enterrarlos un poco más lejos.

Aguelhok no es Damasco ni Teherán. Nadie habla de todo esto. Sé que lo que acabo de escribir es horroroso, pero no intento promocionar la película con esta noticia. De igual modo, no puedo ignorar la noticia, y dado que ocurrió, solo puedo hacerla pública con la esperanza de que ningún niño deba ver morir a sus padres porque los dos se amaban.

TIMBUKTU-cartelconCESAR-A4_(media)Ante el dolor y la impotencia, sólo cabe como reacción la sutil denuncia expuesta en el arte. Sissako nos abre una ventana sobre ese mundo ignorado mediante su buen hacer cinematográfico. Timbuktu nos descubre otro rostro del Yihadismo, el que no se expresa con la espectacularidad de la acción terrorista (que tiene siempre un punto de excepcionalidad), nos habla de su faz ordinaria, de aquella que mina todo lo cotidiano porque se destila en la imposición del fanatismo sobre una población arrinconada contra las cuerdas día tras día. Es otro tipo de terror, el que somete entremetiendose en la rutina. Es una violencia que no cesa ni da respiro, que se inflige hasta en lo más nimio: prohibido escuchar música, fumar, jugar al fútbol e incluso reír y cantar.

Timbuktu no es cine social al uso porque va más allá de lo testimonial, la película de Sissako penetra en el alma de lo que retrata y se filtra en la nuestra propia. Tampoco hay intriga o acción, aunque refleja una guerra (¿o acaso el sojuzgamiento de todo un pueblo por un sector fanático no es una batalla continua?) no es cine bélico. Timbuktu es cine emocional porque eso es lo que nos trae: las emociones que invaden a los humanos de a pie que padecen la intromisión. Tiene mucho de poema, no por hacer poética de lo sórdido (aunque tenga momentos de ello como ese partido de fútbol jugado sin balón), sino porque llega a nuestra conciencia después de atravesar nuestra sensibilidad.

Magníficamente rodada, de gran belleza formal, es una pieza conmovedora y sorprendente. Su mirada sobrepasa con creces la sonora actualidad de la que nace la película, convirtiéndose en una mirada que abraza a la comunidad humana. Sin histrionismo, sin rasgarse las vestiduras, expone sin complacencias una realidad indignante que lo es tanto porque genera indignación como porque arrebata la dignidad de quienes la padecen. Si algo hay que destacar de Sissako es su sutilidad, le bastan fugaces momentos para capturar y mostrar todos los hilos del problema. La rebeldía del artista se expresa en imágenes bellas y crudas por partes iguales (esa lapidación rodada en un sólo plano).

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Timbuktu no es un filme oportunista sino oportuno, porque da resonancia a voces de las que no tenemos noticia. Desentraña el alma de una cultura y demuestra que el problema no es el ataque a los valores occidentales, que esa no es la Guerra Santa, no es el enfrentamiento de unas creencias religiosas contra la laicidad, va mucho más allá porque los primeros en sufrir la vejación son los propios creyentes. Y es que ningún fanatismo debe de ser visto como expresión de una fe, más bien al contrario, lo que subyace es una malinterpretación de un credo. La liza no es razón frente a religión, sino barbarie frente a civilización (la siga el adjetivo que sea).

Y una cosa mueve a admiración especialmente, el canto a la rebeldía de toda una comunidad creyente. Los protagonistas desacatan a los represores desde el propio ejercicio de su fe, con su sentido de la fatalidad se niegan a someterse al capricho del invasor. Saben que serán castigados, pero actúan según les dicta la conciencia porque esa es la voluntad divina. No vacilan, no titubean, simplemente viven acordes a ellos mismos.

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Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia): ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

Birdman cartelGonzález Iñárritu maneja todos los ingredientes del filme a la perfección. Esta frase lapidaria es la que me ha venido a la boca nada más terminar la proyección. Tal vez suene hueca, casi engolada, pero lo cierto es que ese es el sentimiento que me ha alcanzado con Birdman: que nada en ella es prescindible, que supone un ejercicio magistral en la puesta en escena, que el guión tiene entidad, que los actores dan lo mejor de sí mismos… En suma, que Iñárritu sigue siendo uno de los directores más sabios de la actualidad y la suya una película que, siendo objetivo, nadie podrá decir que no es buena. Quizás el grado de empatía que sienta cada espectador con el filme hará que se la eleve o no a la categoría de obra maestra, en esto es posible que no alcance unanimidad, pero lo que nadie podrá cuestionar es que estamos ante una de las mejores cintas que han sido alumbradas en este 2014 que pronto va a abandonarnos.

«La fama es el sucedáneo barato del prestigio». Riggan (Michael Keaton) debe su popularidad a las películas de superhéroes en las que ha interpretado el papel de Birdman, blockbusters dirigidos al público mayoritario y menos exigente. Pero está cansado de ese éxito. Lo que le interesa ahora es que se le pueda recordar como artista, que se le reconozcan sus méritos como actor. Para ello adapta a Carver para el teatro, en una pieza que el mismo dirige y protagoniza. No lo va a tener fácil, nuestro mundo está plagado de etiquetas y prejuicios, y no se le va a permitir fácilmente que tome al asalto Broadway, a él, que no es más que una estrella menor de Hollywood.

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En Birdman nos enfrentamos a la dicotomía obra de arte/producto en serie, que vendrían a estar representados por Broadway y Hollywood respectivamente. Debate sobre qué es cultura y refinamiento y qué no merece esa distinción porque no es más que un objeto de consumo (de un consumo de usar y tirar, además). Al cine, como espectáculo popular, se le contrapone el teatro como coto privado de la elegancia y el buen hacer. Iñárritu aborda, además, esta polémica desde el humor, desde un humor que tiene bastante de agrio y que nos permite penetrar mejor en la dialéctica planteada (las cosas serias hay que decirlas con una sonrisa en los labios). Más allá, es también una película sobre las apariencias y la necesidad del reconocimiento; y así nos maneja por el delante y el detrás de la obra, no sólo el detrás que suponen las bambalinas (que también) sino sobre todo el detrás que se esconde bajo la máscara de la interpretación, esto es, la vida y el sentido que la mueve. Porque Birdman es, en verdad,  una película sobre la importancia del amor.

Birdman 1De qué hablamos cuando hablamos de amor es el relato llevado al escenario en la ficción dentro de la ficción. Sobre esa falsilla se mueven los personajes, mediante las palabras de Carver expresan sus aspiraciones y sus carencias. Y a su vez el autor (Iñárritu en la realidad, Riggan para la ficción) persigue una definición de qué es el amor para decirnos (ya desde la cita en los créditos iniciales) que sabernos amados será lo único que nos compensará nuestra absurda existencia.

Birdman nos deja escenas de antología (Michael Keaton obligado a andar por la calle en paños menores, como ejemplo), personajes dignos de ser almacenados en nuestra galería personal a través de los tiempos, diálogos inteligentes pronunciados en situaciones que no lo son menos y momentos interpretativos de una intensidad vehemente. Y todo ello sin caer en lo discursivo, la cámara de Iñárritu está ahí, siguiendo a los personajes desde muy cerca por esmerados travellings (y ya dijo Godard que son una decisión moral) que desembocan en vibrantes planos secuencia. La cámara de Iñárritu se mueve sobre su narración al modo en que lo hace el narrador semiomnisciente que tan bien dominó Carver.  El méxicano nos trae un ejercicio de puro cine que llega a buscar incluso su adscripción en lo fantástico (el séptimo arte es fantasía por encima de todo) y así el realismo se convierte en magia con milagro final incluido. Imprescindible.

Las imágenes perdidas. La otra mirada: sobre el cine y la vida

20 diciembre 2014 Deja un comentario

El sello Cameo ha publicado Las imágenes perdidas. La otra mirada, un film que oscila entre el documental y la ficción y que supone una lúcida reflexión sobre el cine, la  vida y la muerte, además de ser la última película de Paul Naschy. En el filme, el cineasta Juan Pinzás realiza un viaje físico e iniciático en busca de unas imágenes perdidas que había rodado en los años ochenta. El viaje le conduce desde Madrid hasta Galicia y en la búsqueda de esas imágenes se encuentra con diversos personajes que le ayudan en su propósito, como  Paul Naschy o el polifacético Javier Gurruchaga, en cuyos universos personales ahonda el film. Finalmente hallará en Vigo, su ciudad natal, de la que realiza un singular retrato, una vieja película en formato de Súper-8 mm con las imágenes deseadas. La catarsis se produce con el visionado del antiguo film que resulta ser un homenaje al cine y supone el final del viaje introspectivo del cineasta.

01b3fa48-5db3-4d5b-9fb8-e700b6cd4269Ciertamente pueden calificarse de  opuestas  las trayectorias y la forma de entender el cine existente entre el vigués Juan Pinzás y el madrileño Paul Naschy. Si Juan Pinzás ha realizado un cine experimental, con tres de sus películas adscritas al movimiento Dogma. La trayectoria de Paul Naschy ha basculado principalmente en cine de género, popular y consumido por un público mayoritario. Pero contra todo pronóstico,  lejos de haberse producido un choque de trenes, el entendimiento y la admiración ha sido mutua entre ambos cineastas ya desde que Pinzás contara con el veterano Naschy para Cuando el mundo se acabe te seguiré amando, un film dirigido por la esposa de Pinzás, Pilar Sueiro, en 1998 para la productora de ambos, Atlántico Films. Tan satisfactoria será la experiencia que dos años después volverá a tenerlo como actor en su largometraje Érase otra vez, primera película Dogma española.

En 2009 y lejos ya del Dogma, Pinzás ha dirigido Las imágenes perdidas. La otra mirada, una lúcida reflexión sobre la vida utilizando el cine como vehículo y como hecho vital en la que Pinzás, con la excusa de recuperar una vieja película rodada en los años ochenta, visitará los escenarios de otros de sus filmes y mantendrá largas conversaciones con dos grandes cinéfilos: Javier Gurruchaga y Paul Naschy. Unas conversaciones que nos mostrarán las pasiones compartidas por el cine. Un viaje por la vida y la muerte en el que el hecho cinematográfico será el gran protagonista y también medio para poder entenderlo. Mostrando atardeceres o las escenas captadas en procesiones, lonjas y puertos, el director nos transmitirá sus estados de ánimo. Su forma de ver la vida. Su mirada cinematográfica.

Paul Naschy bromeando con un Javier Gurruchaga con máscara de lobo

Paul Naschy bromeando con un Javier Gurruchaga con máscara de lobo

Naschy se nos muestra relajado, cercano, cordial y alejado de discursos preparados,  protagonizando los momentos más deliciosos del filme, emocionantes a veces, con el actor mostrando ya en su rostro las marcas de la grave enfermedad que estaba atravesando.

Fetiches, objetos mágicos y sobre todo imágenes. Unas imágenes que, afortunadamente no se perderán y que quedarán como testigo de que el amor al cine puede unir unas, a priori, dispares naturalezas y formas de entender el arte. Todo ello en una película que, como no podía ser de otra forma, el director ha querido dedicar a su amigo fallecido.

Las imágenes perdidas. La otra mirada (2010)
Ficha (artística): Paul Naschy, Javier Gurruchaga, Juan Pinzás, Pilar Sueiro, Enrique Armesto
Guión: Juan Pinzas
Edita: Cameo
Idiomas (VO): Castellano
Sonido:V.O. Castellano 5.1
Subtítulos: Inglés
Extras:Tráiler, escenas elimindas de Paul Naschy y Javier, Gurruchaga, escenas extendidas, ficha artística, ficha técnica
Zona:Multizona
Formato (pantalla):Panorámica 16/9
Formato (imagen):1.85:1
Duración:111
Duración (extras):12
Gurruchaga, Pinzás y Naschy rodeados de fetiches y literatura en la casa museo del cantante.

Gurruchaga, Pinzás y Naschy rodeados de fetiches y literatura en la casa museo del cantante.

Nunca es demasiado tarde

5 diciembre 2014 Deja un comentario

nunca-es-demasiado-tardeApenas unos pocos minutos le bastan a Uberto Pasolini para presentarnos personaje y situación. No le hacen falta ni las palabras, las imágenes hablan por sí mismas. Nunca es demasiado tarde nos presenta a John May, empleado de la funeraria pública, encargado de hallar a los parientes más cercanos de esas personas que mueren sin recursos a las que se entierra gracias a los servicios municipales. May es concienzudo en su trabajo, no se limita a la mera rutina sino que le vuelca mucho afecto a su labor (guarda un album con todas las fotos de los difuntos ), tal vez porque, siendo él también un solitario sin familia cercana, se ve reflejado en aquellos a los que ha de asistir (ese plano de May espejeándose en la ventana de uno de los fallecidos). Es tal su esmero que, paradójicamente, es despedido (es tiempo de recortes). Acepta su despido pero pide que le dejen encargarse de su último cometido: buscar la familia de Billy Stokes. A partir de ahí acompañamos a May en su minuciosa búsqueda.

Nunca es demasiado tarde es una película de silencios que retratan la soledad (la del personaje y la otra más general) de una forma inmensamente tierna. La forma de rodar las rutinas diarias del protagonista es la que nos habla. Todo un recorrido visual por la vida de ese funcionario que vive rodeado por la muerte, pero que no expresa tristeza sino un humanísimo ponerse en la piel del otro. Still life, su título original, significa naturaleza muerta, y ese es el lienzo que compone Pasolini: una naturaleza muerta que no genera desazón, sin embargo. Al contrario con Nunca es demasiado tarde sentimos que toda vida está llena de sentido, por humilde que sea la labor que se desempeñe. John May es un Bartleby que no ha entrado en el hastío sino que ha encontrado su misión en hacer su trabajo a conciencia. Despide con honores a todos esos pobres diablos que han fenecido en la más absoluta soledad, él, con sus pesquisas sobre ellos, aunque no consiga contactar con familiares o antiguas amistades, se basta para dignificarlos.

Nunca es demasiado tarde 1

Si elogiable es la dirección del productor de Full Monty, meritorio igualmente es el trabajo de sus actores con Eddie Marsan a la cabeza. Marsan da carnalidad al personaje, con su actuación ponderada nos asoma a las interioridades de John May, le da hondura psicológica y nos lo hace sentir real. John May y su circunstancia nos conmueve pero, contra lo que pudiera parecer, nos lleva al optimismo incluso antes de ver su reconfortante último plano. Apreciamos toda la melancolía del personaje y la situación, la melancolía es el sentimiento que nos embarga cuando intuimos una finalidad que no nos es posible alcanzar, pero el segundo trabajo como director de Pasolini nos lleva un poco más allá. Justo hasta el punto donde se resuelve el duelo, donde se suspende el sentimiento atrabiliario, y este es sustituido por la certeza de que ningún esfuerzo es baldío.

Nunca es demasiado tarde es una película conmovedora en la acepción de enternecedora. A ello contribuyen también las delicadas notas con las que la música de Rachel Portman acompaña la acción. Sus noventa y dos escasos minutos tienden un pulso a nuestras emociones y salimos del cine arropados por la sensación de que está vida vale la pena de ser vivida.

En un patio de París, dormir más todavía

No saber nada, no enseñar nada, no querer nada, no sentir nada, dormir, dormir más todavía, tal es hoy mi único deseo. Charles Baudelaire, prólogo a Las flores del mal.

en_un_patio_de_paris-cartel-5657Antoine Le Garrec (Gustave Kervern) es insomne, lleva mucho tiempo durmiendo muy poco, e incluso cuando duerme sueña que no puede dormir. El spleen, angustia vital, melancolía sin causa, se ha adueñado de él y un buen día abandona el escenario (es un cantante de medio pelo) sin rumbo definido. Como Baudelaire sólo ansía dormir, como él deambula por la ciudad, vaga por las calles, cual flâneur, sin objetivo ni expectativas, abierto a lo que la casualidad depare. Es casualidad que en la oficina de empleo le ofrezcan una vacante de portero, como lo es que quien tenga que aceptarle en el puesto sean Mathilde (Catherine Deneuve) y Serge (Féodor Atkine), una pareja de recién jubilados que se enfrentan a su nueva realidad de desocupados con distinta actitud. Es Mathilde quien lo escoge porque le inspira calma, a ella, que se ha sumergido en la vorágine de una ONG enfocada a resolver el calentamiento global y no tiene respiro. Cuando la evolución de una grieta haga que Mathilde tema que el edificio entero se derrumbe, nace la amistad entre ellos. Una amistad entre seres que amenazan ruina más que el viejo edificio en el que interactúan. Estos son los personajes que destacan en el mosaico de En un patio de París

En un patio de París es una comedia agridulce que poco a poco va deslizándose hacia el drama, sin negarnos un tenue halo de esperanza en su final. Pierre Salvadori, su director, vuelve a conducirnos a esa mirada que se entretiene en los márgenes, con esos personajes inadaptados que, sin embargo, intentan sobrevivirse con todas sus fuerzas, tratan de salir de su condición a pesar de sus deficiencias. Y todo ello retratado con mucho humor y mucha ternura. Una producción de modesto presupuesto, pero muy rica en matices que nos cuenta una historia de perdedores que, sin embargo, no están totalmente perdidos. No todos ellos al menos.

Manguera.-Dans-la-cour

Por ese patio de escalera pululan toda una serie de personajes bizarros (en su sentido francés que poco a poco ha ido desplazando el significado castellano):  un ex futbolista drogadicto que roba bicicletas y las almacena en el patio común, un vecino con un trastorno compulsivo que no puede lidiar con el desorden, un inmigrante, captado por una secta, y su perro que ocupan el taller de los bajos… Dentro de un imaginario que está a medio camino entre Happiness (1998, Todd Solondz) y La maladie de Sachs (1999, Michel Deville), todos ellos comparten la misma soledad y la misma necesidad de atención. Antoine es el catalizador, no está ya para sí mismo pero sí para ellos, él se diluye poco a poco en su cotidianidad pero el resto, especialmente Mathilde, seguirán adelante más reconfortados pues el tamiz de Antoine les ha servido para recuperar convicciones igual que esas macetas que se consumían han pasado a ser jardín por obra y gracia del portero.

en un patio

Dans la cour, el título original, hace más justicia a la película que su trasvase al castellano, que concreta con su genitivo el lugar de la acción quizás para indicar al seguidor de tendencias y modas que se encuentra, si, de nuevo ante un film francés. Ese patio vecinal no se ubica espacialmente por mucho que esté afincado en la capital gala. Esa comunidad es universal igual que lo es esa grieta que obsesiona a Mathilde. El edificio que aglomera a los personajes (prácticamente el único escenario del filme) es un microcosmos transportable por analogía a todo mundo humano contemporáneo. El edificio, como nuestra civilización, ha envejecido y, aunque no amenace ruina, ha empezado a agrietarse igual que se resquebraja nuestra confianza en el mundo occidental, con la fuga de valores y derechos que está arrojando su crisis. Los miembros de esa comunidad están fuera de lugar, como desubicado está el hombre de hoy ante un orden burocrático del que no se acaba de vislumbrar el centro. Todos podemos sentirnos exhaustos como Antoine («sólo quiero limpiar, dormir y no pensar»), pero Salvadori no nos deja ahí, no trata de engañarnos pero nos muestra una salida. Pues, del mismo modo que nos identificamos con el protagonista, todos podemos todavía ser Mathilde y embarcarnos en un nuevo proyecto que nos haga vivir. Una pequeña esperanza queda aún. Eso sí, la esperanza es lo único que quedó encerrado en la caja de los males que nos trajo Pandora.

Categorías: VAMOS DE ESTRENO

Mil veces buenas noches, el poder de la imagen

A raíz del último conflicto palestino israelí, la página de inicio en Facebook se ha llenado de fotos de niños muertos, mutilados, víctimas de los ataques. Sin duda se trata de un gesto de solidaridad autocomplaciente, inútil por definición, y que contribuye más bien a la desensibilización por saturación de nuestras neuronas. Están los que comparten esas imágenes y frente a ellos los que se indignan por esa violación de la intimidad con fotos morbosas, ambas posturas igual de cómodas acometidas desde la paz que nos confiere saber que no dejaremos de tener la barriga llena. Apenas un gesto perezoso con el que calmar nuestra conciencia.

milvecesbuenasnochesLa gran pregunta es si esas imágenes pueden ir más allá, si sirven para algo más que para alimentar moralinas pequeñoburguesas, si consiguen incomodar a los agentes sociales que tienen la capacidad de interceder de facto en los conflictos. Sólo soy capaz de alzarme de hombros ante ese interrogante, desde el escepticismo contraído por saberme yo impotente. Lo que sí tengo claro es que no hay que matar al mensajero: esas fotografías, tomadas desde el riesgo de muerte de los reporteros, tienen al menos el valor de la denuncia. Levantan testimonio de la ignominia y siembran la esperanza de que algún día la humanidad esté dispuesta a aprender de sus errores. Más allá del uso frívolo que podamos darles, las fotografías de guerra son necesarias. Mil veces buenas noches es un viaje a esa toma de conciencia de la necesidad de la foto denuncia, nos lleva a esa conclusión de forma honesta, sin hacer un panegírico de los reporteros gráficos (¡hay tantas películas que juegan esa baza!), al contrario, nos los muestra en sus dilemas menos heroicos, menos generosos, los retrata como impetuosos adictos a su vocación a la que lo sacrifican todo, más por instinto que por reflexión.

Juliette Binoche es Rebecca, una reportera entregada a su profesión, que también es esposa de un biólogo marino y madre de dos hijas, una ya adolescente. Tras un grave accidente en Afganistán, habrá de plantearse el difícil equilibrio entre su vida y su trabajo. Acabará descubriendo que le es imposible abandonar al segundo, porque ese trabajo es su propia esencia. Mil veces buenas noches es un drama doméstico que refleja el egoísmo del fotógrafo de guerra, a la vez que su valor y su perseverancia. No estamos ante un héroe sino ante una fuerza de la naturaleza cuyo instinto la lleva a estar siempre al pie del conflicto, no por ganar galardones sino porque no puede hacer otra cosa que ponerse al servicio de los más desprotegidos aún a costa de abandonar a los suyos. Erik Poppe, su director, y Binoche nos sitúan ante un personaje lleno de aristas, movido por la urgencia y la necesidad de intervenir ante la barbarie; confiesa a su hija mayor que escogió ese trabajo porque sentía ira visceral contra las lacras de la humanidad y ese sentimiento no lo puede enjugar la cotidianidad familiar, precisamente porque en sus hijas ve la esperanza de futuro que ella quiere transportar a los desfavorecidos. La actriz se muestra virtuosa en su interpretación de las contradicciones de Rebecca, ella sola se basta para que la película funcione.

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Llena de pequeños detalles, con un buen desarrollo del arco de transformación de los personajes, hay que destacar también el trabajo de John Christian Rosenlund al frente de la fotografía. Un uso de la luz y el encuadre que nos lleva a centrarnos en el poder de la mirada, ideal para hacernos sentir en la piel de la fotógrafa. Mil veces buenas noches es un recital de imágenes que nos habla, precisamente, del poder e importancia de las mismas. Un acertado equilibrio entre el retrato y lo retratado, bellamente filmado e interpretado.

Categorías: VAMOS DE ESTRENO

En algún lugar sin ley, revisando el amor fou

En-un-lugar-sin-ley_cartel_peliNo sólo de fantástico vive el hombre, sobre todo no vive Serendipia. Y no es porque pretenda sumarse a ninguna tendencia actual (parece que ahora se lleva lo ecléctico), no, es que este ente es un auténtico amante del cine más allá de los corsés de género. Así que es justo que alguna vez se dé cabida en estas páginas a piezas que no se pueden adscribir fácilmente a ninguna categoría establecida. Eso es justo lo que ocurre con En algún lugar sin ley (Ain’t Them Bodies Saints).

Ganadora del premio a la mejor fotografía en Sundance, el tercer filme de David Lowery está llamado a convertirse en una de las grandes películas indie del año. Lowery, partiende de un corto suyo, nos narra la historia de dos fugitivos, Bob (Casey Affleck) y Ruth (Rooney Mara). Enamorados y despreocupadamente felices, sobreviven gracias a los delitos que cometen, ajenos a los peligros de vivir al margen de la ley. Un día Ruth, accidentalmente, hiere a uno de los policías que los están persiguiendo. Bob asume la culpa y es arrestado. Cuatro años después, incapaz de soportar por mas tiempo la separación de su mujer y de su hija, a la que no ha llegado a conocer, Bob escapa de prisión con un único objetivo: recuperarlas.

Aunque la acción se sitúa en la década de los setenta, Lowery sabe dotar a la historia con la aureola arquetípica de los mitos y leyendas. En algún lugar sin ley rezuma una dulce tristeza sobre la que brilla el retrato de un amor tejido con las ciegas (y dulces) esperanzas de unos personajes que se saben sin salida. La misma planificación nos indica esa imposibilidad de conseguir el objetivo de crear un hogar, con esos planos cortos rodados contra un fondo siempre próximo ( y los personajes en el primer plano del encuadre) que nos deja la sensación de no tener escapatoria. Si hubiera que elegir un sólo adjetivo para describirla este sería ‘envolvente’, porque la narración se desarrolla más con la atmósfera que con la acción. Asentada sobre elipsis, la cámara no tiene prisa por abandonar planos y escenas, ese tempo pausado es el que nos deja con el corazón en un puño y nos sumerge con delicadeza en el fondo de los sentimientos de los personajes que no se exponen con estridencia sino con la sutil pincelada de la insinuación (ese no poder parar de mirarse a los ojos mientras son arrestados, esas cartas leídas en off mientras en pantalla se muestra el texto escribiéndose sin enseñar al personaje ).

En algún lugar sin ley toma el tópico del amor fou para darle una vuelta de tuerca. El filme de Lowery parte como premisa del interrogante sobre cómo seguiría la historia si los dos amantes (y forajidos) no murieran al final sino que sobrevivieran a su peripecia e incluso llegarán a tener cargas familiares. Para responder a esa pregunta Lowery deconstruye los géneros (el negro, el drama romántico, incluso unas briznas de western) mezclándolos hasta darle una voz propia a su película. Toda la cinta se asienta en la espera del reencuentro de los amantes, deseado y temido a la vez por parte de ella (ya no está sola, tiene la responsabilidad de cuidar de la hija de ambos). La trama se desarrolla dentro de ese arco tensado imposible de disparar: aunque hayan sobrevivido, su amor sigue estando condenado a no poder realizarse. La fatalidad sigue persiguiéndoles, el mundo que habitamos no está preparado para tanta intensidad sobre todo cuando sobre ella pesa una culpa a expiar. Bob no podrá ver sus sueños cumplidos y Ruth, aunque le haya esperado cual si fuera una Penélope puesta al día, habrá de resignarse y sacrificarlo en aras de la sensatez y la responsabilidad. Nadie escapa a su destino.

La hermandad, buenas intenciones, escasos resultados

No se le puede negar a La Hermandad su carácter voluntarioso. El valenciano Julio Martí Zahonero ha sabido cuidar en esta su ópera prima la ambientación, con tintes góticos pero sin muchos de sus tópicos, no cae en la acumulación de sustos sino que se esfuerza por transmitir una atmósfera enrarecida y misteriosa. Su voluntad de huir del susto fácil se hace notar también en la banda sonora (probablemente lo mejor de la cinta) para la que tenía claro que no debía tratar de anticipar las situaciones de mayor terror con golpes de efecto musicales, pretendía más bien que hubiera una melodía que diera razón de la obra en su conjunto, que cautivara al espectador y le condujera por la historia como si se deslizara. Afortunadamente el también valenciano Arnau Bataller ha sabido comprender las demandas del director y ha compuesto una partitura que satisface las expectativas; hay que añadir que se contó con la Orquesta de Liceo para la grabación, sin duda todo un lujo.

Un argumento cuya sinopsis lo hace parecer inquietante: En la fría y silenciosa oscuridad de un apartado monasterio del norte de Italia, La Hermandad, monjes benedictinos que siguen al pie de la letra unas estrictas normas de pobreza y obediencia, curan las heridas de Sara, una afamada escritora de novelas de terror que acaba de sufrir un grave accidente. Sara deberá guardar cama en el monasterio, donde la electricidad o el teléfono carecen de sentido. Su curiosidad de escritora no tarda en despertar con ciertos detalles que llaman su atención. Extrañas manchas en el techo, llantos infantiles en la noche, una vieja fotografía, un escalofriante libro sobre la Hermandad, sus inquietantes costumbres… Algo se mueve entre los muros del monasterior. Un oscuro secreto se encierra en su interior y ahora está a punto de salir a la luz… Y la recomendación de su director: Si me preguntas por las razones por las cuales un espectador debería ir a ver La Hermandad te diría que son numerosas. En primer lugar, se van a encontrar con una historia muy emotiva, llena de sorpresas hasta el minuto final. La Hermandad es visualmente un regalo para todos los sentidos. Descubrir cada uno de los rincones, aposentos y corredores de esta lúgubre abadía repleta de pasadizos y senderos ocultos, es una sensación tan inquietante como lo es para el personaje protagonista. La recreación de todas las estancias ha sido un trabajo excepcional. En el apartado de las intenciones la película funciona muy bien, pero, ¡ay! Los resultados ya son otro cantar.

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Pese a los empeños por lograr una revisitación del terror de corte clásico, la película hace aguas en su guión. Ni los monjes resultan sospechosos o enigmáticos ni está claro por qué ya desde el primer día en el que la protagonista empieza su recuperación, por muy escritora que sea, se pone a investigar. Tampoco se nos hace comprender porque permanecieron en el convento haciéndose pasar por monjes si al final va a resultar que ellos fueron las víctimas. El esmerado diseño de producción no puede ocultar que Lydia Bosch actúe como quien no sabe realmente dónde está metida, y no nos referimos al convento sino a la trama. Su actuación es mecánica y forzada, lo que revela que el debutante no domina aún la técnica de la dirección de actores. El resultado es una cinta bienintencionada pero inefectiva. Huye del susto y del gore, pero tampoco la intriga hace aparición y eso en una película de estas condiciones es un problema muy grave.

Es muy fácil sentarse ante el ordenador y echar por tierra el trabajo de muchos meses, por eso hemos querido empezar este comentario con los pros del filme de Julio Martí. Es su primer largo y aunque sea fallido esos aciertos que hemos referido nos permiten decir que esperamos que no se desaliente y vuelva a intentarlo. Después de todo no son pocas las veces en las que aprendemos más de nuestros errores que de nuestros logros.

Cuento de invierno, los milagros del amor

15 febrero 2014 Deja un comentario

El guionista Akiva Goldsman (Una mente maravillosa) debuta en la dirección cinematográfica con una incursión en el Fantastique, esa concepción de lo fantástico que tan buenos filmes nos trajo en la década de los cuarenta (El fantasma y la Señora Muir, Jenny, para citar alguno). Cuento de invierno, ya desde el título, no engaña a nadie y quizás eso sea  su mayor defecto. Pero vayamos por partes.

Bajo el apelativo de Fantastique entendemos aquel conjunto de obras que tratan la temática fantástica mezclada con otros géneros (el melodrama romántico en la mayoría de casos) y con una visión y resolución amable. Se comprendería bajo esa categoría películas que algunos no incluirían por derecho propio dentro del fantástico, pero que sin duda, visto el género con mirada amplia, giran en torno a él. Esta especie de subgénero proliferó sobre todo en la década de los cuarenta del pasado siglo debido al peso de la Segunda Guerra Mundial que dejó tras de sí buen número de bajas: se hacía necesaria una visión amable de la muerte y lo sobrenatural que sirviera como evasión y consuelo. Puede rastrearse abundantemente hasta la década de los sesenta, sin que ello signifique que desapareciera por completo después. Han habido incursiones posteriores como lo fue en su momento Ghost (1990, Jerry Zucker), o ahora mismo este Cuento de invierno que nos ocupa.

Cuento de invierno nos trae la historia de Peter Lake (Colin Farrell), un ladrón irlandés, perseguido por su antiguo protector, un extraño personaje interpretado por Russell Crowe que vendría a ser una especie de diablo que lo busca para que no se aparte de los senderos del mal. Peter Lake quiere abandonar ese tipo de vida y cuando en su último robo conozca a Beverly Penn (Jessica Brown Findlay), logrará cumplir ese objetivo e incluso encontrar un amor que le hará vencer las fronteras de la muerte. Al menos no morirá hasta que él mismo realice ese milagro que todos llevamos de origen. La historia se desarrolla en el siglo XIX y en nuestra actualidad. Pretende ser un amable cuento sobrenatural cargado de buenas intenciones. Es fundamentalmente un melodrama romántico, pero viene envuelto con el ropaje de lo fantástico, con personajes sobrenaturales (ese caballo blanco, por ejemplo, que ayuda al protagonista a alcanzar con éxito su empresa, y que en verdad es la encarnación de un ángel), amores que vencen a la muerte, desplazamientos en el tiempo, y la eterna lucha entre el bien y el mal personificados en ángeles y demonios.  Todos estos mimbres debieran dar como resultado un filme de deliciosa fragancia extravagante, pero no es así.

¿Cuál es el problema de Cuento de Invierno? Su exceso. La ópera prima de  Akiva Goldsman nos fuerza a la suspensión de la incredulidad casi desde el minuto cero, no hay el menor atisbo de hacernos dudar sobre la sobrenaturalidad de situaciones y personajes. No juega a hacernos desarrollar la intriga, muestra sus cartas a la primera de turno y así no nos hace cómplices de la trama, no nos permite jugar al suspense y el desvelamiento. Todo está expuesto desde el principio, no hay descubrimiento, y eso le resta interés. De cuidada dirección artística, casi podría decirse que el lujo de efectos no contribuye al interés del espectador por la doble lectura. Su atmósfera resulta plana y si bien no engaña, tampoco nos hace partícipes del juego; sólo nos cabe dar asentimiento a lo que nos expone. E igualmente es plano su supuesto mensaje de fondo, nos dice a bocajarro que la vida humana goza de trascendencia y ante ello, o bien suspendemos la incredulidad así sin más y porque sí, o no podremos entrar en la narración.

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No es, con todo, una cinta aborrecible, es buena su factura técnica (la comentada dirección artística, la correcta banda sonora de Hans Zimmer, sus efectos visuales… ) y su factura artística, con unas interpretaciones correctas (aunque no memorables) y una puesta en escena que no cae en la estridencia. Esa buena factura permite que se la consuma como un buen producto desechable: aunque no vaya a conservarse en nuestra memoria, nos deja pasar un  rato suficientemente agradable. En suma, no es un plato para gourmets, pero puede ingerirse si no le exigimos demasiado.

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La lego película, todo es fabuloso

Yo pertenezco aún a la generación Exín Castillos, pero recuerdo las cajas de Lego que regalé a mi sobrino. Y recuerdo como jugaba con mi padre, como críos ambos, y mi sobrino afirmaba que de mayor sería inventor. Todo un canto a la imaginación, y mucho más, es La lego película.

LEGO_1SHT_MAIN_ONLINE_DOMEmmet, el protagonista, es una figura Lego absolutamente normal, sosias del hombre gris y adocenado que somos la mayoría en nuestra sociedad de masas. Fiel a las normas, sigue todos los consejos para encajar y a su alrededor la mayoría son cómo él y todos bailan al son de la canción de moda, tan cargada de ideología, auténtico himno al inmovilismo y a generar obreros que abracen jovialmente su adocenamiento como epsilons que acuden al trabajo en un mundo feliz. Todo va a cambiar cuando por azar sea confundido con el especial destinado a salvar el mundo de su destrucción, según rezaba una leyenda que se revelará inventada más tarde. En su aventura le acompañarán Supercool/Lucy, Batman, una gata rosa y blanca, un pirata con cuerpo de robot y Vitruvius, el mago que estaba detrás de la leyenda. Durante su hazaña descubrirá (y nos revelará a nosotros) el valor de la creatividad, pero también el de las normas y el trabajo en equipo cuando es bien entendido, un mensaje que encontrábamos ya en AntZ y que es común a la animación que no quiere perder al público adulto aún estando destinada a los más pequeños. Y habrá vuelta de tuerca cuando por fin encuentre al “señor de arriba”, un niño que ha osado jugar con la maqueta que ha construido su padre con piezas Lego. Lo que decíamos, todo un canto al poder de la imaginación y a la fe en nosotros mismos que nos hará ser especiales aunque no seamos más que un peón en el engranaje.

la_lego_pelicula-cartel-5252Pero es mucho más. La cinta está llena de guiños, desde la imaginería de Harryhausen a Star wars y la Tierra Media rodada en Nueva Zelanda por Peter Jackson, pasando por el Carpenter de Están vivos, la ciencia ficción ochentera y todo el universo DC (con Batman a la cabeza, como ya decíamos); todo un placer para quienes estén atentos a todas sus referencias. Hay también humor a raudales, la película no se toma en serio a sí misma (por eso es aún más efectiva) ni a los fans que se retratan en los personajes. Gustará a los más pequeños, pero sobre todo gustará a los adultos jóvenes (como mi sobrino) que recordarán su infancia creativa en la que jugaban a tejer historias con piezas de Lego y que se verán retratados en la figura del padre fetichista de la película que coincide con el que son ahora muchos de ellos.

Phil Lord y Christopher Miller (Infiltrados en claseLluvia de albóndigas) construyen un universo cúbico (hasta el humo y el agua lo son) creado en un 3D pensado, sobre todo, para provocar sensación de volumen. Como en Lluvia de albóndigas, nos sumergen en un mundo de colores intensos en el que la acción no cesa, perfecto sentido del ritmo que impide la caída en momentos anticlimáticos. Un guión lleno de momentos irónicos en toda lo polisemia del término, no sólo por lo paródico, sino también por el giro brechtiano del final (del que ya hemos desvelado incluso más de lo necesario). Con personajes que, siendo arquetípicos, no resultan planos, capítulo en el que no se ha descuidado el retrato de los villanos, siempre tan fundamentales o más que los héroes. En suma, en La lego película, todo es fabuloso como reza el tema central de su banda sonora. Una sana diversión recomendable para todos los públicos.

The grandmaster. Honor, amor y artes marciales

Hace años, en mis tiempos de universidad, un catedrático afirmaba que todo el cine es occidental porque los códigos de su sintaxis se habrían establecido según esa sensibilidad. No estuve de acuerdo entonces, ni lo sigo estando ahora, y añado ahora que ese profesor nunca había reflexionado bastante sobre el cine de Ozu, todo un símbolo de la tensión entre dos sensibilidades con esa cámara situada a la altura de un hombre sentado ante una mesa japonesa.

No, más allá de que el invento fuera alumbrado en occidente, sus recursos son permeables para captar el espíritu de distintas culturas. Hay un modo de hacer oriental, tan rico y plural como el de Occidente. Expertos habrá que lean esto y sepan describir sus directrices principales, yo lo traía a colación para poder expresar mi impotencia. No suelo tener problemas de comprensión y empatía con la mayoría de propuestas orientales, especialmente con las más clasicistas, pero sí los tengo con Wong Kar-Wai: sencillamente me exaspera.

Aunque yo no simpatice con el director de Shangai, tengo que reconocerle que tiene estilo propio. Sus rasgos de autoría son suficientes como para descubrir que estamos ante un filme suyo aunque no nos hubieran informado de ello antes de la proyección. El problema, mi problema, es que su estilo se construye en base a un esteticismo que se me antoja relamido y cansino. No es por la lentitud, eso no necesariamente lo veo siempre como defecto, no, es más bien por sus modos de imprimir esa ralentización (inventándome un palabro). Me carga esa profusión de planos detalle a los que no les veo pleno sentido narrativo, su repetición minimalista (y mira que no es una tendencia artística que me desagrade) pensada para forzar (más que generar) sensaciones, los encuadres más esteticistas que preciosistas, el uso de la cámara lenta, su cargar las tintas en la recreación de atmósferas melancólicas con recursos trillados como la lluvia o la nieve… Releo mi listado y reconozco que aisladamente no me parecen recursos deleznables, es la saturación, la suma de todo el conjunto macerado por la visión de Kar-Wai, lo que me irrita.

Y en The Grandmaster está todo eso y más. Porque en esta ocasión los saltos temporales y las elipsis no acaban de cuajar como en otras de sus cintas (pensamos en 2046), las costuras son demasiado visibles (lo que equivale casi a postizo) y así algunas de las subtramas (toda la historia de El Navaja) resultan forzadas y no ayudan a avanzar la narración. La medida del tempo no parece justificada según un plan trazado para darle un determinado ritmo, al contrario, resulta totalmente arbitrario que en algunas secuencias se eternice empalagosamente, mientras que para contar otros momentos de la biografía recurra directamente a los cuadros de texto para ventilárselos atropelladamente. El resultado es una narración confusa que hace perder al espectador en su laberinto. No cabía esperar una película de artes marciales al uso y no lo es, Kar-Wai la personaliza como hace siempre con sus películas, pero no siempre personalizar es sinónimo de calidad, yo le acuso, además, de haber usado la figura de Ip Man como excusa para endiñarnos nuevamente una historia de amores contrariados y fatales, que en mi opinión desvían la atención de lo que debiera haber sido su centro: la complejidad de lo marcial en la cultura oriental.

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Sería injusto, sin embargo, afirmar que no hay ninguna reflexión sobre la filosofía de las artes marciales en The Grandmaster. Está clara la conexión de las mismas con una forma de interpretar el honor y la búsqueda de unificar estilos como una forma de paliar las diferencias entre el norte y el sur. Ocurre que ese es un tema bastante hermético y no sé si la película logra hacerlo comprensible a quien no parta de algunos conocimientos previos. Las coreografías no abusan en demasía de efectos imposibles y saltos sobrehumanos (quizás sí en el combate entre Ip Man y la hija del antiguo maestro) y en general son bastante creíbles, aunque se echa de menos, a pesar de que la frase promocional hace referencia a que Ip Man fue maestro de Bruce Lee -de hecho el primero-, la presencia del Pequeño Dragón.

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Las favoritias de Serendipia 2013

30 diciembre 2013 Deja un comentario

El año que acaba siempre quedará en mi memoria como aquel a partir del cual ya no podré decir que nunca me he roto un hueso. Ha sido un año bien surtido de médicos y hospitales, aunque todas esas visitas han acabado con final feliz. Eso prueba que por mal que vayan las cosas, antes de que la parca nos llame, siempre hay remansos de bondad. Y a la hora de los balances siempre cabe destacar lo positivo, aunque sólo sea como ejercicio para forzar el optimismo y arrinconar el miedo.

En cine, 2013 no ha alumbrado ningún título absolutamente incuestionable, pero sí ha dado filmes notables para todos los gustos, tanto para el cine en general como para el género en especial. La singladura personal de Serendipia se estrenaba con Amor de Haneke y todo apunta a que habrá terminado con Paranormal Activity: Los señalados, un viaje, pues, que va desde un polo a su contrario. Desde la obra que busca  permanecer en la historia hasta su filme opuesto, aquel pensado para el consumo rápido y el olvido. Desde el cuidado por el encuadre perfecto, llevado hasta el paroxismo del plano fijo de larga duración, a la cámara en mano temblorosa y en constante movimiento para adscribirse, una vez más, en el found footage. Así de eclécticos son sus gustos, así lo son también las tendencias del cine actual.

De invierno a invierno y tira porque me toca, ha llegado el momento de elegir las favoritas del año, no por ánimo de juzgar y sentar cátedra, sino más bien de hacer recuento y dejar constancia en la memoria escrita de aquello que pasó a formar parte de nuestra historia particular. Y, claro, el listado por coherencia con este blog-proyecto lo hemos confeccionado exclusivamente con las cintas de género que más huella nos dejaron.

De mayor a menor preferencia hemos elegido los siguientes diez títulos (diez el número mágico de los pitagóricos):

1,- Gravity, Alfonso Cuarón

2,- Siete psicópatas,  Martin McDonagh

3,- The Conjuring, James Wan

4,- The Congress, Ari Folman

5,- Jodorowsky’s Dune, Frank Pavich

6,- Stoker, Park Chan-wook

7,- You are the next, Adam Wingard

8,- Pacific rim, Guillermo del Toro

9,- The Dead 2: India, Howard J. Ford, Jonathan Ford

10,- Mamá, Andrés Muschietti

Y además queremos dar una mención especial a Tanatomorphose con cuyo director, Éric Falardeau tuvimos ocasión de conversar (y hasta bailar) durante su presentación en el Cryptshow. Esta es una lista que marcará coincidencias con otras, pero que también mantendrá discrepancias, especialmente por Mamá, pero a nosotros nos gusta que directores noveles tengan ocasión de llegar al gran público y consideramos que aunque sólo fuera por su segmento inicial debía de haber recibido mejor trato por la crítica.

En suma, ha sido un año en el que hemos disfrutado del cine en pantalla grande, esa gran fábrica de sueños e ilusiones que nos ayuda a encontrar sentido en nuestros días. Esperamos que así siga siendo en el 2014 que ya mismo empieza. Feliz año de cine para todos!!!!

Gravity, es necesario siempre intentar vivir

El subtítulo que le hemos dado a este comentario es la traducción del último verso de El cementerio marino de Paul Valery. El mismo verso que me sirve desde ni sé cuándo para dejar constancia de mis condolencias en cada funeral al que acudo. Es el resumen más conciso del optimismo trágico que me ayuda a levantarme cada mañana a esta existencia diseñada para llegar a la muerte como único destino infalible. Valery es mi excusa para armarme de valor y encarar día a día mi existencia nada ajena al pensamiento de la muerte. Si lo traigo aquí es porque siento que esa filosofía de vida es la misma que imprime Alfonso Cuarón a su última odisea cinematográfica, Gravity.

gravity pósterGravity, tras su éxito en el Festival de Venencia, ha sido comparada al Avatar de James Cameron y el 2001, una odisea del espacio de Kubrick. Durante un paseo espacial rutinario, dos astronautas sufren un grave accidente y quedan flotando en el espacio. Una es la doctora Ryan Stone (Sandra Bullock), una brillante ingeniera en su primera misión espacial en la Shuttle. Su acompañante es el veterano astronauta Matt Kowalsky (George Clooney). Durante el paseo algo sale mal y ocurre el desastre: el shuttle queda destrozado, dejando a Ryan y Matt completamente solos, momento a partir del cual intentarán por todos los medios volver a la Tierra (argumento extraído de Filmaffinity). La respiración de la doctora Stone se agita cuando se ve flotando sin rumbo en el espacio y con ello se nos anuda la angustia en el estómago como espectadores y no nos despegamos de nuestras butacas hasta que termina la proyección. Si se la puede emparejar con 2001 es porque como la película de Kubrick la de Cuarón es más que una película del espacio, es toda una metáfora del sentido de estar vivos como humanos. Todos sabemos que vamos a morir, todos estamos en la piel de la protagonista, todos sentimos su miedo y todos aprendemos con ella a aceptar la muerte y la vida a la misma vez. Porque tanto la una como la otra son experiencias límite y limítrofes. Gravity nos habla de renacer y de alzarnos heroicos sobre nuestros pies aunque bajo ellos sólo se extienda una superficie resbaladiza de transitoria belleza.

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La película de Cuarón funciona como metáfora, pero no es un filme discursivo ni retórico. Se trata de un guión en el que sólo queda lo esencial, esa fue la aportación de Jonás Cuarón a este trabajo con su padre:  “El experimento del guion era despojar todo de narrativa y crear un viaje visceral y emocional donde el espectador se convierte en otro personaje”. Para su director la película había de funcionar como thriller pero también como drama y ese difícil equilibrio está perfectamente logrado, asistimos a noventa minutos de tensión continúa, pero a la vez empatizamos con ese personaje cuya psicología va perfilándose sin subrayados y esa conexión emocional es la que nos lleva al trasfondo, a los temas profundos que hemos esbozado. Gravity funciona como un mecanismo de relojería perfectamente engranado. Y todo ello rodeado de un derroche visual de altos vuelos en el que la ingravidez espacial está filmada como si realmente el filme estuviera rodado en atmósfera cero.

La idea de Gravity fue concebida antes de que hubiera la tecnología suficiente como para grabarla, en verdad se ha tenido que ir inventando y desarrollando durante los cuatro años y medio que duró el proceso de concepción, rodaje y postproducción del filme. Sobre los Gravity-2013-Movie-Image-6aspectos tecnológicos declaró Alfonso Cuarón para La Vanguardia que: «Es una combinación de muchas cosas. Depende de qué tomas. Lo principal es una combinación de robótica, que son esos robots que están para construir autos, que aquí usamos para mover las luces y las cámaras, junto con unos robots especiales donde estaba Sandra y que la movían de una manera absolutamente milimétrica. Por otro lado utilizamos un cubo perfecto de 3×3 metros donde todas las paredes internas son luces LED. En ese cubo se presentaba lo que básicamente era el punto de vista de Sandra cuando flotaba en el espacio. Pero, como ella está girando, ese punto de vista se está moviendo y eso es lo que ilumina al personaje. El cubo tenía agujeros por donde la cámara podía ver al personaje. Era todo una combinación, pero tenía que estar todo perfectamente programado. Las luces, la cámara, el movimiento de los robots y toda la logística de Sandra. En esta película ella fue como una bailarina que tuvo que aprenderse cuarenta y cinco pasos para cada fragmento. Y lo que resultó impresionante de ella era que se los aprendía a la perfección para tenerlos muy claros, para después preocuparse únicamente por la parte emocional.«

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Cuarón destaca justamente el trabajo de Sandra Bullock porque la actriz salda con excelentes resultados el reto de sostener casi la totalidad del metraje. Bullock que en 2009 aceptó simpáticamente la concesión del razzie a la peor actriz a la vez que recibía el óscar por The Blind Side, compone para Gravity un trabajo modulado y preciso para encarnar a esa joven ingeniera que puede estar acometiendo el último día de su vida. Demuestra su excelente estado físico para llevar a término la acción trepidante del filme, además de belleza suficiente como para llevar a cabo un pseudo estreaptease que recuerda al de Jane Fonda en Barbarella, y la  sensibilidad necesaria para hacernos comprender el calado emocional del drama que está viviendo. El nombre de Bullock empieza a sonar ya como uno de los favoritos para la nominación a los Óscars por este papel. Por otra parte, su único compañero de reparto, George Clooney, le da convenientemente la réplica interpretando al veterano Kowalsky cuyo carácter vitalista y extrovertido tendrá un peso definitivo en uno de los momentos más decisivos del filme.

Gravity, apabullante en lo visual, emotiva en lo humano, con mimbres de tragedia griega, inscribe el nombre de Cuarón con letras de oro en el género. La mejor película del espacio para James Cameron, según declaraciones a Variety. Un filme ingrávido y sutil que nos encoraja para seguir intentando vivir.

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R.I.P.D. la policía del más allá

16 septiembre 2013 Deja un comentario

R.I.P.D. departamento de policía mortal viene anunciada con un jugoso argumento: Nick Walker (Ryan Reynolds) y Roy Pulsipher (Jeff Bridges) son dos policías especiales. Nick acaba de morir, pero es llamado para trabajar con Roy, un agente que murió hace cientos de años. Ambos formarán el Rest In Peace Department y se encargarán de perseguir a los demonios que habitan en el mundo de los vivos y de mandarlos al infierno. Se trata pues de una buddy movie con tintes sobrenaturales, que nos lleva al purgatorio de los policías que aún no están preparados para el juicio final. Y aunque no vaya a convertirse en película de culto no decepciona en sus planteamientos.

La película adapta un cómic de Dark Horse Comics escrito por Peter M. Lenkov (responsable también de los guiones de C.S.I) y es fiel al espíritu cartoonesco de la aventura gráfica. Típica historia de compañeros tiene como eje central de la trama la relación entre el recién muerto Nick Walker y el experto Roy Pulsipher y como tal nos irá mostrando el crecimiento del iniciado y la evolución del mentor. La posibilidad de crear un mundo muy intrincado entusiasmó a Neal H. Moritz: “A nivel conceptual, R.I.P.D. era una historia única acerca de un departamento de policía dedicado íntegramente a encontrar a los muertos que viven entre nosotros y llevarlos al otro lado para ser juzgados. Pero a otro nivel, está directamente relacionada con películas de compañeros como Límite: 48 horas o Arma letal. Hay una dinámica genial entre los dos actores. Decidimos hacer una película del tipo pareja de policías con mucha acción, asegurándonos de que hubiera mucho en juego y de que se convirtiera en una de las películas de este verano”.

Aunque se mantiene fiel al cómic que adapta, el filme aporta la creación de los villanos a los que se enfrentan los protagonistas. Se trata de los Diñados. Fue una idea de Robert Schwentke (director que recibió el encargo de llevar al cine la historia) y de los guionistas Phil Hay y Matt Manfredi, y gira en torno a una nueva amenaza para el género humano. Además de los demonios de la novela gráfica, los Diñados pueden pasar de un mundo a otro. Los guionistas y el director estaban seguros de que el concepto añadiría otro toque al apocalíptico enfrentamiento final.

Básicamente, se trata de almas destinadas al infierno que rehúsan andar hacia el vórtice de luz y pasar al otro lado. Los Diñados prefieren esconderse en el mundo de los vivos mientras puedan. “Queríamos que los Diñados, los malos de la historia, pareciesen humanos al principio antes de exponerlos”, explica Matt Manfredi. “Se nos ocurrió que si alguien muere y no quiere pasar al Más Allá, podríamos ayudar a la historia enseñando qué ocurre si alguien debe morir y no lo hace: el alma adopta curiosas manifestaciones”.

El director de producción Alec Hammond, y los diseñadores de criaturas Crash Mccreery  y Eddie Yang, así como la productora de efectos visuales Juliette Yager, se encargaron de diseñar las decenas de Diñados una vez que aparecen y revelan su auténtica naturaleza. Gracias a las oportunidades ilimitadas que ofrecen las imágenes digitales, pensaron en crear una multitud de criaturas malvadas, amenazantes y a menudo de aspecto humorístico. Solo era necesario respetar una sencilla regla: un Diñado aparecido debía recordar al ser humano que fue en la vida real. En otras palabras, debía ser una manifestación exagerada de su maldad anterior. Por ejemplo, si era un ladrón en la vida real, el monstruoso Diñado tendría unas manos enormes en cuanto se revelara su auténtica naturaleza. Y el tono cómico se refuerza por su alergia al comino que es el que les arrebata su camuflaje humano.

La imagenería visual que desarrolla R.I.P.D departamento mortal se redondea en su proyección 3D. Un 3D que sin ser de los más espectaculares (no se trata, pues, de un caso como el de Pacific Rim) es eficaz para rematar la puesta en escena muy hábil para transmitir el espíritu de aventura gráfica, el alma pop del relato. Se diría que pese a gozar de un buen presupuesto el equipo técnico, presidido por los productores, se han esforzado en darle a la cinta ese aire de serie B que se echa de menos en el cine actual. Otra de sus bazas es que la película no se toma en serio a sí misma y así se ingiere como un caramelo refrescante. En suma, estamos ante una película menor que no deja de sorprender y permite pasar un rato agradable.