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Expediente Warren, The Conjuring: revisitando las casas encantadas
Movimientos de cámara que nos acercan al personaje, movimientos de cámara que nos muestran aquello que se presiente, movimientos de cámara que acompañan al personaje en sus propios movimientos… Movimientos de cámara que se bastan por sí mismos para crear la intriga. El padre de Saw construye en The Conjuring (Expediente Warren en español) un relato con buen pulso que nos lleva a atravesar todos los estadios de una invasión paranormal en una casa encantada, desde su inicio (ruidos, puertas que se abren o se cierran, luces que se apagan, todo el rosario de poltergeist) hasta la posesión demoníaca, pasando por el miedo y la debilidad que sienten quienes los viven en primera persona. Nada que no hayamos visto antes, pero eso no importa, al fin y al cabo las historias que componen los humanos son casi siempre las mismas, lo que les da valor no es tanto el qué nos cuentan sino el cómo. Y ahí, en los modos de narrar, James Wan aprueba con nota.
Ed y Lorraine Warren han sido dos de los investigadores de fenómenos paranormales más célebres que han existido, en buena medida por haber intervenido en los sucesos de Amityville especialmente conocidos por los amantes del terror. The Conjuring es la adaptación de otro de los casos en el que los parapsicólogos intervinieron: las aterradoras vivencias de la familia Perron en su granja de Rhode Island. Como reza su argumento: «Ed y Lorraine Warren, investigadores de renombre en el mundo de los fenómenos paranormales, son llamados por una familia aterrorizada por una presencia oscura en una granja aislada. Obligados a enfrentarse a una poderosa entidad demoníaca, los Warren se encontraron atrapados en el caso más terrorífico de sus vidas… (FILMAFFINITY)». Un matrimonio y cinco niñas de diferentes edades que darán mucho juego para la creación de alarmas que no siempre acaban en susto (cosa que es de agradecer) en una historia en la que se combinan los tópicos de las películas sobre casas encantadas y las de posesiones demoníacas, exorcismo incluido coincidiendo con el clímax del filme.
Hechos reales que acontecieron en 1971, la película cuenta con una cuidad ambientación y está perlada de esmeradas interpretaciones. Especial mención merecen Vera Farmiga (los aficionados al fantástico la recordarán por su intervención en Código Fuente) en el papel de Lorraine Warren, y Lily Taylor interpretando a esa madre que adora a su familia y que va a tener que enfrentar al mal dentro de sí.
Pero el auténtico protagonista es el propio James Wan que demuestra que es uno de los grandes nombres en el cine de terror actual. Wan maneja con precisión el ritmo (la acción es un crescendo continuo), la composición de personajes (logra retratarnos su psicología interna) y, sobre todo, la puesta en escena midiendo bien qué muestra y qué sugiere. En este sentido, aunque la cinta no olvida los sobresaltos (no podían dejar de estar en un filme de casas encantadas) no cae en el exceso y sabe jugar la baza de la sugerencia, esos planos con aire en un lado que no siempre se llenan con la presencia de la aparición y que nos intriga aún más cuando es así dejando a nuestra imaginación completar el resto. En una historia de fantasmas es fácil caer en la tentación de mostrar las apariciones con lujo de detalles y derroche de efectos especiales (cayendo así muchas veces en lo grotesco), James Wan sabe controlar ese impulso y jugar con la insinuación, dejando las visiones para los momentos exactos; es así como logra agarrar al espectador que ve cómo no disminuye su interés a lo largo del metraje. Y es así también como consigue comunicarnos el crisol de sensaciones que podría llegar a despertar un lugar verdaderamente encantado. Alguna risa nerviosa en el pase de prensa hace evidenciar que la cinta alcanza su objetivo, transmite miedo. Y nos hace reflexionar sobre el mismo.
El miedo es nuestra reacción ante la inminencia de un peligro, actúa como alerta que estimula nuestra prudencia y nos hace buscar soluciones que nos eviten salir malparados. Somos hijos del miedo porque los temerosos sobreviven más que los temerarios, sin embargo, el miedo es también un arma de doble filo porque si se perpetúa en nosotros nos vuelve débiles, vulnerables. Paradoja. Entonces, al debilitarnos, si hubiera un ente portador del mal, sería fácil hacernos presas. ¿Contesta The Conjuring sobre la existencia de una fuerza maligna? Dejaremos que el espectador lo descubra.
Thanatomorphose: la descomposición como poema visual
Zumbaban las moscas sobre este vientre pútrido
del cual salían negros batallones
de larvas que manaban como un líquido espeso
por aquellos vivientes andrajos.
Charles Baudelaire
Si lo bello mana de la armonía de las formas y la proporción de la apariencia, lo sublime surge del desbordamiento y la penetración en la poesía de lo deforme. La ópera prima de Éric Falardeau es un ejemplo de cómo lo sórdido encierra una fuerza capaz de conmovernos estéticamente. La ópera prima del canadiense es sublime.
La protagonista de Thanatomorphose es una joven escultora cuya vida está tocando fondo. Mantiene una relación sentimental que no la llena, su pareja parece interesarse en ella únicamente como objeto sexual, y está atravesando, además, una crisis creativa en parte porque no obtiene el reconocimiento que merece. Su vida se esta estancando y ella ya no tiene fuerzas para seguir luchando, está al borde de tirar la toalla y se abandona a la renuncia de la sensibilidad. El proceso de disolución de su espíritu va a somatizarse y progresivamente su cuerpo iniciará un proceso de descomposición. Un descenso a los infiernos que no arroja la esperanza redentora del conocimiento sino que la abandona en el más descarnado nihilismo.
Dividida en tres actos, Thanatomorphose se inicia como un drama intimista que retrata la vida vacía de la protagonista mostrándola en el espacio de su apartamento, un auténtico correlato de ella misma. Larga presentación que utiliza jumcuts y transparencias a modo de breves elipsis que no interrumpen su tempo pausado hasta la exasperación: se trata de hacernos empatizar con el personaje en su desesperación. La primera mitad del primer acto busca sumergirnos en la mente de la joven escultora, en su decepción y su desánimo, quiere desasosegarnos y abocarnos al vacío de alguien que ya está muriendo en vida.
Lo siguiente es llevarnos al fenómeno de mutación y metamorfosis tanática de su cuerpo, desde los primeros moratones hasta la licuación de su carne, hasta hacernos apreciar una angustia existencial que va mucho más allá de la anécdota de su argumento. Y es que lo importante de la cinta del canadiense no reside en su trama, no reside tampoco en su trasfondo más superficial, aquel que nos habla de la deshumanización de las relaciones interpersonales y de la putrefacción de la sociedad contemporánea que nos cosifica. No, no es que el festín de sangre y fluidos se mantenga gracias al intento de hablarnos de nuestras circunstancias accidentales, la película brilla con luz propia porque no escatima recursos visuales para mostrarnos lo que sabemos pero negamos en nuestro quehacer diario: somos seres para la muerte y estamos condenados a la descomposición de todo nuestro yo. Es cuando se olvida de su excusa argumental que llega a la esencia. Cuando se abandona al regodeo estético en la corrupción de la carne y la propia imagen se derrite hasta la abstracción, es cuando Thanatomorphose entona sus más excelsas notas.
Éric Falardeau se doctoró con una tesis que habla del sentido de los fluidos corporales en los géneros cinematográficos más extremos, el porno y el gore, puesto en relación con el sentimiento trágico de la vida de Shören Kierkegaard, y ya desde sus cortos ha buscado expresar sus conocimientos ahondando en el terreno de la sordidez. Contra lo que pudiera parecer, el director es un joven inquieto y vitalista que no esconde sus influencias sino que se manifiesta orgulloso de ellas y se muestra entusiasmado cuando el público las reconoce. El filme del canadiense parte de la estela del Polanski de Repulsión para llevarnos más allá hasta el ambiente malsano del mejor Cronenberg y del extremo Buttgereit. No es tanto la nueva carne lo que toma de Cronemberg sino la insania de Inseparables con esa proyección de la desintegración del personaje sobre el mismo espacio que habita. Y el Buttgereit al que se aproxima, más que al de Nekromantik, es al de Der Todesking (El Rey de la Muerte). Pero no hay que detenerse ahí, Falardeau se expresa a través de una fotografía feísta que recurre al desenfoque de la imagen hasta llevarla a alcanzar la abstracción, en una concepción de lo cinematográfico pareja a la del dadaísmo francés.
Nada mejor que la abstracción para hacernos evidenciar el nihilismo, para hablar de la disgregación que nos espera como destino. Así, el cuerpo de la protagonista no sólo muestra su putrefacción gracias a los efectos de maquillaje (excelentes, por otra parte), más allá de ello se desdibuja en el mismo tratamiento del encuadre, en el trabajo de la fotografía. A Thanatomorphose se le puede dedicar uno de los mayores elogios que puede recibir un filme: tiene su baza principal en la explotación de todas las posibilidades de lo audiovisual. Sin apenas diálogos, todo se compone/descompone ante nuestros ojos en la propia imagen. Dejándonos fascinados ante imágenes duras y muy bien resueltas ofreciéndonos, sin llegar a la vulgaridad, esfínteres desatados, explosiones de gusanos y olores que casi pueden percibirse desde la pantalla y que nos llevarán, irremediablemente, a un crescendo de moscas que culminará con la total licuación del cuerpo.
Viaje hasta el fin de la noche, Thanatomorphose nos hace asistir a la desesculturización de la mujer que esculpe, cuya obra acaba suspendida en el non finito. Un non finito que, como los de Miguel Ángel, señala la lucha del artista por extraer vida de la materia inerte, pero aquí acaba en la imposibilidad, en la conciencia de que la única forma de escapar de una vida vacua es la muerte. Y la muerte es el fin. Pero ese es el periplo de la protagonista, la película de Falardeau nos salva de ese nihilismo extremo en su propio existir: el canadiense sí es capaz de crear. Y de crear una obra que nos lleva a experimentar al placer estético que, pese a todo, reside en lo más sórdido. El pesimismo se convierte así en vitalismo trágico, en el sentir que la desolación puede quedar suspendida en un futuro. Falardeau no nos deja sumidos en el más hondo escepticismo, al contrario, su obra parece decirnos que el arte es todavía capaz de redimirnos del sinsentido.
Entonces, oh belleza mía,
di a los gusanos que te comerán a besos,
¡que he guardado la forma y la esencia divina
De mis amores descompuestos!
Charles Baudelaire
El día que Ray Harryhausen me dedicó el poster de El viaje fantástico de Simbad
Aunque ya había visto Hace un millón de años (One Million Years D.C., 1966 Don Chaffey), la que recuerdo como mi primera película de Ray Harryhausen fue El viaje fantástico de Simbad (The Golden Voyage of Simbad, 1973 Gordon Hessler) y ya digo bien, de Harryhausen, ya que aunque la hubiera dirigido otro, esta y resto de las películas en las que intervino Harryhausen, son lo que son gracias al mago de los efectos especiales y a la paciencia, imprescindible para el stop-motion. El caso es que esta película se me quedó marcada cuando la vi por primera vez a los nueve años principalmente por dos cosas : por sus fantásticos monstruos gigantes y por Caroline Munro. Ustedes ya me entienden.
Sabía quien era Ray Harryhausen por Famosos «Monsters» del cine, pero ver el espectáculo en pantalla…era otra cosa. De hecho tanto me gustó la película, que ese día vi más de una vez ya que como ustedes recordarán en los cines de reestreno uno podía quedarse a repetir, que no pude más que pedir al dueño del cine que cuando la retiraran de cartel me diera el póster. Y así fue y ese magnífico poster lo atesoro desde entonces.
Luego vería muchas más películas de Harryhausen, ya fuera en cine: Simbad y el ojo del tigre (Sinbad and the Eye of the Tiger, 1977 Sam Wanamaker) y Furia de titanes (Clash of the Titans, 1981 Desmond Davis). Como en televisión: Jasón y los argonautas (Jason and the Argonauts, 1963, Don Chaffey), Simbad y la princesa (The 7th Voyage of Sinbad, 1958 Nathan Juran) además de todas las que, primero el video y después el DVD no han permitido recuperar y ver cuantas veces queramos.
Lo que no me podía imaginar es que tendría ocasión de conocer a Harryhausen y hablar brevemente con él.
Y es que el Salón del Cómic de 2008 fue memorable por dos poderosas razones: Pude conocer a Paul Naschy y a Ray Harryhausen. Tras estar con Paul fui corriendo, ya que el tiempo apretaba, a donde firmaba Harryhausen y me puse a la cola. Y sí, allí estaba Ray. Repartiendo sonrisas y autógrafos. El hombre estaba bastante mayor, la verdad, pero estaba allí para nosotros y no pensaba dejarlo escapar. La cola tras de mi iba incrementándose y la hora en la que tenía previsto terminar se estaba acercando. Lo sorprendente fue cuando una chica de la organización puso un cartel en la espalda del que estaba delante mío (¡puso un cartel en su espalda! ¿Pero esto que es?) con lo que quería indicar que hasta ahí atendería Harryhausen por terminarse el tiempo, dejando un buen puñado de ilusiones por los sueños y la primera la mía… Pero aquí es donde vi un gesto de Ray que me emocionó y todavía pensando en ello me emociona: Ray Harryhausen dijo que atendería a todos y cada uno de los que estábamos en la cola. Y así fue.
Llego mi turno, saqué mi cartel de El viaje fantástico de Simbad que hacía tantos años estaba conmigo, y le conté mi pequeña historia y desde cuando lo tenía. Me sonrió, me lo dedicó, nos dimos la mano y ahí tienen el resultado. Y dos fotos que están en un disco duro que no se pone en marcha (Por cierto, ¿alguien puede recomendarme que hacer para recuperar todas las imágenes que contiene?). Un momento mágico. Y yo volviendo a casa con un cartel firmado por Harryhausen, un cómic y una foto dedicadas por Paul Naschy y fotos con ambos. No estuvo nada mal el día. Lo cierto es que con la muerte de Naschy y la reciente de Ray Harryhausen, estos dos encuentros son casi imposibles. Y de nuevo si, digo bien, casi. Ya que quedan todas las películas de ambos y la posibilidad que la tecnología nos ofrece de revisarlas cuando queramos.
¿Qué más puede pedirse?
Por cierto, el día siguió marchando bien pero… eso ya es otra historia…
Evil Dead 2013: más sangre y menos humor
Cuando los amiguetes Sam Raimi, Bruce Campbell y Robert Tapert, tras rodar varios cortos, se emperraron en sacar adelante su Book of the Dead (previamente convertido en 1978 en un corto de 30 minutos, Within the Woods, que sirvió como muestra para conseguir financiación) seguro que no sabían hasta donde podría llegar su alocada aventura. De una forma u otra Book of the Dead se convirtió en 1982 en Posesión infernal (Evil Dead), una película rodada en 16 mm. que mezclaba en principio un cóctel nada original: adolescentes, posesiones demoníacas, sangre y mucho speed. Pero no era así, ya que contaba con un añadido que la hacía (y hace) más atractiva: grandes dosis de comedia hasta el punto de transformar a su protagonista, Bruce Campbell en un personaje de dibujos animados. Y todo ello, no hay que olvidarlo, sin dejar de ser un atmosférico y terrorífico film.
Posesión infernal triunfó en los video-clubs de medio mundo y posibilitó que Raimi pasara a la primera división de su profesión. Esa bienvenida incluyó que rodara una secuela de su film, naciendo Evil Dead 2 (Terroríficamente muertos, 1987) que no resultó ser finalmente una secuela sino un remake con todas las de la ley, aunque más loco si cabe, con más medios y mejores resultados en los maquillajes y efectos especiales (cosa en la que tuvieron mucho que ver la santa trinidad Berger, Kurtzman y Nicotero). Ese primer remake daría pie a (ahora sí) una secuela, El ejército de las tinieblas (Army of Darkness, 1993).
No acaba ahí la historia, en mayo del 2012 se iniciaba el rodaje de un nuevo remake, el que este viernes llega a nuestras pantallas. Esta vez Raimi no está al frente de la dirección, el equipo inicial (Raimi, Tapert y Campbell) ha preferido ocuparse únicamente de la producción y dar la alternativa al joven debutante Fede Álvarez, del que ya os hablamos en este blog. El propio Fede Álvarez, junto a Rodo Sayagues (colaborador suyo desde los tiempos de Ataque de Pánico, corto con el que se dieron a conocer) se ha ocupado de adaptar el guión, así que nos ofrece una relectura personal de la obra de Raimi. Rodada en Nueva Zelanda, algo habitual en Raimi, el reparto de esta nueva Posesión Infernal está compuesto por eficientes actores jóvenes: Jane Levy (Mia), Shiloh Fernández (David), Lou Taylor Pucci (Eric), Jessica Lucas (Olivia) actriz ya conocida para los productores por Drag me to hell (2009) y Elizabeth Blackmore (Natalie). Protagonismo tienen también los 25.000 litros de sangre artificial que han sido necesarios para el filme, muuuuuucha hemoglobina, pues, es la que nos ofrece esta nueva versión.

Esta Posesión Infernal de 2013 no es una mera repetición sino toda una reinterpretación del tópico de la cabaña en el bosque parodiado en la de 1981 (en puridad más que un remake es un reboot). Sin renunciar a los elementos fundamentales (la cabaña, el libro de los muertos o Necronomicón) Álvarez ha pretendido dotar a los personajes de una mayor profundidad psicológica, ya no son unos jóvenes cuasiadolescentes que van al bosque en busca de experiencias etílicofestivas sino un grupo de amigos que se han reunido para ayudar a Mia, la protagonista, a desengancharse de la droga (en el extremo opuesto, pues). Hay también drama familiar, el hermano de Mia es uno de los integrantes del grupo, cosa que supone un reencuentro entre ambos después de que él la hubiese dejado pasar sola el trance de la muerte de la madre en un centro psiquiátrico. No hay que esperar un análisis exhaustivo de los recovecos de las relaciones, sólo un esbozo que sirve al fin de explicar el porqué de sus conductas cuando se haga manifiesta la presencia (así, por ejemplo, la primera en tener evidencias de la fuerza que les acosa será Mia y los demás creerán que son causadas por su síndrome de abstinencia). Ocurre que este mayor naturalismo de los personajes no se ha dado sin eliminar esa comicidad cartoonesca que tenía la original y que, en nuestra modesta opinión es lo que la hacía especial. En la película de Ávarez no hay apenas lugar para el humor, todo está tratado con seriedad, y a nosotros se nos antoja que eso supone una pérdida del remake frente a la original. Podemos decir que, al tratar de darle alma a los personajes, es la película la que se ha quedado huérfana de ella. Esto no significa que a nuestro juicio sea una mala película, simplemente opinamos que el remake no consigue superar al original.
Así pues, aún sin tener el carisma que identificaba a la saga Evil Dead, la Posesión Infernal de Álvarez cautivará a los aficionados al género. A los conocedores de las de Raimi porque está repleta de guiños a elementos del guión que las caracterizaban. Ahí están esos bellos travellings subjetivos desde el punto de vista de la presencia atravesando al bosque; la violación en el bosque y por el bosque; la amputación de la mano; y, cómo no, la motosierra. Pero creemos que sobre todo gustará a los más jóvenes que quizás ni siquiera hayan conocido sus precedentes, por su factura, su ritmo trepidante por momentos y esos miles de litros de sangre y gore bien entendido. Tanto los iniciados como los neófitos agradecerán que no se haya abusado de la imagen digital, al contrario Álvarez se ha inclinado por conseguir los efectos con la cámara siempre que le ha sido posible y dejar a los de maquillaje hacer el resto. Y mención de honor merecen estos últimos junto a la banda sonora del español Roque Baños. En suma, puede decirse que Fede Álvarez no defrauda las esperanzas depositadas en él.
La pregunta del millón sería responder a si era necesario este remake (o reboot) tratándose como se trata de una película de correcta ejecución. Para quien esto escribe no se trata de una revisión que aporte ingredientes relevantes al original, como sí podía darse en el Maniac de, ni sirve para darle mayor actualidad (después de todo la original sigue igual de vigente que en su presente), de modo que no podemos considerarlo como necesario. Ahora bien, la buena factura del filme evita que se le pueda tildar de prescindible y, sobre todo, muestra las dotes de su joven director, más elogiable él que su propia ópera prima. Deseamos ver pronto a Fede Álvarez al frente de una obra personal que no se deba ya a ningún trabajo previo.
Hellboy, una reflexión sobre las esencias de lo humano
HELLBOY (Guillermo del Toro, )
USA. Guión: Guillermo del Toro y Peter Briggs basados en las historias de Mike Mignola. Música: Marco Beltrami.
Reparto: Ron Perlman, John Hurt, Selma Blair, Rupert Evans, Karel Roden, Jeffrey Tambor, Doug Jones, Brian Steele, Ladislay Beran, Biddy Hobson, Corey Johnson, Kevin Trainor, Brian Caspe, James Babson.
Hace unos días Fernando Trueba era noticia, y no por su cine, sino por sus poco afortunadas opiniones sobre el mundo del cine de acción y de superhéroes. Trueba los califica de imbecilidad, que es tanto como calificarlos de producto para necios y alelados. Su comentario deja a las claras, no la debilidad de ese cine al que se refiere (ni la necedad de sus aficionados), sino de su propio desconocimiento de todo lo que supone el mundo de los superhéroes. Esa literatura es en verdad la transposición de los mitemas clásicos a la cultura pop y, igual que los mitos, sirven como vehículo metafórico de grandes temas atemporales. Vamos a ejemplificarlo con Hellboy llevado al cine por Guillermo del Toro en 2004.
Empecemos con el argumento: finales de la segunda Guerra mundial, las fuerzas ocultistas nazis (Sociedad Thule) llevan a cabo el experimento Ragnarök (fin del mundo nórdico), invocación del mal que lleva a cabo el mismísimo Rasputín. Fruto del experimento nace una pequeña criatura roja, con cuernos, cola y una mano de piedra , criatura que fue rescatada por los soldados aliados y educada por los estadounidenses. Ingresó posteriormente en la Unidad de Defensa e Investigación Paranormal (en inglés B.P.R.D.). Héroe solitario, Hellboy (la criatura), se tendrá que enfrentar a su propia naturaleza y decidir entre el bien y el mal.
En 1994 nacía Hellboy de la mano de Mike Mignola presentado en una secuencia de cómics mini-serie publicada por Dark Horse Comics. Un superhéroe solitario en cuya construcción se notan las influencias de diversas mitologías, desde la nórdica a la ideada por Lovecraft. Diez años más tarde Guillermo del Toro lo llevaba al cine, haciendo suya la imagenería del cómic. Del Toro recrea el universo de Hellboy con su propia visión de lo gótico y nos ofrece una película vibrante de bella factura en la que la tensión dramática va en aumento hasta el brillante duelo final con un monstruo infernal claramente inspirado en los relatos lovecraftianos.
Si los episodios de enfrentamiento con los villanos se secuencian adecuadamente y mantienen al espectador aferrado a su cubo de palomitas (cosa que no impide descubrir a Santiago Segura haciendo un cameo), no están menos perfilados los resortes más profundos de la trama. Hellboy nos recuerda a héroes como Harry Callahan, independientes e irónicos, quienes, sin embargo, bajo su corteza de hombres duros esconden una fuente inagotable de ternura. Hellboy está enamorado de su compañera del B.P.R.D. Liz Sherman, piroquinética con habilidad de explotar en fuego, aunque no encuentra la manera de hacérselo saber; y a la vez profesa un intenso afecto filial por el Profesor Bruttenholm , su “padre” adoptivo. Otros se quedarán con las secuencias en las que los efectos especiales se despliegan magistralmente, pero nosotros queremos destacar las dos escenas en las que se nos muestra el aspecto más humano de Hellboy. La primera una ronda nocturna en la que Hellboy espía a Liz desde la azotea de un edificio en compañía de un niño, tanto del Toro como Ron Perlman son capaces de mostrar el lado melancólico del héroe. Melancolía que llenará la pantalla de lluvia (¿cuántas veces la lluvia ha sido metáfora del llanto en el cine?) en la escena del entierro del “padre”, con un plano cenital sobre los paraguas abiertos que nos funde a la subjetividad de Hellboy siendo uno de los momentos más brillantes del film.
Y es que antes de Nolan ya se había penetrado en los aspectos más profundos de los superhéroes de cómic. El Hellboy de del Toro ofrece al espectador una reflexión sobre las esencias de lo humano. Lo que nos define no es nuestra procedencia, ni las peculiaridades que pueden hacernos resultar extravagantes a ojos de los demás, nuestro ser más íntimo viene definido por nuestra capacidad de tomar decisiones: sea cuál sea nuestro origen siempre tenemos la opción de elegir entre el bien y el mal con todo el dramatismo que ello conlleva. Ese es el destino de y la enseñanza que nos deja Hellboy.
El Buque Maldito programa Último deseo de León Klimovsky en el Centro Garcilaso.
El Buque Maldito nos ofrece una rareza del cine fantástico español, Último deseo (1976) de León Klimovsky, que contará con la presencia de dos de sus protagonistas, Teresa Gimpera y Antonio Mayans.
Rodada justo antes de que Paul Naschy se pasara a la dirección y tras su prolongada estancia en Profilmes, es una de las pocas películas de ciencia ficción que se han hecho por estos lares. Con el título de rodaje de Planeta ciego, que deja más claras las cosas, mezcla elementos de La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968 George A. Romero) y las novelas El día de los trífidos, de John Wyndham y Soy Leyenda de Matheson . Todo un cóctel que nos ofrece una atípica película protagonizada por destacadas figuras del cine de la época.
Dirigida por León Klimovsky y con guión de Vicente Aranda, Joaquim Jordà y Gabriel Moreno Burgos, basado en una historia del último, cuenta entre sus protagonistas, además de Naschy con Maria Perschy, Teresa Gimpera, Nadiuska (cuya imagen se adueño de la campaña promocional), Julia Saly, Alberto de Mendoza, Antonio Mayans y Ricardo Palacios, entre otros.
Todo ello el sábado 6 de abril a las 18 h. en el Centro Garcilaso (C/. Garcilaso, nº103, Barcelona)
Mamá: nueva vuelta de tuerca

Mamá, el largo, es un relato sobre las dimensiones del pánico y, como antes hizo Henry James, presenta una nueva vuelta de tuerca al tomar como protagonistas a dos niñas. Victoria y Lilly son secuestradas por su padre homicida en una oleada de terror colectivo, cuando el padre muere por causas extrañas las dos niñas quedan abandonadas en una cabaña perdida en el bosque, estarán allí durante cinco años cuando las rescaten se descubrirá que han sobrevivido gracias a su imaginación. Son encontradas gracias a la contumacia de su tío paterno que acabará adoptándolas gracias a un programa psiquiátrico destinado a estudiar fenómenos como los de niños salvajes. En ese marco se presenta la extraña comparecencia que las lleva a huir. Así el argumento del corto se convierte en motivo del largo.
El retrato del que Bela Lugosi nunca se desprendió
Géza Kende nació en Budapest, Hungría en 1889. Estudió en la Academia de Arte de Budapest y posteriormente en Italia y Francia. En 1932 se trasladó a Los Ángeles donde se instaló. Allí recibió el mismo año de su llegada un encargo de su famoso paisano Bela Lugosi: pintar su retrato.
Este monumental retrato, que el mismo actor llegó a firmar y dedicar con una ilegible inscripción en la parte trasera del óleo, formó parte siempre del equipaje de Lugosi en sus traslados. Siempre se mantuvo en su poder, ya fuera en el cenit de su fama como en los peores momentos, siendo testigo mudo del momento en el que retiraron el cadáver del actor de su última residencia.
La pintura muestra a Lugosi en el momento de mayor gloria: elegante, pulcro y seguro de sí mismo. También es destacable el detalle de sus largos dedos, protagonistas fundamentales de sus interpretaciones más conocidas en films como Drácula o White Zombie.
Géza Kende realizó otros trabajos, como retratos de Paulette Goddard para el film La Bribona (Kitty, 1945 Mitchell Leisen) y de otras personalidades, así como numerosos desnudos. Pero sin duda el retrato de Lugosi es la pieza más cotizada que realizó nunca.
En 2004 Heritage Auctions subastó el cuadro, que pasó a formar parte de la colección de Kirk Hammett, guitarrista de Metallica y ferviente admirador del cine de terror.
Géza Kende murió en Hollywood en septiembre de 1952. Lugosi le sobrevivió cuatro años.
El retrato se mantiene en perfectas condiciones, con su marco original y en buenas manos.
Dos interesantes lecturas: de la Universal a Profilmes
MONSTRUOS ELÉCTRICOS (Lluis Rueda y Pau Roig 2012, Arkadín Ediciones)
Editado antes de forma digital y presentado en ese formato durante el Festival de Sitges 2011, ahora tenemos ocasión de adquirir en papel y en todo su esplendor el magnífico libro Monstruos eléctricos, un análisis pormenorizado de la producción fantástica y terrorífica de los estudios Universal. Cierto es que se han publicado ya varias obras sobre el tema en nuestro país, alguna de gran categoría, pero la mayoria de ellas se han centrado más en los actores y el anecdotario. Monstruos eléctricos se decanta por el análisis de todos esos films y lo hace distribuyéndolos en varios apartados: El horror gótico (Jorobado de Notre Dame, Fantasma de la Ópera, El legado tenebroso, El hombre que ríe, Drácula y sus hijos, La momia y sus secuelas, El caserón de las sombras, Los crímenes de la calle Morgue, Satanás, El cuervo, hombres lobo, Night Monster y The Mad Ghoul). Ciencia ficción (Frankenstein y sus secuelas, El poder invisible, El hombre que fabricaba monstruos, El hombre invisible, La trilogía de la mujer simio, Flash Gordon y Phantom Creeps). Ideario pulp y cine criminal (La torre de Londres, Black Friday, Fantasma de la Ópera, Misterio en la Ópera, Cóctel de monstruos e Inner Sanctum). Y finalmente y como epílogo un repaso al universo fantástico de Jack Arnold. Todo ello profusamente ilustrado con una magnífica selección de fotos y carteles.
Los autores nos ofrecen su visión sobre todo ese legado, un punto de vista totalmente personal y valiente. Rebajando de cierta épica algunos filmes y revalorizando y desvelando valores de otros que siguen viéndose como secundarios a pesar de tener una calidad mucho más alta. Al estar escrito a dos manos, hay puntos en los que no hay total coincidencia de parecer, aunque en uno hay total unanimidad: su animadversión a la pareja cómica Abbott y Costello y a la película que interpretaron junto a la plantilla terrorífica de Universal, Contra los fantasmas. Profundizan también en algunos films poco tratados en otras obras, como los seriales o la saga Inner Sanctum. También es un acierto el incluir en este completo inventario los films de Jack Arnold y Cult of the Cobra. Todo ello en 344 apretadas páginas editadas por Arkadin Ediciones que pueden (y deben) conseguir aquí.
LA DÉCADA DE ORO DEL CINE DE TERROR ESPAÑOL. 1967-1976 (Javier Pulido 2012, T&B Editores)
Quizás este título no sea el más correcto para una obra en la que la gran protagonista es la productora barcelonesa Profilmes y su serie de títulos dedicados al cine de terror. Pero el autor no se queda ahí, ya que completa el libro ofreciéndonos un repaso a lo que ha dado de sí el cine fantástico español desde sus orígenes hasta llegar, precisamente a la era Profilmes. Es en ese momento en el que pasa a detallar la historia de la productora, así como a realizar un análisis de todos sus films terroríficos en el contexto que vivía el país. Algunos más acertados que otros, no deja de ser interesante el que el autor haya querido encontrar similitudes entre los argumentos y personajes de esas películas y la convulsa situación que vivía España en aquella época. Repleto de interesantes datos y cifras, el autor también ha tenido acceso a los guiones originales de algunos de estos títulos, así como a notas de censura y declaraciones de los principales implicados, tratando también otras producciones Profilmes no adscritas al terror, como las de género aventurero, documental y político.
Agradable de leer, se le disculpan ciertos mínimos errores posiblemente achacables al descuido, en una obra que pasa a ser otra interesante pieza en la bibliografía dedicada al tan criticado y denostado Fantaterror español que pueden conseguir en su librería de cabecera o aquí.
Sitges 2012: el fin de una era, Cosmópolis
Quien tiene la información, tiene el control, ese fue uno de los descubrimientos más importantes de la matemática del siglo XX, ahora en plena era de la información es más cierto que nunca. Pero también es un valor sutil que va de la mano de la entropía. La Entropía puede ser considerada como una medida de la incertidumbre y de la información necesarias para, en cualquier proceso, poder acotar, reducir o eliminar esa incertidumbre. Los mensajes menos probables son los que más información aportan, y eso es lo que anhelamos, pero en ellos va el riesgo del desorden de la incomprensión y el colapso, esto es del desorden, del descontrol. Y ahí mismo estamos ahora en nuestra época de crisis sistémica. Si una obra de arte lograra explicitarlo como imagen, como símbolo, esa sería la obra de arte que expresara el espíritu de nuestro tiempo (el zeitgeist) y eso es precisamente lo que ha conseguido Cronemberg en Cosmópolis de la mano de la novela de Don DeLillo. Podría decirse sin exagerar (o así nos lo parece) que la última cinta del canadiense es la primera que logra hablar del S. XXI.
Un repaso a la saga Halloween
El amigo José Mellinas ha tenido a bien repasarse toda la saga de Halloween para ofrecernos este grandioso artículo que nunca podremos agradecerle lo bastante, aunque lo intentaremos mediante algunas cervezas y liándolo para que siga contribuyendo cuando quiera con más colaboraciones. Eso si no ha terminado definitivamente demente tras tal sobredosis de degollinas de Michael Myers. Enchufen pues la ya inmortal banda sonora del film inaugural y adéntrense en el universo Halloween…
«Hace ya quince años, dijeron que estaba vacío, sin razonamiento ni conciencia, ni el más rudimentario sentido de la vida o de la muerte, del bien o del mal, de lo correcto o lo incorrecto. Llegué a conocer a aquel niño de seis años con aquella cara pálida, sin expresión ni emoción, y unos ojos negrísimos… Los ojos del diablo. Tardé ocho años en intentar llegar hasta él y luego otros siete intentando conseguir que siguiera encerrado después de ver que lo que había en esos ojos era sencilla y puramente el mal» (Dr.Loomis, 1978).
En lo que se refiere a la terrorífica fiesta de Halloween, de la magia del truco o trato, el género del terror tiene un amo y señor indiscutible: Michael Myers. La saga está a punto de cumplir 35 años y goza de una excelente salud, alimentada por el cariño de los fans de todo el mundo. Os ofrecemos un amplio vistazo a una franquicia que empezó de manera muy modesta.
Los buenos resultados de Asalto en la comisaría del distito 13 (Assault on Precinct 13, 1976) dieron a su joven director, John Carpenter, la oportunidad de labrarse un futuro prometedor dentro de la industria del cine. Los productores de cine independiente Irwin Yablans y Moustapha Akkad fijaron sus ojos en él para dirigir un proyecto al que le habían dado vueltas, y que pretendía revolucionar el género del terror. La alianza entre los tres (reforzada en gran parte por la novia de John, Debra Hill) derivó en el guión de The Babysitter Murders (Los asesinatos de las canguros), un slasher en el que un asesino psicópata acechaba adolescentes. Al poco tiempo, se decidió situar la acción en la noche de Halloween y contar con un título más simple, que es el que todos conocemos.
Con un limitado presupuesto de 300,000 dólares, Carpenter se alió con sus colegas y habituales para afrontar el duro rodaje del film, encargándose él mismo de la música (¡menuda banda sonora!). Para el papel principal, el del doctor Sam Loomis, intentó persuadir a actores de la talla de Peter Cushing o Christopher Lee sin éxito alguno. Tras la rotunda negativa, el realizador recurrió a Donald Pleasence, un actor veterano con más de treinta años de experiencia y conocido por su villano Blofeld de Sólo se vive dos veces (You Only Live Twice, 1967). El actor británico se unió al reparto del film al mismo tiempo que irrumpía en él una jovencita Jamie Lee Curtis, hija de Janet Leigh (Psicosis) y Tony Curtis (El estrangulador de Boston), en el papel de Laurie Strode.
Crucial fue el cuidado que se le otorgó al antagonista por excelencia de la película: Michael Myers, conocido como «The Shape» o «La forma» en los créditos finales. Para lograr el aspecto fantasmagórico de su máscara tal y como describía el guión, se modificó una máscara infantil de William Shatner, el mítico Capitán Kirk de Star Trek. Y para interpretarlo, fueron necesarios tres actores: Will Sandin en su niñez, Tony Moran cuando es desenmascarado y Nick Castle en la gran mayoría de escenas de acción. Añadir también que los mismísimos John Carpenter, Debra Hill y Tommy Lee Wallace (director de arte, amigo de Carpenter y pieza clave de la saga) también se pusieron la careta para algunos planos importantes de la película.
La noche de Halloween se estrenó en 1978, con un discreto pero eficiente éxito de crítica y taquilla, alimentada por el boca a boca del público americano. Con el tiempo, la película ha ganado un merecido status de culto y dio el pistoletazo de salida a multitud de imitaciones durante los años posteriores (Viernes 13 en 1980, por poner un ejemplo). Justo es decir que la película de Carpenter bebe de las obras de Dario Argento, Mario Bava o Lucio Fulci, pero a su director no le tembló el pulso a la hora de marcar su propio estilo y sentido.
La repercusión del original, con esos más de 55 millones de dólares recaudados y el final abierto que nos sorprendía tanto como al propio Sam Loomis, llevó a los productores a empujar a sus creadores a un terreno en el cual la pareja no mostraba interés por moverse: una secuela. John Carpenter y Debra Hill se pusieron entonces manos a la obra con el guión.
Cuando a Carpenter le preguntaron si iba a dirigirla, respondió que ya había rodado la película que quería. Propuso enseguida el nombre de Tommy Lee Wallace, pero éste rechazó tajantemente y finalmente fue el debutante Rick Rosenthal quien se hizo cargo de Halloween II (bautizada en España como ¡Sanguinario!) en 1981. Para servidor, la mejor secuela de todas y una continuación dignísima.
Esta nueva aventura contó con un apoyo mucho más grande: presupuesto mayor (más de dos millones de dólares), mejor distribución y muchas más facilidades a la hora de rodar. Parte del primer equipo decidió repetir, así como el casting principal: Jamie Lee Curtis (toda una Scream Queen), Donald Pleaseance, Charles Cyphers y Nancy Kyes. Se habló incluso de rodarla en tres dimensiones, pero la idea se descartó casi al instante.
Esta segunda parte arranca justo allá donde lo dejó La noche de Halloween: Michael Myers (Dick Warlock) se ha levantado tras recibir seis disparos; el doctor Loomis sigue buscando exhaustivamente a su paciente y Laurie Strode ha sido ingresada en el Haddonfield Memorial Hospital. Este escenario terminará convirtiéndose en el patio de recreo del psicópata nocturno. Y mientras las muertes suceden y la tensión asfixia, Halloween II revela un nuevo e impactante dato a la mitología de la serie: Laurie y Michael son hermanos de sangre, separados tras el asesinato de Judith en los sesenta. Barato o no, cierto es que el truco argumental afectó a los capítulos posteriores de manera más o menos sutil.
El montaje inicial del film no contentó a la Universal. Para el estudio daba tanto miedo como un episodio de Quincy. El director les recordó que lo importante era respetar el suspense y la sutileza del original, y que el metraje no necesitaba corrección. Pero a pesar de la insistencia de Rosenthal, a John Carpenter se le dio la orden de rodar durante tres días nuevas escenas llenas de sangre y muertes truculentas: Halloween II debía ser vendida como una película violenta, gore. Rosenthal todavía piensa que el maestro del horror «arruinó la película, que tenía un ritmo perfecto«.
Más allá de estos problemas, la película funcionó, gustó e hizo más de 25 millones de dólares.
Al final de Halloween II (1981), el doctor Loomis se sacrificaba poniendo punto final a las fechorías de Michael Myers, pasto de las llamas. La única superviviente, Laurie Strode, era socorrida y puesta a salvo al ritmo de Mr.Sandman de The Chordettes. Y entonces, créditos finales. Blanco y en botella. Para John Carpenter y Debra Hill, éste era el final definitivo de los personajes que habían creado años atrás… Pero no necesariamente de la serie.
La idea de una nueva secuela se antojó fugaz a los productores -Yablans y Akkad, esta vez acompañados del entrañable Dino DeLaurentiis-, pero se decidió prescindir de la historia de Michael Myers a favor de algo nuevo y fresco. El tercer episodio de la franquicia iba a ser el primero de un curioso experimento cinematográfico: al más puro estilo La dimensión desconocida, Carpenter y Hill apadrinarían cada año una película fantástica ambientada en la víspera de Halloween. Historias diferentes, con nuevos personajes, que permitirían utilizar infinidad de ideas con la máxima libertad creativa. A grandes rasgos, asi nació Halloween III: El día de la bruja (Halloween III: Season of the Witch, 1982).
Joe Dante fue elegido como director de la cinta, y éste decidió contar con Nigel Kneale (el creador de la mítica saga Quatermass) como guionista. En el proceso de preproducción, los diálogos de la historia sufrieron algunos cambios a petición de DeLaurentiis y el nivel de gore subió drásticamente, por lo que un enfurecido Kneale exigió su nombre fuera de los créditos finales. Por si fuera poco, Dante se apartó del proyecto y fue sustituido por Tommy Lee Wallace.
La historia nos situa en la pequeña localización de Santa Mira, todo un cariñoso guiño a La invasión de los ladrones de cuerpos. Allí, un magnate loco conocido como Cochran (Dan O´Herlihy) planea la muerte en masa de miles de niños la noche de Todos los Santos, utilizando las máscaras infantiles que vende su empresa. Éstas están provistas de chips que se activarán en el momento justo en el que aparezca en televisión el anuncio de Silver Shamrock. El doctor Dan Challis (Tom Atkins) y la joven Ellie (Stacey Nelkin) deben evitar que Cochran se salga con la suya.
Halloween III: El día de la bruja, a pesar de ser una muy buena película, fue abucheada por apartarse de la mitología de los dos primeros Halloween. Y la taquilla no ayudó en absoluto: se la pegó fuerte. Como dijo Debra Hill en su día, era una entrega de invasión, no de cuchillo, y el público no terminó de conectar del todo con su terror gótico. Aún así, tiene sus seguidores, que no son pocos.
A todo esto, ¿ha habido alguien capaz de sacarse la melodía del anuncio de Silver Shamrock de la cabeza? ¡Faltan ocho días para Halloween, Halloween, Halloween!
La tercera parte de Halloween dio más disgustos que alegrías al productor Moustapha Akkad, que no dudó en vender los derechos de la franqucia a la productora Trancas International. El cambio de rumbo de la saga se convirtió en una arriesgada apuesta al todo o nada que lamentablemente no acabó bien, y para redimir el error y ganar de paso unos cuantos dólares, Akkad lo tenía claro: Michael Myers tenía que volver de ultratumba. La decisión no fue instantánea y hubo un parón de seis años, momento en el que la competencia se disparó. Amén de los infinitos slashers que iban apareciendo, los otros dos grandes iconos del terror de los ochenta, Jason Voorhees y Freddy Krueger, jugaban sus cartas con la séptima Viernes 13 y la cuarta Pesadilla en Elm Street respectivamente.
Halloween IV: El regreso de Michael Myers (Halloween 4: The Return of Michael Myers, 1988), que fue dirigida por el debutante Dwight H. Little, contó en un principio con un interesante tratamiento de guión escrito por John Carpenter y Dennis Etchinson. Ambos artistas dieron con la trama más adulta y madura de la serie, con Michael Myers y la festividad de Todos los Santos convertidos en temas tabús dentro del pueblecito de Haddonfield. Cuando la fecha del 31 de Octubre se acerca, el miedo y la angustia aumentan, y eso es precisamente lo que revive a la leyenda de Myers. Pero esta «historia de fantasmas» no gustó a Akkad, que lo tachó de «demasiado cerebral«. El productor demandaba un slasher simple, sin complicaciones. A partir de ese punto, cuando se rechazó su propuesta, Carpenter se alejó para siempre de la franquicia.
El guionista Alan B. McElroy dio con lo que quería Akkad: una auténtica secuela que se situaba diez años después de Halloween II, recuperando al asesino de la máscara blanca y a su Van Helsing particular, el doctor Sam Loomis (Donald Pleaseance de nuevo). Jamie Lee Curtis, que por aquella época se hacía hueco en Hollywood, rechazó volver, y para paliar su ausencia, McElroy «mató» al personaje en un accidente de tráfico e introdujo a su hija de siete años de edad, Jamie Lloyd (Danielle Harris). En esta ocasión, el especialista George P.Wilbur se puso la (nueva) máscara de goma y cogió el cuchillo de cocina.
Halloween IV volvió a los orígenes de la saga, algo que contentó mucho a los fans y que se vio reflejado en la recaudación, una de las mejores de la vida de Michael Myers.
Justo cuando Halloween IV: El regreso de Michael Myers llegaba a los cines en 1988, el productor Moustapha Akkad ya tenía su mente centrada en un quinto episodio, que quería tener listo para el año siguiente. El inesperado giro argumental en los minutos finales de la película de H. Little trazó el camino a seguir, y Shem Bitterman fue contratado para escribir una primera versión del guión de Halloween V: La venganza de Michael Myers (Halloween 5: The Revenge of Michael Myers, 1989). En él, Jamie Lloyd se había convertido en una asesina y Michael Myers continuaba su intento por matarla. La idea fue rechazada (disgusto de Donald Pleaseance incluído) y Michael Jacobs y el director de la película, Dominique Othenin-Girard, formaron el guión definitivo que llegó a la pantalla. El rodaje empezó el 1 de Mayo de 1989 y la película se estrenaba cinco meses más tarde.
Lástima, porque la idea de Bitterman era más refrescante que el producto final. En Halloween V se decide regresar a la formula que ya funcionó en el anterior film: Jamie escapando una y otra vez de Michael Myers mientras el doctor Loomis le persigue, y los demás personajes entran y salen sin apenas repercusión. Ahora hay un claro compotente fantástico en el ambiente: tío y sobrina están enlazados por un extraño vínculo telekinésico que tendrá más o menos explicación en la secuela posterior, como ese misterioso Hombre de Negro que decide liberar al mal en el último minuto.
Halloween V fue calificada X por el gran nivel de violencia y sangre que fueron añadidos tras el rodaje, por lo que algunas secuencias de muerte fueron editadas para conseguir llegar al nivel R (menores de 17 años acompañados de un adulto). La película es una de las gráficas de la saga y no está exenta de anécdotas, como la eliminación de una secuencia en la que el cuchillo de Michael Myers (Don Shanks) alcanza y traspasa la pierna de la pequeña Jamie Lloyd (Danielle Harris).
Esta cuarta secuela (o tercera, según se mire) se descalabró bien en taquilla, cayendo en picado a la semana de estrenarse. Actualmente, es la Halloween que menos dinero ha dado. Unamos a eso que la crítica no la aceptó.
Parece ser que, a pesar del final abierto, la gente se estaba cansando de Michael Myers más allá de las lágrimas de éste…
En los años 90, Daniel Farrands, fan acérrimo de la saga, escribió una primera versión de Halloween 6, que pretendía enlazar a la perfección la historia de las cinco películas anteriores y al mismo tiempo reinventar la franquicia. A Paul Freeman, el productor de Halloween V, le gustaba mucho el trabajo de Farrands. Al mismo tiempo, Miramax Films se hacía con los derechos de Michael Myers para utilizarlos en el futuro.
Halloween 666, la propuesta de Farrands, daba respuestas al porqué Michael Myers es un sádico criminal. Los aspectos sobrenaturales que se intuían en la quinta película volvían con más fuerza que nunca y presentaban a Michael como una víctima de la maldición de Thorn, una maldición ancestral celta que se activa la noche de Halloween. Por esa razón, empezó a perseguir y a matar a miembros de su familia.
El guión (considerado por Donald Pleaseance como el mejor desde el original) fue reescrito más de once veces, pero no fue el único problema al que se tuvo que enfrentar Halloween: La maldición de Michael Myers (Halloween, The Curse of Michael Myers), finalmente estrenada en 1995. El casting y la dirección sufrieron algunas bajas: Danielle Harris ya no iba a interpretar a Jamie Lloyd por no llegar a un acuerdo económico; no se pudo contactar con Brian Andrews, el Tommy Doyle original, para que lo volviese a encarnar, y el director previsto, Fred Walton, le pasó el proyecto a Joe Chapelle. Durante el rodaje los disgustos no cesaron: Paul Freeman, el productor, no dudaba en eliminar y modificar secuencias a su antojo (incluyendo el propio final) en el set. Miramax, viendo el desastre, pidió a Chapelle rodar escenas adicionales para paliar algunos problemas de narrativa. En ese marco temporal, Pleaseance fallecía a los 76 años de edad (éste es su último doctor Loomis).
Existen dos montajes de esta sexta entrega: el Producer´s Cut y el que se estrenó en cines, el Theatrical Cut. El primero es, para gran mayoría de los fans, infinitamente superior y se centra más en Thorn y en los miembros de la secta que son responsables de la locura de Michael. En el final original, el misterioso Hombre de Negro revelaba su identidad real: Wynn, un personaje que apareció fugazmente en La noche de Halloween. En el plano final del film, Loomis descubría horrorizado que había caído víctima de la maldición.
En la taquilla pasó sin pena ni gloria (Miramax decidió destinar la prioridad de su dinero a Hellraiser: Bloodline) y los críticos de todo el mundo la destrozaron. A día de hoy, incluso el propio Farrands reniega de ella, alegando que no es el Halloween 6 que tenía en mente.
Trivia: ¿sabe el fan más loco y fiel de la saga que Quentin Tarantino estuvo a un paso de formar parte del proyecto?
Con Scream (Wes Craven, 1996) y sus secuelas revitalizando el fuego del slasher adolescente y el veinte aniversario de la saga a la vuelta de la esquina, era de esperar que Michael Myers tuviese de nuevo su momento de gloria tras la irregular última entrega. Fue la misma Jamie Lee Curtis quien creyó oportuno el momento ideal para volver a la noche de Halloween, así que se alió con Kevin Williamson (el guionista y padre de la mencionada Scream) para dar con una historia que estuviese a la altura. Robert Zappia y Matt Greenberg escribieron el guión, con el título Halloween 7: The Revenge of Laurie Strode.
Se optó por reanudar la historia allá donde lo dejó Halloween II e ignorar lo sucedido en las tres películas anteriores, aunque el tratamiento original sí las respetaba e incluía una referencia a la muerte de Jamie Lloyd. John Carpenter declinó la oferta de dirigir esta especie de reencuentro y le dio el relevo a Steve Miner, el responsable de Viernes 13: 2ª parte y Viernes 13: 3ª parte. El resultado fue la estimable Halloween H20: 20 años después (Halloween H20: 20 Years Later), que llegó a las pantallas en 1998.
En esta séptima -o tercera, según se mire- entrega, situada veinte años después de lo acontecido en 1978, volvemos a ver a Laurie Strode (Jamie Lee Curtis), ahora madre de un joven (Josh Harnett, como reclamo teen) y profesora de instituto. Aterrorizada por lo sucedido en el pasado, Strode vive bajo un nombre falso, Keri Tate y se dedica a ahogar sus penas en alcohol. Pero para su -no- sorpresa, Michael Myers (Chris Durand) regresa por todo lo alto y tumba su mundo haciendo lo que mejor sabe: matar.
Hasta 2007, Halloween: H20 fue la más taquillera de la saga. Gracias al resurgimiento del género en la época en la que se estrenó y al empeño de Lee Curtis, la crítica la vio con buenos ojos y se convirtió en todo un hit. Para los fans más puritanos, la historia de Michael Myers termina aquí, con un contundente final que dejó clavado a más de uno en la butaca el día de su estreno.
A veces, hay cosas que son mejor dejarlas tal y como están. Entre ellas estaba la saga que nos ocupa. La séptima película había acabado a lo grande con Michael Myers, pero Miramax quería repetir la jugada de Halloween III: El día de la bruja y presentar una nueva secuela sin el silencioso ejecutor de la máscara neutra. Moustapha Akkad y los fans insistieron en resucitar al personaje, y en el año 2000 se anunció de forma oficial Halloween: The Homecoming. El título cambió más tarde al definitivo: Halloween: Resurrección (Halloween: Resurrection, 2002). Para quien escribe estas líneas, la peor película que ha parido la serie.
Rick Rosenthal, director de la maravillosa Halloween II, se hizo cargo de esta octava entrega tras el rechazo inicial de Whitney Ransick. El reparto se compuso de caras jóvenes y conocidas como las de Bianca Kajlich, Sean Patrick Thomas, Daisy McCrackin o Thomas Ian Nicholas. Mención aparte merece un INSOPORTABLE Busta Rhymes empeñado en tirar abajo los momentos en los que aparece. También tenemos a una fugaz Jamie Lee Curtis, obligada a intervenir por contrato, que regresa para un breve cameo de quince minutos. Brad Loree encarna (como puede y le dejan) a Michael Myers.
La trama no hay por donde cogerla, no tiene razón de ser. Tras un prólogo en el que Laurie Strode no termina del todo bien, nos presentan a unos personajes (los más flojos que hayamos visto) que concursan en una especie de Gran Hermano dentro de la casa de los Myers. Claro está, éste aparece y los mata uno a uno, mientras sus webcams son seguidas por los adolescentes de Haddonfield. Los productores, conscientes del desastre de película que habían visto, pidieron rodar secuencias adicionales, lo que retrasó el estreno previsto en Abril de 2002 a Julio del mismo año.
Poco más que añadir. Los espectadores se sintieron defraudados y en la taquilla la película funcionó de manera irregular. Da pereza hablar de una secuela que no aporta nada y que aparte destruye el buen sabor de boca de Halloween: H20. La explicación que se da del porqué Myers sigue con vida es, cuanto menos, paupérrima y muy cogida por los pelos.
Señor Rosenthal, con lo bien que le había salido el invento en 1981, ¿qué le ocurrió en Resurrección?
«Adelante, pero ante todo que tenga tu estilo» le aconsejó John Carpenter a su amigo Rob Zombie (director de La casa de los mil cadáveres y Los renegados del diablo) cuando éste fue elegido por Dimension para reiniciar Halloween. El anuncio se hizo oficial en 2006, un año después de la trágica muerte del productor Moustapha Akkad en un atentado acontecido en Ammam.
Halloween: El origen (Halloween, 2007) es un remake pero también es una precuela y también un reboot. Básicamente, son como dos películas en una. El primer acto, completamente nuevo, lo protagoniza un Michael Myers niño (Daeg Faerch) que empieza a cortejar con la maldad matando al típico abusón de colegio. Cuando decide acabar con la vida de su hermana y de su novio, asistimos a una recreación de La noche de Halloween tal y como la conocemos, pero Zombie se permite modificar y expandir la historia a su gusto porque al fin y al cabo es SU película. Como bien señaló el crítico Bill Gibron, La noche de Halloween se centraba más en Haddonfield y en sus ciudadanos y en Halloween: El origen, Zombie hace que sentamos empatía por Michael Myers.
Una de las virtudes del film es su respeto al clásico original mientras lo adapta a los tiempos modernos. Los personajes siguen siendo los que Carpenter y Hill idearon en 1978, algunos incluso con más tiempo de pantalla. El tema principal sigue ahí, maravillosamente conducido por Tyler Bates. La máscara de Michael Myers tiene un peso significativo en la historia y éste, interpretado por el gigante Tyler Mane, vuelve a marcar esa presencia amenazante que se perdió en las secuelas. Incluso las localizaciones son las mismas, utilizando el mismo vecindario que fue testigo de los primeros pasos de Michael en los 70.
El recibimiento a la propuesta de Zombie fue algo tibio, pero la taquilla se encargó de subsanar cualquier duda: ésta es la entrega que más dinero ha recaudado. Mala o no, este Halloween: El origen resultó ser un bálsamo de lo más estimulante.
El hijo de Moustapha Akkad, Malek, confirmó en 2008 el deseo de trabajar en una segunda entrega del Halloween: El origen que tanto dinero les había dado. A los franceses Julien Maury y Alexandre Bustillo (Al interior) se les ofreció la posibilidad de dirigir, pero rechazaron. En principio, Rob Zombie no quería dirigir una continuación, pero finalmente llegó a un acuerdo: él se encargaría del guión y de la dirección al completo. Ahora ya no había necesidad de seguir el patrón de las secuelas ni de las notas de John Carpenter. Malek dio a Zombie absoluta libertad creativa para hacer lo que le viniera en gana. Los cimientos de lo que acabaría siendo Halloween 2 (2009) ya estaban en pie.
Homenaje o pura casualidad, en este Halloween 2 encontramos piezas del Halloween II de 1981: un inicio que enlaza con la película anterior, Laurie Strode (Scout Taylor-Compton) siendo llevada al hospital de Haddonfield y la revelación de que se llama en realidad Angel Myers y es hermana del asesino que la persigue. He señalado este «enlace» porque ya no encontraremos nada más de lo que se ofreció en el pasado. El doctor Loomis (Malcolm McDowell) ahora intenta lucrarse de la matanza con un libro que narra lo acontecido un año atrás y Michael Myers (Tyler Mane) es una figura fantasmal que vaga por las calles hasta que una visión de su madre (Sheri Moon Zombie) hace que reactive la búsqueda de su hermana.
Como ocurrió en la sexta película de la saga, Halloween 2 puede verse en dos montajes: el Director´s Cut y el Theatrical Cut. El primero, más oscuro y con muchos más minutos, solo puede verse en USA y se asemeja a la visión original de Zombie. El segundo es el que llegó a los cines y a DVD en España. La diferencia entre ambas versiones radica en el personaje de Laurie Strode y su lucha por intentar olvidar la masacre de Myers el año anterior y en el climax final. A gusto personal, el Director’s Cut es claramente superior.
La crítica, como su predecesora, estuvo dividida: a algunos les encantó el cambio maduro, psicológico y duro que Zombie había imprimido en una saga necesitada de frescura. Otros odiaron su toque personal y lo catalogaron de «basura infecta». Para bien o para mal, lo cierto es que Halloween 2 sabe distanciarse de sus hermanas y ofrecer algo que no dejará indiferente a los espectadores.
De momento, la saga acaba aquí. Pero no es ni mucho menos el final: siguen apareciendo comics, sigue apareciendo merchandasing y Dimension ya trabaja en Halloween 3D. Sí, las tres dimensiones han alcanzado finalmente a Michael Myers. Se desconoce si aprovechará la historia iniciada por Rob Zombie, pero se sabe con seguridad que Patrick Lussier (editor de Halloween: H20) se pondrá detrás de las cámaras. Existe un guión y se dice que es bueno, pero la producción se ha ido directa a estrenarse el año que viene. El tiempo dirá. Porque claro, en Halloween todo el mundo se merece un buen susto de vez en cuando.
José Mellinas
Sitges 2012: Antiviral & Chained dos películas con apellidos ilustres
Fotos: Sitges Film Festival
Brandon Cronemberg respondía en la rueda de prensa en el Festival de Sitges que David Cronemberg no es su padre, ocurrencia que no fue bien recibida por todos. Lo cierto es que en su debut es inevitable encontrarle influencias de su progenitor puesto que Antiviral entronca con la nueva carne en la que tanto ahondó Cronemberg padre. La película nos sitúa en un futuro no muy lejano (e incluso bastante verosímil) en el que las industrias farmacéuticas comercian con virus incubados por los famosos para que sus fans puedan inoculárselos y padecer así los mismos dolores que sus ídolos. Syd Marc (un acertadísimo Caleb Landry Jones), trabaja para una de esas compañías y trafica con virus pirateados, poco a poco se irá complicando y descubrirá toda una red de corrupción.
Impecable en su puesta en escena, retrata espaciosas estancias dominadas por la asepsia del blanco para retratar una sociedad enferma, que se regodea en lo mórbido como negocio. Llama igualmente la atención que no haya escenas de sexo, en verdad el deseo de entrar en comunión con los idealizados famosos se viabiliza igualmente a través de la enfermedad, incubar sus virus es una manera de poseerlos, de hacerlos carne de la propia carne (y por si fuera poco también se comercializan filetes de carne elaborados con las células de los admirados).
Antiviral se alzó con el premio a mejor película concedido por el jurado joven en Sitges, prueba de que se supo reconocer sus méritos. Sin embargo, en la platea se oyeron algunos silbidos empañando los aplausos, se hace extraña esa reacción ante una película que de haber estado firmada por Cronemberg padre habría sido recibida como el gran regreso al fantástico. Parece que algunos no le perdonasen la filiación al body horror quizás precisamente porque lo hace con mucho talento propio y con un ojo crítico muy certero. Ya se sabe, hay tantas opiniones como opinantes y es difícil que haya unanimidad. En cualquier caso, desde esta tribuna animamos a estar pendientes de este director que muestra buenas trazas ya desde este distópico debut.
Tampoco hubo unanimidad en la acogida a Chained, última película de Jennifer Lynch que se hizo con la mención especial del jurado y el premio a la mejor interpretación masculina para Vincent D’onofrio.
Lynch sigue dándonos buenos momentos de cine de género con este relato de uno de esos secuestros prolongados durante años que tanto nos impresionan en las noticias. Por su tono frío y realista nos recordaba en ocasiones la atmósfera de Henry, retrato de un asesino (Henry: Portrait of a Serial Killer, 1986, John McNaughton), aquí el asesino serial adopta al hijo de una de sus víctimas para entrenarlo como esclavo casero y, más tarde, como primogénito de su linaje de perversiones. Una tarde de sábado, Tim (Evan Bird) de ocho años, y su madre Sarah (Julia Ormond), serán escogidos por un demente taxista, Bob (Vincent D’onofrio) a la caza de su próxima víctima. Para su horror, Tim es testigo del asesinato de su madre. Pero no será el último. Bob mantiene a Tim como un esclavo, encerrándolo bajo llave y forzándolo a limpiar y enterrar los cuerpos de las jóvenes mujeres que lleva a casa. Ahora un adolescente, Tim (Eamon Farren) comprende que se le permitirá tener cierta libertad si él se convierte también en un asesino.
“Sentía una fascinación enorme por el personaje de un monstruo humano y de la infancia robada”, ha explicado Lynch. Así lo retrata, el personaje de D’Onofrio tiene mucho de esos ogros de los cuentos infantiles, se alimenta del niño (al que pasa a denominar rabbit) pero no literalmente como en las fábulas sino que se estimula más a sí mismo pervirtiendo a su rehén, eso es lo que hace diferente a Chained. Pueden ser brutales sus asesinatos (aunque Lynch no se regodea en los aspectos más gores) pero su malignidad se manifiesta en su máximo esplendor en su trabajo de anulación del pequeño al que condiciona en toda su voluntad. Y la cámara de Lynch se muestra precisa en su planificación, los detalles justos para hacer comprender al espectador la intensidad dramática de lo que nos plantea la película. Se le critica que haya sucumbido a la tentación de haberle buscado una explicación biográfica y psicológica al origen de la psicopatía de nuestro asesino, es cierto que le resta crudeza pero se entiende como intención de mostrar al monstruo humano en toda la polisemia del término. Igualmente se le critica el último giro que viene a explicar el secuestro, pero, sea más o menos forzado ese final, no empaña a un film crudo como pocos se tuvo ocasión de ver en Sitges.
Y no lo empaña porque el segmento central tiene la suficiente fuerza como para hacerse perdonar ese supuesto declive en el epílogo. Ahí es donde brilla, además, el buen hacer de D’onofrio, quien borda ese ser depredador por el que sentimos asco, miedo y pena. Muy merecido el premio a su actuación contenida a la par que espléndida. En suma, una pequeña gran obra la que nos ofrece Jennyfer Lynch, en ella brilla con luz propia lo que ya es un logro cuando el apellido pesa como un constante juego de comparaciones.
Sitges 2012: cuando la realidad es lo terrorífico,The Tall Man y Compliance
En The Tall Man (2012, Pascal Laugier), el nuevo film del responsable de Martyrs (2008), se nos ofrece , esta vez en coproducción entre Francia y Canadá, un argumento con pueblos semidesiertos que se derrumban, niños que desaparecen y la encarnación del mal en un hombre del saco al que llaman The Tall Man. En el rol protagonista una eficaz Jessica Biel –a la que también podemos ver en el remake de Desafío Total (Total Recall, 2012 Len Wiseman) y en la (como mínimo curiosa) Hitchcock, donde recreará a Vera Miles– sabe pasar perfectamente del papel de víctima al de culpable con su actuación temperada, nada histriónica.
Efectivamente, en The Tall Man nada es lo que parece y el juego de espejos distorsionadores nos desliza hacia giros inesperados que obligan al espectador a reinterpretar las imágenes una y otra vez hasta conducirle a una encrucijada moral. Y ello sin que las vueltas de tuerca, tan de moda en el cine actual, chirríen un sólo momento. Esa efectividad se consigue con la puesta en escena y, sobre todo, con su meticuloso montaje: Laugier juega con los encuadres salpicándolos con detalles de fondo a los que habrá que estar muy atentos porque acabarán cobrando significación cuando cambie radicalmente el punto de vista de la narración, pequeños detalles como fotos en las paredes que interpretamos de un modo cuando los vemos por primera vez y de otro cuando vuelvan a aparecer gracias a como se han montado los hechos en la trama.
Otro elemento, pues, que juega a su favor es la desecuenciación del tiempo. La película empieza in media res: vemos a la policía cercando la salida de una mina (tras unos rótulos que hablan de la desaparición de niños en EE.UU) e inmediatamente pasamos a un primer plano del rostro de Jessica Biel lleno de heridas, sumando ambos detalles pensamos que la protagonista ha sido víctima de uno de esos secuestros. Y durante el primer tercio, el flashback, seguimos pensándolo. La primera hipótesis es que alguien está secuestrando a los niños del pueblo amparándose en la superstición del hombre del saco, pero conforme avanzamos en el flashback (ojito con el SPOILER) pasamos a pensar que son los mismos lugareños los que llevan a cabo los raptos, hasta descubrir que la culpable es la propia protagonista (fin del SPOILER). Si en su primer tercio la película avanza a modo de whoduit en el último acto ese interrogante es sustituido por el por qué lo ha hecho. Y cuando se revele (después de habernos hecho una hipótesis que el film vuelve a desmentir), nos encontraremos ante una encrucijada moral: ¿es lícito practicar el mal para conseguir un bien mayor?
El film de Laugier funciona, por tanto, como un juego de escaques en el que todos los movimientos están pensados para llevarnos desde la confusión a la luz y a la reflexión. Conducido todo ello por una voz en off que resulta ser la del único personaje silente, clara metáfora de que es posible devolver su relevancia a los que han sido silenciados por la injusticia social. Es posible que a los más fanáticos del género y, sobre todo, a los que estén esperando otro ejercicio como Martyrs, se vean decepcionados, sin embargo, nosotros pensamos que este es un film de brillante factura, aunque las dos partes de Serendipia no llegan a un acuerdo sobre el ritmo. Mientras una insiste en que es el que más favorece a la precisión de la trama, la otra indica que es excesivamente pausado, lento hasta la exasperación. Lo que está claro es que The Tall Man no es una cinta pensada para entretener, es una película que le habla a la inteligencia más que a la emoción, y eso no será de agrado para todos los públicos. En todo caso, no os la perdáis porque dará que hablar.
The Tall Man se estrenará en España con el dudosamente bien elegido título de El Hombre de las Sombras, esperamos que si la cinta de Craig Zobel (de la que vamos a hablar a continuación) se estrena en nuestra tierra no traduzcan su título, porque el campo semántico del ‘compliance’ inglés va desde el acatamiento hasta la complacencia, y la acción de la película no se explicaría si ese actuar desde la conformidad que obtiene placer en la observancia.
Compliance se vio envuelta de controversia en su paso por Sundance, no tanto por sus imágenes, como por su aparente falta de verosimilitud y, sin embargo, la cinta está basada en hechos reales (y los internautas han podido comprobar que lo narrado aconteció en un McDonalds de Kentucki). Se nos cuenta la historia de Becky (Dreama Walker) quien acude a otro anodino día de trabajo en el restaurante de fast food en el que trabaja. Todo es totalmente normal hasta que se recibe una llamada telefónica, supuestamente de la policía, en la que se la acusa de haber robado a una cliente, desatándose desde ese momento una pesadilla en la que el abuso de poder campa a sus anchas y en el que vemos que la pérdida de los derechos puede depender de, simplemente, una llamada de teléfono. Un hilo argumental que posiblemente hubiera agradado al Hitch de Falso culpable (The Wrong Man, 1956). La pérdida de la cotidianidad que corta el hilo del presente y amenaza el futuro de la protagonista. Y no sólo por el tema del falso culpable habría satisfecho a Sir Alfred, también le habría complacido el uso del suspense que no procede de elementos sobrenaturales sino de miedos muy ordinarios como el temor a perder el trabajo (en una situación como la actual puede ser una auténtica catástrofe) o la aprensión que nos produce todo lo que guarde relación con la policía. Compliance demuestra que para construir a un villano no se necesitan colmillos ni rasgos monstruosos, basta con un elemento tan habitual como un simple un teléfono móvil en manos de una mente perversa.
La cámara de Craig Zobel se entretiene en detalles mínimos en la obertura del film, es una mañana fría en algún lugar de Estados Unidos, nieve en la calzada, la trasera de un camión, objetos típicos de un fast food abandonados en el suelo… Compone así auténticas naturalezas muertas que tienen por objeto situarnos en un paisaje que nos resulta conocido por corriente.
Sandra (una efectiva Ann Dowd), la directora del restaurante de la franquicia se dispone a encarar un día duro, un descuido con el congelador la ha dejado sin suficientes provisiones para servir sus especialidades justo en un día en que habrá supervisión. Todos van a tener una carga de trabajo extra para salir con éxito de la prueba, pero nada de eso mina la camaradería habitual. Con muy pocos elementos Zobel describe a sus principales personajes, Sandra es una mujer madura que sigue siendo bonachona e ingenua pese a su cargo y Becky es una joven adolescente algo frívola que no ha acabado de perder su inocencia. Estos rasgos de carácter ahondarán el drama cuando empiece a trastornarse todo.
A media jornada se recibe la llamada del agente Daniels (Pat Healy), que informa de que una de las trabajadoras ha sido acusada de robo y ordena a Sandra que sea su intermediaria en el interrogatorio e inspección de la sospechosa. En todo momento la cámara es cercana a los personajes, se diría que actúa como un narrador que, aún siendo omnisciente, está contaminado del punto de vista de los protagonistas de la acción; siempre firme en su trípode realiza sutilísimas correcciones de encuadre que nos imbuyen el nerviosismo que se vive en la escena. Como en los mejores filmes de suspense el espectador intuye que los personajes están siendo víctimas de un engaño, así descubre con satisfacción que el autor de la llamada no es más que un vulgar bromista que nada tiene que ver con la policía. Durante el primer tercio de la película no vemos al villano Daniels, de modo que cuando aparece en pantalla, nosotros como «detectives» aficionados, nos felicitamos por nuestra perspicacia.
La extorsión de Daniels se asienta sobre los mecanismos del timo, es decir, todos son sus víctimas, no sólo Becky, pero Sandra y quienes colaboran con ella, no dejan de obedecer al supuesto agente con complacencia incluso cuando les instiga a darle a la adolescente un trato vejatorio. Y como todo buen film de intriga hace al público cómplice del delito porque todos esperamos ver hasta dónde van a ser capaces de llegar y casi nos alarmamos tanto como el falso oficial Daniels cuando está a punto de perder la comunicación (igual como cuando deseamos que Norman Bates pueda ocultar el cadáver en Psicosis).
Lo dicho, Compliance, habría complacido al bueno de Hitchcock. Y el aficionado también saldrá satisfecho, porque, más allá de que esta hiperrealista cinta (Zobel se apoyo en grabaciones reales), pueda en ocasiones resultar paradójicamente inverosímil, hay que reconocerle su capacidad de mantenernos en tensión durante todo el metraje.
Abbott y Costello contra los fantasmas vuelve a la pantalla
Coincidiendo con el centenario de Universal Pictures, Sherlock Films y Cines Verdi reponen en Alta Definición (2K) para el próximo 24 de agosto la entrañable comedia de terror, Abbot y Costello contra los fantasmas (Bud Abbott & Lou Costello Meet Frankenstein, 1948) de Charles Barton, protagonizada por el mítico dúo cómico que da nombre al título, así como por Lon Chaney Jr., Bela Lugosi y Glenn Strange.
Noticia que me llena de una íntima alegría ya que este film fue para mí una bomba de relojería. Les cuento:
Durante toda mi niñez fui alimentando con tebeos que mi progenitor compraba y luego me pasaba. No, yo no recuerdo haber
leído cuentos, ni demasiados Pulgarcitos o TBO. No. Mi padre, en cuanto terminaba su Vampus, Dossier Negro, Rufus o Vampirella se lo daba al niño, que los devoraba y coleccionaba con fruición y cariño. Tambien mi padre me hablaba de unos actores de los que no podía ver películas porque ya no las daban en el cine, como Bela Lugosi, Boris Karloff o Lon Chaney. Veía sus fotos en artículos en esos mismos comics y deseaba ver esos grandes clásicos pero… nada. No olviden de que les hablo de mucho antes de la eclosión del video doméstico. Así que cuando reestrenaron en 1975 Abbott y Costello contra los fantasmas y pasó por el cine de mi barrio, no perdí la oportunidad de verla. Y volverla a ver. Y otra vez… incluso pedí el cartel al dueño de la sala y aún lo conservo. En el cartel no veía a esos humoristas (o caricatos, como decía mi padre) que desconocía: veía a Frankenstein, Drácula y el hombre lobo y sobre todo los nombres de Bela Lugosi y Lon Chaney.
Tampoco es sorprendente que este film esté marcado a fuego en la memoria de los denominados «Monster Kids» americanos. Toda una generación que creció durante los cincuenta y principios de los sesenta con los pases de los clásicos del horror en la naciente televisión. Y claro, con la aparición de la revista Famous Monsters, que desató toda una locura de merchandising monstruoso, haciendo nacer aficiones por este cine en los sanos niños americanos que no siempre fueron bien vistas por unos progenitores que, al encontrar estas publicaciones en poder de sus vástagos sufrian sofocos mayores que los que pasarían si lo que hubiesen hallado en el cuarto de su hijo fuera una revista danesa. Así que si bien estos padres eran reacios a que sus hijos vieran los films de terror puro y duro, no lo eran tanto si se trataba de este pequeño-gran clásico de la comedia. ¡Que equivocados estaban! No había nada que hacer ya que este film funciona en ambos niveles: como film terrorífico y como comedia. Y estos «Monster Kids» al igual que el que esto escribe, quedamos marcados para siempre bajo el influjo de los monstruos de la Universal.
EL ÚLTIMO CLÁSICO DE LOS MONSTRUOS UNIVERSAL
Sinopsis: Los cuerpos del Conde Drácula (Bela Lugosi) y del monstruo de Frankenstein (Glenn Strange) viajan a los Estados Unidos desde Londres para ser exhibidos en el Museo del Terror. Chick y Wilbur (Abbott y Costello) son los desastrosos transportistas encargados de llevarlos hasta allí. Pero esa noche, las temibles criaturas vuelven a la vida: El Conde Drácula huye junto al Monstruo de Frankenstein para buscarle un nuevo cerebro. Para poder atraparlos, Chick y Wilbur contarán con la ayuda de Larry Talbot (Lon Chaney Jr.) un misterioso personaje del que les conviene mantenerse alejados las noches de luna llena… Una delirante aventura sembrada de caos, terror y risas.
Bud Abbott y Lou Costello fueron el dúo cómico más famoso de los años 40 y 50, triunfando en el teatro, la radio y la TV. Juntos protagonizaron más de treinta películas, casi todas bajo la producción de Universal. En ABBOTT Y COSTELLO CONTRA LOS FANTASMAS, considerada la mejor película de la pareja, protagonizan una entrañable aventura fantástica acompañados de los míticos monstruos del estudio, interpretados por tres de sus grandes estrellas: Bela Lugosi (Drácula), Lon Chaney Jr. (El hombre lobo) y Glenn Strange, el actor que más veces interpretó al Monstruo de Frankenstein junto a Boris Karloff. Juntos, con esta película, culminan una etapa en la que dominaron las taquillas durante más de una década. Más tarde, y visto el éxito de esta combinación de humor-terror, el dúo cómico no dudó en repetir el cóctel con otros film de menor calado como, entre otros, los siguiente títulos dirigidos por Charles Lamont: Abbott and Costello meet the Invisible Man (1951), Abbott and Costello Meet Dr. Jekyll and Mr. Hyde (1953) o Abbott and Costello Meet the Mummy (1955). Películas que, por otra parte, siguen teniendo valor para el aficionado al fantástico.
Para cuando se rodó esta película, los pobres Frankenstein, Dracula y el hombre lobo, la santísima trinidad de los monstruos Universal (a la que también se le añade actualmente el hombre invisible, el fantasma de la ópera, la novia de Frankenstein y la criatura de la laguna negra), estaban a punto de ser desbancados por monstruos gigantes, atómicos y sobre todo, por los alienígenas venidos de otros mundos. Así que le tocó a esta comedia cerrar el ciclo clásico de la Universal, ciclo que se inició, si nos ceñimos a los tres más reconocibles, en 1931 con el Drácula de Tod Browning. Que fue seguido por Frankenstein (1931, James Whale) y ya en los años cuarenta El hombre lobo (The Wolf Man, George Waggner). Las criaturas dieron para algunas secuelas (que fueron menguando en ideas y presupuesto) y su encanto se terminó de explotar combinando los personajes entre sí en unos films que, si bien son la cota más baja de la serie, tienen un encanto incontestablemente naif.
Ya no quedaba mucho por hacer con los atormentados monstruos. El siguiente proyecto, en linea con los anteriores cócteles de monstruos se pensaba titular El cerebro de Frankenstein, pero convirtiéndolo en una comedia protagonizada por los cómicos que estaban salvando de la bancarrota a Universal (al igual que lo hicieran antes las películas de horror). Abbot y Costello harían blanco de sus humoradas a aquellos monstruos que tanto miedo hicieron pasar a los espectadores dos décadas antes. Pero el resultado no fue tal. Vista ahora no desmitifica a nuestros queridos monstruos, muy al contrario, los ensalza e incluso les ofrece un digno canto de cisne.
“Ya no se hacen películas como ésta. Los momentos de terror dan miedo de verdad y las escenas de comedia son realmente divertidas. Una de mis favoritas desde los cinco años” – Quentin Tarantino –
- 16:15 h. y 18:15 h. (VERSIÓN DOBLADA CON EL DOBLAJE DE LA ÉPOCA)
- 20:15 h. y 22:15 h. (V.O.S.E.)
Por cierto, el cartel que se ha escogido para esta nueva reposición reproduce aquel que, con nueve años de edad, pedí en el cine y que conservo con tanto cariño.
Hablando de carteles. Aquí tenemos el de su estreno en España (1950):
El de su reestreno en 1965:
Y el de la reposición de 1975:
Prometheus, el enigma de lo humano

Aquí me afianzo
y formo hombres
según mi idea.
A ese linaje semejante a mí
para que sufra y llore,
goce y se alegre
y te desprecie ¡Como yo!
Perfectamente podrían ser estas palabras de Goethe las que salieran de la boca de esta criatura con la que se inicia la última película de Ridley Scott. El inglés arranca su film con un prólogo de impacto, una secuencia que bien podría quedar inscrita en las antologías de las mejores escenas de ciencia ficción con aquella otra que nos regaló el mismo autor en Blade Runner. Y no sería vano, porque ese prólogo es toda una declaración de intenciones que nos pone sobre aviso de que estamos nuevamente ante el mismo tema que ha arrancado los más bellos fotogramas de Scott: Blade Runner se aparecía en su momento como una nueva tematización del mito de Prometeo, el cual es sin duda el más angular de Occidente en torno a la pregunta sobre el sentido de la existencia humana. Ahora la inquietud de Scott se evidencia ya desde el título, la nave protagonista lleva por nombre Prometheus (dando nombre a la película) y no es en absoluto por azar. En ella un grupo de científicos y exploradores emprende un viaje espacial a un remoto planeta, una rara estrella recién descubierta, donde los límites físicos y mentales de la tripulación serán puestos a prueba. El motivo de la misión es que los humanos creen que allá podrán encontrar la respuesta a las preguntas más profundas y al mayor de los misterios: el origen de la vida en la Tierra. Pero lo más importante no es la respuesta que encuentran, al fin y al cabo eso es el resorte de la trama y la trama es un auténtico Mac Guffin, sino todos aquellos interrogantes que quedan inconclusos.
Prometeo, hijo de Japeto y la oceánide Climene (más un héroe que un dios), es para la mitología clásica el forjador de hombres: aquel que para proteger a los humanos comete el sacrilegio de robar el fuego del taller que comparten Hefesto y Athenea. Y recibe por ello el castigo de Zeus: ser atado a una roca en el Hades y que un águila devore continuamente su hígado. El castigo se hace extensible a los hombres, frutos del sacrilegio, a quienes se les envía a Pandora con la caja en la que se contienen todos los males, incluida la esperanza que es la única que quedará dentro después de que la caja sea abierta por la curiosidad humana (a veces tan malsana). Del mito nos interesa, sobre todo, su intención la cual a nosotros ya no nos puede llegar de otro modo que bajo la lectura que de los materiales griegos hicieron los románticos (con el poema de Goethe que hemos citado a la cabeza, pero sobre todo con la recreación de Mary Shelley en Frankenstein): mediante la efigie de Prometeo (Frankenstein) y su leyenda, los occidentales nos contamos nuestra condición. Esto es, nos representamos a nosotros y a nuestra existencia como fruto del desafío, nos vemos hijos del intento de asaltar el trono de la creación y desde ahí dominar la vida y la
muerte. En la última película de Scott son muchas las máscaras bajo las que se manifiesta esta figura mítica. Y su conclusión, como siempre, arroja a las ciegas esperanzas de las que ya habló Esquilo. Veámoslo por partes.
En Prometheus, como antes en Blade Runner, tenemos una corporación capaz de crear vida inteligente, Weyland Industries (auténtica protagonista de la campaña viral del film), a ella pertenece la nave, y creación suya es también uno de sus habitantes:
el androide David, principal «instrumento» para el resto de sus tripulantes, interpretado por el dúctil Michael Fassbender. Probablemente es el personaje más interesante de la cinta, nos atrevemos incluso a decir que en David, Scott, traspone a un sosias de Roy Batty, el más perfecto Nexus 6 de Blade Runner. En boca del androide es puesta la pregunta fundamental: ¿Por qué nos han creado? Y la sombra de la más desoladora respuesta posible: probablemente porque existía la posibilidad de hacerlo, sin mayor motivación alguna. En David se centra, pues, la gran incógnita de lo humano; aunque él no sea más que una réplica resume las mejores virtudes de los humanos, llegando hasta la perfección de poder tomar decisiones, le vemos disfrutar del cine, del cuidado de las plantas, de todas las actividades superiores de los hombres e, incluso, ser capaz de ponerse en el lugar del otro. Y la curiosidad que tanto ha hecho avanzar a la especie y que, a la vez, tantos peligros le ha arrojado, está presente en él, como versión mejorada de lo humano que es. El androide tiene su antagonista en Meredith Vickers, la responsable del Prometheus ante la corporación, interpretada por Charlize Theron, de quién se descubrirá que en verdad es la hija de Peter Weyland, fundador y lider de Weyland Corp.
Podría decirse que Vickers encarna la negatividad, casi un principio del mal, como si fuera el gémelo perverso de David. Nos encontramos así con uno de los tópicos más queridos por el director, el de los límites entre lo tecnológico y lo humano o, lo que es lo mismo, como los hombres pueden ser aventajados por sus propias creaciones. En verdad, podría decirse que David y Vickers son las criaturas de ese renovado Víctor Frankenstein que es Peter Weyland, una encarna las virtudes humanas de su creador, la otra sus defectos, esto es, se ha alcanzado la paradoja de que la máquina sea más humana (en su sentido de humanitaria) que el propio hombre. O, lo que es lo mismo, la doble dimensión del monstruo de Frankenstein se explicita en esta dualidad de «hermanos», dándose la paradoja de que Weyland se reconoce más en el androide que en su propia hija.
No hemos acabado con los elementos prometeicos de la película. Entre los dos antagonistas tendríamos un tercer personaje, la doctora Elizabeht Shaw (Noomi Rapace), que es un auténtico símbolo de la ciencia dentro del film. A ella se debe la expedición puesto que ella fue quien descubrió en unos yacimientos la constelación a la que veneraron las antiguas civilizaciones como origen de los creadores de la raza humana. Shaw es un ejemplo de cómo fe y razón pueden darse la mano dentro de una misma persona y, por tanto, de como ambas actitudes son cruciales para nuestra especie. Recela de la figura de David mientras que, a su vez, Vickers la ve como rival en el liderazgo del equipo; sobre ella recae la responsabilidad de poner
a salvo la supervivencia de nuestra especie (ella que curiosamente es estéril). Ella misma será una superviviente y, aunque el camino que ha recorrido gracias a la ciencia podría haberla abocado al escepticismo, seguirá abierta a la esperanza. Esa que quedó encerrada en la caja de Pandora.
Con escepticismo ha sido recibida Prometheus por parte de la crítica, al menos de una porción de esta. La opinión se ha dividido, algunos la saludan como una nueva obra maestra de la ciencia ficción, mientras otros la consideran totalmente fallida. Las razones por las que nos ha resultado grata esta película ya han quedado expuestas, pero es que si ese trasfondo filosófico no nos interesa (o nos pasa desapercibido), consideramos que igualmente funciona a la perfección como pieza de entretenimiento. Con alguna decaída, el ritmo es vigoroso y se secuencian bien las escenas de acción para mantener el interés a lo largo de su metraje (algo excesivo, como casi siempre en el cine actual). Probablemente algunas críticas negativas son debidas a las expectativas que despertaba el hecho de presentarse como precuela de Alien. El lector ya habrá descubierto a estas alturas que Prometheus se mueve de forma perfectamente autónoma a Alien, y esto es algo que no ocurría, por ejemplo, en la precuela de La Cosa estrenada el pasado año. Pero es que, más allá de ello, de Alien no toma sino unos cuantos elementos prestados que dan pie a otros pocos guiños a esta, por tanto, lo correcto es considerarla como un nuevo cuento que aumenta el imaginario de la saga como ocurre en el universo extendido de Star Wars. Si hay que buscarle un precedente a Prometheus nosotros, como se ha visto, nos decantamos por Blade Runner, por su mayor proximidad temática y por su tono. Pero más allá de los referentes la película tiene savia propia y merece por si mismo un notable puesto entre las dirigidas por Scott.

































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