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Archive for the ‘CINE CLUB’ Category

Madame Marguerite: Cuando entre el ridículo y la genialidad hay tan solo un paso

MADAME MARGUERITE (Xavier Giannoli, 2015)

Francia/República Checa/Bélgica. Duración: 127 min. Guión: Xavier Giannoli, Marcia Romano Fotografía: Glynn Speeckaert Productora: Fidélité Films / Scope Pictures / Sirena Film Género: Comedia dramática.

Reparto: Catherine Frot, Christa Théret, André Marcon, Michel Fau, Sylvain Dieuaide, Aubert Fenoy

Sinopsis: París, años veinte. Marguerite Dumont es una mujer adinerada, amante de la música y la ópera. Desde hace años canta regularmente frente a su círculo de amigos, pero lo hace absolutamente fuera de tono y nadie se atreve a decirle la verdad. Tanto su marido como sus amigos, se han dedicado siempre a mantener su fantasía. Todo se complica el día que ella decide presentarse frente a un verdadero público en la ópera.

Premios
2015: 4 Premios César: Mejor actriz, sonido, vestuario y diseño de prod. 11 nom.
2015: Festival de Venecia: Sección oficial largometrajes a concurso
2015: Festival de Sevilla: Sección oficial a concurso

“Entre el ridículo y la genialidad hay sólo un paso”, afirma un personaje en un momento de Madame Marguerite. Sentencia que bien podría haber sido uno de los lemas de la exposición Cultura basura. Una espeleología del gusto (CCCB mayo-agosto 2003) comisariada por Jordi Costa en la que se daba cuenta de que “los productos de la cultura basura son aquellos que la cultura oficial considera aberrantes, pero que el consumidor, a partir de la ironía, es capaz de elevar a la categoría de fascinantes” y concretaba ejemplos como “someterse a la extraña belleza de un monstruo de feria. Rendirse al tosco placer de escuchar un aria de Mozart descuartizada por la voz de Florence Foster Jenkins…”. Pueden hacerse una idea de qué hablamos cuando decimos ‘tosco placer’ pinchando el vídeo que sigue a continuación:

Florence Foster Jenkins (1868–26 de noviembre de 1944) fue una excéntrica soprano estadounidense que se hizo famosa por su completa falta de habilidad musical, y Xavier Giannoli quedó fascinado por ella:  “hace más de diez años, oí en la radio la voz, hilarante y trágica, de esta cantante que cantaba completamente en falso. Descubrí que era estadounidense y que vivió durante la primera mitad del siglo XX. En su único disco, había una foto de ella con unas alas en la espalda y la sonrisa confiada de una mujer que parecía totalmente inconsciente de la incorrección cómica de su voz” (extraído marg cartelde la entrevista al director por Fabien Lemercier para Cineuropa). Ese fue el germen de su película que no pretende ser un biópic sino una obra más personal tomando distancias con respecto a la historia verdadera. Ese distanciamiento es, para su director, una manera de liberar espacio a favor de lo fabuloso y novelesco. A partir de una joya de lo bizarro Giannoli alumbra una película cargada de sensibilidad en la que se aborda la universal necesidad de una ilusión para vivir y de su peligro si se excede amparada por el mal (¿o en ocasiones es un bien?) de la hipocresía. Nos habla de cómo podemos ser víctimas de un (auto)engaño y a la vez dependientes de la mentira, porque, paradójicamente quizás, esa convicción ilusoria es la que nos da seguridad. Y todo ello enmarcado (y enfocado) sobre la gran pregunta sobre qué es el arte y hasta dónde hay que llegar para conseguir la obra maestra, la obra total.

Giannoli desplaza la anécdota de Foster Jenkins de los años 40 a los años 20 y de Estados Unidos a Francia. Estamos en la Belle Époque, en la cima del art decó que ya convive con el aflorar de las vanguardias, en la frontera justa en la que un mundo está muriendo y otro está irrumpiendo. Asistimos a un canto de cisne desde la primera línea de sus protagonistas. Foster Jenkins se convierte en Madame Marguerite Dumont, hija de la alta burguesía, esposa de un aristócrata que vive de la fortuna de ella, y amante de la música, especialmente de la ópera. Un ser inocente y excéntrico al que Catherine Frot, en estado de gracia, dota de una gran humanidad. Durante años ha cantado frente a su círculo más cercano en fiestas y galas benéficas (financiadas, igualmente, con su dinero). Canta terriblemente mal y es incapaz de afinar, pero nadie quiere decírselo y su familia disimula para mantener su ilusión (a la par que sus intereses en ella). Todo se complica cuando es descubierta por Lucien Beaumont (Sylvain Dieuaide), crítico musical de un medio alternativo, fuera de los modelos y cánones establecidos, que le escribe una crítica en apariencia elogiosa (en verdad es una mordaz ironía escrita por divertimento). Marguerite querrá entonces dar el gran salto y cantar ante el gran público sin que nadie sea capaz de hacerle ver el embeleco que la envuelve.

Para Marguerite la música se convierte en la expresión de una libertad, de una insumisión. Es capaz de lo que sea: se rebela contra su medio, rompe con todos los códigos, conoce artistas (impagable su participación en un acto dadaísta) y gente que le infunden el ánimo y la necesidad de liberarse, de hacerse cargo de sí misma. Todo eso la proyecta a situaciones muy divertidas, pero siempre sobre el frágil suelo de la mentira que se extiende bajo sus pies. Giannoli le da tratamiento de comedia, pero también de intriga, sentimos miedo de que sepa un día esa verdad y a la vez (esa perversidad del espectador que tan bien exploró y explotó Hitchcock) lo deseamos, esperamos el momento en el que la situación dará el vuelco trágico al que parece predestinada. En la persecución de la quimera del éxito musical, se esconde, además, el anhelo de una mujer que busca ser amada, que quiere (re)conquistar el amor de su esposo. La música es a la vez un sustitutivo y una artimaña, una búsqueda de autonomía y el intento desesperado por recobrar la atención de un marido que se distancia. Por eso la tensión dramática es aún mayor, sabemos que si cae el velo del fingimiento no sólo caerá su mundo, sino su propia integridad.

Giannoli nos conduce ágilmente por una trama en la que la importancia de la cohorte de secundarios que circundan a la heroína es tan relevante como la de ella misma. Pinta un cuadro coral de personajes perfilados con los trazos justos. Todos mienten movidos por uno u otro interés, pero también todos sienten ternura por esa personita que no busca más que vivir feliz haciendo feliz a otros. De entre esos secundarios hay que hacer especial mención del leal mayordomo Madelbos (Denis Mpunga) principal artífice de la perpetuación de la mentira. Cuida hasta el último detalle para que su señora viva convencida de su virtud y sus triunfos. Es inevitable compararle con el Erich Von Stroheim de El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950, Sunset Boulevard), ambos son los auténticos directores de escena que arropan a un personaje tragicómico, el de la diva que no acepta su decadencia en el filme de Wilder, y el de la aspirante que ignora su incapacidad en el de Giannoli. Tanto en una cinta como en la otra el criado se revelará como el verdadero artista, aunque en la francesa su signo será radicalmente opuesto como sólo podremos saber al final. Un final que nos congela.

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Si la comparamos con la obra maestra de Wilder, también es pertinente traer a colación la igualmente magistral Ed Wood de Tim Burton. De entrada ambas se inspiran en uno de esos ejemplos de la Cultura Basura de la que hablábamos al principio. Burton construye un ensayo sobre qué distingue al impulso artístico partiendo del que ha sido calificado (injustamente, en parte) como peor director de la historia del cine. Pero Burton compone una oda amable sobre la importancia de crear la ilusión y suspende la acción en el momento en que Ed Wood parece haber rozado el cielo; el francés, en cambio, sostiene la narración un paso más allá antes de pronunciar el último ‘corten’, en este sentido no nos brinda concesión alguna. Y es que la obra de arte total, en su sentido más profundo, de la que muchas veces se ha tenido como máximo exponente a la ópera (basta pensar en Wagner), exige para su culminación el sacrificio (piénsese en los castrati, para no abandonar el espacio operístico). No en vano el referente que es tomado como modelo por la ópera es el de la Tragedia Ática (Grecia como cuna del arte occidental) en la que el héroe se enfrenta al destino que es de sí ineluctable y lo hace aun a sabiendas de que está condenado a la derrota.

Dice Giannoli que ” la vida puede ser cómica, burlesca y ridícula y, al mismo tiempo, trágica, profundamente emocionante y a veces dolorosa”. Su película imita a la vida. El arte es mímesis hasta la última consecuencia.

Orgullo+prejuicio+…¿zombis?

ORGULLO+PREJUICIO+ZOMBIS (Pride and Prejudice and Zombies, Burr Steers, 2016)

USA/UK Duración: 108 min. Guión: Burr Steers (Novelas: Jane Austen, Seth Grahame-Smith) Música: Fernando Velázquez Fotografía: Remi Adefarasin  Productora: Cross Creek Pictures / Darko Entertainment / Handsomecharlie Films / Lionsgate Género: Comedia terrorífica

Reparto: Lily James, Sam Riley, Bella Heathcote, Douglas Booth, Jack Huston, Charles Dance, Lena Headey, Matt Smith, Emma Greenwell, Janet Henfrey, Sally Phillips, Dolly Wells, Hermione Corfield, Raiden Integra, Millie Brady

Orgullo_Prejuicio_ZombisLa acción se sitúa en la apacible población inglesa de Meryton, cerca de Londres a inicios del siglo XIX, durante el reinado de Jorge III. En Inglaterra los difuntos empiezan a resucitar convertidos en temibles muertos vivientes a causa de una terrible epidemia llegada de las colonias de Ultramar. En el centro de esta sociedad se encuentra la adorable y muy alocada familia Bennet, con sus cinco hijas casaderas. La señora Bennet (Sally Phillips) ve el matrimonio como única esperanza para sus hijas, pues tras la muerte del señor Bennet (Charles Dance), las jóvenes quedarán abandonadas a su suerte cuando Williams Collins (Matt Smith), (primo de las muchachas y heredero de todo) tome posesión. La intrépida heroína Elizabeth Bennett (Lily James) y sus hermanas, además de buscar un buen matrimonio, tendrán que enfrentarse, gracias a los conocimientos aprendidos en el templo de Shaolin, con cuanto zombi se les cruce en el camino y, al mismo tiempo, evitar que la llegada del altivo y arrogante señor Darcy (Sam Riley) la distraiga de su empeño.

Cuando parecía que ya estaba todo dicho sobre el tan manido tema de los zombis (¿O no recuerdan los castores zombis de ‘Zombeavers‘? ¡Sí, castores zombis!), llega a nuestras pantallas otra sorprendente vuelta de tuerca que parece demostrar que todavía no está todo dicho sobre la cuestión no-muerta. Orgullo+prejuicio+zombis es una refrescante e ingeniosa cinta que consigue, a pesar de lo descabellado que resulta, hacer creíble la premisa de que en pleno siglo XIX podría haber tenido lugar una invasión zombi y que entre los vástagos de las clases mas pudientes hubiera estado de moda ir a Japón (los más adinerados) y a China (los venidos a menos) para aprender las técnicas de lucha oriental con las que enfrentarse a los come cerebros ¿increíble, verdad? ¡Pues no crean!, esta disparatada propuesta que mezcla intrigas románticas con gore; fastuosos bailes de sociedad y elegantes salones con degollinas y zombis devoradores de cerebros, para nosotros, funciona. Además, las elegantes y refinadas damiselas resultan de lo más sexy en su papel de exterminadoras de no-muertos.

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Petrimetres de salón, fastuosas mansiones, trasfondo romántico como corresponde a una novela de Jane Austen, lucha de clases, y un saludable tono irónico muy bien alimentado por una fantástica dirección de arte y un fastuoso vestuario. También ayuda, y mucho, el ramillete de jóvenes hermanas casaderas de entre las que destacan Bella Heathcote como Jane Bennet y, sobre todo, la protagonista femenina, Lily James, que como Elizabeth Bennet representa a la nueva mujer que buscará alejarse del papel que le tiene reservado la sociedad del siglo XIX como mero elemento decorativo ¡Y vaya si lo consigue! Si la actriz ya nos gusto en su interpretación de Cenicienta (Cinderella, Kenneth Branagh, 2015), aquí termina de conquistarnos con su seductora diastema, incorporando un personaje que en principio iba a ser interpretado por Natalie Portman, actriz que finalmente ha tenido que conformarse con la función de productora del filme.

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Por su parte el español Fernando Velázquez realiza un score delicioso para este cóctel de zombies putrefactos y bailes de salón que sigue fielmente la obra de Austen. Tanto que, aunque no sea algo imprescindible el haberla leído, sin duda la película será especialmente disfrutada por aquellos que conozcan la novela.

La película está basada en la novela del mismo titulo  de Seth Grahame-Smith  publicada en 2009. Otra de las alocadas novelas del autor ya fue adaptada en el cine, Abraham Lincoln, cazador de vampiros, con producción de Tim Burton, para quien también escribió el guión de Untitled-1-660x374Sombras tenebrosas (Dark Shadows, 2012). El caso es que la novela de Grahame-Smith ha caído en gracia teniendo cierta continuidad con Sentido y sensibilidad y monstruos marinos (¡no les engaño!) y Orgullo y prejuicio: El amanecer de los zombis o (¡ejem!) Androide Karenina, perpetrados todos ellos por diferentes plumas.

«Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa.» si la  frase con la que se abre Orgullo y prejuicio perdura como una de las más famosas en la literatura inglesa, dudamos que la que abre el filme permanezca como una de las más célebres del cine, pero al menos les servirá para entender de qué va esta ingeniosa pieza:

«Es una verdad universalmente reconocida que un zombi que tiene cerebro necesita más cerebros».

 

‘El infierno verde’: una revisión al cine de caníbales de los ochenta

EL INFIERNO VERDE (The Green Inferno, Eli Roth, 2013)

USA. Duración: 103 min. Guión: Guillermo Amoedo, Eli Roth Música: Manuel Riveiro Fotografía: Antonio Quercia Productora: Worldview Entertainment / Dragonfly Entertainment / Sobras.com Producciones Género: Terror

Reparto: Lorenza Izzo, Ariel Levy, Sky Ferreira, Nicolás Martínez, Kirby Bliss Blanton, Aaron Burns, Magda Apanowicz, Matías López, Daryl Sabara, Adam Leong, Mary Dunworth, Cody Pittman

Sinopsis: Justine y sus idealistas compañeros activistas de Nueva York viajan a la selva en Perú para impedir la destrucción de una parte de la jungla por la tala de árboles que perturbe la vida de una tribu indígena local. Hasta aquí todo son buenas intenciones, que se torcerán cuando descubran que la tribu en cuestión es caníbal.

El_Infierno_Verde_POSTERLa entente entre Eli Roth y Nicolás López comenzó cuando Roth produjo al chileno su película Aftershock (2012). A partir de entonces ambos han trabajado juntos y la conexión del director americano con Chile no ha hecho más que aumentar. No solo se ha casado con una bella actriz del lugar, Lorena Izzo, protagonista de Aftershock y de todas las cintas del director yankee desde entonces, sino que también en sus películas colabora mucho personal de ese país sudamericano, tal y como sucede en El infierno verde, interpretada por Izzo y otros actores conocidos de Nicolás López como Ariel LevyNicolás Martínez (presentes también en Aftershock).

Durante el rodaje en Chile de Aftershock, Eli Roth había comenzado la escritura de un guion sobre un grupo de estudiantes universitarios que buscan resolver los problemas del mundo mediante la difusión de vídeos que avergonzasen públicamente a todo aquel a quien descubriesen haciendo el mal. Antes de darlo por concluido, la organización Invisible Children lanzó el documental Kony 2012, que instaba a los espectadores a involucrarse para acabar con el señor de la guerra ugandés Joseph Kony y con las acciones criminales de la Lord’s Resistance Army. Impulsado por las redes sociales, el vídeo se hizo viral en internet, siendo visto más de 100 millones de veces. Pronto, sin embargo, fue objeto de intensas críticas por simplificar en exceso y por tergiversar, en algunos casos, una situación demasiado difícil y compleja; como consecuencia, el fundador de Invisible Children e impulsor de Kony 2012, el activista Jason Russell, sufrió un ataque psicótico debido al agotamiento y al estrés.

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Roth se sorprendió de que estos acontecimientos de la realidad se asemejasen tanto a la premisa principal de El infierno verde. “Todo el mundo estaba twiteando algo sobre algo que habían visto en un vídeo de YouTube, y casi obligaban a otras personas a retuitear para dejar constancia de que no les era indiferente el tema de los niños soldado de Uganda“, recuerda. “Menos de un mes más tarde, el líder de su causa estaba corriendo desnudo por las calles de San Diego. Finalmente, la campaña de Kony 2012 no hizo apenas nada para solucionar los problemas que subrayaba. Sí que originó un instinto de conciencia, pero sólo a través de esos retuits de YouTube que, evidentemente, no iban a detener a los señores de la guerra“.

Para Roth, la controversia alrededor de Kony 2012 validó el concepto principal de El infierno verde: la idea de que el ‘slacktivism‘ (el activismo de sillón) es un medio para que los usuarios de las redes sociales piensen que están haciendo algo respecto a terribles acontecimientos que están lejos de su control. “Venía de un buen lugar, queriendo ayudar a otros en un lejano rincón del mundo“, dice Roth. “Pero básicamente, se trataba de que las personas se sintiesen mejor consigo mismas“.

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En la cinta de Eli Roth, las buenas intenciones de una ONG pronto se verán ensombrecidas por el egoísmo de todos, caníbales incluidos. La excusa medioambiental, será un buen punto de partida que pondrá el acento sobre el cinismo de algunas ONG’S, así como sobre los sanos habitantes del primer mundo cuando fingen preocuparse por el agujero de ozono o, como en este caso, la selva amazónica. Nuestros protagonistas lucharán para proteger el ecosistema que ha mantenido casi vírgenes las selvas y las tribus que viven en el corazón del Amazonas. Tan grande será su vocación de protegerles, que les servirán incluso de alimento.

La cinta está rodada en la cuenca del Amazonas, en el pequeño poblado de Callanayacu. Mientras localizaban, Roth vio una cabaña que era justo como la que buscaba, bajaron de la barca y pidió a Sánchez que les dijera a los aldeanos  que estaban explorando para encontrar un lugar concreto para filmar la película. Gustavo le comentó que los aldeanos jamás habían visto una película, de hecho no sabían lo que era una película. Sin electricidad, ni agua corriente, Callanayacu apenas tenia contacto con el mundo exterior, más allá de la embarcación que ocasionalmente les suministra productos. Sin embargo, Roth y los productores tuvieron una calurosa acogida y a pesar de los problemas logísticos que tendrían, decidieron rodar allí, algo que los aldeanos decidieron mediante el voto.

Una vez comenzada la filmación, los aldeanos se adaptaron con rapidez al proceso de producción: algunos trabajaron en el departamento artístico, otros ayudaron en las construcciones y el vestuario, mientras que otros sirvieron como figurantes. “Fueron los mejores extras con los que he trabajado“, comenta Roth.”Nunca se quejaban. Acababan una toma y seguidamente reían y reían”. El resultado refleja el fantástico entorno en el que se ha rodado la película y la autenticidad de los extras, muy convincentes en su papel de aborígenes.

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Proyectada en competición en el festival de Sitges de 2013, The Green Inferno, es una revisitación del viejo subgénero transalpino de caníbales, aunque bastante más comedido que los filmes emblemáticos en los que se inspira. Entretenida y a ratos divertida, tiene esas características introducciones tan prolongadas a las que Eli Roth nos tiene acostumbrados y que exasperan a más de uno. Tendrán que tener paciencia, pues hasta el minuto 41 el director no comenzará a poner la carne en el asador.

Resulta refrescante la intención de recrear el alimenticio subgénero de caníbales transalpino, que tantos buenos (malos) momentos ha hecho pasar al público más curtido de la mano de Ruggero Deodato o Umberto Lenzi, directores que llevaron a las pantallas de todo el mundo las más importantes muestras de este indigesto género, Holocausto Canibal (1980) y Canibal Feroz (1981), respectivamente. Pero lo  malo de El infierno verde es que, para el público más curtido, la propuesta de Roth se le quedará muy corta. En cuanto a los que se acerquen por primera vez al tema, posiblemente pasarán un mal rato, sobre todo el sector femenino, pues Roth ha tenido a bien introducir entre los ritos caníbales uno muy sensible y exclusivo de la mujer. Bon Appetit!

 

Sitges 2015: ‘Slow West’ y ‘Hellions’. De órbitas lejanas y fantástico

15 octubre 2015 Deja un comentario

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SLOW WEST (John McLean)

My name is john Ford, i make westerns.  Todo el mundo conoce esta concisa autopresentación del genial cineasta, escueta y contundente. Decir Western es pensar en Jonh Ford, porque casi todas las claves del género nacen en él y los mejores personajes, también. Ford es el padre de los arquetipos, a los que capturó en Slow-Westmemorables escenas que darían para hacer toda una tesis sobre qué es el cine. Uno de los más memorables (y de los más queridos por mí) es el tío Ethan de Centauros del desierto (me gusta mucho más el poético título en español que el original en inglés). Ethan Edwards (de otro modo, John Wayne) es el solitario, el outsider que no pertenece a ningún grupo, con cierto toque de perdedor (estuvo en la batalla de El Álamo), pero que será vital en la reconstrucción del hogar, de un hogar del que nuevamente quedará ausente porque él no puede echar raíces, sólo actuar como catalizador y luego partir (ese emocionante plano final). Elegir un sólo momento del filme es casi un sacrilegio, pero quería hacer hincapié en uno de los más emblemáticos: aquel en el que Wayne alza al vuelo a Nathalie Wood (su sobrina raptada en la ficción) y vence su primer impulso (el mejor indio es el indio muerto y ella ya es casi una india) para acabar abrazándola tiernamente. Ahí está la redención del héroe, o mejor del antihéroe, y uno de los elementos más relevantes del relato.

Encabezar un artículo sobre Slow West hablando de Ford puede inducir a pensar que hemos elevado excesivamente el listón, pero es que la película de John Maclean es fiel a los cánones del género (para algunos hasta demasiado) y Fassbender se resuelve excelentemente en la encarnación de un personaje que en otro tiempo habría sido encargado a Wayne. Por otra parte Slow West comparte con Centauros su estructura de viaje de iniciación, de camino hacia el crecimiento de los personajes, y de historia de redención (con una interesante vuelta de tuerca en su final). El título se le 740full-slow-west-posterajusta a la película como un guante, porque vamos a encontrarnos ante un fresco que retrata el Oeste tomándose su tiempo, como si nos condujera a cámara lenta (sin usar ese recurso, no se me asusten) hacia un entorno mitológico poblado de seres casi fantasmales. Y a esta humilde comentarista le ha venido a la mente Dead Man, el clásico de culto de Jim Jarmusch, por ese abanico de personajes extravagantes, esas charlas en campamentos surreales y esa atmósfera casi onírica que se sostiene durante todo el filme .

Slow West tiene mucho de crepuscular, pero a la vez también de amanecer, porque después de todo nuestra mirada, pese a la voz en off de Silas (Fassbender), se vuelve cómplice de la de Jay, el adolescente escocés que ha cruzado medio mundo para recuperar a su amada, encarnado por Kodi Smit-McPhee (el niño de The Road que ya no es tan niño y empieza a perfilarse como promesa). Él es el noble, por nacimiento y por actitud, que es capaz de apreciar el lado bello de las cosas, por eso ante ese desfile de los rostros y tipos que pueblan el Oeste y que, como decíamos, se presentan como en un desfile sonámbulo, sólo él conserva la esperanza en su mirar. Jay es el héroe romántico en el sentido estricto del término quien, análogamente a lo que ocurre con Alférez Cristoph Rilke (nos referimos al protagonista del relato de Rilke),  convierte Slow West en una canción de amor y de muerte de la que saldremos redimidos igual que el personaje interpretado por Fassbender. Podríamos decir que Slow West es una balada a la esperanza dentro del crepúsculo, que nos reconforta llenándonos de dulce melancolía.

¿Está esta cinta realmente en la órbita del fantástico tal como se nos presenta en el Festival de Sitges? Ya no sé qué respuesta dar a esta pregunta, más que pronunciar un titubeante tal vez (por su atmósfera onírica y sus personajes sonámbulos), cada vez veo menos claro cuáles son los contornos de los géneros. Lo que sí sé es que Slow West es un buen filme que no nos deja indiferentes tras su visionado.

HELLIONS (Bruce McDonald)

Beauty, Power and GraceLo que comienza como otra rutinaria cinta de terror con la festividad de Halloween como escenario, termina siendo una sorprendente pesadilla lisérgica. Un ejercicio de puro terror enmarcado en el más perfecto American Gothic. Un mal viaje en el que lo de menos es su argumento, y lo primordial la atmósfera, que consigue transmitir inquietud mediante el buen manejo de diferentes elementos como el sonido, la música, y sobre todo la luz, que desde la tarde al ocaso de una luna de sangre, juega con los colores consiguiendo trasmitir una atmósfera irreal a esta pequeña pieza de artesanía.

La acción, situada tal y como se ha comentado en Halloween, está protagonizada por la joven Chloe Rose, actriz que realiza un soberbio solo de interpretación enfrentándose a los diferentes miedos que la acosarán durante tan especial noche, especialmente unos siniestros niños, pero también sangrientas visiones. El filme también cuenta con Robert Patrick, que ustedes recordarán como el frío T-1000 de Terminator 2 (Terminator 2: Judgment Day, James Cameron, 1991) y Rossif Sutherland hijo, efectivamente, de Donald Sutherland y medio hermano de Kiefer en el papel de médico. En cuanto a Bruce McDonald, su prolífico director,  ya pudo disfrutarse de su talento en Sitges durante la edición de 2009, cuando se proyectó Pontypool (2008),

En Hellions se entra o no se entra, pero sin duda no dejará indiferente al espectador. Una de las piezas interesantes de puro género que se han podido ver durante esta edición del festival aunque fuera de competición y relegada a la sección Panorama Fantàstic.

 

La visita, un inteligente found footage

11 septiembre 2015 Deja un comentario

Shyamalan-festival-terror-portugues-MOTELx_EDIIMA20150907_0789_4Antes de abordar este comentario debo establecer dos previas: me gusta el cine de M. Night Shyamalan, la primera; y soy una enamorada de los ejercicios de estilo. La visita tiene esas dos bazas, de modo que no podía dejar de agradarme. Confesado esto me siento libre, ya juzgará el lector el grado de objetividad que haya podido yo alcanzar, o mejor dicho, reconocerá el sesgo desde el que interpreto.

Me ha parecido pertinente esta aclaración porque Shyamalan es uno de esos directores que goza de acérrimos defensores y de detractores no menos acérrimos. La última vez que discutí sobre su cine en un foro fue en 2008, recién estrenada El incidente, una película que no deja de tener sus peros, allí se pretendía ya que Shyamalan había de ser considerado como un cineasta sobrevalorado puesto que tras El protegido no habría rodado ninguna obra redonda.protegidoA mí se me antojaba, y se me antoja, un juicio precipitado: la valía de un director, muy probablemente, no puede certificarse hasta que éste ha abandonado las cámaras, sólo entonces, cuando disponemos del abanico global de toda su filmografía, es cuando podemos enjuiciar su talento. ¿Cuántas películas tuvo que dirigir Hitchcock hasta rodar Vértigo? Tampoco Sir Alfred estuvo igual de certero en todas sus cintas, pero ya nadie es capaz de negarle su condición de genio.  No pretendo equipararles, pero ambos son autores que se definen por su capacidad de jugar con el público, el uno con su implacable uso del suspense, el otro con esa capacidad de llevar al espectador donde quiere para luego sorprenderle. Y Shyamalan es bueno en lo suyo.

visita 1Los giros de guión gustan a Shyamalan más que un saco de golosinas a un niño glotón. Por esa razón hay quienes le consideran un timador, un tramposo, sin reparar en que una mentira bien contada puede convertirse en obra de arte. Esas vueltas de tuerca tan características de su cinematografía las resuelve con distinto acierto según el filme, pero cuando logra perfilarlas bien, nos ofrece un auténtico prodigio. Un engaño, sí, pero un engaño bello. Y La visita es un ejemplo de buen uso del recurso. Como no podía ser de otro modo, su última cinta esconde un giro en la trama, en esta ocasión bien trabado, perfectamente coherente y que desencadena un desenlace vibrante. Pero hay más, y esto es un SPOILER, el giro verdaderamente interesante es el formal: sólo al final comprendemos que en verdad lo visto hasta ahí nunca fue metraje encontrado sino un auténtico (falso)documental FIN DEL SPOILER. Ya descubrirán ustedes porqué afirmo esto.

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La visita es una producción modesta, sólo se han invertido cinco millones de dólares, pero tal como ocurre con otras producciones de la Bloomhouse es una obra correcta más allá de que satisfaga o no nuestros gustos. La cinta saca el mayor partido posible a su bajo presupuesto consiguiendo aunar en ella el terror (que irá subiendo de intensidad a lo largo del metraje), el drama familiar (calibrando bien el arco de transformación que llevará a los personajes a madurar y superar sus conflictos) y la comicidad (con un humor negrísimo en ocasiones). El acabado del filme nos deja la sensación de que se han seleccionado los elementos exactamente necesarios para dar vida a esta historia hasta el punto de que parece incluso un acierto más su modestia presupuestaria. Los efectos son los justos, su corrección reposa en un guión bien temperado con una evolución que no obliga nunca a suspender la incredulidad, unos actores que bordan sus interpretaciones y, por supuesto, una puesta en escena impecable en la que Shyamalan nos hace ver que hay otros usos posibles para el found footage cuando parecía que ya se había visto todo.

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El found footage de Shyamalan no pierde en ningún momento su lógica (continuamente está justificado el punto de vista de los planos) y demuestra que rodar cámara en mano no tiene porqué implicar una sucesión de imágenes atropelladas, oscuras y de difícil visión. Para quien esto escribe, La visita es junto a The Sacrament de Ti West (sin desmerecer [REC]1) el mejor trabajo dentro de este estilo narrativo. Con el plus en este caso de que sirve al director para llevar a cabo todo un ejercicio de metacine. La excusa para acudir a este recurso es la voluntad de una joven adolescente de llevar a cabo un documental de su primer encuentro con sus abuelos a los que no ha conocido nunca. La quinceañera hace gala de tener un buen conocimiento de la teoría del lenguaje audiovisual de modo que Shyamalan a través de ella nos regala toda una lección de cómo hacer cine que se permite incluso hablarnos de la licitud de los reality televisivos. Como decía de buen principio La visita es todo un ejercicio de estilo, y nada hueco porque está puesto al servicio de la narración y su intriga. Para mí ese es el mayor valor de la cinta. Justo el que hace que, el último trabajo del director hasta el momento, sea la prueba de que Shyamalan se ha ganado por derecho propio un lugar de honor en el fantástico.

¡Anacleto nunca falla!

3 septiembre 2015 Deja un comentario

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ANACLETO: AGENTE SECRETO (Javier Ruiz Caldera, 2015)

España. Duración: 87 min. Guión: Fernando Navarro, Pablo Alén, Breixo Corral (Cómic: Manuel Vázquez Gallego) Música: Javier Rodero Fotografía: Arnau Valls Colomer Productora: Zeta Audiovisual Género: Comedia.

Reparto: Quim Gutiérrez, Imanol Arias, Berto Romero, Alexandra Jiménez, Carlos Areces, Rossy de Palma.

Sinopsis:Adolfo, un treintañero que trabaja de segurata, está pasando una mala racha. No sólo le deja su novia de toda la vida por ser un tipo sin ambición sino que, para colmo, se convierte en el objetivo de una serie de matones liderados por Vázquez, un peligroso criminal que acaba de escapar de la cárcel. Además descubre que su padre tiene una doble identidad. No es un payés dedicado a la producción de embutidos, como él ha creído toda la vida, sino que es Anacleto, un agente secreto en horas bajas y el hombre que encerró a Vázquez hace treinta años. Adolfo tendrá que abandonar su zona de confort y colaborar con su padre, la persona con la que peor se entiende del mundo, para sobrevivir a la venganza de Vázquez y de paso, entre tiroteos y persecuciones, intentar recuperar a su novia.

TeaserImanolbajaEl Anacleto crepuscular que nos ofrecía el filme de Javier Ruiz nos daba algo de miedo, hemos de admitirlo. Además,  rostros tan familiares como el de Imanol Arias encarnando al agente secreto creado por Vázquez, como que se hacía un tanto cuesta arriba, a pesar del cariño que en esta casa se le tiene a la familia Alcántara. Pero afortunadamente Anacleto: Agente Secreto resulta ser una comedia sencilla pero bastante ingeniosa, con buenos gags visuales, acción bien coreografiada y buenos diálogos, así que esta nueva incursión cinematográfica de Z Audiovisual (Mortadelo y Filemón contra Jimmy el cachondo, Zipi y Zape y el club de la canica) en el universo Bruguera sale, bajo nuestro punto de vista, bastante airosa del envite.

Y es que Anacleto, personaje creado por el mítico ilustrador y vividor Vázquez  y publicado por vez primera en 1964 en Pulgarcito, quizás no ha llegado, al igual que sus otros personajes, al nivel de popularidad que tienen los  creados por Francisco Ibáñez. Pero entre sus, a veces demasiado veloces, dibujos y guiones, podía entreverse un nivel de ironía y modernidad del que carecían los míticos agentes de la T.I.A.

Y este es el personaje y el universo con el que se ha encontrado el director del film, Javier Ruiz, que ya había demostrado que sabía hacer comedias sin caer en el ridículo o en la Quim-teaser-Anacleto-bajachabacanería. Para muestra ahí tienen las magníficas Promoción Fantasma (2012) y Tres bodas de más (2013), comedias inteligentes que dejaron buen sabor de boca a más de uno. De los repartos de sus tres largometrajes ha extraído Ruiz  a los jóvenes protagonistas de Anacleto: Agente Secreto, ya que tanto Quim Gutiérrez (que demuestra de nuevo su vis cómica), como Alexandra Jiménez, Berto Romero y Carlos Areces (todos de eficacia probada) habían participado en anteriores filmes del director. En cuanto a Imanol Arias, defiende bien su papel y a los pocos segundos desistimos de imaginarle llamando a Merche. Es Anacleto y consigue desenvolverse bien tanto en los momentos de acción como en los cómicos, aunque admita que no son precisamente lo suyo, especialmente el humor: “Estuve acojonado con ese tema hasta que me di cuenta de que mi misión en esta película era hacer de crupier de casino y repartir cartas para que otros se lucieran, no para ser yo el gracioso“. Pero el caso es que funciona. Al igual que nuestro admirado Carlos Areces que encarna, en una mezcla rocambolesca, al último Vázquez, autor en la realidad y archienemigo en la ficción, tal y como ocurría en las historietas.

Buena química entre los actores protagonistas, gags visuales a lo Bruguera y cariñosos e impagables detalles decorativos completan esta digna propuesta de dotar de vida a todo un universo que, desgraciadamente está algo olvidado, y que conviene cuidar como lo que es: oro en viñetas. Nuestro patrimonio.

 

Lilting, una melodía ajena a la estridencia

lilting pósterComo los mundos ingrávidos y gentiles de Machado, Lilting es fundamentalmente un filme sutil. Tanto en su fondo como en su forma. Hong Khaou en su ópera prima compone un delicado poema con el que nos narra un drama intimista que apunta hacia la constatación de que el lenguaje de los sentimientos abre más puentes hacia la comunicación que el lenguaje verbal de las palabras. Nos lo cuenta cadenciosamente (como ya indica el título), haciendo hincapié en la línea melódica de la historia. Aborda temas universales (la soledad, el sentimiento de culpa, el choque entre culturas y, sobre todo, la necesidad de comunicarnos y amarnos), pero los muestra de forma liviana tal como si nos estuviera desgranando una sencilla balada. Su levedad es la que la hace profunda.

Junn (Pei-Pei Cheng) es una anciana chino-camboyana que lleva casi treinta años en Inglaterra pero que, y pese a que habla seis idiomas orientales, nunca ha aprendido el inglés. Richard (Ben Whishaw) es un joven sensible, amante de la cocina china que él mismo prepara, pero, aunque ha sido pareja de Kai (el hijo de Junn) durante cuatro años, no conoce la lengua de Junn. A ambos les une la trágica, por inesperada, muerte de Kai, pero a la vez están separados por kilómetros de convenciones sociales encorsetadas y conflictos interculturales, el principal de ellos recae sobre la dificultad de Kai (Andrew Leung) para hablar de su homosexualidad con su madre. Junn pasa sus días en una residencia para ancianos, allí vive su duelo y sigue su vida, incluso tiene una relación romántica con Alan, otro de los asilados; la barrera idiomática no parece ser un impedimento para vivir su romance. De pronto, su mundo es perturbado por la injerencia de Richard. El joven se siente impelido a ayudarla, no quiere que la madre de su amado termine sus días en la soledad del asilo, así que contratará a una traductora que permita que la mujer se comunique con Alan y con él mismo. Pero las paredes del infierno están alicatadas de buenas intenciones: lejos de facilitar la comprensión, entender las palabras del otro hace que la pareja se distancie. Hará falta que la incomunicación roce su límite  para que ambos comprendan que están unidos por el dolor y que el lenguaje de los sentimientos fluye mejor lejos de las traducciones.

Lilting

Lilting es una película que nos habla de la sensibilidad, de las emociones, y su valor de universal que va más allá de los condicionantes culturales y/o sociales. Y su mejor logro es defender esta tesis jugando la baza de la conmoción. Lilting nos conmueve, por su tema, pero también (y quizás sobre todo) por su puesta en escena. Hong Khaou se muestra hábil en el manejo de la sintaxis audiovisual, así con un simple contraplano a una cama vacía puede informarnos de la muerte del hijo en la secuencia inicial, montaje que por alguna razón nos lleva a recordar el magnífico travelling final de Los cuentos de la luna pálida. Comparar al joven realizador con el maestro Mizoguchi puede parecer exagerado, pero lo cierto es que comparten el buen uso del arte de la sutileza y el saber acercar al occidental el alma oriental. Lilting nos narra la tragedia de Kai mediante ágiles flashbacks que el camboyano introduce sin estridencias ni subrayados. Así un travelling puede acompañar a un personaje desde el pasado hasta el momento actual (o viceversa) sin necesidad de cortes y sin desorientar al espectador (que es lo más importante). Tal se diría que Khaou domina el arte de convertir en sencillo lo complejo. Porque su película fluye pausada como el agua de un arroyo en el final de su curso, cuando va a maridarse con el mar y de sus rápidos sólo queda el recuerdo.

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De la importancia de los recuerdos también nos habla el filme. De los objetos físicos (Richard y Junn llegan a discutir sobre quién de los dos ha de conservar las cenizas del finado), claro está, pero sobre todo de las evocaciones que nuestra memoria hace a partir de ellos. Evocaciones que habrán de ser las que nos permitan resolver los duelos y dejarán que la vida siga adelante después de la paralización que supone toda muerte. Y la cámara se paraliza literalmente en un abrazo de los dos jóvenes antes de volver a la habitación de Junn para fundir a negro sobre la figura de la anciana. En esa secuencia se dan la mano la fuerza expositiva del filme, la dulce discreción del director a la hora de retratar las relaciones amorosas entre dos hombres (algo que todavía es menos normal de lo que debiera ser), y la sabiduría de sus actores principales que nos regalan unas interpretaciones ricas en matices sin caer en ningún tipo de histrionismos. Y su drama nos alcanza con su suave aroma de tristeza que, paradójicamente, nos reconforta.

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