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Archive for the ‘CINE CLUB’ Category

‘Lucero’, la última creación de Norberto Ramos del Val

Fiestas navideñas de por medio y posteriores días de asueto por Córdoba cogieron a Serendipia con la reseña de la última película de Norberto Ramos del Val por hacer. Pero al final y con las pilas recargadas nos despertamos no con una, sino dos reseñas. Ahí van:

Barajé la palabra ‘provocación’ para el subtítulo de este comentario porque el cine de Norberto Ramos del Val siempre busca agitarnos, removernos ya sea por agrado o por su contrario, incomodarnos o, mejor, deplazarnos al extrañamiento, pretende (y consigue) no dejarnos indiferentes. Si acabé sustituyéndola por ‘creación’ fue porque nuestro director no queda reducido a mero agente provocador, su cine desafía porque con él el autor desarrolla nuevos lenguajes y nuevos códigos que son, en verdad, una profundización en (o una decodificación de, si se prefiere) lo clásico para alumbrar nuevos caminos, creando, así, una pléyade de constantes personales e intransferibles que articulan su autoría. Y Lucero, su nueva película, no es una excepción a esta regla.

Lucero cuenta la breve historia de menos de un día en la vida de una mujer sola, una célula más de un tejido humano, una parte del barrio de Lucero. Eva espera una visita, la vemos prepararse, vestirse, maquillarse… La vemos fumar, beber, fumar, beber… Desesperarse porque su cita no llega. Eso y algún problema más, que no desvelaremos, es su excusa argumental. Con esta trama, para hablarnos de soledad, de (in)comunicación, Ramos del Val nuevamente se adentra en el terror, siguiendo las directrices del género pero siendo al mismo tiempo experimental, un fantástico weird que ya ha perlado antes su carrera, pero que, aquí, su extrema consigna, no incluir ni una sola línea de diálogo, hace más evidente. La exclusión de diálogos no es un mero capricho pensado para epatar al público, es todo un recurso dispuesto para lograr trascender fronteras: las del individuo, porque lo que le acontece se puede universalizar; las espaciales, porque no se instala en lo local aunque podamos reconocer su procedencia; e, incluso, las temporales, el director busca mirar al presente desde todos lo tiempos posibles, tanto desde la estética como desde el mismo trabajo de la fotografía. Lucero es, de algún modo, la película más rabiosamente moderna, vanguardista incluso, de Ramos del Val y, al mismo tiempo, la más vehementemente atemporal.

Rodada casi cronológicamente según el tiempo de ficción, apostando por las primeras tomas, y dejando la duración del plano sujeta prácticamente a la magia del momento creativo, nos encontramos con una película de abundantes planos fijos de larga duración que Claudia Molina, protagonista absoluta, sostiene con rotunda solvencia. El trabajo de la actriz es una de las mejores bazas de esta cinta de (casi)único personaje, tanto que el propio Ramos del Val la nombra como co-creadora. Y es que a la interpretación de la actriz se le fía mucho del peso de la verosimilitud de lo narrado, su concentración había de ser máxima y su entrega al personaje absoluta o de otro modo todo lo construido se vendría abajo como un castillo de naipes. Y Claudia Molina supera con nota la prueba.

Ahora bien, sería injusto no reconocer que la verdadera alma mater del filme es el propio Ramos del Val. Y no solo porque simultanea las tareas de dirección de fotografía, composición de la banda sonora y dirección propiamente dicha, sino porque sobre la cinta vacía sus impresiones vitales más personales. Nada existiría sin sus reflexiones sobre esta época ultraconectada y a la vez inmensamente solitaria que nos ha tocado vivir. Ni menos sin el punto de ironía con el que se relaciona con el mundo, con su reflexión sobre él y hasta consigo mismo. Con Ramos del Val nos instalamos muy adentro pero a la vez muy afuera, vemos lo interior en perspectiva, sin autocontemplaciones ni autocomplacencias. Por eso su cine resulta liviano en su profundidad. Confiesa que quería hablarnos de “la necesidad de reivindicar la individualidad consciente; el sentirse a la vez individuo y parte de algo más grande”, y eso es lo que rezuma Lucero. Resume el fracaso de las relaciones humanas en esta época de redes sociales que nos dan la apariencia de estar en contacto con todo y con todos pero que en verdad supone un gran aislamiento. Declara que “esta sociedad que hemos creado nos da a la vez todas las opciones posibles de comunicarnos… y nos acalla brutalmente” y nos lo cuenta, como los mejores artistas gráficos, en una excelente viñeta sin diálogos.

… PERO NO SE VAYAN TODAVÍA, PUES AÚN HAY MÁS:

Para todos aquellos que sitúan a Norberto Ramos del Val como ese director que hace películas en las que sus protagonistas no paran de hablar y hablar; selecciona muy bien a sus actrices femeninas; e, indefectiblemente, las retrata ligeritas de ropa, hay que decirles que llega Lucero, última cinta del director, con la que  contradice totalmente la primera aseveración; casi la tercera; y confirma la segunda, pues su película carece de diálogos, no se desnuda a su actriz hasta el final, y Claudia Molina realiza un auténtico tour de force interpretativo, saliendo más que airosa y confirmando, una vez más, el buen ojo de este viejo zorro.

Con Lucero Norberto deja de lado las comedias protagonizadas por jóvenes modernos atacados de verborrea y nos devuelve la extrañeza que mostró en El último fin de semana (2011), aunque si aquella era, más o menos, de ciencia ficción, Lucero nos adentra en un submundo de satanismo, soledad, comezón y frustración con una ansiosa protagonista que pasa una extraña noche en vela. Eterna, repleta de visiones y viajes oníricos a la manera de aquel Allan Grey, protagonista de  Vampyr (1932) de Dreyer.

Con una acertada banda sonora, que añade tensión y sensación de irrealidad a la pesadilla, y que está compuesta por el propio Norberto, cuenta con un tema final en el que, como catarsis, canta la propia Claudia Molina, pues la barcelonesa también es cantante y posee una bonita voz.

Además de Claudia, actriz de dilatada carrera que debutó a los nueve años protagonizando La moños (Mireia Ros, 1996), Norberto Ramos del Val cuenta para pequeños papeles con la participación de dos actores que ya han trabajado con él, Jaime Adalid (Faraday, 2013) y Edgar Calot (Call TV, 2017). Sin olvidar al gato Obi Wan, que sin acreditar realiza un logrado papel de felino.

 

Sitges 2018: ‘Ánimas’, inaugurando Noves Visions

Hay películas tan redondas en sus giros argumentales que lo mejor que puede decir el crítico de ellas es que son imposibles de comentar si se quiere preservar su magia. Ese es el caso de Ánimas. Así que deberíamos concluir este comentario aquí y dejar que el público la goce sin falsillas, que la goce como experiencia propia sin depender de otro criterio que el suyo. ¿Pero quién puede resistirse a hablar de una obra que nos ha calado hondo por su enorme poder de sugestión?

Hay mucho que decir sobre el segundo largo de ficción del tándem José Ortuño y Laura Alvea, pero hay que hacerlo con la precisión de un cirujano, con incisiones meticulosas que permitan separar sus tejidos sin malograr su cuerpo. Hablar de la maestría con la que se dirige su intriga, pero sin desvelar ni un solo ingrediente de su fórmula. Algo salta a la vista, la clara conciencia de sus autores de que el cine es fundamentalmente imagen, manejan un guion sólido (adaptan la novela del propio Ortuño), sin fisuras, en el que cada detalle está pensado, pero si funciona como película es por el esmero con el que traducen cada palabra en ítem visual.

Quienes sigan un poco la trayectoria de nuestros autores sabrán del trabajo docente de Acheron Films (su sello), de su dominio de la teoría, por tanto, algo que nos demuestra José Ortuño en sus lúdicos #ortuvideos (si no los conocen, ya están tardando en hacerse seguidores de su canal de Youtube), Ánimas confirma lo que ya demostraron con The Extraordinary Tales, que en su salto a la práctica todo ese conocimiento se convierte en oficio. En buen oficio. Cojamos un elemento como muestra: el tratamiento del color. En el arte en general, y en el cine en particular, el uso del color no es casual, es un recurso expresivo con el que el creador nos comunica un concepto, nos hace llegar sensorialmente (y casi sin darnos cuenta) la idea que sobrevuela su obra, por la carga simbólica que pesa sobre los colores y, sobre todo, por el matiz con el que los significa cada artista en particular. Esto es algo que Shyamalan, por ejemplo (un ejemplo brindado por el propio Ortuño), tuvo presente cuando dirigió El sexto sentido, tenía claro que quería asociar el rojo a todo lo que remitiese a lo sobrenatural, de modo que la simple paleta cromática ya transmitiera la atmósfera y el secreto que era clave en el filme. En Ánimas tres son las tonalidades dominantes, el rojo para algunas situaciones, el dorado asociado al personaje de Abraham y, sobre todo, el verde que tiñe todo lo que se refiere a la protagonista, Álex. El verde, con su abultada carga psicológica, tan presente en el cine y que, por el modo de emplearlo en la película de nuestros directores, nos evoca el Vértigo de Hitchcock.

Imposible no ver la alargada (o más bien oronda) sombra del mago del suspense posarse sobre Ánimas, la cinta no esconde, además, su filiación: entre los pósteres que atiborran las paredes de la habitación de Abraham, ocupa un lugar de honor el de Psycho, la película que hizo nacer el cine de terror moderno. No es una cita baldía, además. Ese póster está ahí como pista para el espectador, una pista inteligente, una de aquellas que se quedan en la retentiva y permiten que el espectador, una vez ha descubierto el juego, diga aquello de “¡Ah, claro!”. Todas las alusiones a clásicos del género, que las hay, son significativas. Funcionan como señuelos, nos atraen hacia la formulación de hipótesis que no siempre se cumplirán, pero también (y a la vez) son señales que aportan luz y nos guían por la intrincada gincana cinematográfica que es Ánimas. Como toda intriga que se precie, la de Ánimas se cimienta en capas envolventes y concéntricas, entre ellas no falta el macguffin, uno bien construido que tiene entidad suficiente como para crear una línea argumental desde la que un espectador puede interpretar la cinta; un soporte convenientemente alicatado que permite una lectura superficial perfecta que se basta por si misma para satisfacer al público menos crítico. Nada que envidiarle al uranio de Encadenados. El esqueleto que subyace es un viaje al fondo de la mente que nos lleva hasta allí donde se edifica la identidad, al nido mismo donde incubamos nuestra persona (ya saben, máscara en latín) para enfrentarnos a nuestros traumas. A nuestros temores. Definitivamente, al miedo. Y todo ello en clave de género, pero abordado este desde una perspectiva personal que demuestra que aún se puede innovar en el fantástico sin inventar nada nuevo, tan solo jugando con los recursos clásicos de una forma original.

Dirigir tiene mucho de saber coordinar un equipo, porque el cine es un arte que aglutina el trabajo de un colectivo de artífices movidos desde la batuta del director. Así Ánimas no sería la que es si no hubiera contado con las aportaciones de Fran Fernández Pardo al frente de la dirección de fotografía, de Isabela Pérez a cargo del diseño de vestuario y, por supuesto, de la excelente labor del departamento de efectos especiales. Pero una de las tareas fundamentales es la del casting, la selección de los actores, realizada por la propia Laura Alvea en compañía de Marichu Sanz. Nos cuenta la directora que en sus entrevistas con los actores el criterio para elegirlos era sentir que con ellos entraba el personaje, eso ocurrió con Clare Durant, en ella vieron encarnarse al protagonista, tanto que cambiaron el guion para que el personaje central fuera femenino, y no masculino como rezaba en el original. Y es que esta joven actriz, debutante en cine, tiene una presencia y un arte escénico que llena la pantalla, imposible no enamorarse de su interpretación que nos hace sentir la carnalidad de Álex y su rico universo psicológico. Dándole la réplica nos encontramos con el también debutante en cine Iván Pellicer, excelente en su composición del papel de Abraham, en él vemos materializarse los perfiles de ese adolescente retraído y amante del cine de terror que tiene en Álex su pilar de apoyo. Necesario es mencionar también la aparición de Ángela Molina en un papel secundario, pero de vital importancia dentro de la trama. La veterana demuestra que sigue siendo el mismo animal cinematográfico que era en Bearn o la sala de las muñecas de Jaime Chavarri, probablemente su interpretación más recordada.

Ánimas, una inauguración de gala para la sección Novas Visions del Festival de Sitges. Sin duda una inauguración de gala. Ánimas, una cinta que solo con rememorarla nos provoca el deseo de volver a verla. Y estamos seguros de que en cada nuevo visionado podremos descubrirle nuevos matices, captar nuevos guiños, apreciar mejor la reflexión que comporta. Como ocurre siempre con las grandes obras.

 

El reverendo (First Reformed), tenue atisbo de esperanza

27 septiembre 2018 Deja un comentario

¿Se han preguntado alguna vez qué ocurriría si cruzáramos al pastor Tomas Ericsson con Travis Bickle? La respuesta nos la trae Paul Schrader: del maridaje de ambos, sólo puede nacer el Reverendo Toller, un personaje complejo en el que Ethan Hawke se muestra a la altura de Gunnar Björnstrand y Robert de Niro. Con El reverendo (First Reformed), Schrader revisita al Bergman de Los comulgantes y reinterpreta su propia criatura de Taxi Driver, logrando una obra que parece entablar diálogo  con el Silencio de Martin Scorsese. Sobre estos sacerdotes de celuloide pende una Espada de Damocles que se presenta como crisis interior, como viaje hasta el final de la creencia, que les lleva a cuestionar el sentido de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) para concluir que hay que aceptar que estas no son sino unidas a sus opuestos. Así el reverendo Toller afirmará que de la existencia de la desesperación se deriva el surgimiento de la esperanza. Una verdad trágica  (por ser dialéctica) que sólo pueden soportar los fuertes de espíritu.

You talkin’ to me? La interrogación de Travis es la pregunta que los protagonistas de Bergman y Schrader parecen formularse, el diálogo con Dios es lo que está en juego. Pero la actitud de Toller no es la misma que la de Ericsson, mientras al pastor sueco le pesa la ausencia suprema, el silencio de Dios, el reverendo de Schrader se duele de su incapacidad para orar. El estadounidense, pues, invierte el foco y con ello el drama se sitúa del lado humano y no del divino, un giro que parece permitir entrar un tenue soplo de libre albedrío en el seno de la asfixiante lectura protestante de la fe. En El reverendo parece que todavía está un poco en manos de los hombres la posibilidad de emprender la acción que permita alterar el destino de la humanidad. Schrader concede cuanto menos el beneplácito de la duda a la afirmación de que los hombres pueden alcanzar la salvación por sus méritos, sin quedar supeditados a una predestinación ineludible nacida de un Dios implacable y arbitrario. Es por eso que en el tercer acto abandona la falsilla de Los comulgantes y Toller se convierte, en su desesperación, en un semidios dispuesto a sacrificar su vida (como hace el Hijo de Dios) en aras de un bien más grande. Un héroe, por tanto, cien por cien schradiano que nos trae una brizna de esperanza.

Los chinos han sido educados en el odio y tienen la bomba atómica” dice el personaje de Max von Sydow en Los comulgantes, poco antes de suicidarse. Su sosias en el filme de Schrader es un activista que ha desesperado de su lucha, el mundo que dejaremos a nuestros hijos habrá agotado sus recursos naturales por culpa del afán de desarrollo del capitalismo salvaje al que parece condenada irremediablemente la humanidad. Cada época tiene sus propios miedos, relajada la tensión entre los bloques, aparcada la Guerra Fría, la hecatombe nuclear ha dejado de ser un temor atenazante, pero han aparecido nuevos fantasmas, el cambio climático, la crisis energética, el colapso del planeta por la extinción de los recursos, son ahora los centros de nuestra atención y la fuente de nuevas lecturas apocalípticas (de hecho, el Apocalipsis de Juan de Patmos puede ser leído en clave de catástrofe ecológica). El objeto del pánico cambia, pero, en definitiva, lo que nos aterra es lo mismo: el fin de la especie humana causado por la propia acción del hombre. Para Toller arruinar la creación es el pecado que no recibirá perdón, incapaz de orar, habrá de tomar la determinación de pasar a la obra y aportar su pequeño grano de arena para combatir a los agentes del mal.

Sepulcros blanqueados, Schrader pone en la mirilla a todos aquellos que lucen su piedad ante la comunidad mientras de su ambición se deriva la aniquilación del mundo. Negacionistas del cambio climático, capitalistas desaforados que no detienen ante nada su afán de ganancia, hombres de fe que acogen en el seno de su iglesia a estos lobos con piel de cordero con tal de conseguir llenar sus templos. Dos formas de religiosidad están en juego, frente a la sobriedad austera de la iglesia de Toller, First Reformed, y su menguada congregación, nos encontramos con Abundant Life, con sus instalaciones de vanguardia y sus cinco mil feligreses. La mesura de la confesión original, frente a la religión como espectáculo que busca adeptos tal como los medios sensacionalistas buscan audiencia.

Dos mujeres en torno a Toller, dos formas de vivir la fe. La beatería de Esther (Victoria Hill) que mira hacia el pasado, frente a la sinceridad de Mary (Amanda Seyfried) que apunta hacia el futuro. La fe que constriñe opuesta a la fe que alienta. Mary, esa María encinta que trae esperanza y ganas de vivir. Si alguna redención es posible, vendrá de la mano de aquello que representa la honestidad. Una honestidad que aparta la cólera. Mary es la fuente de amor que aplaca el ansia de aniquilación, la mujer justa que habría impedido la asolación de Sodoma y Gomorra. Mary trae la paz de espíritu necesaria para soportar la carga de la incertidumbre. Más  allá aún, es la que aporta la posibilidad de deponer la duda. Es la que refresca y reconcilia.

Schrader nos obsequia un filme de preciosa puesta en escena. Largos planos que componen cuadros geométricos como forma de expresar la severidad, la frialdad, de la desesperación. Sin música, para comunicar el tormento de un pastor que ha perdido el consuelo de la oración. Y juega con el tempo para sumergirnos en la tortura de la duda. Un ritmo pausado en el inicio que irá acelerándose conforme avanza la trama, conforme Toller va modificando su conducta, desde el dolor de su crisis de fe, hasta la ferocidad de su toma de decisión por el combate contra los nuevos fariseos que están llevando al planeta al límite, a la destrucción. Schrader demuestra una vez más su maestría para enfrentar temas complejos y lo hace ayudado por unos actores absolutamente sumidos en su papel que nos regalan interpretaciones convincentes y contenidas, no hay espacio para el histrionismo en esta cinta que nos lleva de viaje por las simas de la fe y los recovecos del activismo.

El reverendo sacude nuestra conciencia. Nos advierte sobre el peligro de la pasividad. Y nos deja suspendidos ante la pregunta por si es posible detener el tren que puede conducirnos a la autodestrucción. Funde a negro y nos siembra la inquietud. Schrader nos desasosiega, a la vez que nos hace ver un hilo de esperanza al final del túnel. Tal vez todavía estamos a tiempo de salvarnos.

Peter Nanoogian y el rodaje de ‘Eliminators’

30 agosto 2018 2 comentarios

Tras unas primeras incursiones en el mundo del cine realizando, entre otras tareas, la de asistente de director para algunas de las más destajistas productoras norteamericanas como  la New World de Roger Corman,  Cannon o Embassy, donde asiste al propio Charles Band en la dirección de Parásito (Parasite, 1982) y Metalstorm: The Destruction of Jared-Syn (1983), Peter Nanoogian parecía estar más que preparado para librar su propia batalla, así que tras participar en el filme episódico El amo del calabozo (Ragewar /The Dungeonmaster, 1984), para el que escribe y dirige el segmento Cave Beast, recibe el encargo de Empire de  hacerse cargo de Eliminators, una producción que en principio se pensaba rodar en Florida contando con una fuerte inversión por parte de Bob Guccione, propietario de Penthouse. Financiación que le permitiría contar con unos efectos especiales de John Buechler presupuestados en 200.000 dólares. Pero al volver de buscar localizaciones en los Everglades y los pantanos de Florida, Manoogian se llevó el gran chasco al ser informado de los nuevos planes que Band tenía para la producción:

Charlie Band me dijo: ‘Peter, no haremos la película en Florida porque he decidido que no quiero tener ningún compañero coproductor en ella. Yo mismo aportaré el dinero y la haremos por 600.000 dólares en España’. Me dejó destrozado. Le contesté: ‘Charlie, la película está ambientada en los Everglades’. Me dijo: ‘¡No te preocupes, encontraremos una selva en España!’”[1]

Ilustración promocional realizada para las ventas en el extranjero

Charles Band había oído hablar de lo ajustado de presupuesto que le habían resultado a Eduard Sarlui  de Transworld Pictures las dos producciones que rodó en España, Leviatán (Monster Dog, Claudio Fragasso, 1984) y Cosmos Mortal (Alien Predator, Deran Sarafian, 1985). “Charlie quedó tan impresionado de que se pudiera hacer una película con tan poco dinero que pensó que debería financiarla él mismo y así ganaría mucho más dinero. Así que tuve que buscar localizaciones en España y reescribimos el guión”. [2]

Eliminators contó con el guión de Paul de Meo y Danny Bilson, guionistas de confianza de Band que volverían a colaborar con Nanoogian en Arena, ring de las galaxias (Arena, 1989). Lo cierto es que la historia que escribieron no es demasiado compleja:

Takada (Tad Horino) y Reeves (Roy Dotrice) son dos científicos que disponen de una máquina del tiempo, con la que envían al pasado a su mandroide (Patrick Reynolds). Cuando el despiadado Reeves sugiere a Takada que desmantele al Cyborg, pues ya ha dejado de serles útil, este intentará escaparse con él. En su huída Takada será herido de muerte por los secuaces de Reeves, no sin antes indicarle al mandroid que debe buscar al Coronel Hunter.

El Coronel Hunter resultará ser Nora Hunter (Denise Crosby), una atractiva científica que tras escuchar lo que le cuenta el mandroide, entenderá que sus descubrimientos han sido utilizados para crear aberraciones (como el propio Cyborg). Partirá pues junto a él para enfrentarse a Reeves. Con ellos irá el pequeño robot Spot y Harry Fontana (Andrew Prine), un aventurero al que contratarán para que les lleve en su barco a la isla donde está el laboratorio de Reeves, cerca de México. Finalmente se les unirá Kuji (Conan Lee), un Ninja que resultará ser hijo de Takada y que al enterarse del fin de su padre, se unirá al grupo para vengarse.

Una vez en la fortaleza de Reeves, descubrirán que ha modificado su cuerpo convirtiéndose en un poderoso mandroide y que planea viajar al pasado para convertirse en César de la antigua Roma. Pero gracias a la intervención de los Eliminators, Reeves terminará en la era Silúrica, millones de años antes de la aparición del hombre en la tierra[3].

El mandroide en modo oruga…

Los resultados, como no podía ser de otra forma no satisficieron al director, que tenía claras las carencias del producto: Mi problema principal con la película fue el guión. Es como un dibujo animado (…) no es el tipo de película que quisiera hacer, es como un Indiana Jones de pobre. Si vas a hacer una película como esa, tienes que hacerla por 30 millones de dólares y dejar que la acción brille. Pero Charlie no deja que ese tipo de contratiempos lo detengan, lo cual explica por qué ha hecho más de 200 películas”[4].

La cinta se inicia con unos confusos títulos de crédito compuestos por un batiburrillo de imágenes entre las que vemos un ser con media cara ‘a lo Terminator’, romanos (sí, romanos) y alguien que tiene un accidente de avión. La perplejidad da paso sin respiro al comienzo de la película que se desarrolla en el laboratorio donde conoceremos a los doctores Takada y Reeves y al mandroide, un organismo cibernético creado con partes mecánicas y orgánicas. Aunque el aspecto de su cara es insultantemente similar al que lució ese mismo año Arnold Schwarzenegger  en Terminator, de James Cameron, lo cierto es que ciertas características de su diseño nos trae a la memoria a Robocob, lo cual resulta curioso, ya que la cinta de Paul  Verhoeven no se estrenaría hasta tres años después del estreno de Eliminators. También comparte con el protagonista del filme de Verhoeven que ambos personajes tan solo conservan de humano la cabeza, siendo el resto mecánico. Así vemos como adapta armas a su brazo o sustituye sus piernas por lo que llama ‘unidad móvil’, accesorios que resultarán, tal y como veremos a lo largo de la cinta, francamente ineficaces: las armas lanzan unos proyectiles con sonido y aspecto de cohete verbenero,  y la ‘unidad móvil’ más que velocidad y autonomía,  ralentiza y entorpece el desplazamiento del mandroide. Eso sí, esta ‘unidad móvil’ luce magníficamente bien en los carteles promocionales y carátulas del filme.

El ‘mandroide’ y Spot, tal para cual…

Además del cyborg tenemos otro ingenio futurista, Spot, (Search, Patrol Operacional Tactician), un pariente lejano de R2-D2 con aspecto de aspiradora que pretende ser un desahogo simpático a la acción y un guiño hacia el público infantil. Spot terminará siendo una especie de compinche del mandroide, llegando a situarse en su hombro, como si del loro un corsario se tratara. Continuando con los paralelismos efectuados con la saga galáctica, Harry Fontana sería el equivalente, en pobre, a Han Solo: un buscavidas que con su barco (de significativo nombre, No questions!), llevará al grupo a su destino y terminará luchando codo a codo junto a los protagonistas. La taberna donde será contratado no tendrá tanta clientela de diversos pelajes como la que muestra el filme de George Lucas: los principales competidores de Fontana para hacerse con el encargo del grupo de aventureros será Betty Bayou, (claramente una lesbiana) y su compañero Maurice (un homosexual). Dos arquetipos sexistas que perseguirán a los protagonistas con su lancha y serán ridiculizados en diversas ocasiones pretendidamente cómicas.

Pero no todo es acción en Eliminators. También se intenta introducir con calzador su cuota de drama e interés romántico cuando vemos que el  mandroide conserva parte de su memoria humana. Averiguamos que se llamaba John, tenía mujer e hijo y se estrelló con un avión antes de ser convertido por los doctores Reeves y Kanada en un mandroide para sus experimentos. También comenzará a tener dudas existenciales, llegando a pedir a la doctora que lo desactive en una escena que desemboca en algo parecido a un intervalo romántico que terminará en un beso interrumpido por el simpático SPOT.

Ya en la isla el grupo tendrá más aventuras: serán apresados por  unos extraños seres que resultarán ser neandertales traídos por Reeves con su máquina del tiempo; y se les unirá un nuevo miembro, Kuji, un Ninja que resultará ser hijo del doctor Takada. Porque no hay nada más natural que el hijo de un científico se haga Ninja. Kuji va equipado con sus nunchakus, un elemento que por cierto se censuró en Inglaterra, donde había una ley que no permitía mostrarlos, así que esta escena fue recortada en las ediciones de video que se editaron en la pérfida Albión.

La delirante aparición del Ninja motivará que incluso Harry Fontana exclame algo que muchos espectadores piensan:

“¿Esto qué es? ¿Un cómic? Tenemos robots, tenemos cavernícolas, tenemos Kung-Fu… Pero ya está bien, ¿entienden?: renuncio”

Es posible que el personaje hablara por boca del director, el reparto, el equipo y gran parte de los espectadores, pero faltaba el delirio final, protagonizado por Abbott Reeves, que convertido en una poderosa reinona  Cyborg, con capa y escudo y armado con un rayo destructor de átomos, planea ir a la antigua Roma para ser su nuevo César. Pero como ya hemos indicado antes, nuestros amigos terminarán con sus planes enviándolo, de forma casual, a la era Silúrica.

Con semejantes medios y argumento fue todo un mérito que los actores se tomaran medianamente en serio sus papeles pero, ¿Quién puede censurárselo?

Denise Crosby no resulta en Eliminators nada creíble como mujer de acción. Nieta de Bing Crosby, al que nunca llegó a conocer, Denise fue en 1979, con tan solo 22 años, protagonista de un soberbio reportaje fotográfico en Playboy que posiblemente hizo revolverse en su tumba a su mítico abuelo, fallecido tan solo dos años antes. Pero a Denise le llegó la inmortalidad (o algo así) gracias a que llegó a entrar a formar parte de Star Trek, la nueva generación (Star Trek: The Next Generation), donde encarnó durante siete años a la Teniente Tasha Yar, papel que compaginó con otras series televisivas y películas como Muñeco diabólico (Child’s Play, Tom Holland, 1988), El cementerio viviente (Pet Sematary, Mary Lambert, 1989) o Il ritmo del silenzio (Andreas Marfori, 1993), junto a Traci Lords. En la actualidad continúa realizando pequeños papeles para cine y televisión, además de acudir a convenciones Trekkies.

El mandroide / John está encarnado por Patrick Reynolds, otro nieto ilustre, ya que su abuelo era nada menos que R.J. Reynolds, fundador de una de las más importantes industrias tabaqueras norteamericanas (Camel, Winston…). Patrick estudió cine y su documental Berkeley se presentó en Cannes en 1970. Fue invitado por Robert Altman a participar en Nashville (1975), a raíz de lo cual decidió dedicarse a la actuación, faceta en la que no tuvo mucha suerte a tenor de su filmografía, compuesta por series de televisión y pequeños papeles en largometrajes, muchos de ellos sin acreditar, como hippy bailarín en Hair (Milos Forman, 1979); Hare Krishna en Aterriza como puedas (Airplane!, Zucker, Zucker y Abrahams, 1980) o bailarín en Xanadú (Xanadu, Robert Greenwald, 1980). Así que su primer y único papel importante fue el que le proporcionó Eliminators, experiencia que Reynolds no ha dudado en calificar como los tres meses y medio más memorables de su vida.

Montando un mandroide…

En todo caso si el actor se ha hecho popular no ha sido por el cine, sino por la campaña que inició contra el consumo de tabaco mediante su organización por una América libre de humo. Y es que, paradójicamente, el nieto se rebeló contra el imperio que su abuelo ayudó a fundar.

Andrew Prine es, como Harry Fontana, posiblemente uno de los actores que quedan más aparentes en el filme. Y es que Prine es un prolífico actor de teatro, televisión y en menor medida, cine, al que pueden ver en películas como El milagro de Anna Sullivan (The Miracle Worker, Arthur Penn, 1962) o Chisum (Andrew V. McLaglen, 1970), pero también en La tumba de la isla maldita (Julio Salvador / Ray Lanton, 1973), una coproducción hispano-americana rodada en Turquía en la que compartía reparto con Teresa Gimpera, Patty Shepard y Frank Braña. Tras su intervención en Eliminators su carrera sorprendentemente no se resintió y continuó su itinerario por diferentes series televisivas. Recordado es su papel como uno de los visitantes de la serie V (1983). Recientemente Rob Zombie contó con él para  que realizara un pequeño papel en The Lords of Salem (2012).

Aunque se tuvo en consideración a Don ‘The Dragon’ Wilson, para el papel de Kuji el Ninja, finalmente fue Conan Lee quien interpretó y coreografió sus intervenciones en el film. Nacido en Hong-Kong como Lloyd Hutchinson, Conan ha realizado su poco remarcable carrera a caballo entre su lugar de nacimiento y Estados Unidos. Estudiante de Wing chun, Kung-fu, Taekwondo, Karate y boxeo, creó su propia arte marcial que bautizó como  ‘Realistic Fist’.

Roy Dotrice es un prolífico profesional británico que dos años después de interpretar a Leopold Mozart en Amadeus, de Milos Forman, se las tuvo que ver encarnando al villano de la función, Abbott Reeves, en Eliminators. Todavía muy en activo, su papel más reciente es en la serie Juego de tronos (Game of Thrones).

Como ya se ha comentado con anterioridad, Charles Band decidió que la producción se rodara en España, contando con parte autóctona del equipo y del reparto. Como ejecutivo de producción, por la parte americana se contó con un hombre de confianza de la compañía, Dennis Stuart Murphy, responsable de otros producciones como Re-Animator; Zone Troopers (1985) de Danny Bilson (uno de los guionista de Eliminators); Torok el Troll (Troll, John Carl Buechler, 1986) o  Dolls (Stuart Gordon, 1987). Pero para la parte española, esta labor la realizó el director Carlos Aured, detengámonos un momento en este nombre.

Carlos Aured, que inició su carrera como ayudante de León Klimovsky, se lanzó a la dirección en solitario realizando algunos de los más memorables títulos españoles del terror de los setenta como El espanto surge de la tumba (1973), El retorno de Walpurgis (1973) o La venganza de la momia (1973). Cuando llegó el boom del cine ‘S’ dirigió varias cintas eróticas, entre las que destacaron La frígida y la viciosa (1981) y El fontanero, su mujer, y otras cosas de meter… (1981). Cuando recibió la propuesta de colaborar en algunas coproducciones con Estados Unidos, Carlos Auredquería descansar, replantearme las cosas y meditar sobre la insoportable levedad del ser, así que me pareció una buena idea”[5]. En la primera de ellas, Leviatán (1984), cinta dirigida por Clyde Anderson (Claudio Fragasso) y lanzada en video como Monster Dog, título que también recibiría en Estados Unidos, Carlos Aured realizó labores de producción y guión. En Cosmos mortal (Alien Predator, Deran Serafian, 1985) rodada casi a la vez que la anterior, también se encargó Aured de la producción.

Posiblemente su participación en estos dos títulos facilitó el que Carlos Aured trabajar en Eliminators, una decisión que como veremos terminará  lamentando. Otros técnicos y actores españoles que habían participado en estas cintas se incorporaron a la producción Empire, como el actor Charly Bravo o el director artístico Gumersindo Andrés, que trabajó en los tres proyectos. En Eliminators se encargó de ambientación y decorados. Con una  larga carrera a sus espaldas, Andrés había trabajado en los años setenta en muchas películas de terror, coincidiendo con Carlos Aured en El espanto surge de la tumba (1973), La venganza de la momia (1973) y Los ojos azules de la muñeca rota (1974).

La producción también contó con la participación del realizador cinematográfico Francisco Lara Polop como asistente de director.

El mandroide en el taller…

Los efectos especiales de maquillaje estuvieron, por la parte americana, a cargo de Everett Burrell, responsable el año anterior de los de Re-Animator (Stuart Gordon, 1985). Y por parte española estuvieron a cargo de Carlos Paradela, que creó maquillajes especiales para La furia del hombre lobo (José María Zabalza, 1972) o El buque maldito (Amando de Ossorio, 1974), por nombrar algunos de sus múltiples trabajos. Su hija Mar Paradela, que debutó en Eliminators encargándose de peluquería, compaginó este trabajo con el de maquilladora hasta la actualidad  en películas como El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), o las series Hispania e Isabel, de TVE.

En cuanto a los intérpretes españoles, su participación fue muy poco destacada:

Luis Lorenzo interpreta a Maurice, uno de los roles de afeminado que tantas veces interpretara en cine y televisión. Nos viene a la memoria el de hombre lobo amanerado en El liguero mágico (Mariano Ozores, 1980) o su personaje en El chiste (Eduardo Manzanos, 1976); el chamán neanderthal está interpretado por Pepe Moreno, actor nacido en Chiclana (Cádiz) con una larga trayectoria entre la que destaca El huerto del Francés (Jacinto Molina, 1978); Charly Bravo, que encarna al barman de la taberna donde los protagonistas contratan los servicios de Harry Fontana, tiene una larguísima filmografía, en la que destaca, precisamente por ser uno de sus contados papeles protagonistas, el de Robin Hood nunca muere (1975) de Francesc Bellmunt, cinta de aventuras que produjo Profilmes. En 2012 Charly Bravo, junto a otros actores olvidados por la industria, fue homenajeado en el documental Contra el tiempo de José Manuel Serrano Cueto. Finalmente la cinta cuenta con la presencia de un joven Gabino Diego, que interpreta un minúsculo papel como vigilante de seguridad.

Eliminators fue rodada íntegramente en Madrid, de junio a mediados de octubre de 1985. Patrick Reynolds recuerda que el tiempo fue especialmente caluroso.

Peter Nanoogian, que llegó a Madrid acompañado de Marc Ahlberg, el director de fotografía y de su ayudante de dirección, no sabía gran cosa sobre el equipo español que iba a encontrarse, y mucho menos sobre Aured: No conocía su trayectoria, aunque cuando llegué a España tenía entendido que había trabajado en películas eróticas y que nunca rodó con sonido directo[6]. Precisamente esa inexperiencia con el sonido directo fue una de las principales quejas de Nanoogian, “¡Teníamos un equipo técnico de nivel inferior que ni siquiera sabía cómo grabar el sonido! Fue una pesadilla. Afortunadamente tuvimos seis semanas de preparación, lo cual es extraño en una película de Charlie. Se dio cuenta de que esta era una película mayor con muchos efectos especiales”[7]. Y pronto comenzaron los problemas de liquidez: “Charlie estaba diciendo a Carlos que teníamos 600.000 dólares. Pero cuando hice el primer presupuesto me di cuenta de que no podríamos hacer la película por menos de 900.000 dólares. Carlos se encontraba entre la espada y la pared porque siempre estaba intentando recortar gastos y no sabía realmente cómo tratar con todo esto. No sabía lo que debería costar una película de este tipo. Y entonces, a las dos semanas de rodaje me di cuenta de que la película tardaba en rodarse el doble de lo previsto (…) Así que un rodaje de cuatro semanas se convirtió en uno de ocho semanas y la película terminó costando alrededor de un millón de dólares. A pesar de todo creo que a cambio del dinero obtuve muchos valores de producción, construimos algunos decorados enormes y las actuaciones fueron buenas. Se la mostré a un amigo mío que trabajaba como jefe de producción en Cannon y pensó que nos debimos gastar alrededor de 3 millones de dólares[8].

Aured no recuerda la experiencia con tanta satisfacción: Eliminators, (…), fue un desastre. Por “blancas y polvorientas razones” que no vienen al caso, el director se pasó de tiempo y presupuesto en un 120% (…) y me dejaron colgado con ciento ochenta mil euros de deudas a mis espaldas. Tuve que andar escondido, pues los acreedores me perseguían”[9].

Denise Crosby, Andrew Prine y Patrick Reynolds.

La película se estrenó el 31 de enero de 1986 en casi 1000 salas estadounidenses, recaudando durante el primer fin de semana, 1.987.072 millones de dólares de los 4.601.256  millones totales de su recaudación. Poco después se editó en videocasete por Playhouse Video, la división infantil de CBS/FOX Video, donde continuó su andadura por los video clubs norteamericanos.

En muchos países europeos, incluida España, la película fue directa al estante del video club. Entre los más exóticos nombres que recibió podemos destacar Decapitron (Francia), Os Mercenários da Aventura (Portugal) y Destroyers (Alemania).

Resulta cuanto menos curioso que en muchas de estas carátulas venia una sinopsis un tanto libre del argumento. Por ejemplo, la que venía en la edicion española de CBS/FOX nos narra lo siguiente:

“Diana Carson, una profesora de matemáticas y física recibe la trágica noticia de la desaparición de todos los chicos de un campamento de verano, entre los que se encontraban sus hijos. Diana decide salir en su busca. Todas las pistas conducen a Abbott Reeves, un genio renegado que capitanea las terribles legiones de Worship. Para conseguir la liberación de sus hijos, Diana Carson alista a un grupo de guerreros: Reinhardt, un ex-mercenario, junto a su robot Robota, el Ninja Kuji y el poderoso Crossbow. Juntos se convierten en una fuerza invencible de eliminators vengadores”. Un imaginativo argumento que se repite en las carátulas noruegas, por poner un ejemplo.

Andrew Prine, Conan Lee y Denise Crosby

La versión VHS argentina editada por Magia Video Home también recurrre a la imaginación para explicar el argumento de Eliminators, titulada allí Los aniquiladores:

La importante KGB busca apoyo en la CIA para lograr encontrar y reducir a una muy peligrosa organización delincuente que con técnicas sofisticadas elude constantemente a la ley. Los EE.UU. tampoco logran someterlos pero encargan a un grupo profesional privado la misión ‘aniquilar’. Ellos son una MERCENARIA, un BOINA VERDE, un MANDROIDE (mitad hombre, mitad máquina) y un NINJA, cada uno es el mejor en lo suyo… juntos son ‘LOS ANIQUILADORES’ ”

Lo más curioso es que estos falsos argumentos se repiten por internet, figurando en algunos de los portales de cine más populares de la red, perpetuando así otro de los múltiples misterios de la era VHS, muchos ellos producto de la picaresca de las casas editoras.

Bueno, digamos que tienen poseen ciertas similitudes.

En cuanto a su edición digital, la norteamericana Shout! Factory  editó en DVD Eliminators en 2013 formando parte de un cuadruple ‘SciFi Movie Marathon’ ochentero junto Arena (1989), también de Nanoogian, America 3000 (David Engelbach, 1986) y The Time Guardian (Brian Hannant, 1987). Y diciembre de 2015 la misma compañía la editó en formato Blu-ray formando programa doble con The Dungeonmaster / Ragewar, película en episodios de la que recordemos, Nanoogian dirigió uno. La edición cuenta entre sus extras con una entrevista con el director.

Finalmente, no sabemos si puede decirse que un filme como Eliminators puede haber dejado huella, más allá de las deudas que persiguieron a Carlos Aured durante años. Nanoogian reconoce que se la han acercado jóvenes que en 1986 eran niños reconociendo cuanto les gustó la cinta. Posiblemente uno de ellos podría haber sido el director Steven Kostanski, que ha reconocido en Eliminators su principal fuente de inspiración para Manborg (2011), película con la que también comparte un delirante argumento y puntos en común: soldados que vuelven a la vida como Cyborgs y una banda de aventureros que deberán luchar contra hordas de demonios en un futuro apocalíptico.

 

NOTAS:
[1] Jay, D., Dewi, T. y Shumate, N. Empire of the B’s: The Mad Movie World of Charles Band. Hemlock Books Limited, 2014. Pág. 263
[2] Íbidem.
[3] El Silúrico es el periodo de la era Paleozoica que abarca desde el final del Ordovícico (hace 443,7 ± 1,5 millones de años) hasta el principio del Devónico (hace 416,0 ± 2,8 millones de años). La base del Silúrico viene marcada por un gran evento de extinción, en el que aproximadamente el 60% de las especies marinas se extinguieron.
[4] Jay, D., Dewi, T. y Shumate, N. Opus cit.
[5] López, D. y Pizarro, D. Silencios de pánico. Historia del cine fantástico y de terror español 1897-2010. Tyrannosaurus Books, Barcelona 2014. Pág. 452-453.
[6] Jay, D., Dewi, T. y Shumate, N.
[7] Íbidem
[8] Ïbidem
[9] López, D. y Pizarro, D. Opus cit.

Los viajeros del tiempo: Theremin, mutantes, androides y playmates

Los viajeros del tiempo es una película deudora de la ciencia ficción pulp de los años treinta. Con una argumento de lo más ingenioso, Ib Melchior, director y guionista del filme, supo mezclar paradojas temporales bien elaboradas, con ciencia ficción apocalíptica y el resultado, aún siendo una serie b futurista de las muchas que se rodaron durante los años de la Guerra Fría, no deja de estar un tanto por encima gracias a sus trabajados efectos especiales y al uso del color, que le añade una fuerza visual y dramática muy interesante. La acción de Los viajeros del tiempo arranca el 11 de julio de 1964 desde un laboratorio en el que tres científicos: el Dr. Erik Von Steiner (Preston Foster) y sus ayudantes Steve (Philip Carey) y Carol (Merry Anders) están probando una máquina del tiempo que han creado. Enfocada en un punto del campus de la universidad desde la que trabajan, pueden ver los avances de su invento en una gran pantalla. Con ellos también se encuentra Danny, un técnico en computadores (Steve Franken). En un momento del experimento se produce un accidente, los circuitos se sobrecargan y el tiempo se acelera deteniéndose 107 años en el futuro. Un futuro apocalíptico, pues en la pantalla solo puede verse un desierto aparentemente desabitado. También se percatarán de que la pantalla se ha convertido en una puerta, “una grieta en el espacio tiempo por la que puede pasar la materia” por la cual no tardarán en colarse los cuatro protagonistas para darse un paseo por ese devastado paisaje, saliéndoles a su encuentro unos deformes mutantes con aviesas intenciones. Huyendo de ellos se introducirán en una cueva, en la que serán rescatados por los últimos descendientes de los hombres “normales” y sus androides. Allí se adentrarán en un microcosmos habitado por súper científicos que

¡Androides antropomórficos!

pondrán al profesor y equipo al día de lo sucedido. Les explican que siguen en la Tierra, concretamente en el año 2017 y que el mundo se ha extinguido “por la locura del hombre”, a excepción de esos cien científicos, que están construyendo una nave con la que partir hacia un nuevo planeta habitable, Alfa Centauro 4, en un viaje de varias generaciones de duración que realizarán en animación suspendida, mientras los androides se hacen cargo de los pormenores de la travesía. La partida va a ser inminente, así que les proponen ayudarles a reconstruir su ventana del tiempo para que retornen al pasado. Pero aquí se produce la primera paradoja temporal, pues en vista del desastre acontecido, está claro que nadie llegó del futuro para avisar a la Humanidad del peligro que se avecinaba. No pueden volver, así que les proponen unirse a ellos en el viaje a Alfa Centauro, pero la nave no tiene suficiente capacidad, así que construirán una nueva puerta. El tiempo se echa encima, la nave va a partir y la puerta temporal está casi a punto cuando son invadidos por los mutantes, que sabotean el despegue de la nave, destruyéndola, mientras que nuestros protagonistas consiguen activar la puerta y entrar en ella junto a algunos habitantes de aquel mundo.

Aparecen en el campus, pero cuando van al laboratorio se ven a sí mismos antes del incidente. Dándose cuenta de que el tiempo allí es mucho más lento, tanto que casi parecen inmóviles, mientras que ellos se mueven tan rápidos que un minuto equivale a un año. Por lo que de seguir así, pronto morirán de viejos y desaparecerán. El  tiempo, que prosigue inexorablemente,  parece haberles tendido una trampa, repitiendo  los acontecimientos hasta llegar al accidente que inició todo, y mientras la máquina del tiempo avanza hacia 2017, ellos deciden  entrar aleatoriamente en la pantalla, antes de que se detenga. Y veremos que han tomado una buena decisión, pues lo que se nos muestra es lo más parecido a un paraíso. Por su parte, tras detenerse la

Los placeres de Alfa Centauro 4

máquina en 2017 todo volverá a comenzar, repitiéndose todo lo que  hemos visto una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez…

En esta ingeniosa fantasía, técnicamente muy bien resuelta, tanto las maquetas como las transparencias siguen funcionando lo suficiente como para haberla convertido en una joyita camp de ciencia ficción en la que resulta fundamental el uso del color. Junto a estos efectos ópticos, algunos personajes realizan trucos de magia, que ofrecen un resultado de lo más marciano a esta fantasía, que contiene algunos momentos impagables, como la interpretación de Reena (Delores Wells) con el Lumicor, una especie de instrumento musical mezcla de órgano y theremin, o  la visita a la sección de montaje y fabricación de androides, cuya  música no ayuda a que la tomemos muy en serio. Y es que en Los viajeros del tiempo el humor no falta, monopolizado casi en su totalidad por el personaje de Danny, interpretado por Steve Franken al que muchos recordarán  como aquel inolvidable camarero que progresivamente va emborrachándose en El guateque (The Party, 1968), la magnífica comedia de Blake Edwards. Este personaje, el más mundano de cuantos habitan la película de Melchior, no tarda en calibrar las posibilidades de confraternizar carnalmente con las habitantes de ese mundo futuro, obteniendo un gran éxito con Reena, una muy turgente humana interpretada por Delores Wells, popular por haber protagonizado el desplegable central del Playboy de junio de 1960, además de haber

Delores Wells Playmate junio 1960 nos espera en el futuro.

participado en algunas de las fantasías surfistas protagonizadas por Frankie Avalon y Annette Funicello. También destaca el veterano Preston Foster como Von Steiner, así como la participación como extra (con frase) de Forrest J Ackerman, padre de todos los coleccionistas de memorabilia de cine fantástico y gran especialista en literatura de ciencia ficción. Por su parte los mutantes, algunos de los cuales miran despreocupadamente riendo a la cámara, estaban encarnados por jugadores de baloncesto, concretamente de Los Angeles Lakers.

Esta fantasía lamentablemente no ayudó a levantar la carrera de Ib Melchior como realizador, que tan solo dirigió un título más, The Angry Red Planet. Nacido y educado en Dinamarca, Melchior se dio tempranamente cuenta de que lo que le tiraba era el faranduleo, así que se unió a una compañía teatral británica para recorrer mundo. Tras la Segunda Guerra Mundial, que pasó en el Servicio de Inteligencia de Estados Unidos, se introdujo en televisión y más tarde en el cine,

ejerciendo especialmente de guionista del género que más le agradaba: la ciencia ficción, colaborando en los guiones de Reptilicus (Sidney W. Pink, 1961), Journey to the Seven Planet (Sidney W. Pink, 1962) y  Robinson Crusoe on Mars (Byron Haskin, 1964). También se encargó de los textos de la versiones americanas de El rey de los monstruos (Gojira no gyakushû, Motoyoshi Oda, 1955) bautizada allí como The Volcano Monsters y Terror en el espacio (Mario Bava, 1965), allí Planet of the Vampires. Además de diversos trabajos televisivos en series como The Outer Limits o Men Into Space, escribió

Ib Melchier (1917-2015)

The Race, historia en la que se basó La carrera de la muerte del año 2000 (Death Race 2000, Paul Bartel, 1975) y su remake de 2008. Pero a pesar de que sus guiones para  Robinson Crusoe on Mars (Byron Haskin, 1964) y The Time Travellers inspiraron claramente los de las series televisivas de Irwin Allen Perdidos en el espacio (Lost in Space, 1965) y El túnel del tiempo (The Time Tunnel, 1966-67), respectivamente,sin ser en ningún momento acreditado, Melchior prefirió no litigar para no tener que enfrentarse al poderoso productor televisivo y poder seguir trabajando en Hollywood sin problemas. Mucho más tarde y quizás reconociendo su deuda con él, Prelude Pictures le contrató como consultor en su película Perdidos en el espacio (Lost in Space, 1998, Stephen Hopkins), pero Melchior nunca recibió el pago estipulado de beneficios y aunque en esta ocasión si pleiteó, la Corte Suprema se negó siquiera a revisar el caso.

Afortunadamente hubo quien si pareció reconocer sus méritos: en 1976 la Academy of Science Fiction and Horror Films le concedió un Saturn Award como Mejor Escritor por el conjunto de su carrera.

(Artículo publicado previamente en Klowns Horror Fanzine Nº 6 Especial viajes en el tiempo, 2017)

“Lo que niegas, te somete; lo que aceptas, te transforma”: una interesante charla con Fabricio D’Alessandro

15 febrero 2018 Deja un comentario

Tal vez el nombre de Fabricio D’Alessandro no les resulte familiar. Si les decimos que este joven argentino afincado en Barcelona, tutor del Master de Dirección de la escuela FX ANIMATION Barcelona 3D &Film School, es el autor de Oculto al sol, ya se irán poniendo en situación. Y si han visto su debut en el largo de ficción (¡si no lo han hecho, corran a hacerlo!) estarán de acuerdo con nosotros en que nos va a dar muchas alegrías a los amantes del cine. La semana pasada os hablábamos de su película, esta semana os traemos una breve charla con él. Fabricio D’Alessandro tiene muchas cosas que decir, las plasma en su cine, pero también en sus palabras y es todo un placer escucharle. ¡Pasen y leánle!

El cine, como la fotografía, se fundamenta en un procesamiento de la luz y sus contrastes, en Oculto el sol tú usas ese principio físico para indagar en nuestra condición humana, ¿Cómo te planteaste ese paralelismo? ¿Qué querías expresar?

Hay algo de mi búsqueda personal que pivotea en torno al “despertar” como un nuevo estadio de la conciencia. Carl Jung habla de la oscuridad como un lugar sagrado de conocimiento que nos conduce a la verdadera iluminación. Aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de sus vidas, fuerzan a la conciencia cósmica que los reproduzca tantas veces como sea necesario para que les deje alguna lección. Lo que niegas, te somete; lo que aceptas, te transforma. Buscando esa transformación, apareció la imagen de un gran eclipse solar capaz de proyectar una sombra que me dejaba -a mí y a muchos otros- en la oscuridad; perdido, frágil, solo… Pero, al mismo tiempo, me daba todas las respuestas que necesitaba para comprender que la verdadera luz estaba ahí. Como idea argumental me pareció potente para unificar varias historias que nos hagan pensar, reflexionar sobre los deseos y sobre lo que no es fácil de ver.

Tu película nos ofrece siete historias de vida independientes que nos son mostradas en paralelo, ¿fue difícil articularlas entre sí para mantener el suspense sin que hubiera declives de interés en el conjunto?

Fue mi mayor desafío. Trabajamos duro con Federico Viescas (colaborador en el trabajo con los actores) para pensar en cómo articular las historias desde el guion y el trabajo continuó en el montaje. Filmar de manera coral no es sencillo, hay que tener muy claro dónde se pretende llegar. Personalmente, estoy muy satisfecho con la edición final, creo que fue una búsqueda intensa que construyó un alma propia, una especie de espíritu que hace que el film se mantenga en pie.

Unas historias son más sombrías que otras, ¿Lo tuviste en cuenta a la hora de montarlas? ¿Cómo trabajaste la iluminación en cada una?

Sí, cada historia fue premeditada en función de las otras. Yo ya había pensado un orden y también tenía una idea planteada sobre cómo quería que funcionasen. La premisa era siempre tener una columna vertebral de la película y para ello me apoyé en la historia de Lorenzo. Esa historia (que no es más importante que otras) es la que me sirvió como estructura. Es la historia más sombría definitivamente, por eso la elegí para amalgamar la trama. He tratado siempre de jugar con la luz natural que me daban los espacios y utilizar algún refuerzo para iluminar rostros u oscurecerlos. Jugar con la luz y las sombras me permitió encontrarle el tono a cada historia.

Has elegido un eclipse de sol para mostrar el lapso temporal que subyace al conjunto, ¿Por qué un eclipse? ¿Cuál es su valor simbólico?

El eclipse es un concepto potente en cuanto a muchas cosas. Dicen que cuando los eclipses suceden la energía de las personas se altera y ni nos enteramos. Además, siempre me han llamado la atención. Nos hace percatarnos, en cuestión de segundos, de lo pequeños que somos en esta galaxia. El eclipse como símbolo es potente porque la luz nos hace ver una realidad determinada (Platón lo explica muy bien con su alegoría). Cuando esa luz se apaga, las sombras desaparecen y nos encontramos con nosotros mismos, con la verdad de lo que somos. Es un momento de lucidez, de iluminación, aunque parezca lo contrario.

Has adaptado en tu película una obra de teatro, ¿Qué relación crees que hay entre el cine y el teatro? ¿Ha sido difícil mantener su esencia original sin que el producto no dejara de ser cinematográfico? ¿Cuáles han sido tus modelos?

La película está basada en escenas teatrales creadas por sus intérpretes, que funcionan como disparadores para la película. La relación entre el cine y el teatro es estrecha y al mismo tiempo es distante. Me interesa el cine, lo que hago es cinematográfico. Me gusta el tratamiento de la música y del sonido, pero también me interesa el trabajo actoral en base a lo que me dan los ensayos, y es ahí donde encuentro relación con el teatro. Me baso en el trabajo que ha hecho John Cassavettes en “Shadows” o Jim Jarsmuch en “Coffe and Cigarrettes”.

Háblanos de ti, ¿Cuándo nace tu vocación por el cine? ¿Te ha ayudado tu experiencia como docente para enfrentar tu propia creación? ¿Qué nuevos proyectos tienes en mente?

Mi vocación por hacer cine nace de pequeño, cuando jugaba con mis hermanos con una cámara de video VHS. Grabo cortos desde los 10 años, algunos como actor y otros como director. Creo que he filmado más de 50 cortos en toda mi vida. A medida que fui creciendo, involucraba a todo el curso del colegio y luego vinieron los compañeros de la universidad. Ahora tengo la suerte trabajar con otros profesionales. Mi experiencia como docente en la escuela FX ANIMATION Barcelona 3D & Film School, me conectó con una parte que desconocía de mí mismo. Ahora escribo una nueva película sobre docencia y espero que este lista pronto. Estoy muy ansioso.

¿Ha sido difícil sacar adelante un proyecto tan personal? ¿Con qué trabas y con qué apoyos te has encontrado? ¿Qué les recomendarías a otros directores que estén preparando su debut?

Hacer esta película me hizo más fuerte de lo que me consideraba. Estaba acostumbrado a trabajar con presupuestos medianos, lo que te da ciertas ventajas, pero el hecho de no disponer de recursos económicos me hizo enfrentarme con mi creatividad y con la de todos los que me seguían. De golpe, todo se vuelve más pasional, sincero y productivo. Todos los que colaboraron y siguen colaborando en esta película lo hacen como un acto de amor, de fe, con las ganas que se necesitan para trabajar hoy en día en el cine. Eso se puede ver en el resultado. Pero, por otro lado, las desventajas son muchísimas. No poder acceder a mayores estándares de calidad, a pesar de tener acceso a equipamientos más profesionales, es una gran desventaja porque usarlos implica recursos para trasladarlos, operarlos, y luego trabajar un workflow del que uno no dispone con tan pocas herramientas. Mi recomendación para otros directores es que hagan lo que puedan con lo que tienen. El resto viene solo.

¿Alguna recomendación final?

Sí: no os perdáis “Oculto el sol” y procurad apagar la luz que os rodea, ahí sucede la magia.

Oculto el sol, la vida como claroscuro

Siempre estamos ante la luz. La luz, esa fuente esencial de todo lo que se da en y ante nosotros, de cómo vemos y de qué vemos. Sin luz no hay mirada. Sin luz no hay vida. Sin luz no hay cine. Pero tampoco lo hay sin sombra que contraste. La luz no puede ser sin oscuridad que la resalte. Oscuridad y luz se implican en su ser contrarias y los contrarios alcanzan el ser gracias a su oposición, no son el uno sin el otro. Por eso, en el lugar del límite, los opuestos son el otro, el mismo.

Es profundizando en lo oscuro que podemos definir lo luminoso, afirma Jung. Las palabras de Jung presiden y dan sentido a Oculto el sol. Fabricio D’Alessandro, en su opera prima, reflexiona sobre la dialéctica luz/oscuridad para mostrar como es en el claroscuro, en el lugar del eclipse, donde se despliegan nuestras vidas. Lo hace con un filme coral que se mueve entre el drama y el suspense, en el que siete historias de vida, ajenas entre sí, se entrelazan bajo el manto de un eclipse solar, que es físico, pero también personal. Ana y Mora, dos amigas que se cuelan en la casa de una famosa actriz; Lorenzo, un músico que descubre que sus padres actuales no son los auténticos; Laura, una novia que no quiere acudir a su boda; Fedérico, un chico que acosa a su ex amante, Juana, mientras espera a su esposo; Gustavo, un bailarín frustrado que no quiere salir a escena; Ginna, la esposa de un médico con fobia a la soledad, una soledad en la que intuye presencias extrañas, y Clara, que busca comunicarse con su hermano. Siete estados mentales, que en manos de D’Alessandro se convierten en un bosquejo de la psique humana.

Oculto el sol es un ejercicio de estilo con mucha escuela (que no escolar), perfecto en su lógica interna y lleno de sugerencias. Un filme que se juega en el tablero de la metáfora y nos habla de la importancia de la conciencia y el sentimiento a la hora de tomar decisiones, una idea que su director venía madurando hace tiempo. Su punto de partida es una obra teatral compuesta por siete escenas cortas, en la línea del Jarmusch de Coffe and cigarettes (2003), que inspiró a D’Alessandro su trabajo de adentramiento en las profundidades del inconsciente, colectivo e individual.  Para llevarlo a cabo se impusieron una serie de restricciones que permitieron el afloramiento de una obra fresca y lúdica en la mejor línea del Oulipo. Sólo dos actores por relato, una única localización para cada episodio y una sola toma para cada escena, permiten capturar la inmediatez y la irrepetibilidad del teatro, sin olvidar, no obstante, lo cinematográfico. Cada capítulo es una acción viva y única en la que los actores se rinden a su papel y brillan con luz propia como si estuvieran sobre un escenario en contacto directo con el público. Pero la cámara no es invisible, se la nota en su cascada de planos cortos, en su juego con el eje para transmitir todos los ángulos de una acción, en su seguimiento del personaje, D’Alessandro se expresa con el lenguaje del cine. Oculto el sol no es, pues, teatro filmado, es una pieza que nace allí donde se imbrican las dos disciplinas artísticas, es una apuesta formal por maridar ambos modos de la representación. Y el resultado no podía ser más interesante.

Aunque teja siete historias independientes, no estamos ante una película de episodios sino ante toda una cinta puzzle. Ese carácter le viene dado por el recurso temporal de hacer que todas transcurran en el mismo lapso, ese eclipse solar que se resolverá fuera de campo y que las hace participar de una misma idea de fondo. Pero la coincidencia temporal y la unidad conceptual no es lo único que convierte a los relatos en un mismo todo. Es el montaje el que logra convertir las siete tramas en una sola, D’Alessandro las despliega en paralelo fluyendo de una otra como si fueran el mismo río y sabe secuenciarlas y dosificarlas de modo que la intriga permanezca constante. En la película no hay valles, no declina el interés, su ritmo no se atropella ni decae, cada historia es un crescendo y la excusa del eclipse permite que el clímax sea común a todas. El momento de mayor brillo coincide, en todas, con el instante del sol oculto, para descender después suavemente hacia la sombra cuando regresa la luz. La oscuridad es, para los personajes, el ámbito de la magia, la luz el espacio de la realidad, y Oculto el sol los transporta de uno al otro con la dulzura de la melancolía, sembrando en el espectador la necesidad de investigar sobre sus propios claroscuros, sus propios eclipses interiores.

Coral y personal, simultáneamente, el primer largo de ficción de Fabricio D’Alessandro da buenas referencias de sus dotes cinematográficas. Estamos ante un debut prometedor que emociona y mueve a reflexión, dos ingredientes que convierten a su director en autor y a la cinta en una pequeña (gran) obra de arte.

‘Quítame las manos de encima, sucio mono!: Un viaje de ida y vuelta a ‘El planeta de los simios’

1969 fue un año clave en el desarrollo de la ciencia ficción cinematográfica. Tras décadas de viajes a otros mundos que llenaron la pantalla de diversas especies extraterrestres, a cada cual más increíble, el genio visionario Stanley Kubrick dirigió 2001: Una odisea del espacio, una película que cambió totalmente el tratamiento de la ciencia ficción que hasta entonces conocíamos, influyendo en un buen número de cineastas y llegando su huella hasta la actualidad. Pero ese año también se estrenó una película que, siendo también de ciencia ficción futurista, aunaría la modernez que demandaban los nuevos tiempos con el clasicismo pulp aventurero que hasta entonces se relacionaba íntimamente con la ciencia ficción. El planeta de los simios (Planet of the Apes) nos ofrecería un viaje en la máquina del tiempo, al presente y al pasado, a un alucinante mundo gobernado por simios que se prolongaría en cuatro entregas más.

EL CICLO ORIGINAL: EL PLANETA DE LOS SIMIOS

George Taylor (Charlton Heston) es un astronauta que forma parte de la tripulación de una nave espacial que accidentalmente se estrella en un planeta desconocido gobernado por una raza de simios mentalmente muy desarrollados que esclavizan a unos seres humanos salvajes, que carecen de la facultad de hablar. Taylor es herido en el cuello, pero logra comunicarse por mímica con los doctores Zira (Kim Hunter) y Cornelius (Roddy McDowall), dos chimpancés que lo cuidan y estudian. Cuando Taylor recupera la voz el líder de los simios, el doctor Zaius (Maurice Evans), decide que hay que eliminarlo. Pero Taylor y su compañera Nova (Linda Harrison) huirán hacia los límites de la ciudad, la llamada Zona Prohibida, donde descubrirán vestigios de una civilización que… ¡Resulta ser la extinta raza humana!

En 1963 Pierre Boulle publicaba La planète des singes, una novela distópica en la que unos viajeros espaciales encontraban, como si de un mensaje en una botella se tratara, la narración del periodista Ulises Mérou, que junto al resto de la tripulación de su nave fueron a parar al planeta Soror, un lugar prácticamente idéntico a la Tierra, con sus edificios y aviones pero con la particularidad de que los monos (chimpancés gorilas y orangutanes) ocupan el lugar de los humanos en la evolución, viviendo los hombres en estado salvaje y como esclavos de los monos. Tras ser capturado en una partida de caza, Ulises deberá demostrar que es inteligente, para lo que contará con la colaboración de la doctora Zira.

El escritor francés, cuya obra El puente sobre el río Kwai se había adaptado con gran éxito a la pantalla por David Lean en 1957, no desaprovechó su oportunidad cuando recibió la oferta del productor Arthur P. Jacobs para llevar su nueva novela al cine. Tras adquirir los derechos por 360.000 dólares (de los que sacó un excelente rédito, tal y como veremos), Jacobs contrató al enormemente popular escritor Rod Serling, un especialista en el género, tal y como había demostrado en televisión con su muy famosa serie La dimensión desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964). A Serling se le unió Michael Wilson, un guionista señalado en la tristemente célebre lista negra de Hollywood, que ya había trabajado con Jacobs en el guión de El

Rod Serling con Kim Hunter en los decorados de El planeta de los simios

puente sobre el río Kwai. Entre ambos convirtieron la novela de Boulle en ese alegato antibélico que es El planeta de los simios, ya que fue idea de ellos que el planeta en el que aterrizara la nave fuera la propia Tierra en su futuro.

El guión circuló sin éxito por diversas productoras americanas, así como por la británica Rank. Incluso fue presentado a Samuel Bronston, que por entonces estaba instalado en España,  pero a ninguna compañía  le pareció factible materializar el guión hasta que Charlton Heston, que había leído el texto gracias a Blake Edwards, se emperró en interpretar la película. Richard Zanuck de 20th Century Fox aceptó el proyecto, pero siempre que los maquillajes resultaran convincentes. Tras varias pruebas insatisfactorias, se hizo cargo del mismo John Chambers, uno de los introductores del látex en el cine que se haría merecedor, gracias a su trabajo en este filme, de una estatuilla de la Academia. Pero la película no hubiera sido la misma de no contar también con el magnífico vestuario de Mortoon Haack, quien realizó diferentes tipos de ropa para chimpancés, gorilas y orangutanes, tres clanes bien diferenciados; o el diseño de producción de William Creber y Jack Martin Smith, con esos edificios que mezclaban lo más moderno y lo más atávico con gran influencia en su diseño de Gaudí. Y sin olvidar la cacofónica, a la par que maestra, partitura de Jerry Goldsmith, que añade extrañeza a ese mundo de pesadilla que resulta ser el nuestro.

John Chambers y Roddy McDouwall ojeando un Famous Monsters

El planeta de los simios fue el primer trabajo importante del director Franklin J. Schaffner y por el que será más recordado. Tras ella consiguió dirigir alguna cinta de éxito como las adaptaciones cinematográficas de Papillón (1973) y Los niños de Brasil (The Boys from Brazil, 1978). En cuanto al equipo artístico, además de Charlton Heston como el comandante Taylor, la película contó con Roddy McDowall para interpretar al chimpancé Cornelius, un papel que llegó a ofrecerse al mismísimo Rock Hudson (¡…!); Kim Hunter como la simpática doctora Zira, pareja de Cornelius; Maurice Evans como el doctor Zaius, ocupando el lugar del veterano Edward G. Robinson, que si bien llegó a rodar una prueba, prefirió desligarse del proyecto a la primera de cambio por las molestias que ocasionaba el maquillaje (de 3 a 4 horas de caracterización); y finalmente, Linda Harrison (esposa de Zanuck) como Nova, la compañera de Taylor.

El resultado no podría haber sido mejor, El planeta de los simios es, aún hoy, estéticamente innovadora y ha conformado una mitología que sigue coleando. Su maquillaje sigue funcionando y resulta entrañable, hasta el punto de que sus actores son reconocidos como aquellos chimpancés incluso en su forma humana. La cinta funciona a todos los niveles, tanto conceptualmente como en forma de efectiva película de acción gracias, esto último, a los temibles gorilas y sus cacerías. Inolvidables resultan algunos momentos, como cuando Taylor recupera el habla; o la aparición de la muñeca humana parlante en las ruinas de la Zona Prohibida; o por ese gran final, antológico, ante la Estatua de la Libertad que con toda justicia ha pasado a formar parte de los mejores y más reconocibles planos de la historia del cine. Es por todo ello que El planeta de los simios nunca envejecerá.

Fotos del álbum personal de John Chambers. Debajo con Maurice Evans (Dr. Zaius) antes y después de ponerse en sus manos.

LAS SECUELAS

Si bien recordamos su célebre final, no nos resulta tan familiar el principio de la cinta inaugural de la saga, cuando Heston, a bordo de su nave y antes de hibernar, reflexiona sobre el tiempo, la relatividad y Einstein. El astronauta lleva seis meses viajando en el espacio, mientras que la Tierra ¡ha envejecido 700 años! Taylor hibernará después un total de 1305 años, dato que los observadores tendrán presente, pues las fechas están marcadas en el calendario de la nave. Ha estado viajando desde el 27 de marzo de 2673 hasta el 25 de noviembre del año 3978. En cambio, esos poco más de mil trescientos años en la Tierra suponen decenas de miles de años, por lo que cuando aterrice habrá viajado a un futuro remotísimo. Esta dilatación del tiempo, en los viajes a la velocidad de la luz, está recogida en la Relatividad Especial de Einstein; con esa teoría en la mano, los viajes al futuro requerirían tan sólo la existencia de naves capaces de viajar a la velocidad lumínica. Ajustarse a los conocimientos científicos del momento fue también otra de las claves que hicieron memorable El planeta de los simios. Y ante el éxito obtenido no tardaron en llegar las secuelas, que lejos de ser explotaciones sin sentido de la original, añadirán más consistencia, si cabe, a la mitología de la serie: todo sucederá en la Tierra en una espiral que enlazará las cuatro películas de forma circular y coherente.

Thomas Dodge, George Taylor, Maryann Stewart y John Landon, la tripulación de la nave Liberty 1, también conocida como Icarus.

Regreso al planeta de los simios (Beneath the Planet of the Apes, 1969) se rueda a continuación de la original, enlazando justo donde aquella termina. La acción se desarrollará casi en su totalidad en la Zona Prohibida, que no es otra cosa que las ruinas de Nueva York en las que habitan unos aterradores humanos mutantes que rinden culto a una bomba atómica. Allí llegará Brent, un astronauta que busca a Taylor y que se encontrará con Nova. Los simios avanzarán hacia la Zona Prohibida para enfrentarse a los mutantes. Taylor reaparecerá y, herido de muerte, activará la bomba. Fundido a negro. Pero antes los chimpancés Zira, Cornelius y Milo, que han reparado la nave de Taylor, huirán de la Tierra, que explota tras ellos.

En Huida del planeta de los simios (Escape from the Planet of the Apes, 1971), los tres simios llegarán a un planeta que… ¡Resultará ser la Tierra en 1973! habrán, por lo tanto, retrocedido en el tiempo, arribando a una Tierra en la que ahora los extraños serán ellos. Inicialmente serán bien recibidos e incluso Zira descubrirá que está embarazada, pero hay varios científicos que son partidarios de que los simios no tengan descendencia, pues sospechan que puede significar una amenaza para la raza humana. Zira y Cornelius huirán gracias a la colaboración de algunos humanos, pero ello no impedirá que sean abatidos, no sin antes dejar al recién nacido al cuidado del propietario de un circo.

La serie original finalizará con La rebelión de los simios (Conquest of the Planet of the Apes, 1972), que se desarrolla en 1991, en una fría sociedad dominada por la electrónica y las máquinas en la que los animales domésticos han muerto por culpa de una epidemia, por lo que los humanos han otorgado el papel de mascotas a los monos. Pero también el de esclavos y cobayas de crueles experimentos. César, hijo de Zira y Cornelius y único mono inteligente, se ha criado libre en el circo y maquina la rebelión contra el hombre opresor. Encabezará la revuelta y tras una cruenta guerra la Tierra pasará a ser el planeta de los simios.

Nova (Linda Harrison) tomando el sol.

Estructuralmente impecable, la continuidad de la saga, que había empezado con un viaje al futuro, nos habla de viajes al pasado, más complicados de expresar (y justificar con una relativa base científica) por la aparición de las llamadas paradojas temporales. Esas contradicciones aparentes que plantean absurdos lógicos y que, sin embargo (y literariamente hablando, al menos), permiten ser resueltas siguiendo líneas argumentales en las que quedan explicadas mediante acontecimientos no previstos, pero sin romper la línea de causalidad.  En el caso que nos ocupa, ese sería el papel que desempeña el nacimiento de César en la tercera entrega y que algunos analistas han querido leer como manifestación de la paradoja del sustituto.

Aunque como hemos visto La rebelión de los simios cierra el ciclo perfectamente, se volvió a reincidir con una quinta película, Conquista del planeta de los simios (Battle for the Planet of the Apes, 1973) que no aportaba nada a la trama y que sí sería, al igual que la serie televisiva que se emitiría más tarde, una explotación sobre el tema.

Artísticamente la segunda entrega de la serie contó, tal y como hemos señalado, con un nuevo astronauta, Brent, encarnado por James Franciscus que ocupó el lugar de Charlton Heston, el cual aceptó intervenir brevemente y de forma totalmente desinteresada. Esta vez el guión se encargó a Mort Abrahams y Paul Dehn, que escribiría el resto de los libretos de la serie, mientras que Ted Post la dirigió y la banda sonora corrió a cargo de Leonard Rosenman. Como curiosidad cabe indicar que Roddy McDowall no participó en esta película por estar comprometido en otro proyecto: dirigir su primera y única película, la cinta de terror La viuda del diablo (The Ballad of Tam Lin, 1970), así que su papel lo interpretó David Watson. Esta sería la única vez en la que McDowall fallaría, ya que no tan solo interpretaría a Cornelius en la siguiente, sino que también pasaría a encarnar a César en el resto de secuelas y en la serie televisiva. Huida del planeta de los simios tiene un cierto mensaje antirracista que se potenciará en la siguiente entrega de la saga, además de un delicioso tono de comedia en su primera parte. Dirigida por Don Taylor, un director al igual que Ted Post fogueado en televisión, la película contó en su reparto, además de con los habituales Kim Hunter y Roddy McDowall, con Ricardo Montalban y Sal Mineo. Por su parte Jerry Goldsmith volvió a encargarse de la banda sonora, aunque sin superar al trabajo que realizó para la primera cinta.

Tanto la dirección de La rebelión de los simios como la de Conquista del planeta de los simios corrió a cargo de J. Lee Thompson. Esta, la quinta y última de la saga creaba un final totalmente postizo e incoherente ya que, al igual que la serie, planteaba un mundo en paz habitado por simios y hombres algo que, como vimos en El planeta de los simios (o sea, en el futuro) no iba a suceder nunca. En cualquier caso, fue un sonoro fracaso que se trasladó a la televisión, y de hecho la contagió, ya que la serie El planeta de los simios (Planet of the Apes, 1974) que iba a constar inicialmente de 24 episodios de 50 minutos de duración, tuvo que suspenderse en el 14 al no conseguir un nivel de audiencia aceptable. Finalmente, en 1975 la 20th Century Fox en colaboración con DePatie-Freleng realizaría una serie de dibujos animados de 13 capítulos titulada Return to the Planet of the Apes, con un espíritu más cercano a la novela original de Pierre Boulle, pero que no contó con ninguno de los actores originales para doblar a sus personajes animados.

La finalización del rodaje de Conquista del planeta de los simios (película que con muy buen criterio no se estrenó en nuestros cines) coincidió con el fallecimiento del alma mater de esta inolvidable serie, Arthur P. Jacobs, todo un visionario que desapareció de forma prematura a los 51 años y que parecía querer difundir con esta serie un tímido mensaje de paz, reflejando el miedo al botón del apocalipsis nuclear que entonces, al igual que ahora, parecía estar en manos de locos. Estamos hablando de una época en la que todavía se encontraban bien diferenciados los dos bloques: Norteamérica y sus aliados en la OTAN y la Unión Soviética y los suyos bajo el Pacto de Varsovia. Richard Nixon era el presidente de Estados Unidos y Nikolái Podgorni el Jefe de Estado de la Unión Soviética y aunque había cierta calma chicha tras los años sesenta y la crisis de los misiles de Cuba, se desarrollaba una carrera armamentística que no dejaba prever hacia donde iba a ser llevada la Humanidad.

 EL RETORNO DEL PLANETA DE LOS SIMIOS

En 2001 Tim Burton estrena su particular interpretación de El planeta de los simios (Planet of the Apes), una visión que no agradó a casi nadie a pesar de contar con el maquillaje del multipremiado Rick Baker, la banda sonora de Danny Elfmann, el magnífico y salvaje diseño de producción de Rick Heinrichs y la intervención de Tim Roth, Kris Kristofferson, Helena Bonhan Carter (como Ari, una sosias de Zira), Estella Warren como Daena (una especie de Nova) e incluso el propio Charlton Heston en un sorprendente cameo. Aunque no pudo conseguir la magia de las películas originales lo cierto es que, vista en la distancia no es, ni mucho menos, un producto desdeñable. El planeta de los simios de Tim Burton gana, como el buen vino, con el tiempo, a pesar de que esta cinta está poco menos que sepultada ante la irrupción de la nueva serie, realizada ya en plena era digital.

Iniciada en 2011 con El origen del planeta de los simios (Rise of the Planet of the Apes, Rupert Wyatt) este nuevo ciclo, en el que un experimento de regeneración del cerebro humano realizado con un chimpancé, dará pie a una nueva especie inteligente, parte desde la Tierra en época actual, dejando aparte pues los viajes espaciales y, por lo tanto, las paradojas espacio-temporales.

El filme tuvo su continuidad con El amanecer del planeta de los simios (Dawn of the Planet of the Apes, Matt Reeves, 2014) y presumiblemente finalizará (o no) con su tercera entrega, Guerra por el planeta de los simios (War for the Planet of the Apes) estrenada en 2017 y dirigida, al igual que la segunda, por Matt Reeves.

Técnicamente los simios están muy conseguidos. Ya no hablamos de maquillaje sino de efectos digitales, lo que hace que todo resulte mucho más realista, pero al estar ambientada en la Tierra se prescinde del rico diseño de producción que poseía el mundo simio, con sus uniformes, castas y edificaciones. Aunque quizás es pronto para hablar, pues no sabemos lo que pueden tenernos preparado los responsables de esta nueva saga. Sea como sea, El planeta de los simios parece tener cuerda para rato.

Antes: Barcelona, cine Maragall, febrero de 1972: Mutantes con túnica, cánticos y de pronto se quitan la cara ¡Se quitan la cara! Mostrando un rostro en carne viva. Pesadilla al canto para ese niño de cinco años y medio que era yo, y de propina una escena que nunca olvidaría.

Tiempo después, cine Niza, noviembre de 1972: Matan a Zira y Cornelius, la simpática pareja de chimpancés parlantes, me pongo triste, pero un pequeño bebé mono se salva y dice: “¡Ma-má!” Sonrisa cómplice.

Dos años después, y de nuevo cine Maragall, enero de 1974: César, aquel pequeño bebé mono que se salvó, ha crecido y prepara en silencio la rebelión. Los simios la ganan. Estoy a favor de los monos. Sí, soy humano ¿y qué? Con mis ahorros pido el muñeco ‘soldado simio’ de Mego que veo en un anuncio en la contraportada de un cómic Vértice. También me hago la colección ‘Relatos Salvajes: El planeta de los monos.’ Mi cuñado se ríe de mí.

Ahora: Tengo todas las películas de la saga en DVD (las últimas en Blu-ray). Los comics los vendí (falta de liquidez), pero mi ‘soldado simio’ de Mego todavía me mira orgulloso desde la vitrina pues sabe que, como yo, es un superviviente.

(Artículo publicado previamente en Klowns Horror Fanzine Nº 6 Especial viajes en el tiempo, 2017)

 

BCN Film Fest: Marie Curie, la mujer atemporal

Aunque pueda parecer que no, siempre cabe la posibilidad de innovar partiendo de materiales ya conocidos. Si nos preguntan a bote pronto quién fue Madame Curie responderemos que una heroína de la ciencia, la asociaremos a algo relacionado con la radioactividad y a las investigaciones de su esposo. Los amantes del cine además nos recordarán que Melvin LeRoy en 1943 rodó su biografía con Greer Garson y Walter Pidgeon, y recordaremos que, aunque ella era la protagonista, en ningún momento se la deslindaba de su esposo. El de LeRoy es un biopic clásico, uno de aquellos que nos relatan las gestas del personaje con tintes hagiográficos, nada de vacilaciones ni claroscuros. De ahí que cuando la cinta de Marie Noelle abre el relato superponiendo los créditos iniciales a una mujer nadando sola en el mar, sintamos ya que nos vamos a situar ante algo distinto.

La Marie Curie de Noelle es una científica puntera que inicia sus investigaciones junto a su esposo, eso ya lo conocíamos, la novedad es que el punto de vista narrativo, sin descuidar su trabajo, se va a desplazar hacia la intimidad del matrimonio y cuando decimos intimidad no nos referimos sólo a su vida de familia sino, sobre todo, a su vida de pareja. Noelle nos trae a la científica, sí, pero sobre todo nos trae a la mujer y eso supone toda una novedad en el punto de enfoque. Es la mujer y no sólo la científica la que se ha de hacer valer en un mundo de hombres que, aunque científico y culto, la relega a un segundo plano. La de Noelle es una película reivindicativa que en ningún momento recurre a la soflama, Marie Curie es retratada como una mujer de carácter, casi una heroína de acción, que rompe esquemas cinematográficos como en su día hiciera la teniente Ripley para la ciencia ficción. Por retratar a la Marie mujer, la cinta va a recrearse en la aventura de la científica con Paul Langevin, un hombre casado (y con una amiga de ella, además). Este episodio, escatimado en el clásico de LeRoy, le sirve a la cineasta para hablarnos del descubrimiento de la sensualidad propia, un descubrimiento liberador de la moral del momento, elegantemente contado por Noelle en las dos escenas en la que la vemos tomar un baño, en la primera la Marie mujer se baña sin quitarse su recatada ropa interior, en la segunda se dará ese placer tomándolo totalmente desnuda.

Marie Curie nos llega en este biopic como mujer, ya no solo avanzada a su tiempo, sino prácticamente atemporal: es la mujer con sus posibilidades de superación, consciente de sus deseos y capaz de empoderarse en el seno de una sociedad que no termina de acabar de ser patriarcal. Para ello, para presentarnos a la heroína como símbolo de la feminidad liberada, entonces y ahora, Noelle adopta modos narrativos de absoluta modernidad, una cámara que se pródiga en planos cortos y en movimientos ágiles (que llegan a darle un cierto tono onírico), con un montaje veloz que no olvida recrearse en los detalles cuando así conviene, una puesta en escena que casi convierte a la cinta en una película de acción. Modos rabiosamente modernos para contarnos una historia de época, toda una declaración de intenciones que las imágenes que acompañan a los créditos finales subrayan (sin resultar superfluas): vemos a Marie Curie con sus atuendos decimonónicos pasear absorta por las calles del París de hoy en día, ella es un icono, un modelo en el que espejearse. Marie Curie somos todas.

Película de mujeres, dirigida por una mujer, que no está llamada a quedarse en el gineceo, su factura y su nervio la convierten en un auténtico caramelo para cualquier amante del séptimo arte.

 

 

‘Lo tuyo y tú’, la cantante era calva

Una noche Youngsoo y su novia Minjung discuten por el supuesto flirteo de la chica con un desconocido y ella termina marchándose de casa. Al día siguiente Youngsoo vaga por las calles con la esperanza de encontrarla; mientras tanto Minjung (o una chica idéntica a ella) tiene citas con distintos hombres que dicen conocerla de antes.

La nueva película escrita y dirigida por el maestro Hong Sangsoo, ganadora de la Concha de Plata al Mejor Director en la pasada 64ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián-Donostia y protagonizada por Kim Joohyuck (Like for LikesThe Beauty Inside) y Lee Youyoung (The TreacherousLate Spring), continúa explorando las relaciones de pareja, verdadera constante de su cine como ya tuvimos ocasión de comentar en  Antes no, ahora sí.   Hong Sangsoo reflexiona en ella sobre los límites del conocimiento mutuo en el seno de una pareja y sobre el valor de la confianza del uno en el otro. Dividida en escenas separadas por fundidos en negro (fundidos que prácticamente juegan el mismo papel que el telón en el teatro), un mismo tema musical sirve de nexo entre ellas, un tema que, por su naturaleza desenfadada y vivaz, indica claramente que Lo tuyo y tú es una comedia.

¿Es una comedia? El coreano nos trae cuadros escénicos disparatados retratados en plano fijo (prácticamente sólo el uso de aparatosos zooms introduce movimiento) en los que los personajes declaman diálogos, que en ocasiones se antojan casi sin sentido, mientras beben, sobre todo beben. La ruptura de la ilación lógica es la que funciona aquí como vehículo del humor, a algunos les podrá provocar hilaridad, a otros sólo una sonrisa, no faltarán los que no capten la gracia, pero lo que vivirán todos es el extrañamiento. Y el extrañamiento es ese lugar en el que lo habitual se deforma y pierde su confortabilidad, algo semejante a las imágenes reflejadas en espejos distorsionantes. Eso es Lo tuyo y tú, una suerte de palacio de los espejos en el que nos veremos obligados a ver de otro modo nuestras propias vivencias sobre el amor, la (des)confianza, la capacidad de comprender al otro, en suma, la posibilidad y sentido de formar una pareja.

Sólo el amor verdadero tiene valor, lo demás es comer y cagar” dice en un momento el protagonista, todo un trasunto del pensamiento del propio director: “el amor es lo único que importa en esta vida aparte de la cerveza. Si encuentras a una persona a la que puedas amar y con quien puedas compartir tu vida, que en el resto de facetas de tu vida seas un desastre carece de gravedad”. Sangsoo se autoproclama vago porque no está dispuesto a inventar nada más allá de lo que él mismo aprecia y vive, por eso en todas sus películas se bebe tanto y por eso hablan todas ellas de amor, “yo mismo no tengo más aficiones que beber. Hablo de lo que sé, punto. Jamás me plantearía contar la historia de, por ejemplo, un piloto de carreras vegano y aficionado a la pesca. No conozco a nadie que sea así, y soy demasiado torpe para inventármelo”. Pero igual que reconoce su pereza, es consciente de su honestidad, “casi nada en mi cine es intencionado, porque me gusta ponerme a merced de los accidentes. Tampoco comparo mis películas entre sí. Cada una de ellas es un reflejo de quién soy yo en el momento de hacerla, una instantánea de quién soy en diferentes épocas de mi vida. En ese sentido soy un director brutalmente honesto”. El coreano no escribe detalladamente sus guiones, juega a la improvisación, se burla amablemente de la prensa que en su juicio rebusca demasiado en sus obras (niega incluso que el cine de Rohmer sea una influencia consciente) y respira sinceridad en cada palabra, una sinceridad que impregna cada fotograma en el que vierte su pensamiento y su sentimiento. Romántico empedernido, no se cansa de dar argumentos sobre como el amor es lo único. Y nosotros podemos amarle por ello.

 

 

Los últimos días en el desierto, primera tentación de Cristo

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu

al desierto para ser tentado por el diablo.

(Mateo, 4,1)

 

Leemos en el Evangelio que Cristo, antes de iniciar su ministerio, se retiró al desierto  donde ayunó cuarenta días y cuarenta noches, cuando su cuerpo se debilitó y sintió hambre fue tentado por el demonio tres veces y no sucumbió ninguna. Este episodio es el punto de arranque de Los últimos días en el desierto donde la anécdota bíblica se noveliza al modo en que lo hiciera Kazantzakis en La última tentación de Cristo (adaptada al cine por Scorsese), pero insistiendo todavía más en el perfil humano del Nazareno, como declara el propio director: “No podía saber cómo era el lado divino, por lo que decidí tratar las predicaciones y problemas de Jesús de la misma forma que los de una persona normal”.

Poco versado en la doctrina (pese a haberse criado en un entorno eminentemente católico), la historia en la que Rodrigo García enmarca el episodio evangélico se le presentó de repente, después de decidir que lo que más le atraía del Hijo de Dios era justo eso, su condición de hijo. Así resume el director la trama: “en la niebla de un viaje espiritual encuentra a un padre, una madre y un hijo extraños los unos para los otros. El planteamiento se desarrolla en el clásico enfrentamiento entre la llamada divina del alma y el deseo individual de realización personal”. Mientras García trata las dinámicas familiares en el corazón de la película, decide añadir un personaje adicional: el Diablo. “En la Biblia se dice que el Diablo tentó a Jesús en el desierto. Yo he elegido que se le aparezca a Jesús con su propia apariencia. El Diablo cuestiona a Jesús si podrá resolver el problema de la familia satisfaciendo a todo el mundo.” En suma, Jesucristo y su travesía por el desierto son elegidos como contexto para explorar a un sujeto universal y su historia de crecimiento personal: un joven convirtiéndose en hombre, con el permiso de su padre o sin él.

El tratamiento de la figura de Jesús que nos brinda el colombiano ha sido considerado valiente y arriesgado, al estar alejado del  que más habitualmente nos había dado el género en la pantalla. Un mundo desacralizado como es el nuestro agradece que se rescate el humanismo que respira lo cristiano apartándolo de las cuestiones de fe. Evidentemente esta secularización no ha satisfecho a todos y menos, sobre todo, a los sectores religiosos. De las filas de la Iglesia le han llegado las peores críticas de entre las cuales destacamos la de Monseñor Robert Barron, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Los Ángeles, por su tono sarcástico: “Con su última película, Últimos días en el desierto, Rodrigo García ha logrado algo verdaderamente destacable. Ha tomado un extracto de la vida de la persona más interesante que jamás ha vivido y lo convirtió en una película colosalmente aburrida. (…) Lo que sería realmente dramático y revelador sería una película que muestre convincentemente que el carpintero de Nazaret también es Dios.” En lo que no parecen querer reparar unos y otros es en que, no sabemos si de forma voluntaria, hay al menos una cuestión en la película de relevante interés teológico: la que afecta a la naturaleza del diablo.

Para representar al demonio, al maligno padre de la mentira, García huye de la iconografía clásica, nada de cuernos, alas o tridentes, también al diablo le da una apariencia humana, y no una apariencia cualquiera, como decíamos más arriba nos lo presenta como doble exacto del propio Jesús (reto doble, pues, para Ian McGregor que ha de interpretar al hombre más santo y a su reverso). En un primer acercamiento a esta decisión deberíamos concluir que esta elección viene dada por esa voluntad de dar a la historia un tratamiento humano: que sea su doble podría hacernos pensar que quizás se trate tan solo de una alucinación provocada por el mismo agotamiento de la estancia en el desierto. Sin embargo, si tomamos distancia de cuáles han podido ser las intenciones del autor, nos encontramos con que la cinta nos brinda la ocasión de reflexionar sobre la relación entre el bien y el mal. Más allá del filme, la tradición establece que el Nazareno es el verdadero Hijo de Dios, de un Dios que es uno y trino, así que Cristo es Dios; si el diablo es el doble del Hijo, estamos estableciendo que las dos potencias antagónicas comparten esencia. Dios y el diablo serían las dos caras de una misma moneda y con ello estaríamos estableciendo un mismo origen para el bien y para el mal absolutos, cuestión que obligaría a revisar todo el sistema de creencias y que podría considerarse una aberración teológica, pero también una inquietante proposición que explicaría porqué puede ser compatible la promesa del Cristo al buen ladrón de estar mañana con Él en la casa del Padre cuando la profecía había establecido que tras la muerte en la cruz descendería a los infiernos durante tres días. Si el diablo y Dios son el mismo, cielo e infierno sólo serían dos nombres para referirse a lo mismo y no habría salvación posible.

Las derivaciones teológicas de una elección probablemente inocente son mera especulación y divertimento intelectual, pero se habrá de reconocer que tirar del hilo de los recursos de García para contar su historia nos llevan a una interesante paradoja. Y la paradoja persiste hasta cierto punto aunque no pensemos en la naturaleza divina del Cristo. Aún manteniéndonos dentro de una caracterización meramente humana, la visión dialéctica del bien y el mal sigue persistiendo. Entre ambos polos se daría una relación de opuestos complementarios, un opuesto necesitaría al otro para definirse, extremando la reflexión habría de concluirse que un contrario es el otro en su eterna rivalidad. El diablo de García es el reverso socarrón del Hijo, él mismo es hijo de Dios como lo es cualquier criatura y la razón de haberse rebelado contra el Hacedor habría sido la arrogancia extrema de este último. Y esto sí se dice de forma expresa en el filme. Si no nos remontamos especulativamente por encima de la película, nos queda aún una caracterización del demonio que lo haría semejante al Satán de Milton. Se presenta como un personaje carismático y persuasivo.  Un ser curioso, insumiso, contradictorio, humano, en suma, que a veces parece capaz de amar. Casi parece ofrecerle la única mano amiga al Cristo agotado por el desierto y por el peso de haber de atravesar la muerte para cumplir con el mandato del Padre.

Últimos días en el desierto no es, pues, una película aburrida, aunque sí resulte contemplativa y lírica en la mayor parte de su metraje. No deja de ser una interesante visión alternativa a lo que ha dado el género, que nos permite reflexionar sobre el humanismo, sobre el bien y sobre el mal. Todo ello envuelto por la fotografía del triplemente oscarizado Emmanuel Lubezki (El Renacido, Birdman, Gravity) que obra un milagro al convertir la luz natural y el paisaje desértico en magia para la mirada.

Vamos de cena: Holocausto Caníbal

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Vamos a recordar la historia de esa tramposa película, del escándalo que desataron sus imágenes, y de una treta publicitaria tan perfectamente orquestada que, todavía hoy, hay quien piensa que realmente un equipo de televisión fue sacrificado y devorado por una tribu de caníbales en el Amazonas. Y que esas imágenes son las que nos muestra Holocausto Caníbal.

MENÚ DEL DÍA

Discípulo de Rossellini, del que fue asistente de cámara, así como colaborador de otros cineastas como Riccardo Freda y Antonio Margheriti, Ruggero Deodato inicia su carrera como director a finales de los años sesenta realizando películas de género, entre ellas aventuras selváticas como Gungala, la pantera nuda (1968), rodada enteramente en Italia; o de héroes enmascarados como Fenomenal e il Tesoro di Tutankamen (1968), películas ambas que rubricó con un seudónimo tan sonoro como ridículo: Roger Rockefeller. Continua su trayectoria abordando comedia, spaghetti western y poliziesco, hasta que realiza Mundo caníbal, mundo salvaje (Ultimo filming-in-colombiaMondo Canníbale, 1977), encargo del que se hace cargo al no poderla dirigir Umberto Lenzi, ocupado con otro proyecto. La  película supone un enorme éxito en todo el mundo y todo un antecedente a Holocausto Caníbal. Rodada en localizaciones naturales de Malasia, la cinta cuenta ya con algunos puntos comunes del subgénero caníbal: blanco conviviendo con tribu salvaje enfrentándose a ritos que podríamos calificar como chocantes, entre ellos, naturalmente, comer carne humana. La cinta “Se rodó enteramente en Kuala Lumpur (Malasia) en terribles condiciones climáticas y usando auténticos caníbales. Se me ocurrió la idea al leer un artículo en National Geographic en el que se describía una tribu de aborígenes caníbales que vivían en una cueva en la isla filipina de Mindanao”. Posiblemente sea cierto que a Deodato se le ocurrió la historia mientras leía una revista, pero, viéndola, uno no puede más que detectar claras similitudes entre la cinta de Deodato y Il Paesse del Sesso Selvaggio, que en 1972 rodó Umberto Lenzi en Tailandia, y que inauguró este subgénero. De hecho ambas cuentan con los dos mismos protagonistas, Me Me Lai e Ivan Rassimov, así como un productor en común, Giorgio Carlo Rossi, que también escribió la historia de Mundo caníbal, mundo salvaje, parada obligatoria de Deodato hacia su película más famosa.

PRIMER PLATO: RODAJE

Italia en los años ochenta estaba muy lejos de ser una de las cunas del séptimo arte. De Sica, Fellini, Pasolini y Rossellini habían dado paso a Bava, Argento o Freda y estos a otros directores estajanovistas que igual hacían un tiburón de pega, una cinta apocalíptica con moteros o una de zombis. O todo junto y revuelto. Uno de los subgéneros nacidos al abrigo de esa década fue el cine de caníbales, que se diferenciaba de los otros subgéneros por ser un producto totalmente transalpino. Hasta entonces, los caníbales eran esa presencia feroz holocaust-cannibal-scenesque se adivinaba en las películas de Tarzán, en las que como mucho se nos mostraban unos huesos mondos y lirondos como señales de su exquisita dieta. Todos tenemos en nuestro subconsciente esa imagen caricaturesca de la tribu danzando alrededor de una gran olla con exploradores dentro,  pero es a partir de las nombradas Il Paesse del Sesso Selvaggio (1972) de Umberto Lenzi y Mundo caníbal, mundo salvaje (Ultimo Mondo Canníbale, 1977) de Ruggero Deodato, cuando se abrió la veda y se pusieron las cosas peliagudas para los espectadores de estómago débil. De hecho ambos directores radicalizarían posiciones con sus siguientes películas enmarcadas en el subgénero: Lenzi en Comidos vivos (Mangiati vivi!, 1980) y sobre todo Caníbal feroz (Cannibal Ferox, 1981); y Deodato con el film que vamos a analizar, Holocausto Caníbal (Cannibal Holocaust, 1980).

La expedición del Profesor Monroe (Robert Kerman) parte hacia el Amazonas al rescate de cuatro periodistas desaparecidos mientras realizaban un documental. Tras varias peripecias en la jungla, la expedición encontrará el material que rodaron en poder de los Yamamomo, una tribu caníbal que vive en los árboles. Ya en la civilización revisarán el material para realizar con él una serie documental, The Green Inferno, pero desecharán la idea conforme descubran el contenido de las cintas, en las que los periodistas manipulan la realidad a su antojo con tal de conseguir imágenes de impacto. Todo vale para los cínicos reporteros, incluso prender fuego a todo un poblado, violar a sus mujeres y matar sin conciencia. Las últimas imágenes que rodarán las cámaras serán las de su propia ejecución a manos de los Yamamomo. Tras ordenar destruir las cintas, Monroe saldrá a la calle, a la selva de asfalto, preguntándose: ¿Quiénes son los caníbales?

Con tomas realizadas en Nueva York para darle ese aire a película norteamericana que los italianos (y también los españoles) les daban a sus productos para hacerlas pasar por lo que no eran, el grueso del metraje de Holocausto Caníbal está compuesto por lo rodado durante las nueve semanas que el equipo pasó en Leticia (Colombia). Un emplazamiento ideal para lo que tenía Deodato en mente y que encontró en el último momento, justo cuando ya estaba en el aeropuerto a punto de embarcar rumbo a Roma tras una infructuosa búsqueda por toda Colombia. Leticia se encontraba en el Amazonas y era la selva virgen que Deodato necesitaba. Un lugar al que por entonces tan solo podía accederse por avión. Y también un lugar altamente peligroso, pues estaba situado en plena ruta del narcotráfico al formar frontera con Brasil y Perú.  Por entonces este emplazamiento era un poblado de chavolas con dos hoteles en el que había electricidad tan solo por la noche gracias a un generador eléctrico. Lo que sí había en abundancia eran cocodrilos, pirañas, arañas venenosas, serpientes, insectos y un calor atroz. Así que el rodaje fue toda una aventura. Y casi improvisada, pues Dedodato no era amigo de seguir planes de rodaje ni storyboards. Su forma de rodar era emocional, abierta a la improvisación y a preparar la escena in situ: “Me leí el guión una vez y luego fui a la mía. Soy muy creativo cuando filmo. Mi maestro, Rossellini, era así[1].

Los actores que buscaba Deodato tenían que ser lo más anónimo posible. Y estar algo locos también. Su principal objetivo era la credibilidad de lo que se iba a rodar. Era la gran baza del filme, tal y como se demostraría. También se rodaría en inglés, así que se seleccionaron tres de los cuatro actores principales en el Actor’s Studio de Nueva York, con tan buena fortuna que había dos italianos estudiando allí que hablaban perfectamente inglés, Francesca Ciardi y Luca Barbareschi, que fueron reclutados inmediatamente, ya que para que la película tuviera la nacionalidad italiana era imprescindible que contara, al menos, con dos actores italianos. Estos actores interpretaron a dos de los miembros del equipo de periodistas masacrados en la jungla, Faye Daniels y Mark Tomaso respectivamente. El equipo se completó con los americanos Perry Pirkanen (Jack Anders) y Carl Gabriel Yorke (Alan Yates). Cuatro actores que comenzaban su carrera en esos momentos y que cumplirían a la perfección lo que les demandaría el director: encarnar el paradigma de la ruindad humana.

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Perry Pirkanen es quizás el más reconocible de los cuatro, ya que aunque su carrera fue breve, estuvo centrada en el cine italiano de género, interviniendo en dos de los títulos favoritos de los degustadores de comida italiana: Canibal Feroz y Miedo en la ciudad de los muertos vivientes (Paura nella città dei morti viventi, 1980) de Lucio Fulci. Gabriel Yorke tuvo una presencia más prolongada en cine y especialmente televisión, al igual que Francesca Ciardi, que tras más de 20 años alejada de las cámaras, ha regresado al cine en la producción británica de terror DeathWalks (2014) del director Spencer Hawken, que cuenta con la actriz para sus dos nuevo proyectos. Luca Barbareschi es sin lugar a duda el que ha conseguido tener una carrera más prolongada en cine y televisión, incluido un papel en Inferno in Diretta (1985), otra cinta de horror de Deodato. Barbareschi además ha  mantenido una segunda carrera en el mundo de la política como parlamentario por el PDL de Sergio Berlusconi.

Los cuatro intérpretes tuvieron que firmar un contrato especial en el que se especificaba que debían desaparecer del mundo del cine durante un año. No presentarse a castings, no visitar productores… Con ello se buscaba, ya desde su inicio, el impacto promocional. Nada fue casual. La intención era hacer pensar al espectador que todo lo que se narraba en la película era cierto y que los ‘periodistas’ habían sido sacrificados por los caníbales en justa venganza. De hecho, los títulos de crédito iniciales solo incluyen técnicos y ningún actor, detalle que pretende darle al filme apariencia de documental.

Ruggero Deodato seleccionó a Robert Kerman porque ya había trabajado con él en Concorde Affaire’79 (1979). Le interesaba por su físico común, justo lo que buscaba para el actor que debía interpretar al profesor Harold Monroe. Lo que quizás no sabía el director es que, como Richard Bolla, Kerman había intervenido en más de cien películas pornográficas, labor que retomaría tras Holocausto Caníbal, siendo uno de los pocos actores provenientes del cine X que mantuvo una carrera en paralelo en el cine convencional. Tras el éxito comercial  del filme de Deodato intervino en Comidos vivos y Caníbal feroz (con él ya son dos los actores de esta cinta que coinciden en la película de Lenzi), dos explotaciones del filón abierto por Holocausto Caníbal.

Salvatore Basile, que encarna al rudo guía que lleva al profesor Monroe al poblado de la tribu de los árboles, es un actor italiano nacionalizado colombiano que ha desarrollado una larga carrera en su país de adopción interpretando numerosas telenovelas. También ha ejercido como productor

Pero sin lugar a duda son los caníbales los que brindan credibilidad a la trama. Sin su participación Holocausto Caníbal no habría sido lo mismo. Interpretados por brasileños, colombianos y peruanos, entre ellos también hubo una mujer embarazada y un nutrido grupo de prostitutas, a las que se sumaron, convenientemente camufladas, dos actrices que resultaron totalmente convincentes en sus papeles de nativa, Lucia Costantini y Luigina Rocchi.

Lucía Costantini dándolo todo...

Lucía Costantini dándolo todo…

Lucia Costantini era la encargada de vestuario de Holocausto Caníbal, función que desempeñó en algunos títulos más, incluido Trampa para un violador (La casa sperduta nel parco, 1980), también de Deodato. A Lucia le tocó realizar el tan memorable como desagradable papel de nativa adúltera, que totalmente cubierta de fango es violada por su compañero con un falo de piedra a la orilla del Amazonas. Posteriormente es asesinada, arrastrada por el lodo y abandonada a la deriva en una canoa. Huelga decir que esta escena fue su primera y única tentativa en el campo de la interpretación. En cuanto a la bella y exótica Luigina Rocchi, su carrera se limita a unos pocos papeles, entre ellos uno junto a Pasolini en Las mil y una noches (Il fiore delle mille e una notte, 1974) y otro en La montaña del dios caníbal (La montagna del dio cannibale, 1978) de Sergio Martino,  cinta enmarcada también en este alimenticio subgénero, además de en algunas comedias. Ciertamente no se sabe que papel interpreta, así que se hace extraño que viniera desde Italia para encarnar a una anónima aborigen, aunque lo cierto es que su nombre figura en el reparto que se nos ofrece al final de la cinta.

Entre los actores y las actrices naturales del lugar destaca la joven brasileña que interpreta a la nativa violada por los reporteros.

El jefe de todas las tribus.

El jefe de todas las tribus.

Recuerda el director que la joven llegó a pensar que realmente iban a agredirla sexualmente, de ahí que casi no pudieran alcanzarla cuando salió a la carrera. También es remarcable la labor del tipo que hace de jefe de los Yacumo, de hecho tan bien lo hizo que se recurrió de nuevo a él para que interpretara al jefe de los Yamamomo. La escena en la que Robert Kerman se baña desnudo en el río no debió haberle resultado muy difícil de hacer en vista de su larga carrera en el cine porno. Las jóvenes que se le acercan desnudas a tocarle fueron reclutadas por Deodato en un lupanar cercano.

Finalmente, y a modo de curiosidad, el propio director hace un pequeño cameo en la película, búsquenlo sentado en la hierba del campus de la  N. Y. University, no les será muy difícil.

El rodaje no fue cronológico y en él intervino, como ayudante de dirección, el futuro director Lamberto Bava. En cuanto a los efectos especiales, obra de Carlo Gasparri, resultaron sencillos pero altamente efectivos. La emblemática escena de la chica empalada fue del todo artesanal, se solucionó sentando a la chica en un sillín de bicicleta y haciendo que sujetara con su boca un ligero palo de balsa.

Una imagen iconográfica del cine con un trucaje más que sencillo. Aún así hay quien dice que a la joven nunca se la ha encontrado...

Una imagen iconográfica del cine con un trucaje más que sencillo. Aún así hay quien dice que a la joven nunca se la ha encontrado…

Uno de los factores que contribuyó al gran éxito de la cinta fue la partitura de Riz Ortolani, que compuso una melódica música que contrasta con la violencia de las imágenes que acompaña. Aunque lo cierto es que también realizó otros cortes que añaden tensión a las escenas, como esa especie de latido electrónico o la pesimista melodía que, por ejemplo, puede escucharse cuando el nativo sacrifica a la adúltera. Este interludio musical ha sido recuperado recientemente por Cal Evrenol en su film Baskin (2015).

Resultó ser una gran idea que la película se rodara en 35 mm. y la parte realizada por los reporteros desaparecidos en 16 mm. El cambio de textura de este metraje, al que se le añadieron rallas y sobreexposiciones para darle la sensación de estar dañado, contribuyó a dar credibilidad al bulo.

Ruggero Deodato no recuerda que durante el rodaje hubiera ninguna discusión, según él se desarrolló en un ambiente muy relajado y agradable. Aunque uno no sabe que pensar cuando, según el mismo director, Robert Kerman prefería quitarse de en medio cuando se sacrificaba algún animal o Perry Pirkamen lloró cuando finalizó el rodaje de la escena en la que él y Ricardo Fuentes torturan y destripan una tortuga. También en 2005 Carl Gabriel Yorke declaró en una entrevista que Francesca Ciardi le sugirió que, como ensayo para la escena sexual que tienen ambos tras masacrar e incendiar el poblado nativo, fueran a la jungla y lo hicieran de verdad, a lo que el actor se negó porque tenía novia en Nueva York. Por su parte Ciardi dijo en 2009 que las imágenes sexuales no fueron simuladas y que además, ella y Yorke fueron amantes durante el rodaje.

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Por correr rumores, también hay uno, seguramente sin fundamento, que dice que un indígena cayó al río y fue devorado por unas pirañas. Lo que sí parece cierto, ya que hay algunas imágenes que así lo atestiguan, es que se pensaba rodar un ataque de pirañas, pero se desechó la idea por no disponerse de cámaras subacuáticas.

Rumore, rumore, rumore…

Todo sabiamente mezclado, como un buen guiso. 180.000.000 liras (unos 335.000 euros), carne, vísceras, sexo, escenas de impacto y un rodaje documental, dará pié a una película de culto adelantada a su época en varios años a la muerte en directo, a la inmediatez, al found footage y hasta al absurdo ego de las selfies.

 2º PLATO: ESCÁNDALO

Una vez finalizada la película, tras un primer pase privado, Ruggero Deodato ya podía esperarse lo que se le vendría encima cuando Sergio Leone, comprendiendo el impacto que tendría, le dijo ‘Querido Ruggero, esta película te hará famoso, pero te traerá problemas con la ley’[2]. No tardarían en llegar.

"Comidos por los caníbales" el Interviu que desató la leyenda en España...

“Comidos por los caníbales” el Interviu que desató la leyenda en España…

“Se estrenó en Milán y un terrible juez la confiscó después de haber recaudado cinco millones de euros en diez días y la United Artists se retiró inmediatamente dejándonos tirados. Con la película confiscada no podíamos recuperarla y se debía celebrar juicio, ya que se me acusaba de matar personas y animales. Allí empezó la aventura. Nuestros dos productores buscaron los mejores abogados. Teníamos siete u ocho, que cuando iban a Milán se alojaban en los mejores hoteles”

La acusación de asesinato se demostró fácilmente que era falsa: “A los cuatro actores se les dijo que tenían que esfumarse durante un año. No hacer otras películas. Pero al venir los problemas judiciales hubo que ‘resucitarlos’, para que los jueces vieran que estaban vivos”. Pero por el maltrato animal fueron condenados a cuatro meses de prisión condicional y una multa de 400.000 liras. Lo peor fue que la cinta estuvo incautada durante tres años en Italia, hasta que el tribunal de casación les restituyó la película.

Pero la carrera de Holocausto Caníbal por el mundo, con el eco de sus problemas judiciales de fondo, se puso en marcha. En octubre de 1980 el diario ABC publicaba un artículo de llamativo titulo: “Fueron devorados por los indios”:

“En el Festival de Sevilla, donde se acaba de exhibir, ha provocado conmoción. No es para menos: “Holocausto Caníbal” es una película que, aparte de narrar las terribles prácticas de antropofagia de una serie de tribus amazónicas en el linde entre Perú y Brasil, constituye un documento insólito en la historia del cine, por el trágico destino que corrieron sus realizadores. Ellos mismos fueron asesinados y devorados por los indígenas a los que estaban filmando.”

Con esta noticia se daba crédito a Holocausto Caníbal como real, algo que no podía escaparse a la sensacionalista revista Interviú, que en su número 235, publicado en noviembre de ese mismo año, recogía el popular reportaje gráfico que perpetuaría en España el bulo de Holocausto Caníbal, calentando de paso al público para el estreno que tendría lugar en nuestras pantallas tan solo tres semanas después. La película, exhibida íntegra pero con la clasificación ‘S’, que advertía que ‘por su temática o contenido puede herir la sensibilidad del espectador’, consiguió, como no podía ser de otra manera, un gran éxito. En Inglaterra, donde The Sun también había difundido el bulo, la película se estrenó directamente en video. Por su parte en Francia sería la revista Photo, en su número 160 (enero 1981) la que difundiría el carácter ‘real’ del metraje rodado por los cuatro desafortunados periodistas, estrenándose en abril de ese año, pero con nueve minutos aligerados de su metraje.

holocausto_gallery_aProgresivamente fue estrenándose en el resto del mundo, llegando tres años después a las pantallas italianas por los mentados problemas judiciales. Si en el primer y breve estreno en febrero de 1980 la censura había retocado la escenas de la adúltera, la de la tortuga y la castración de uno de los reporteros durante la matanza final, al volver a las salas en 1983, se le realizaron algunos cortes adicionales, concretamente a la escena en que los nativos matan a Faye Daniels (Francesca Ciardi), posiblemente por algunos de  los desnudos. En Estados Unidos se estrenó en 1985 y en Japón en enero de 1983, desbancando del título de película más taquillera a E.T. el extraterrestre (E.T. the Extra-terrestrial) de Steven Spielberg.

Aunque como hemos visto pudo probarse rápidamente que no se había sacrificado a los actores, la polémica prosiguió respecto a la matanza de animales, algo de lo que Deodato siempre se defendió esgrimiendo el mismo argumento: “Los animales fueron matados por los propios indios, para comer. Yo simplemente les seguí en sus cacerías (…) Yo no dirijo documentales, lo que hago son historias reales con actores profesionales”. Algo que no es del todo cierto, ya que Luca Barbareschi mata de un tiro a un pequeño cerdo y Perry Pirkamen colabora en torturar y destripar a la tortuga junto al también actor Ricardo Fuentes, que en otro momento del filme sacrifica un pequeño coati. Pero desde luego estamos hablando de otros tiempos. Actualmente con las leyes de protección de los animales, sería imposible realizar estas escenas, de las que Deodato ha llegado a renegar “Si la rodara ahora quitaría la violencia a los animales. De joven para mi era normal ver en el pueblo la matanza del cerdo. Todo el mundo se reunía para la matanza, pero ahora solo vemos a los animales muertos en el supermercado. Antes todo era diferente. Mi hijo no quiere ver cosas muertas Tampoco quiso ver a mi madre muerta”. Justificándose recurriendo, nuevamente, a su maestro:   “(…) puede decirse que este realismo y el de mis otras películas lo he aprendido de mi primer maestro, Roberto Rossellini.”

POSTRE: LEGADO

Ruggero Deodato ha contado en diversas ocasiones que rodó su película como respuesta a la violencia que mostraba diariamente la televisión, de la que culpaba a los periodistas: “Hice Holocausto Caníbal porque Italia estaba bajo la presión de las Brigadas Rojas y mi hijo veía todos aquellos muertos por la televisión y me pedía que la apagase. Además, perdí a mi mujer en ese momento y empecé a preguntarme porqué los periodistas hacían aquellos reportajes. Metí en una película todo mi odio hacia la sociedad. Yo no soy violento, pero me encontraba en un momento difícil de mi vida. (…) Holocausto Caníbal condena a los periodistas que hacen lo indecible por conseguir un scoop[3].

47a4a9f3f8b2e7618c727ea2a6c649d4Esta explicación del director nos resulta algo forzada, primero por condenar al mensajero, que se encarga de difundir las noticias, sean buenas o malas, pero noticias reales al fin y al cabo. Pero también, y lo que es peor, cínica, ya que para su supuesta denuncia, Deodato no duda en utilizar los mecanismos del cine exploitation: “Como en muchas películas de este tipo, se pretende condenar lo que se explota. Los periodistas son presentados como villanos que no deberían haber rodado las imágenes que el propio Deodato y otros nos venden[4]”. Así que quizás sobra el tono didáctico que ofrece  sobre la labor periodística. Además,  bajo nuestro punto de vista lo que se ataca, de forma involuntaria si quieren es, más que el sensacionalismo televisivo, un tipo de cine que desde los años sesenta se venía exportando con gran éxito desde Italia a todo el mundo, el denominado cine Mondo.

Mondo Cane (1962), cinta de Jacopetti, Cavara y Prosperi de la que Ruggero Deodato se ha declarado admirador[5], inauguró este crudo subgénero basado en documentales de estilo hiperrealista y contenido morboso que revela sin tapujos la crueldad del medio natural, valiéndose también de duras escenas de matanzas, rituales y ejecuciones. Adios África (Africa Addio, Jacopetti y Prosperi, 1966) exhibe “en sus primeros minutos los restos de un anciano comido por sus propios hijos en una suerte de rito fúnebre ciertamente radical”.[6] En Hombres salvajes, bestias salvajes, “se nos muestra con todo lujo de detalles la ejecución de un indígena del Amazonas por parte de una banda de encantadores mercenarios. El indio es castrado vivo y descuartizado ante la cámara[7]. Un documento que Daniel Ausente confirma como falso en una cinta “acusada de acordar la hora de un fusilamiento”[8] para poder rodarlo en buenas condiciones e incluirlo en su metraje. En un momento de Holocausto Caníbal se nos enseñan escenas de un supuesto documental anterior rodado por los ficticios periodistas, ‘The Last Road To Hell’ momento en el que Deodato muestra unas imágenes, mecidas con la dulce melodía de Ortolani, de ejecuciones reales tomadas en Nigeria y el sudeste asiático, con excepción de una toma ficticia rodada por el propio director. Otras escenas como la de Monroe bañándose desnudo en el río o el rito del aborto estaban basadas en otras similares pertenecientes a otro mondo, Sabana violenta (Savana violenta, Antonio Climati y Mario Morra, 1976).

Así que si algo se denuncia en Holocausto caníbal son las tretas y la manera de hacer  del cine mondo, las prácticas de esos sensacionalistas buscavidas que recopilaban y exhibían crudamente las escenas más horribles que podían encontrar, aunque tuvieran que manipularlas, provocarlas e incluso falsearlas, todo en aras de conseguir el impacto más fuerte sobre el morboso espectador. Una forma de mostrar, directa al estómago, que influyó decisivamente en Holocausto Caníbal y en todo este subgénero transalpino,  abriendo la veda del exterminio sádico de animales, habitual en el mondo y que ha persistido, de todas las imágenes que pueden verse en Holocausto Caníbal, como único tabú, una vez desenmascarada su falsedad como documental. Bien cierto es que, como no se ha cansado cannibal-holocaust-movie-poster-1980-1020433289de decir Deodato, los animales fueron sacrificados y comidos por los nativos, pero escenas como la tortura y destripamiento de la tortuga, revuelven las tripas y buscan ofender al más audaz de los espectadores.

En todo caso Deodato se muestra satisfecho con la película que le inmortalizó: “Holocausto Caníbal es un film espléndido. Incluso visto hoy no comprendo como lo dirigí tan bien. No podría haberlo hecho mejor[9]“. Aunque para él no sea una película de terror, “No la considero una película de terror, es una película realista Y por esto es muy eficaz. Una simple película de terror no habría tenido tanta publicidad ni habría suscitado tantísimo interés[10]”. Un interés quizás basado en la posible existencia de las denominadas películas snuff, de cuya existencia el director no duda: “Son películas clandestinas que ningún director profesional podría soñar con hacer. Yo nunca he visto una, pero desafortunadamente existen. Forman parte del vil mercado pornográfico y yo no tengo absolutamente nada que ver con esas cosas. Por eso detesto que me llamen ‘Monsieur Caníbal’ y hago todo lo que puedo para escapar de este apodo[11].

Para Mike Hostench y Jesús Martí, Holocausto Caníbales una película que tiene muchos paralelismos con otra gran obra de lo perverso: Saló o los 120 días de Sodoma. Rueggero Deodato, al igual que Pasolini, construye una gran alegoría sobre la opresión del poderoso sobre el débil (…) Ambas tienen una gran virtud: la de provocar asco y repugnancia y, a la vez, una fascinación que impide apartar por un segundo los ojos de la pantalla.[12]

Lo que sí hay que concederle a Holocausto Caníbal es el merito, como pieza fundamental e innovadora, de haber iniciado un nuevo lenguaje cinematográfico, el del  falso documental basado en imágenes halladas en cintas roídas, en mal estado,  rodadas descuidadamente, sin montar, en estado puro, sin pulir, que nos descubren otra realidad, un horror ‘real’. El equivalente cinematográfico il_570xN.390222962_bp2ha los diarios secretos, a los libros de bitácora.  Junto al profesor Monroe iremos descubriendo lo que lleva a los caníbales a desatar su terrible venganza. Y esta misma caja de Pandora de la que Deodato dejó escapar unos fotogramas malditos,  es la que quisieron reproducir los dos jóvenes directores de El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project, 1999), Daniel Myrick y Eduardo Sánchez.

La cinta de Deodato, actualmente película de culto en todo el mundo y reeditada en lujosas ediciones en formato doméstico, fue durante un tiempo olvidada por los espectadores, a excepción de los aficionados al cine de terror. Así que cuando se estrenó El proyecto de la bruja de Blair, precedida por una poderosa campaña viral, estos mismos aficionados la reconocieron como copia de algo que Deodato ya había realizado 20 años antes, situándose así Holocausto Caníbal, sino como buque insignia, sí como fundador  de este moderno subgénero denominado found footage, nacido gracias a la irrupción de la tecnología digital que ha facilitado que casi cualquiera con un teléfono y muy mal pulso, pueda realizar su película ofreciendo, como podemos ver en esta misma publicación, tanto obras interesantes, como piezas deleznables.

A día de hoy Ruggero Deodato vive especialmente de Holocausto Caníbal, a pesar de que, como hemos visto,  le causa cierto fastidio, al igual que a Lenzi con Caníbal feroz, ser recordado y homenajeado por su sangrienta cinta. Pero ambos se dejan querer. Hagan lo que hagan sus películas se han convertido en obras de culto. Y aunque a Deodato le moleste lo de Monsieur Caníbal, si Eli Roth le llama para realizar un cameo en Hostel 2 (2007), como exquisito gourmet de carne humana, Ruggero encantado lo hace. Porque el director italiano también tiene un buen sentido del humor.

CHUPITO FINAL

En una ocasión tuve la suerte de cenar con Ruggero Deodato y pedí a ciegas lo mismo que él. Pensé que quizás el ágape se convertiría en una orgía cárnica de filetes rebosantes de sangre, pero mi sorpresa vino cuando nos trajeron un plato de espárragos a la brasa. Estuvieron tan deliciosos como la conversación, centrada en Frank Capra.

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[1] Las declaraciones de las que no se especifica su origen, pertenecen al director y están extraídas de la pista de audio-comentario de la edición española en DVD editado por Manga Films.

[2] Palmerini, Luca M. y Mistretta, Gaetano. Spaghetti Nightmares. Fantasma Books, Estados Unidos, 1997.

[3] Balagueró, J. “Caníbales ¡El cine que muerde!” Zineshock 2. Barcelona, Primavera 1992.

[4] Phil Hardy ‘The Aurum Film Encyclopedia” recogido en Fantasy Film Memory 1: Ruggero Deodato. Francia, julio 1990.

[5] Tanto que incluso quiso contar con Riz Ortolani, compositor de su banda sonora, para Holocausto Caníbal.

[6] Balagueró, J. “Caníbales ¡El cine que muerde!” Zineshock 2. Barcelona, primavera 1992.

[7] Balagueró, J. ”Snuff” en Zineshock 2. Barcelona, primavera 1992.

[8] Lardín, R. (Coord.) Ven y mira. El cine fantástico y de terror en la zona prohibida. Semana de cine fantástico y de terror de San Sebastián. 2011

[9] Palmerini, Luca M. y Mistretta, Gaetano. Opus cit.

[10] Serrano Cueto, J. M. ‘Ruggero Deodato, en busca del realismo perdido’ en Quatermass nº 7. Antología

del cine fantástico italiano. Noviembre de 2008. Edita Retroback, Séptimo vicio y Quatermass.

[11] Palmerini, Luca M. y Mistretta, Gaetano. Opus cit.

[12] Hostench, M. y Martí, J. Pantalla de sangre. Valencia, Midons Ediciones, 1997.

 

El Principito, poniendo al día un clásico

8 septiembre 2016 Deja un comentario

principitoDe la unión de Mark Osborne (director en 2008 de Kung Fu Panda)  e Irena Brignull  (guionista de Los Boxtrolls) sólo podía salir una muy buena cinta de animación (acompañada además con las siempre inspiradas notas de Hans Zimmer). Y eso es lo que es El Principito, libre adaptación de la novela homónima de Saint-Exupéry, una gran cinta animada, repleta de aciertos técnicos e interesantes soluciones narrativas.

La novelita de Saint-Exupéry disfruta de la condición de ser el texto de ficción francés más veces leído y traducido (cuenta con traducciones a más de doscientos cincuenta idiomas y dialectos, incluyendo al sistema de lectura braille) y una de las obras más vendidas de todos los tiempos. La razón cabe buscarla, probablemente, en la conversión de su personaje en todo un ícono pop del niño como metáfora del poder de la emoción y la imaginación frente al exceso de pragmatismo del mundo adulto. Ilustrado por el propio autor, esta breve novela, que busca el agrado del público infantil, funciona también como una reflexión sobre el sentido de la vida, la soledad, la amistad, el amor y la pérdida. La adaptación de Osborne y Brignull ha sabido conservar este doble carácter de la obra original.

Un gran acierto de la versión es haber convertido a El principito en una ficción dentro de la ficción. Brignull ha tejido toda una historia, adornada ella misma por los mismos valores que la adaptada, que sirve de coartada para introducir el texto de Saint-Exupéry; una artimaña que nos la hace poner en relación con La historia interminable de Ende. Al servicio de esa interesante estratagema narrativa, Osborne alumbra una brillante solución técnica: la combinación de la moderna animación 3D para la trama conductora  y la artesanal stop-motion para los episodios del clásico. El resultado de esta combinación nos da un filme innovador en lo formal y poderoso en su imaginería, sin dejar de ser respetuoso con el mensaje original.

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De la obra de Saint-Exupéry se destacan los episodios claves casándolos con la propia peripecia de la lectora protagonista. La niña vive en un mundo planificado en el que lo que importa es ajustarse a los objetivos más cabales para triunfar en sociedad, la grisalla de esa vida es plasmada por la paleta de tonos fríos del dibujo y la repetición de estructuras cuadriculadas que toman toda la pantalla como, por ejemplo, el plano de la circulación viaria de la ciudad que recuerda las obras de Mondrian pero sin su explosión de color. El color aparece cuando la chiquilla entra en contacto con su excéntrico vecino, un anciano aviador que conoció en su juventud al pequeño príncipe y cuya aventura él mismo escribió e ilustró. La lectura del relato del aviador distraerá a la niña (sin nombre en el filme) del meticuloso plan de estudio (y de vida) que la madre ha diseñado para ella, descubrirá así la importancia de la imaginación que la sociedad mecanizada ha marginado y acabará comprendiendo que las grandes preguntas sólo pueden ser contestadas atendiendo al lenguaje del corazón. Esa es la enseñanza del libro: solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos; y la adaptación de Osborne la capta perfectamente.

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Si hubiera que buscarle algún pero a esta cinta animada, sería la excesiva dilación del final (cuando la propia niña entra en la peripecia del Principito). Sin embargo, se ajusta perfectamente a su objetivo: recordarnos que nunca debemos abandonar totalmente la inocencia infantil ni dejar de lado la imaginación y el lenguaje de las emociones. En suma, estamos ante un bello envoltorio innovador en lo formal que arropa una enseñanza universal y atemporal.

Expediente Warren: El caso Enfield, no puedo evitar enamorarme de ti

¿Nunca les ha ocurrido que una película se les quede puesta como un chal sobre los hombros y vuelva a proyectarse en su interior, una y otra vez, sobre el telón de los párpados cerrados? A mí me ha pasado en varias ocasiones, cito al azar, con Tiempo de amar, tiempo de morir (1958, Douglas Sirk), con El Gatopardo (1963, Luchino Visconti), con Avanti (1972, Billy Wilder), con La vida privada de Sherlock Holmes (1970, Billy Wilder), y podría seguir. Lo curioso del caso es que esa proyección íntima se pone en marcha siempre en la misma escena, como si fuera una canción seleccionada en repeat, y esas escenas pasan a configurar mi/nuestra personal antología de grandes momentos del cine. Eso justamente ha vuelto a ocurrirme con The Conjuring 2 (su título español encabeza este artículo) la última cinta del maestro James Wan que afortunadamente no ha cumplido su intención de no volver a dirigir una película de miedo.

Desde que la vi por primera vez en el marco del Festival Nocturna, una melodía sobreviene a mí inesperadamente y vuelvo a ver a Ed Warren (Patrick Wilson), guitarra en mano, cantando “Can’t Help Falling in Love” de Elvis Presley. Esa es la escena. Esa es mi escena. Y no puedo evitar insertarla:

No es ya sólo la exhibición de saber hacer en la puesta en escena, de ella se hace gala en toda la cinta, es que esta secuencia se me antoja el corazón del filme en toda su polisemia. The Conjuring 2 va mucho más lejos de la pericia en la construcción del sobresalto, mucho más allá de escribir un argentado capítulo dentro del subgénero de casas encantadas, The Conjuring 2 es una película de amor, un canto al hogar y al cobijo de la familia, y un alegato sobre la importancia de la comprensión y la confianza como pedestal sobre el que asentar nuestras propias diferencias, esas que nos hacen especiales pero que también pueden llegar a aislarnos. Valores, todos ellos, que ya adornaban la primera entrega, no en vano Wan encargó a Mark Isham el tema principal del score (dejando el resto a su músico de cabecera, Joseph Bishara), el que más grabado se nos queda, y que se titula, precisamente, The Family; pero que en este segundo episodio, esos valores, tienen un desarrollo más amplio, más elaborado y ocupan un lugar mucho más central. Lo que la película de 2013 inauguraba, la de 2016 lo confirma y consolida.

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James Wan repite fórmula, su díptico tiene modos de serial (y por nosotros puede seguirle añadiendo los episodios que guste siempre que los dirija él). Un prólogo marcado que constituye en sí un pequeño filme dentro del filme (y que, en ambas ocasiones, introduce personajes a los que dedicarles después un spin-off), da paso al cuerpo del relato en el que circulan dos tramas condenadas a encontrarse: la peripecia personal de la pareja Warren (el ya mencionado Patrick Wilson y Vera Farmiga) y el caso del que acabarán ocupándose, en esta ocasión el poltergeist de Enfield, conocido también como el Amityville británico. El desarrollo es un crescendo de ritmo perfecto que va desde las primeras manifestaciones de lo sobrenatural hasta la aparición del elemento demoníaco que constituye el clímax de la narración, un clímax en el que todas las líneas del texto quedan cerradas y concluidas. Para acabar con un epílogo esperado: Ed Warren depositando en su pequeño museo de los horrores un objeto que ha cumplido un papel protagonista dentro del caso, una auténtica reliquia que cumple la función de colofón. Una estructura casi robada a la televisión que permite aglutinar lo mejor de los dos medios en una era en la que las series, para cierto sector del público al menos, le están ganando terreno al séptimo arte. Wan demuestra así que aún le queda larga vida al cine, sólo tiene que saber recoger la afrenta de la modernidad y adaptarla a su terreno.

Conjuring

Y es que si algo domina Wan es la gramática cinematográfica. The Conjuring y The Conjuring 2 son pruebas de que en cine importa casi más el cómo se cuenta que lo contado en sí. Ambas son perfectamente disfrutables aunque no se sea amante del género, no por ser productos maisntream (que lo son) sino porque son dos ejercicios de virtuosismo con la cámara. Wan sabe siempre dónde plantarla, qué movimiento es el más acorde al sentimiento que busca provocarnos, donde cortar el plano en aras del interés argumental y de paso conducirnos por los temas que nos va a destacar con un simple encuadre. Esto es algo que ya comentábamos en 2013, The Conjuring 2 viene a confirmar que aquello no era un acierto puntual sino todo un signo de autoría. Siendo una película de miedo, hay que hacer hincapié en como Wan consigue dotar a la cinta de la dosis exacta de sobresaltos para mantener al espectador pegado a la butaca (o botando en ella si se quiere) sin convertirla en un mero tren de la bruja, su dominio de los recursos le permite amagar el susto cuando le conviene o desplazarlo los segundos justos para que nos hayamos confiado y nos pille desprevenidos a pesar de haberlo estado anticipando.

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¿A quién quieres más a mamá o a papá? Difícil elección. La misma dificultad tiene decidir cual de las dos entregas es mejor. Ambas son grandes obras, la diferencia quizás es que en la segunda Wan ya se siente confiado en su producto, el éxito de la primera no le ha supuesto presión (o no lo parece). Al contrario, parece dejarse llevar más por su instinto y así retoma ese humor que se respiraba en su primer Insidious (incluso en el clímax se permite introducir un ligero gag sin despeinarse y sin que ello rompa el ritmo y la tensión dramática). Ese toque de ligereza, paradójicamente, da más profundidad a los personajes y contraste a las situaciones. Queremos a papá y a mamá, no renunciamos a ninguna, sin que ello obste para señalar que la segunda es un producto ya maduro que luce con mayor esplendor.

La bruja, con el infierno en el interior

LA BRUJA (The Withch, Robert Eggers, 2015)

USA/UK/Brasil/Canadá. Duración: 92 min. Guión: Robert Eggers Música: Mark Korven Fotografía: Jarin Blaschke Productora: A24 / Code Red Productions / Pulse Films / Scythia Films / Rooks Nest / Maiden Voyage Pictures / Mott Street Pictures Género: Terror

Reparto: Anya Taylor-Joy, Ralph Ineson, Kate Dickie, Harvey Scrimshaw, Lucas Dawson, Ellie Grainger, Julian Richings, Bathsheba Garnett, Sarah Stephens, Jeff Smith

Sinopsis: Nueva Inglaterra en el año 1630. Una familia de colonos cristiana, formada por un matrimonio y sus cinco hijos, vive cerca de un bosque que, según las creencias populares, está controlado por un mal sobrenatural. Cuando su hijo recién nacido desaparece y los cultivos no crecen, los miembros de la familia se rebelan los unos contra los otros. Más allá de sus peores temores, un mal sobrenatural les acecha en el bosque cercano.

358322Con La bruja, su director Robert Eggers debutaba en el cine y obtenía el premio a la mejor dirección en el último Festival de Sundance. Basada en un guion suyo y ambientada en Nueva Inglaterra (lugar de origen de Eggers), en el siglo XVII, nos narra como una familia que vive sola en el bosque es pasto de lo que en principio parecen ser supersticiones: un bebé desaparece, una cabra comienza a dar sangre en lugar de leche… Todo situado en un ambiente inquietante, el bosque como lugar donde habita el mal,  acompañado de la sobrecogedora banda sonora de Mark Korven y una bella fotografía plagada  de colores lavados y sombras marcadas que nos llevan a pensar directamente en el tratamiento de las sombras y luces de Rembrandt, pero cruzado con la imaginería de Gustavo Doré. La trama se desarrolla como una sucesión de  tableaux vivants separados entre sí por intermitentes fundidos en negro, convirtiéndola casi en una narración dividida en capítulos. A través de esa estructura pictórica y capitular se consigue un progreso in crescendo de la tensión dramática, en la que la atmósfera va haciéndose cada vez más lóbrega y opresiva.

Basada en varias leyendas de la Nueva Inglaterra del siglo XVII, La bruja es un extraño cruce de cuento folklórico de terror y tragedia familiar. En el origen del conflicto está la soberbia del padre (Ralph Inneson); de creencias más estrictas que la de los mismísimos puritanos, es expulsado (y con él su familia) de la comunidad. Fanático hasta la médula, contagia a los suyos la obsesión por la condición empecatada de todo mortal, nadie nace libre de la mácula ni nadie sabe qué tendrá dispuesto para él el Señor. Su fervor religioso le hace inútil para dar calor y consuelo a su familia incluso en los momentos más críticos. Igual de ineficaz se muestra en las tareas de la granja, le intuimos responsable de su marcha a la colonia (le obsesionaba predicar el Evangelio) dejando atrás el confort de su casa en Inglaterra (un cáliz de plata es testimonio de su mejor vida), y una vez se ven aislados en los límites del bosque es incapaz de asegurar a la familia el sustento más básico (sólo descarga compulsivamente su impotencia cortando leña). Por su empecinamiento, la familia vive en condiciones cada vez más infrahumanas, mezclada esa escasez con la severidad religiosa, la circunstancia que les envuelve es cada vez más aterradora, hasta los juegos de los niños cobran una apariencia perturbadora. Los temores delirantes que van adueñándose de la familia (especialmente de la madre) serán proyectados sobre la hija mayor a la que llegan a encerrar en el establo para ser juzgada como bruja. Así van trenzándose los hilos de la trama para acabar convirtiendo la crónica de una devastación familiar en una cinta de terror sin ninguna concesión a los tópicos del género.

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La película tiene más de una lectura: funciona como retrato de la superstición e ignorancia que explica todo mal como producto del diablo; también como parábola de una nación, la americana, que está naciendo envuelta por la obsesión por la culpa; pero además, y quizás sobre todo, es una crítica a los males del patriarcado que relegan a la mujer a un papel pasivo de sumisión y a verlas como fuente de condenación si osan tener mayor protagonismo, es por eso que el final puede (es más, debe) interpretarse como el acto de liberación de la feminidad de la protagonista. ¿Y lo sobrenatural? Eggers da el mismo trato realista a las fugaces apariciones de seres siniestros que a los personajes principales, no puede descartarse el carácter de alucinación, el argumento y la evolución de los personajes permiten pensar así, pero la película siembra también la inquietud sobre la posibilidad de la existencia de un mal autónomo en sí mismo que se cierne sobre los protagonistas. Esa ambivalencia de interpretaciones es una de las mayores bazas de este filme de bajo presupuesto que está llamado a ser uno de los mejores títulos de género que veremos en nuestras pantallas comerciales este 2016.

Cinta inaugural en el Festival de Sitges 2015, sin duda La bruja es una de esas cintas que dejan poso, que apetece volver a revisar, algo en lo que también influye la actuación de sus protagonistas, especialmente el trabajo de, la también debutante, Anya Taylor-Joy en el papel de hija mayor.

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