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El retorno de Vampus… ¿O era Creepy?
Desde luego lo que son las cosas y que viejo me siento… Aún recuerdo cuando mi padre venía de trabajar y se sacaba el «tebeo» doblado del bolsillo trasero y se lo daba al niño que, con el sonido de el consultorio de Elena Francis de fondo jugaba con los madelman. Ese niño, sin saber leer ojeaba estos dibujos del Dossier Negro y más tarde Vampus (la primera y mejor adaptación de Creepy en España) , Rufus, Vampirella (esas primera erecciones) y otras cosas menores de Vilmar. Luego yo solito y totalmente infectado ya me busqué Famosos Monsters, Spirit, Creepy, 1984 o Terror Fantastic, pero eso es otra historia…
Ahora y de la mano de Planeta, nos vuelven los números originales de Creepy en tomos que , que quieren que les diga, prometen muchas horas de nostalgia y COMICS con mayúsculas para los nuevos lectores.
Yo espero tener presuspuesto para no perderme ese primer tomo con 248 páginas y una portada que corresponde al primer Vampus extra de verano (¡¡1972!!) que aún conservo.
Otras realidades, por Porfirio
Porfirio es una mujer valiente y modesta a partes iguales, de una sensibilidad extrema con la que ha ido acumulando experiencias. En sus manos esas experiencias, que a otros les habrían parecido demasiado duras para ser soportadas, se convierten en relatos delicados que nos hacen pensar. Como esta serie de microrelatos que os presento y lleva por título Otras realidades. Espero que os gusten.
Realidad I
El pasillo es largo y estrecho. Hay cierto olor indescriptible en el ambiente, mezcla de humanidad y detritus.
Una mujer avanza. Lleva la cabeza ladeada y una lengua descomunal le cuelga babeante. Cuando llega a su altura, la mujer se abraza a ella lamiéndole la cara y le pregunta: ¿cuantos años hace que te has muerto?
Era su primer día.
Realidad II
El teléfono sonó a la hora acostumbrada. Con el gesto nervioso y culpable de quién sabe que está contraviniendo las normas, descolgó el auricular al primer timbrazo. La voz sonó ansiosa al otro lado formulando la pregunta que, aunque repetida, no se había convertido en rutinaria. Ella facilitó la información.
Había días alegres en que las noticias se contaban solas, sin embargo otros necesitaba de toda su pericia para dar el ánimo justo sin falsas esperanzas. Eso venía ocurriendo en la última semana.
A la mañana siguiente, Marisa fue engullida por una ambulancia que la trasladó al hospital general donde moriría dos días después.
Sor María ya no recibiría la llamada de la madre de la chica exactamente a las once de cada noche para preguntarle si había cenado.
Marisas tenía 16 años, medía 1,73 y pesaba 35 kilos.
Realidad III
Isabel da un brusco tirón mientras exclama: «-¡tengo que ir a Zaragoza! Estoy embarazada de mi tia Pura. ¡tengo que sacarme esta mierda de dentro!»
Sor María sujeta las manos de Isabel mientras caga en el inmaculado vater del Hospital psiquiátrico.
En la escalera
Subió envuelto en el aroma de la rosa blanca que encontró en un banco y le había parecido un presagio; ensimismado por la fragancia y la ilusión no llegó a escuchar el inquietante roce metálico del ascensor. Ni siquiera notó la estruendosa sacudida con la que se detuvo en el cuarto piso. Tampoco el chirriar de la puerta cuando la abrió. En su cabeza sólo resonaban perfumados compases de piano de una vieja canción francesa.
Sigiloso se deslizó por el rellano hasta la puerta del 4ºA. En el rótulo se leía: Luz Larraub, nombre melodioso de aquella que imaginaba como la mayor promesa de dulzura y de la que no sabía otra cosa que el que ella había llegado de Argentina esperando que la fortuna le sonriera en este lado del Atlántico. Quien la había conocido era Alfredo, él le había dicho la dirección insinuándole que sería bueno que la visitase si quería darle un giro a su vida. La sonrisa de Alfredo tenía un matiz de picardía y Rodolfo se sintió intrigado. No tardó ni un día en presentarse a la cita no concertada llevado por el pálpito de que algo mágico iba a ocurrirle, si no ¿por qué le había sonado tan armoniosa la otras veces aflautada y discordante voz de Alfredo?
Blanco como la rosa, otra casualidad, era el minúsculo botón del timbre que tanto contrastaba con la altísima y sólida puerta de un adusto marrón oscuro. Lo presionó esperando que sonase el leve tintineo de unas deliciosas campanillas, por el contrario, retumbó en sus oídos un estridente zumbido similar al de un millar de cigarras mecánicas. Después el silencio que, por contraste, aún resultó más molesto, sobre todo cuando se prolongó mucho más allá del que, en circunstancias normales, se produce tras llamar a una puerta. Rodolfo se mantuvo indeciso unas décimas de segundo, después de repasar las angulosas molduras marrones, se decidió a volver a pulsar el timbre. Ante su sorpresa el inarmónico zumbido de la vez anterior se convirtió en un enervante chirriar de cadenas, por un momento llegó a pensar que sin darse cuenta había llamado a otro piso, pero era imposible, él no se había movido. ¿Moverse?
Más bien era el dintel el que parecía haber descendido, Rodolfo se dijo que sería una ilusión provocada por aquella luz tan tenue que incluso disminuía en intensidad cada vez que presionaba el botón. También hubo silencio esta vez, Rodolfo aguzó el oído tratando de percibir alguna muestra de vida al otro lado. Lo que fuera: pasos, voces, música, el entrechocar de las puertas interiores, cualquier resonancia aunque resultará amortiguada por el grosor de aquella mole de madera que empezaba a parecerle inexpugnable. La evidencia era palmaria, no había nadie en casa, hasta la rosa se había apagado como su ánimo, por otra parte ya podía esperárselo al no haber anunciado su visita.
Iba a dar media vuelta cuando oyó simultáneamente el motor del ascensor que se alejaba y una especie de grito sofocado en el interior. Esta vez pegó la oreja a la puerta cerrada intentando escuchar, le pareció que en algún punto lejano se rompían cristales, después nuevamente silencio; un silencio denso que casi se podía cortar. No quiso más sorpresas con el timbre, así que golpeó fuerte con los nudillos justo debajo del rótulo que era la única pista de que no se había equivocado de lugar. Pese a la fuerza que imprimió a su brazo, los golpes resultaron sordos como si la madera se hubiese convertido en corcho, cosa que habría afirmado de no ser por la dureza que percibía su tacto y el leve dolor en su puño. Por primera vez observó la cerradura, era la típica de las casas antiguas, una oquedad en la que sólo podía ajustarse una gran llave de hierro forjado, pensó que si se agachaba podría ver algo de lo que se escondía detrás, pero no, el hueco estaba ciego, cosa que no podía significar más que el que la llave estaba puesta por dentro. De modo que la casa no podía estar vacía. Estaba inmerso en sus deducciones cuando sintió un carraspeo seguido de un acceso de tos que sonaba a la altura de la cerradura desde el otro lado y, tras una pausa, toda una urdimbre de sonidos diversos: correteos, roces, murmullos, hasta el gorgoteo de un grifo mal cerrado, todo junto provocaba una lóbrega cadencia que le impresionó de forma ingrata. Y más todavía cuando su olfato percibió el inconfundible olor agrio de las flores marchitas y vio que, efectivamente, su rosa blanca se había secado y dejaba caer sus pétalos al suelo.
Un gusano de nervios oprimió su estómago, algo malo estaba sucediendo allí. Rodolfo lamentó haberse negado siempre a incorporar el teléfono móvil a su vida, ahora no podía dar ninguna señal de alerta y no sabía si debía marcharse o seguir insistiendo para rescatar a la señorita Luz del tormento que estuviese padeciendo. Confundiéndose con el acelerado latido de su corazón una respiración jadeante empezó a dejarse oír tras la mirilla, aunque ésta no se había movido. Rodolfo volvió a golpear con desesperación y de nuevo sus nudillos sólo lograron un eco sordo apenas audible, cosa que le permitió percibir un cuchicheo que hubiese jurado que le llegaba de alguien apostado a su espalda. Se giró pero no vio a nadie aunque el bisbiseo seguía filtrándose por su oído derecho y un llanto ahogado se colaba por la cerradura desde la que ahora emergía un haz de luz rojiza intermitente. Rodolfo volvió a agacharse, pero cuando lo hizo la cerradura había vuelto a cegarse sin que hubiese escuchado la llave introduciéndose. El susurro en su oído se hizo más perceptible y entendió una voz, femenina y ajada, que le imprecaba a marcharse, quiso pronunciar el nombre de la que su amigo Alfredo había descrito como joven encantadora, pero su voz se le ahogó en la garganta. Ni siquiera logró despegar sus labios. Y el silencio volvió a reinar, tenso, repercutiéndole a Rodolfo en las sienes.
La última nota desasosegante la puso un maullido asmático que retumbó por todo el rellano procedente del 4ºB que extrañamente se había acercado quedando apenas separado del 4ºA por el hueco de la escalera y el ancho del ascensor. Sólo entonces Rodolfo cayó en la cuenta del doble sentido de la palabra encantadora, tanto podía aludir a la ternura de un carácter como al oficio de hechicera y un sudor frío le recorrió la columna de su espalda. Desde luego aquello parecía obra de brujería. O eso o todo era fruto de una alucinación cuya causa desconocía. Su pulso cada vez era más agitado, los latidos de su corazón retumbaban como truenos en medio del renovado silencio, Rodolfo había olvidado totalmente la ilusión con la que había acudido a aquel edificio, ahora sólo pensaba en huir.
Para su desgracia alguien debía haber dejado la puerta del ascensor abierta pues., aunque las cadenas permanecían inmóviles, la luz que indicaba que estaba ocupado se mantenía encendida. También la escalera se había estrechado, pero era la única salida, Rodolfo se encaminó hacia ella dispuesto a precipitarse a toda prisa, pero se quedó paralizado cuando empezó a escuchar que alguien daba tumbos en ella sin que llegase a distinguir si los pasos ascendían o descendían. Dejó caer el tallo sin pétalos que todavía sujetaba en su mano izquierda y se sentó en el primer escalón, maldiciendo a Alfredo y abandonándose totalmente a la suerte que pudiese esperarle.
El cristal con que se mira
Bastó con inyectarte una simple burbuja de aire directamente a la arteria.
– Resignación. ¡Resignación!
Pronto te habrás diluido en el polvo. Y contigo se pulverizarán todas mis pesadillas. No habrá más noches en blanco. Se acabó el acostarse bajo el temor de caer presa del pánico en las oscuras redes del laberinto onírico donde siempre me ha perseguido tu imagen especular. Tú ya descansas en paz. Ahora ya podré hacerlo yo, porque no volverás a robarme mi reflejo.
Empezaste a usurparme mi protagonismo en el momento mismo de nacer. Desde el alumbramiento quedé relegado al papel de secundario en mi propia vida. Y, por supuesto, condenado al rol de antagonista. “La comadrona para atender a tu parto no le prestó la asistencia debida a Oliviero, que casi se muere”, mamá siempre tuvo las ideas claras sobre cuál de los dos estaba de más. Ella nunca nos confundió. Es curioso, podría decirse que sólo he existido plenamente para tu madre. Hasta tú llegaste a sentir celos porque fue a mí a quien susurró sus últimas palabras. ¡Cómo jugué a hacerte daño con ello. Al fin y al cabo los buenos hermanos deben compartir el dolor: “Oliviero no causó problemas, pero para que nacieras tú, Ronaldo, la partera me hizo un corte que dolía a rabiar”. Se cobró ese desgarro, desgarrándome a mí con su recuerdo hasta el lecho de muerte.
– ¡Segado en la flor de la vida! ¡Una lamentable pérdida!
Claveles, gladiolos, crisantemos, dalias. Flores blancas y poco perfumadas. A todo el mundo le ha parecido un detalle elegante, incluso exquisito; una forma sutil de expresar, por contraste, el peso abrumador del luto. Pero tú, seguramente, habrías considerado que mi pretendida originalidad bebía en lo más tópico.
Siempre fuiste mi juez más exigente. “La comadrona para atender a tu parto no le prestó la asistencia debida a Oliviero, que casi se muere”. Te creías en la obligación de aleccionarme en todo por haber nacido el primero. Querías iluminarme con tu conducta, ser mi modelo. Por eso seguiste siendo en todo el primero: el más inteligente en clase, el más decidido en el recreo, el más aplicado en casa. “Dicen que sois idénticos, pero no os parecéis en nada. ¿Ronaldo, no podrías hacer algo aunque sólo fuera la mitad de bien que Oliviero?” Cuando ella me reñía, era tu mirada la que me amonestaba: aquel mohín de reproche dolido, que me devolvía, como un espejo, mi propio disgusto. Más que tu doble, me sentía tu reverso. Tu brillantez solar me convertía, que sólo podía participar de tu esencia perfecta como una torpe reproducción distorsionada. Y la defectuosa copia te decepcionaba. Y tu desengaño devenía despecho dentro de mí. Y mi deseo era destruirte para dejar de parecer tu falso duplicado … ¿Recuerdas que cuando cumplimos diez años te perseguí por toda la casa blandiendo un martillo? Tu madre impidió que lo hundiera en tú cráneo. Ahora nada de eso tendrá ya la más mínima importancia. Además debo decirte que de los dos yo era el mayor.
– Sé que es un gran dolor la muerte de un hermano … ¡Te acompaño en el sentimiento!
De roble macizo, con molduras labradas y detalles cromados, forrado con seda de una delicada tonalidad malva. Nada aparatoso, pero sin duda regio. Un buen envoltorio para tu último trayecto. Te resguardará de la humedad fría de la tumba. ¡Siempre fuiste tan frágil! Te habré protegido incluso en el más allá.
Porque tú eras el dominante, pero también el débil. Y me necesitabas. Nuestra fusión simbiótica era la que te daba fuerza. Si yo no hubiese sido tu calco imperfecto, tú no habrías podido destacar. Para que tú sobresalieras yo debía estar cerca, así que me sentía útil e importante cuando estaba a tu lado. Tu madre era la única que no nos confundía, ella tenía las ideas muy claras sobre cuál de los dos estaba de más, pero ni siquiera ella habría podido decir que no estábamos unidos. No consentí que nada, que nadie, nos separara. “¿Te has vuelto loco, Oliviero?” Aquella muchacha tenía el cabello más hermoso que he visto nunca. “Ni siquiera Ronaldo se comportaría así …” ¿Recuerdas? Tenía una bajada de párpados preciosa, parecía una niña, aunque a la vez se mostraba se mostraba firme y segura como una mujer capaz de amparar todos los golpes. “Esta broma no tiene la menor gracia …” Hubiese sido una buena esposa, pero al casaros se habría interpuesto entre nosotros y tuve que apartarla de ti, “… deja esos cuchillos en su sitio, por favor. ¿No podemos hablar como las personas?” ¡Aún debe de estar corriendo! Seguramente les contará a sus nietos que en su adolescencia tuvo un novio que pretendió batirse en duelo con ella con el cuchillo del pan. Tu madre era la única que no nos confundía.
– A él le habría gustado que te mantuvieras firme. ¿Mi más sentido pésame!
Un coro de voces blancas para entonar los cánticos más solemnes. Un sermón emotivo pero mesurado, sin lamentaciones quejumbrosas, ni acentos lóbregos. Y la recepción sobria, pero con la abundancia que corresponde a las honras fúnebres de un gran hombre. Tú me lo robaste todo, yo te he dado el mejor funeral. El mío.
Tú mismo has sido el artífice de este fraude. Las ideas más excelentes siempre fueron las tuyas. “Por su claridad, energía y vitalidad, nombramos a Oliviero como publicista más creativo del año …” Las promociones más importantes tenían que pasar por tus manos, ninguna decisión era tomada sin tu aquiescencia. Y yo como siempre en la sombra. “Vamos, Ronaldo, no hagas esperar ese champaña …” Te admiraban por tu capacidad de ilustrar los conceptos más abstractos. Porque siempre tenías claro a qué sector de mercado se dirigían los productos. Porque tus campañas tenían el éxito garantizado. Y procuraban que yo escuchara sus comentarios, para marcar bien las diferencias. “¿A qué viene esa cara, Ronaldo? ¡A ver si estarás celoso a estas alturas!” Pero los soles también se eclipsan. Te viniste abajo cuando estabas en tu cenit. Te torturaban las dudas porque temías no estar al nivel de tu reputación. Tuve que empezar a sustituirte. Acudía a tus presentaciones con los clientes más difíciles. Atendía tus citas más molestas. Incluso te reemplazaba en las reuniones familiares cuando tu falta de inspiración te volvía insociable. “Realmente, en el último año, Oliviero se ha superado a sí mismo. ¡Vaya este brindis en su honor!” Y así fue como lo descubrí: sólo puedo ser yo mismo cuando soy tú.
– ¡Ha sido tan inesperada la muerte de Ronaldo! Pero podrás superarlo, tú eras el más valiente.
Bastó con inyectarte una simple burbuja de aire directamente a la vena.
Flores que esconden lodo
Te extrañará recibir noticias mías. También a mí se me hace extraño estar escribiéndote. Cuánto cuesta volver a entrenar los dedos sobre el teclado para llegar a hablarte. Tanto, que he vuelto a fumar. El cursor parpadea intermitente tras la última palabra. Enciende un cigarrillo y mira la pantalla entre toses y humo. Un sol de tarde de marzo entra por la ventana, sus rayos llegan hasta el parque donde juega el bebé. Meli apaga el cigarrillo a medias y se levanta a correr la cortina para que la luz no alcance los ojos del pequeño. Toma al bebé en brazos. Le arregla la ropa y vuelve a dejarle con sus juguetes. Saca de un cajón su cámara de video y vuelve a sentarse frente al ordenador. Seguro que no puedes imaginarme sin un cigarrillo en los labios. ¿Me imaginas? Yo te olvidé, quise olvidarte, te recuerdo. Sí, te recuerdo fragmentado como una pintura cubista. Y me da rabia. Con la mano derecha agita el ratón formando círculos. Un golpe con el corazón sobre el botón izquierdo y minimiza la pantalla del correo. En la minicadena suena en repeat la misma canción del CD. Toma su cámara y se acerca al niño. La sostiene con la derecha mientras mueve los dedos de la izquierda. El bebé la mira agitando sus bracitos, toma un peluche tuerto y lo lanza contra la joven madre. Meli oprime el zoom para tomar un primer plano de las pequeñas manos que mueven sus deditos como lo hace ella. Corta la toma. Se arrodilla para apretar sus manitas y las retiene unos minutos meciéndole los brazos. Vuelve a su mesa. Vacía el cenicero repleto de colillas y vuelve a maximizar la pantalla. No, no, ya no es rabia, la sentí, me ahogué en ella, y hubiese deseado ahogarte conmigo. Te despreciaba, te seguía amando. Lo peor era esa sensación de que todos me miraban como si supieran, como si se alegrarán, como si te aprobarán. Todas las jodidas cuarentonas eran tu esposa echándome en cara su victoria, su victoria cargada de razón. Todo parecía una mala película con moralina para consuelo de marujas. No podía pensar, toda yo era herida y ganas de arañar. La fascinación, la admiración, la voluntad de ser tú para ser más tuya, más mía, más amada, dio paso a una nausea, al vértigo de odiarte. Y entonces pasó, una simple manchita rosada fue un clavo ardiente al que agarrase para devolverte todo el dolor, todo el daño. La ceniza cae desde sus labios sobre el teclado. Meli sopla con rabia, echa atrás su silla
basculante y apura la última calada antes de estrellar la colilla en el cenicero. Golpea la mesa con el puño cerrado y se levanta. Deja la habitación. El bebé gatea dentro de su parque en dirección a la puerta por la que ha salido su madre y lanza pequeños grititos. Se escucha ruido de agua saliendo por un grifo. Al entrar enciende ya la luz, trae en la mano una toalla con ositos, la deja caer con suavidad sobre el niño. El bebé ríe. Meli vuelve a filmarlo antes de regresar a su silla.
Ella jamás te lo daría, esa vieja ya no puede, y yo… yo podía negártelo. Pensé educarle en el odio. No quería que tuviese nada tuyo. Ni tus ideas. Ni tus gestos. Ni el color de tu piel. No tuve en cuenta que algo tan pequeñito pudiera tener tanta fuerza. Y volví a sentirte, mierda. Mierda. Le quería sólo mío, pero es nuestro.
Minimiza. Sale de la habitación. Regresa con la pequeña bañera llena de agua. La deja al pie del calefactor encendido. Desnuda al niño que enreda sus deditos en la cabellera de ella. Lo sienta con cuidado dentro de la bañera. Le tira dentro sus muñecos de goma. El niño aplaude sobre el agua. Meli toma la cámara. Plano corto del niño jugando con el agua. Primeros planos de sus sonrisas y muecas. Plano medio enfocando también el calefactor. Se agacha. Toma el calefactor con la mano libre. Lo deja caer dentro del agua. Plano corto del niño contrayéndose por la descarga. Funde en negro. Meli se levanta despacio, conecta la cámara al ordenador y copia la grabación, después selecciona con el ratón adjuntar archivo. Tienes derecho a saber que existe. No, no, no es sólo eso. Quiero que te veas en sus ojitos que son como los tuyos. Quiero que le quieras. Y que después me perdones.
Meli
Golpea con el índice sobre enviar. La mano cae relajada al soltar el ratón.
Nuevos libros de y sobre Paul Naschy

Estando aún reciente la edición de los recomendables libros SPANISH TERROR de Víctor Matallano y el dedicado a EUGENIO MARTÍN por Carlos Aguilar y Anita Haas, tres buenas noticias se suman a nuestra biblioteca, las tres centradas en nuestro admirado Paul Naschy: La que promete ser más completa obra sobre el actor, PAUL NASCHY, LA MÁSCARA DE JACINTO MOLINA de Ángel Agudo y Ángel Gómez. Una monumental obra editada por Scifiworld con casi 500 páginas y más de 600 fotografías, un libro del todo necesario que fue presentado durante el Festival de Sitges, al igual que ALARIC DE MARNAC, una novela de Paul Naschy con ilustraciones de Javier Trujillo, el mismo que ya ha ilustrado dos cómics basados en Waldemar Daninsky. También editada por Scifiworld, la novela retoma el personaje basado en Gilles de Rais que ya llevara Naschy al cine en diversas ocasiones, entre ellas en El espanto surge de la tumba (1972 Carlos Aured), El Mariscal de Infierno (1974 León Klimovsky) y Latidos de pánico (1982 Jacinto Molina).
El tercer volumen dedicado a Naschy es una nueva edición del libro MEMORIAS DEL HOMBRE LOBO que ya editara Alberto Santos en 1997 y que ahora reedita la fenomenal editorial T&B en una edición renovada con un prólogo de Luís Alberto de Cuenca y epílogo de Quentin Tarantino, además de una portada diferente.
También anuncian la edición en dvd de películas protagonizadas por el Sr. Naschy (ojalá conozcamos dignas ediciones de joyas lárgamente esperadas como El Caminante o El Huerto del Francés).
De todo ello haremos la detallada reseña que sin duda merecen.


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