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Cita ineludible con el mejor ‘Cine-Bis’
Los hijos le están dando muchas satisfacciones a Javier G. Romero. En mayo de este mismo año durante la XXV edición del festival FANT de Bilbao, del que fue creador, recibió un merecido reconocimiento en forma de Fant de Honor. Su hijo mayor, la publicación especializada en cine fantástico y terror Quatermass, ha cumplido el cuarto de siglo (¡25 años ya!), y su hermano pequeño, Cine-Bis, puede presumir de nueve
magníficos números en su haber, el último de los cuales acaba de salir a la venta con un extenso artículo sobre la labor que Javier ha desarrollado por amor al cine. Porque que se desengañen los que piensen que se puede hacer dinero publicando fanzines, escribiendo sobre cine u organizando modestos festivales. No, todo esto se hace por amor, y cuando se hace así, se nota en los resultados. Javier repasa en el artículo toda su actividad: fanzines, proyecciones, programas de radio, un festival que le fue arrebatado justo cuando comenzaba a caminar solo, artículos robados por sobrinos de golpistas… Pequeños y grandes momentos. Unos dulces y otros agrios, pero que reflejan todo el cariño, trabajo y dedicación puesta en ello: ahí están los números antológicos de Quatermass, bibliografía obligada para todo estudioso del cine fantástico que se precie; el festival Fant de Bilbao, creciendo de manera exponencial año tras año; y Cine-Bis, la mejor publicación estatal sobre cine.
Todo ello en un número, el noveno, muy especial para Serendipia, pues Operación Dragón (Enter the Dragon, Robert Clouse, 1973) es una de nuestras películas de cabecera, así que con esa magnífica portada ya nos tenía más que ganados. Pero más allá del inolvidable póster de Bob Peak, el artículo que se ha marcado el propio Javier sobre el film es mucho más que una reseña, en él repasa la vida y obra del Pequeño Dragón, aportando datos poco o nada conocidos sobre el rodaje de su obra maestra.
Otro artículo que personalmente nos ha llegado bien hondo ha sido el dedicado al cine sobrenatural de los años cuarenta. Y ha sido así porque es un tema que nos ha interesado íntimamente desde hace unos años. Ese fantastique amable que muchos no incluyen casi como cine fantástico y que comprende un buen puñado de joyas provenientes de todas las cinematografías. Nos interesaba tanto el tema que nos planteamos escribir largo y tendido sobre él, recopilando toda información y cinta. Y no fue fácil, pues es un temática que, como pudimos comprobar, apenas interesaba a nadie, motivo este de que aparcáramos el proyecto. Un tema que les aseguramos da para mucho y que Juan Carlos Vizcaíno ha desarrollado en su articulo, centrándose en una época muy concreta: los años cuarenta en Estados Unidos, o lo que es lo mismo, durante la II Guerra Mundial.
Este número también cuenta con dos entrevistas. Dos grandes entrevistas, pues es difícil no disfrutar con la elocuencia y simpatía del recientemente desaparecido José Luis Merino, ni con la profesionalidad y humildad del gran Herbert Lom. Dos aportaciones de David Pizarro y Carlos Aguilar, respectivamente.
De entre los artículos destaca una extensa aproximación a la carrera de John Hough realizada por Tonio L. Alarcón; la segunda entrega dedicada al golpe perfecto y que se centra en las aportaciones norteamericanas al tema, gentileza del siempre eficaz José Luis Salvador Estébenez; un acercamiento pormenorizado al revalorizado Spaghetti Western analizando la saga -oficial y bastarda- de Sartana, escrito por José Manuel Romero Moreno y, finalmente, la primera entrega de cine y toros, una faena realizada «mano a mano» entre Ángel Comas y Javier G. Romero, que introduce al lector en la extensa filmografía que ha ofrecido esta entente. Y no únicamente en España. Esta primera entrega se centra en el cine silente, analizando y descubriendo apasionantes piezas, algunas desaparecidas irremediablemente y otras poco conocidas. Toda una delicia para el estudioso sin prejuicios que guste de la arqueología cinematográfica.
Y todo ello con el magnífico diseño que caracteriza esta publicación (¡Oh, negro sobre blanco!) y la fantástica y abultada selección de imágenes (¡590!), por las que ya valdría la pena adquirir Cine-Bis. Tan solo debemos señalar una nota negativa, y es que a pesar de su extensión (228 páginas a todo color), su lectura es tan apasionante que se devora en un suspiro
¡Muchas felicidades a Javier por 25 años de pasión cinéfila y trabajo bien hecho! Si se atreve con 25 más, nosotros seguiremos otros 25 encantados.
Él, vuelve: Reestreno en cine de ‘Operación Dragón’
Operación Dragón, la mítica película de Bruce Lee volverá a lo grande para celebrar el 45º aniversario de su estreno en España.
Con el innovador sistema bajo demanda de Screenly, el público tiene la capacidad y el poder para conseguir llevar sus películas favoritas a los cines. Así, si el 16 de mayo (una semana antes de la fecha de los eventos) se han reservado las entradas suficientes se irán confirmando las proyecciones en cada ciudad, hasta llegar a
más de 60 cines de todo el territorio español.
Los fans de Bruce Lee, de las artes marciales
y, en definitiva, los fans del cine vivirán una noche única e inolvidable gracias a su capacidad de movilización.
Operación Dragón, fue la última película de Bruce Lee antes de fallecer en julio de 1973 y suele ser considerada como una de las películas de artes marciales más grandes de todos los tiempos, siendo la primera película de artes marciales chinas producida por un estudio de Hollywood. Es tanta su influencia que el mismo Tarantino es admirador de la figura de Lee y lo ha incluido como personaje en su última película.
Ahora, tras 45 años de su estreno en España, Screenly la recupera en pantalla grande para que el público pueda compartirla en una sesión única de cine bajo demanda, con la colaboración de 39 Escalones Films (responsable de los recientes reestrenos de “Pulp Fiction” y “Moonwalker”) y la complicidad de Warner Bros España.
Screenly es una plataforma web que permite a cualquiera la organización de proyecciones bajo demanda en salas de cine, a través de un particular sistema de reserva colectiva de entradas: el crowdticketing. Así, los espectadores tienen el poder de elegir qué película ver, dónde y cuándo quieren verla. La plataforma Screenly lleva conectando espectadores y salas de cine desde 2015, con más de 250 eventos celebrados con éxito solicitados por el público con películas de todo tipo, en una red de más de 120 cines y 700 salas adscritas por todo el país.
¿Quieres volver a ver la mítica película de Bruce Lee en el cine de tu ciudad? Está en tu mano conseguirlo. No te pierdas una noche inolvidable con Bruce Lee en pantalla grande.
ENLACES:
bruce.screen.ly (Página central para la venta de entradas, operativa a partir del jueves 25 de abril)
facebook.com/OperacionDragonEnCines (Página Facebook especial)
screen.ly (Página principal de Screenly)
screen.ly/como-funciona/espectador (Cómo funciona)
De cómo el niño descubrió al Dragón: Mi homenaje a Bruce Lee
A mí, como a todos los jóvenes o niños de los años setenta justo antes de descubrir la música, nos hacían falta héroes que nos ofrecieran algo más que ganar batallas o enfrentarse a todos los bandidos de Arizona. Carne de sesión doble de sábado como éramos, nos deleitábamos igual con una película del hombre lobo de Paul Naschy, como con las comedias de bofetada y tentetieso de Terence Hill y Bud Spencer. Además de con los numerosos clásicos del cine que de vez en cuando eran programados. Pero a principios de esa década comenzaron a visitar nuestras pantallas exóticos films que nos dejaron con la boca abierta: se trataba de las primeras producciones orientales de artes marciales.
Recuerdo una fiebre generalizada por ver esos primeros títulos: La furia del tigre amarillo (1971, Cheh Chang), Dos contra el gran asesino (1972, Yuen Chor) o De profesión: Invencible (1972, Chang-haw Jeong). Unas películas que derrochaban acción y que llegábamos a ver hasta dos veces el mismo día, ya que antes, entre sesión y sesión no se echaba a nadie del cine y podías repetir con bocadillo en ristre. Otra de las delicatessen que han sido desbancadas por las palomitas…
Uno acudía a todas las películas “de karate” que podía (Caza desesperada (1971, Pao-Shu Kao), La heroína legendaria (1971, Ma Wu), Karate sangriento (1973, Min-Hsiung Wu), Kung-fu contra los 7 vampiros de oro (1974, Roy Ward Baker o El luchador manco (1972, Wang Yu), además de tener un curioso hobby: recortar las carteleras de los periódicos, de las que yo llegué a tener una voluminosa colección.
Entonces llegó Bruce Lee y todo cambió. Hasta el niño que yo era podía distinguir sus películas y ver que el Pequeño Dragón tenía algo especial. Muy especial: era el héroe que esperaba.
Sus peleas eran auténticas y desprovistas de saltos y proezas sobrehumanas. Su actuación era, con mucho, más creíble que las de otros actores chinos, lo que parece captamos todos los aficionados, y por eso sus recortes de prensa se revalorizaron a la hora de intercambiarlos. Todos envidiábamos a un vecino que tenía el de Karate a muerte en Bangkok (1971, Lo Wei). Yo por mi parte conseguí todos los demás y era (soy) feliz poseedor de uno de Furia Oriental (1972, Lo Wei).
Ignoro cuantas veces llegué a ver esos dos primeros films de Bruce Lee, recreándolos en mi cuarto con los Madelman, para los que fabriqué un pequeño nunchaku y a los que con un lápiz de color rojo embadurnaba de sangre.
Sabíamos que Bruce Lee había muerto poco antes, y alguno estaba convencido de que había sido asesinado por la mafia china, ya sea envenenado o mediante un leve golpe de efecto retardado, algo como lo que se ve al final de la segunda parte de Kill Bill. Incluso leí un artículo en el que se aseguraba que estaba retirado en una isla para escapar de la fama. Como James Dean o más tarde Elvis. Todo menos admitir que nuestro héroe pudiera fallecer en circunstancias normales o derrotado en combate.
Nuestra inquietud por hacernos con fotografías y datos sobre Bruce en época de tanta sequía informativa, se intentaba subsanar mediante una revista francesa, Karate, que publicaba extensos artículos y fotos que gastábamos de tanto ver (como más tarde haríamos con Private, pero de otro modo) y que no prestábamos ni por todo el oro del mundo. Tengo un especial con seis posters que formaron parte de la decoración de mi cuarto. También se editaba una revista desplegable, curiosamente llamada Kung-fu, a pesar de estar dedicada enteramente a Bruce Lee y que, a pesar de estar pésimamente traducida al castellano, tenía el valor de convertirse en un enorme póster.
Por entonces vi en una pequeña papelería un libro, La leyenda de Bruce Lee (Alex Ben Block, 1974 Garbo Editorial) con el, para mí, inalcanzable precio de 100 pesetas, y que mi padre, viendo la pasión que tenía por Bruce Lee, me regaló. No hace falta decir que el librito, con una fantástica ilustración en portada de Sanjulián, lo leí, releí y guardé como un tesoro. Sin olvidar una lujosa publicación, Bruce Lee Inédito (1975, Producciones Editoriales) que tiempo después también pasó a formar parte de mis reliquias.
Operación Dragón (1973, Robert Close) la vi junto a mi hermano en un cine en sesión doble al que nos llevó nuestra sufrida y sacrificada madre, quien tuvo que permanecer de pié durante toda la proyección, tal era el llenazo que había en la sala. Y les aseguro que el cine era grande, pues eso de los multicines con diminutas salas llegaría mucho más tarde.
Lo de las artes marciales era toda una locura: mi hermano mayor se construyó unos nunchakus (que nunca salieron de casa), con un palo de fregona y que más de un moratón me dejaron al intentar emular a Bruce. Con un amigo recreábamos las aventuras de Reed y Kato (yo, naturalmente era Kato) y Dunkin, una marca de chicles, comercializaba unos cromos-ficha en los que mostraba las distintas artes marciales. Editorial Vértice editaba en nuestro país la colección de cómic Marvel, Artes Marciales, en la que Bruce Lee tenía su propio sosias en Shang- Chi, de hecho tanto se basaba en nuestro amigo, que incluso el dibujante Paul Gulacy llegó a dibujarlo con el físico del actor. En televisión se emitía Kung-Fu (1972-75) con David Carradine, que no nos perdíamos nunca y que provocó su propio merchandising, como medallones e incluso calcomanías con los dragones que Kwai Chang Caine lucía en sus antebrazos. De esa serie más tarde averiguaríamos que estaba basada en una idea del mismo Bruce que no se realizó con él por la ceguera y el racismo imperante en la época.
También nos llegaron películas con falsos Bruce Lee (Bruce Li, Dragon Lee y muchos otros) quienes, ni todos juntos, no le llegaban a la suela del zapato y que no engañaban a nadie. Bueno, a casi nadie. Así que, no es de extrañar que cuando llegó a nuestras pantallas El furor del dragón (1972, Bruce Lee), se promocionara como un título perteneciente al “auténtico Bruce Lee”. Esta pude verla, por primera vez, en el cine donde se estreno y en Vistarama, todo un lujo inolvidable.
Juego con la muerte (1978, Robert Clouse), a pesar de contar con, no olvidemos, “el verdadero y auténtico Bruce Lee” tal y como versaba su promoción, fue una decepción, únicamente soportable por esos minutos mágicos en los que Bruce Lee se enfrenta a tres oponentes. Por entonces, rompí la hucha para comprar una revista dedicada al film que editó el “Bruce Lee Jeet Kunedo de España”. Como también hice cuando, La Revista de las Artes Marciales, hizo lo propio con El furor del dragón en 1975.
Pero poco después uno comenzó a crecer y tener la vista en otros intereses: música, chicas… pasando el Pequeño Dragón a formar parte de los tesoros de la niñez. Pero la llegada del video y la posibilidad de ver estos títulos en la comodidad del hogar, volvió a despertarme el gusanillo. Y aunque, curiosamente, me daba cierta reparo comprarlas, adquirí sus películas. Y la magia volvió de nuevo.
Fue sorprendente comprobar que El furor del dragón estaba cortada (mucho en la copia que se estrenó en España, pero mucho más en la edición que salió en video) y que a Juego con la muerte le faltaba una de las tres peleas finales pero, aún así, uno disfrutaba viendo de nuevo a Bruce y comprobando que sus películas seguían sin ser superadas, a pesar de la eclosión de nuevos luchadores como Jackie Chan (del que nunca pude ver un film completo) o Van Damme, que no me interesaban lo más mínimo.
Descubrí publicaciones, como la Revista Bruce Lee, publicada en los años ochenta, que realizó una estupenda labor pionera y antecedente de Bruce Lee Manía.
He de reconocer que para mí, el visionado de A Warrior’s Journey (2000, John Little) fue una experiencia emocionante, tanto que al finalizar no pude evitar que se me humedecieran los ojos. Ese era el film perdido que faltaba por ver y que, lamentablemente, nunca podremos admirar en su totalidad.
También llegó el descubrimiento de la filosofía que había detrás del guerrero, que tan bien ha sabido difundir el mismo Little en varios libros con mejor o peor fortuna. Y de manera absoluta Marcos Ocaña en dos obras que pueden considerarse los trabajos definitivos sobre la vida y obra del Dragón.
Ahora, muchos años después de que aquel niño descubriera entusiasmado el trabajo de Bruce Lee en la pantalla, me siento orgulloso de que todavía forme parte de mi vida mediante lecturas, películas e incluso ese curioso coleccionismo de estupendos muñecos (muchos a precios prohibitivos), que reencarnan aquellos Madelman con los que jugó en su infancia aquel niño que fui. Me fascina comprobar que no estaba equivocado cuando veía algo especial en Bruce Lee, como me sigue fascinando descubrir nuevas cosas detrás de aquellas películas y de aquel intérprete que era, tal y como pensaba, mucho más que un simple actor: era y sigue siendo aquel héroe que había estado esperando y que continua hoy más vivo que nunca.
Los cuatro carteles por los que hubiéramos dado parte de nuestra sangre:
Pdt: Aún me falta el primero…









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