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Terror en el cine negro: El demonio bajo la piel (The Killer inside me), una crítica con spoilers

14 enero 2011 2 comentarios

A veces es difícil determinar los límites del cine negro y el de terror, cada uno tiene sus propias claves de género que los distingue, pero comparten figuras y temas. Ahí estaría por ejemplo (y ocupando un lugar de honor en la historia del cine) El cabo del terror (Cape Fear, 1962, J. Lee Thompson) con un Robert Mitchum interpretando magistralmente al psicópata Max Cady, film que fue versionado por Scorsese sin desmerecer la original. Por eso siempre nos ha parecido un gran acierto que nuestros amigos del Fecinema incluyan una sección de cine fantástico dentro de un festival consagrado al cine negro.

En ese linde se mueve El demonio bajo la piel, adaptación de la obra maestra de Jim Thompson, la novela negra The Killer inside me, título que es compartido por la cinta de Michael Winterbottom en su idioma original. En España algún listillo habrá decidido que no era suficientemente poético, pero nos resulta mucho más acorde con el tono de novela y película el título con el que bautizó la historia el novelista (El asesino dentro de mí en español, pero que sería mejor traducir como El asesino que hay dentro de mí). Este clásico de Jim Thompson ya fue llevado al cine en 1976 por Burt Kennedy, desconocemos con qué resultado, respecto a la actual nuestros críticos profesionales han sido poco amables, algunos calificativos como muestra: «La cinta habría necesitado un estilo menos neutro, menos convencional (…) un «thriller» oxidado que nunca acaba de transmitir la sensación de amenaza hiperbólica de la novela.» (Sergi Sánchez: Diario La Razón); «Sobra la machacona insistencia sobre los traumas infantiles de esta gélida bestia, sobra una larga y provocadora secuencia (…) una agresión innecesaria a la paciencia del asqueado espectador. (…) posee atmósfera enfermiza y causticidad.» (Carlos Boyero: Diario El País); «Las buenas ideas del director se pierden entre la confusión y el simple delirio (…) La película termina por resultar redundante, imprecisa, barroca y demente. Más sencillo: no funciona, no emociona, no engancha» (Luis Martínez: Diario El Mundo). Nosotros somos aficionados y lo somos en toda la polisemia del término, no nos mueve la obligación a hacer nuestro trabajo ni escribimos críticas presumiendo de no haber visto la película (caso Boyero/Almodóvar); ver cine es nuestra pasión y esa es la que ponemos en nuestras críticas. El demonio bajo la piel no es una película redonda pero complacerá a gran parte del público, lo que es quien escribe esto pasó un buen rato en la platea.

Se dice de Jim Thompson que es el escritor de novelas criminales más escalofriante que existe; aunque sólo fuera por habernos descubierto esa laguna en nuestros conocimientos literarios ya valdría la pena haber visto la película. Según sus lectores Thompson crea un universo salvaje, sombrío, oscuro, donde nada es nunca lo que parece, con personajes ambiguos: esos policías sin alma, pura mentira, cuya apariencia de buena persona esconde a seres desalmados, sin sentimientos, que matan sin pestañear, que torturan para cumplir con sus planes con absoluta frialdad y desafección. Sin poder juzgar hasta qué punto es fiel la película a ese universo, sí podemos decir que logra crear una atmósfera enfermiza que acompaña al creciente delirio del protagonista, sumiéndonos en una incómoda familiaridad con ese psicópata que se recrea en sus crímenes igual que la cámara de Winterbottom lo hace en la violencia.

Tras unos créditos iniciales con reminiscencias pop, la película se abre con la voz en off del protagonista: Lou Ford (Casey Afleck), Sheriff adjunto de una pequeña ciudad norteamericana sureña (la película ha sido rodada en Oklahoma) con ese ambiente de doble moral. Bajo una apariencia de respeto por los protocolos de la cortesía se esconde una realidad de viejas rencillas y caciquismo. Lou Ford es un personaje a escala de su propia ciudad: un hombre guapo, encantador, sin pretensiones, pero sin alma. Favorito del sheriff del condado (Tom Bower) y bien considerado por sus vecinos, esconde secretos de su infancia y una venganza pendiente contra el «dueño» de la ciudad, el constructor Chester Conway (Ned Beatty). Cuando reciba la orden de detener a Joyce Lakeland (Jessica Alba), que ejerce la prostitución a las afueras del pueblo, se le brindará la ocasión de llevar a cabo su venganza. Inicia con ella una tórrida relación que le hace llevar más lejos sus inclinaciones sádicas de lo que afloran en su relación clandestina con la rica heredera Amy Stanton (Kate Hudson). Así va emergiendo el asesino que lleva dentro, un asesino frío, impasible y extremadamente cruel, que no vacila en dar muerte a quienes confían en él cuando empiezan a fallarle las coartadas. No es la violencia la que escala, esta es ya brutal en su primer episodio (una larga secuencia que superó las tragaderas del pobre Señor Boyero, qué cosas), lo que aumenta a lo largo del film es la enajenación del protagonista quien conforme avanza la película va desprendiéndose de su fachada amable y formal, para dar salida al monstruo que late en él desde su más tierna infancia.

La película que factura Winterbottom rehuye de esos esquemas tradicionales en los que la tensión crece hacia un clímax tras el cual se desciende hasta el desenlace; bien puede decirse que carece de clímax, puesto que su espectacular final no es tanto la resolución de un conflicto como el cumplimiento de la fatalidad del personaje central. El director entendió que bajo la apariencia de novela negra, en verdad, lo que escribió  Jim Thompson es una tragedia, pero una tragedia sin catarsis porque no se busca expiar el lado oscuro de nuestros deseos y actitudes. No, el escritor simplemente constata que las personas, por cualquier razón, son destructivas, y así nos deja con nuestros demonios fuera y sin poderlos negar, sin poder eludirlos. Eso es lo que dejó prendado a Winterbottom de esta novela que Stanley Kubrick definió como la más escalofriante y verosímil narración en primera persona de una mente retorcida por el crimen. El británico logra plasmar ese narrador protagonista haciendo que Lou Ford esté presente en todas y cada una de las escenas del film, nada es presentado por los otros personajes, así nosotros vamos descubriendo la trama de la mano de su protagonista. Para acentuar esa primera persona narradora acude a uno de los elementos característicos del negro, la voz en off que es criticada desafortunadamente por algunos comentaristas. Esta sabia combinación de presencia constante del protagonista más la voz en off le permite a Winterbottom transmitirnos el punto de vista del personaje central sin tener que acudir a la cámara subjetiva. Así no llegamos a ponernos en su piel pero sí se nos hace suficientemente familiar como para que se estimule nuestro yo más perverso como espectadores: no llegamos a querer que se salve, pero tampoco queremos que le descubran. Es por ello que nos mantenemos pegados a nuestras butacas esperando ver cómo va a culminar la película. Y el final no es un desenlace sin más, es un auténtico apoteosis que rebasa nuestras expectativas a la vez que nos parece de una verosimilitud perfectamente coherente con lo que hemos visto en la pantalla.

No, esto no es el final

Cassey Afleck se ve en la difícil tarea de dar carne a la compleja psicología de Lou Ford, un personaje que destruye a personas que parecen amarlo y a quien él parece querer y con quien podría ser feliz. Este potencial para el amor parece desencadenar en él el deseo de matarlos, de destruirlos. Tiene que soportar además todo el peso de la película al participar de todas las escenas y ello logrando transmitir de alguna manera que lo que está sucediendo dentro de su cabeza no es necesariamente lo mismo que lo que está haciendo. Lou es este personaje que pretende ser algo que no es y que interactúa con las personas casi como si fuera un juego. Reflexiona acerca de las cosas de manera muy consciente. Winterbottom pensó en Cassey desde el principio, estaba seguro de que sería capaz de transmitir esa sensación del mundo complejo e interesante que ocurría dentro de su cabeza. Y verdaderamente lo logra. El propio Cassey contaba en una entrevista cómo pudo soportar esa presencia continua, ese constante mostrar una apariencia de persona amable y a la vez comportarse como un ser de una violencia extrema, cosa que le obligaba a tener que distanciarse de esa violencia a fin de conseguir el contraste adecuado: No tuve que hacer gran cosa porque existían ciertas circunstancias atenuantes: hacíamos estas escenas violentas y, a continuación, hacíamos otra escena en la que algunos de los sentimientos de la escena anterior se desbordaban un poco, y, a continuación, pasábamos a una escena de amor y, a continuación, a otra cosa. Al final del día, tenías un montón de sentimientos, diluidos por muchos otros sentimientos.

Jessica Alba y Kate Hudson le hicieron más fácil interpretar ese temperamento de máxima violencia, fue más fácil de lo que pensé que sería porque Jessica lo hizo todo muy creíble y ella estaba muy comprometida con las escenas, estaba dispuesta a hacer todo lo posible por hacerlas lo más reales posible. Ella hizo que todo me resultara mucho más fácil (Cassey Afleck). Ambas actrices completan, con excelentes resultados, la tríada protagonista. Jessica Alba es conocida por no aceptar papeles de prostituta ni desnudos, por eso, quizás, le habían ofrecido el papel de Amy Stanton, la chica de buena familia novia clandestina de Lou. Sin embargo, tras leer el guión, decidió interpretar a Joyce Lakeland, cuando me dieron el guión me gustó más el papel de Joyce. Pensé que era más interesante para mí. En primer lugar, supongo que siempre es divertido interpretar el papel de una niña mala. Pero nada es totalmente blanco o negro, y creo que eso es lo que es tan interesante acerca de la película: nadie es lo que parece. Realmente no pienso en Joyce como en una chica mala, sino más bien como en una chica triste. Me encantó la tragedia de la historia de amor, el hecho de que ella es la que enciende la pasión y la esencia de lo que él es en realidad: un asesino. Pensé que era una forma realmente interesante y oscura de desarrollar una historia de amor. Efectivamente, si uno de los tópicos del cine negro es la presencia de la buena chica frente a la chica mala, la mujer fatal, que introduce el conflicto y perturba al protagonista en El demonio bajo la piel esos roles son más difusos. Joyce, la prostituta, no es sólo la tentadora que arrastra a Lou a la fatalidad, es también una joven verdaderamente enamorada con el deseo real de contraer matrimonio con él e iniciar una vida ordenada y feliz. Y a la inversa, Amy Stanton, una más que correcta Kate Hudson, la niña buena y de buena familia, no  busca sólo la estabilidad que aporta contraer un matrimonio que los incluya en la buena sociedad, al contrario, la mueve un deseo sexual abrasador que no se conforma con un sexo convencional sino que busca llegar hasta el límite de lo violento, al masoquismo del maltrato. Kate Hudson ve a su personaje como la chica alegre, feliz y perfecta de siempre, que tiene todo organizado y proviene de una buena familia, pero por debajo de todo esto está una mujer muy desesperada que desea ser amada por este hombre. Ella es muy frágil. Ella ‘ama demasiado’ y sin embargo, debajo de todo esto, está una chica muy propensa a los malos tratos y que necesita algo de ese tipo de relación. En realidad ambas mujeres sienten deseos complejos y contradictorios. Ambas desean estar con Lou de verdad. Ambas están enamoradas de Lou de una manera muy profunda.

Junto al elaborado perfil de los personajes, contribuye a la creación de esa atmósfera, viciada y enajenada, la excelente dirección artística que reproduce a la perfección la estética de los años cincuenta y la turbulencia de las ciudades pequeñas del sudoeste oculta siempre bajo una apariencia de caballerosidad y valores tradicionales. Se nos enseña la doble moral característica de los ambientes provincianos, pero está tratada de tal modo que la comprendemos no sólo como el problema de una época, sino en su atemporalidad. No es algo pasado, es rabiosamente actual. Igualmente destaca el esmerado tratamiento de la banda sónora, especialmente de la música diegética y el uso de música popular como el bluegrass y ese lado oscuro del folk que son las murder ballads. Pero no usa sólo música popular reforzando lo que ya expresa el score original de Melissa Parmenter y Joel Cadbury, sino que también la música clásica tiene su lugar. Así  Winterbottom acude al último lied de los Cuatro últimos lieder de Richard Strauss: In abendrot (en el crepúsculo). Este lied para soprano y orquesta, que pone música al poema homónimo de Joseph von Eichendorf, expresa de que modo un sentimiento vivido desde el inicio como un ocaso conduce a la máxima pasión, como si fuera un instante robado a una eternidad extática inaccesible, sabiendo que no hay posibilidad de continuidad ninguna. Es un abrazo al amor que es un abrazo a la muerte. En la película sirve como contrapunto musical a una de sus frases más significativas, pronunciada por el Sheriff  Bob Maples: es antes del ocaso cuando más brilla la luz; con esa frase el sheriff Maples sentencia ya que Lou no va a librarse de su némesis, del castigo a su desmesura. Pero hay más, ni el sheriff Maples ni el espectador cuando la escucha son conscientes de que lo que se está anticipando es la culminación ardiente y dramática de una pasión que desde siempre ha jugado a hacer del dolor amor. El ocaso de un amor que se sabe muerte, como es el cantado en In abrendod, ha planeado desde el pricipio sobre Lou Ford y el personaje interpretado por Jessica Alba. En El demonio bajo la piel Winterbottom da a la banda sonora sentido narrativo, como han hecho siempre los buenos cineastas, y tal como lo había hecho ya él mismo en películas como 9 canciones (2004) que sigue la interacción sexual de una pareja mientras asiste a varios conciertos de rock en los que suenan las nueve canciones del título; o Wonderland (1999) la historia de tres hermanas y sus familias durante el fin de semana de Guy Fawkes en Londres y cuyos dispares elementos se relacionan entre sí mediante la banda sonora compuesta por Mychael Nyman, mención a parte merece, claro está, 24 Hour Party People (2002) donde documenta el anárquico ascenso y la caída del influyente sello Factory Records, siguiendo, a la vez, la deriva de la escena musical de Manchester.

Lou Ford es casi un melómano, su amor por la música se ve reflejado en varias escenas, como cuando obsequia a Elmer Conway (Jay R. Ferguson) con una improvisada exhibición de las variaciones de una melodía según se toque al modo negro, al modo asiático etc. Pero es sobre todo en la secuencia final cuando se nos revela su devoción por la música. Con su frialdad acostumbrada, Lou Ford va preparando el escenario del que va a ser el último acto de esta tragedia y lo hace acompañado por Una furtiva lácrima, el aria más conocida de la ópera de Donizetti, L’elisir d’amore. Con ese fondo musical Lou Grant parece decirnos que quiere convertir su vida en la obra de arte total que es la ópera. Lou es una versión extrema de la condición autodestructiva presente en casi todo humano; en Lou su potencia para amar se convierte en fuerza destructora. Ha destruido a quienes le amaban o confiaban en él, aunque también él parecía quererles desde su gelidez. Ama matando y es amado muriendo; esa es la única forma posible de concluir su tragedia. Pero elige el aria de una ópera cómica para su última actuación, es como si indicara que toda la terribilidad que ha desatado, y que es, en verdad, el lado más tanático (y por tanto más erótico) de la vida, no ha sido más que una pesada broma.

Cielo, si può morir…! Di più non chiedo, non chiedo. Ah! Cielo, si può, si può morir…! Di più non chiedo, non chiedo. Si può morir… Si può morir d’amor!

Buried (Enterrado): Rodrigo Cortés o el nuevo Hitchcock renacido

30 septiembre 2010 2 comentarios

Cartel que confirma la voluntad de emular a Samuel Bass

Después de disfrutar de un final vertiginoso y adrenalítico, escucho el comentario de un calvo sentado dos filas por delante de mí: regular, no está mal, pero me esperaba más; y pienso, con qué facilidad un crítico de oficio criticón se puede cargar en dos segundos un trabajo de meses. Mientras, yo sentenció que el de Rodrigo Cortés es un buen trabajo, un muy buen trabajo. Y lo afirmo desde la autoridad que me da haber visto, quizás no tantas películas como el crítico, pero sí las suficientes como para tener un criterio fundado que soy capaz de defender.  Serendipia no es más que una juntaletras aficionada que ama el cine, no pertenece a la prensa especializada, pero representa la voz del público cinéfago que, pese a las muchas horas pasadas ante una pantalla, todavía conserva la suficiente inocencia como para disfrutar de un espectáculo.  Digan lo que digan los especialistas, el público va a acoger Buried con la misma ovación que recibió en Sundance.

Y hay razones para que el público goce.  La producción de Cortés cuida la puesta en escena hasta el mínimo detalle, su esmeradísima película obtiene una auténtica Matrícula de Honor desde los créditos iniciales.  Porque Buried tiene títulos de crédito, tan ausentes en el cine actual, y que para quien esto escribe no debieran faltar nunca.  Esos créditos recuerdan los de Saul Bass, especialmente los que creo el genio para Con la Muerte en los talones (North by Northwest, Alfred Hitchcock, 1959) y la música de Víctor Reyes está igualmente a la altura del maestro Herrmann.  La sombra de Hitch es alargada, afirmaba Rodrigo Cortés en una entrevista concedida a Juan Luis Sánchez para Decine21, y reconocía haber tenido al mago del suspense como manual de cabecera, Cortés quería que su cinta tuviera el ritmo sincopado de, precisamente, Con la muerte en los talones y creedme que lo consigue.  La Banda Sonora es fundamental para obtener ese resultado, Reyes ha compuesto un Score clásico con reminiscencias herrmannianas donde a cada emoción le corresponde un tema, desde el lirismo para los episodios más sentimentales (esa llamada a la madre que va perdiendo la memoria en un asilo) hasta los épicos que acompañan los actos más dramáticos del protagonista (su habilidad para librarse de una molesta compañera de entierro).  La música entra en los momentos precisos participando de la narración, aumentando su efectismo, pero en aras de ese efectismo Cortés no vacila en rodar planos y secuencias sin más sonido que el del propio personaje.  Excelente tandem es el que forman Rodrigo Cortés y Víctor Reyes, que ya habían trabajado juntos en El concursante (2007), y de ellos cabe esperar mucho cine con mayúsculas.

Presencia de música y ausencia de la misma se alternan para intensificar la tensión.  Así la película se abre con un plano negro, una absoluta oscuridad en la que la cámara se mueve mientras escuchamos una respiración agitada, gemidos sordos, golpes secos, el sonido de un Zippo y con la llama se hace la luz. Ahí está Paul Conroy (Ryan Reynolds) atado y amordazado en el interior de un ataúd de madera, ese es el punto de partida del argumento: Paul Conroy, un transportista civil que trabaja para una compañía (CRT) ocupada en la reconstrucción de Irak, recupera la conciencia en el interior, sólo recuerda que su convoy ha sido asaltado y pronto descubre que él es el único superviviente y ha sido secuestrado por insurgentes, ahora sólo sabe que está enterrado en algún punto del desierto y que sólo tiene hora y media para pagar el rescate y ser liberado; como únicas herramientas para subsistir cuenta con un mechero, un móvil que no es el suyo con la batería a medias, una navaja y una linterna.  Un único escenario y un solo personaje, todo un reto para actor y director resuelto brillantemente por ambos. Ryan Reynolds no debe ser envidiado sólo por su matrimonio con Scarlett Johanson y por su imponente figura, en Buried da muestras de un gran talento interpretativo que le permite mantener la atención de los espectadores durante ochenta y cinco  minutos, pese a la importante limitación de movimientos, teniéndose que valer casi exclusivamente de su expresión para transmitir toda la complejidad de su personaje y la angustia que padece. Cortés es tan protagonista como Reynolds, la película es un pas a deux, un dúo en el que los pasos de ballet son ejecutados conjuntamente por la coreografía de la cámara y la interpretación del actor. Pese a lo limitado del escenario Cortés no escatima recursos para lograr comunicar aquello que desea, así habrá travellings, planos cenitales, grúas, cámara al hombro, según le convenga a la narración y al tempo.  Se llegó a construir un artilugio hidráulico para poder rodear a Reynolds y conseguir el plano deseado, él propio Cortés se lo contaba a Juan Luis Sánchez en la entrevista citada: A veces filmábamos desde huecos imposibles, usando ataúdes distintos, con los huecos que necesitábamos. O por contra, algunos momentos de la narración se volvían más intensos si dejábamos la cámara completamente quieta durante cuatro minutos, así que elegía esa opción. Los movimientos de cámara vienen marcados por las necesidades dramáticas y no por el espacio físico en el que transcurre la acción.

Pas à Deux

Cortés en Buried bebe de Hitchcock, le tiene presente en todo momento e invoca su fantasma cada vez que lo cree conveniente.  De Hitchcock aprendió que en una película no importa ni el tiempo real ni el espacio real, sobre lo que hay que trabajar es sobre el tiempo y el espacio fílmico, es por eso que ambos acuden al artificio técnico (lo contábamos a propósito del cincuenta aniversario de Psycho) para poner en situación al espectador.  Artificio, además, que pasa inadvertido al público mayoritario, igual que nunca se descubren los trucos de un prestidigitador.  Hitchcock y Cortés no hacen cine, hacen magia, en el ourensano tiene el maestro británico su relevo.  Sólo Hitchcock podía rodar una película como Náufragos (Lifeboat, 1944), sólo Cortés podía conseguir esta filigrana de suspense y acción que es Buried.  En verdad, el guión había llegado a manos de Versus Entertainment (productora del film) y lo habían dado a leer a personalidades relevantes (no revelan a quién), pero nadie se había atrevido a filmarla: el guión era perfecto, pero era imposible de rodar.  Sin embargo, Cortés logró lo imposible y eso le valió ser incluido por Variety en su lista  10 Directors to Watch en la que se referencia a los directores más prometedores de este 2010.

Suspense y acción constante sin salir de los escasos metros cuadrados de un ataúd, a favor de la película juega el tratar uno de los miedos atávicos del ser humano: ser enterrado vivo.  A Buried la preceden numerosos ejemplos literarios y cinematográficos anteriores sobre los que pregunto a mis otras dos manos.  Sí, claro, antecedentes tiene: desde el literario de la mano de Poe y su Entierro Prematuro que inspiró el film de Roger Corman Premature Burial (1962), la clásica Vampyr (Carl T. Dreyer), La serpiente y el arco iris (The Serpent and the Rainbow, 1988 Wes Craven), pasando por Miedo en la ciudad de los muertos vivientes (Paura Nella Città Dei Morti Viventi, 1980) del maestro Fulci que posiblemente sirvió de inspiración al Tarantino de Kill Bill Vol. 1 (2003), todo ello sin olvidar el soberbio capítulo doble de la serie CSI,  Peligro Sepulcral (Grave Danger, 2005) dirigido por el mísmisimo Tarantino. Y ya en otro orden de cosas, ¿Porqué no hablar de la incomunicación? eso me lleva hasta la castiza y genial La Cabina (1972, Antonio Mercero), con un José Luís López Vázquez atrapado en un ataud con forma de cabina telefónica armado únicamente de un teléfono que le resulta del todo inútil… Y con mi mano de uñas pintadas añado que no debe olvidarse el episodio 18 de la segunda temporada de la serie Alfred Hitchcock presenta, Final Escape de 1964 que tuvo su remake en 1985.  La gran diferencia de Buried con todas ellas es que no hay un sólo plano fuera del ataúd, no se ve la acción que transcurre fuera de él, ni hay flashbacks para rememorar un momento anterior, Cortés reconoce haberse inspirado en la célebre escena de Kill Bill, ocurre que lo que Tarantino limita a siete minutos, Cortés lo eleva a un largo de ochenta y cinco.

Incomunicación me soplan mis otras manos, pero más que de incomunicación yo hablaría de la impotencia, de la inutilidad de la comunicación para evitar catástrofes.  Ni las continuas llamadas consiguen que las autoridades competentes cambien su modus operandi, ni las 47.000 visitas que recibe en Youtube el vídeo que graba Paul Conroy permiten una acción ciudadana.  Nuestro destino escapa a nuestro control, políticos y magnates deciden sobre nosotros y por nosotros.  Porque Rodrigo Cortés no olvida la crítica social que impregna su cine desde su ópera prima El Concursante. Si allí veíamos los entresijos perversos del capitalismo, aquí vemos como los gobiernos sólo se mueven en defensa de los intereses de los lobbys, y la compañía CRT para la que trabaja Conroy nos dará el momento más cruel de toda la cinta. Pero no creáis que toda esa trama no es más que un Macguffin para llevarnos al discurso más político, Cortés no olvida en ningún momento que está realizando una película de género y, lo que es aún más importante, no olvida el humor que salpica aquí y allá a la película haciendo todavía más humano al personaje y permitiéndonos mejor la empatía con él.  Nos ponemos en la piel de Conroy y junto a él llegamos a sentir casi un Síndrome de Estocolmo, porque los secuestradores son villanos, como no pueden faltar en una cinta de suspense, pero al menos ellos son personas de a pie, como el propio Conroy, que lo único que pretenden es mejorar su vida, gentes sencillas que no tienen responsabilidad en los acontecimientos que marcan la historia pero sí pagan las consecuencias.  Al pueblo le toca las de perder, los villanos son otros.

Mis manos femeninas pecan siempre de pedantes, pero no os dejéis desanimar por ellas, la película merece que la veáis en pantalla grande y en versión original para no perder ni uno sólo de los matices del trabajo de actor y director.  Dejad que os convenzan mis manos masculinas, tan arrebatadamente apasionadas ellas:

Emocionante, angustiosa, ingeniosa, crítica, inteligente, técnicamente impecable: CINE, todo ello es Buried, algo más que una triquiñuela o experimento cinematográfico elitista con ínfulas de autor. Sencillamente CINE que me ha mantenido en vilo durante toda la proyección, con un nudo en el estómago que he tardado casi una hora en deshacer. PURO CINE como hacía tiempo que no veía, del que te envuelve, del que te hace revolverte en la butaca, disfrutar, sufrir… todo ello es Buried. A pesar de toda influencia pajera que le queramos buscar, Buried es fresca, original y una pieza muy valiosa realizada en España que puede dar esperanza a los que no vamos a ver películas de Amenabar y tenemos a Balagueró como un santo patrón.

Esperemos que este impecable trabajo no quede enterrado entre tanta mediocridad.

 

Kick Ass: el triunfo de la voluntad

4 junio 2010 3 comentarios

«Para ser un superhéroe no hacen falta poderes especiales, basta con un poco de optimismo y un mucho de ingenuidad» nos dice el protagonista; y para gozar como enanos viendo Kick Ass basta con conectar con el niño que todos llevamos dentro.  O mejor con el que soñábamos ser cuando nos embobábamos con Pipi Lansgtrum o imaginábamos que eramos Koji Kabuto dirigiendo a Mazinger contra los brutos mecánicos del Doctor Infierno. Haciéndolo así descubriremos que también nosotros podemos calzar las botas amarillas de Dave Lizewski.

Dave Lizewski es un adolescente normal: no destaca en los deportes; no es un nerd de la informática y los videojuegos; no destaca en los estudios pero tampoco es un mal alumno; no es el gracioso de su grupo ni tampoco un out sider retraído.  Un adolescente del montón, de los que, como él mismo dice, se limitan a existir.  Sólo posee una peculiaridad: fanático de los cómics como es, se pregunta por qué nadie se ha propuesto nunca ser un superhéroe. Y él va a tener ese propósito, se comprará por Internet un traje verde de neopreno y empezará a luchar contra el crimen convirtiendo su fantasía en acción.   Pero descubre pronto que ser un superhéroe no es nada fácil, le apuñalan, le atropellan y, si logra saltar a la fama, es porque los cirujanos no consiguieron restablecer todas sus conexiones nerviosas cosa que le concede la capacidad de soportar bien las palizas.   Un vídeo aficionado que recoge su lamentable pelea con unos delincuentes (a quienes contra pronóstico  hace huir) es subido a Youtube y se convierte en un fenómeno mediático, su vida entonces da un vuelco de 180º, sobre todo cuando entran en contacto con él dos extraños seres (¿superhéroes de verdad?): Hit Girl y Big Papi.  Para rematar, su amistad con Bruma Roja acabará de sumergirle en un mundo delirante.

A caballo entre Supersalidos (Superbad, 2007, Greg Mottola) y Kill Bill (2003-2004, Quentin Tarantino) como la ve Aaron Johnson (Kick Ass), Kick Ass nos regala dos horas de entretenimiento, risa y emoción sin tregua.   Desde los títulos de crédito, un traveling de acercamiento atravesando nubes, que casi se diría el plano subjetivo de la visión de Superman, la película nos mueve a identificarnos con el protagonista quien nos irá acompañando con su voz en off.  Nosotros somos tan grismente normales como él pero compartimos igualmente su sueño y nuestra sorpresa es la suya cuando vemos que nuestra (su) vida se convierte en un verdadero cómic con la primera aparición de Hit Girl, probablemente el momento más importante de la película.   Mathew Vaugh (Stardust, 2007) dirige la cinta con eficiencia, desde la elegante presentación de los personajes mediante saltos en tiempo y espacio (que se señalan con rótulos al modo de los bocadillos en un cómic), hasta la maestría con las que resuelve las escenas de acción, pasando por una acertada dirección de actores que les ayuda a matizar la evolución de los personajes.  En las escenas de acción Vaugh huye de modernidades superfluas como la cámara en mano o los planos hipercortos ensamblados con un montaje parkinsoniano, nada más lejos, el británico opta por el  más fiel clasicismo que hace brillar a las coreografías con luz propia. Pero su mayor logro es haber sabido crear un ritmo perfecto, sin valles que hagan decaer el interés, con una secuenciación precisa de los momentos climáticos, que nos mantiene en tensión y a la espera del apoteosis final y su correspondiente epílogo emotivo, con plano final que deja el paso abierto a futuras intrigas.

Kick Ass no es una adaptación al uso, cómic y película han nacido casi a la par. Mark Millar (Hijo Rojo, The Ultimates, Wanted) cuando tuvo la idea para la historieta ya pensó inmediatamente en verterla al cine.  El germen de la historia fueron dos personajes, una niña vestida al estilo de Robin y un tipo grande con aire a Batman, le gustaban ambos personajes pero los encontraba demasiado exagerados para ser protagonistas.  Millar buscó entonces en su propio material autobiográfico y se recordó como quinceañero con aspiraciones a combatir el crimen en Glasgow, sintió que de haberse atrevido a cumplir su sueño habría sido una buena historia, así que se puso a la labor de diseñar la secuencia de la primera noche del torpe adolescente metido a superhéroe.  Se dio cuenta de que ambos puntos de partida se complementaban y los fundió en una sola historia; así nació Kick Ass.  Se puso en contacto con el grafista John S. Romita jr (El asombroso Spiderman, The Eternals, Daredevil) y cuando tenían sólo una tira de viñetas ya empezó a sondear la posibilidad de llevarlo a la gran pantalla.  El proyecto llegó a manos de Jane Goldman quien a su vez se apresuró a contar la idea a su coguionista (y director) de Stardust, Matthew Vaughn.  Bastó que Millar y Vaughn pasaran una tarde juntos discutiendo y organizando el relato para alcanzar el acuerdo.  Cuando se publicaba la tercera entrega del cómic ya había empezado el rodaje de la película, es por eso que la línea divisoria entre cómic y película no es tan nítida como en otras adaptaciones, el trasvase de ideas circulaba en las dos direcciones. Matthew Vaughn y Jane Golmand trabajaban junto a Mark Millar Y John S. Romita jr, este último dibujó toda una secuencia de animación para la película, la que cuenta los orígenes de Hit Girl y Big Papi.  El desarrollo del guión ayudaba al cómic y viceversa.  Sin embargo, la película no es una mera copia, el guión se completó antes que la serie de entregas del cómic, eso permite que tengan independencia y algunos personajes, es el caso de Big Papi, reciban distinto tratamiento en cada formato. Por otra parte, la acción es más espectacular en el film.  Este perfecto maridaje hace que se haya logrado recrear la atmósfera cómic como nunca antes para satisfacción de todos los aficionados.

Destaca en el film la construcción de los personajes en manos de los actores.  Como anecdota cabe señalar que Aaron Jhonson (Dave  Lizewski-Kick Ass) se presentó a la prueba para el papel de Chris d’Amico-Bruma Roja adjudicado a Christopher Mintz-Plasse y este último se presentó a la de Kick Ass. La decisión final fue acertada porque el protagonista de Supersalidos sabe dotar a Chris d’Amico de la vis cómica requerida para interpretar al niño rico solitario, hijo del mafioso Frank d’Amico, que busca infructuosamente la confianza de su padre, cosa que logrará cuando le convence de que él tiene la estrategia perfecta para derrotar a Kick Ass que supuestamente está arruinando su negocio.  Esa estrategia consiste en convertirse en Bruma Roja, superhéroe antagonista que logrará derrotar al héroe ganándose su confianza para traicionarle, como corresponde a los tópicos del género que tan bien conoce Chris d’Amico como fanático que es.   Chris es el reverso de Dave, pero comparte con él numerosas similitudes que se muestran como un doble simétrico. Superhéroes impostados ambos, Bruma Roja resulta un villano cómico tan torpe y fuera de papel como el propio Kick Ass.  Pero la mayor comicidad la introducen los mafiosos, verdaderos villanos de la historia, y Big Papi, magistralmente interpretado por un Nicholas Cage que consigue por fin interpretar un personaje de cómic bien resuelto después de la fallida El Motorista Fantasma (Ghost Rider, 2007, Mark Steven Johnson) que sólo obedecía a la afición de auténtico coleccionista que posee el actor.  Mark Strong nos compone una lujosa parodia del típico capo mafioso como interprete de Frank d’Amico, el único personaje que no cree en los cómics. Por su parte, Nicholas Cage nos regala una interpretación rica en matices dando cuerpo a un padre obsesionado con la venganza y el adiestramiento de su hija, capaz de inspirar simultáneamente, risas, ternura y emoción adrenalínica en su enfrentamiento a los malos, escena de acción trepidante que se rodó en una sola toma.  El principal escollo con el que se tropezaron a la hora del casting fue encontrar el interprete ideal para Kick Ass hasta el punto de que el director a punto estuvo de retrasar seis meses el rodaje.  Matthew Vaughn pretendía que el protagonista fuera americano para darle mayor credibilidad, por eso no había visto siquiera la prueba de Aaron Johnson; fueron las responsables de casting las que le convencieron de que la viera.   Quedó absolutamente entusiasmado, el joven británico no era únicamente capaz de dar el aire de adolescente desubicado, su habilidad era la de saber reflejar las emociones que definen al personaje.  Y la verdad es que ya no podríamos imaginar a nadie más calzándose esas botas amarillas que transmutan a Dave Lizewski en Kick Ass.  Compone a la perfección al soñador capaz de luchar voluntariosamente para convertir en realidad sus deseos, nos hace que nos pongamos en su piel y revivamos aquella ingenuidad que perdimos según íbamos renunciando a nuestros deseos y expectativas.  Aaron Johnson sabe soñar y hacernos soñar.  Pero si alguien brilla con luz propia en todo el reparto, esa es la pequeña Chloë Grace Moretz que con apenas doce años es ya toda una estrella que dará que hablar en el futuro.  Ella es la que da vida a Hit Girl y Hit Girl es el personaje más poderoso de todo el relato.

Efectivamente, esa pequeña  Swarzeneger, como la llamaban sus compañeros de rodaje, se adueña de la pantalla cada vez que aparece.   Con Hit Girl entramos de lleno en el mundo de lo fantástico, la puesta en escena, el ritmo de las coreografías que marcan sus intervenciones y, sobre todo, la interpretación de la pequeña  Chloë, nos secuestran la razón (como hacía Natalie Portman en Leon -aka El Profesional, 1994, Luc Besson-) y rendidos a su encanto suspendemos la incredulidad.  Y su presencia en la película de poco no llegó a existir, la cortedad de miras de las grandes productoras siempre al servicio de la corrección política exigían para financiar la película que se suprimiera el personaje de Hit Girl, afortunadamente Matthew Vaughn no cedió, autoprodujo el film junto a Plan B (de Brad Pitt) y la película pudo conservar su esencia.  Porque Hit Girl es la que hace que la historia se convierta en cómic, la que hace saltar a Dave Lizewski a la ficción, consiguiendo así que Kick Ass llegue a ser verdaderamente un superhéroe.

Kick Ass es un homenaje al amor por los cómics.  Vaughn deconstruye sus elementos, nos lleva hacia la mirada crítica que nos hace descubrir el entramado de cartón piedra de las hazañas gráficas, pero no destruye su esencia y nos mantiene a la vez en la actitud crítica y en la ingenuidad.   Nos sonreímos de la grotesca aspiración de Dave Lizewski, nos reímos de ese absurdo, pero a la vez nos dejamos llevar por la aventura y llegamos a sentir posible lo imposible.  También el espectador se pregunta por qué nadie ha querido convertirse en superhéroe, sobre todo porque debajo de la cubierta de fantasía nos llega el mensaje de que no hacen falta trajes ni superpoderes, basta con asumir nuestra responsabilidad en el buen hacer del mundo, en no mirar hacia otro lado cuando alguien es agredido, en mejorar nuestro entorno y asumir el compromiso que es vivir.  Dave Lizewski-Kick Ass nos demuestra que todo esfuerzo es útil para conseguir entre todos el bienestar.  Y el escepticismo nos volverá a atrapar en cuanto abandonemos la sala oscura, pero mientras nos alumbran los haces de luz de la proyección, por un momento, llegamos a creer que el triunfo de la buena voluntad es posible.