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Sitges 2012: la magia del sonido, Berberian Sound Studio

El rey indiscutible de las composiciones para cine: Bernard Herrmann

Lejos quedan los tiempos en que las estrellas del mudo despotricaban contra el sonoro considerando que con el sonido no se aportaba nada al cine, la historia no les ha dado la razón porque, si bien es cierto que las imágenes se bastan por sí mismas para crear una obra maestra, no deja de serlo tampoco que con la sonorización se contribuye a generar atmósfera y que el sonido, por tanto, interviene narrativamente en las películas. Y no sólo por los diálogos, sino por el score y los efectos de sonido. Pese a todo, algunos sentimos que todavía se valora poco la importancia de la banda sonora pues algunos la ven como elemento secundario pese a los numerosos ejemplos que pueden demostrar su trascendencia. Ahí está Scarlata O’Hara jurando a Dios que nunca volverá a pasar hambre con la maravillosa música de Steiner realzando y dando el auténtico peso a la acción, o Marion huyendo en Psicosis con la música de Herrmann introducinedo la angustia que vive el personaje, o, buscando un ejemplo reciente, el crescendo de Desplat creando tensión en el momento en que el personaje de Ben Affleck toma la decisión fundamental en la recién estrenada Argo. Por otra parte, los efectos de sonido aún corren peor suerte y los galardones que reciben se consideran premios menores, tanto es así que en algunos certámenes ni siquiera existe la categoría. Ese es el caso de Sitges, por ejemplo, y nos parece que es un olvido imperdonable puesto que en el fantástico el sonido tiene especial relevancia.

De haber existido la categoría de Mejores efectos de sonido en Sitges la ganadora absoluta habría sido Berberian Sound Studio. Y es que la cinta de Peter Strickland es una apuesta original, película homenaje, se apoya en los efectos sonoros para crear el relato. Nos cuenta la historia de Gilderoy (Toby Jones) técnico de sonido inglés especializado en sonorizar documentales sobre la campiña británica. Gilderoy es llamado por el estudio Berberian para encargarse de organizar el sonido de una película italiana de terror gótico. Una vez allí descubre la desorganización, prácticamente kafkiana, de la compañía italiana, pero, más importante, poco a poco irá sucumbiendo a la pavorosa atmósfera que él mismo ayuda a crear hasta quedar totalmente vampirizado por ella.

Berberian Sound Studio es toda una tesis sobre la importancia del sonido en el cine de terror, su reto ha sido conseguir la tensión de la trama, esa progresiva obsesión por la película que se está montando, sin mostrarnos una sola imagen de ella. Y sale bien parada de este experimento. Durante dos tercios del film asistimos a todo un despliegue testimonial de cómo en los años setenta se lograban artesanalmente los efectos, todo un festín para los sentidos resulta ver esos melones y sandias que simulan el ruido de los cuerpos y las cabezas al quebrarse, y más recursos igualmente ingeniosos y caseros para reproducir las torturas (vaginales algunas, pues ese cine transalpino se definía por mezclar violencia y sexo) y todo lo que creaba la atmósfera. Y consigue hacernos sentir cómo sólo el sonido ya basta para provocar terror.

De la mano de los efectos creados con la habilidad de la ingeniaría nos adentramos en una historia de obsesión que acaba desembocando, como ya decíamos, en la vampirización de Gilderoy por parte de la película que construyen. Así, en su tercio final, el filme entra en un descenso a los infiernos de influencias lynchianas que, al menos a los espectadores españoles, nos trae a la memoria el Arrebato de Zulueta.  Strickland se reconoció deudor de Lynch en la rueda de prensa, pero afirmó no haber visto la genialidad de Zulueta, cosa que parece demostrar la existencia de universales en el arte que serían recorridos por los diferentes artistas sin necesidad de que haya habido conocimiento entre ellos.  El problema de Berberian Sound Studio es que ese giro hacia la caída, hacia la sumersión en la ficción hasta no distinguirla de lo real, pese a utilizar recursos conocidos no acaba de estar totalmente logrado; toma una dirección que lleva a la confusión del público llegando incluso a provocar anonadamiento, y no un anonadamiento extático sino el asimilable a la simple perplejidad. Toda una lástima.

Con todo celebramos haberla incluido en nuestra selección y pese al casi chasco final, pensamos que es una cinta muy disfrutable en lo que tiene de estimulación de otros sentidos implicados en el arte visual por excelencia. Lo mejor es dejarse llevar por el homenaje sonoro y dejarse arrullar por su serenata.

Categorías:Sitges Film Festival
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