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Mamá Vampira

Volvemos a encontrarnos en esta sección para presentaros el nuevo cuento finalista en el FANTER FILM FESTIVAL de nuestra amiga Marina Gómez, espero que lo disfrutéis.

Mamá vampira

Lisbeth está sentada en una silla vieja junto a un lecho polvoriento, donde reposa una niña asustada de tez amarillenta, ojos ojerosos y labios sin color. La niña está despierta y se acurruca intranquila entre las sábanas, tapándose hasta la nariz. Lisbeth, que advierte el miedo de la pequeña, se incorpora de la silla y se coloca muy cerca de la niña, tanto, que la oye respirar.

– No tengas miedo – le dice, acariciándole el cabello – La vida a veces no es fácil para algunos. No te atormentes.

La niña se estremece dentro de las sábanas y castañea los dientes. Sus grandes ojos azules brillan como luceros en la lobreguez de la habitación, pues tan sólo la luz de una vela alumbra el lugar.

La niña recorre con la vista la estancia, una pequeña buhardilla transformada en habitación, ahora adornada con sombras bailarinas y grotescas producidas por la luz de la vela. Al frente del lecho, como centinela de las dos, un pesado armario de medianas dimensiones tapa la puerta de entrada, y detrás de la vieja silla, una alta y pequeña ventana redonda permite ver el exterior. Bajo la ventana, una caja de madera.

La niña fija ahora su mirada en el armario que tapa la puerta.

– Lis… – dice – La puerta… Creo que está ahí fuera, acechando…

Lisbeth desvía su mirada hacia el punto donde la niña le indica, y con un movimiento enérgico se mete dentro de la cama, cubriendo a ambas con las sábanas polvorientas. Dentro del lecho Lisbeth tapa la boca a la niña, que respira agitadamente y tiembla del miedo. – Shhhsssstttt – le susurra al oído, y cuando parece que el silencio acuna la habitación, unos pasos que se arrastran al otro lado se muestran claros a sus oídos. Alguien parece querer abrir la puerta, pero el peso del armario se opone a permitirlo. Unas uñas rascan la madera, después se oyen unos golpes, y tras los golpes, gracias al cielo, vuelve el silencio. Los pasos de antes recobran su movimiento, arrastrándose de nuevo, y su sonido se pierde hasta que ya no se oye nada.

– ¿Ves? Ya se ha ido – le dice Lisbeth a la niña retirándole la mano de la boca y destapando las sábanas – A lo mejor… A lo mejor no nos quiere hacer daño…

La niña, que ahora parece más calmada, se medio incorpora en la cama y se queda sentada sobre la almohada. Del sofoco parece que le ha sido devuelto el color a la cara y que se la ve más viva, pero es sólo una ilusión.

– Si no nos quiere hacer daño, ¿por qué nos escondemos de ella? – pregunta, y Lisbeth de repente se queda muda, pues no sabe qué contestar.

La niña la ve levantarse lentamente de su lado para dirigirse hacia la pequeña y alta ventana. Luego la ve subirse a la caja de madera, y estirando el cuello la muchacha mira hacia el exterior de la ventana. Afuera una espesa niebla cubre el lugar, se adivinan árboles, incluso un riachuelo allá a lo lejos, y como surgida de una pesadilla, una figura vestida de oscuro de pies a cabeza camina lenta a través de la niebla. Lisbeth aprieta los labios y los dientes, rechinándolos, mientras ve deslizar el paso majestuoso de esa criatura a través del bosque. Parece que la ve girar la cabeza para mirar hacia la ventana, desde donde ella la observa, y del susto Lisbeth retrocede encima de la caja de madera, perdiendo el equilibrio y cayendo justo encima de la cama, donde la niña la mira sin expresión.

Lisbeth es pálida, ojerosa, y sus ojos son del color de la miel. Lleva el cabello del color del cobre recogido en la nuca, atado con un broche dorado en forma de ángel. Aparenta unos dieciocho años y viste de oscuro. Lleva manchas en sus ropas, y algún roto también, pero aún así todavía conserva su aire distinguido y elegante. Tras la caída se ha quedado sentada en la cama, frente a la niña, y sus ojos se han quedado fijos en sus ropas, roídas y sucias.

– Lis… – dice la niña, que no la deja de mirar – ¿Hasta cuándo va a durar esto?

Lisbeth suspira profundamente. Se mueve lentamente en la cama y acude de nuevo a la cabecera de la niña, donde la mira con dulzura, con toda la que puede. Hasta parece que le sonríe.

– No lo sé… – le responde, y su respuesta se queda dispersa en el aire.

Un leve zumbido, como el sonido del viento, acude a sus oídos. En realidad suena como un buque perdido, encadenado a otros sonidos iguales: un lamento. Ambas muchachas se abrazan sentadas en la cabecera de la cama mientras fijan sus miradas en la vetusta puerta del armario que hay enfrente de ellas. El miedo les corroe.

– ¿Qué ha sido eso? – lloriquea la niña.

– Un lamento…

Lisbeth estira de su cuello una cadena de donde pende una cruz y la besa con real devoción. Rápidamente la niña realiza la misma acción con su propia cruz, y ahora el abrazo de ambas es mucho más ligado, y el miedo también es más latente.

– ¿Es mamá, verdad? – pregunta la niña – Mamá ha hecho daño a alguien.

– Recemos, Suri, por su alma y por la de todos.

Las oraciones suenan como un murmullo del más allá en voz de las dos muchachas, y los rezos se mezclan con el siseo del viento del otro lado de la ventana, que ahora golpea tímidamente el cristal de la pequeña ventana.

Ambas muchachas se aferran con fuerza a sus cruces.

“Señor, Dios Nuestro tú nos has elegido para ser tus santos y tus predilectos.
Revístenos de sentimientos de misericordia,
De bondad, De humildad, De dulzura, De paciencia.
Ayúdanos a sobrellevar los unos a los otros cuando tenemos algún motivo de queja
Lo mismo que tú, Señor, nos has perdonado Sobre todo, danos esa caridad,
Que es vínculo de perfección.
Que la paz que debe reinar en la unidad de tu Cuerpo místico.
Que todo cuanto hagamos, en palabras o en obras,
Sea en nombre del Señor Jesús,
Por quien sea dadas gracias a ti Dios Padre y Señor Nuestro.
Amén”.

Afuera, a muy poca distancia de la casa vieja donde están ellas, una extraña mujer destroza con avidez el cuello de un pequeño ciervo. Sus ojos son de fuego, y su sed de sangre insaciable. Cuando acaba su festín la mujer se relame, está arrodillada en el suelo, junto al animal muerto, sin embargo repentinamente entristece su rostro mirando al ciervo, y se deja caer sin fuerzas a la tierra mojada, confusa y aturdida. Clava sus largas uñas en la tierra rascando el barro húmedo, y lloriquea allí tumbada como sólo lo hacen los niños.

– Dios mío, ¿qué estoy haciendo? – Se lamenta – ¿En qué monstruo me he convertido?

La mujer se levanta y mira con repulsión al ciervo muerto. Ve sus ojos, su hocico, su delicado pelaje, y con un grito desgarrador da media vuelta y corre como alma que lleva el diablo. Sorteando los árboles en la completa oscuridad, la mujer sigue su carrera desesperada atravesando el espeso bosque, y sus locos pasos la llevan hacia una casa abandonada donde reina el total silencio. Una espesa niebla recorre las inmediaciones, y la casa, construida en mitad de la nada, parece envuelta en velos de telarañas. La mujer mira hacia una pequeña ventana que no es sino el desván, y allí, camuflada entre la negrura de la noche y la niebla, un joven rostro de mujer la mira con ojos de espanto. De pronto, la imagen desaparece del cristal.

– Lisbeth… – susurra la mujer, y de repente ensombrece su rostro, triste y apesadumbrada. Como un alma en pena, la mujer desliza sus pasos descalzos hacia la puerta de entrada a la casa, adentrándose en ella. Una extraña fuerza parece impedir su camino por la casa, pues la mujer parece querer proteger su rostro con sus propios brazos, evitando lo inexistente. Sin embargo avanza sin parar por las estancias, atravesando el vestíbulo y subiendo unas escaleras que llevan a una pequeña planta con dos habitaciones. Luego, otra tanda de escaleras la llevan a una única puerta, una puerta que esconde a dos personas al otro lado, dos personas asustadas que no paran de rezar.

La mujer se deja caer en el suelo, cubriéndose la cabeza con los brazos. Se lamenta, se retuerce mientras despeina sus cabellos con las manos, medio enloquecida. Los ojos se le inyectan en sangre de nuevo, y entreabre la boca buscando un hálito de aire respirable, mostrando sus colmillos tan descaradamente desarrollados. Desde el otro lado se escuchan los rezos: “…Ayúdanos a no pecar, nuestro Señor, y da Salvación a quien está perdido en las sombras..”, y recobrando las mínimas fuerzas, la mujer se arrastra hasta la puerta y araña con rabia la madera.

– ¡No me atormentéis más! – Grita – ¡Dejadme entrar, os lo ruego!

Del otro lado siguen los rezos:

“… No permitas que haga más daño, no le dejes atentar contra más inocentes, Nuestro Señor…”.

– ¡Basta! – Grita la mujer – ¡Basta, hijas mías! ¡Basta!

Ahora los rezos han cesado. Dentro el silencio vuelve a ser protagonista. Unos pasitos se oyen acercarse; la madera del suelo cruje. Los pasos se paran y una voz femenina que proviene del otro lado provoca el llanto de la mujer, que está postrada en el suelo, retorciéndose. Demasiado dolor.

– Sabes de sobras que no te podemos dejar pasar – se oye decir – Márchate y déjanos libres. Tú ya no eres quien eras.

La mujer continua llorando amargamente y sin consuelo. Rasca la puerta con las uñas pidiendo clemencia, rogando que la dejen entrar, como un perrillo asustado, pero la parte del otro lado se muestra firme, y no parece querer ceder.

– No insistas, sabes que no puedes entrar – continua – Suri está enferma por tu culpa, necesita comida y luz de sol para curarse, pero si tú no nos dejas en paz …¡se morirá!

– ¡No seas cruel conmigo, Lisbeth!- grita la mujer – No quiero haceros daño, necesito estar con vosotras… Mamá está aquí, dejadme entrar, os lo ruego…

– ¡No!

De repente el sonido de unos pasos descalzos se oye desde el otro lado. “¿Qué haces levantada? ¡Vuelve a la cama!”, se oye decir, pero la otra personita no tiene ninguna intención de hacer caso a la voz de mando. “Tengo que hablar con ella”, responde.

– ¿Suri? – clama la mujer junto a la puerta – ¡Suri, amor mío, deja entrar a mamá!

– ¿Mamá? – se oye decir – Mamá, ¿eres tú?

– Suri, mi amor, mi pequeño ángel… ¡Sí, soy yo, soy mamá!

– Mamá, Lis dice que me estoy muriendo. Si no me ve pronto un médico quizás tenga razón, pero no podemos salir de aquí si tú insistes tanto en vernos… Ya sabes que no queremos verte por si enloqueces otra vez y nos haces lo que le hiciste a papá. ¿Lo entiendes, mamá?

La mujer gime junto a la puerta. Tiene la melena revuelta y ahora ha cruzado las manos a modo de oración.

– No me torturéis con ese recuerdo, por piedad, hijas mías – dice – Algo me mordió y me convirtió en esto. ¿Creéis que yo lo pedí? Necesitaba sangre, y herí a vuestro padre…

– ¡Lo mataste!

– ¡No lo mató! – dice la pequeña.

– Sí que lo mató, dejó a papá sin una gota de sangre en su cuerpo, y luego fue a por tí, pero yo te traje a esta casa y te escondí. Aquí dentro no nos hará daño, pero ahí fuera corremos peligro… ¡Ella ya no es nuestra madre!

– ¡Sí que lo es!

– ¡No lo es!

La mujer se tapa los oídos con ánimos de rompérselos mientras oye discutir a las que fueron sus hijas. De repente, se pone en pie y les dice:

– Sacad el crucifijo que tenéis escondido en el armario del otro lado de la puerta, por piedad. Me está quemando, os lo ruego, quitadlo.

Silencio al otro lado.

– Quitadlo, por favor… Sé que lo tenéis ahí guardado. Pero no os va a hacer falta, jamás os haría daño…Quitadlo y dejadme entrar…

Al otro lado Lisbeth habla:

– ¡No la escuches, Suri! – oye interrumpir – Mató a papá con sus propias manos porque enloqueció, y a pique estuvo de hacerlo contigo. ¿Es que no te acuerdas, Suri? ¡Mamá es una vampira!

– ¡Calla! – grita Suri.

– ¡Lo es! ¡Es una vampira, y tú estás muy débil por su culpa! Siete días sin comer son muchos días, Suri.  ¡Te morirás!

– ¡No me moriré!

– ¡Sí te morirás!

La mujer no tiene fuerzas ni siquiera para hablar y le flaquean las piernas. Se deja caer vencida al suelo.

– Os lo ruego, hijas mías. Quitad el crucifijo. Necesito veros, por piedad…

Vuelve el silencio al otro lado de la puerta. La mujer se retuerce de dolor en el suelo, parece un animal herido y se queja como tal.

– Quitad el crucifijo…

De repente, el silencio queda roto por la voz de Lisbeth al otro lado. Ahora la voz de la muchacha parece más serena, y la mujer deja escapar una leve sonrisa de sus agrietados labios.

–  Promete que no nos harás daño…

– ¡Oh, lo prometo! ¡Lo prometo! El crucifijo…

-… Y que cuando nos veas no te acercarás a nosotras, ni intentarás nada que nos pueda perjudicar…

– Sí, Lisbeth, te lo ruego… El crucifijo… Me duele…

Al otro lado se oye un crujido, luego el arrastre de un mueble. Un golpe seco, otro golpe seco, y unos pasos que corretean hacia algún lugar. Desde el interior del desván la voz de Lisbeth llega clara.

– Ya puedes entrar.

La mujer al fin está tranquila. Ha dejado de retorcerse y ya no parece sentir dolor. Se levanta poco a poco, le cuesta mantenerse de pie, pero muy lentamente se acerca al pomo de la puerta de madera y lo gira, delicada. La puerta gruñe al abrirse. El desván está sucio, maloliente, y al final de la habitación, sentada en la cama, la pequeña Suri espera con sus manitas cruzadas. Lisbeth no está a su lado, pero la mujer no parece advertirlo y sonríe mientras llora de emoción, dirigiéndose a donde está la niña caminando como las hadas, con sus telas oscuras hechas jirones y mecidas por un aire inesperado. La niña la observa asustada desde la cama.

– Mi querida niñita… – dice, y abre los brazos dibujando un futuro abrazo.

Antes de llegar a los pies de la cama un soberbio estacazo atraviesa el corazón de la mujer, paralizando sus miembros y provocando en su rostro una expresión entre asombro y tristeza. Tras ella Lisbeth fuerza cada vez  más la estaca clavada en su espalda, hasta que la mujer se da la vuelta y mira a su otra hija con verdadera estupefacción.

– ¿Por qué?

En la cama Suri se ha tapado los ojos y llora desconsolada.  Lisbeth, en cambio, enfrenta su mirada inclemente a la de su madre, moribunda.

– ¡Muere!

La mujer cae al suelo con la estaca clavada entre su espalda y su corazón. Lisbeth se aleja de ella y llama con prisas a su hermana pequeña, que rápidamente se levanta de la cama y corre junto a ella. Ambas se colocan junto a la puerta, mueven el armario hasta casi tapiar la salida y salen por el reducido espacio que han dejado libre.

– Pobre mamá – dice Suri.

– Sí – le contesta Lisbeth, acariciándole el cabello – La vida a veces no es fácil para algunos. No te atormentes.

– ¿Y ahora qué vamos a hacer?

– Recemos por su alma.

Por la destartalada escalera las dos hermanas canturrean una canción.

– Mamá Vampira se ha ido, al fin para no volver. Atrás quedaron sus sustos, su historia y su renacer. Que regresó de los muertos para daño hacer, aunque jamás nuestra sangre podrá beber…

En el desván, la puerta del armario se entreabre unos centímetros. Un gran crucifijo custodia la habitación desde dentro.

Categorías:Cuentos de Serendipia
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