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Ken Russell nos dejó la pasión de vivir

Hay una escena que me ha acompañado desde que la vi en una sala oscura allá por los setenta: Glenda Jackson completamente ida, encerrada en un manicomio decimonónico, vestida casi con harapos, agachándose sobre la verja que cubría a los locos aislados para que estos acariciarán su sexo. Se tejió en mi imaginación como fantasía erótica mucho antes de que supiera yo qué era lo erótico. Y por supuesto mucho antes de que supiera que esas imágenes correspondían al final de La pasión de vivir (The Music Lovers, 1970) y de comprender que aquello sólo podía haber salido de la mente de Ken Russell.

La comprendí mucho más tarde, cuando ya podía penetrar en los entresijos oscuros que puede tener el sexo y el amor porque entonces ya estudiaba filosofía y había empezado a adorar a los personajes torturados por la atracción del abismo. Para entonces ya había escuchado al romántico Tchaikovsky y leído a Nietzsche, así que los delirios de Russell se me hacían diáfanos y me subyugaban. La imagen que me acompañó en las fantasías fue la de Katleen Turner vestida de azul y perseguida por Anthony Perkins interpretando por enésima vez un sosias de Norman Bates.

A la vez que crecía mi amor por lo trágico, por los monstruos del romanticismo, por el genio dionisíaco, por lo sublime, esa desmesura mesurada, se cultivaban mis criterios cinematográficos. Los ochenta estaban cerca de cambiarse en noventa cuando vi Remando al viento (1987, Gonzalo Suárez), después fui a buscar los muros de Villa Diodatti y después, aún, recuperé Gothic (1986). Desconozco si la interpretación de esa noche de junio de 1816 por parte de Russell se me pasó en su estreno o es que no llegó a nuestros cines en su día. Lo que sí sé es que la de Russell empalidecía frente a la de Gonzalo Suárez y me apartó del cine del británico, tan moderno entonces tan mal envejecido ahora.

Mi recuerdo almacena, pues, impresiones contradictorias respecto al arte de Ken Russell. Hoy, que nos ha dejado a los 84 años, vuelven a mi memoria y se equilibran (será que es cierto que la madurez nos atempera).

Russell fue, y seguirá siendo en su legado, un cineasta controvertido. Su trabajo con la cámara le distinguirá para mal y para bien. Algunos lo tildarán de coyuntural, pero también nuevos jóvenes le descubrirán y se empaparán de su exceso apasionado, como hice yo y como hicieron, tal vez, algunos de los que ahora abjuran de él.

Se mantuvo activo hasta el 2006 pero siempre será recordado por sus películas de los 70/80: Mujeres enamoradas (Women in Love, 1960); Litztomanía (1975); Tommy (1975); La guarida del gusano blanco (The Lair of the White Worm,1988)… Desde aquí lanzamos una propuesta para homenajearle: visionar una vez más Los demonios (The devils, 1971) una de sus interesantes inmersiones en el género que nos apasiona.  Film que contiene todos los excesos y virtudes de su cine y que se ha convertido en todo un mito y película de culto, sufrió mutilaciones en su momento para eludir la clasificación X, afortunadamente desde 2004 contamos con la versión íntegra. Que es la que veremos para sumergirnos en su pasional forma de rodar.

Categorías:HOMENAJES
  1. José Manuel Ezkerra
    27 octubre 2012 a las 12:26

    Ví esta película cuando tenía 13 años en el cine Granvía de Bilbao. Recuerdo que es día había hecho pira a clase y fuí con un amigo. Ambos salimos trastocados, llovía a cantaros, nos refugiamos bajo un toldo para fumar un cigarro de Celtas emboquillados que entonces valían 10 pesetas. Nos miramos uno al otro y fué telepático, que ganas de vivir, por primera vez fuimos cocientes

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